Despertar 28

Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 28

Durante las dos semanas que Bill había pasado en casa de Bushido, no sólo había dejado la cocaína sino también las pastillas para dormir. Ya fuera porque el insomnio se lo provocaba la droga o porque Bushido le dejaba agotado, la cuestión era que no las había necesitado ni una sola vez en ese tiempo. De hecho hasta se había olvidado de ellas y por eso no las había metido en la maleta.

Sin embargo, aquella noche, Bill echó de menos sus pastillas más que nunca, ya que no consiguió pegar ojo. El llanto que no había podido controlar le había provocado un terrible dolor de cabeza. Por suerte, no escuchó ningún ruido “extraño” proveniente de camarotes cercanos.

Por la mañana, cansado de dar vueltas, Bill se levantó temprano, se duchó, se vistió con vaqueros y una camiseta gris, y se maquilló un poco, especialmente las ojeras.

A través de la ventana del camarote comprobó que ya habían atracado en puerto, puesto que tenía enfrente el perfil de la ciudad de Palma, caracterizado por su impresionante catedral gótica.

No era la primera vez que visitaba la isla de Mallorca. De hecho, la había visitado varias veces, cuando era pequeño, en compañía de Simone y Tom, y luego también de Gordon, ya que era el lugar favorito de todos para pasar las vacaciones de verano.

Felices recuerdos de infancia le asaltaron en ese momento, y Bill sonrió melancólicamente.

Era tan temprano que fue el primero en entrar en el salón Apolo. El desayuno consistía en una gran mesa de buffet situada en la pista central y en la que había de todo: bollería, panecillos, cuencos con todo tipo de cereales, varias clases de embutidos, y seguramente más cosas que aún no se habían servido, como salchichas y bacon frito. En otra mesa más pequeña, situada al lado, estaban las cafeteras, varias botellas de zumo y leche, y cacao en polvo.

Bill fue directo a servirse un café y luego se sentó en una mesa arrinconada. A los pocos minutos, empezó a llegar gente, entre ellos Georg.

—Buenos días… —murmuró el bajista sin muchos ánimos, sentándose a su lado. No tenía buena cara.

—Buenos días… ¿Qué te pasa?

—Pasa que el maldito barco no ha dejado de moverse en toda la noche…

—Bueno, se trataba de llegar a puerto… —Bill le miró divertido—. ¿Es que te has mareado?

—Un poco… —admitió Georg a regañadientes.

—Te acostumbrarás —intentó consolarle Bill—. Si no siempre puedes comprar algo en la farmacia.

—Tendré que hacer eso. Joder, si es que ayer vacié toda la cena de mi estómago, estoy muerto de hambre. —Georg miró con ojos brillantes hacia la bollería—. Voy a por un par de croissants.

Dicho y hecho, Georg se levantó y dejó solo de nuevo a Bill.

Entonces llegó Tom. Y, afortunadamente, sin ninguna novia rubia colgada del brazo. Bill le vio entrar en el salón y dirigirse hacia su mesa, no sin cierta vacilación, o eso le pareció a él.

—Buenos días… —saludó Tom mientras cogía asiento frente a él.

—Buenos días… —murmuró Bill.

Tras una mirada fugaz, los ojos de Bill se clavaron de nuevo en su café. Bebió un par de sorbos, más que nada para estar ocupado con algo.

Pasaron varios segundos en silencio, hasta que Tom lo rompió.

—Cuánta cosa, ¿no? Esto sí es un buffet —dijo el ex guitarrista con voz distendida mientras miraba a su alrededor, hasta que centró de nuevo su atención en su gemelo, en concreto en su taza medio vacía—. ¿Tú sólo vas a desayunar eso? ¿Un café?

Aunque el comentario no era para nada malintencionado y Bill lo sabía, no pudo evitar saltar.

—Estamos solos, Tom. No hace falta que me hables si no quieres —escupió sin mirarle.

Al no escuchar ninguna respuesta a su salida de tono, Bill alzó la cabeza, y se encontró con que Tom le miraba con los ojos muy abiertos, con una expresión mezcla de sorpresa, pena y enfado. Bill abrió la boca, no estaba seguro de para decir qué, pero entonces Tom se levantó y sin decir una palabra más se fue a buscar su desayuno.

