
Fic Twc de Beth
Capítulo 5
Los últimos meses de aquel embarazo transcurrieron bajo una cúpula de cristal y silencio.
Bill se había convertido en un santuario viviente; su cuerpo, ahora florecida, albergaba la única esperanza de esa estirpe marcada por la tragedia. Simone, por su parte, había tomado la decisión final: el «hospital» de noche era un capítulo cerrado. El dinero acumulado en casi 17 años de vender su alma era una montaña de oro suficiente para tres vidas, pero ella sabía que la suya se estaba apagando.
Esa mañana, Simone visitó a un notario en el centro de Berlín.
Firmó los papeles con una mano firme que ocultaba el temblor de sus entrañas. Sus hijos y su nieta eran los dueños de todo.
Al salir, el sol de Alemania le pareció demasiado brillante, casi hiriente. Por fuera lucía impecable, pero por dentro, el VIH y la culpa libraban una guerra que ella estaba perdiendo.
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Cuando regresó al penthouse, el aroma a hogar la recibió de una forma inusual. En la cocina, Tom estaba frente a la estufa, con las mangas de su sudadera cara subidas, manejando las sartenes con una destreza que nació de querer cuidar a Bill.
—Llegas justo a tiempo, mamá —dijo Tom, volteando con una sonrisa ladeada. Sus rastas rubias estaban recogidas y sus ojos marrones brillaban con una paz extraña—Hice Codillo de Cerdo con Chucrut y mucha mostaza picante. Es la receta pesada que tanto le gusta a Bill.
El azabache estaba sentado a la mesa, moviéndose inquieto. Sus ojos marrones se iluminaron al ver a su madre. Tenía las manos entrelazadas sobre su vientre enorme, donde la pequeña princesa reclamaba su espacio.
—¡Huele delicioso, mami! Siéntate, Tom se esmeró mucho —rogó Bill con voz dulce.
Simone sintió una punzada de dolor físico. Ese plato, cargado de grasas saturadas, sodio y condimentos agresivos, era una bomba para su sistema inmunológico debilitado y su hígado castigado por los antirretrovirales.
Comer eso significaría una crisis gástrica que no podría ocultar.
—Me encantaría, mis amores, de verdad… —mintió Simone, forzando una sonrisa mientras se apoyaba en el marco de la puerta—Pero tuve un almuerzo de trabajo muy pesado con Thalassa y todavía me siento llena. Iré a recostar un momento, el cansancio me está ganando hoy.
Vio la decepción en los ojos de Bill y la sospecha fugaz en los de Tom, pero no pudo evitarlo.
Subió las escaleras sintiendo que cada peldaño pesaba una tonelada.
Se desplomó en su cama, cerrando los ojos, buscando minutos de paz.
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No pasaron ni cinco minutos cuando un rugido desgarró el aire del penthouse.
—¡MAMÁ! ¡MAMÁ, BAJA YA! ¡BILL!
Simone saltó de la cama, y la adrenalina quemando sus venas.
Bajó las escaleras casi sin tocar los escalones. En la cocina, el caos había estallado. Bill estaba de pie, agarrado al borde de la mesa de mármol; a sus pies, un charco de líquido amniótico teñía el suelo. Su rostro, antes radiante, estaba contraído en una máscara de agonía pura.
—¡Se rompió! ¡Ya viene, mamá, duele mucho! —gritó Bill, rompiendo en un llanto desesperado.
Tom, actuando con un instinto animal, lo cargó en vilo.
—¡Llévalo al auto, yo busco las maletas! —ordenó Simone, recuperando la fuerza de la leona.
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El hospital privado los recibió en medio de una emergencia roja. La Dra. Vesper ya esperaba en el área de quirófanos.
El parto no era normal; Bill estaba agotado, su cuerpo menudo luchaba contra una presión arterial que subía peligrosamente.
—¡No puedo más, Tom! ¡Sácamela, por favor! —chillaba Bill, empapado en sudor, apretando la mano de su hermano con tal fuerza que le amorataba los dedos.
El de rastas estaba a su lado, vestido con ropas de hospital, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre.
—Mírame, Bill. Solo mírame a mí. No te vas a ir, ¿me oyes? ¡No me puedes dejar solo! —le gritaba Tom, besándole la frente con desesperación.
El drama se volvió crudo.
Bill empezó a perder el conocimiento; la hemorragia se desató de forma violenta, tiñendo las sábanas blancas de un rojo que recordaba al sacrificio de Simone.
