Fic Twc de Beth
Capítulo 6
Tom ya no era el dueño de Berlín; era un animal herido que buscaba cualquier rincón oscuro para desangrarse en silencio.
Sin la mirada de Bill para darle sentido a su existencia, su propia piel le quedaba grande.
Fue en uno de esos hoteles de mala muerte, lejos de las luces de neón del centro, donde Tom conoció a Luka.
Luka era el tipo de sombra que florece en la decadencia: ojos hundidos, una sonrisa torcida y una falta total de empatía que a Tom, en su estado de anestesia emocional, le pareció libertad.
Luka no le dio consejos, ni le pidió que volviera a la universidad, ni le recordó el sacrificio de su madre.
Luka solo le ofreció una salida de emergencia de su propia mente.
—Estás muy tenso, rubio —le dijo una madrugada, mientras el sol de Alemania empezaba a herir los ojos de Tom—Te pasas el día pensando en lo que perdiste. Prueba esto. Es el único lugar donde el recuerdo no quema.
Sobre una mesa de cristal rayada, preparó una línea de un polvo blanco y brillante. Tom, con las rastas ocultas bajo una capucha y los ojos marrones inyectados en sangre, no dudó.
Aspiró la línea con una furia suicida, buscando que el fuego en su nariz apagara el incendio en su pecho.
El efecto fue inmediato.
El mundo, que antes pesaba una tonelada, se volvió liviano.
La imagen de Bill besando a Alex, la bofetada, el llanto de Angelinne… todo se disolvió en una euforia artificial y eléctrica. Por primera vez en meses, Tom se sintió invencible. Pero era la invencibilidad del que ya está muerto por dentro.
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Días después, regresó solo para buscar dinero. Entró como un huracán de suciedad y pupilas dilatadas.
Simone, que lo esperaba sentada en la cocina con su propia fragilidad a cuestas, se puso de pie con horror.
—¿Tom? ¿Qué te pasa en la cara? Estás temblando… —susurró acercándose con manos temblorosas.
Tom la apartó con un movimiento brusco, casi animal.
No era su hijo; era un desconocido con el rostro demacrado y una mandíbula que no dejaba de moverse rítmicamente.
—¡Dame las llaves de la caja fuerte, mamá! —rugió con su voz sonando como grava triturada—¡No me mires así! ¡Tú no tienes derecho a juzgarme! ¡Tú vendiste tu cuerpo y ahora me vienes a hablar de moral!
Simone retrocedió, golpeándose contra el mármol.
El dolor físico de su enfermedad no era nada comparado con la puñalada de esas palabras. Vio a su hijo mayor revolviendo los cajones con una desesperación febril, tirando al suelo las fotos de la infancia, los recuerdos, todo lo que ella había intentado proteger.
.
Esa noche, Tom no fue a un hotel.
Se quedó en un callejón con Luka y otros espectros del submundo berlinés. El polvo blanco ya no era suficiente; ahora buscaban algo más pesado, algo que le permitiera dormir sin soñar con los ojos azules de la hija de Bill.
Sentado sobre un cartón mojado por la lluvia fina, Tom sintió el pinchazo de la aguja. No sintió dolor, solo una calidez negra que lo envolvió como el útero materno del que nunca debió salir.
En su delirio, creyó ver a Bill a lo lejos, vestido de blanco, sosteniendo a Angelinne.
Intentó llamarlo, pero de su boca solo salió un hilo de saliva amarga.
Luka le quitó el reloj de oro ,el regalo de Simone por sus 16 años y se alejó en las sombras, dejándolo ahí, tirado entre la basura y el olvido.
La lluvia golpeaba los ventanales del apartamento con una violencia monótona, como si el cielo mismo quisiera lavar la suciedad que se había filtrado en las paredes de mármol. Tom entró arrastrando los pies, una semana después de haber desaparecido en los callejones de la mano de Luka.
Su aspecto era de una crudeza insoportable: las rastas estaban apelmazadas, su ropa de diseñador estaba manchada de barro y ceniza, y sus ojos marrones, antes fieros, estaban hundidos en cuencas violáceas.
Temblaba, no de frío, sino por el ansia de la droga que empezaba a abandonar su sistema.
