Fic original de Khira
“Despertar” Capítulo 29
Desde un lado de la piscina, Tom observaba a Bill marcharse del lugar con el ceño fruncido. No era la primera vez ni mucho menos que Bill montaba repentinamente en cólera —sus arrebatos de diva eran de lo más frecuente durante las giras—, pero nunca hasta ese momento le había gritado así a un amigo por algo tan banal como una broma o unas gafas de sol. Y dudaba mucho de que ese estallido de furia tuviera algo que ver con él, no directamente al menos.
Tenía un mal presentimiento y se sentía en la necesidad de preguntar, y aunque no estaba muy seguro de si obtendría una respuesta de Bill, se decidió por intentarlo. Sin decir nada a nadie, salió de la piscina y siguió el mismo camino de su hermano. No tardó en encontrarle, a punto de cruzar el bar de la terraza que comunicaba con el interior del barco.
—Bill —le llamó.
Observó cómo su gemelo se detenía y se daba la vuelta lentamente para encararle.
—¿Qué?
Tom siguió avanzando por el pasillo hasta detenerse justo frente a él.
—¿Qué ha sido eso? —cuestionó sin preámbulos.
Bill parpadeó, haciéndose el sorprendido.
—¿Qué ha sido el qué? —repitió.
—Va, no te hagas el tonto, Bill. Sabes que me refiero a la escenita de ahí fuera.
—Georg me ha tirado a la piscina y me he cabreado, eso es todo. ¿Es que no tengo derecho a cabrearme?
—Claro que sí, pero no por una tontería como ésa.
El gesto de Bill se crispó de nuevo.
—Me cabreo por lo que me da la gana, ¿vale? Es más, ¿y a ti qué te importa si me cabreo o no? —escupió el ex cantante, y acto seguido dio media vuelta dispuesto a seguir su camino.
—¡Joder, espera! —exclamó Tom, e instintivamente le agarró del brazo para retenerle, más fuerte de lo que pretendía.
El inesperado contacto consiguió no sólo que Bill se detuviera, sino que le provocó un sobresalto que Tom notó perfectamente.
Es más, Tom sabía perfectamente el por qué de ese sobresalto.
Los dos hermanos se quedaron congelados en su posición, mirándose intensamente. Fue como si ambos recordaran a la vez el incidente en la habitación del hotel cinco años atrás. Tom soltó de golpe el brazo de Bill, como si quemara.
Entonces se formó el silencio más incómodo de esos últimos cinco años.
Tom quería decir algo, seguir hablando de ese preocupante estallido de ira del que había sido testigo, pero las palabras se le habían quedado atascadas en la garganta. La imagen de él mismo agarrando a su hermano por el brazo, empujándole contra la mesa… hiriéndole… No se reconocía. Pero aquello había sucedido de verdad, y los sentimientos de vergüenza y culpabilidad por ese acto aún le pesaban como una losa.
Finalmente, fue Bill quien habló.
—Sabes, yo ya te perdoné… No tienes por qué sentirte culpable de eso —musitó.
Tom no esperaba que Bill sí fuera capaz de abordar el tema, y además tal parecía que le había leído el pensamiento. Todavía quedaba algo de su antigua conexión…
—¿Qué…? —fue lo único que fue capaz de articular, mientras procesaba las palabras de Bill.
—Cuando me… cuando me agarraste del brazo y me lo doblaste hacia atrás, haciéndome daño y tal… Yo ya te perdoné hace tiempo.
Tom tragó saliva, pensando en qué debería decir. ¿”Gracias”, tal vez? Pero antes de decidirse, Bill habló de nuevo.
—¿Cuándo me perdonarás tú a mí…? —inquirió en voz muy baja.
No supo reaccionar a esa pregunta.
—¡Uy, mira quiénes están aquí! ¡Hola chicos! —exclamó una voz femenina muy cerca de ellos.
Con un pequeño salto, Tom y Bill se giraron inmediatamente hacia la propietaria de esa voz.
—Ah, hola, Natalie… —murmuraron a la vez.
Su ex rubia estilista iba acompañada de Dunja, ambas en bañador y pareo.
—¿Ya habéis probado la piscina? —preguntó Natalie mirando divertida la camiseta empapada de Bill.
—Eh, sí… —contestó Tom.
—¿Y qué tal está el agua? —preguntó Dunja.
