Fic original de Khira
“Despertar” Capítulo 24
Mientras ingresaban en el aparcamiento subterráneo del aeropuerto de Hamburgo, Bill bajó una vez más el pequeño espejo situado en la parte superior del asiento del copiloto para mirarse en él.
Se había peinado con el cabello completamente hacia atrás, sin raya, y sin nada de volumen. Las gafas de sol colocadas a modo de diadema impedían que escaparan mechones rebeldes. Apenas se había maquillado, sólo se había puesto un poco de lápiz negro en los ojos y anti ojeras. Se sentía un poco raro yendo tan natural, pero eran las siete de la mañana y le esperaban varias horas de avión con la única compañía de Georg, no tenía sentido una sesión de chapa y pintura. Por la misma razón se había vestido con ropa cómoda: unos vaqueros claros un poco menos ajustados de lo habitual, una camiseta de manga corta roja, y deportivas.
—¿Qué te miras tanto? —preguntó Bushido mirándole de reojo mientras conducía por el atestado aparcamiento.
—Nada —contestó Bill, y cerró el espejo con un pequeño golpe seco.
No podía evitarlo, estaba histérico. Las últimas dos semanas en casa de Bushido las había pasado más o menos bien, con algunos episodios de agitación o fatiga por la abstinencia de cocaína, pero en general se había sentido bastante relajado, como si estuviera disfrutando de unas pequeñas vacaciones. Por las mañanas solía quedarse durmiendo y las tardes las pasaba con Bushido en plan casero, viendo series o películas en la televisión o jugando con Shiro en el jardín, y por las noches se acostaban juntos; excepto los días en que el rapero había tenido que marcharse para cumplir con la promoción de su disco, entonces Bill había aprovechado para visitar a Markus, primero en el hospital y luego en su casa una vez le dieron el alta, quien por fortuna se había recuperado bien. Pero ahora esa insospechada rutina se había roto y lo que le esperaba era una semana imprevisible, en compañía de sus amigos, sí, pero también en compañía de David, y sobre todo, en compañía de Tom.
Inspiró y expiró hondo un par de veces, tratando de calmarse. No funcionó.
—Mierda… —gimió, atrayendo de nuevo la atención de Bushido.
—¿Qué te pasa? —preguntó el rapero, aunque se lo imaginaba.
—¡Que estoy muy nervioso! —confesó—. ¡Mierda, estoy tan nervioso, que creo que voy a vomitar antes incluso de subir al maldito barco!
Bushido rió suavemente.
—¡No te rías! —exclamó Bill, indignado—. ¡Además, es culpa tuya!
—¿Culpa mía? —repitió Bushido, alzando ambas cejas.
—Sí, seguro que estaría un poco menos nervioso si no tuviera que aparecer solo, es decir, si tú me hubieras acompañado como te pedí…
—Bill, sabes perfectamente que no podía acompañarte. Estoy en ple…
—Sí, ya, eso —cortó Bill—. “Estoy en plena promoción de mi disco”. ¡Por favor, pero si tienes tu propio sello discográfico! Podrías haber hecho un parón en la promoción si realmente hubieras querido.
—Puede ser —convino Bushido.
—¿Entonces?
—Bill, ya lo hablamos. Esto es algo que tienes que hacer tú solo. Tienes muchas cosas que resolver con tu gente y no puedes escudarte en un acompañante, y menos en mí. Para empezar, tendrías que dar un montón de explicaciones sobre mi presencia allí.
Bill bufó, pero no insistió más. En verdad, si hubiera aparecido con Bushido en la boda de Gustav, el revuelo hubiera sido histórico.
—Además, si subiera a ese barco contigo, David y Tom me tirarían por la borda en cuanto me despistara —bromeó el rapero.
—David puede, pero dudo que a mi hermano le importara lo más mínimo… —murmuró el muchacho.
—Sabes que sí… —Bushido recordó divertido las miradas llenas de odio que le había dirigido Tom Kaulitz cada vez que habían coincidido en alguna gala o fiesta, especialmente durante la época en que le dio por hacer comentarios obscenos en los platós sobre su andrógino gemelo.
—¡Ahí está Georg! —exclamó Bill de repente.