Bill se sintió miserable.

Vio cómo Georg y Tom se saludaban al cruzarse, y unos segundos después el primero estaba sentado otra vez en la mesa, esta vez con un plato delante lleno de croissants y un gran vaso de zumo.

—Todo tiene una pinta estupenda —informó el bajista—. Menos mal que mi estómago está de acuerdo, sería una pena desaprovechar este desayuno…

Pero Bill no le escuchaba; tenía la vista clavada en la espalda de Tom, arrepintiéndose cada vez más a cada segundo que pasaba del desaire que le había hecho a su hermano sin venir a cuento.

Tom sólo había intentado entablar conversación con él. Y el que estuvieran solos, el que no hubiera necesidad de fingir nada, le daba más valor al esfuerzo. Pero Bill lo había estropeado a la primera.

No le extrañaba que su gemelo le hubiera pedido que se comportaran delante de los demás para no estropearle la boda a Gustav. Bill acababa de demostrar que era un trato necesario.

Mientras pensaba en todo eso, Bill se dio cuenta de que si quería arreglar mínimamente su metedura de pata, tenía que hacerlo ya, antes de que Tom regresara a la mesa con Georg y los que faltaban por venir. Quién sabe cuándo volverían a estar a solas…

Así que se levantó, murmurando un “Voy a por algo más”, y se dirigió hacia dónde estaba Tom, eligiendo entre los cereales.

Se colocó a su espalda. Tom había notado su presencia, pero al principio no se inmutó.

—Lo siento…

Tom se giró hacia él lentamente, con cara de no entender nada.

—Siento lo de antes —repitió Bill, frotando una mano contra su propio muslo de forma nerviosa—. Esa salida de tono no ha estado bien. No me lo tengas en cuenta, ¿vale…?

El rostro de Tom se relajó.

—Vale. No pasa nada.

Bill también se relajó un poco. Tom no parecía tener ninguna intención de discutir, y él aprovechó para explicarse mejor.

—Es que… esto no es fácil para mí, ¿sabes? Primero me pides que finjamos que todo va bien, y luego vienes y me hablas a solas como si realmente todo fuera bien… cuando no es así.

—Lo sé —dijo Tom—. Yo también lo siento, no quería molestarte.

Se quedaron en silencio. Bill se dio cuenta, apenado, de lo difícil que le resultaba mantener una conversación con Tom. La familiaridad y la confianza de antaño brillaban por su ausencia.

De pronto escucharon unas voces que hicieron que ambos giraran la cabeza a la vez. Eva, Karin y Andreas acababan de entrar en el salón. Eva miró hacia ellos y les sonrió. Bill desvió la mirada de nuevo hacia Tom.

—En fin, te veo luego… —dijo monótono.

Y dio media vuelta para marcharse antes de que Tom pudiera añadir nada.

Al pasar junto a la mesa de sus amigos, Andreas le llamó.

—¡Ey, Bill! ¿No vienes a desayunar?

Bill forzó una sonrisa mientras le respondía.

—Ya he desayunado, gracias. Os veo luego.

Y antes de que nadie más pudiera insistirle, Bill salió del salón.

.

Aunque quería estar un rato a solas, no pasó ni media hora antes de que alguien tocara a la puerta de su camarote. Se dirigió a la puerta sin ganas. Era Georg.

—Excursión por Palma hasta después de comer —le informó su amigo—. Hemos quedado dentro de quince minutos fuera, junto a la pasarela.

Bill se apoyó con gesto cansado en el marco de la puerta.

—Creo que voy a pas…

—Ah, no, ni hablar —interrumpió Georg—. Ya pasaste ayer, hoy no me vas a dejar solo con dos parejas. Bill, por favor, ¡necesito otro soltero!

La ceja derecha de Bill se alzó.

—¿Por eso quieres que venga? ¿Para no ser el único aguantavelas?

—¡Oh, vamos, Bill!

—¿Por qué no te vas con David y Patrick? También son solteros.

—No sé ni dónde se han metido esos dos. Además, con Patrick hace cinco años que apenas hablo, y lo mismo con Peter y Dave.

—¿Y qué hay de Natalie, Dunja…?

