Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 14

Le despertó una incómoda sensación de humedad. Todavía adormilado y sin abrir los ojos, Bill se pasó la mano por la cara y la notó mojada, y creyó que, aunque no recordaba haber tenido ninguna pesadilla, quizás sí lo había hecho y había llorado en sueños. Pero luego pasó la otra mano por encima de las sábanas, y éstas estaban empapadas, demasiado para tratarse de sus lágrimas. El súbito y vergonzoso pensamiento de que quizás se había orinado mientras dormía hizo que abriera los ojos y se incorporara de golpe.

Pero no era orina lo que había humedecido sus sábanas, sino… sangre. Bill abrió mucho la boca, entre sorprendido y espantado. Grandes manchas de sangre roja y espesa salpicaban la tela color celeste y el muchacho al principio no entendió de dónde demonios provenía. Miró la mano con la que se había tocado el rostro, también manchada de sangre, e instintivamente la dirigió allí de nuevo. Al retirar la mano, comprobó que había más sangre que antes. Entonces comprendió que ésta provenía de su nariz. Y esta vez, no eran unas pocas gotas en un trozo de papel higiénico. No, en esta ocasión, estaba sangrando de verdad, y mucho. Prueba de ello eran las sábanas carmesí que le rodeaban.

Nervioso, Bill se levantó de la cama. Entraba poca luz por la ventana así que supuso que era bastante temprano. Se miró en las puertas de espejo del armario, y la visión le asustó aún más. La hemorragia de su nariz le había manchado el torso desnudo e incluso había llegado a su ropa interior, tiñendo de rojo los bóxers blancos. Por un momento le pareció estar viendo alguna escena de una película gore.

Bill no sabía qué hacer. Sólo sabía que todavía estaba sangrando y no tenía ni idea de cómo detener la hemorragia, ya que en ese momento era incapaz de recordar ningún consejo al respecto. Y la visión de la sangre manchándolo todo a su alrededor no ayudaba, al contrario, estaba empezando a marearse.

De pronto recordó que no estaba solo en la casa. David estaba con él, a sólo unos tabiques de distancia. Quizás él sabría qué hacer, y aunque no le hacía especial ilusión que el hombre viera su nariz en aquel estado, decidió que era mejor que quedarse allí plantado desangrándose.

—David… —le llamó, al principio incapaz de alzar la voz, luego cada vez más fuerte—. ¡David! ¡DAVID!

A los pocos segundos escuchó un ruido de pasos.

—¡¿Qué pasa, Bill?!

La puerta del dormitorio se abrió de un golpe y tras ella apareció el productor, vestido únicamente con unos pantalones cortos de pijama marrones, quien inmediatamente se quedó impresionado al contemplar la escena.

—Pero qué… —No fue capaz de terminar la frase.

—Me he… Me he despertado así… Es… Es la nariz… —explicó Bill con voz temblorosa y agitada, a punto de echarse a llorar por los nervios.

David se acercó a él y le cogió suavemente de la barbilla mientras le observaba.

—Sé lo que estás pensando, p-pero te juro que no me he metido nada… —tartamudeó Bill al ver la expresión grave del productor—. T-te lo juro, David… Tienes que creerme…

—Vale, vale, tranquilo… —murmuró David—. ¿Es la primera vez que te pasa?

—Sí… No… Bueno, la semana pasada m-me sangró un poco al sonarme, ¡p-pero no esto…!

—No te preocupes, seguro que es menos de lo que parece. Vamos a ver, siéntate en la cama…

Bill obedeció y David se arrodilló frente a él.

—Inclínate un poco hacia mí… Eso es. Y ahora aprieta aquí.

Siguiendo las indicaciones de David, Bill apretó la parte anterior de su nariz con los dedos pulgar e índice. Aunque el susto inicial ya se le había pasado, todavía se sentía intranquilo ante la posibilidad de que David creyera que sí había roto su promesa y como consecuencia llamara a su hermano.

—¿Te duele? —preguntó el productor.

—No… —respondió con voz nasal.

—Espérame aquí, voy a por un poco de hielo.

