Fic original de Khira
“Despertar” Capítulo 2
Al principio era incapaz de distinguir de dónde provenía ese molesto zumbido. Ni siquiera sabía si provenía del mundo real o del de los sueños, en el que él seguía sumido en gran parte. El zumbido se detuvo durante un tiempo indeterminado y Bill cayó de nuevo en la inconsciencia, pero al cabo de un tiempo indeterminado regresó y el chico finalmente se despertó, maldiciendo al zumbido y a quien fuera que lo estuviera provocando.
Medio incorporado en la cama, paseó la mirada por el dormitorio en busca del origen del inoportuno ruido. No tardó en encontrarlo. Sus ojos entrecerrados se posaron sobre su teléfono móvil, que había dejado de cualquier manera la noche anterior sobre la cómoda, el cual vibraba y tenía la pantalla iluminada.
Maldiciendo por lo bajo por no haberlo dejado apagado, Bill se estiró sobre la cama hasta alcanzar el aparato. Lo primero que hizo fue leer el nombre escrito en la pantalla. Georg.
¿Georg? ¿Por qué le llamaba Georg? Hacía meses que no sabía nada de él, no personalmente, y eso que vivían en la misma ciudad. Su recién formado nuevo grupo, en cambio, estaba a todas horas en las emisoras nacionales, y Bill estaba seguro que pronto sonaría en las internacionales, pues era realmente bueno. Georg era el bajista, por supuesto, y la fama de su anterior banda le había ayudado a promocionarlo, pero aun así estaban donde estaban porque realmente se lo merecían, todo el mundo coincidía en ello.
«Claro, la boda…», pensó de pronto. Seguro que Georg también había recibido la invitación y le llamaba para comentarlo. Miró la hora que era: las cuatro y media de la tarde. Carraspeó un poco para aclararse la garganta y pulsó la tecla de descolgar.
—¿Diga?
—¡Ey, Bill! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?
Por alguna razón, Georg parecía realmente alegre. Bill intentó no desentonar demasiado.
—Muy bien, grandullón, ¿y tú?
—También muy bien. Oye, ¿pero no estás algo ronco?
Bill carraspeó otra vez.
—Sí, un poco. Ayer salí —reconoció.
—¿En jueves?
—Hay muchos sitios que abren en jueves.
—Ya, bueno. Pero cuídate un poco mejor cuando salgas, hombre, que si no te quedarás sin voz.
«¿Y qué si así fuera…?», pensó Bill. Total, no iba a cantar nunca más. Pero no dijo nada de eso.
—Te llevo llamando como media hora —continuó Georg—. ¿Dónde estabas?
—¿Yo? Aquí en casa, durmiendo. ¿No te acabo de decir que ayer salí?
—Pues sí que tienes el sueño profundo.
Bill miró el pequeño bote de pastillas que había sobre la mesilla de noche. Al final había necesitado de un par de ellas para conseguir conciliar el sueño, y ahora seguía embotado y todavía algo cansado de la noche anterior.
—¿Llamabas por algo en especial, Georg? —inquirió.
—Pues sí. ¿No has recibido la invitación?
Sabía que era eso. Vaciló unos instantes antes de responder, y al final decidió que sería mejor mentir lo mínimo posible.
—Sí, la recibí ayer.
—¡Qué pasada! ¿No? ¡Se casan! Y en un crucero, ni más ni menos. ¡Qué bien se lo monta la parejita!
De la sorpresa, Bill abrió mucho la boca. ¿En un crucero?
—¿En un crucero? —repitió atónito.
—Sí, claro. ¿Has recibido la invitación o no?
—Sí, es que… llegué tarde a casa y todavía no he abierto el sobre.
—Ah… Pues eso, que se casan en un crucero. Yo sabía que los capitanes de barco podían oficiar bodas, pero no he estado en ninguna así. Nos invitan a todos al viaje, que será por el Mediterráneo, y la ceremonia será el penúltimo día, que es el día de navegación. ¿Quieres que cojamos el avión juntos?
La mente de Bill intentaba trabajar lo más deprisa que el embotamiento le permitía. Ahora sí había llegado el momento de mentir.
—Georg… Es que yo… no sé si podré ir, sabes…
—¿Pero qué dices? ¿Por qué no?
Una excusa, necesitaba una excusa creíble…
—Porque por esas misma fechas, tenía planeado otro viaje…
Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Cuando Georg volvió a hablar, se le notaba molesto.
—Bill, has dicho que ni siquiera has abierto el sobre. No sabes la fecha.
Abochornado por tal metedura de pata, Bill se quedó en silencio.
—Lo que pasa es que no quieres ir, ¿no? Pues que sepas que si no vienes, no te lo perdonará. Porque una cosa es que nos evites, sabe Dios por qué, y otra muy distinta que no vayas a esa boda.