Los monitores empezaron a pitar con un ritmo errático.
—¡Lo estamos perdiendo! ¡Preparen una transfusión, ahora! —gritaba Thalassa, mientras el equipo médico se movía como una coreografía de guerra.
Simone, tras el cristal, veía cómo la vida de su hijo se le escapaba, igual que se le escapaba la suya.
Rezó a un Dios en el que no creía, ofreciendo su propio final a cambio de que Bill viviera.
De pronto, tras un esfuerzo que pareció romper los huesos de Bill, un llanto agudo y potente rompió la tensión de la sala.
Era un sonido limpio, lleno de vida.
Una pequeña niña de piel rosada y una pelusa de cabello negro nació en medio del caos.
Pero Bill se hundió en el silencio.
Sus ojos se pusieron en blanco y el monitor marcó una línea plana.
—¡BILL! ¡NO! —el grito de Tom resonó en todo el hospital.
Fueron segundos de terror puro. Desfibrilador, adrenalina, manos expertas presionando el pecho de Bill. Tom se negaba a soltar su mano, transmitiéndole su propia fuerza, su propia obsesión, su propia vida.
Finalmente, un latido débil apareció en la pantalla.
Luego otro.
Bill volvió de la oscuridad, jadeando, buscando el aire que casi le es arrebatado.
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El hospital privado de Berlín recuperó su calma de cristal, pero el aire en la habitación 505 todavía vibraba con el eco de la batalla que Bill acababa de ganar a la muerte.
Las máquinas emitían un pitido rítmico, constante, que arrullaba el sueño profundo de un Bill exhausto, cuya piel blanca contrastaba con las sábanas de hilo.
Tom no se había movido de su lado. Seguía con la misma ropa del parto, manchada de sudor y del sacrificio de su hermano. Tenía la mandíbula tensa, pero sus ojos marrones no se apartaban de la pequeña cuna térmica que descansaba junto a la cama.
Simone entró en silencio.
El peso de su propia enfermedad parecía haberse evaporado ante la magnitud de lo que tenía enfrente.
Se acercó a la cuna y contempló a la recién nacida.
Era una criatura etérea, con la misma forma de labios que Bill y una mata de cabello negro que prometía ser tan rebelde como el de Tom.
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Bill abrió los ojos lentamente.
El dolor físico todavía era un incendio en su vientre, pero al ver a su madre y a Tom, una paz desconocida lo inundó.
—Dámela, Tom… por favor —susurró Bill con la voz rota.
Tom se levantó con una agilidad felina y, con una delicadeza que hacía ver sus manos grandes como nidos de seda, tomó a la bebé y la depositó en el pecho de Bill. Simone se acercó, cerrando el círculo de esa familia que nació de la tragedia.
—¿Ya pensaste en el nombre, mi vida? —preguntó Simone, acariciando la frente empapada de su hijo.
El pelinegro miró a la niña, que en ese momento abrió unos ojos azules profundos, idénticos a los de su desaparecido padre.
Miró a Tom, recordando el beso en la enfermería, el pacto de sangre y el fuego que los unía. Luego miró a su madre, la mujer que se buscó la vida para que ese momento fuera posible.
—Se va a llamar Angelinne—sentenció Bill, con una firmeza que no admitía réplicas.
El vínculo indisoluble que los ataba a los dos. Era una marca, una huella de que esa niña, aunque nacida de un error con Alex, pertenecía por derecho de sangre y obsesión a los dos hermanos.
—Angelinne—repitió Tom, saboreando el nombre como si fuera una oración—Es perfecto. Angelinne por el ángel que nos salvó de la miseria… y porque siempre seremos nosotros tres contra el mundo.
Simone sintió un escalofrío.
Ella sabía que ese nombre sellaba un pacto que iba más allá de lo normal. Miró a sus hijos y se dio cuenta de que, aunque ella se fuera pronto, Angelinne nunca estaría sola. Estaría protegida por la devoción oscura de Tom y la resiliencia de Bill.
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Días después, regresaron al penthouse. El lujo que Simone construyó con su cuerpo era ahora el patio de juegos de Angelinne. Bill se recuperaba lentamente, pasando las tardes en el balcón con la bebé en brazos, mientras Tom vigilaba la puerta como un perro de guerra.
Simone, sintiendo que su final se acercaba, observaba desde las sombras.
Había dejado de ser la «enfermera» para convertirse en la abuela silenciosa.
