
Fic Twc de Beth
Capítulo 9
La búsqueda de justicia para un asesino nunca fue un camino de luz, sino un descenso por los pasillos burocráticos y fríos del sistema judicial alemán. Con el apartamento embargado y la cuenta bancaria de Simone congelada, por ser menor de edad, Bill se vio obligado a recurrir a la única persona que conocía sus secretos médicos y el horror de su pasado: la Dra. Thalassa.
Gracias a los contactos de la doctora en las altas esferas de Berlín, lograron contratar a Herr Von Weber, un abogado de mirada gélida y lengua de plata, experto en casos de legítima defensa. Bill vendió las últimas joyas de su madre, los anillos que Simone había ganado con el sudor de su piel en las noches de hotel, para pagar el honorario que prometía devolverle a su otra mitad.
—Si logramos demostrar que Alex era un maltratador y que Tom actuó bajo un brote psicótico inducido por la abstinencia y la protección de su familia, podemos reducir la pena al mínimo —le había asegurado Von Weber a Bill.
Pero los planes de los abogados no cuentan con la voluntad de un alma que ya se siente condenada.
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El tribunal de Berlín era un edificio de piedra gris que parecía devorar a cualquiera que cruzara su umbral.
El aire olía a papel viejo y a juicios sumarios. Bill entró con un traje negro impecable, tratando de ocultar su vientre tras una gabardina ancha. Angelinne se quedó fuera con Thalassa; ese no era lugar para una niña.
Cuando Tom entró a la sala, el silencio fue absoluto. Llevaba un traje gris que le prestó el abogado, su rostro estaba limpio y sus ojos marrones fijos en el suelo.
Ya no era el «drogadicto de las rastas»; era un hombre que parecía haber envejecido diez años en tres meses.
Bill sintió una punzada de dolor en el vientre al verlo tan cerca y a la vez tan lejos, separado por el estrado y los guardias.
La fiscalía presentó las fotos del cadáver de Alex: cinco disparos, una ejecución. Von Weber contraatacó con los informes médicos de Bill, las fotos del moretón en su rostro y el testimonio de la vecina que escuchó los gritos de auxilio.
—Mi cliente es un joven que intentó salvar a su hermano de un monstruo —rugía Von Weber ante el juez—Un acto de amor desesperado, no un asesinato premeditado.
Llegó el momento final.
El juez miró a Tom por encima de sus gafas.
—Señor tiene el derecho a declarar antes de que este tribunal dicte sentencia. Su abogado sostiene que usted no es responsable de sus actos debido a la situación de violencia extrema. ¿Qué tiene que decir?
Bill se inclinó hacia adelante, apretando las manos contra su vientre.
En su mente, rogaba: «Miente, Tom. Di que fue un accidente. Di que no querías hacerlo. Vuelve a casa con nosotros».
Tom se puso de pie lentamente.
Por primera vez en todo el juicio, miró directamente a Bill. Sus ojos no pedían perdón; pedían liberación. Luego, se volvió hacia el juez con una voz que no tembló.
—No fue un accidente, su señoría —dijo Tom, y el aire pareció escaparse de la sala—Mi abogado miente. No estaba fuera de mí. Sabía perfectamente lo que hacía cuando apreté el gatillo las cinco veces. Lo maté porque quería que dejara de existir. Lo maté porque odiaba que tocara lo que es mío—Un murmullo de horror recorrió la sala. Von Weber se llevó las manos a la cabeza, derrotado—Asumo mi culpabilidad total —continuó ignorando el caos a su alrededor—No soy una víctima del sistema ni de las drogas. Soy un asesino que protegió a su sangre. Dicten la sentencia que quieran, porque ninguna cárcel será tan oscura como la vida que llevaba antes de esto.
—¡NO! ¡TOM, CÁLLATE! —el grito de Bill desgarró el protocolo de la corte.
el se puso de pie, con las lágrimas empañando su visión, mientras los guardias lo obligaban a sentarse.
