Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 16

La cena no fue precisamente una fiesta. A Bill se le había ido el buen humor de golpe, y ni siquiera respondió al “buenas noches” de David antes de separarse para ir cada uno a su habitación.

Una vez dentro de la suite, Bill se quedó plantado en medio de la estancia. Desde que David le había dicho que se tenía que marchar a Hamburgo al día siguiente que se sentía como un idiota, y todo porque, en primer lugar, ¿acaso no era lo que él quería? ¿Que David le dejara en paz? ¿Entonces por qué de repente la idea de volver solo a Berlín le resultaba tan… angustiosa?

Ojalá David no se hubiera presentado en su casa. Ojalá no hubiera tratado de “ayudarle”. Ojalá no le hubiera hecho sentir menos solo. Y sobre todo, ojalá no le hubiera traído a ese estúpido lugar.

Tardó varios instantes en darse cuenta de que estaba llorando.

.

En el interior del coche lo único que se escuchaba era la radio.

Habían partido hacía escasa media hora de Waren, muy temprano, ya que David tenía que estar de vuelta en Hamburgo esa misma tarde. No habían podido desayunar porque a esa hora el restaurante del hotel ni siquiera había abierto aún.

David observó de reojo a Bill sin perder la concentración en la carretera. El muchacho tenía la cabeza apoyada en la ventanilla, mirando hacia el exterior, con expresión indescifrable.

—Bill, si tienes hambre, podemos detenernos un momento en una gasolinera y comprar algo… —dijo David por fin.

—No, no tengo hambre —fue la seca y monótona respuesta de Bill, sin mirarle.

—Vamos, Bill… —suspiró David—. No te enfades conmigo. Yo no esperaba tener que estar de vuelta en Hamburgo hoy mismo…

—No estoy enfadado —interrumpió Bill, exactamente en el mismo tono que su respuesta anterior.

—A mí me parece que sí…

—No me gusta madrugar, eso es todo.

David suspiró otra vez, agarrando con más fuerza el volante.

Ya era mala suerte que la discográfica hubiera encontrado tan pronto a los aspirantes para formar el nuevo grupo, cuando por fin parecía estar avanzando con Bill. Pero ahora tendría que dejarlo de nuevo solo en Berlín, faltando todavía dos semanas para el crucero. Tiempo de sobra para que hiciera alguna tontería…

Y es que en el fondo, David no creía en la palabra de Bill. Le hubiera gustado, pero con su profesión, había visto demasiado. Compañeros, amigos incluso, que habían sucumbido a la misma droga. De hecho, uno de ellos había muerto hacía un par de años por un paro cardíaco. Se sentía enfermo sólo de pensar en la posibilidad de que algo así le ocurriera a Bill.

¿Pero qué podía hacer? No podía dejar su trabajo y menos su ciudad. Y dudaba mucho que Bill accediera a acompañarle a Hamburgo e instalarse con él. Aunque si sólo era por dos semanas, quizás valía la pena intentarlo.

Pero entonces se le ocurrió otra posibilidad para que Bill no estuviera solo ese tiempo, mucho mejor que meterlo en su casa.

—Bill… ¿Tienes algún compromiso en las próximas dos semanas?

—¿Compromiso? —repitió Bill, manteniendo la misma actitud desganada que minutos antes.

—Sí, algún local que inaugurar, o algo así…

—No… —Bill frunció el ceño, empezando a temerse cualquier cosa—. ¿Por qué?

—¿Qué te parecería venir conmigo hasta Hamburgo y quedarte con tus padres hasta que llegue el día de partir hacia el crucero?

Entonces sí, Bill le miró a los ojos, aunque David seguía concentrado en la carretera.

—¿Quedarme dos semanas con mis padres? ¿Por qué? —preguntó sorprendido.

David decidió ser sincero, aunque pudiera ofender a Bill.

—Porque me siento intranquilo ante la idea de que te quedes estas dos semanas solo en Berlín, sin nadie que te vigile.

—No necesito a nadie que me vigile —saltó el muchacho.

—Yo no pienso lo mismo —replicó David tranquilamente.

—Me da igual lo que pienses —bufó Bill, un poco más duramente de lo que pretendía—. Además, ya te prometí que no me metería más mierda, ¿no? ¿Es que no te fías de mi palabra?

—No.

La expresión de Bill varió desde la sorpresa hasta la indignación.

—¿Ah, no?

—No te ofendas, Bill, pero en cuestión de drogas, las promesas valen poco.

—Por supuesto que no me ofendo… —dijo Bill irónicamente.