—Angelinne… —susurró acercándose para besar la frente de la bebé—Es un nombre de luz, Bill. Exactamente lo que necesitábamos en esta casa.
—Es nuestra luz, mamá —respondió Bill, mirando a Tom con una complicidad que Simone prefirió no cuestionar—Ella nunca sabrá lo que es el frío, ni el hambre, ni el miedo. Ella solo conocerá este lugar.
Esa misma noche, después de que los gemelos se retiraran a la habitación de Bill ,donde Tom había instalado una cuna para no despegarse de ellos ni un segundo, Simone se quedó sola en su despacho. Abrió el cajón de su escritorio y sacó el testamento que había firmado días atrás.
Físicamente se sentía estable gracias a los medicamentos de la Dra, pero el cansancio del alma era otra cosa.
Miró las fotos de sus hijos cuando eran niños, aquellos que llevaba de la mano al preescolar mintiendo sobre su trabajo de enfermera.
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Había logrado su objetivo.
Sus hijos eran hombres bien hechos, vestían las mejores marcas y vivían en un palacio. Pero el precio había sido alto: su salud y la extraña y oscura relación que ahora unía a los gemelos. Simone tomó una pluma y, en el reverso de un sobre, escribió una última nota para Angelinne:
»Pequeña Angelinne: Naciste de un sacrificio que espero nunca tengas que entender. Tu padre y tu tío te amarán más que a sus propias vidas, y yo… yo te dejo un mundo donde nunca tendrás que mentir para sobrevivir. Sé libre por mi, vive todo lo que yo nunca pude, y se lo que yo ni tu papá ni tu tío pudieron serlo.»
Guardó la nota junto a las escrituras del penthouse y las cuentas bancarias.
Se sentía lista.
El ciclo que inició aquel dia se estaba cerrando con una cuna llena y un futuro asegurado.
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5 MESES DESPUÉS
El aire en primavera era dulce, cargado del aroma de los tilos en flor, pero para Bill, cada salida al parque era una misión de vigilancia constante. A sus 17 años, cargaba con una madurez forzada y una belleza que seguía deteniendo el tráfico, aunque ahora su accesorio más valioso no era un bolso de marca, sino un cochecito de diseño donde dormía Angelinne.
La pequeña, de apenas cinco meses, era un milagro visual.
Tenía la piel de porcelana y la nariz respingada de Bill, pero al abrir los ojos, el fantasma de la traición aparecía: había heredado los enormes ojos azules de Alex, enmarcados por unas pestañas tan tupidas que parecían artificiales. Era una niña preciosa, una mezcla de la elegancia andrógina y la genética de aquel chico que los abandonó en el peor momento.
Bill caminaba por el sendero arbolado, ajustándose sus gafas de sol oscuras, cuando una sombra se interpuso en su camino.
El corazón le dio un vuelco que le recordó al dolor del parto.
—Bill… espera —dijo una voz que no había escuchado en meses.
Era Alex.
Lucía diferente; ya no tenía esa mirada de «gato enjaulado» ni la ropa descuidada de la última vez. Bill, por instinto, puso una mano sobre el cochecito, protegiendo a la niña, y amagó con dar la vuelta para huir.
—Por favor, solo un minuto —suplicó Alex, dando un paso adelante pero manteniendo una distancia respetuosa. Se asomó con timidez al interior del cochecito y soltó un suspiro tembloroso— Es… es preciosa, Bill. Es idéntica a ti, pero tiene mis ojos.
—Es una niña muy hermosa e inteligente, Alex —respondió Bill con una frialdad que le costó mantener— Y está muy bien cuidada. No nos falta nada.
El intentó avanzar, pero Alex lo detuvo con palabras que sonaban a un arrepentimiento genuino.
—Perdóname. Fui un cobarde, un idiota que se asustó. Pero he cambiado. Conseguí trabajo en una constructora y alquilé una casa en la colonia de aquí al lado. Quiero ser parte de su vida… y de la tuya. Quiero ser el padre que ella merece, junto a ti.
Bill sintió una mezcla de rabia y tristeza. Recordó a Tom cuidándolo en la enfermería, recordó el beso prohibido y la promesa de su hermano de que nadie más tocaría a esa niña. El drama de su vida era un laberinto sin salida.
—No sé qué es lo que quiero ahora, Alex —dijo apretando el manubrio del cochecito con fuerza—Mi único enfoque es Angelinne. Ella es mi mundo entero. Lo que pasó… dolió demasiado como para olvidarlo en cinco minutos.
