Fic original de Khira
“Despertar” Capítulo 26
Tras terminar de deshacer la maleta, Bill se dio una ducha, se maquilló un poco y se vistió con ropa cómoda pero un poco más formal, con los vaqueros oscuros, una camiseta blanca y una camisa también blanca sin abrochar por encima, para que la muda le sirviera ya para la cena. Había leído en un folleto del crucero que, tal y como Simone había dicho, las cenas de gala sólo tenían lugar el segundo y penúltimo día, por lo que no necesitaría ponerse traje.
Era la hora de comer, pero Bill no tenía nada de hambre, por lo que pasó de largo los diez salones entre bares y restaurantes con que contaba el crucero, y se dirigió hacia la cubierta principal de popa, con la intención de tomar un poco el sol junto a la gran piscina descubierta.
No había casi nadie por la zona, seguramente porque aún faltaba mucha gente para embarcar. Bill eligió una solitaria tumbona y se dejó caer en ella.
Eran las dos de la tarde y el sol debería estar en su cénit, pero estaba nublado y no había ni rastro de él. Aún así hacía calor, así que Bill se quitó la camisa y se quedó en camiseta.
Apenas llevaba un minuto allí cuando un camarero del bar al aire libre junto a la piscina se acercó a él para preguntarle si quería algo. Bill no lo dudó y le pidió un gin tonic. Durante su estancia en casa de Bushido apenas había podido probar el alcohol y no lo había llevado nada bien, aunque lo había disimulado como había podido. También sacó un pequeño paquete de tabaco que había comprado en el aeropuerto y se encendió un cigarrillo.
—Ey —escuchó a sus espaldas en cuanto el camarero se hubo marchado.
Bill miró hacia arriba y vio la figura de David asomándose por encima de él.
—Hola… —saludó mientras se colocaba las gafas de sol a modo de diadema.
—Veo que no has bajado con los demás a dar una vuelta por la ciudad… —comentó el productor.
—Tú tampoco…
—Ya… Estoy un poco cansado.
—¿Mucho trabajo?
—Bastante. Y ayer me puse a escribir una canción y no me acosté hasta las cuatro de la madrugada.
—Al menos sería buena —trató de bromear Bill.
—Eso espero —sonrió David. Señaló con la barbilla la tumbona situada junto a la del joven—. ¿Me puedo sentar?
—Claro…
David se sentó en la tumbona, y en ese momento el camarero trajo el gin tonic. El camarero le preguntó a David si él también quería algo pero éste le dijo que no.
Bill se mordió un labio al ver que David observaba atentamente su bebida, ya que suponía que éste debía estar pensando si no era demasiado temprano para beber alcohol.
—Sólo es un gin tonic —se oyó a sí mismo explicarse.
—No he dicho nada —dijo David.
—Pero lo estabas pensando.
El productor no le contradijo. Bill le dio un único sorbo a la bebida y la dejó en la mesilla entre las tumbonas.
—¿Qué tal te ha ido con Bushido? —inquirió David de pronto.
Por un momento Bill se quedó inmóvil. Sabía que tenía esa conversación pendiente con David, pero no se esperaba que éste fuera tan al grano.
—Pues… bien, supongo —musitó tras dar una larga calada a su cigarro.
—No lo dices muy convencido.
—No es eso, es que… me siento un poco violento al hablar de esto —reconoció.
—¿Con ‘esto’ a qué te refieres exactamente? ¿A cómo rompiste nuestro trato y te marchaste de casa de tu madre, dejándola toda preocupada con tu actitud? ¿O a cómo te colocaste esa misma noche y luego acudiste a un rapero gánster en lugar de a mí?
Bill desvió la mirada y la fijó en su gin tonic, con ganas de bebérselo todo de un trago.
—Lo siento… —escuchó inesperadamente decir al productor—. No he venido aquí con la intención de agobiarte. Pero es que no lo entiendo, Bill, de verdad que no. ¿Por qué él?
—Es que… con él me siento… cómodo.
—¿Y conmigo no? —David lucía ofendido.
—Sí —se apresuró a decir Bill—. Pero no es lo mismo…
—¿Por qué?
—Porque me da igual lo que Bushido piense o deje de pensar de mí… pero contigo es diferente. Tú opinión sobre mí sí que me importa, y no quería… no quería verte decepcionado otra vez…
Pasaron varios segundos antes de que David hablara de nuevo, bastante más relajado.
—Aun así, deberías haber acudido a mí. Sabes que hubiera venido desde Hamburgo de ser necesario.
—Lo sé… —murmuró Bill, y en efecto, sabía que era cierto.
—Entonces… ¿Bushido te ha tratado bien?