El juez golpeó el mazo con una finalidad aterradora.
—Ante la confesión espontánea del acusado, se le condena a quince años de prisión efectiva.
El sonido del mazo fue como el quinto disparo de aquella tarde.
Bill se desplomó en el banco de madera, consumido por un llanto desgarrador que le sacudía todo el cuerpo. Sintió una patada violenta en su vientre, el hijo de Tom protestando por el destino de su padre.
Vio cómo se llevaban a Tom encadenado.
Tom no volvió a mirarlo; caminaba con la espalda recta, cargando con la culpa de ambos, dejándole a Bill la libertad, pero también el peso insoportable de un futuro en soledad.
Bill se quedó allí, solo en la sala vacía, con el sabor amargo de la lealtad extrema y el eco de una sentencia que lo condenaba a él también a esperar quince años para volver a ser una mitad completa.
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El tiempo en Berlín no se detuvo, aunque para Bill los relojes parecieran haber quedado encallados en aquel estrado de la corte. Los meses pasaron con una lentitud de plomo, marcados por las visitas semanales a la prisión de Moabit, donde el cristal frío era el único testigo de un amor que se consumía en el silencio.
Sin embargo, en medio de la penumbra, una pequeña llama de vida insistía en brillar. Angelinne cumplió su primer año. Esa niña que alguna vez Bill protegió en un penthouse ahora caminaba con pasos torpes y balbuceaba palabras que a Bill le partían el alma, pues ninguna de ellas era «papá».
Bill ya no era el joven que solo se preocupaba por su delineador ,con el apartamento perdido y la herencia de Simone bajo custodia legal, la Dra se convirtió en su salvavidas. Le ofreció un puesto como su asistente personal en el hospital, un trabajo que Bill aceptó con una humildad que nació del dolor.
Gracias a la bondad de la doctora, Bill podía llevar a Angelinne al hospital, dejándola en la guardería de la institución mientras él organizaba expedientes y agendas. Fue allí, entre el olor a desinfectante y el ajetreo de las emergencias, donde Bill encontró una nueva familia, una que no sabía de su pasado sangriento.
La pequeña reunión por el primer año de Angelinne se llevó a cabo en el modesto departamento que Bill alquilaba cerca del hospital. No había lujos, ni seda, ni champagne caro. Solo globos de colores y un pastel sencillo que Bill compró con su primer sueldo real.
—¡Mira esa corona, parece una verdadera princesa! —exclamó Natalie, una de las enfermeras que se había vuelto inseparable de Bill.
A su lado, Sara, la jefa de planta, asentía con una sonrisa cálida mientras sostenía uno de los juguetes de la niña.
Pero el alma de la fiesta era, sin duda, su amigo «Candy».
Con su energía desbordante y sus chistes ácidos, lograba que Bill soltara, de vez en cuando, una risa que no llegaba a sus ojos, pero que al menos aliviaba la tensión de su pecho.
—Oye, deja de poner esa cara de funeral, que hoy la jefa es la niña —le dijo Candy, dándole un empujoncito afectuoso—Mírala, tiene tu misma mirada dramática, va a ser una rompecorazones.
Bill sonrió débilmente, acariciando su vientre ya crecido.
Tenía ya un avanzado embarazo, y la curva de su abdomen bajo la camisa ancha era un recordatorio constante de Tom.
Sus amigos en el hospital creían que Bill era un viudo trágico, alguien que había perdido a su pareja en un accidente; nadie imaginaba que el padre de ese bebé estaba tras las rejas cumpliendo quince años por asesinato.
Mientras Angelinne soplaba su primera vela con la ayuda de Thalassa, Bill se alejó un momento hacia la ventana. Miró hacia el horizonte, donde las luces de la ciudad se mezclaban con las sombras de la noche. Sintió una patada fuerte, una conexión directa con la sangre.
