Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 11

Eran poco más de las dos cuando Bill y David estuvieron de regreso en la casa del primero. Y aunque Bill estaba acostumbrado a trasnochar mucho más, en ese momento se sentía realmente agotado.

—¿A qué hora tienes la reunión mañana? —preguntó Bill mientras atravesaba el salón, bostezando.

—A las once —respondió David, a pocos pasos tras él.

—Qué temprano…

—¿Te levantarás para desayunar conmigo?

—Lo intentaré.

—Hasta mañana, entonces.

—Buenas noches.

De pronto David acortó distancias y le dio un casto beso en la sien.

—Buenas noches, Bill —dijo antes de seguir caminando hasta el dormitorio de invitados.

Bill se quedó un momento estático, no se esperaba ese gesto para nada. Pero no quiso darle demasiada importancia, al fin y al cabo sólo era una muestra de cariño; seguramente David había pensado que andaba falta de ello, y no es que se equivocara.

Subió a su habitación y empezó a desvestirse. Cuando terminó, entró en el baño para refrescarse y lavarse los dientes, y luego regresó al dormitorio. Se echó en la cama boca abajo, y se abrazó a la almohada.

No había bebido demasiado, no con David tan irritantemente pendiente de él, pero se sentía adormilado. Se abrazó a la almohada, suspirando.

Era curioso; por una parte, Bill seguía pensando que era una molestia tener con él a David, y por la otra, le alegraba saber que estaba ahí. Un perfecto ejemplo de su dilema había sido la cena: había habido momentos en que realmente había disfrutado de la compañía del productor, y otros en que le hubiera estrangulado con sus propias manos… como cuando le había “sugerido” que dejara de verse con Markus y compañía… ¿Qué se había creído? Primero se auto invitaba a quedarse en su casa, luego prácticamente le había impuesto un toque de queda, le amenazaba con un centro de desintoxicación, y ahora esto. Por no hablar del chantaje de tener que ir a la boda de Gustav a cambio de mantener la boca cerrada… cosa que por cierto, había hecho él a la vez con Bushido, aunque el rapero al final se hubiera pasado la amenaza por el forro…

La boda de Gustav… No quería pensar demasiado en el tema, pero lo cierto era que la cuenta atrás había empezado. En pocas semanas iba a ver a su hermano después de año y medio sin ningún contacto… y no tenía ni idea de cómo iba a resultar.

Abrazó la almohada más fuerte y enterró la cara en ella, dejando escapar un pequeño gemido que quedó ahogado en la tela.

Intentó distraerse y pensar en cualquier otra cosa, pero el sueño le venció primero. Sin embargo, su subconsciente le jugó una mala pasada esa noche.

La sala de reuniones del estudio de Hamburgo, donde estaban grabando un nuevo single para incluir en una edición especial de su último disco, había sido el lugar elegido por Tom para reunir a todo el equipo y anunciar que abandonaba Tokio Hotel por decisión propia. Habían pasado varios minutos desde entonces y el ambiente era muy tenso. El primero en reaccionar había sido David.

—No lo entiendo… De verdad, Tom, no lo entiendo… —murmuraba.

—No hay nada que entender… Dejo el grupo, me he cansado de él, quiero hacer otras cosas con mi vida… Otra música, otros proyectos…. —explicó por segunda vez Tom con voz cansada.

—Pero Tom… ¿Por qué tan repentino? —inquirió Patrick, otro de sus productores.

—No ha sido repentino. Llevo tiempo pensando en ello.

—Sí, dos semanas —intervino Georg en un tono claramente molesto—. Desde la gala de los Comets. No es así, ¿Bill?

El bajista miró fijamente a Bill, esperando que su amigo replicara, pero en lugar de eso el cantante permaneció callado, con la vista clavada en el suelo, el rostro lívido y los puños apretados.

—¿Por qué dices eso? —preguntó David.

—Bill y Tom discutieron esa noche —respondió Gustav por Georg, quien se había quedado mirando al cantante—. O eso suponemos, porque llevan desde entonces sin hablarse.

—No tiene nada que ver —dijo Tom rápidamente.

Pero Bill sabía que mentía. Por otro lado, no era cierto que no hubieran hablado desde la noche de la gala de los Comet, sólo que no lo habían hecho delante de nadie, pero sobre eso ambos prefirieron no comentar.

David miró alternativamente a uno y otro gemelo, primero a Bill y luego a Tom.

—¿Es eso cierto? —preguntó—. ¿Por eso dejas el grupo, Tom? ¿Porque has discutido con Bill?

—No —repitió el guitarrista—. No es por eso.

—Sí lo es —intervino de nuevo Georg, ya con un leve matiz de desesperación en la voz—. Al menos sed sinceros y explicadnos qué coño pasa.

—No pasa absolutamente nada.