—Fría —respondió Bill con algo de resentimiento en la voz, lo que hizo que Tom, a pesar de la tensa situación que acababan de protagonizar, sonriera levemente.
—Bueno, con el calor que hace, será un buen contraste —dijo Natalie—. Por cierto, Bill, ¿quieres que te ayude a arreglarte para esta noche?
Bill la miró confundido.
—¿Esta noche? ¿Qué pasa esta noche?
—Hoy es la primera cena de gala —dijo Dunja.
—Cierto —murmuró Tom. A él también se le había olvidado. Con lo poco que le gustaba llevar traje…
—Y bien, ¿quieres que te peine? —insistió Natalie—. Hay que arreglarte esas puntas abie…
—Vale, sí, sí —la interrumpió Bill.
—¡Genial! —exclamó la estilista dando palmaditas—. ¡Ya verás qué guapo te voy a dejar!
«Ni que fuera difícil…», pensó Tom, pero se abstuvo de hacer ese comentario en voz alta. No porque no quisiera hacerle un cumplido a Bill, sino porque, dadas las circunstancias, no era adecuado. Por desgracia, tales circunstancias hacían inadecuadas demasiadas cosas.
—A las siete pásate por mi camarote con el pelo lavado, ¿vale?
—¿Cuál es?
Natalie le dio el número de camarote a Bill. Luego ella y Dunja se despidieron de los chicos con una sonrisa y les dejaron de nuevo a solas.
—¿Y bien? —preguntó Bill en voz baja, retomando su conversación anterior.
Tom miró instintivamente a su alrededor, especialmente hacia la piscina. Había mucha gente por allí, y podría aparecer otro conocido de repente y escuchar algo inconveniente.
—Éste no es un buen lugar para hablar de eso. —Ante la mirada ceñuda que le lanzó Bill, Tom se apresuró a añadir—: No, no pretendo escaquearme. Si quieres, hoy, después de la cena, nos escapamos un momento y charlamos tranquilamente a solas.
Tras unos instantes de vacilación, Bill asintió.
—Está bien.
—Nos vemos esta noche pues —dijo Tom despidiéndose.
—Hasta luego…
Tom dio media vuelta y regresó a la piscina. De reojo, vio a Bill hacer lo mismo para seguir también su camino.
.
A las siete menos cinco Bill ya estaba en el camarote de Natalie. La estilista, tal y como le había dicho el día anterior, había traído su maletín de trabajo completo. Primero le cortó las consabidas puntas, y luego le secó el pelo a conciencia, dejándoselo perfectamente liso. Después empezó con el maquillaje.
Bill se sentía extraño, ya que era la primera vez en cinco años que otra persona le maquillaba. Con los ojos cerrados, no le costaba nada imaginarse que había vuelto atrás en el tiempo y estaba a punto de salir al escenario, a un plató de televisión o a la alfombra roja de una gala de premios.
—Ya está —dijo de pronto Natalie—. Listo.
Al abrir los ojos el corazón le dio un pequeño salto. Su rostro lucía exactamente igual que hacía cinco años. Sus ojos estaban completamente rodeados de sombra negra con un ligero matiz azul metálico, con las pestañas perfectamente recubiertas de rímel, y sus labios de color rosa pálido brillaban intensamente gracias al gloss.
—¿Qué tal? —preguntó Natalie, expectante—. ¿Te gusta?
—Sí, mucho —dijo Bill en voz baja. Y no mentía, pero al mismo tiempo la sensación de nostalgia no era agradable—. Muchas gracias, Natalie.
—De nada, Bill. —Natalie miró la hora en su reloj de pulsera—. Uy, ya son menos veinte. Tenemos que vestirnos.
Tras darle de nuevo las gracias y despedirse hasta la cena, Bill salió del camarote de Natalie y se dirigió al suyo, donde se vistió con el traje oscuro de raya diplomática que le había comprado Simone, y una camisa de un original color morado.
Nada más salir al pasillo de nuevo, escuchó un silbido a su izquierda. Se giró y vio a Georg saliendo del camarote contiguo. El bajista llevaba un traje gris con camisa blanca, y el pelo liso y suelto.
—Caray, te has puesto de punta en blanco, ¿eh? —sonrió.
Bill frunció el ceño.
—¿Crees que me he arreglado demasiado? —preguntó.
—No, es sólo que hacía tiempo que no te veía así. Estás muy bien, de verdad —dijo mientras avanzaba hacia él.