—Bien. —Aunque se había dado cuenta de la ironía, David hizo caso omiso de ella—. ¿Entonces te quedarás con tus padres?

—¡No! —exclamó el muchacho, ofuscado.

—¿Por qué no?

«Porque no puedo fingir durante dos semanas enteras», pensó Bill, pero no lo dijo en voz alta. Su madre no era tonta, y Bill estaba seguro de que ya hacía tiempo que sospechaba que algo no iba bien entre él y su hermano. Y tampoco era ciega; porque aunque a Bill le diera rabia que le sacaran el tema por cansino, él mismo se había dado perfecta cuenta de su bajón de peso.

—Porque no me apetece, y punto —gruñó—. Estoy bien en mi casa.

—Como quieras —dijo David, pero su tono ya dejaba entrever que seguía maquinando—. Entonces hablaré con Tom para que sea él el que te vigile.

Bill se puso lívido de la rabia y no fue capaz de hablar hasta pasados unos segundos.

—Hicimos un rato —siseó entre dientes.

—Ya, pero si tú vas a romper tu promesa, yo también romperé la mía.

—¡Tú no sabes si yo voy a romper nada!

—Mejor prevenir que curar.

La poca paciencia de Bill se estaba agotando.

—Eres un hijo de puta —soltó con todas sus letras.

—Me apena que digas eso.

La actitud sosegada de David terminó de desquiciar a Bill. Si no fuera porque el productor estaba conduciendo, habría saltado sobre él. Apretó los puños mientras contaba hasta cinco tratando de tranquilizarse.

Por otro lado, Bill se estaba dando cuenta de que si seguían de esa manera, siempre que David quisiera que él hiciera algo, el productor usaría la baza de Tom para chantajearle.

Y no estaba dispuesto a dejar que esto fuera así.

Tenía que haber alguna manera de que David dejara de chantajearle. Pero como en ese momento no se le ocurría ninguna, decidió ganar tiempo, suponiendo que el hombre no se pararía en medio de la autopista para realizar una llamada sino que esperaría como mínimo a llegar a Berlín.

—Muy bien —murmuró—. Pues haz lo que quieras. Chívate a mi hermano, si crees que eso me va a ayudar en algo. A mí ya me da igual.

David frunció el ceño, sorprendido por ese cambio de opinión. Todavía recordaba perfectamente a Bill estallando en lágrimas la primera vez que le había amenazado con hablar con Tom.

Pero como eso siempre había sido su primera opción, no iba a echarse atrás ahora.

.

El resto del camino transcurrió en un silencio todavía más tenso que antes de la conversación.

Bill no había dejado de darle vueltas a cómo podía hacer para que David olvidara la idea de irle con el cuento a su hermano sin tener que pasar las siguientes dos semanas en Hamburgo con sus padres. Pero no se le había ocurrido nada. Para su desgracia, David no tenía ningún trapo sucio que pudiera usar en su contra, y, al contrario que con Bushido, Bill no tenía la sangre fría de inventárselo.

Llegaron a Berlín a media mañana. David aparcó el coche en el garaje subterráneo de la urbanización de Bill. Tras recoger sus cosas del maletero, ambos se dirigieron hacia el ascensor, todavía sin cruzar una palabra.

No fue hasta que estuvieron ya dentro del piso y hubieron soltado las mochilas, que David rompió el silencio entre ellos.

—No tengo tiempo para convencerte de nada, así que te lo preguntaré por última vez… ¿Estás seguro de que prefieres que llame a tu hermano a quedarte con tus padres un par de semanas?

Por toda respuesta, Bill se cruzó de brazos, desafiante, aunque en realidad no sabía qué hacer.

—Muy bien, como quieras —dijo David a la vez que sacaba su teléfono móvil del bolsillo trasero de sus pantalones.

Bill observó cómo su ex productor buscaba el número de Tom, escuchando los sonidos de las teclas como si de una cuenta atrás hacia su ejecución se tratara. El latido de su corazón empezó a acelerarse.

Recordó el gesto de decepción de David cuando le confirmó lo que le había contado Bushido, trasplantando esa misma expresión al rostro de Tom. Era doloroso sólo de imaginarlo, sin duda. Pero en realidad, la principal razón por la que Bill no quería que su gemelo se enterara del asunto de las drogas no era por el temor a decepcionarle, sino por vergüenza.

