Fic Twc de Beth
Capítulo 8
El eco de los cinco disparos seguía rebotando en las paredes de la pequeña sala con un zumbido ensordecedor que se mezclaba con el llanto histérico de Angelinne. El olor a pólvora, metálico y acre, invadió el aire instantáneamente, combatiendo el hedor a alcohol y sangre que ya emanaba del cuerpo de Alex.
El yacía inerte sobre la alfombra, con los ojos fijos en el techo, una expresión de sorpresa congelada en su rostro. Un charco carmesí se expandía rápidamente bajo él, tiñendo el tejido y arrastrándose hacia los pies descalzos de Bill.
Bill estaba petrificado.
El mundo se había vuelto un lugar mudo y en cámara lenta. Sus ojos marrones estaban desorbitados, fijos en el cuerpo del hombre que, segundos antes, representaba todo su miedo y que ahora no era más que carne sin vida. Sentía el peso de Angelinne contra su pecho, su llanto un recordatorio distante de la realidad.
—Lo… lo mataste, Tom… —susurró Bill, con una voz que no parecía la suya, una voz que venía de un abismo de terror—Está muerto. Alex está muerto.
El de rastas se puso de pie lentamente, tambaleándose. La adrenalina de la muerte lo sostenía, superando la debilidad de los días de drogas. Se guardó la pistola humeante bajo sus ropas anchas y sucias, mirando el cadáver con un desprecio gélido. Se volvió hacia Bill, y en su rostro, manchado de sangre y sudor, no había rastro de arrepentimiento, solo una determinación feroz y animal.
—¡Cállate, Bill! ¡Cállate y escúchame bien! —le gritó agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo brutalmente—Ese infeliz ya no existe. Ahora solo importamos nosotros. ¡Vete a la habitación ahora mismo! ¡Empaca todo! ¡Todo lo tuyo y lo de la niña! No quiero que dejes ni un rastro de que alguna vez pisaron este maldito lugar. ¡MUEVE LOS PIES!
El grito de Tom, cargado de la autoridad rompió el trance de Bill. El terror paralizante se transformó en una actividad maníaca y desesperada. Corrió hacia el cuarto de la bebé, con Angelinne todavía gritando en su pecho, y empezó a lanzar ropa, pañales y juguetes dentro de las maletas con una furia ciega. No miraba lo que tomaba; solo sabía que tenía que borrar su existencia de esa casa antes de que el mundo se enterara de la tragedia.
Tom lo ayudó, moviéndose con una eficiencia macabra. Mientras Bill empacaba, Tom borraba huellas, tiraba pertenencias de Alex al charco de sangre para confundir, y revisaba que no quedara nada que los vinculara.
En diez minutos, que parecieron una eternidad de horror, tenían tres maletas listas.
.
Salieron de la casa por la puerta trasera, evitando la calle principal. Tom cargaba las maletas con una fuerza maníaca, y Bill llevaba a Angelinne apretada contra su pecho, envolviéndola en su manta para acallar su llanto, aunque el suyo propio era silencioso y constante. Subieron todo a la Escalade negra que Tom había dejado estacionada a la vuelta con el motor rugiendo como una bestia hambrienta en la noche de Berlín.
El mayor arrancó, haciendo chirriar las llantas. Manejaba como un loco, saltándose semáforos y esquivando autos, alejándose de la escena del crimen a una velocidad suicida.
El paisaje de la ciudad se volvía un borrón de luces borrosas a través de las ventanas.
Bill estaba sentado en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en el infinito. No veía la carretera, ni los edificios, ni a su hermano al volante. Solo veía los ojos abiertos de Alex y el humo saliendo del arma de Tom. Nunca, ni en sus peores pesadillas pensó que presenciaría una muerte, y mucho menos una ejecutada por la persona que más amaba en el mundo.
&
La Escalade entró al garaje del penthouse con un chirrido de frenos que retumbó como un trueno en el hormigón. El silencio del edificio era una bendición macabra; Simone no estaba, su auto seguía ausente, probablemente en una de esas largas jornadas de «compras» que ocultaban su agonía.