El ojiazul asintió, bajando la mirada. Sabía que no podía presionarlo y mucho menos por que tenía el respaldo de una fortuna y un hermano protector.
Sacó un sobre del bolsillo y se lo extendió a Bill.
—Lo entiendo. Solo… toma esto. Es para ella. Es una buena cantidad de dinero que he ahorrado estos meses. Y dentro está mi número de teléfono. Llámame cuando estés decidido, cuando sientas que puedes perdonarme. Estaré esperando, el tiempo que haga falta.
Bill tomó el sobre mecánicamente, sintiendo el grosor de los billetes.
Vio a Alex alejarse por el sendero, desapareciendo entre los árboles del parque. Se quedó ahí, de pie, mirando a Angelinne, que dormía ajena a que su padre biológico acababa de reclamar un lugar en su reino de cristal….el guardó el sobre en el fondo del bolso de la bebé, ocultándolo bajo los pañales y las mantas. Sabía que si regresaba al penthouse y Tom veía ese dinero o ese número, Berlín se convertiría en un infierno. Tom no perdonaba, y su obsesión por Bill y Angelinne no dejaba espacio para intrusos, especialmente para uno que compartía la sangre de la niña.
Regresó a casa con el corazón dividido: la seguridad y el amor oscuro de Tom, o la posibilidad de una familia «normal» con el hombre que le dio esos ojos azules a su hija.
Bill bajó de la Escalade negra que lo había dejado en la puerta del edificio. Notó de inmediato que el auto de su madre no estaba en el garaje privado; Simone seguía en sus «consultas» con la Dra. TThalassa ya que últimamente ella decía que tenía un resfriado que no se iba.
El subió el ascensor con el corazón todavía acelerado por el encuentro con Alex. El sobre con el dinero y el número de teléfono pesaba en su bolso como una piedra incandescente.
Al abrir la puerta principal, el aroma a incienso y perfume caro lo recibió. Dejó el cochecito de diseño en la estancia y cargó a Angelinne en sus brazos.
La bebé, con sus enormes ojos azules bien abiertos, soltó una risita que llenó el vacío del pasillo.
—Vamos a ver al tío Tom, pequeña… —susurró con una sonrisa recuperada.
Bill caminó con la confianza de quien es el dueño absoluto de ese espacio. Nunca tocaba la puerta de Tom; sus vidas estaban tan entrelazadas desde que nacieron tanto que la privacidad era un concepto inexistente entre ellos.
Empujó la pesada puerta de madera de la habitación de su gemelo, esperando encontrarlo escuchando música o durmiendo tras un entrenamiento.
La sonrisa de Bill se borró como si una mano invisible le hubiera arrancado el alma.
El aire en la habitación estaba cargado, denso y caliente.
Sobre las sábanas de seda negra, Tom estaba enredado con una chica de la universidad, una de esas «pretendientas» que Bill creía que Tom despreciaba.
Estaban desnudos, piel contra piel, y de la boca de la chica escapaba un gemido agudo que cortó el silencio como una cuchilla.
Tom, con sus rastas desordenadas sobre la almohada, giró la cabeza bruscamente. Sus ojos marrones chocaron con los de Bill en una explosión de pánico y culpa que detuvo el tiempo.
Su gemelo se quedó petrificado en el marco de la puerta. Sintió una náusea violenta, una mezcla de celos posesivos y una traición que le dolía más que el propio parto de Angelinne. En un acto reflejo, casi cómico dentro de la tragedia, Bill levantó su mano libre y le tapó los ojos a la bebé, que balbuceaba ajena al caos.
—¡Bill! ¡No es lo que parece! —rugió Tom con su voz sonando ronca y desesperada.
Bill no dijo nada.
No pudo.
Dio media vuelta con una rapidez eléctrica con su figura temblando de rabia contenida. Salió de la habitación a zancadas, apretando a Angelinne contra su pecho como si fuera el único ancla de realidad que le quedaba.
Dentro del cuarto, Tom hizo a la chica a un lado con una brusquedad casi violenta, ignorando sus protestas. Se enrolló la sábana negra alrededor de la cintura, sin tiempo para buscar ropa, y salió disparado detrás de su hermano.
—¡Bill! ¡Espera! ¡Mírame! —gritaba ……con sus pies descalzos golpeando el suelo de mármol del pasillo—¡Bill, detente ahora mismo!
Bill llegó a la sala, jadeando, con los ojos llenos de lágrimas que amenazaban con arruinar su delineador. Se detuvo frente al ventanal que daba a la cuidad dándole la espalda a Tom.
