
Fic Twc de Beth
Capítulo 7
El aire en el pequeño baño de la casa de Alex se sentía viciado, cargado con el olor a cloro y a una ansiedad que le oprimía los pulmones a Bill.
Había pasado un mes exacto desde aquella tarde de sombras y piel, un mes en el que Bill había intentado enterrar el recuerdo del cuerpo demacrado de Tom bajo capas de rutina doméstica y cuidados para Angelinne.
Pero su cuerpo no olvida.
Su cuerpo es un traidor que guarda el secreto que su mente intenta borrar.
Bill estaba sentado en el borde de la bañera, con las manos temblando tanto que el plástico de la prueba de embarazo repiqueteaba contra sus uñas. Había aprovechado que Alex, en un arranque de entusiasmo paternal, se había llevado a la bebé para comprar víveres y un pastel de fresas.
Hoy Angelinne cumplía 6 meses de vida que era el único motor de Bill.
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El cronómetro del celular marcó el final de la espera. Bill bajó la mirada, conteniendo la respiración. En la pequeña pantalla de la prueba, la palabra apareció clara, cruel y definitiva:
POSITIVO.
El mundo se inclinó.
Bill sintió un vacío gélido en el estómago. Sus ojos marrones se dilataron mientras miraba ese signo de más que lo condenaba.
No había dudas.
Los cálculos no mentían; el tiempo con Alex no cuadraba con los síntomas que habían empezado hace una semana. Ese hijo no era de la estabilidad, ni del trabajo honrado, ni de la redención.
Ese hijo era del caos.
Era del mármol manchado.
Era de Tom.
En ese preciso instante, el sonido de la llave girando en la cerradura principal retumbó en la casa como un disparo.
—¡Ya llegamos, amor! ¡Trajimos el pastel más grande que encontramos para nuestra princesa! —la voz de Alex desbordaba una alegría genuina, una felicidad de hombre de familia que Bill no podía procesar.
Se escucharon los balbuceos emocionados de Angelinne y el ruido de las bolsas de plástico.
Alex estaba radiante, ignorando que bajo su techo acababa de estallar una bomba atómica.
—¡Bill! ¿Dónde estás? ¡Ven a ver lo que le compramos a la niña! —gritaba desde la estancia, acercándose al pasillo de las habitaciones.
El azabache se puso de pie de un salto, escondiendo la prueba en el fondo del bote de basura, cubriéndola con papel higiénico como si fuera un cadáver.
Se miró al espejo: estaba pálido, con el sudor frío pegándole los mechones negros a la frente.
No podía creerlo.
Otra vez el ciclo se repetía otra vez…el destino lo ponía de rodillas.
Si con Angelinne el drama había sido intenso, esto era el fin de todo.
Un hijo de su propio gemelo, un hijo concebido en medio de la adicción y la desesperación de Tom.
—¿Bill? ¿Estás ahí? —Alex tocó la puerta del baño suavemente—¿Te sientes bien, bonito? Te noto muy callado.
El se apoyó en el lavabo, sintiendo que las paredes se cerraban sobre él. Tenía a un hombre bueno del otro lado de la puerta, a una hija de seis meses esperando su pastel, y en sus entrañas, el inicio de una vida que llevaba la sangre pura y prohibida.
¿Cómo iba a mirar a Alex a la cara? ¿Cómo iba a ocultar que el fruto de esa tarde de pecado ahora crecía dentro de él, vinculándolo para siempre al hermano que se estaba destruyendo?
El pelinegro salió del baño con el rostro lavado y una sonrisa de cristal, esa que había perfeccionado durante años de ocultar los secretos.
En la sala, Alex ya estaba cortando el pequeño pastel de fresas mientras Angelinne pataleaba en su silla alta, ajena a la tormenta que acababa de desatarse en las entrañas de su padre.
Celebraron los seis meses de la niña entre risas que a Bill le sonaban a eco.
Comió pastel sin sentirle el sabor, aplaudió las gracias de la bebé y dejó que Alex lo abrazara por la cintura, sintiendo cada contacto como una quemadura eléctrica.
El positivo de la prueba seguía gritando en su mente, marcando el ritmo de su corazón.
Cuando la celebración terminó, Bill cargó a la niña. Se tomó más tiempo del habitual para dormirla, meciéndola en la penumbra de su habitación, oliendo su cabello y aferrándose a esa bebé como si fuera su único ancla a la cordura.
La arropó con una delicadeza extrema, asegurándose de que la manta rosa estuviera perfecta.
