Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 17

El primero en recibir a Bill nada más adentrarse en el jardín fue Dino, el cual se acercó corriendo al muchacho lo más rápido que sus cortas y viejas patas le permitieron, al mismo tiempo que ladraba de forma entusiasta.

—Ey… —Bill se agachó y agradeció al perro su calurosa bienvenida con unos mimos tras las orejas—. Cuánto tiempo, chico.

Dino era uno de los dos teckel, también conocidos como perros salchicha, que el ex cantante había dejado al cuidado de sus padres al mudarse a Berlín, con la excusa de que el piso no tenía jardín, aunque la realidad era que por aquella época estaba tan deprimido que no se veía capaz de cuidar de sí mismo, menos de un par de mascotas. Niky, la otra teckel, había muerto de vieja hacía unos años. En cuanto a Scotty y Rocko, labrador y pointer respectivamente, se los había llevado Tom con él a Múnich. Podría decirse que al separarse los gemelos se habían repartido la “custodia” de los caninos.

Todavía seguía prodigándole mimos a Dino cuando la puerta principal de la casa se abrió. Bill levantó la vista y vio a su madre caminar hacia él con una enorme sonrisa. Iba vestida con un sencillo jersey color vainilla y unos vaqueros, y el pelo de un color castaño más claro de lo habitual, que la favorecía mucho. Bill se incorporó y trató de sonreír de vuelta lo más sinceramente que pudo.

—Hola, cariño… —le saludó Simone bastante emocionada, lógico teniendo en cuenta que había pasado ya medio año desde que se habían visto por última vez.

—Hola, mamá…

El abrazo fue tan efusivo como Bill se había temido. Evidentemente, Simone no tardó en notar lo mismo que había notado David el día que se había presentado en su casa; y cuando se separó de él, mirándole con más atención, su expresión había cambiado por completo. La sonrisa inicial había desaparecido, siendo sustituida por unos labios fruncidos con una expresión mezcla de sorpresa y preocupación.

La mujer abrió la boca para decir algo, pero en ese momento reparó en David, a unos pasos del muchacho.

—Hola, Simone —saludó el productor educadamente.

—David, qué alegría verte a ti también —dijo Simone, tratando de sobreponerse al shock de sentir la extrema delgadez de su hijo, y también abrazó al productor.

—Lo mismo digo. Estás estupenda, Simone —añadió David cuando se separaron.

—Eso debería decir yo de ti. ¿Acaso has pactado con el diablo, que no envejeces? —bromeó Simone, a lo que David rió.

Bill rodó los ojos. Siempre le había molestado un poco que David fuera tan adulador con su madre y que ésta le siguiera el juego.

—¿Cuánto ha pasado desde la última vez? —preguntó Simone—. Dos años por lo menos, ¿no?

—Sí, creo que sí. Nos encontramos aquel día en Jungfernstieg…

—Sí, me acuerdo. ¿Y qué tal te va todo?

—Muy bien —respondió David un poco evasivamente. Bill supuso por qué: seguramente a David no le apetecía que Simone le preguntara por Nora, aunque por suerte para él, su madre se decantó por interrogarle por su faceta profesional.

—Sigues trabajando como productor, ¿no?

—Así es.

—Te preguntaría con quién estás trabajando ahora, pero dudo que le o les conozca… No estoy muy actualizada en temas de música…

Bill ya se temía tener que escuchar de nuevo a David hablar sobre su trabajo, pero en ese momento el sonido de unos pasos aproximándose hizo que los tres se voltearan.

—¿Pero qué hacéis plantados aquí en el jardín en lugar de entrar? —Gordon se aproximaba igual de sonriente que lo había hecho Simone segundos antes, en chándal y con sus características greñas oscuras que aún no tenían una sola cana.

—Hola, Gordon —saludaron Bill y David a la vez.

—Por fin regresó el hijo pródigo… —bromeó Gordon a la vez que abrazaba a Bill de forma algo más distante o “varonil” que Simone, dándole palmaditas en la espalda—. Seis meses… ¿no te da vergüenza?

Aunque Gordon seguía de broma, Bill no pudo evitar defenderse.

—Bueno, podríais haber venido vosotros también a Berlín, ¿no? —dijo mientras Gordon y David se saludaban con un apretón de manos.

—Lo hubiéramos hecho si cada vez que te lo proponía no me hubieras puesto excusas —habló Simone con un tono que, aunque suave, no dejaba de ser un claro reproche. Además, de nuevo le estaba mirando fijamente, casi taladrándole con los ojos. Bill empezaba a temer el momento de quedarse a solas con ella.

—Lo siento, he estado algo ocupado últimamente… —murmuró el muchacho.