Subieron el ascensor en un trance de adrenalina y náusea. Tom, todavía con el olor a pólvora pegado a los poros y la mirada perdida de quien acaba de cruzar el punto de no retorno, se encerró de inmediato en el baño.
Necesitaba que el agua hirviendo se llevara la sangre de Alex y el rastro del submundo.
Bill, por su parte, se instaló en su antigua habitación.
El piso y la seda se sentían extraños, como si pertenecieran a otra vida.
Dejó las maletas a medio abrir y se sentó en el borde de la cama, con el cuerpo temblando violentamente.
La bebé ya no lloraba con miedo, sino con la urgencia del hambre, un recordatorio biológico de que, a pesar de la muerte, la vida seguía exigiendo su lugar.
Bill se desabrochó la camisa con manos torpes, liberando el pecho para la pequeña. El contacto cálido de la bebé fue lo único que lo mantuvo anclado a la realidad. Mientras Angelinne succionaba con avidez, Bill inclinó la cabeza, dejando que sus lágrimas cayeran sobre la mantita rosa.
—Perdóname, mi vida… perdóname por el monstruo que te puse de padre… perdóname por lo que tuviste que ver —susurró Bill, con la voz rota—Te juro que aquí vas a estar a salvo. Te juro que nadie más te va a tocar.
El silencio del cuarto era pesado, cargado con el fantasma de los cinco disparos que seguían sonando en sus oídos.
.
La puerta se abrió suavemente.
Tom apareció en el umbral, luciendo finalmente como el príncipe de nuevo. Llevaba ropa limpia, una sudadera ancha negra, y sus rastas rubias caían sueltas sobre sus hombros, todavía húmedas.
La palidez de su rostro seguía ahí, pero sus ojos tenían un brillo protector, casi religioso.
Bill dejó con cuidado a la bebé en el centro de la cama, asegurándose de que estuviera cómoda, y se puso de pie. Caminó hacia su gemelo y se fundió en un abrazo desesperado, hundiendo el rostro en el pecho de Tom, buscando el latido que compartían desde aquel septiembre.
—Ya pasó, Bill. Se terminó —susurró apretándolo contra sí con una fuerza posesiva—Mientras yo viva, nada ni nadie les hará daño. Ese infeliz nunca más pondrá una mano sobre ti. Somos nosotros contra el mundo, como siempre debió ser.
.
El azabache se separó apenas unos centímetros, mirando a Tom con los ojos hinchados y el labio todavía partido por el golpe de Alex.
Entre balbuceos y sollozos hipnóticos, sintió que el secreto le quemaba la garganta. No podía seguir ocultando el motivo de la furia de Alex, ni la razón por la que su cuerpo se sentía diferente.
—Tom… él se enteró. Por eso me pegó… por eso sacó la prueba de la basura —dijo Bill, apretando la tela de la sudadera de Tom.
El frunció el ceño y sus ojos marrones estaban nublados por el desconcierto.
—¿De qué hablas, Bill? ¿Qué prueba? ¿Qué sabía ese imbécil?
El pelinegro tomó aire, sintiendo una náusea violenta y una chispa de esperanza terrorífica.
Llevó la mano de Tom hacia su vientre, presionándola contra la piel firme sobre su camisa.
—Estoy embarazado, Tom. Alex sabía que no era suyo porque no me había tocado en meses… —Bill clavó su mirada en la de su gemelo, dejando que la verdad cayera como una guillotina—Es tuyo. Es nuestro, Tom. De aquella tarde en este sofá. Llevo un hijo tuyo aquí dentro.
El silencio que siguió fue absoluto. Tom se quedó petrificado, con la palma de la mano sobre el vientre de su hermano, sintiendo el calor de la vida que habían creado en medio de su pecado.
El eco de unos pasos lentos y rítmicos sobre el mármol del pasillo rompió el trance de los gemelos.