Bill no pudo evitar sonreír con ironía al escuchar las palabras de Georg. “Sabe Dios por qué”, había dicho. Si él supiera…
—Georg, yo… No sé. No puedo decidirlo ahora, ¿entiendes?
—No, no lo entiendo, pero supongo que no me queda más remedio. En fin, el crucero es a principios de junio, ¿vale? Así que tienes un mes para decidirte. Ya me dirás si quieres que vayamos juntos a Barcelona.
—¿Barcelona?
—Oh, y abre el sobre, por favor. Allí lo explica todo. Nos vemos, ¿vale?
—Está bien… —Georg se había molestado de verdad, y Bill se sentía realmente mal por ello, pero no se le ocurría nada que pudiera decir para arreglarlo—. Adiós…
—Adiós, Bill.
Georg colgó y Bill no tardó en hacer lo mismo. Tiró el móvil sobre la cómoda, pero con tal mala puntería que el aparato terminó en el suelo.
No se molestó en levantarse para recogerlo. En lugar de eso se tiró de nuevo de espaldas sobre la cama.
No tenía ganas de nada.
.
Otra vez en la misma discoteca, en la misma sala VIP. El mismo ambiente cargado, la misma música estridente. Bill no entendía por qué a sus colegas les gustaba tanto ese sitio; él lo encontraba demasiado poco… glamoroso. Quizás porque simplemente era el local de moda. Y sus colegas adoraban la moda. Bill, en cambio, la odiaba.
Cuando Tokio Hotel había anunciado su separación, cinco años atrás, todos los medios mundiales se habían hecho eco de la inesperada noticia, no sólo los musicales. Todos querían saber la verdadera razón que se ocultaba tras las palabras “por desavenencias creativas entre sus componentes” que se habían publicado en un comunicado como motivo oficial de la ruptura. Pero ningún medio sacó nada en claro, las fans poco a poco tuvieron que hacerse a la idea de que su grupo ya no existía como tal, y pronto el mundo se olvidó de ellos. Porque no habían sido más que una moda. Ahora, eran otros grupos los que acaparaban portadas. Sus antiguas fans, ahora eran fans de otras bandas, de otros cantantes.
Él había sido el único que había seguido protagonizando portadas un tiempo, pero de otro tipo. “Bill Kaulitz, ex cantante de Tokio Hotel, detenido por conducir ebrio”, había sido uno de los titulares más repetidos. Sin embargo, ni siquiera la prensa amarilla le había dado bola durante demasiado tiempo.
Los excesos de Bill Kaulitz ya no estaban tampoco de moda.
Aunque todo tenía su parte positiva. Al menos así ya no le daba disgustos a su madre.
Y se llevaría uno muy grande si se enterara de lo que estaba haciendo en esos momentos.
Después de recoger la coca con una tarjeta de crédito hasta darle una forma fina y alargada, Bill cogió un billete de cincuenta euros y lo enrolló formando un estrecho tubo. Lo colocó al inicio de la raya, se inclinó sobre él y sin pensárselo dos veces aspiró por la nariz.
Al momento sintió un conocido y agradable hormigueo que le recorrió por entero. De pronto ya no se sentía cansado, ni aburrido, ni infeliz. Ahora era de nuevo el Bill Kaulitz que lo eclipsaba todo y a todos, cuya radiante sonrisa no dejaba a nadie impasible.
—Es buena, ¿verdad?
Bill miró a Sebastian, el joven traficante que había tenido la suerte de convertirse en el camello particular de un grupo de veinteañeros ricos y sin cosas más interesantes que hacer que divertirse esnifando entre copa y copa. Era un chico de unos dieciocho o diecinueve años, Bill no estaba seguro de su edad, con el pelo castaño y erizado y montones de piercings en las orejas.
—Sí, lo es.
—Pues esta va de regalo.
Sebastian le tendió una pequeño bolsa trasparente con unos gramos, suficientes para unas cuantas dosis.
—¿Y eso? —preguntó Bill mientras cogía la bolsa.
—Tengo que hacerle la buena a mi mejor cliente, ¿no? —reconoció el camello sin tapujos.
—Eres un chico listo —rió.
Pronto todos en aquella sala VIP reían y hablaban entre ellos con prepotencia, como si fueran los amos del mundo. Bill el que más, pues ya sin estar colocado se creía superior a esa pandilla de niñatos. Y era muy divertido.
Sin embargo, aquella noche, algo empezó a ir mal. De repente, Bill comenzó a sentirse más acalorado de lo habitual. Estaba sudando mucho y eso le molestaba. Se levantó.
—¿A dónde vas? —le preguntó Markus.
—Necesito tomar un poco el fresco —respondió Bill.