—Perdóname, mi vida… —susurró casi inaudible antes de apagar la luz.
Caminó hacia su propia habitación, arrastrando los pies. Alex ya estaba recostado, con el torso desnudo y la luz de la lámpara de noche dándole un aspecto cálido, el de un hombre que creía tenerlo todo bajo control.
Bill se metió en la cama, buscando el borde del colchón, intentando volverse invisible.
No pasaron ni dos minutos cuando sintió el calor de Alex acercándose. Un brazo pesado rodeó su cintura y los labios de este empezaron a presionar besos húmedos y hambrientos en la nuca de Bill, ascendiendo peligrosamente hacia su oreja.
Era una señal clara; Alex quería reclamar su lugar, celebrar la noche, poseer al chico que creía suyo.
Bill cerró los ojos con fuerza.
El olor de Alex, aunque limpio y familiar, le revolvió el estómago.
En su mente solo aparecía el rostro demacrado de Tom, la desesperación de aquel sofá y el fuego prohibido que lo había traído hasta aquí.
—Alex… no. Por favor, ahora no —dijo apartando la mano de su pareja con una frialdad que cortó el aire.
Alex se detuvo en seco.
El silencio que siguió fue tenso, cargado de una frustración que llevaba semanas acumulándose.
Se incorporó sobre un codo, mirando a Bill con unos ojos que ya no brillaban de alegría, sino de sospecha y rabia.
—¿Otra vez, Bill? ¿En serio? —preguntó Alex, con la voz ruda— Últimamente nunca quieres. Siempre hay una excusa. ¿Qué es lo que pasa?
—¡No! Solo… estoy cansado, Alex. Angelinne demanda mucho tiempo, la casa… solo quiero dormir —mintió dándole la espalda, encogiéndose sobre sí mismo.
—¡Cansado de qué! ¡Si no mueves un dedo, yo mantengo todo! —soltó Alex, dejando que el veneno fluyera—A veces pienso que solo me usaste para escapar de ese lugar de mierda. Eres un egoísta, Bill. Te doy una vida decente, una casa, seguridad… y ni siquiera eres capaz de ser una pareja de verdad.
Bill no respondió.
Se quedó inmóvil, sintiendo cómo las lágrimas rodaban silenciosas sobre la almohada. Cada palabra de Alex era un clavo más en el ataúd de su relación.
—Como quieras. Quédate con tu cansancio —escupió Alex, dándose la vuelta con un movimiento brusco que sacudió la cama—.Buenas noches. Espero que mañana te despiertes con ganas de ser algo más que un mueble en esta casa.
El silencio regresó, pero esta vez era un silencio podrido.
Alex se durmió al poco tiempo, pero Bill se quedó despierto, mirando la oscuridad, con una mano protegiendo su vientre.
&
La casa que su pareja había construido para ser un refugio se transformó, en apenas unas semanas, en una prisión de cristal empañado.
La calidez se evaporó, dejando en su lugar un frío que calaba más hondo que el invierno de Berlín.
La ruptura no fue ruidosa al principio, sino una erosión lenta y cruel.
Alex seguía siendo el padre devoto con Angelinne; la cargaba, le cantaba y le compraba juguetes, pero en cuanto ponía a la niña en su cuna, su rostro se transformaba en una máscara de desprecio al mirar a Bill.
Ya no dormían juntos; Bill se había relegado al sofá o a un pequeño colchón en el cuarto de la bebé, protegiendo su vientre donde el secreto de Tom crecía del hombre que alguna vez prometió salvarlo.
Los comentarios hirientes empezaron a ser el pan de cada día.
Alex, frustrado por el rechazo sexual y carcomido por la sospecha, atacaba donde más le dolía a Bill.
—Mírate al espejo, estás demacrado, pálido… das lástima —escupía mientras se arreglaba para salir—Ya ni siquiera te esfuerzas en verte bien. Te pareces cada día más al esqueleto drogadicto de tu hermano. ¿Crees que alguien más querría estar con un estorbo como tú?
El bajaba la mirada, apretando los puños. No podía defenderse porque sentía que, en parte, Alex tenía razón: se sentía una sombra, un recipiente de culpas y de una vida prohibida.
Peor aún era cuando Alex regresaba de madrugada.
El olor a alcohol se mezclaba con un perfume de mujer, dulce y barato, que no era el de Bill.
Alex ni siquiera se molestaba en ocultarlo; entraba a la casa haciendo ruido, restregándole su infidelidad en la cara como un castigo por su «cansancio».