—Feliz cumpleaños, mi vida —susurró Bill, con los ojos empañados—Tom te ama desde donde está. Y este hermanito que viene… él también nos va a cuidar.
Thalassa se acercó y le puso una mano en el hombro como un gesto mudo de apoyo. Ella era la única que sabía que ese «viudo» cargaba con el peso de un linaje maldito.
La fiesta continuó con risas y música suave, un pequeño oasis de paz en la tormenta eterna.
Bill sabía que lo que venía sería difícil, pero al mirar a sus nuevos amigos y a su hija, entendió que, aunque Tom estuviera encerrado, él no estaba completamente solo.
Angelinne ha crecido y el nuevo bebé está por llegar.
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Bill caminaba con pesadez, sintiendo cada gramo del peso de su vientre en esas últimas semanas de embarazo. Había peleado batallas legales y burocráticas junto a Herr Von Weber, moviendo cielo y tierra para conseguir ese permiso especial.
No era un locutorio con cristal; era la sala común, un espacio donde, por un breve instante, las manos podían rozarse.
Se sentó en una de las mesas de metal ancladas al suelo.
A su lado, Angelinne no paraba de moverse en su silla, señalando las luces del techo y balbuceando sonidos que llenaban el silencio tenso de Bill.
El, sin embargo, solo tenía ojos para la puerta de hierro por donde salían los internos.
De pronto, el chirrido de la cerradura eléctrica retumbó.
Tom entró a la sala y el mundo de Bill se detuvo. Ya no era el joven demacrado y roto que el sistema se había llevado meses atrás. El tiempo en prisión, paradójicamente, le había devuelto una robustez madura. Tenía el cabello más largo, recogido en unas trenzas apretadas que acentuaban sus rasgos afilados, y un nuevo brillo metálico adornaba su labio inferior: un piercing en el lado derecho que brillaba bajo las luces fluorescentes.
Al clavar su mirada en Bill, los ojos marrones de Tom se encendieron.
No hubo rastro del asesino, ni del drogadicto; solo quedó el hombre que amaba a su gemelo más allá de la cordura. Esbozó una sonrisa genuina, una que Bill no veía desde antes de aquel día.
—Mírate… —susurró al sentarse frente a él, estirando una mano para rozar apenas los dedos de Bill sobre la mesa—Estás precioso, Bill. El embarazo te hace ver… como si tuvieras luz propia.
Bill bajó la mirada, con una sonrisa triste y cansada. Se sentía pesado, con los pies hinchados y el alma rota, pero para Tom, él seguía siendo la única belleza en un mundo de cemento.
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La charla fluyó entre los balbuceos de Angelinne, que miraba a Tom con una curiosidad instintiva, como si reconociera en él la otra mitad de su propio padre. Pero la paz duró poco. Bill, apretando la mano de su hermano, soltó lo que llevaba planeando noches enteras.
—He hablado con Von Weber, Tom. Vamos a presentar una apelación. Si demostramos buen comportamiento y alegamos la provocación de Alex, podemos bajar esos quince años a siete, o incluso menos. No puedo seguir así, Tom. No puedo criar a dos niños solo.
Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Bill, mojando el cuello de su blusa ancha. Pero la reacción de Tom no fue la que esperaba.
Su rostro se endureció, volviéndose una máscara de piedra.
—No, Bill. No habrá apelación —dijo con una firmeza que heló la sangre de su hermano.
—¡Pero Tom! ¡Te necesito! No quiero estar sin ti, me estoy consumiendo… —insistió Bill, sollozando abiertamente mientras Angelinne lo miraba asustada.
Tom guardó un silencio sepulcral. Miró a su sobrina, miró el vientre prominente de Bill donde latía su propio hijo, y luego clavó sus ojos en los de su gemelo. Lo que dijo a continuación no fue un grito, fue un susurro que dolió más que los cinco disparos en la sala de Alex.