Simone lo esperaba en la cocina, sentada bajo la luz fría de las lámparas LED. Lucía más delgada que nunca, su propia batalla contra el VIH consumiéndola por dentro, pero su mirada seguía siendo la de una leona herida.
—Siéntate, Tom. Tenemos que hablar —dijo ella, con una voz que era apenas un susurro de acero.
El soltó una carcajada seca, que terminó en una tos que pareció desgarrarle los pulmones.
Se apoyó en la barra de granito, mirándola con un desprecio que destilaba veneno.
—¿Hablar? ¿De qué, mamá? ¿De tus «turnos de noche» en el hospital? ¿De cómo te sacrificas por nosotros? Ahórrate el guion, ya me lo sé de memoria.
—¡No te atrevas! —gritó Simone, poniéndose de pie con una fuerza que no sabía que le quedaba—¿Por qué me escupiste eso la otra noche? ¿De dónde sacaste esa mentira de que vendo mi cuerpo? Yo soy una mujer decente, yo…
Tom se abalanzó hacia ella, quedando a centímetros de su rostro.
El olor a sudor rancio y químicos emanaba de su piel.
—¡Deja de mentirme! —le gritó en la cara con su voz rompiéndose en un alarido de agonía—¿Crees que soy estúpido? Me enteré hace meses. Esos «amigos» con los que me junto… uno de ellos, un tipo mayor que frecuenta los hoteles de lujo, empezó a describir a la mujer más cotizada de la zona. Describió tus ojos, tu caminar, esa marca de nacimiento en tu hombro. Y para cerrar el trato, me enseñó fotos, mamá. Fotos que algún infeliz te tomó sin que te dieras cuenta.
La mujer sintió que el aire se volvía sólido. Retrocedió hasta chocar con la pared, con los ojos llenos de una vergüenza que le quemaba las entrañas. El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier grito.
—¿Por qué…? —susurró ella con las lágrimas rodando por sus mejillas— Si lo sabías… ¿por qué nunca me reclamaste? ¿Por qué dejaste que siguiera haciendo esto?
Tom se pasó las manos por la cara, sollozando con una rabia que le deformaba los rasgos.
—¡Porque soy un egoísta de mierda, igual que tú! —rugió él, golpeando la mesa con el puño—Mientras me dieras los lujos que yo sentía que me merecía, mientras tuviera la Escalade, la ropa de marca y el dinero para mis caprichos, decidí guardar silencio. Era un trato justo, ¿no? Tú vendías tu dignidad y yo compraba mi estatus—se desplomó en una silla, ocultando el rostro entre las manos. Su voz se volvió pequeña, infantil, como la del niño que nació en la carencia—Y además… por Bill. Sabía que si Bill se enteraba de que su «mamá perfecta» era una prostituta de lujo, se rompería en mil pedazos. Quise protegerlo de la cruda verdad, proteger la única cosa pura que teníamos. Pero mira dónde estamos ahora. Él se fue con ese imbécil, tú te estás muriendo por dentro y yo… yo solo quiero que el mundo se acabe—Simone se acercó lentamente y puso una mano sobre el hombro tembloroso de su hijo. Tom la rechazó con un espasmo, levantándose con la mirada perdida—No me toques. Me das asco, mamá. Pero lo que más asco me da es que me parezco demasiado a ti. Los dos nos vendimos por un poco de mármol y seda.
Salió de la cocina dejando a Simone destrozada en el suelo.
La pelea no había traído paz, solo había desnudado la podredumbre de su imperio de cristal.
El aire, que antes olía a flores frescas y perfumes caros, ahora estaba viciado por el rastro metálico de la enfermedad de Simone y el hedor a tabaco y sudor rancio que Tom dejaba a su paso.
Ella pasaba la mayor parte del día postrada en su cama, con la piel volviéndose traslúcida y los huesos marcados bajo la bata.
El VIH estaba ganando terreno, aprovechando que su espíritu se había quebrado tras la brutal pelea con su hijo mayor. Sin embargo, cada vez que el teléfono vibraba con la melodía que anunciaba a Bill, una metamorfosis casi milagrosa ocurría.
—¿Hola, mi vida? Sí, estoy de maravilla… solo un poco de sueño—decía forzando una voz firme y melodiosa mientras se sujetaba al borde de la mesita de noche para no desvanecerse—Cuéntame de Angelinne, ¿ya le salió ese dientecito?