Simone acababa de entrar al penthouse. El sonido de las llaves sobre la mesa de la entrada y el roce de las bolsas de papel indicaban que la «normalidad» intentaba reclamar su espacio, ajena a la sangre que aún manchaba el alma de sus hijos.
Al notar el rastro de maletas en el vestíbulo y el murmullo proveniente de la habitación, la mujer caminó con premura, empujando la puerta entreabierta.
Su rostro, marcado por el cansancio de la enfermedad, se iluminó con una chispa de vida que no tenía hace meses.
—¿Bill? —susurró, llevando una mano a su pecho al ver a sus dos hijos juntos, uno frente al otro, en una estampa que parecía un milagro.
Bill se separó de Tom rápidamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano y forzando una sonrisa que le dolió en el labio partido.
No podía dejar que su madre, en su fragilidad, viera el abismo.
No podía decirle que Alex yacía en un charco de sangre o que el vientre de su hijo menor guardaba un fruto prohibido.
—Hola, mamá… volvimos —dijo caminando hacia ella para darle un abrazo que servía de escudo— Perdóname por llegar así, sin avisar.
Simone lo estrechó con fuerza, acariciando su cabello negro.
Sus ojos recorrieron las maletas y luego el rostro de Bill, deteniéndose un segundo de más en la sombra del moretón que el maquillaje no lograba ocultar del todo.
—¿Qué pasó, mi vida? ¿Y Alex? —preguntó ella, con la intuición de madre vibrando bajo la piel.
—Simplemente… no funcionó, mamá —mintió Bill, mirando de reojo a Tom, quien permanecía en las sombras de la habitación como un guardián silencioso— Discutimos y decidimos que lo mejor era que Angelinne y yo regresáramos a casa. Terminamos bien, él entendió que este es mi lugar. No hubo dramas, solo… un adiós necesario.
Simone miró a Tom, que asintió con una seriedad gélida, reforzando la mentira de su hermano.
Ella, que había cargado con sus propios secretos decidió no hacer más preguntas. Sabía que en esa familia las verdades a medias eran la única forma de sobrevivir.
El alivio de tener a su «pequeña familia» bajo el mismo techo, protegida por las paredes de mármol que tanto le habían costado, fue superior a cualquier sospecha.
—Está bien, mi cielo. Lo importante es que están aquí. El penthouse se sentía tan grande sin ustedes —dijo Simone, acercándose a la cama para ver a la «bolita de carne» que dormía plácidamente—Mírenla… es lo más puro que tenemos.
Esa tarde, el penthouse recuperó un simulacro de paz. Simone preparó una cena ligera, feliz de escuchar de nuevo el llanto de la bebé y los pasos de sus hijos por el pasillo.
Tom no volvió a tocar la droga; el secreto del embarazo de Bill se convirtió en su nueva adicción, una misión de protección que lo mantenía alerta.
Cenaron juntos, como si el cadáver de Alex no existiera, como si el VIH no estuviera consumiendo a Simone y como si el hijo que crecía en Bill no fuera un desafío a las leyes de Dios.
.
-DÍAS DESPUÉS-
La fragilidad del hogar de los Kaulitz construida sobre cimientos de sangre y mármol, estalló en mil pedazos apenas cuarenta y ocho horas después.
No hubo música, ni cenas en familia, ni el olvido que las drogas le habían prometido a Tom.
Solo hubo el sonido seco y rítmico de unos nudillos contra la madera de la puerta principal.
Un sonido que retumbó como los disparos en la sala de Alex.
Simone, con el rostro demacrado por su propia enfermedad, abrió la puerta esperando quizás a un repartidor o a Thalassa. En su lugar, se encontró con tres oficiales de la policía de Berlín, gélidos y armados con una orden judicial.
El vecindario de Alex, ese lugar que Bill creía haber dejado atrás, había hablado.
Las cámaras de seguridad, los testigos que vieron a un joven de rastas rubias y mirada maníaca huir en una Escalade negra, habían trazado un camino directo hacia ellos.
—Buscamos a Tom Kaulitz —dijo el oficial al mando con su voz carente de emoción—Está bajo arresto por el homicidio de Alex Fischer.