—Bill… lo mejor es que ya no vuelvas —soltó Tom, soltando su mano como si quemara—No quiero que me veas aquí. No quiero que mis hijos crezcan visitando a un preso. Tienes un trabajo, tienes amigos, tienes una vida limpia ahora. Yo soy el pasado, Bill. Soy la sangre y el mármol que mamá nos dejó. Tienes que dejarme ir para que ellos tengan una oportunidad.
Bill se quedó mudo, con el corazón roto en mil pedazos.
El rechazo de Tom no era por falta de amor, sino por un exceso de él: un sacrificio final para que el pudiera nacer de nuevo, lejos de la sombra.
Se quedó allí, en medio de la sala de visitas, sintiendo cómo el hijo que llevaba dentro se movía con fuerza, ajeno a que su padre acababa de dictar la sentencia más cruel de todas: la del olvido voluntario.
Tom ha tomado una decisión radical para proteger el futuro de Bill.
La separación parece ser definitiva,
El destino de los gemelos siempre estuvo marcado por el drama y el sincronismo.
Apenas unos minutos después de que las puertas de hierro se cerraran tras de él, el cuerpo de Bill reaccionó al desgarro del alma.
El dolor de la expulsión emocional de su gemelo se transformó en una contracción física, violenta y definitiva, que lo dobló por la mitad en el asiento del taxi.
El trayecto al hospital fue un borrón de luces y gritos contenidos.
Para cuando llegaron a urgencias, el mundo de Bill se reducía a una camilla blanca y al rostro firme de la Dra. Thalassa, quien lo recibió entre el caos de las sirenas.
—¡Respira, Bill! ¡Mírame! Tienes que concentrarte en el bebé—le ordenaba mientras las enfermeras corrían a su alrededor preparándolo todo.
Pero Bill era un manojo de nervios, un espectro de llanto incontrolable. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Tom diciéndole que no volviera, una sentencia que dolía más que el cuerpo desgarrándose para dar vida.
Sus manos apretaban las sábanas con una fuerza desesperada, y su rostro, empapado en sudor y lágrimas, buscaba una mitad que ahora estaba tras los barrotes.
—¡Me dejó solo, Thalassa! ¡Me pidió que no volviera! —sollozaba entre pujos, con la voz rota por la agonía— ¿Cómo voy a hacer esto sin él?
Tras horas de lucha, donde el dolor físico y el emocional se fundieron en un solo grito, el silencio de la sala de partos fue roto por un llanto agudo, fuerte y lleno de una vitalidad que Bill no sentía en su propio cuerpo.
Thalassa tomó al recién nacido y, tras los procedimientos de rigor, lo envolvió en una manta azul y se lo entregó a un Bill exhausto, que aún tiritaba por el shock. Al bajar la mirada, Bill sintió que el tiempo retrocedía, pero con una luz nueva.
Era un niño precioso. Pequeñito, frágil en apariencia, pero con una energía que llenaba la habitación.
Al abrir sus ojos, Bill soltó un suspiro entrecortado: no eran marrones como los suyos o los de Tom, sino de un verde intenso, brillante como esmeraldas, heredados quizás de algún ancestro de Simone que la tragedia no pudo borrar.
Su piel era clara y su cabello, apenas un pelaje fino, era de un rubio platino puro.
Era idéntico a Tom.
Tenía la misma forma de la nariz, el mismo arco en los labios, pero con una pureza que su padre ya no poseía.
El pequeño estiró una mano diminuta y rozó la mejilla de Bill, capturando una de sus últimas lágrimas.
En ese gesto, el pelinegro sintió un mensaje silencioso, una promesa de sangre que no venía de la culpa, sino de la esperanza.
Era como si el bebé le dijera: «No llores más, papi. Ya estoy aquí para curarte las heridas que el miedo y las balas dejaron. Yo soy tu nueva mitad».
Bill apretó al niño contra su pecho, sintiendo el latido rítmico de un bebe que nacía libre de las sombras del pasado.