Tras la desaparición de Tokio Hotel, y al igual que Georg y Gustav, Tom había rehecho su vida. El ex guitarrista tenía un trabajo, y no uno cualquiera, sino uno tan honorable y gratificante como el de producir a jóvenes talentos sin recursos, y una novia, una modelo y actriz preciosa de larga melena rubia y ojos azules con la que llevaba conviviendo desde hacía alrededor de un año en un enorme chalé en el barrio más exclusivo de Múnich. En cambio, Bill no había hecho nada de provecho, más bien el contrario.

Sí, Bill sentiría una inmensa vergüenza si Tom supiera que no había sido capaz de encauzar su vida sin el grupo… y sin él. Y no estaba dispuesto a pasar por ello.

Al fin y al cabo, seguía teniendo su orgullo.

—Espera —murmuró justo cuando David ya había localizado el número de Tom en la agenda y estaba a punto de dar a la tecla de llamada.

—¿Qué? —preguntó el productor.

—Tú ganas —suspiró—. Me quedaré estas dos semanas con mis padres.

David bajó la mano en la que sujetaba el teléfono.

—¿De verdad? —preguntó.

—No me dejas otra opción —contestó Bill—. Pero al menos prométeme que será la última vez que me chantajeas con contarle todo mi hermano.

David le miró fijamente unos segundos antes de volver a hablar.

—¿Te has parado a pensar, Bill, que si [i]tú[/i] cumplieras tu promesa de no drogarte nunca más, no habría nada que contar a tu hermano?

Bill tragó saliva.

—Pensaba cumplirla… —aseguró, aunque su voz no sonó tan firme como pretendía.

—No sabes lo que me gustaría poder creer eso… —murmuró David, y antes de que Bill pudiera replicar de nuevo, dio media vuelta para dirigirse a la habitación de invitados que había estado ocupando esos días—. Tenemos diez minutos para hacer las maletas, así que apúrate, por favor. Puedes llamar a tus padres por el camino para avisarles.

Bill se quedó mirando la espalda de David hasta que éste desapareció tras una puerta. Luego miró su reloj y maldijo para sus adentros antes de partir rápidamente hacia su dormitorio.

.

Estaba a punto de meterse en la cama, aunque no tuviera nada de sueño, cuando escuchó el sonido de la puerta principal de la casa. Por un instante se quedó completamente paralizado, pues sabía que se trataba de Tom, y la sensación que le embargó entonces fue una extraña mezcla de alivio, pues por fin su gemelo estaba de vuelta tras tres días sin saber nada de él, y miedo, ya que no tenía ni idea de lo que se iba a encontrar. No después de lo ocurrido esa noche en aquella habitación de hotel hacía ya casi una semana.

Pero no era momento para vacilaciones, ya que no sabía si Tom había vuelto para quedarse o iba a marcharse otra vez sin decirle nada. Así que, con el corazón en un puño, Bill salió de su habitación y comenzó a bajar las escaleras. La luz de la cocina estaba prendida, y hacia allí se dirigió.

Su hermano estaba frente a la nevera abierta, seguramente buscando algo de beber. Bill se quedó junto al umbral de la puerta, y aunque Tom tenía que haberle oído acercarse, éste siguió sin darse la vuelta, por lo que decidió hablar.

—Hola… —murmuró, pues en ese momento no sabía qué otra cosa decir.

Entonces sí, Tom giró la cabeza un segundo, antes de volver su atención hacia una botella de cola que sacó finalmente de la nevera.

—Hola.

—¿Dónde has estado…? —preguntó Bill en un tono suave, no quería que su hermano tomara la pregunta como un reproche ni un interrogatorio.

—Por ahí —fue la seca respuesta de Tom.

Bill se mordió un labio a la vez que sentía formarse un nudo en su garganta. No estaba acostumbrado a esa actitud por parte de Tom, y no sabía cómo lidiar con ello.

—¿Sigues enfadado…? —preguntó en un susurro.

Tom ya no respondió, ocupado sirviéndose un vaso de cola.

—Tom… —le llamó Bill, empezando a desesperarse—. Háblame, por favor.

Nada.

—Tom… Dime algo, lo que sea —insistió.

—¿Y qué quieres que te diga, Bill? —saltó Tom a la vez que dejaba el vaso en el fregadero con un sonoro golpe, haciendo que Bill diera un respingo—. ¿Qué [/i]debería[i] decir?

En esa ocasión fue Bill el que no contestó. Se miraron a los ojos unos segundos que se les antojaron eternos a ambos, hasta que Tom suspiró y meneando la cabeza se dirigió hacia la puerta de la cocina con la intención de salir, pero Bill que estaba allí al lado dio un paso lateral para barrarle el paso.