—Vale…

Mientras David iba a la cocina en busca del hielo, Bill se miró de nuevo en el espejo del armario. Si hacía un momento su imagen parecía sacada de una película gore, ahora más bien le resultaba ridículamente cómica, ahí sentado taponándose la nariz como un niño pequeño a punto de zambullirse en agua, y encima hablando con voz nasal. Inspiró hondo y luego expiró largamente, tratando de calmarse del todo.

Tener a David consigo había servido al fin de algo…

Unos minutos después, David entró de nuevo en la habitación con un cubito de hielo en la mano, el cual presionó sobre el puente nasal de Bill.

—Sujeta aquí con la otra mano —le indicó.

—¿No debería meterme una gasa o algo para dejar de chorrear? —preguntó Bill con esa horrible voz gangosa.

—No, es mejor esperar a que la hemorragia se corte. Ten paciencia.

Y Bill tuvo que aguardar, con una mano taponándose la nariz y la otra presionando un cubito sobre ella. Definitivamente hacía tiempo que no se sentía tan ridículo.

—Lo que sí te voy a traer es una toalla húmeda para limpiarte la cara.

Dicho y hecho, David entró en el baño y al poco regresó con una pequeña toalla de mano azul humedecida. Como Bill tenía las manos ocupadas, él mismo se ocupó de limpiarle el rostro para hacer desaparecer el color rojo que teñía su piel.

Luego David se sentó a su lado, sin importarle mancharse con la sangre de las sábanas. El productor alargó la mano y echó una ojeada al reloj del móvil de Bill que descansaba sobre la mesilla.

—¿Qué hora es…? —preguntó el chico tras ver el gesto.

—Las seis y cuarto.

—¡¿Las seis y cuarto?! —repitió Bill. Suponía que era temprano pero no tanto—. Joder, siento haberte despertado tan pronto… —añadió apenado.

—No te preocupes por eso… —David miró distraídamente a su alrededor—. Vaya desaguisado… No me extraña que te hayas asustado…

Bill no dijo nada, sintiéndose un poco avergonzado por su momento de histeria.

—¿Cómo va eso? —preguntó el productor al cabo de unos minutos.

—A ver… —Bill se soltó la nariz y luego se pasó el dorso de una mano bajo ella, viendo que ya sólo unas gotitas manchaban la piel—. Parece que va bien…

—Bueno, espera un poco más, y ya luego te levantas…

—Vale…

El muchacho regresó a su posición. Poco después, David volvió a hablar.

—Bill… ¿Has considerado lo que te dije ayer? —preguntó.

—¿El qué? —preguntó a su vez Bill, despistado.

—Pasar el día fuera de la ciudad.

—Ah, eso… Pues…

—Estaba pensando que, ya que estamos despiertos tan temprano, podríamos ir a algún sitio bastante lejano para desconectar un poco… ¿No te hace? —dijo David sin darle tiempo a responder—. Podemos coger el coche e ir a dónde quieras.

Pasaron varios segundos antes de que Bill diera su opinión.

—Si te soy sincero, no se me ocurre ningún sitio al que querer ir… —musitó.

—¿Elijo yo entonces?

Bill alzó una ceja.

—No quería decir eso…

Pero de nuevo, David continuó hablando sin darle tiempo a replicar.

—Se me ha ocurrido que podríamos ir a Müritz.

—¿A Müritz? —repitió Bill, extrañado—. ¿Qué se nos ha perdido en Müritz?

—Me refiero al parque. Al parque nacional de Müritz.

—Al parque… —Bill empezó a comprender, y al mismo tiempo casi a escandalizarse—. ¡Pero si sabes que yo soy anti naturaleza! ¿Y me quieres llevar a un parque natural? ¡Que además está lejísimos!

—En unas dos horas en coche llegamos. Y si se nos hace tarde por ahí, siempre podemos quedarnos en un hotel. Mañana no tengo nada en la agenda y presupongo que tú tampoco…

David parecía tan convencido que Bill empezó a dudar.

—¿Por qué precisamente allí? —cuestionó.

El productor se encogió de hombros.