Del otro lado, Bill hablaba de la paz de su hogar con Alex, ajeno a que su madre estaba tosiendo sangre en un pañuelo de encaje mientras lo escuchaba. Simone cerraba los ojos, tragándose el dolor, fingiendo que seguía siendo la leona protectora.
No podía permitir que el viera la podredumbre de su imperio; prefería morir en el engaño antes que manchar la felicidad sencilla que su hijo menor había encontrado.
—Te quiero, mamá. Dile a Tom que lo extraño, aunque siga enojado con él —decía Bill antes de colgar.
Simone soltaba el teléfono y se derrumbaba, llorando en un silencio absoluto, sintiendo que la vida se le escapaba entre los dedos como arena fina.
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Mientras su madre se apagaba en la planta alta, Tom descendía los peldaños hacia el infierno con una velocidad suicida.
Ya no se escondía.
El mundo oscuro lo había reclamado como su príncipe caído.
Tom vivía en un estado de vigilia perpetua, alimentado por el polvo blanco y pastillas de colores que le hacían olvidar que su otra mitad no estaba. Se le veía en los clubes más sórdidos de la ciudad, rodeado de mujeres que solo buscaban el resto de su fortuna o un gramo de su miseria. Pasaba de cama en cama, buscando en cuerpos anónimos un calor que solo el abrazo de su hermano solía darle.
Sus rastas estaban sucias, sus ojos marrones tenían un brillo maníaco y su mandíbula nunca dejaba de moverse. Para Tom, cada nueva droga era un experimento de autodestrucción:
Lunes de euforia: Estimulantes para gritarle al mundo que no necesitaba a nadie.
Miércoles de olvido: Sedantes para no ver la cara de Simone recordándole su «oficio».
Viernes de lujuria amarga: Mujeres que no sabían su nombre, a las que besaba con una furia que rayaba en el odio, deseando que alguna fuera capaz de arrancarle el alma de una vez por todas.
Una noche, tirado en el suelo de una discoteca subterránea con la cabeza apoyada en el regazo de una chica que apenas conocía, Tom sacó su celular y vio una foto vieja de él y Bill. La pantalla estaba rajada, igual que su vida.
—Míranos, Bill… —susurró, con la voz pastosa—Tú jugando a la familia perfecta y yo… yo aquí, celebrando que ya no siento nada.
Guardó el teléfono y aceptó una nueva dosis de una sustancia desconocida que le ofrecía un desconocido. No le importaba qué era. Solo quería que el ruido en su cabeza se detuviera, incluso si el precio era no volver a despertar jamás en ese lugar que ahora olía a muerte y a verdades que terminaron por destruirlos.
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-DÍAS DESPUÉS-
Bill se estacionó frente al edificio, notando con un nudo en el estómago que el auto de Simone no estaba. Sabía que su madre pasaba mucho tiempo fuera, pero una intuición extraña, un tirón en el pecho que solo los gemelos comprenden, lo obligó a subir de todas formas.
Empujó la pesada puerta de madera con Angelinne en brazos.
El silencio del apartamento era sepulcral, roto solo por el zumbido del aire acondicionado.
Bill caminó hacia la estancia, pero se detuvo en seco cuando una figura emergió de las sombras de la cocina.
Era Tom.
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El pelinegro se quedó petrificado. Aunque Tom llevaba ropa limpia ,una de sus sudaderas anchas de marca que solía llenarle el pecho, la tela colgaba ahora de sus hombros como si fuera un perchero de hueso.
La palidez de su rostro era casi traslúcida, y sus ojos marrones, antes fieros y dominantes, estaban hundidos en cuencas oscuras que hablaban de noches de veneno y madrugadas de náuseas.
—Tom… ¿qué te pasó? —susurró con la voz quebrada por el shock.
El no respondió.
Ni siquiera lo miró a los ojos.
Con una parsimonia mecánica, Tom dejó un plato con un poco de comida apenas tocada sobre la mesita de noche de la estancia y se acercó a Bill. Ignoró la presencia de su gemelo como si fuera un fantasma, pero sus ojos se iluminaron con una chispa de vida residual al posarse en la bebé.