Miró a Thalassa, quien le sonreía con una tristeza compasiva, y luego miró a la ventana. Sabía que Tom estaba lejos, pero en sus brazos sostenía la prueba viviente de que, a pesar de los quince años de espera, el amor prohibido de los gemelos había dejado un legado de luz.
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El tiempo en la prisión no se medía en horas, sino en el goteo monótono del arrepentimiento y el óxido.
Para Tom, los días se habían convertido en una disciplina brutal de silencio y pesas, un intento desesperado de endurecer su cuerpo para que su mente no colapsara ante la ausencia de Bill.
Había cortado el cordón umbilical, había prohibido las visitas, grabándose a fuego la imagen de su gemelo embarazado y roto en la sala de visitas como su último acto de amor: el sacrificio de la separación.
Pero Tom, el guerrero de cristal no contaba con la rebelión de su propia sangre.
Fue una tarde gris, después del patio, cuando el guardia de turno, un hombre gordo y cínico que solía disfrutar con la miseria de los presos, arrojó un sobre blanco a través de los barrotes de la celda de Tom.
—Llegó correspondencia para el «matón»—se burló el guardia— Parece que alguien no entendió el mensaje de «no volver».
Tom, que estaba tumbado en su litera mirando el techo de hormigón, sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Reconoció la caligrafía de Bill instantáneamente. Era una letra temblorosa, apresurada, como si hubiera sido escrita entre espasmos de dolor y esperanza.
Su primer instinto fue romper el sobre, cumplir su promesa de olvido, pero una fuerza ancestral, una conexión que desafiaba los muros de la prisión, lo obligó a abrirlo con manos temblorosas.
Al deslizar el contenido, una fotografía a color cayó sobre su
El de trenzas la tomó con dedos torpes, y el mundo que había construido con tanto esfuerzo a base de frialdad y violencia se desintegró en un segundo.
La foto era un primer plano de un recién nacido.
El bebé estaba envuelto en una manta azul, con la piel rosada y los ojos bien abiertos. Tom no necesitó una prueba de ADN; el niño era su viva imagen. Tenía la forma de su nariz, el arco exacto de sus labios, incluso la expresión ceñuda que Tom solía poner cuando estaba concentrado.
Era un Kaulitz puro, un heredero de su sangre y de su linaje maldito.
Pero lo que terminó de romper a Tom fueron los ojos del niño. No eran marrones como los suyos, ni marrones como los de Bill. Eran de un verde intenso, brillante y lúcido, como los ojos de Simone mirándolo desde el más allá, aceptando su sacrificio y bendiciendo su pecado.
—No… no puede ser… —susurró y su voz, antes ruda y autoritaria en el patio, sonó como la de un niño asustado.
El llanto empezó como un gemido sordo en su garganta, una vibración que sacudió todo su cuerpo musculoso.
Tom ,el hombre que había matado a Alex sin parpadear, el hombre que había prohibido el amor de su vida para salvarlo, se deshizo por completo sobre su litera de metal.
Lloró con un dolor que no era físico, un dolor que venía de las entrañas de su alma. Sus lágrimas, gruesas y calientes, cayeron sobre la fotografía, mezclándose con la imagen de su hijo, el niño que nació libre de las sombras del mármol.
Se cubrió el rostro con las manos, pero el llanto incontrolable escapaba entre sus dedos como un sonido animal y desgarrador que alarmó a los presos de las celdas vecinas.
—¡Es mío! ¡Es nuestro! —gritó en la soledad de su celda, apretando la fotografía contra su pecho, justo sobre el tatuaje que llevaba el nombre de su hermano— ¡Tiene mis rasgos y los ojos de mamá!
Al dorso de la foto, una nota escrita con la caligrafía de Bill decía:
«Se llamara Tom. Tiene tus rasgos y mis esperanzas. No me pidas que te olvide, porque él es la prueba de que nunca estaremos separados. Te amamos tras este cristal.»