Una pizca de rubor cubrió las mejillas de Bill al pensar en el posible doble sentido de la pregunta.
—Sí, se ha portado muy bien…
—Pues menos mal, porque de lo contrario ese gánster se habría acordado de mí toda su vida.
Bill se acordó del comentario de Bushido acerca de ser tirado por la borda por David y Tom, y de pronto no le pareció tan descabellado.
—¿Por qué le tenéis tanta manía a Bushido? —cuestionó—. Era conmigo con quien se metía, y a mí me la soplaba. ¿Por qué a vosotros no?
—Instinto de protección, supongo. —David le echó una mirada suspicaz—. ¿Estáis juntos ahora? —preguntó.
—¡No! —exclamó Bill. No entendía por qué todos relacionaban el hecho de acostarse con salir juntos. Para él ambas cosas no tenían por qué ir de la mano—. No estamos juntos, ni lo estaremos.
—Pues me alegra oírlo —murmuró David.
Antes de que Bill tuviera la oportunidad de repetirle a David que Bushido no era tan mal tipo como todos creían, el productor habló de nuevo.
—¿Y qué tal con Tom…?
Pero Bill no tuvo ocasión de responderle ya que en ese momento el móvil de David vibró.
—Vaya, parece que ni Patrick ni yo podremos desconectar del todo estos días —dijo el productor tras leer el mensaje de texto que acababa de recibir.
—¿Trabajo? —preguntó Bill.
—Sí. Hay problemas con el contrato de uno de los chicos, el teclista. Los de la discográfica me piden que Patrick o yo llamemos personalmente a sus padres para aclarar un par de cláusulas.
—¿Es menor de edad?
—Sí, sólo tiene dieciséis años, y los otros dos diecisiete, pero sus padres son bastante más abiertos. —David escondió el móvil y se levantó—. Voy a buscar a Patrick a ver cómo lo hacemos. Te veo luego, en la cena.
—Sí, hasta luego.
—Hasta luego, Bill.
En cuanto David hubo desaparecido de su vista, Bill cogió de nuevo su gin tonic.
«Nosotros sólo teníamos trece cuando firmamos el contrato…», recordó, y un doloroso ramalazo de nostalgia le sacudió al rememorar en pocos segundos los fantásticos años que siguieron a ese momento.
.
Como cada día del año, las Ramblas de Barcelona estaban a rebosar de gente, tanto turistas como ciudadanos, y sobradas de animación gracias a los innumerables artistas callejeros y puestos de souvenirs.
—¿Y bien? ¿Cómo va el asunto?
—¿Qué asunto?
—¿Qué asunto va a ser? La “operación bebé”.
Eva dejó de contemplar unas camisetas serigrafiadas para mirar sobresaltada a Karin. Luego miró unos metros detrás de ellas, donde estaban Tom, Andreas y Georg, pero estaban distraídos con una estatua humana de un ángel caído y no las escuchaban.
—No lo llames “operación bebé” —se quejó—. No me gusta como suena.
—Vale, vale. Entonces, ¿cómo va lo del bebé a secas?
Eva desvió la mirada y la fijó en unas camisetas de niño con la imagen de la Sagrada Familia.
—No muy bien —musitó—. Bueno, en realidad directamente no va.
—¿Y eso? —preguntó Karin, bajando instintivamente la voz—. ¿Tenéis… problemas? Médicos, me refiero —añadió rápidamente.
—No lo sé… No nos hemos hecho ninguna prueba. Pero hace ya tres meses que lo intentamos, y nada. Quizás deberíamos hacérnoslas…
—Nunca está de más, y así os quedáis tranquilos. Y que se las haga primero Tom, que en su caso es mucho más sencillo: sólo se tiene que pajear en un bote y lo analizan. —Eva le miró un poco escandalizada por su manera de hablar pero Karin no se inmutó—. Y si el problema lo tiene él, pues tú te ahorras la prueba.
—Eso no va así —murmuró Eva—. Podríamos tener problemas los dos, así que ambos tendríamos que hacernos las pruebas.
—Ya, eso es cierto…
Pasaron varios segundos sin decir nada. Iban a pasar al siguiente puesto de souvenirs, pero los chicos seguían plantados frente a la estatua humana y les esperaron.
—Eva, ¿estás bien? —preguntó Karin de pronto—. Lo siento si te he molestado hablando del tema, no pensé que…
—No, tranquila —cortó Eva, con un amago de sonrisa que desfalleció pronto—. Es sólo que… —Se quedó callada.
—¿Qué…? —Karin la animó a continuar.
—Es sólo que… últimamente no me puedo quitar de la cabeza que el que no me pueda quedar embarazada se deba a una especie de… castigo.
Karin alzó mucho las cejas.