El contraste era brutal: Bill, el padre joven y puro con su bebé en brazos, y Tom, el gemelo pecador envuelto en una sábana, con el fuego de la traición ardiéndole en la mirada.
—¿Por eso me prohibiste ver a Alex? —soltó Bill con su voz quebrando el silencio como un cristal roto—¿Para que tú pudieras revolcarte con cualquiera mientras yo me quedo aquí cuidando a una niña que tú juraste que era nuestra?
El de rastas se detuvo a pocos metros, con el pecho subiendo y bajando con violencia.
—Ella no significa nada…..Te lo juro por la vida de Angelinne. Solo estaba… intentando apagar este fuego que me quema por dentro, este fuego que tú encendiste aquel día con ese beso —confesó dando un paso más, con una desesperación que le devolvía a la vulnerabilidad del niño que fue.
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Bill acomodaba a Angelinne con manos temblorosas mientras Tom, envuelto apenas en esa sábana negra que ahora parecía un sudario de traición, bajó corriendo, interceptándolo antes de que cerrara la puerta del conductor.
—¡Bill, no te atrevas! ¡No puedes irte así! —gritó Tom, sujetando el marco de la puerta con una fuerza desesperada con sus rastas rubias azotando su rostro pálido.
El azabache lo miró con un odio que nunca pensó sentir por su otra mitad. Sin decir una palabra, descargó una bofetada limpia y sonora sobre la mejilla de Tom.
El impacto dejó una marca roja instantánea y el silencio que siguió fue sepulcral.
El de rastas retrocedió, aturdido no por el dolor físico, sino por el desprecio en los ojos marrones de su hermano.
—No me vuelvas a tocar, Tom —sentenció antes de arrancar, dejando a su gemelo solo en la penumbra del sótano.
Bill manejó con la vista nublada por las lágrimas, guiándose por la dirección que Alex le había dado en el parque. Llegó a una casa sencilla pero digna en una colonia aledaña.
Cuando Alex abrió la puerta y vio a Bill con la bebé en brazos y el rostro desencajado, su alegría fue inmensa, aunque el desconcierto lo frenaba.
—Viniste… —susurró Alex, intentando abrazarlo.
—Escúchame bien —lo frenó Bill, entrando a la casa sin darle explicaciones — Si me quedo aquí, habrá condiciones. No harás preguntas sobre mi familia, no saldrás sin avisarme y Angelinne es mi prioridad absoluta. Si fallas una sola vez, desaparezco para siempre.
Alex, viendo la determinación y el dolor en Bill, aceptó cada palabra.
—Acepto lo que quieras, Bill. Solo quiero hacer las cosas bien. Incluso… quiero hablar con tu madre. Por la noche iremos por tus cosas y las de la niña. Quiero presentarme como el hombre que voy a ser.
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La noche cayó sobre Berlín como una losa. Cuando Bill entró al penthouse, el ambiente estaba cargado de una electricidad estática peligrosa. Tom estaba sentado en el sofá principal, con el celular en la mano, marcando compulsivamente el número de Bill.
Al verlo entrar, se puso de pie de un salto.
—¿Dónde demonios estabas? ¿Por qué no me contestabas las malditas llamadas? —rugió ,pero su voz se apagó cuando Simone bajó las escaleras, luciendo elegante pero con esa palidez que intentaba ocultar.
—Bill, hijo, me tenías preocupada. ¿Qué está pasando? —preguntó Simone, mirando de un gemelo al otro.
Bill iba a responder, pero la puerta principal se abrió de nuevo.
Alex entró detrás de él, con la cabeza alta pero los nervios a flor de piel.
El efecto fue inmediato: Tom se lanzó hacia adelante con los puños cerrados y un rugido asesino, pero Bill se interpuso, poniéndole una mano en el pecho.
—¡Cálmate, Tom! —gritó con una autoridad que dejó a todos helados— No quiero problemas en esta casa. Alex viene a hablar con mamá porque he decidido hacer una vida nueva con él. Me voy de aquí.
Tom soltó una carcajada sarcástica, amarga como el veneno.
—¿Una vida nueva? ¿Con este cobarde que te dejó solo cuando más lo necesitabas? No me hagas reír, Bill. No durarás una semana fuera de estos muros.
Alex ignoró el sarcasmo de Tom y se dirigió directamente a Simone, quien los observaba con una calma majestuosa, aunque por dentro sintiera que su mundo se desmoronaba.