—Bueno, bueno, lo importante es que ahora estás aquí… —Gordon miró con curiosidad (y Bill juraría que con algo de suspicacia) a David—. ¿Y eso que habéis venido juntos?

—Se lo he explicado a mamá cuando la he llamado… —dijo Bill mirando a Simone.

—Y yo se lo he explicado a él, pero estaba viendo un partido de tenis, y ya sabes lo poco que escucha cuando hay pelotas de por medio… —dijo ella, entre divertida y exasperada.

—¡Era la final! —se defendió Gordon.

Simone y David rieron.

—Pues resulta que estuve la semana pasada en Berlín por negocios, y aproveché para visitar a Bill —contó el productor, intentando sonar lo más casual posible, la misma versión que él y Bill habían acordado—. Y al decirle que hoy me volvía a Hamburgo, decidió aprovechar para venirse conmigo y haceros una larga visita.

—¿Cómo de larga? —preguntó el padrastro de Bill mirando a éste.

—Un par de semanas… —murmuró el ex cantante, intentando no sonar a regañadientes.

—Qué pena que no hubieras venido unos días antes… Habrías coincidido con Tom.

El latigazo que sintió Bill en el pecho fue tal que por un momento creyó que el corazón se le había parado. David le miró de reojo.

—¿Ah, sí…? —preguntó el muchacho, intentando disimular su turbación.

—Sí, estuvo aquí con Eva, se quedaron los dos un par de días… Nos contaron lo de la boda de Gustav, qué alegría —dijo Gordon—. Como ya he dicho, una pena que no coincidierais con vuestra visita. Hace tiempo que no os tenemos a los dos a la vez bajo el mismo techo.

Bill tragó saliva para deshacer el nudo que empezaba a formarse en su garganta. Tom había estado en casa de sus padres, allí mismo, hacía apenas unos días, con su novia… Bill no sabía si alegrarse o entristecerse por no haber coincidido. A sus pies, Dino empezó a ladrar de nuevo, impaciente por la falta de atención.

—Ahora en serio, ¿por qué no entramos de una vez? —propuso Gordon—. Tengo un pack de cervezas esperando con nuestros nombres escritos.

—Lo siento, Gordon, pero no puedo quedarme —dijo David mirando su reloj de pulsera—. Tengo una reunión… exactamente dentro de cuarenta y cinco minutos.

—No corras con el coche —le advirtió Simone con el mismo tono maternal que empleaba con sus hijos—. Últimamente ha habido muchos accidentes por aquí cerca.

—No te preocupes, Simone, si parto ahora me da tiempo de sobra.

—En ese caso, ya nos veremos —dijo Gordon, estrechando de nuevo la mano del productor.

—Esperemos que no pasen dos años más —añadió Simone con una sonrisa, despidiéndose con otro abrazo breve de David.

—Yo también lo espero. Adiós, Simone, Gordon. —David se dirigió a Bill—. ¿Vienes a buscar tu maleta?

—Sí… —Bill se arrepintió de no haber sacado antes su maleta del coche de David, no quería quedarse a solas con el productor, a sabiendas de lo que le iba a decir—. Ahora vuelvo —le dijo a sus padres.

Ambos salieron del jardín, con Dino pegado a los talones de Bill. David abrió el maletero de su BMW y Bill sacó de allí su equipaje. David cerró de nuevo y en ese momento, tal y como temía el muchacho, aprovechó para hacerle una última advertencia.

—Te llamaré un día de estos a casa de tus padres para confirmar que sigues aquí. Si llamo y tus padres me dicen que te has marchado, no sólo hablaré con Tom, también les explicaré la situación a ellos.

Aunque no dijo nada, la mirada que Bill le echó a David fue suficiente para hacerle saber lo que estaba pensando de él.

—Puedes matarme con la mirada todo lo que quieras, tú verás lo que haces. —David dio un paso atrás hacia la puerta del conductor—. En fin, nos vemos dentro de dos semanas.

De nuevo, Bill no dijo nada, apretando con fuerza el asa de su maleta. David suspiró y se giró hacia la puerta, pero entonces cambió de idea y se dirigió de nuevo hacia Bill.

—Ven aquí, anda…

El abrazo le pilló por sorpresa. Sin soltar todavía su maleta, Bill se quedó quieto mientras David le apretaba contra él pasando un brazo por sus hombros.

—Yo sólo quiero que estés bien… ¿Lo entiendes, Bill? No quiero que te pase nada…

Las afectuosas palabras de su ex productor le ablandaron. Bill correspondió el abrazo rodeando con su brazo libre la cintura del hombre.

—No me va a pasar nada —prometió Bill, aunque no estaba muy seguro de a qué se refería David.