—Tú tampoco estás mal —bromeó Bill, más relajado.
Empezaron a avanzar por el pasillo en dirección al salón Apolo.
—Oye, de verdad que siento lo de la piscina —dijo Georg de pronto—. No sabía que te molestaría tanto.
—Yo siento haberme puesto así —suspiró Bill—. No me hagas mucho caso, últimamente se me va mucho la pinza…
El comentario extrañó a Georg pero no comentó nada, ya que estaban a punto de entrar en el salón.
En la misma mesa de la noche anterior, estaban ya sentados Tom, Eva, Andreas y Karin, charlando entre ellos. Mientras se acercaban, Bill se fijó en las vestimentas de todos, especialmente en la de Tom. Éste llevaba un traje gris, de un tono un poco más oscuro que el de Georg, y una camisa negra que combinaba a la perfección y de manera exótica con el pañuelo también negro de su frente. Era la segunda vez en toda su vida que veía a su gemelo trajeado —la primera había sido en la boda de Simone y Gordon—, y estaba claro que era un delito que no se vistiera así más a menudo.
A Bill no se le había olvidado por supuesto que tenían una conversación pendiente, y el que Tom luciera así de atractivo enfundado en su traje, no le ayudaba precisamente a apaciguar sus nervios.
En cuanto a los demás, Andreas llevaba un traje oscuro y camisa azul, y Eva y Karin vestían sendos vestidos de noche, la primera uno color plata con escote palabra de honor y la segunda uno granate de un solo tirante. Eva llevaba el pelo rubio suelto y Karin una fina diadema dorada que sujetaba sus rizos. Los cuatro alzaron la vista cuando se dieron cuenta de la presencia de Bill y Georg, y se quedaron mirando al primero.
—¡Dios mío! —exclamó Karin, sonriendo—. ¡Bill, estás guapísimo!
Bill le devolvió la sonrisa. No sólo porque el espontáneo comentario de Karin le había agradado, sino porque después de la escena de la piscina, no quería parecer de mal humor.
—Gracias, tú también estás muy guapa.
Sentada al lado de Karin, Eva también le sonreía, pero si ella también esperaba un cumplido, lo llevaba claro. Tomó asiento junto a Georg.
—¿Te has maquillado tú? —preguntó Karin.
—No, ha sido Natalie —explicó Bill—. Y también me ha peinado.
—Creo que le pediré que me maquille a mí el día de la boda —dijo Eva—. Es realmente buena.
«Primero mi hermano, ¿y ahora mi estilista?», pensó Bill, contrariado. Pero sabía que era un pensamiento estúpido así que no le dio más vueltas.
—Creo que estará ocupada con Julie —dijo Karin—. Va a ser la encargada de peinarla y maquillarla.
Bill miró hacia la mesa que ocupaban Gustav y su prometida y los padres de ambos. Julie lucía radiante con un vestido negro con cuello de barco, y su pelirrojo cabello recogido en un sencillo moño bajo. Natalie lo tendría muy fácil con ella, pensó.
Al mirar de nuevo al frente, se topó con los ojos marrones de Tom clavados en él. La intensa mirada que le estaba dedicando le pilló desprevenido. Para cuando intentó descifrarla, Tom había carraspeado y desviado su atención a la conversación que mantenían Eva y Karin sobre lo que se pondrían el día de la boda.
Durante el resto de la cena, Bill trató de aparentar la máxima normalidad posible para que lo de la piscina quedara completamente olvidado. Incluso participó activamente en la conversación que tuvo lugar acerca de la excursión guiada del día siguiente.
—Normal que Gustav haya contratado excursiones guiadas para ir por Túnez —comentaba Karin—. Dicen que los vendedores agobian mucho a los turistas que van solos, y que intentan timarlos…
—A mi madre la timaron —aseguró Andreas.
—¿Ah, sí? —preguntó Bill—. ¿Qué pasó?
—Le vendieron un collar de turquesas que resultó no ser tal. Lo peor de todo fue que al parecer el guía con el que iban estaba compinchado con los vendedores, ya que fue él quien les aseguró que era auténtico.
—Pues vaya…
—Así que espero que los guías de mañana sean un poco más legales.
—Yo también. Pero aunque no lo sean, lo importante es que nos enseñen bien la ciudad. Túnez debe ser precioso —dijo Karin.
Al terminar el postre, Tom se echó un poco atrás en su silla, y miró directamente a Bill.