Angelinne ya no era la recién nacida frágil que casi le cuesta la vida a Bill. Ahora, a sus casi 6 meses, era una pequeña «bolita de carne» saludable, con las mejillas sonrosadas y un cabello negro azabache que ya le caía en suaves mechones sobre la frente.
Al ver a Tom, la niña soltó un gorjeo de alegría y estiró sus manitas gorditas hacia él, reconociendo instintivamente la otra mitad de su padre.
El de rastas la tomó con una delicadeza desgarradora.
Sus manos, que días atrás temblaban por la abstinencia y el polvo blanco, se volvieron firmes y seguras para sostener a la pequeña.
—Hola, mi princesa… Estás tan grande… —susurró ignorando por completo la mirada de horror de Bill. Le hablaba con una ternura que parecía venir de otro mundo, pegando su frente pálida a la de la niña— Mírate, tienes el pelo tan largo como tu papá… Estás hermosa, Angelinne.
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Bill seguía en shock, apoyado contra la pared de mármol. Ver a Tom tan demacrado, tan consumido por dentro, era como verse a sí mismo en un espejo roto.
La culpabilidad lo golpeó de frente: mientras él vivía su burbuja de paz con Alex, su otra mitad se estaba convirtiendo en ceniza en ese palacio de cristal.
Notó el plato en la mesita: era una comida simple, fría.
Tom no estaba comiendo; apenas sobrevivía.
—Tom, por favor, mírame… —rogó dando un paso hacia él— Mamá me dijo que estabas bien, ella me dijo que seguías estudiando… ¿Por qué estás así? ¿Qué te estás haciendo?
Tom apretó a la bebé contra su pecho, inhalando el olor a talco y vida que ella desprendía, buscando en ese aroma la fuerza para no derrumbarse frente al hermano que lo abandonó. No le dio explicaciones. No le contó sobre las dosis, ni sobre Luka, ni sobre la verdad de Simone. Se limitó a mecer a Angelinne en un silencio que pesaba más que mil gritos, dejando que Bill descubriera por sí mismo que el imperio ya no tenía un rey, sino un náufrago.
El silencio de Tom era un muro de granito que ninguna de las palabras de Bill lograba escalar. Durante casi una hora, Bill intentó seguirlo por la estancia, preguntándole por su salud, por la universidad, por las ojeras que parecían surcos de ceniza en su rostro. Pero su gemelo era una sombra; se movía con la bebé en brazos, mostrándole los cuadros de la sala o susurrándole cosas al oído, siempre dándole la espalda a su gemelo, huyendo de la mirada que alguna vez fue su único espejo.
—Tom, por favor, ya basta de este juego —dijo Bill, con la voz cargada de una angustia creciente— Me tengo que ir. Alex me espera y ya es tarde para la niña. Dámela.
El se acercó y extendió los brazos.
Por un segundo, el tiempo se detuvo. Tom apretó a la pequeña contra su pecho, hundiendo los dedos en la mantita rosa. Sus ojos marrones, inyectados en sangre y vacíos de la arrogancia de antaño, se clavaron en los de Bill con una ferocidad desesperada.
—No —fue lo único que soltó con una voz que sonaba como cristales rotos.
—¡Es mi hija, Tom! ¡Suéltala! —gritó Bill, perdiendo la paciencia y abalanzándose sobre él.
Empezaron un forcejeo torpe y doloroso. Bill tiraba de los brazos de su hermano, mientras Tom, en su fragilidad física, ponía una resistencia maníaca.
Los gritos de Bill resonaron en las paredes llenando el vacío que Simone había dejado al marcharse.
—¡Estás loco! ¡Mírate cómo estás! ¡No estás bien para sostenerla! —le recriminó Bill, logrando finalmente arrebatarle a la bebé con un tirón brusco.
El resultado fue inmediato y desgarrador.
Angelinne, asustada por la violencia de los movimientos y los gritos de los dos hombres que más la amaban, soltó un llanto agudo y potente.
Sus enormes ojos azules se inundaron de lágrimas y su carita se puso roja por el esfuerzo de sus pulmones.
Tom soltó los brazos, derrotado, y retrocedió hasta chocar con el sofá.