—Señora… Simone. Sé que no tengo derecho, pero mis intenciones son reales. Amo a su hijo y a mi hija. Trabajaré para que no les falte nada y quiero pedirle su bendición para que Bill viva conmigo.
El de rastas seguía soltando comentarios mordaces desde el fondo de la sala, pero Simone levantó una mano, silenciándolo.
Miró a Bill a los ojos, buscando al niño que cargó de bebé y encontrando a un hombre que acababa de decir hacer su vida aparte.
—Si esta es tu decisión… la voy a respetar —dijo Simone con la voz firme pero cargada de una tristeza infinita—Pero escucha bien, hijo mío: no importa lo que pase, no importa a dónde vayas… que nunca se te olvide que esta siempre será tu casa y aquí tienes tu lugar.
Bill asintió, sintiendo el peso de la despedida.
Tom se dio la vuelta, estrellando su celular contra la pared de mármol, incapaz de procesar que su posesión más preciada, su otra mitad, se iba de su lado por culpa de un desliz que el destino no pensaba perdonar.
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El primer mes en la casa de Alex fue un oasis de una normalidad que Bill nunca había conocido.
Acostumbrado al mármol frío y a las tensiones eléctricas del penthouse, la sencillez de este nuevo hogar le resultaba extrañamente reconfortante.
Sorprendentemente, la conexión entre Angelinne y su padre biológico fue instantánea.
Alex, decidido a redimirse, se transformó en un hombre entregado.
Al llegar del trabajo, lo primero que hacía era cargar a la pequeña, cuya risa llenaba la estancia mientras sus enormes ojos azules ,esos que compartía con Alex brillaban de pura alegría. Bill observaba desde la cocina, con una mezcla de alivio y una punzada de nostalgia, cómo su hija se encariñaba con el hombre que alguna vez temió.
Un día, Bill mencionó la idea de buscar un empleo para ayudar con los gastos, pero Alex le tomó las manos con una firmeza protectora.
—No es necesario, quédate en casa con ella. Disfruta de verla crecer —le dijo Alex, con una seguridad que Bill nunca esperó— Con lo que gano en la constructora es más que suficiente para los tres. Quiero que este sea tu refugio, no tu carga.
Bill aceptó, refugiándose en esa paz doméstica, aunque en el fondo de su mente, el fantasma de su hermano seguía acechando.
Mientras el construía un hogar, Tom estaba demoliendo su propia existencia.
El apartamento se había convertido en un mausoleo de recuerdos. Sin su otra mitad, Tom vagaba por la ciudad como una fiera herida, buscando anestesia en los excesos.
Iba de hotel en hotel, refugiándose en brazos extraños y rostros que no lograba recordar al amanecer.
Cada chica era un intento desesperado de borrar la imagen de Bill entrando en su habitación, de borrar el sonido de la bofetada y, sobre todo, de silenciar el vacío que dejó la ausencia de su gemelo. Se volvió una sombra de aquel chico engreído; ahora era un hombre consumido por un ardor interno que ninguna cantidad de alcohol o deseo ajeno podía apagar.
Simone observaba el declive de su hijo con el corazón destrozado.
Su propia salud era un hilo delgado, pero el dolor de ver a Tom autodestruirse era peor que cualquier síntoma de su enfermedad.
—Tom, por favor, regresa a la universidad —le suplicó una noche, interceptándolo en el pasillo mientras él intentaba salir de nuevo—No puedes seguir así. Tu futuro sigue ahí, tu vida no se terminó porque Bill se fue.
Tom se ajustó la gorra sobre sus rastas rubias, que ahora lucían descuidadas. Sus ojos marrones, antes cargados de una arrogancia desafiante, ahora estaban inyectados en sangre y vacíos de esperanza.
—¿Qué futuro, mamá? —escupió con una risa amarga que heló la sangre de Simone— ¿El futuro que construiste con tu alma rota? ¿O el futuro donde mi otra mitad vive con un imbécil? Déjame en paz. Yo ya no tengo nada que estudiar porque ya aprendí que en esta familia estamos malditos.
Salió del penthouse azotando la puerta, dejando a Simone sola en la penumbra.
Ella se apoyó en la pared estaba sintiendo que sus fuerzas fallaban.
Continúa…
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no te pases de verga, yo apenas iba a decir que ya tom se estaba recomponiendo Y ME SALE CON ESA PUTA MAMADA??? DIOS, EN ESTA FIC NADIE ES FELIZ O QUE COÑO???