Georg y Tom cruzaron miradas. La de Georg mostraba su enfado, la de Tom, decisión.

—¿Y qué hay del contrato con la discográfica? —preguntó Patrick—. Sabes que no puedes rescindirlo así como así, ¿verdad?

—Pagaré la indemnización que haga falta.

—Tienes suerte de que la gira de verano aún no estuviera contratada… Te habrías arruinado.

—Lo sé.

Tras un par de minutos de absoluto silencio, Tom se levantó.

—Bien, eso era todo lo que tenía que deciros. Y también que lo lamento.

Nadie dijo nada. Tom les miró uno por uno, deteniéndose por último en Bill, pero su hermano seguía con la mirada baja, y finalmente salió de la sala.

Entonces todas las miradas se posaron en el cantante, aunque él no se dio cuenta.

Bill sólo podía pensar en Tom, y en lo que acababa de suceder.

Tom dejaba el grupo. Le dejaba a él. Y todo por su culpa.

Apenas podía respirar de tanto dolor que estaba sintiendo. Tenía que hacer algo, lo que fuera, un último intento para retenerle…

Se levantó de golpe, sobresaltando a todos, y sin decir una palabra salió corriendo de la sala para perseguir a Tom.

Le encontró afuera, en el aparcamiento, a punto de subir a su flamante coche, uno más de su colección.

—¡Tom, espera!

Tom se detuvo, manteniendo la puerta del conductor abierta, y le miró.

—¿Qué? —preguntó secamente.

Bill terminó de aproximarse a él con paso lento, casi temeroso.

—No lo hagas… —suplicó—. Por favor, Tom, no lo hagas…

—Ya basta, Bill.

El dolor en el pecho de Bill se incrementó. La voz de Tom le parecía tan áspera, tan distante… Y su mirada era dura, muy dura. Nunca antes su hermano le había mirado y hablado de esa manera, no hasta esa fatídica noche de hacía dos semanas.

—Pero, Tom… Ellos no… no tienen la culpa… —Bill apenas podía hablar y respirar al mismo tiempo—. El grupo… No tienes por qué… por qué dejarlo…

—¿Lo dejarás tú? —preguntó Tom, con una chispa de verdadero rencor en sus ojos avellana—. Si tú lo dejas, yo me quedo.

Si Bill supiera que a cambio de dejar de ser el cantante de Tokio Hotel, Tom se quedaría a su lado, lo haría, sin dudarlo. Pero eso no iba a pasar. Tom ya había abandonado la casa que compartían a las afueras de Hamburgo, puede que incluso abandonara la ciudad…

—¿Volverías a casa si dijera que sí…? —preguntó aun a sabiendas de la respuesta.

—No —respondió Tom sin un atisbo de vacilación.

—¿Pero por qué? ¿Por qué, Tom? —Los ojos de Bill se aguaron—. Sé que… que podemos resolver esto… No tenemos que separarnos, no tienes por qué marcharte ni alejarte así de mí…

—Te equivocas. Precisamente para resolver esto, es por lo que tengo que alejarme de ti.

—Tom…

—Adiós, Bill.

Bill vio horrorizado cómo Tom se disponía a entrar en su coche para irse sin más. Ni siquiera sabía dónde se estaba alojando en esos momentos, tampoco sabía cuándo volvería a verle… si es que volvía a hacerlo.

—¡No!

Se abalanzó sobre Tom, cogiéndole de la enorme camiseta con ambas manos, para impedir que entrara en el vehículo. Tom reaccionó bruscamente a su contacto, apartándole de un violento empujón que hizo que Bill acabara sentado en el suelo.

Desde el suelo, Bill contempló a su hermano, quien le devolvió una mirada fría teñida con un deje de culpabilidad por haberle empujado.

—Tom… —musitó.

—Lo siento… —murmuró Tom, y sin más se metió dentro del coche, cerrando de un sonoro portazo.

—No, Tom… —Bill se levantó y colocó ambas manos sobre el cristal de la ventanilla, ya al borde del llanto—. ¡Tom!

El motor del coche se puso en marcha y el coche empezó a dar marcha atrás para dirigirse hacia la salida, todavía con Bill sobre la ventanilla.

—¡Tom, por favor…! —suplicó, golpeando el cristal con los puños, pero su hermano ni siquiera le miraba—. ¡Tom! ¡No te vayas! ¡TOM!

En cuanto Tom hubo girado el vehículo del todo, arrancó de forma algo brusca, haciendo que Bill perdiera el equilibrio y cayera de rodillas sobre el polvoriento suelo del aparcamiento.

En ese momento, viendo el coche alejarse, Bill rompió a llorar. Toda la angustia que había acumulado durante esas dos semanas estalló, provocando un inmenso y doloroso agujero en su pecho que ya no desaparecería.