En efecto, caminando tranquilamente por un extremo del aparcamiento, estaba Georg; llevaba gafas de sol y su largo y liso cabello castaño recogido en una coleta. Al igual que Bill, iba con vaqueros y camiseta. Con una mano arrastraba su maleta por el asa desplegable, y en la otra llevaba una especie de revista que estaba ojeando. Aunque su grupo actual, Chaos, formaba parte del panorama musical del momento y podría ser fácilmente reconocido, ni él ni Gustav habían requerido nunca los servicios de un guardaespaldas cuando estaban a solas.
—Para a su lado —indicó Bill.
—¿Estás seguro? —inquirió Bushido—. Nos va a ver juntos. ¿No prefieres encontrarte a solas con él en la terminal, como habíais quedado?
Bill lo sopesó un instante.
—Da igual. Me fío de Georg. Y si le digo que prefiero que no lo comente con nadie, no lo hará.
—Como quieras…
Bushido giró en su dirección y avanzó con el vehículo hasta quedar a un par de metros por delante del bajista, quien alzó la vista al ver bajar de allí a Bill.
—¡Ey! —dijo Bill con una sonrisa, dirigiéndose hacia él.
—¡Ey! —dijo Georg de igual manera, chocando y estrechando primero sus manos y luego abrazándose con el brazo libre de la forma en la que siempre se habían saludado entre ellos—. ¿Qué tal, tío? ¿Cómo has estado?
—¿Bien y tú?
—¡Muy bien! —Pero la sonrisa se le congeló en el rostro a Georg cuando vio bajar a Bushido de la puerta del conductor—. ¿Pero qué…?
Bill se separó de él y miró un segundo la cara de sorpresa de Georg antes de volver la mirada hacia Bushido, sabiendo perfectamente que el rapero era la causa de la estupefacción de su amigo.
—Bueno, Georg, supongo que recuerdas a Bushido, ¿no? —dijo Bill sin perder la sonrisa.
—Hola —saludó Bushido de forma despreocupada mientras le tendía educadamente la mano al bajista—. ¿Qué tal?
—Hola… —murmuró Georg mientras le estrechaba la mano al rapero, y acto seguido miró a Bill con las cejas alzadas, esperando claramente una explicación.
—Bushido me ha acompañado hasta el aeropuerto —comentó Bill encogiéndose de hombros en un rápido movimiento.
—Ya, eso es obvio…
Mientras tanto, Bushido había abierto el maletero de su coche y estaba extrayendo de él la enorme maleta de Bill. Georg por supuesto necesitaba una explicación más consistente, pero con el rapero delante no quería insistir. Bill se dirigió hacia el coche.
—Toma, Bill. —Bushido le tendió la maleta.
—Gracias.
Bill depositó la maleta en el suelo. Miró de vuelta a Bushido, quien cerró el maletero y se giró para apoyar la espalda en él. Era el momento de despedirse y ambos lo sabían.
—Buen viaje —le deseó Bushido.
—Gracias… —Tras un breve momento de duda, Bill dio un paso hacia el rapero y le abrazó significativamente—. De verdad. Por todo…
—No hay de qué… —dijo Bushido—. Pero hazme el favor de seguir cuidándote de aquí en adelante, ¿de acuerdo? —susurró en su oído.
—Lo haré… —dijo Bill de igual manera.
—Y si al volver necesitas cualquier cosa, sabes que puedes seguir contando conmigo.
—Menos el sexo… —No era condición de Bill sino de Bushido, quien así se lo había hecho saber el día anterior.
—Exacto, menos el sexo.
—Porque de lo contrario podrías acabar enamorándote perdidamente de mí —bromeó Bill.
—Más bien porque de descubrirse tendríamos a los medios encima por toda la eternidad —gruñó Bushido. A continuación añadió en voz más baja todavía—: Pero sabes que ha sido un placer tenerte en mi cama, Bill Kaulitz.
—Lo mismo digo, Anis Ferchichi.
Bill se apartó un poco de él. Podía notar la mirada de Georg clavada en su nuca, y por eso dudó en si hacer o no lo que estaba pensando.
«Qué diablos…», se dijo a sí mismo. Seguro que Georg sería capaz de superarlo.
Así que se inclinó sobre Buhido y le plantó un beso en los labios que el rapero correspondió al momento.
Al cabo de unos segundos se separaron.
—Hasta pronto —dijo Bill cogiendo su maleta.
Bushido asintió, y se dispuso a entrar en el coche.
Cuando Bill se dio la vuelta, los ojos de Georg estaban abiertos como platos.
Bill no lo pudo evitar y soltó una risita. El coche de Bushido arrancó y se despidieron por última vez con la mano. Sólo entonces Georg se aproximó a él.