Se cubrió la cara con las manos, temblando violentamente, mientras el llanto de la niña se volvía un eco insoportable de su propio fracaso.
Bill intentó arrullar a la niña mientras caminaba de un lado a otro, pero el llanto de Angelinne no cedía; era un llanto de hambre y de puro pánico. Desesperado, y dándose cuenta de que no podía salir del apartamento con la niña en ese estado de crisis, Bill se dejó caer en el sofá, justo al lado de un Tom que seguía hundido en su propia miseria.
Con manos temblorosas, se desabrochó la camisa de seda.
El silencio volvió a reinar, roto solo por los hipos de la bebé mientras encontraba el consuelo que necesitaba.
—Ya está, mi vida… ya pasó… —susurró Bill, acariciando la cabecita de Angelinne mientras ella se calmaba al darle de amamantar.
Tom bajó las manos de su rostro lentamente. Se quedó petrificado, observando la escena de perfil.
Ver a Bill así, entregado por completo a la crianza, con esa vulnerabilidad andrógina y maternal, fue como una estocada final para su corazón dopado.
Estaban tan cerca que podía oler la leche y el perfume de Bill, una mezcla que le recordaba a la pureza que él mismo había destruido en los callejones de Berlín.
Bill no lo miró, pero sintió la respiración errática de Tom a pocos centímetros.
En ese sofá de lujo, rodeados de una fortuna construida con mentiras, los gemelos compartían un momento de intimidad cruda: uno alimentando la vida y el otro consumido por la sombra, unidos únicamente por el llanto de una niña que tenía los ojos de un extraño pero el alma de los ellos.
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En la penumbra de la sala, el único sonido era el de la succión rítmica de la bebé, que poco a poco fue cediendo al sueño profundo que solo la saciedad otorga. Bill, con movimientos expertos y una delicadeza que contrastaba con la furia de hace unos minutos, la puso a repetir sobre su hombro, sintiendo el peso cálido y tranquilo de su hija.
Con el corazón todavía latiendo con fuerza, caminó por el pasillo hasta la habitación de Simone.
Depositó a la niña en la inmensa cama de seda, rodeándola con almohadas para protegerla. Se quedó un momento observándola; Angelinne era la única pureza que quedaba en ese imperio de cristal.
Bill decidió esperar un poco más, con la esperanza de que su madre cruzara la puerta y pusiera orden al caos que sentía en el pecho.
Regresó a la estancia y se sentó de nuevo en el sofá.
Tom no se había movido.
Seguía allí, encorvado, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en el diseño del mármol.
Fue él quien, por primera vez en meses, rompió el muro de hielo.
Su voz no era la de un guerrero, sino la de un náufrago que se queda sin aire.
—Me estoy muriendo…. y lo peor es que yo mismo apreté el gatillo —soltó, sin mirarlo—Desde que te fuiste, este lugar se volvió un infierno. No podía dormir sin ver tu cara, sin sentir que te había fallado. Luka me dio una salida… o eso creía yo. Empezó con una línea para no pensar, y terminó con agujas para no sentir.
Tom le contó todo.
Le habló de las noches en vela, de los hoteles de mala muerte, de cómo cambió su reloj de oro por una dosis de olvido, y de cómo las mujeres que metía en su cama solo eran fantasmas que intentaban llenar el hueco que él dejó.
Omitió lo de Simone; su orgullo y el deseo de proteger la última imagen limpia de su madre lo mantuvieron callado sobre el «oficio» de ella, pero fue brutalmente honesto sobre su propia degradación.
Bill escuchaba con el alma rota.
Cada palabra de Tom era una puñalada.
Miraba la delgadez de sus manos, la palidez de su piel, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, arruinando el maquillaje negro de sus ojos marrones.
—¡Perdóname, Tom! ¡Perdóname por dejarte solo! —estalló lanzándose a sus brazos—Pensé que eras fuerte, pensé que estarías bien sin mí… no sabía que te estaba matando.
Tom se aferró a él con una fuerza desesperada, hundiendo su rostro en el cuello de Bill. El contacto físico, ese que ambos habían deseado y temido finalmente ocurrió sin barreras.
El mayor lloró con un gemido sordo, un sonido animal que salía desde lo más profundo de sus entrañas.