—¡No, Tom…! —siguió gritando entre sollozos—. ¡Tom…! ¡TOM! ¡TOM!

—¡Bill! ¡BILL!

Bill se despertó sobresaltado, con el corazón a cien y la cara mojada. En un primer momento no supo por qué, pero en seguida se dio cuenta de que estaba llorando a lágrima viva. David estaba a su lado, sentado en la cama e inclinado hacia él, con las manos sobre sus hombros, como si recién le hubiera zarandeado para despertarle. Bill se incorporó lentamente, todavía un poco desubicado.

—¿Estás bien…? —preguntó el productor.

—Sí… —Bill se secó las lágrimas con el dorso de la mano, pero éstas seguían apareciendo—. ¿Q-qué hora es…?

—Las cuatro y media de la mañana. Siento haberte despertado, pero parecía que tenías una pesadilla… No dejabas de gritar… llamando a Tom…

La ansiedad se instaló en el rostro del muchacho al recordar el vívido sueño que acababa de tener. Escondió la cara entre las manos, a sabiendas de que estaba a punto de estallar en llanto de nuevo.

Tras un instante de duda, David pasó un brazo por los hombros de Bill y le atrajo hacia él, haciendo que el chico apoyara la cabeza en su hombro. Bill temió que empezara a preguntarle, pero el productor se limitó a mantenerle así, acariciando lentamente su espalda para calmarle.

—Tranquilo, ¿vale…? Fuera lo que fuera, ya ha pasado…

Y Bill recordó que, aquella vez, después de que Tom se hubo marchado, David también había acudido para hacer lo mismo.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, tirado en el suelo del aparcamiento, quizás unos minutos, o puede que sólo unos segundos. Oía que alguien le hablaba, no podía distinguir su voz, pero no era Tom, de eso estaba seguro.

—Bill… Ey, Bill… Tranquilízate, vamos… Volvamos dentro, ¿sí…?

Unos brazos le ayudaron a ponerse de pie y luego le instaron a caminar de vuelta al interior del estudio. Unos minutos después se encontraba sentado en un sofá con una agradable brisa azotándole el rostro; Bill volvió del todo en sí y se dio cuenta de que era David abanicándole con una revista.

—¿Estás mejor…? —preguntó el productor.

Bill asintió de forma no muy convincente.

—¿Dónde están todos…?

—Están en la sala de reuniones. Les he dicho que esperen allí, que necesitabas un momento…

—¿Me han… me han visto así…? —inquirió avergonzado por el espectáculo que recién se daba cuenta que había montado en el aparcamiento.

—No… Sólo he salido yo, no te preocupes…

—Gracias…

—Bill… ¿Qué demonios está ocurriendo? —preguntó el productor, disgustado—. ¿Qué ha pasado entre tu hermano y tú…?

Pero Bill negó con la cabeza, con el rostro contraído por la angustia, y a punto de echarse a llorar de nuevo. David suspiró.

—Está bien… Cálmate, ¿vale? Tómate el tiempo que necesites…

Casi un cuarto de hora después, cuando Bill pareció haberse serenado lo suficiente, ambos regresaron a la sala de reuniones. Pasaron varios minutos antes de que alguien hablara.

—Bien, parece que esto va en serio —dijo Patrick, mirando a los tres componentes que quedaban—. Así que, ¿qué queréis hacer?

—No es que haya muchas opciones —dijo David—. O buscamos otro guitarra, o disolvemos el grupo.

Los productores miraron hacia Bill. Todos habían pensado lo mismo: la decisión dependía del cantante. Tokio Hotel podría sobrevivir, con esfuerzo, sin uno de los gemelos Kaulitz, pero sin ninguno de los dos… No había nada que hacer, y ellos lo sabían.

Sin embargo, fue Gustav quien habló primero.

—Yo voto por disolverlo.

—¿Qué? —exclamó Georg—. ¿Tú también, Gus?

El batería se encogió de hombros.

—Todos aquí sabemos que nuestro último trabajo no ha vendido lo esperado. Puede que nos hubiéramos recuperado con la gira, puede que no, pero desde luego la marcha de Tom reduce las posibilidades. Además, Tokio Hotel no sólo es un grupo. Tokio Hotel somos nosotros cuatro. Bill, Tom, Georg y Gustav. Sólo con que falte uno… ya no sería lo mismo. ¿No creéis?

El gesto de sorpresa de Georg fue cambiando levemente a uno de resignación.

—Tienes razón… —Miró a Bill—. ¿Tú qué opinas?

Bill no dijo nada, pero su expresión y su silencio fueron suficientes para hacer saber a los demás que pensaba como Georg y Gustav.

Tom se había ido, y Tokio Hotel ya no existía.

Todo había terminado.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

Un comentario en «Despertar 11»

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