Se separaron al cabo de unos segundos. David besó a Bill en la sien, igual que había hecho aquella noche en su casa, sonrió, y entonces sí, marchó hacia su vehículo.

—Si necesitas algo, estaré en la ciudad. Si no, nos vemos en Barcelona.

—De acuerdo… —murmuró Bill.

—Adiós.

—Ciao.

Tras una última mirada, David se metió dentro del coche.

Bill observó partir en vehículo. Cuando lo perdió de vista calle abajo, dio media vuelta hacia la puerta del jardín de casa de sus padres.

A sus pies, Dino seguía ladrando, alzándose sobre sus cortas patas, y ni aún así alcanzaba ni la rodilla de Bill. El muchacho miró al perro, luego a la casa, otra vez al perro, y suspiró.

—En fin… vamos allá —se dijo a sí mismo a la vez que se encaminaba hacia la puerta principal de la casa.

.

Apenas cruzó el umbral, vio a su madre cruzada de brazos esperándole en el recibidor, con expresión muy seria. No había ni rastro de Gordon, pero podía escuchar a lo lejos el sonido de la televisión, así que supuso que estaría en el salón.

—Yo… voy a dejar esto en mi habitación —murmuró Bill, señalando su maleta.

Su habitación era en realidad uno de los tres cuartos de invitados con que contaba la casa, pero era el que siempre empleaba cuando se quedaba a dormir en casa de sus padres.

—Te acompaño —dijo Simone sin variar un ápice su gesto hosco.

Bill empezó a subir las escaleras, seguido de cerca por su madre, y una vez en la primera planta se dirigió a su habitación.

La estancia estaba exactamente igual que la última vez que la había empleado, en Navidad, incluso todavía estaba puesta la ropa de cama de invierno. Pensó en comentarle a su madre de cambiarla, porque de lo contrario se iba a asfixiar de calor para dormir, pero ella no le dio tiempo.

—¿Qué está pasando, Bill?

La pregunta tan directa le pilló descolocado. Bill dejó la maleta en el suelo junto a los pies de la cama y, qué remedio, encaró a su madre.

—¿A qué te refieres…? —preguntó a su vez.

Simone no se anduvo con rodeos.

—¿Tú te has mirado al espejo?

A Bill se le olvidó por un momento el temor a las broncas de su madre y frunció el ceño, molesto.

—Vaya, gracias por el cumplido, mamá.

—Conmigo no te hagas el sarcástico, Bill —le espetó Simone, pero luego su tono se suavizó—. Sabes a qué me refiero. Cariño, ¿qué ocurre? Siempre has sido un chico delgado pero no a este punto… —De pronto una expresión de alerta cruzó el rostro de la mujer—. ¿Estás enfermo? Bill, ¿hay algo que no me has dicho?

—No, no… No estoy enfermo —la tranquilizó Bill—. Es sólo… —pero no supo cómo completar la frase.

—¿Es sólo que qué? —le animó Simone.

«Es sólo que como he estado consumiendo cocaína durante seis meses, he ido perdiendo el apetito, por lo que en lugar de comer me dedico a sólo a beber, principalmente cantidades bastante intempestivas de alcohol…»

¿Cómo se le decía algo así a una madre?

—Es sólo que no me he cuidado mucho últimamente… —dijo al fin, y no era una mentira.

—¿Y eso…? —preguntó Simone, buscando más respuestas, ya que la anterior no era ni de lejos suficiente.

Bill se encogió de hombros.

—No lo sé, por nada en particular… —Bill trató de sonreír para dar a su siguiente frase el toque perfecto—. Pero para eso he venido, para que mi madre me cuide y me mime un poco…

Pero el pequeño truco manipulador de Bill no había funcionado del todo. Simone resopló, no muy convencida, pero de momento lo dejó estar.

—Debes estar cansado del viaje. ¿Te ayudo a deshacer la maleta?

—No hace falta, mamá, gracias.

—Como quieras. Yo bajo a preparar la cena… Tenía pensado hacer canelones de carne y verdura, pero si te apetece otra cosa…

—Los canelones están bien.

—Bien… —Simone dio un paso indeciso hacia la puerta—. Si necesitas algo…

Bill asintió. Simone le dedicó una última mirada que no ocultaba su preocupación y finalmente salió de la habitación.

Afuera en el jardín se oían aún de vez en cuando ladridos de Dino. Bill se sentó pesadamente en la cama, como si necesitara reponer fuerzas, y permaneció allí unos minutos observando su maleta, con la mente en blanco. A veces era mejor no pensar.

.