—Tampoco sé por dónde paran. Venga, Bill, no te estoy pidiendo nada del otro mundo —se impacientó Georg—. Sólo que te vengas conmigo y cuatro amigos más a dar una vuelta por la ciudad.

«Eva no es mi amiga», estuvo tentado de replicar Bill.

Se frotó el puente de la nariz y suspiró. No le quedaba más remedio que acceder, no podía quedarse en el barco sin salir en toda la semana, todo el mundo le preguntaría por qué.

—Está bien…

—¡Genial! Venga, vamos. —Y Georg le tiró de un brazo.

—¡Espera! —exclamó Bill—. ¿No has dicho que habíamos quedado dentro de quince minutos?

—¿Qué más da? Vamos ya para allá.

—¡Pero tengo que arreglarme!

—¿Arreglarte para qué? Sólo es un paseo. ¿O es que tienes que ponerte las sandalias con calcetines como la última vez que estuviste aquí? —se burló Georg.

—¡Eh, que yo en la vida me he puesto sandalias con calcetines! —exclamó Bill, poniendo cara de horror al imaginarse a sí mismo con semejantes pintas.

—¿Entonces qué, nos vamos? —insistió Georg, sonriente.

—¡Vale, sí! Deja que al menos coja mis gafas de sol… —suspiró el ex cantante.

.

Quince minutos después, Tom y Andreas y sus respectivas novias se reunían con Georg y Bill fuera del crucero.

—Ey, Bill, qué bien que esta vez te has animado —le dijo Andreas.

Bill se limitó a asentir. Por suerte las gafas de sol ayudaban a ocultar su expresión de hastío.

El centro de la ciudad quedaba relativamente cerca del puerto, por lo que decidieron ir hacia allá andando.

Delante iban Andreas y Karin, haciendo las veces de guías, ya que pasaban cada año sus vacaciones en la isla y sabían moverse perfectamente por la capital. Un par de pasos por detrás iban Tom y Eva, y cerrando el grupo Georg y Bill.

Bill intentaba prestar atención a las explicaciones de Andreas y Karin sobre los diferentes edificios históricos que iban señalando, no porque realmente tuviera interés, sino porque si miraba al frente tenía que soportar la imagen de Tom y Eva caminando cogidos de la mano.

Tras una larga vuelta por el casco antiguo, fueron hacia la zona comercial y allí pararon a comer, eligiendo la terraza de un bar restaurante ya que hacía suficiente buen tiempo para estar al aire libre. Cuando un camarero se acercó para atenderles, Karin hizo de intérprete haciendo gala de un correcto español.

—¿Y eso que hablas tan bien el español? —preguntó Georg cuando se fue el camarero.

—De pequeña viví varios años en España —respondió Karin—. Por el trabajo de mi padre, nos teníamos que mudar a menudo.

—También ha vivido en Francia e Italia, así que también domina sus idiomas —añadió Andreas.

—Sí, bueno, el francés no es mi fuerte. Apenas vivimos un par de años en París, y nunca conseguí perfeccionar la pronunciación —explicó Karin un poco azorada.

—Pero tiene que ser una pasada dominar tantos idiomas —dijo Georg—. Es una ventaja a la hora de viajar.

—Sí, aunque al final siempre terminamos veraneando aquí; nos encanta, y además nuestro presupuesto no da para mucho más —rió Andreas—. Los que se hacen los grandes viajes son esa otra parejita —añadió mirando a Tom y Eva.

—¿Vosotros viajáis mucho? —preguntó Georg.

—Siempre que podemos —contestó Eva—. Me encanta viajar.

—¿Dónde habéis estado últimamente?

—Pues… El último viaje que hicimos fue antes de Navidad, a Tierra de Fuego, en Argentina. Antes fuimos a Nueva Zelanda, y hace dos años a… ¿A dónde fuimos hace dos años, Tom?

—A Kenia —dijo el aludido.

Georg silbó.

—Os van los viajes de aventura y grandes paisajes, ¿eh?

—Sí, la verdad es que lo prefiero al turismo cultural —admitió Eva, riendo.

—¿Y cuál será vuestro próximo destino?