Pero el hielo se rompió de la forma más oscura una noche de lluvia.
Bill, movido por una náusea repentina del embarazo que intentaba ocultar, tropezó en la cocina y tiró un vaso de cristal.
El sonido rompió el silencio y Alex, que ya venía cargado de rabia, explotó.
—¡No sirves para nada! ¡Ni siquiera para limpiar esta casa que YO pago! —rugió.
Cuando el azabache intentó responder, por primera vez en su vida sintió el impacto físico del odio.
No fue una bofetada limpia como la que él le dio a Tom; fue un golpe seco, cargado de la fuerza de un hombre que se sentía estafado. Bill cayó al suelo, protegiendo instintivamente su vientre con ambos brazos, mientras el sabor metálico de la sangre llenaba su boca.
—Levántate —siseó Alex, mirándolo desde arriba con una frialdad aterradora—Y limpia esto. Mañana no quiero ver ni un rastro de tu miseria en mi cocina.
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Bill se quedó en el suelo mucho después de que Alex se encerrara en la habitación. Lloró sin hacer ruido para no despertar a Angelinne. El círculo se cerraba de la manera más trágica, su hermano vendió su alma por droga, y él… él estaba vendiendo su integridad por un techo, mientras llevaba en su interior la prueba viviente de que su único amor verdadero era, al mismo tiempo, su mayor pecado.
El auricular del teléfono quemaba en la oreja de Bill.
Estaba de pie en el pequeño baño de la casa de Alex, el mismo lugar donde días atrás su vida se había fragmentado con un «positivo».
Frente a él, el espejo le devolvía una imagen que le costaba reconocer: su pómulo estaba teñido de un púrpura amarillento, una mancha de violencia que desentonaba con la delicadeza de sus rasgos.
Escuchar la voz de Simone era, al mismo tiempo, un bálsamo y una tortura.
—Hijo, tengo una tarde tranquila…quiero ir a verte, Bill. Extraño a mi nieta, extraño ver cómo está esa «bolita de carne» y quiero llevarte unas cosas que compré para ti —la voz de su madre sonaba frágil, pero cargada de un amor que Bill sentía que ya no merecía.
El cerró los ojos, apretando el borde del lavabo con una mano mientras con la otra sostenía el teléfono. El pánico le subió por la garganta. Si Simone lo veía así, si notaba la marca del golpe de Alex, el precario castillo de naipes que era su vida se derrumbaría. Simone era capaz de quemar Berlín entero por defenderlo, y Bill no podía cargar con esa culpa.
—No, mamá… hoy no es un buen día —mintió esforzándose por que su voz no temblara—Alex nos va a llevar a pasear a las afueras, queremos aprovechar el sol con la bebé. Tal vez… tal vez otro día, ¿sí? Te aviso cuando estemos de regreso.
Hubo una pausa del otro lado de la línea.
Simone, experta en detectar las grietas en las voces de sus hijos desde siempre guardó silencio un segundo de más, pero finalmente suspiró, aceptando la derrota.
—Está bien, mi vida. Disfruta con tu familia. Te lo mereces después de tanto caos.
—Mamá… ¿y Tom? —preguntó bajando la voz, casi en un susurro, como si pronunciar ese nombre fuera invocar a un demonio que ya llevaba dentro, literalmente—¿Cómo está él?
El tono de Simone cambio volviéndose pesado y gris.
—Tengo cuatro días sin verlo, Bill. Salí a buscarlo ayer a los lugares que frecuenta, hablé con gente que da miedo solo de verla… pero nadie sabe nada. Espero que llegue hoy, o mañana. Rezo para que el hambre lo traiga de vuelta a casa.
Bill sintió una punzada de agonía en el vientre. Su hermano estaba perdido en el submundo de las drogas mientras él estaba atrapado en el submundo de la violencia doméstica, ambos unidos por un secreto que latía en el vientre de Bill.
La sensación de que el tiempo se les acababa a todos era asfixiante….el miró su reflejo, la marca de la mano de Alex en su piel, y luego pensó en su madre, marchitándose en soledad en aquel lugar inmenso mientras esperaba a un hijo que quizás no volvería.
—Mamá… —interrumpió con las lágrimas asomando finalmente— Solo… quería decirte que te quiero mucho. Muchísimo. Gracias por todo lo que hiciste por nosotros.
—Y yo a ti, mi príncipe. Cuida mucho a esa niña. Ella es nuestra luz.