Simone retrocedió, sintiendo que el aire se volvía ácido.
—¡No! ¡Mi hijo no! ¡Él no ha hecho nada! Mi hijo a nadie mató! —gritó con su voz rompiéndose en un graznido de agonía.
En ese momento, Tom salió de su habitación.
No lucía como el asesino que describía el informe policial; llevaba a Angelinne en brazos, sosteniendo a la pequeña con una ternura que desafiaba la lógica de su pecado. Detrás de él, Bill caminaba como un espectro, con los ojos marrones nublados por el terror y una mano protegiendo instintivamente su vientre, donde el hijo de Tom latía en secreto.
La mujer se abalanzó hacia su hijo tomándolo de la sudadera con manos temblorosas, buscándole la mirada.
—¡Tom, dime que es mentira! —suplicó ella con las lágrimas surcando su piel traslúcida—¡Dime que no mataste a nadie! ¡Diles que se equivoquen! ¡Dime que sigues siendo mi niño bueno!
El de rastas no miró a su madre.
Sus ojos, cargados de una aceptación suicida, se clavaron en los de Bill.
En ese silencio de segundos, se dijeron todo lo que el mundo nunca entendería. Tom se acercó a su gemelo y le entregó a la bebé, un traspaso de guardia que se sintió como una sentencia de muerte.
—Perdóname… te amo —susurró al oído de Bill, un susurro tan bajo que solo las entrañas de Bill, y el bebé que llevaba dentro, pudieron escucharlo.
.
Los policías avanzaron.
El metal de las esposas brilló bajo las luces LED del penthouse. Tom no opuso resistencia; dejó que le arrebataran la libertad mientras mantenía la vista fija en su hermano, el hombre por el que había cruzado el umbral del infierno.
—¡SUÉLTENLO! —el grito de la mujer desgarró el silencio del edificio—¡ES MI HIJO! ¡A NADIE HA MATADO! ¡MI PEQUEÑO BEBÉ!
Ella se desplomó de rodillas en el suelo de mármol, aferrándose a las piernas de los oficiales mientras arrastraban a Tom hacia el ascensor. Para la ley, se llevaban a un asesino a sangre fría, a un drogadicto que había disparado cinco veces contra un civil. Pero para Simone, lo que veía era al niño que nació un 1 de septiembre, al hijo que, en medio del caos del arresto, la miró con una lucidez aterrador, la palabra que aquel bebé de ocho meses dijo por primera vez.
La volvió a repetir.
—Mamá… —dijo Tom, con una voz pequeña, infantil, antes de que las puertas del ascensor se cerraran.
El lugar quedó sumido en un silencio terrorífico, roto solo por los sollozos desgarradores de Simone en el suelo y el llanto de Angelinne en los brazos de Bill.
Bill se quedó inmóvil en el centro de la estancia, sintiendo el peso de la traición y del sacrificio.
Había recuperado su casa, pero había perdido a su otra mitad.
Se llevó la mano al vientre, sintiendo el vacío que dejaba la ausencia de Tom, dándose cuenta de que ahora era él quien debía cargar con el cadáver de Alex, la agonía de su madre y la vida prohibida que crecía en su interior.
Los gemelos estaban siendo separados por barrotes de acero, y la sangre del finalmente se había vuelto negra.
Tom había sido arrestado y la verdad amenaza con destruir lo que queda de los ellos.
&
El suelo frío del hogar fue reemplazado por el olor a antiséptico y el pitido monótono de los monitores en la unidad de cuidados intensivos. El arresto de Tom había sido el golpe de gracia para el cuerpo marchito de Simone.
Se desplomó en el pasillo apenas las puertas del ascensor se cerraron, y ahora, bajo las luces fluorescentes del hospital, la realidad se desnudaba sin piedad frente a Bill.
El estaba sentado en una silla de plástico, con Angelinne dormida en su regazo, cuando la doctora se acercó con el rostro sombrío. No hubo rodeos; el tiempo de las metáforas se había terminado con los disparos de Tom.