—A mí me gustaría ir a algún archipiélago paradisíaco, tipo Fiyi, las Seychelles, o las Maldivas…

Bill, que hasta ese momento había permanecido absorto mirando a la nada, se estremeció al escuchar el nombre del lugar en el que había pasado varias veces sus vacaciones con Tom, antes de que todo se fuera al garete. En aquellos tiempos, en pleno éxito de Tokio Hotel, y a pesar de que siempre se habían topado con al menos un fotógrafo impertinente, esas islas se habían convertido casi en su santuario. Allí los dos habían pasado tan buenos ratos que dolía sólo de recordarlo.

Y más dolía el pensar que Tom pudiera visitarlas de nuevo algún día acompañado de otra persona. A él jamás se le hubiera ocurrido hacer tal cosa.

Observó a su hermano, quien también le dirigió una mirada rápida. Y por las palabras que Tom pronunció a continuación, Bill juraría que le había leído el pensamiento.

—Iremos a Fiyi o a Seychelles. Yo ya he estado en las Maldivas.

Antes de que Eva pudiera replicar, el camarero regresó con sus pedidos.

La expresión de Bill seguía oculta tras las gafas de sol. Aún así, le dirigió a Tom una sincera mirada de agradecimiento que obtuvo un leve asentimiento como respuesta.

Al menos, pensó Bill, Tom respetaba sus recuerdos.

.

Por la tarde, tal y como habían acordado la noche anterior, tocaba chapuzón. Así que tras regresar al barco, quedaron en cambiarse y reunirse de nuevo en la gran piscina exterior situada en la cubierta principal de proa.

A Bill no se le ocurrió ninguna excusa para no ponerse el bañador y acompañar a sus amigos, pero se quedó fuera de la piscina en una tumbona con la camiseta puesta. Para su desgracia, Eva también decidió quedarse fuera del agua para tomar el sol, lo mismo que Karin. En cambio, Tom, Georg y Andreas no se lo pensaron dos veces y entre empujones y risas acabaron los tres rápidamente dentro del agua. Bill intentó no prestar atención a los fabulosos abdominales de su hermano, pero… era una tarea difícil.

—¿No te bañas, Bill? —le preguntó Eva, cogiendo asiento en la tumbona de al lado. Karin se colocó en la siguiente.

«¿No es obvio que no?», pensó Bill en responderle, pero hizo un esfuerzo sobrehumano y se contuvo. De nuevo agradeció a sus gafas de sol que ocultaran la mirada de antipatía que le dedicó.

—No, prefiero tomar el sol.

—Sí, yo también —dijo Eva, y acto seguido se quitó el pareo dorado que portaba, descubriendo así el minúsculo bikini de color rojo que resaltaba su espléndida figura—. En Alemania no se puede disfrutar de este sol ni en pleno agosto.

Bill puso los ojos en blanco primero y luego los cerró, girando su cara al sol. Pensó en hacerse el dormido y así no tendría que soportarla. Pero entonces llegaron Gustav y Julie. Gustav llevaba el bañador y una camiseta, y Julie un corto vestido ibicenco con un bikini negro debajo.

—¡Hola! —saludaron los prometidos.

—Ey, hola —saludaron Eva y Karin. Bill agitó levemente la mano.

—¿Qué tal la excursión? —preguntó Julie.

—Muy bien. Hemos dado un paseo por el centro y hemos comido por allí —explicó Karin.

—¡Ey, Gus! ¡Por fin te vemos el pelo! —le gritó Georg desde el agua.

Gustav se giró hacia la piscina.

—Hola, chicos. Lo siento, tenemos muchos invitados a los que atender. ¿Está buena el agua?

—Está buenísima, tienes que probarla.

—Claro que sí, a eso hemos venido.

Y mientras Julie conversaba con Eva y Karin, Gustav se despojó de su camiseta, la dejó en otra tumbona y se aproximó al borde de la piscina.

—¡Va, Gustav, una bomba! —gritó entonces Tom.

—¡Eso, eso! ¡Una bomba! —exclamó Georg.

—¡Bomba, bomba, bomba! —coreó Andreas.

—Dios mío, parecen niños de primaria… —se quejó Karin, aunque sonreía.

—No están permitidas las bombas… —decía el ex batería mirando a su alrededor. No había mucha gente en la piscina, pero sí dos vigilantes que no perdían detalle de lo que sucedía en el agua.