Tom se detuvo y miró a su gemelo con expresión cansada.

—¿Qué? —inquirió.

Bill inspiró profundamente antes de hablar.

—No quiero que estemos así… Por favor… —suplicó.

Tom también inspiró hondo, pero seguía igual de alterado.

—¿Y qué pensabas que sucedería? Después de decirme todo aquello… Y después de… —Tom tragó saliva, estremeciéndose todavía ante el recuerdo—. ¿De veras creías que todo seguiría como siempre…?

—Yo… Yo tenía la esperanza de que… —Pero Bill fue incapaz de terminar la frase—. Da igual, déjalo…

Pero Tom sabía perfectamente a qué se refería.

—Tú estás loco…

Tal afirmación fue como una bofetada para Bill.

—¿Eso es lo que piensas de mí…? —preguntó en voz muy baja, casi inaudible.

—Yo… no sé qué pensar… —respondió Tom, realmente agotado—. Pero lo que está claro es que algo está mal contigo… con nosotros… para haber llegado a este punto… Tiene que estarlo.

—Nada está mal con… —empezó Bill, pero fue interrumpido por su gemelo.

—Quién sabe, puede que incluso haya sido culpa mía… —dijo Tom, aunque más bien para sí mismo.

—No ha sido culpa tuya… No ha sido culpa de nadie…

—Deberíamos separarnos, Bill.

Bill abrió mucho los ojos.

—¿Qué? —jadeó.

—Lo he estado pensando, mucho, y creo que es lo mejor…

—Pero separarnos… ¿cómo? —Bill no había estado nunca separado de su gemelo más de tres días, y no estaba muy seguro de a qué se refería Tom con aquello.

—No podemos vivir juntos —explicó Tom como si fuera algo obvio—. Y tampoco deberíamos vernos durante un tiempo.

Cada palabra de Tom se clavaba en el pecho de Bill como un puñal. Sentía el corazón sangrar y apenas podía respirar. Se las apañó como pudo para realizar una última pregunta.

—Pero… ¿y el grupo…?

Tom suspiró.

—Supongo que no me queda más remedio que dejarlo…

El nudo en la garganta de Bill se había intensificado tanto que apenas podía hablar,

—N—no, no… Tom, no pu—puedes hablar en serio…

—Por supuesto que estoy hablando en serio… Y ahora por favor apártate, necesito dormir un poco…

Bill no se movió, no porque no quisiera dejar pasar a Tom, sino porque se había quedado paralizado. Sin embargo quedaba hueco suficiente para que Tom pasara, y eso hizo, esquivando a Bill y dejándole solo en la cocina, mirando a la nada y sintiendo cómo el corazón se le rompía en mil pedazos.

—No… Tomi…

Bill se despertó de súbito. Parpadeó, aturdido, hasta que se ubicó. Iba en el coche con David, camino de Hamburgo. Sólo habían hecho una parada para comer, y después de eso se había quedado dormido en su asiento, aunque por la hora que marcaba el reloj del salpicadero del vehículo, sólo durante unos minutos.

Levantó la vista. Frente a ellos ya se distinguía el perfil de la ciudad de Hamburgo, caracterizada por los campanarios de las iglesias de San Miguel y San Nicolás. Sin embargo, no iban a adentrarse en ella, ya que tanto Simone y Gordon como Bill y Tom antes de mudarse, residían en Seevetal, un tranquilo municipio al sur de la gran urbe. Por eso, un par de kilómetros antes de llegar a las inmediaciones de la ciudad, David cogió un desvío a la izquierda.

—Menos mal que ya llegamos… —suspiró David con cansancio—. Creo que no había viajado tantas horas por carretera en un mismo día desde que íbamos con el [i]tour bus[/i]…

Bill no hizo ningún comentario. Todavía sentía una dolorosa presión en el pecho a causa del recuerdo que le había asaltado mientras dormitaba, y sabía que si intentaba hablar en ese momento, se le quebraría la voz. Además, seguía muy enfadado con David por obligarle a pasar las siguientes dos semanas con Simone y Gordon.

Quince minutos después, David aparcaba el vehículo frente al altísimo muro de piedra que rodeaba el jardín y la casa de sus padres, a los que hacía seis meses que no visitaba. Su madre de hecho se había mostrado más que sorprendida cuando la había llamado nada más entrar en el coche. Bill inspiró hondo, rogando por ser capaz de disimular lo suficiente esas dos semanas para que su madre no notara nada que no debiera notar y la sorpresa fuera aún mayor…

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

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