Bill colgó.
Se quedó mirando el teléfono en silencio, con el sabor amargo de la mentira en la boca. Se pasó los dedos por el moretón, preguntándose cuánto tiempo más podría ocultar que su «vida perfecta» con Alex era una pesadilla, y que el padre de su próximo hijo era el hermano que ahora mismo yacía, quizás, en algún callejón olvidado.
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La casa se había vuelto un sepulcro de ansiedad. Pasaron dos noches enteras en las que el lugar de Alex en la cama permaneció frío, un vacío que Bill aprovechó para respirar sin miedo, aunque el fantasma del «positivo» seguía quemándole las entrañas.
Fue a la tercera mañana cuando el estruendo de la puerta principal anunció el fin de la tregua.
Alex entró arrastrando los pies, envuelto en un vaho de alcohol barato y sudor rancio. Tenía la camisa desabrochada y, en su cuello pálido, unas marcas de labios y mordidas ajenas gritaban su traición.
Bill, que estaba en la habitación de Angelinne acomodando las mantas de la bebé mientras ella dormía su siesta, decidió que el silencio era su única arma. Lo ignoró, pasando por su lado como si fuera aire, y se refugió en la cocina para preparar algo de comer.
Pero el silencio no basta cuando el monstruo busca sangre.
—¡BILL! ¡VEN AQUÍ AHORA MISMO, MALDITO EGOÍSTA! —el rugido de Alex hizo vibrar las paredes.
Bill no volteó.
Siguió cortando unas verduras con manos temblorosas, hasta que sintió la presencia violenta de Alex a sus espaldas.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano ruda se enredó en su cabello negro, tirando de él con una fuerza animal que lo mandó directo al suelo de la cocina.
—¿Crees que soy estúpido? ¿Crees que me puedes ver la cara en mi propia casa? —siseó el ojiazul arrojándole un objeto de plástico que golpeó el pecho de Bill antes de caer al suelo.
Era la prueba de embarazo.
Alex la había sacado del fondo del bote de basura, rescatándola entre los desechos como un trofeo de guerra.
El choque de Bill fue total; el aire se le escapó de los pulmones al ver el «positivo» expuesto bajo la luz fría de la cocina.
—¡No hemos tenido sexo en semanas, Bill! ¡SEMANAS! —gritó Alex, dándole un golpe seco en la mejilla que le hizo ver estrellas— ¿De quién es? ¿De quién es este bastardo? ¿O con quién más te abres de piernas mientras yo trabajo?
Alex no se detuvo.
Los jalones de cabello y los golpes en el rostro se volvieron una ráfaga de odio.
Bill, en un acto de protección absoluta que nacía desde lo más profundo de su vientre, se hizo un ovillo en el suelo, cubriendo su abdomen con ambos brazos, protegiendo al hijo de la tragedia que crecía en su interior.
En un momento en que Alex se inclinó para levantarlo de nuevo, el puro instinto de supervivencia tomó el control. Bill lanzó una patada certera y desesperada al estómago de Alex, aprovechando el momento en que este se dobló de dolor para ponerse de pie y correr con el corazón en la boca.
Se encerró en la habitación de la bebé, echando el cerrojo con manos espasmódicas. Angelinne despertó asustada por el estruendo y empezó a llorar.
Bill, con la cara bañada en sangre y lágrimas, tomó su celular y marcó el único número que era su salvación.
Un tono… el corazón de Bill martilleaba contra sus costillas.
Dos tonos… se escuchaban los golpes de Alex contra la puerta de madera.
Al tercer tono, una voz ronca y pesada, una voz que Bill no había escuchado en semanas pero que reconocería incluso en la muerte, contestó.
No era Simone.
Era Tom.
—¿Diga? —la voz de Tom sonaba lenta, como si estuviera despertando de una pesadilla química.
—¡Tom! ¡Tom, por favor! —chilló Bill, rompiendo en un llanto histérico mientras se acurrucaba contra la cuna de Angelinne—¡Vengan por nosotros! ¡Alex me está pegando, Tom! ¡Por favor, sácame de aquí, llévame a casa!
Del otro lado de la línea, el silencio de Tom fue aterrador.
No hubo preguntas, no hubo dudas. Solo se escuchó el sonido de algo rompiéndose en el lugar y el rugido de un motor mental que acababa de encenderse.