—Vale, quiero que me lo cuentes todo con pelos y señales.
—Luego —dijo Bill, mirando la hora en su reloj de pulsera—. Nos quedan sólo quince minutos para poder facturar, y no creo que mi maleta pase como equipaje de mano…
.
Mientras se alejaba con el coche, Bushido no pudo evitar echar un último vistazo a Bill por el retrovisor.
Una de las últimas frases pronunciadas por Bill resonó en su cabeza.
«Porque de lo contrario podrías acabar enamorándote perdidamente de mí.»
Suspiró, frustrado, y volvió la vista al frente.
Jamás le permitiría al muchacho saberlo, pero con su broma había dado justamente en el clavo.
Aunque era cierto que la presión mediática y pública habría sido bestial en caso de ser descubiertos juntos, en realidad no dejaba de ser una excusa. En sólo dos semanas y tal como temía, Bushido se había acostumbrado a la presencia de Bill en su casa. Se había acostumbrado a dormir con él, a desayunar con él, a charlar con él, incluso a bromear con él, así como había empezado a conocer sus expresiones más íntimas, ésas que uno nunca deja ver en los medios, incluso a interpretar sus silencios. El Bill que había estado con él esas dos semanas no era el Bill que había conocido años atrás tanto delante como detrás de las cámaras; era un chico más sencillo, tímido e inseguro, con ataques de mal humor sufridos seguramente debido a la abstinencia de cocaína, pero que todavía conservaba esa personalidad tierna y divertida que tanto había fascinado siempre a los que le rodeaban. Un Bill hacia el que, estaba seguro, podría desarrollar sentimientos mucho más allá del tema puramente sexual.
Pero ése no era el caso de Bill. Su corazón no le pertenecía, ni le pertenecería nunca. Lo había notado todas y cada una de las veces que se habían acostado juntos: la forma en la que Bill gemía, suspiraba, se movía y, sobre todo, la forma con la que le abrazaba mientras empujaba dentro de él, no iba más allá de la necesidad. Bill necesitaba ese contacto humano, no estaba muy seguro de los motivos, pero sí de que no había nada más que eso. No había complicidad, no había afecto, y mucho menos amor.
Podría haberlo intentado. Podría haber hecho frente a todo lo anterior, mantener oculta su relación para no sufrir el acoso mediático y de la opinión pública, podría haber intentado que esa relación se convirtiera en una auténtica relación, podría haber intentado alcanzar el corazón de Bill.
Pero de alguna manera, sabía que esa lucha estaba perdida de antemano.
Por lo tanto, sólo le quedaba una opción.
Tenía que dejarle ir.
Miró una última vez por el retrovisor, pero Bill y Georg ya se habían marchado.
.
La explicación que le dio Bill a Georg una vez dentro del avión fue tan resumida como cierta: Bushido y él habían coincidido en una discoteca y luego se habían liado en su casa.
Simplemente se saltó todo lo demás.
—¿Y estáis juntos? —preguntó Georg, todavía impactado.
—No —aseguró Bill—. Te he dicho que sólo nos hemos enrollado.
Georg seguía mirándole con gesto atónito.
—Oh, vamos, Georg —dijo el ex cantante—. No me creo que te sorprenda tanto que me haya enrollado con un tío…
—No me sorprende que te hayas enrollado con un tío. Me sorprende que te hayas enrollado con Bushido —apuntó Georg.
—Por si no te has dado cuenta, Bushido es un tío.
—Bushido es Bushido. —Y antes de que Bill pudiera replicar, añadió—: ¿Lo sabe Tom?
Incómodo como siempre ante la mención de su hermano, Bill se removió y se hundió un poco en su asiento.
—No, no lo sabe.
—Pues va a flipar cuando se entere…
—No se va a enterar.
—¿Y eso?
—Porque yo no se lo voy a decir ni tú tampoco. ¿Entendido? A nadie, Georg. Si algo de lo que hemos tenido se filtrara a la prensa, nos comerán vivos.
Georg se acomodó mejor en su asiento y miró al frente.
—Genial, el bombazo del siglo y no puedo compartirlo… —rezongó.
—Deja de quejarte y cuéntame qué tal te va con Chaos.
Eso animó a Georg, quien se pasó el resto del vuelo hablándole sobre su grupo y sus proyectos de gira.
.