—Gustav, has reservado medio crucero tú sólo —exageró Georg, riendo—. Te apuesto a que no hay un solo vigilante que se atreva a decirte nada.

Gustav lo sopesó un segundo y luego se encogió de hombros.

—Pues tienes razón.

Y se preparó para coger carrerilla. Andreas y Georg aullaron y agitaron los brazos para celebrarlo. Poco después, Gustav se tiraba en bomba a la parte más honda de la piscina, salpicando hasta varios metros a su alrededor, entre más gritos y aplausos de sus amigos.

—¿De primaria? Más bien de parvulitos… —rió Julie—. Bueno, creo que yo también voy a darme un chapuzón. ¿Os venís, chicas?

—Luego —aseguró Eva.

—¿Y tú, Bill?

—No, no me apetece mucho, gracias.

Julie se encogió de hombros, se quitó el vestido, dejándolo en la misma tumbona que la camiseta de su prometido, y se dirigió al agua.

Bill observó cómo una vez Julie se metió en la piscina, Gustav se fue a por ella y ambos se quedaron en un lado, abrazados, y prodigándose algún mimo de vez en cuando. Una vez más sintió algo de envidia sana. Eran la única pareja a su alrededor que le caía realmente bien.

Tenía sed, y ningún camarero a la vista, así que decidió levantarse para ir a la barra. No había dado ni dos pasos cuando Andreas empezó a llamarle.

—¡Bill, Bill!

Así que se aproximó un poco al borde de la piscina.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—¿No te bañas?

Bill suspiró disimuladamente, cansado de tener que contestar por tercera vez a la misma pregunta.

—No, no me apetece…

—Va, anímate, Bill —dijo entonces Gustav, abrazando a Julie por la espalda—. El agua está buenísima.

—No, ahora no. Quizás más tarde… —dijo para salir del paso.

—Pero ahora estamos todos —insistió Gustav.

—Eso, Bill. Métete y le haremos unas ahogadillas a Gustav —dijo Andreas.

Gustav se giró inmediatamente hacia él.

—¿Eh?

—Nada, nada —rió Andreas.

Pero Gustav le había oído. Salpicó a Andreas y éste no tardó en devolvérsela. Julie se quejó por haber recibido también la salpicadura y se unió a su prometido en busca de venganza. Bill anduvo un par de pasos hacia atrás para no recibir también y desvió la mirada hacia Tom, quien observaba con una amplia sonrisa la improvisada e infantil lucha de salpicaduras. Y Georg…

Bill frunció el ceño. ¿Dónde estaba Georg? Hacía apenas un minuto que estaba junto a Tom, y ahora no había rastro de él en la piscina. Al volver a posar la mirada sobre sus amigos, se dio cuenta de que todos miraban hacia él con gesto divertido.

De pronto un grueso brazo le rodeó enérgicamente por la cintura.

—¡No! —exclamó Bill cuando Georg empezó a empujarle hacia el borde de la piscina.

—¡Sí, sí! —gritó Andreas—. ¡Vamos, Georgy! ¡Al agua con él!

—¡Eso, al agua! —se añadió Gustav.

Bill intentó frenar el fuerte empuje de Georg con los pies, pero las suelas de sus zapatillas no se adherían a la superficie de madera que rodeaba la piscina, y estaban ya a apenas medio metro del borde.

—¡Georg, para! —gritó.

—¡Al agua, al agua! —seguían gritando Andreas y Gustav.

—¡No! ¡Georg!

—¡Lo siento, Bill, pero me lo están pidiendo a gritos! —rió Georg, afianzando su agarre sobre su cintura y dando un último empujón hacia delante.

Ambos cayeron de costado a la piscina en medio de un sonoro ¡splash!. Sólo entonces Georg le soltó y ambos emergieron rápidamente a la superficie, Georg con una sonrisa en la cara y Bill escupiendo agua, entre las risas y los gritos de sus amigos.

—¡Así se hace, Georgy! —ovacionaba Andreas.

El agua estaba helada, o eso le parecía a Bill. Miró molesto a su alrededor, comprobando que todos reían a su costa, incluida Eva, lo que terminó de encenderle. El único que sólo sonreía disimuladamente era Tom. Se giró y se encaró con Georg.