—No es solo que seas mi hermano, Bill… —susurró apretándolo tanto que casi le impedía respirar— Es que eres mi aire. Eres la única razón por la que soporté que mamá se fuera de noche todos estos años. Eres mi obsesión, mi vida entera. Te amo de una forma que no es sana, que me quema por dentro… y cuando te vi con Alex, sentí que me arrancaban el corazón vivo. Por eso me perdí, Bill. Porque prefiero estar muerto en un callejón que vivo viendo cómo otro hombre te toca.
El menor se quedó mudo, sintiendo el calor de Tom contra su piel.
La confesión estaba sobre la mesa, cruda y prohibida.
El abrazo, que comenzó como un refugio de perdón, mutó en algo oscuro, hambriento y desesperado. Bill sintió el cuerpo de Tom esa versión demacrada y frágil, pero que seguía siendo su otra mitad y la lástima se transformó en una pasión prohibida que quemaba más que cualquier droga. Fue un beso el que rompió el último dique de la cordura: un beso que sabía a sal de lágrimas y a años de deseo contenido desde.
Bill se horcajó sobre el regazo de Tom, con sus manos enredándose en las rastas descuidadas mientras buscaba en la boca de su hermano el aire que sentía perder. Fue una entrega cruda, despojada de la elegancia que los rodeaba.
En ese sofá de diseño, bajo la luz tenue, se fundieron en un acto que desafiaba a la sangre y al destino.
Para Tom, tener a Bill encima era la única sobredosis que realmente deseaba; sus manos huesudas se aferraron a la cintura de Bill con una fuerza posesiva, marcando su piel como si quisiera tatuarse en él para siempre.
Para Bill, era perderse en lo desconocido, un abismo donde el dolor de la traición de Tom y la estabilidad de Alex se borraban ante el fuego eléctrico de ser uno solo con su gemelo.
Fue un encuentro de sombras, de dos almas rotas intentando pegarse con el calor de la piel.
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Cuando el silencio regresó, no trajo paz, sino una claridad aterradora.
Bill se levantó bruscamente, ajustándose la camisa con manos que no dejaban de temblar.
Sus ojos marrones estaban dilatados, fijos en el suelo de granito.
El peso de lo que acababa de ocurrir le cayó encima como una losa de hormigón. Había cruzado la línea final. No era solo un beso, era la ruptura total de su moral, de su lealtad a Alex y de su propia identidad.
—¿Qué hicimos, Tom?… Dios mío, ¿qué hicimos? —susurró retrocediendo hacia el pasillo, con el miedo brillando en su mirada.
Tom permanecía en el sofá, desordenado, con el pecho subiendo y bajando con violencia.
La palidez de su rostro estaba acentuada por un rubor febril. Al ver que Bill se alejaba, Tom estiró una mano, intentando alcanzarlo, con una expresión de súplica que nunca antes había mostrado.
—No te vayas, Bill. No después de esto… Quédate. Aquí es donde perteneces, conmigo —rogó Tom, con la voz quebrada.
De pronto, el sonido estridente de un celular rompió el hechizo.
Sobre la mesa de centro, el teléfono de Bill vibraba con una insistencia agresiva.
La pantalla iluminaba la oscuridad con un nombre que ahora se sentía como una condena: ALEX.
Una llamada. Dos. Tres.
El mundo real, el de la casa sencilla, el del hombre que trabajaba para mantenerlo y el de la vida «normal» que intentaba construir, reclamaba su lugar.
Bill miró el teléfono y luego miró a Tom, quien seguía extendiendo su mano como un náufrago.
—Me tengo que ir, Tom… Alex me está matando a llamadas. No puedo… no puedo quedarme —dijo Bill, con las lágrimas brotando de nuevo.
Corrió hacia la habitación de Simone, tomó a Angelinne que seguía sumida en un sueño profundo y salió del penthouse sin mirar atrás, ignorando los gritos de Tom que pronunciaban su nombre con una desesperación que se escuchó en todo el pasillo.
Mientras el ascensor bajaba, Bill apretaba a la bebé contra su pecho, sintiendo que llevaba el aroma de Tom en la piel y la marca del pecado en el alma, mientras el celular seguía sonando, recordándole que su vida de cristal acababa de estallar en mil pedazos.
Continúa…
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