Dos horas y media después, el avión aterrizó en el aeropuerto de Barcelona. De allí cogieron un taxi hasta el puerto. Una vez allí no tuvieron muchos problemas a la hora de averiguar hacia dónde dirigirse, pues nada más aproximarse a los muelles, pudieron ver un enorme barco de crucero de chimeneas amarillas con el emblema de la compañía pintado en una de ellas.
—Es ése —dijo Georg, comprobando el nombre de la compañía en la invitación.
—Es enorme… No somos los únicos en el crucero, ¿verdad? Quiero decir, que habrá otros pasajeros aparte de los invitados por Gus…
—Sí, claro que sí. Gustav tiene muchos familiares y amigos, pero no tantos como para llenar este barco.
Los nervios de Bill, que habían ido calmándose un poco durante el vuelo, empezaron a aflorar de nuevo. Habían llegado temprano, ya que la hora prevista para el embarque era a las doce y eran sólo las once y cuarto. Pero quizás no eran los únicos demasiado puntuales…
Tras pasar por el control y dejar sus maletas, Bill y Georg accedieron al interior del buque por la pasarela. Varios trabajadores uniformados les dieron la bienvenida de forma casi vehemente, les entregaron las llaves de los camarotes y planos para saber moverse dentro del enorme crucero. Al comentarles que venían invitados a una boda que se celebraría a bordo, una mujer les indicó en cuál de los diez salones podrían encontrar al “señor Schäfer”.
—¿Vamos primero a ver los camarotes, o vamos a ver a Gustav? —preguntó Bill a Georg una vez se deshicieron de los atentos trabajadores.
—Vamos a ver a Gustav, ¿no? Me apetece darle cuanto antes un buen tirón de orejas por haber sentado la cabeza tan pronto —rió el castaño.
Bill hubiera preferido pasar primero por el camarote y arreglarse un poco, pero tampoco quería contradecir a Georg, así que, plano en mano, se pusieron en marcha en busca de su amigo y ex compañero de banda.
El corazón de Bill se iba acelerando por momentos. En cualquier momento iba a encontrarse con Tom, estuviera ya en el salón o no, y todavía no sabía cómo debería reaccionar ni saludarle.
El plano era muy esquemático y fácil de seguir, por lo que tras subir varias plantas y cruzar otros varios bares y salones, todos exquisitamente decorados, dieron con el que buscaban. Tras cruzar una gran puerta acristalada con motivos dorados, entraron en el salón Apolo, situado en el primer piso bajo la cubierta de proa y uno de los más lujosos del barco. La decoración, en verde y oro, estaba basada en el mundo del arte, en honor al dios griego que le daba nombre. Estaba lleno de gente, quizás cincuenta o sesenta personas, situadas en un gran espacio central rodeado de mesas de restaurante que en ese momento estaban recogidas. En un primer vistazo no reconocieron a nadie, pero un grupito se apartó y entonces distinguieron a Gustav, acompañado de una joven pelirroja que supuso sería Julie.
Gustav y Julie también repararon en ellos. Gustav sonrió y se hizo paso hasta llegar hasta llegar a su lado.
—¡Qué puntualidad! —dijo el ex batería a modo de saludo—. Y yo que creía que no apareceríais hasta el último momento. Parece que habéis madurado y todo…
Gustav iba vestido con un polo color vainilla y unos pantalones de pinzas gris claro. Había adelgazado bastante desde la separación de Tokio Hotel, aunque aún estaba un par de kilos por encima de su peso. Llevaba su color de pelo natural, rubio oscuro, y gafas de pasta de color negro.
—Muy gracioso —sonrió Georg al mismo tiempo que le saludaba igual que había hecho horas antes con Bill, chocando y estrechando sus manos y luego abrazándose ambos con el brazo libre—. Demasiado has madurado tú. ¿Qué haces atándote tan pronto, con toda la vida por delante?
—Ya ves, cosas que pasan. —Gustav se separó de Georg y se dirigió a Bill, obsequiándole con otro choque de manos y otro abrazo igual o más efusivo que el anterior—. Joder, Bill, cuánto tiempo. No sabes lo que me alegra que hayas venido.
—Enhorabuena —dijo simplemente Bill tras separarse.
—Gracias. Por cierto, muchas gracias por tu regalo. Me encantó, acertaste totalmente.
—¿Qué le has regalado? —preguntó Georg, curioso.
—Dos pases VIP para asistir en primera fila a cualquier concierto de la próxima gira de Metallica —respondió Gustav.
—Sabía que a ti te gustaría, pero no estaba seguro de si Julie… —empezó Bill.