—Cuando era joven mi abuelo solía llevarme a menudo, así que lo conozco bastante. ¿Qué me dices, Bill? ¿Desayunamos y nos vamos?

A pesar de que en realidad la idea seguía sin atraerle lo más mínimo, como David parecía tan animado con ella y Bill se sentía un poco en deuda con él, no pudo menos que aceptar la propuesta a regañadientes.

.

Si bien no lo reconocería ni aunque le torturaran, lo cierto era que a medida que el paisaje al otro lado de la ventanilla se iba haciendo más verde y despejado, dejando atrás el atasco y el color gris de Berlín, Bill comenzó a sentirse un poco mejor, un poco más… libre, como si hubiera escapado de una cárcel en la que ni siquiera sabía que estaba.

El coche de David, un BMW serie 5, era amplio y cómodo, por lo que el largo trayecto no se hizo demasiado pesado. Después de conducir más de una hora por la autopista, David cogió un desvío hacia la derecha, adentrándose en una carretera secundaria.

El tiempo era espléndido, ni demasiado frío ni demasiado caluroso, y no había una sola nube en el cielo. En un momento dado, David desconectó el aire acondicionado del vehículo y bajó las ventanillas para que pudieran disfrutar del aire del exterior. También disminuyó un poco el volumen de la radio.

—¿Dónde estamos? —preguntó Bill, al no ver desde hacía un rato ninguna señal ni indicación.

—Estamos llegando a Waren.

—Me he quedado igual —gruñó Bill.

David rió suavemente.

—Waren es un pueblecito que está a la entrada del parque. Mira, por ahí ya se ve el lago Müritz.

—Es el más grande de Alemania, ¿no?

—Así es.

Bill miró a su derecha, hacia donde indicaba David, y efectivamente el gran lago ya podía observarse a lo lejos. Vislumbró también un grupo de vacas que pastaban tranquilamente en el pasto que había entre la carretera y el lago. El muchacho torció un poco el gesto; no le gustaban nada los animales de granja. Le daban… repelús.

Poco después el paisaje volvió a cambiar. Las grandes extensiones de pasto dieron paso a un frondoso bosque cuyos árboles en ocasiones se cernían tanto sobre la carretera que ocultaban la luz del sol y parecía que de pronto hubiera atardecido.

Un par de kilómetros después dejaron el bosque atrás y el lago volvió a aparecer a la derecha, y al fondo, todavía a unos kilómetros, Bill vislumbró lo que suponía sería el pueblo de Waren, con sus casas de tejados rojos y un campanario alto y oscuro de la que supuso sería la iglesia principal.

Accedieron al pueblo por una amplia avenida que pronto David dejó atrás al desviarse de nuevo hacia la derecha.

—Ahora verás qué calle más bonita —comentó el productor antes de girar otra vez.

Se trataba de una pequeña avenida adoquinada en cuyos laterales estaba adornada con lo que parecían cerezos completamente florecidos y de un vivo color rosado.

—¿Qué te parece? —preguntó David.

—Es muy… rosa —respondió Bill con una leve sonrisa.

—Hemos tenido suerte; dentro de poco se acaba su época de floración.

—¿Y hacia dónde vamos ahora exactamente?

—Hacia el puerto. Allí podemos parar a tomar algo y luego seguiremos hasta Kratzeburg, ya dentro del parque.

Antes de llegar al puerto pasaron junto al casco antiguo del pueblo, donde se concentraban la mayoría de casitas de tejados rojos que Bill había vislumbrado a lo lejos, y también era allí donde se encontraba la iglesia. Entraron en un aparcamiento que había justo a la entrada del puerto y allí David detuvo por fin el coche.

Bill bajó del vehículo y lo primero que hizo fue estirarse a conciencia.

El muchacho se había vestido para la ocasión con unos pantalones chinos color caqui y una camiseta sin mangas de color blanco, de un estilo bastante más deportivo al que acostumbraba. Eso sí, sin olvidar sus inseparables y enormes gafas de sol de marca. David iba igual de deportivo, con pantalones también chinos y un polo de color verde camuflaje. A pesar de eso, Bill tenía la esperanza de que su ex productor no le obligara a hacer demasiado ejercicio.