—¿Quieres que te acompañe?
—No, gracias. Enseguida vuelvo.
Sin darle tiempo a Markus a replicar, Bill salió de la sala VIP y se dirigió a la pequeña terraza que había en la planta piso. Era una terraza que daba al patio de manzana interior, sin vistas, pero terraza al fin y al cabo. Bill cruzó la puerta acristalada que era el acceso y notó de inmediato el frío aire nocturno de la noche berlinesa, reconfortándole un poco.
No era el único que había tenido la misma idea. En la terraza, aparte de él, había dos parejas y un hombre solo, que al parecer también habían querido huir del calor, el ruido y el humo. Bill se apoyó con los codos en la barandilla, de cara a la puerta, y respiró hondo. Ya se encontraba algo mejor.
Pocos minutos después se dio cuenta de que el hombre que estaba solo en la terraza, también apoyado en la barandilla a unos metros de él, le estaba mirando fijamente. Sin vergüenza alguna, Bill le devolvió la mirada, retándole. Entonces el hombre sonrió y empezó a caminar hacia él.
Era un tipo joven, de unos treinta años, con el pelo rubio y largo recogido en una coleta baja. Con la escasa iluminación con que contaba la terraza era difícil asegurarlo, pero a Bill le pareció que tenía los ojos grises. Sus facciones eran marcadas, pero en su conjunto atractivas.
—¿Ya te has cansado de tus amigos? —preguntó el hombre con una sonrisa cuando se paró junto a él.
—¿Perdón?
—Te he visto entrar en la sala VIP con unos chicos. Son tus amigos, ¿no?
Bill hizo un ruidito despectivo con la boca.
—Son… colegas.
—¿Colegas de qué? ¿De juergas?
—Exacto.
—Ya veo. Por cierto, me llamo Stefan.
Stefan le tendió la mano. Bill se lo pensó un momento, pero al final se la estrechó.
—Yo soy Bill.
No estaba seguro de si aquel hombre le había reconocido, aunque eso por el momento le daba igual.
—¿Y de qué los conoces? —preguntó Stefan, apoyado de nuevo en la barandilla, pero él de espaldas a la puerta.
—¿A quiénes?
—A tus “colegas”.
—Oh. De la cárcel.
Stefan le miró a medias entre divertido y escéptico.
—No tienes pinta de haber estado en la cárcel.
—Bueno… En realidad sólo era un calabozo —reconoció Bill, sonriendo.
—Oh. Pues qué decepción.
Ambos rieron suavemente. De haber estado sobrio, Bill no estaría hablando sobre eso. Pero por el contrario, se sentía demasiado desinhibido.
—¿Y por qué te metieron en un calabozo, si se puede saber?
—Me pillaron conduciendo con un par de copas de más.
—¿Sólo por eso?
—No era la primera vez.
—Ya veo. Pues eso es muy peligroso, aunque seguro que ya lo sabes.
—Sí, lo sé. —Bill frunció el ceño, al recordar que en aquella ocasión, la segunda vez que le habían “pillado” ebrio al volante, no había sido en un control, sino porque había provocado un accidente, por fortuna sin consecuencias graves. Tuvo que quedarse toda la noche detenido en la comisaría, y allí había conocido a Markus, al que habían trincado por más o menos lo mismo—. Ya no lo hago.
—¿Te llevan tus amigos?
—No, suelo pillar un taxi.
—Si quieres, puedo acompañarte yo esta noche, y así te ahorras el taxi.
Bill miró al hombre con interés. Pocas veces le lanzaban indirectas tan directas, y menos en una discoteca que no era de ambiente. Se preguntó si no sería que el hombre le había reconocido, aunque por la conversación que habían tenido no le había dado esa impresión. Por si acaso, decidió que era mejor no llevarle a su casa, donde seguro que se daría cuenta de quién era; no porque no le gustara en general ser reconocido, sino porque en esa situación en concreto sabía que dicho reconocimiento podría traerle demasiados problemas.
Con un dedo, recorrió de forma sensual el pecho de Stefan, cubierto por una fina camisa azul marino. Lo notó firme y musculoso, y su libido empezó a despertarse.
—Prefiero que me acompañes a tu casa. Seguro que está más cerca que la mía.
—¿Es que tienes prisa? —preguntó Stefan, sonriendo.
—No. Pero tengo ganas.
Stefan sonrió más ampliamente.
—Como quieras. ¿Tienes que despedirte de tus colegas?
—No, no hace falta.
—Entonces vámonos.
El hombre le rodeó la cintura y Bill se dejó conducir fuera del lugar, sin darse cuenta que por el camino sí fue reconocido por otra persona a la que él no llegó a ver.
Continúa.
Ayyy no.Bill anda descarriado 😭😭🤦♀️