—Tranquilo, por suerte Julie y yo compartimos gustos musicales.
—¿Habláis de mí? —preguntó una voz con marcado acento francés.
Los tres chicos se giraron para encarar a una joven pelirroja de piel clara, con el cabello largo y rizado, y ojos verdes. Era de la misma altura que Gustav, de complexión delgada, e iba vestida con un vestido largo de corte veraniego en tonos azules y marrones.
—Hola, Julie —saludó Georg, dándole dos besos y un pequeño abrazo—. Y enhorabuena.
—Muchas gracias. —Julie sonrió a Georg y luego miró hacia Bill con curiosidad.
—Julie, éste es Bill —dijo Gustav—. El único ex Tokio que te faltaba por conocer.
—Encantada de conocerte por fin, Bill. —Julie sonrió cálidamente y le dio dos besos al ex cantante—. Gustav me ha hablado mucho de ti.
—Espero que bien —bromeó Bill. Se sentía un poco más relajado que antes, y Julie le había causado una buena primera impresión.
—Por supuesto que sí. De hecho Gustav siempre me ha hablado maravillas de todos vosotros, tanto que a veces me pongo incluso celosa, en serio.
—Ya será menos —dijo Gustav, cogiendo a Julie de la cintura y depositando un beso en su frente.
Bill contempló la escena con una sonrisa y también, por qué no decirlo, algo de envidia. Y por la mirada de Georg supo que estaba igual que él. De hecho, ahora que lo pensaba, que él supiera Georg no había tenido novia formal desde que rompiera con Claudia, al no poder ella aguantar la presión de los medios y también de las fans cuando se descubrió su identidad en plena gira Humanoid City.
—Sólo falta Tom, ¿no? —preguntó Julie, mirando directamente a Bill.
Los nervios de Bill afloraron de nuevo ante la mención de su gemelo.
—Él sí que es impuntual, seguro que llega justo cuando el barco tenga que partir —dijo Georg.
—Seguramente —convino Gustav—. Bueno, venid, que os presentaré. La mayor parte de mi familia ya la conocéis, pero no a la de Julie. Para empezar, aquí está mi hermana…
Y ahí empezó una larga ronda de presentaciones que duró casi diez minutos entre padres, hermanos, abuelos, sobrinos, tíos y primos. Entre los familiares de Gustav y Julie sumaban más de la mitad de las personas que había en el salón. También fueron presentados a amigos y compañeros de trabajo de ambos. La frase más repetida por todos, sincera o no, fue la de “Oh, Tokio Hotel, me encantaba vuestro grupo, qué pena que os separarais”.
Bill aguantó todos los comentarios de ese tipo lo más estoicamente que pudo. Y justo habían terminado las presentaciones, cuando llegó otro grupo de personas a las que ya conocían muy bien: Patrick, Peter y Dave, tres de sus cuatro antiguos productores, acompañados de sus mujeres; Benjamin, su ex manager, también acompañado de su mujer; Silke y Dunja, ex asistentes, la primera acompañada de su novio; y Natalie, su ex estilista. Esta última fue la primera en acercarse a Bill.
—¡Bill! —exclamó con una amplia sonrisa mientras prácticamente se lanzaba a sus brazos—. ¡Cuánto tiempo!
—Hola, Natalie… —saludó Bill también sonriendo, correspondiendo al abrazo.
—A ver, a ver… —dijo tras separarse, observando atentamente el peinado y el aspecto del moreno—. Vaya, veo que más o menos te las has sabido apañar sin mí… Pero… ¡¿y esas puntas tan abiertas?!
—¡Natalie! —exclamó Bill, a medias divertido a medias abochornado.
—Menos mal que me he traído el maletín de trabajo, así que en cuanto tengamos un momento te vienes conmigo y te arreglo eso…
Por suerte para Bill, Georg acudió a su rescate y saludó también a su ex estilista, logrando así desviar su atención.
El saludo con el resto de sus antiguos colaboradores fue mucho más formal.
Y entonces llegó David.
Muy sonriente, el productor se dirigió primero a Gustav y a Julie para darles la enhorabuena. Bill tragó saliva cuando sus miradas se encontraron, pero David no cambió su expresión, y no supo leer en sus ojos.
Después de los prometidos, David saludó al resto de uno en uno, hasta quedar enfrente de Georg y Bill.
—¡Ey! —saludó Georg. Primero se dieron la mano y luego un abrazo—. ¿Qué tal, tío?