—Bill… tu madre está en la fase final. El sistema inmunológico ha colapsado por completo. El VIH ha avanzado demasiado rápido debido al estrés de estos días —dijo la doctora, bajando la mirada.
Bill sintió que el suelo desaparecía. VIH.
La palabra resonó en su mente como una campana fúnebre.
Toda la vida de «turnos dobles», el cansancio extremo, la palidez… no era solo trabajo. Era una sentencia que ella había cargado en silencio para no manchar la pureza de sus hijos.
.
Bill entró a la habitación a solas, dejando a la bebé con una enfermera. Simone parecía un espectro perdido entre las sábanas blancas, conectada a tubos que intentaban inútilmente retener una vida que ya pertenecía a las sombras. Al sentir la mano de Bill, ella abrió los ojos, empañados por el dolor y la morfina.
—Mi príncipe… —susurró Simone con su voz era un hilo de seda a punto de romperse—No llores…. siempre supe que este día nos marcaría para siempre.
Bill sollozaba, apretando la mano huesuda de su madre.
—¿Por qué no me lo dijiste, mamá? Lo de la enfermedad… lo de Tom… lo de todo.
Simone esbozó una sonrisa triste, una mueca de agonía y amor.
—Quería que fueran reyes, Bill. Quería que nunca supieran lo que es el hambre que pasamos cuando nacieron. Por eso acepté el dinero de esos hombres… por eso vendí mi cuerpo en los hoteles de Berlín mientras ustedes dormían. Cada joya que llevan, cada mármol del penthouse… tiene el precio de mi piel.
El azabache sintió una náusea violenta.
Pero Simone no había terminado.
Con una fuerza sobrehumana, apretó la mano de Bill y lo miró con una lucidez que le heló la sangre. Sus ojos recorrieron el cuerpo de su hijo menor, deteniéndose en su vientre, ese lugar donde el hijo de la tragedia empezaba a notarse bajo la ropa.
—Y no solo sé de mis pecados, Bill… sé de los tuyos —susurró ella, haciendo que el se quedara sin aliento—Los escuche aquella noche, a través de las paredes del penthouse… escuchaba cómo se buscaban, cómo se amaban con esa furia que solo los que son una misma alma pueden sentir, se que estas embarazado, tus ojitos no mienten mi amor, también se que ese niño que llevas no es de ese hombre muerto. Es de Tom. Es sangre de nuestra sangre.
Bill se cubrió la boca para no gritar, cayendo de rodillas junto a la cama.
El secreto más oscuro de los gemelos estaba expuesto en el lecho de muerte de la mujer que lo sacrificó todo por ellos.
—No te juzgo, mi vida… —continuó Simone con su respiración volviéndose errática, el monitor empezando a emitir una alarma persistente—En este mundo podrido, su amor es lo único real que creamos. Cuida a ese bebé. Cuida a Tom. No dejes que el miedo los sepulte como me sepultó a mí…
El pitido del monitor se volvió un tono continuo y agudo.
La mano de Simone se relajó, perdiendo el calor, mientras sus ojos se fijaban en un punto invisible en el techo.
Había muerto como vivió: guardando los secretos de un imperio que se desmoronaba.
Bill se quedó allí, solo en la habitación blanca, rodeado por el eco de una confesión que lo vinculaba para siempre al asesino que estaba tras las rejas y al hijo prohibido que pateaba, por primera vez, dentro de su vientre. Los gemelos estaban huérfanos, malditos y más unidos que nunca en la tragedia.
&
El cielo amaneció de un gris plomizo, como si las nubes estuvieran hechas de la misma ceniza que ahora llenaba los pulmones de Bill.
El funeral de Simone no fue la despedida de una reina del mármol, sino un susurro apresurado en un cementerio olvidado de las afueras. No hubo coronas de flores costosas, ni cámaras, ni amigos de la alta sociedad. Solo estaba Bill, sosteniendo a Angelinne contra su pecho negro, mientras el ataúd descendía hacia una tierra que parecía demasiado fría para una mujer que ardió tanto por sus hijos.