—¿Castigo?
—Sí, ya sabes, por…
—¿Te refieres a un castigo divino? —interrumpió Karin.
—…sí.
—No sabía que fueras creyente.
—No lo soy. Si lo fuera, no hubiera…
—¡Ey, chicas!
Ambas voltearon a ver a Andreas, quien se acercó a ellas y rodeó con un brazo a Karin por encima de los hombros. Georg se les unió enseguida.
—Si queréis ir al Barrio Gótico, hay que girar por ahí —dijo señalando hacia una travesía.
—Claro, vamos —dijo Karin—. ¿Ése viene o no?
Se refería a Tom, quien seguía observando embobado la estatua humana. Eva también se fijó en ella. Se trataba de un o una joven, pues no podía determinar si era un chico o una chica, de largo cabello negro y completamente liso, iba maquillado con la piel blanca y sombra oscura en los ojos, y vestía con una túnica blanca con grandes manchas rojas que imitaban sangre. Las grandes alas de su espalda, estaban rotas y también manchadas de sangre.
Eva se fijó en el rostro pétreo y la expresión triste y vacía de sus ojos. Era tal la expresión de un ángel caído, pensó. Le recordaba a alguien, pero no caía en quién. Luego Tom por fin se giró, y sus miradas se cruzaron. Entonces sucedió algo muy raro.
En lugar de sonreírle, su novio le esquivó la mirada.
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Bill pasó el resto de la tarde descansando en la tumbona, y aunque después de que se fuera David volvió a darle vueltas al tema de Tom, se quedó traspuesto un par de horas. Cuando se despertó vio que eran las siete y media, así que se colocó la camisa y se marchó de allí, en dirección al salón Apolo al otro lado del barco.
Nada más entrar al salón tuvo ganas de dar media vuelta. A pesar de faltar todavía quince minutos para la hora fijada de la cena, había mucha gente ya sentada en las distintas mesas, charlando animadamente entre ellos, y Bill se dio cuenta de que no tenía ni idea de hacia dónde dirigirse.
Pero entonces vio a Georg, y Georg le vio a él, y el bajista empezó a hacerle señas para que se acercara. Bill suspiró de alivio hasta que vio con quién estaba sentado su amigo: Tom y Eva, además de Andreas y su novia Karin. Las mesas, redondas, eran de seis y el sitio libre estaba situado entre Georg y Andreas. Al igual que él, todos se habían cambiado para la cena, elegantes pero aún informales.
Bill inspiró hondo y tomó asiento con expresión neutra. En la mesa de enfrente vio sentados a Gustav y Julie con sus respectivos padres, y les saludó con la mano.
—¡Ey, Bill! —le saludó Andreas, dándole una palmadita en el hombro—. ¿Dónde te habías metido?
—Estaba echando una siesta en la cubierta… —explicó Bill, sin mirar a nadie en particular. Sentía las miradas de todos, incluidos Tom y Eva, clavadas en él y eso le hacía sentirse incómodo.
—¿En cuál de ellas? —preguntó Karin con una sonrisa—. ¡Porque este sitio es enorme!
—En la de popa, la de la piscina exterior.
—Ah, sí, hemos dado un corto paseo por allí esta mañana después de saludar a Gustav —dijo Andreas—. La piscina es una pasada, mañana hay que probarla, ¿a que sí?
—Claro que sí —dijo Georg—. Mañana por la tarde, tras regresar de la excursión, podemos quedar todos allí y darnos un chapuzón.
—Por mí perfecto, a ti también te apetece, ¿verdad, Tom? —dijo Eva.
Bill alzó instintivamente los ojos para mirar primero a Eva y luego a Tom.
—Sí, claro. —De pronto Tom también le miraba a él—. ¿Y tú, Bill? ¿Te apuntas?
La voz de Tom tenía un tono amable, pero Bill descubrió que aún era capaz de captar sus matices y se dio cuenta de que su gemelo estaba tan tenso como él, aunque no estaba muy seguro de sus motivos. ¿Era sólo por tener que fingir que todo iba bien entre ellos, o había algo más…?
Y en cuanto a la pregunta, Bill no estaba muy seguro de la respuesta, pues que le vieran en bañador no le parecía una buena idea. Sin embargo, no quiso declinar la propuesta de acompañar a sus amigos otra vez. Ya se las apañaría al día siguiente para librarse del baño.
—Claro, por qué no —murmuró.
—Bueno, Bill, cuéntanos algo, ¿no? No sé los demás, pero yo no he sabido de ti en décadas… —dijo Andreas.
Bill se revolvió en su silla, rígido. No quería ser el centro de atención en ese preciso momento.