—Muy bien. ¿Y tú? Estupendamente por lo que tengo entendido. El grupo va fenomenal, ¿no?
—Sí, por suerte no me puedo quejar.
David se giró hacia Bill.
—¿Y tú qué tal, Bill? —le preguntó tendiéndole la mano amistosamente—. ¿Todo bien?
A pesar de que David aún sonreía, ahora sí que Bill pudo leer su mirada. David estaba claramente todavía molesto por su escapada de Hamburgo y su posterior reencuentro con Bushido. No podía culparle; David sólo había hecho lo que creía conveniente para él, y Bill se lo había pagado traicionando su confianza rompiendo una promesa que, a pesar de ser coaccionada, no dejaba de ser tal. Y además se había metido en casa del rapero, a sabiendas que no era una persona de su agrado. Recordó los buenos momentos pasados con él, el interés y la preocupación que le había mostrado, el esfuerzo realizado para ayudarle… e hizo lo primero que le salió del corazón.
Le abrazó con todas sus fuerzas.
De la sorpresa, David trastabilló un poco hacia atrás, pero enseguida recuperó el equilibrio. Sintiéndose ablandado por la inesperada muestra de cariño, no pudo más que cerrar los brazos y corresponder el abrazo del muchacho.
Georg miraba la escena con asombro y curiosidad.
—¿Todo bien…? —repitió David, esta vez en un tono mucho más personal.
—Sí…
—¿De verdad?
—Sí… —Bill bajó la voz para que Georg no le oyera añadir—: Lo siento…
David le acarició la espalda.
—Va, no te preocupes, ya hablaremos de eso…
Cuando se separaron, David estudió atentamente su rostro.
—La verdad es que tienes buena cara…
Bill sabía que no lo decía por decir. En esas dos semanas en casa de Bushido había engordado casi tres kilos —culpa directa de Anne y su deliciosos pasteles de carne—; teniendo en cuenta que le faltaban bastantes más para estar en su peso ideal no era mucho, pero al menos ya no tenía las mejillas hundidas y su piel, últimamente más en contacto con la luz del sol, había recobrado un poco el color. Además, ni Georg ni Gustav habían hecho ningún comentario negativo sobre su aspecto, lo que indicaba que seguramente opinaban igual que David.
—¡Ey, David!
El aludido se giró hacia Patrick, quien, en compañía de Peter y Dave, le hacía señas para que se acercara.
—Os veo luego, chicos —dijo David antes de alejarse.
Bill observó la espalda de su ex productor, sintiendo un peso menos sobre sus hombros. Aunque tenían una conversación pendiente, parecía que el hombre no tenía planeado ser excesivamente duro con él.
—Ey, Bill… —dijo de pronto Georg en su oído—. Dime la verdad… ¿También te has enrollado con David?
—¿Qué…? ¡No! —exclamó Bill—. ¿Por qué dices eso…?
—¿Porque prácticamente te le has tirado encima como una colegiala enamorada?
—Qué tontería… —bufó Bill, avergonzado.
—Lo qué tu digas, yo sé lo que he visto… —insistió Georg, divertido por la incomodidad de su amigo.
Bill rodó los ojos.
—Oye, yo me voy al camarote… Quiero cambiarme y también necesito ir al baño.
—Ok, yo me quedo por aquí con la peña. Te veo luego.
Bill se dirigió hacia la salida del bar, saludando de nuevo con la mano a varias personas que se dieron cuenta de que se retiraba.
Cruzó la gran puerta acristalada y sacó el plano del barco, pues sin él le sería imposible encontrar su camarote. Ni siquiera recordaba cómo regresar al acceso por donde habían entrado.
Estaba avanzando con el plano desplegado, trazando mentalmente el itinerario que tenía que seguir para llegar a los camarotes suite, cuando al girar una esquina por poco chocó con alguien.
—Disculpa —dijo Bill de inmediato a la joven rubia a la que casi había arrollado.
—¡Bill! —exclamó ella con una sonrisa.
Bill alzó las cejas en señal de sorpresa, aunque lo cierto era que él conocía también a esa chica, pero no sabía de qué. Iba a preguntarle su nombre, cuando se percató de la presencia de alguien más junto a ella.
Desvió la mirada a la derecha de la joven, y el corazón casi se le paró al toparse con unos ojos castaños exactamente iguales a los suyos.
Tom.
Continúa.
Se me salio el corazon 🔥😭