Tom se quedó allí, en posición fetal, abrazando la foto y la nota, llorando hasta que no le quedaron más lágrimas.
La roughneck de Moabit había sido vencido por la imagen de su propia sangre. Quince años de condena ahora se sentían como una eternidad, pero también como un camino de redención, un sacrificio necesario para volver a tocar la piel de su hijo y la de su hermano, la única familia que había bendecido con una tragedia eterna.
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La vida en Berlín continuó bajo un cielo de contrastes.
Mientras uno buscaba la luz entre pañales y estetoscopios, el otro intentaba domar a la bestia interna entre muros de concreto.
Los días de Bill se convirtieron en un maratón de amor y agotamiento.
Con el pequeño Tom Jr. en un brazo y Angelinne tirando de su pantalón, aprendió que el silencio era un lujo del pasado. La inteligencia de Angelinne florecía de forma asombrosa; a sus apenas quince meses, ya identificaba colores y señalaba con precisión quirúrgica los instrumentos médicos de Thalassa, sorprendiendo a Bill con una agudeza mental que gritaba el linaje.
Para marcar este nuevo capítulo, Bill decidió dejar su pasado.
Abandono la melena lisa por un estilo moderno, con pequeñas rastas bicolor ,negro y rubio platino que enmarcaban su rostro ahora más maduro.
Al volver al hospital como asistente de Thalassa, sus compañeros Natalie, Sara y Candy lo recibieron con vítores, celebrando la fuerza de ese «viudo» que se negaba a rendirse.
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Tras recibir la fotografía de su hijo, Tom se transformó. Se inscribió en todas las terapias de control de ira disponibles, sentándose frente a psicólogos para desenterrar los traumas que nacieron aquel 1 de septiembre.
La rabia que antes resolvía con puños, ahora la canalizaba en los libros.
Se volvió un hombre culto, devorando tratados de filosofía y derecho, hasta el punto de comenzar a estudiar la carrera de Leyes a distancia, convirtiéndose en un ejemplo de reinserción para los guardias.
Todas las noches, sin falta, su último acto antes de apagar la luz era besar la fotografía de su bebé, jurándole al papel que saldría de allí siendo el hombre que ellos merecían.
Sin embargo, la paz en la prisión tenía un enemigo: Miller, un recluso veterano que envidiaba la redención de Tom. Miller lo provocaba a diario, escupiendo insultos sobre Bill y «el bastardo» que lo esperaba afuera, buscando que Tom perdiera su reducción de condena por un acto de violencia.
El apretaba los dientes hasta que las encías le sangraban, recordando las palabras de su terapeuta y la mirada verde de su hijo en la foto, manteniéndose firme ante el acoso constante.
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En el hospital, un nuevo rostro llegó para agitar las aguas: el Dr. Andrew, un hombre de sonrisa fácil y manos seguras. Andy, como pronto le apodaron, se sintió atraído de inmediato por la melancolía luminosa de Bill.
Comenzaron a compartir cafés en los descansos, y Andy se ganó a Angelinne con trucos de magia sencillos. Poco a poco, la herida en el alma de Bill, esa que Tom había dejado abierta al pedirle que no volviera, comenzó a cerrar con la atención constante de Andrew.
Bill se sentía culpable, pero la soledad pesaba más que el mármol de Simone.
Una tarde de lluvia, el destino decidió jugar su carta más cruel.
En el hospital, tras una jornada agotadora, Andy arrinconó a Bill en el pasillo vacío de la guardería. Con una suavidad que Bill no pudo rechazar, Andy acortó la distancia y le robó un beso cargado de promesas y estabilidad. Bill cerró los ojos, permitiéndose por un segundo sentir el calor de un hombre libre, un hombre que no olía a pólvora ni a celda.
En ese mismo instante, a kilómetros de allí, el silencio de la biblioteca de la prisión se rompió.