—¡¿A ti qué coño te pasa?! —le gritó.

Pero su enfado sólo provocó nuevas risas.

—¿A que está buena el agua, Bill? ¿Has tragado mucha? —le preguntó Georg sin dejar de reír.

Bill iba a replicar con un insulto pero entonces se dio cuenta de algo.

—¡Mis gafas! —exclamó. Ya no las llevaba puestas.

—¿Qué?

—¡Mis gafas de sol! —repitió, mirando el fondo de la piscina a su alrededor, pero estaban en la parte honda y no se veía nada—. ¡Mierda!

—¿Qué pasa? ¿Se te han caído las gafas? —preguntó Andreas.

—¡Que sí, joder! —gritó.

Bill lucía tan verdaderamente cabreado que Georg y Andreas decidieron dejar el cachondeo por un rato.

—Vale, tranquilo, sólo son unas gafas… —dijo el bajista.

—¡Son unas Prada de 300 euros! —rugió Bill—. ¡Y no me da la gana perderlas por una estúpida broma!

—¡Bill! —le llamó alguien detrás de él.

—¡¿QUÉ…?! —gritó Bill a la vez que se giraba, enmudeciendo al ver que se trataba de Tom.

Y le estaba tendiendo sus gafas.

En ese momento Bill tuvo la sensación de que el tiempo se quedaba parado, al darse cuenta del silencio que repentinamente rodeaba aquella parte de la piscina. Echó un vistazo a su alrededor: Andreas y Georg ya no sonreían, lo mismo que Gustav y Julie, y fuera, Eva y Karin, observaban atentamente la escena con la confusión pintada en la cara.

Bill sintió que se ruborizaba. Genial, acababa de montar una escena por una tontería. Era evidente que sus estallidos de furia aún no habían desaparecido del todo.

Por suerte para el ex cantante, en ese momento llegó alguien que desvió un poco la atención de él y, sin querer, le ayudó a suavizar la situación.

David, acompañado de Patrick unos pasos detrás de él, se aproximó al borde de la piscina.

—¡Hola, chicos…! —saludó el productor—. Bill, ¿qué haces vestido dentro de la piscina…?

Bill cogió sus gafas de sol de las manos de Tom antes de responder.

—El gracioso de Georg se ha divertido a mi costa… —explicó muy digno mientras se dirigía a las escalerillas para salir de la piscina.

—¿Ah, sí? —rió David sin mala intención—. Lástima que me lo he perdido…

El productor le tendió una mano a Bill para ayudarle a salir de la piscina, que el muchacho aceptó y agradeció, ya que las zapatillas que llevaba resbalaban en la escalerilla metálica, y podría haberse caído de nuevo en el agua.

En cuanto salió del agua, Bill empezó a tiritar. Estaba empapado, con la camiseta completamente pegada a su cuerpo, y el aire que soplaba no era precisamente cálido.

—Maldita sea… —gruñó mientras se levantaba un poco la camiseta para escurrir los bajos y que al menos dejara de chorrear.

David estuvo a punto de sugerirle que ya que estaba mojado volviera al agua con los chicos, pero se fijó en los huesos de la cadera que se le marcaban al cantante en la pequeña zona que ahora estaba al descubierto, y dedujo de pronto por qué Georg había tenido que tirarle a la piscina.

—¡Ey, Bill! —le llamó Georg desde el agua.

—¿Qué quieres? —preguntó secamente, aunque su arrebato de furia ya había pasado.

—Tío, no te enfades. Sólo era una broma.

Georg parecía realmente preocupado. Bill se dio cuenta que de nuevo todos estaban pendientes de él, y supo que era el momento ideal para quitar hierro al asunto.

—Vale, pero la próxima vez te tiras tú por la borda que seguro que es más gracioso —dijo guiñándole un ojo.

El bajista le sonrió, aliviado.

—Me voy a cambiar… —murmuró Bill sin dirigirse a nadie en particular.

Echó a andar para alejarse de allí lo más rápido posible, cogió una toalla de una cesta y se la pasó por los hombros, y se escurrió el cabello; todo ello bajo la atenta mirada de Tom, a quien más había sorprendido la escena, y que en esos momentos se planteaba qué hacer al respecto.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

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