Mientras Simone ultimaba la cena y Gordon veía alguna clase de deporte en la televisión, y a costa de considerarse a sí mismo como masoquista, Bill recorrió visualmente y una por una todas las fotografías de él y Tom que Simone tenía distribuidas por el enorme salón.

La mayoría eran de cuando los gemelos eran niños o pre adolescentes, antes de su salto a la fama con [i]Schrei[/i]. Había algunas posteriores, pero al contrario de las que tenía el propio Bill en su piso, eran de momentos íntimos, no de recogidas de premios ni similares.

La primera que se detuvo a observar era una instantánea realizada justo antes de que los dos hermanos partieran hacia el que sería su primer campamento de verano. Tenían seis años, casi siete; Bill lo sabía bien porque recordaba perfectamente que ese verano había sido el último que su padre había pasado en casa antes de que él y su madre se separaran. Ellos aún no sabían que las cosas iban realmente tan mal y por eso sonreían a la cámara.

Bill se reconocía claramente en la foto: era el que estaba situado a la izquierda, sonriendo de forma un poco más tímida que su gemelo y llevando una enorme mochila de color rojo. Sin embargo, estaba seguro de que nadie que no fuera su familia inmediata les reconocería a primera vista, tan iguales físicamente que eran a esa edad, los dos rubios y con el pelo corto. Psíquicamente, en cambio, ya eran entonces muy diferentes.

Tom era el fuerte, el valiente. El que se atrevía a subir a lo más alto de la atracción del parque, el primero que aprendió a montar en bicicleta y el que no se quejaba cuando se caía. Bill era el débil y asustadizo; el que tenía miedo a la oscuridad, el que lloraba como una niña cuando le reñían y el que buscaba la protección de su hermano cada vez que el crío abusón de turno se metía con él. Y el que siguió buscando esa protección cuando el crío abusón del colegio se convirtió en el matón del instituto… Quizás por su manera de vestir, quizás por su manera de ser, pero Bill siempre había tenido problemas con sus compañeros de clase. “Nenaza”, “marica” o “llorica” habían sido apelativos frecuentes para referirse a él en aquellos tiempos. Y siempre que alguien le llamaba así en presencia de Tom, su gemelo le defendía, obligando a quien fuera a cerrar la boca, aunque fuera a base de puños…

El problema era cuando Tom no estaba presente, como cuando les pusieron en clases separadas. Entonces los puños iban hacia Bill.

El muchacho meneó la cabeza, intentando esquivar esos recuerdos de su mente. Había pasado ya mucho tiempo, no valía la pena ponerse de mal humor por ello.

El único recuerdo valioso de esa época era precisamente la férrea defensa de su gemelo. Bill no sabía qué habría sido de él en la escuela sin Tom.

Pero la mezcla de sentimientos como el cariño, la admiración y la gratitud que Bill profesaba a su hermano había evolucionado con el paso de los años hacia otros mucho más fuertes y profundos. Bill era incapaz de concretar en qué momento había empezado todo, por lo que a veces se preguntaba a sí mismo si no habrían estado siempre allí esos sentimientos…

—Ey —Una mano se posó en su hombro y dio un pequeño respingo. Era Gordon, de pie junto a él—. ¿Vamos?

—¿Qué?

—A cenar. Simone nos acaba de llamar, ¿no la has oído?

—Ah, sí… —mintió Bill.

Bill se dejó guiar por Gordon hacia el comedor. El olor de la comida casera llegaba desde la cocina. Gordon se sentó en su sitio de siempre, el que quedaba de cara al televisor, y Bill se sentó enfrente de él, un poco hacia la izquierda para no taparle la visión de la pantalla. Pero, por una vez, Gordon no estaba atento a su canal de deportes favoritos.

—Y bien, Bill, ¿qué tal todo? ¿Qué nos cuentas? Debe irte muy bien últimamente en Berlín, ya que no hay quien te mueva de allí, ni siquiera para hacerles una visita a tus pobres padres en seis meses…

No había reproche en el tono que estaba usando Gordon, más bien estaba de guasa, pero Bill se sintió algo incómodo igualmente.

—Déjalo estar, Gordon, está aquí ahora y eso ya me vale —dijo Simone entrando al comedor con una enorme palangana en las manos repleta de canelones que depositó con cuidado en el centro de la mesa.

—Yo sólo le pregunto qué tal le va allí.

—Y eso me parece muy bien. Yo también quiero saber qué ha hecho mi niño estos últimos meses. ¿Qué tal tu trabajo de relaciones públicas?

Bill suspiró por la nariz de forma disimulada. Fingir durante dos semanas enteras iba a ser realmente muy, muy duro.

Claro que él no sabía que finalmente sólo iba a permanecer allí tres días.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

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