—No cuelgues, Bill… —la voz de Tom cambió, volviéndose gélida y letal—No cuelgues. Quédate con la niña. Voy para allá, y juro por mi vida que ese infeliz no va a volver a tocarte nunca más.
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El timbre de la casa sonó con una insistencia agresiva, un timbrazo largo y continuo que parecía querer derribar la puerta por sí solo.
No hubo necesidad de que Alex preguntara quién era. El instinto, ese que nace de la culpabilidad y el miedo, le dijo que el cobrador de su deuda de sangre había llegado.
Alex, todavía frotándose el abdomen donde Bill le había dado la patada, caminó hacia la entrada principal. Abrió la puerta con una furia defensiva, listo para atacar, pero la figura que se alzaba ante él era la encarnación de sus peores pesadillas.
Era Tom.
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Tom lucía un aspecto demacrado tras días de desaparición en el submundo…sus rastas estaban sucias, sus ojos marrones tenían ojeras profundas y su palidez era casi fantasmal. Pero en su mirada no había rastro de la vulnerabilidad química.
Había un fuego gélido, una determinación asesina que provenía directamente en la carencia.
No dijo una palabra.
Al ver el rostro ensangrentado de Bill asomándose aterrado por el pasillo, Tom soltó un rugido animal y se lanzó sobre Alex.
La pelea fue brutal.
Dos hombres que se odiaban a muerte, unidos únicamente por el cuerpo de un gemelo y el secreto de una vida prohibida.
Tom, impulsado por una adrenalina maníaca que ignoraba su propia debilidad física, soltaba golpes con una precisión letal, buscando romper, buscando cobrar cada moretón en el cuerpo de su hermano. Alex, más fornido y con la ventaja de la sobriedad, no se dejaba; retrocedía, esquivaba y contraatacaba con una furia defensiva, haciendo que la sala se llenara de estruendos de muebles rotos y gritos de dolor.
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Bill, que había salido de la habitación de la bebé con Angelinne llorando en sus brazos, no pudo soportar el espectáculo.
El caos lo rodeaba, y la imagen de su gemelo, de su otra mitad, siendo golpeado por el hombre que lo había torturado, lo rompió.
—¡Tom, basta! ¡Lo vas a matar! ¡Alex, detente por favor! —chilló Bill, intentando interponerse, olvidando por un segundo el secreto de su vientre en un intento desesperado de salvar a ambos de su propia destrucción.
Pero fue un error.
Alex, astuto y cobarde incluso en la batalla, vio la oportunidad. Aprovechó que Tom estaba en el suelo por un golpe bajo para zafarse y con una mirada de odio puro, Alex se dirigió hacia Bill con la mano en alto, listo para seguir la agresión, para castigar la «infidelidad» de Bill frente al hombre que más la encarnaba.
—¡Tú eres mío, Bill! ¡Nadie te toca si no soy yo! —rugió Alex, a punto de llegar hasta él.
Lo que no calculó fue el alcance de la desesperación de Tom, que desde el suelo, con la respiración errática y el rostro bañado en sudor y sangre, vio la escena.
Vio la mano de Alex a centímetros de Bill, a centímetros de Angelinne, a centímetros del hijo que Tom ni siquiera sabía que ya llevaba Bill en su interior.
Con una velocidad eléctrica, Tom metió la mano bajo las capas de sus ropas anchas y sucias.
No hubo advertencias.
No hubo amenazas.
El primer disparo retumbó en la pequeña sala con la fuerza de un rayo, ensordeciendo el llanto de la bebé y deteniendo el tiempo.
Alex se detuvo en seco, con una expresión de desconcierto absoluto pintada en el rostro mientras un agujero rojo aparecía en su pecho.
Y luego, cuatro disparos más. Rítmicos, furiosos, definitivos. Cinco balas que perforaron el cuerpo de Alex en rápida sucesión, enviándolo al suelo con un impacto sordo sobre la alfombra que alguna vez Bill intentó mantener limpia.
El silencio que siguió fue insoportable.
Solo se escuchaba el pitido en los oídos por el estruendo de los disparos y el llanto aterrado de Angelinne.
Alex yacía inmóvil, con los ojos bien abiertos mirando el techo, su furia y sus golpes detenidos para siempre por la plomo del gemelo mayor.
Tom, todavía en el suelo, con la pistola temblando en su mano y el humo del cañón elevándose en el aire viciado, miró a Bill. Su mirada ya no era asesina; era la mirada del niño que nació un 1 de septiembre, el niño que había prometido proteger a su otra mitad a cualquier precio.
Continúa…
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