—¿Qué quieres que te cuente? —preguntó, con el tono más despreocupado y amigable del que fue capaz.
—No sé… ¿Estás trabajando ahora?
—Emm… sí, de vez en cuando. Me contratan para inaugurar fiestas de locales, discotecas y pubs, sitios así… —Al igual que había hecho con David semanas atrás, se guardó de explicar que en realidad hacía meses desde la última vez.
—Vamos, que te pagan para salir de juerga —rió Andreas—. Qué suerte, yo también quiero un curro así.
—¿Y tú qué tal? —aprovechó Bill para preguntar—. ¿Sigues trabajando en ese estudio de arquitectura en Postdam?
—Sí, aunque estoy pensando en que debería cambiar y buscar trabajo en otro estudio. —Antes de que Bill pudiera preguntar los motivos, continuó—: Es una pesadilla tener que aguantar a tu novia no sólo en casa sino también en el curro.
Karin abrió la boca indignada y a punto estuvo de golpear a Andreas en el hombro, pero esta vez se contuvo.
—¿Así que trabajáis juntos?
—Sí, así nos conocimos —explicó Karin mirando con los ojos entrecerrados a Andreas, quien simplemente sonreía, divertido por su propia broma.
—¿Y lleváis mucho tiempo saliendo? —No es que a Bill le interesara particularmente la vida sentimental de Andreas, pero prefería preguntar a ser preguntado.
—Cumpliremos tres años el mes que viene.
—¿Y vosotros cómo os conocisteis? —preguntó Georg mirando a Tom y Eva—. Nunca me lo has contado, Tom.
—Por un amigo común —respondió el ex guitarrista.
—Qué escueto eres —se quejó Eva riendo. Luego se dirigió a Georg—. Uno de los cantantes producidos por Tom actuó como artista invitado en la serie en la que trabajaba antes, y él le acompañó al rodaje. Nos presentaron… y el resto es historia.
—Eso es genial —asintió Georg.
—¿Tú no tienes novia, Georg? —preguntó Karin.
—Lamentablemente, no. Llevo tiempo soltero, y ahora, con el grupo, es difícil conectar con alguien.
—Ya tuviste una novia en esa situación —dijo Tom.
—Y mira cómo terminó —sonrió Georg de forma melancólica.
—¿Y tú, Bill? ¿Tienes novia?
Bill parpadeó y miró a Eva, que era quien había realizado la pregunta. La novia de Tom le sonreía cálidamente y a Bill esa amabilidad por su parte le repateaba.
—No —respondió monótono.
Tras eso transcurrieron varios segundos en silencio. Parecía que la pregunta “¿Y novio?” flotaba en la mesa, pero nadie se atrevió a formularla.
—Uy, menos mal, ya empiezan con el aperitivo —exclamó Karin viendo entrar a los camareros—. Estoy hambrienta…
—Es que nos hemos pateado Barcelona a base de bien —comentó Eva—. Hemos quemado muchas calorías.
—Deberías haber venido, Bill —dijo Georg.
—A la próxima —aseguró el aludido.
—Me encanta esta ciudad —dijo Karin—. Arquitectónicamente hablando, es única. Nunca me cansaré de visitarla.
—A mí me han gustado sobre todo los edificios de… ¿Cómo habéis dicho que se llamaba? ¿Gaudí?
—Exacto —dijo Andreas—. No me extraña que te hayan gustado, era un genio.
Y entonces empezó una conversación trilateral entre Eva, Karin y Andreas sobre el arquitecto catalán, a la que de vez en cuando se unían Tom y Georg, y gracias a la cual Bill pudo desconectar un poco sin que se notara.
El ex cantante miró a su alrededor, y vio a David y a Patrick a punto de sentarse en una mesa con sus otros dos ex productores y sus esposas, y en la mesa consecutiva, a Benjamin y su mujer, Natalie, Dunja, Silke y su novio.
Su mirada se cruzó con la de David, y éste le sonrió. Bill le devolvió tímidamente la sonrisa, y cuando volvió a mirar al frente, se dio cuenta de que Tom, echado hacia atrás en su silla y con una mano encima de la mesa, le había estado observando. Pero no tuvo tiempo de preguntarse el por qué de esa inesperada atención, ya que Eva, sin parar en su conversación Karin y Andreas, colocó su mano sobre la de Tom, y sus dedos se entrelazaron.
Aunque no era su intención, Bill no lo pudo evitar y bajó la mirada. Aprovechó que los camareros ya les habían servido el vino, y cogió su copa.
El dolor de su pecho, que se había mitigado en las últimas semanas, había regresado de golpe, y más fuerte que nunca. Y a falta de cocaína, tendría que conformarse con el alcohol.
Continúa.