Bill se quedó allí, bajo una lluvia fina que le arruinaba el maquillaje, sintiendo cómo el viento golpeaba su vientre. El bebé, ese hijo de Tom que ya empezaba a reclamar su espacio, se movió con una punzada sorda, como si supiera que la abuela que lo aceptó en su lecho de muerte ya no estaba.
—Descansa, mamá… el secreto está a salvo conmigo —susurró Bill, antes de darse la vuelta y caminar hacia el auto que lo llevaría al siguiente círculo de su infierno personal: la prisión de Moabit.
El olor de la cárcel era diferente al del hospital; sabía a metal oxidado, a sudor rancio y a esperanza muerta. Bill caminó por los pasillos de hormigón, custodiado por guardias que lo miraban con una mezcla de lascivia y desprecio por su aspecto andrógino, la bebé en sus brazos y su vientre incipiente.
Cuando finalmente se sentó frente al cristal reforzado del locutorio, el corazón le dio un vuelco.
Tom apareció escoltado, con el uniforme naranja que le quedaba grande en su cuerpo demacrado. Ya no tenía sus rastas rubias; se las habían cortado al entrar, dejando al descubierto un rostro que se veía terriblemente joven y asustado bajo la luz fluorescente.
El de rastas tomó el auricular con manos que temblaban.
Sus ojos marrones, antes fieros, se inundaron de lágrimas al ver a Bill del otro lado.
—¿Mamá?… —fue lo primero que preguntó Tom con su voz sonando distorsionada por el aparato— Dime que ella está bien, Bill. Por favor, dime que no me odia por lo que hice.
Bill cerró los ojos, pegando su frente al cristal frío, sintiendo que el vidrio era lo único que lo separaba del abismo.
—Se fue, Tom. Mamá murió—soltó Bill, y el grito ahogado de Tom del otro lado casi le rompe el alma— Pero escucha… antes de irse, me lo dijo todo. Se lo de su trabajo, Tom. Se que se vendía por nosotros para que nunca nos faltara nada. Se fue pidiendo perdón por el suelo que nos construyó.
Tom golpeó el cristal con el puño, sollozando sin consuelo, ocultando el rostro entre sus brazos. El verdugo de Alex ahora no era más que un niño huérfano gritando en una jaula de acero.
—Pero hay algo más… —continuó Bill, bajando la voz hasta que fue un susurro que solo Tom podía captar— Ella lo sabía todo, Tom. Sabía lo nuestro. Dijo que nos escucho aquella noche… que sabía que nos amábamos con una furia que nadie más entendería. Y lo del bebé… ella lo sabía antes de que yo se lo dijera. Me dijo que lo cuidara, que es sangre de nuestra sangre y lo único puro que nos queda.
Tom levantó la cabeza, con los ojos rojos y fijos en el vientre de Bill. Su mano sucia, se posó sobre el cristal, justo donde Bill tenía apoyada la suya. Fue un contacto fantasma, una caricia separada por la ley y el pecado.
—Ella nos dio permiso para ser lo que somos, Bill —susurró Tom, con una sonrisa triste que le rompió el corazón a su hermano—Incluso en la muerte, nos protegió del juicio del mundo. Si ella nos perdonó, no me importa pudrirme aquí diez o veinte años. Ese niño que llevas… es mi redención.
Bill lloraba en silencio, viendo cómo los guardias se acercaban para llevarse a Tom de nuevo a su celda. El tiempo de la visita se había terminado.
—No te voy a dejar solo, Tom. Voy a venir cada semana. Voy a traer a Angelinne y al bebé cuando nazca. Vamos a ser la familia que ella quiso, aunque sea tras este cristal —prometió Bill, pegando sus labios al vidrio.
Tom fue arrastrado hacia atrás, pero sus ojos nunca dejaron de mirar a Bill. Se llevaban al asesino, al hermano, al padre prohibido. Bill se quedó solo en el locutorio, sintiendo la patada del bebé en su vientre, un recordatorio vivo de que los ellos nunca estarían realmente separados.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario 🙂