Miller, harto de la indiferencia de Tom, lo emboscó por la espalda entre las estanterías de libros jurídicos.
Mientras los labios de Andy presionaban los de Bill, el metal frío de un vástago afilado atravesaba el costado de Tom.
Tom cayó al suelo, esparciendo sus libros de leyes por el suelo manchado de sangre.
En su agonía, su mano no buscó defenderse, sino que se cerró con fuerza sobre el bolsillo de su uniforme, protegiendo la fotografía de su hijo mientras la vida se le escapaba por la herida, justo cuando su otra mitad, en un hospital lleno de luz, comenzaba a entregarse a otro el se desangra por su propia redención mientras Bill cruza la línea de la infidelidad emocional.
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El pasillo de urgencias se convirtió en un túnel de ruido blanco y luces estroboscópicas. Bill se separó de Andrew abruptamente, llevándose una mano al costado izquierdo; un dolor punzante, físico y visceral, le había atravesado el cuerpo justo cuando los labios del doctor rozaron los suyos.
No era un calambre, era una alarma de sangre.
En ese momento, las puertas automáticas se abrieron de par en par.
—¡Código azul! ¡Trauma penetrante en tórax y abdomen! ¡Presión cayendo! —gritaban los paramédicos mientras empujaban la camilla a toda velocidad.
El de rastas se quedó petrificado en medio del pasillo. Al pasar la camilla frente a él, el tiempo se detuvo.
Entre las sábanas blancas empapadas de un rojo oscuro y los cables de los monitores, vio un rostro que conocía mejor que el suyo propio.
Vio las trenzas deshechas, el piercing en el labio y la palidez mortal de aquel hombre que era su principio y su fin.
—¡TOM! —el grito desgarró el aire del hospital con un sonido animal que hizo que enfermeros y pacientes se detuvieran en seco.
Sin pensarlo, Bill se arrojó sobre la camilla en movimiento, aferrándose a los bordes de metal con un horror ciego.
—¡QUITENSE! ¡DÉJENLO PASAR! ¡ES ÉL! ¡ES MI HERMANO! —chillaba empujando a los camilleros con una fuerza maníaca con sus manos manchándose de la sangre de Tom mientras intentaba buscarle el pulso.
Andrew, recuperando el profesionalismo en un segundo, interceptó la camilla.
—¿Qué tenemos? —preguntó con voz firme mientras empezaba a evaluar las heridas.
—Recluso de Moabit, apuñalado múltiples veces en la biblioteca. Perdió mucha sangre en el traslado —informó el paramédico.
Bill intentó seguir la camilla hasta el quirófano, corriendo detrás del rastro de sangre, pero dos guardias de seguridad y una enfermera lo sujetaron por los hombros antes de cruzar la línea roja de la sala de emergencias.
—¡No, suéltenme! ¡Tengo que estar con él! ¡Tom, no me dejes! —Bill luchaba, retorciéndose y sus nuevas rastas bicolor estaban agitándose con su desesperación.
Vio a Andrew preparándose, poniéndose los guantes y la mascarilla, listo para entrar a la cirugía que decidiría el destino de los gemelos. Bill dejó de luchar y cayó de rodillas frente a las puertas batientes, con la mirada perdida y las manos extendidas hacia el doctor.
—Andy… por lo que más quieras… —balbuceó Bill entre sollozos desgarradores, mirando al hombre que acababa de besarle—Sálvalo. Es mi vida, Andy. No dejes que se muera. Si él se va, yo no me quedo. ¡Sálvalo!
Andrew miró a Bill un segundo; vio el amor absoluto y la tragedia en sus ojos, y luego miró a Tom, el hombre que era la sombra en la vida de Bill. Sin decir una palabra, Andy asintió con gravedad y entró al quirófano, dejando a Bill solo en el pasillo frío, esperando que las manos que lo habían acariciado minutos antes fueran lo suficientemente hábiles para rescatar al asesino que era dueño de su corazón.
Continúa…
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