La zona portuaria del pueblo estaba plagada de bares y restaurantes, gente paseando y pequeños comercios. En los muelles, además de barcos de recreo, también había numerosas embarcaciones de diversos tamaños dedicadas a los paseos turísticos por el lago. Bill no pudo evitar pensar en los muelles de San Pauli, en Hamburgo, y sentir algo de nostalgia. A pesar de no ser su ciudad natal, en Hamburgo había vivido los mejores años de su vida, por lo que le tenía un cariño especial. De no haber sido porque al mismo tiempo el lugar le traía también recuerdos dolorosos, en especial la casa que había compartido con su hermano, se hubiera quedado allí para siempre.

De nuevo, aquel pinchazo en el corazón. Bill intentó ignorarlo y se entretuvo leyendo los nombres de las embarcaciones. Incluso sonrió cuando vio el nombre de “Nena” en una de ellas.

Tras caminar un rato por el paseo adoquinado que bordeaba el puerto y estirar así las piernas, se sentaron en la terraza de un bar al aire libre, protegidos del sol incipiente por grandes sombrillas. Un camarero joven de raza oriental se acercó para atenderles.

—Buenos días, ¿qué desean tomar?

—Yo una cer… —empezó Bill.

—Dos colas, por favor —interrumpió David.

El camarero se quedó un momento parado, esperando la reacción de Bill, quien se limitó a fulminar a David con la mirada, aunque las gafas de sol lo disimularon bastante.

—Muy bien —sonrió el joven antes de marcharse.

Bill abrió entonces la boca para protestar, pues con el camarero delante no le había apetecido discutir, pero David se adelantó.

—Hoy va a ser un día sano, ¿de acuerdo? Nada de alcohol para ninguno.

—¿Y tabaco?

—Tampoco.

—Oh, por favor… —bufó Bill, pero no dijo nada más.

Un par de mesas a la izquierda, había dos chicas sentadas, ambas de unos veinte años, que les estaban mirando. Bill se dio cuenta al cabo de unos minutos.

Pensó que quizás le habían reconocido. O puede que sólo a David, que era el que iba a cara descubierta. Igualmente, les sonrió de forma coqueta casi instintivamente, pues habían sido muchos años tratando con chicas, aunque no de la forma íntima que muchas hubieran querido.

Las chicas se sonrojaron y comentaron algo con actitud nerviosa entre ellas, pero ninguna hizo amago de acercarse. Probablemente no estaban seguras de quién era. Bill podría haberse quitado las gafas de sol y confirmar sus sospechas, pero no lo hizo, ya que le pareció algo patético esa repentina necesidad de atención. En lugar de eso prefirió dirigir la suya a la bebida que el camarero ya había dejado en su mesa. Estaba muerto de sed.

Además, si las chicas terminaban acercándose, empezarían con los halagos, pero terminarían con las preguntas… Siempre, absolutamente siempre que se le había acercado una antigua fan durante aquellos años, había terminado preguntándole por la disolución del grupo, y por supuesto también por Tom. Y Bill ya estaba muy cansado de esas preguntas que, además, le herían profundamente.

Y de nuevo estaba pensando en Tom…

—¿A dónde has dicho que iremos ahora? —le preguntó a David para sacarse de una vez a su hermano de la cabeza.

—A Kratzeburg.

—¿En coche?

—Sí. Allí comeremos y luego haremos una excursión por el parque.

—¿Una excursión? —Bill se temía algo así—. Pero no será muy larga, ¿no?

David rió, para desesperación del ex cantante.

—No, no te preocupes —le tranquilizó—. Nada que un chico joven como tú no pueda aguantar.

Bill bufó, nada convencido, y miró al frente, hacia el puerto, el lago, y el paisaje verdoso de fondo, todo bajo un cielo de un azul intenso que no había visto en Berlín en años.

No podía negar que era una estampa bonita. Sin apenas darse cuenta, se relajó tanto que el rato que permanecieron en el bar antes de que David anunciara que era hora de seguir se le hizo muy corto.

Quizás aquella escapada no había sido del todo una mala idea…

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

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