—Voy a salir fuera a fumar. ¿Te vienes, Bill?
—¿Otra vez, Tom? Dijiste que ésta era la definitiva —le reprochó Eva.
—Sólo es un cigarro, Eva, no empieces —dijo mirándola con algo de dureza. Luego volvió a dirigirse a Bill—. ¿Y bien?
Bill tragó saliva y asintió. Había llegado el momento de hablar.
—Después hay baile… —le recordó Eva a su novio—. ¿Vendrás?
—Sí, luego vuelvo —le aseguró Tom.
Tom se levantó y Bill hizo lo mismo. Los dos se dirigieron a la salida del salón entre algunas miradas curiosas, entre ellas la de David, quien los vio pasar con la esperanza de que aquello fuera una buena señal para una posible reconciliación entre los hermanos.
Tras salir del salón y cruzar un pasillo, llegaron a una pesada puerta acristalada que les separaba del exterior. Tom la empujó y dejó pasar a Bill primero.
Hacía un poco de fresco, pero con el traje iban lo suficientemente abrigados. Estaban en un estrecho pasillo exterior sólo separado de una cubierta inferior por una barandilla metálica. Bill observó el oscuro mar, y el cielo estrellado que lucía en todo su esplendor gracias a la ausencia de civilización, y luego sacó un pequeño paquete tabaco del bolsillo de su chaqueta, ofreciéndoselo a su hermano.
—En realidad sí lo he dejado —dijo Tom—. Sólo era una excusa para salir.
Bill se encogió de hombros y él sí sacó un cigarro. Quizás fumar le tranquilizaría un poco. Se lo puso en la boca y lo encendió con un mechero que llevaba en el otro bolsillo, mientras esperaba que Tom fuera el primero en hablar. Y así fue.
—¿A qué ha venido la pregunta de esta tarde?
—¿A qué te refieres exactamente?
—¿Por qué me has preguntado cuándo te perdonaré…?
Bill exhaló una bocanada de humo mientras trataba de reunir fuerzas para ser capaz de mantener esa conversación sin derrumbarse.
—¿Qué tal porque me gustaría saberlo? Han pasado ya cinco años, Tom. Cinco años. ¿Cuánto tiempo más va a tener que pasar para que me perdones por lo que dije…?
Tom meneó la cabeza, apenado.
—Bill, no se trata de eso…
—¿Entonces de qué se trata? —exclamó Bill, tratando de mantener la calma—. ¿De qué han tratado estos cinco años que llevas ignorándome?
—Se trataba de tus sentimientos hacia mí, Bill. Se trataba de que, con el tiempo y la distancia, dejaras de… de… —Tom se encalló al final de la frase.
—¿…de amarte?
—Sí. —Tom inspiró hondo y continuó hablando—: Creí que te lo había dejado claro antes de marcharme.
—Y yo todavía no puedo creerme que me hicieras eso. Que tu manera de solucionarlo fuera largándote sin más. ¿Cómo pudiste dejarme solo…?
—Oye, para mí no fue fácil tampoco, ¿sabes? —exclamó Tom, molesto—. Fui yo el que tuvo que dejar el grupo, el que quedó mal delante de los chicos, delante de nuestros productores, delante de la discográfica, de las fans, ¡de todos! Fui yo el que tuve que lidiar con mamá al contarle que me iba a vivir a Múnich, aguantar sus lloros y reproches. Y fui yo el que tuvo que empezar prácticamente de cero en otra ciudad…
—Nadie te pidió que lo hicieras… —replicó Bill.
—¡Lo hice por ti, maldita sea! Para que te despegaras de mí y lo vieras todo desde otra perspectiva. Para que rehicieras tu vida, para que conocieras a alguien a quien pudieras amar realmente. Y cada año, cada Navidad que volvíamos a reunirnos en casa de mamá, iba con la esperanza de que me dijeras: “Tom, olvida lo que dije, no sé qué me pasó. Te quiero, pero sólo como hermano”. Pero no…
—¿Eso es lo que quieres oír? —interrumpió Bill, empezando a sentir un nudo en la garganta.
—¡Sí! Sólo tienes que decirme que me quieres como hermano y nada más. Dime eso, Bill, dime simplemente esas palabras, y te garantizo que haré todo lo posible para que todo vuelva a ser como antes. Para que tú y yo volvamos a ser como antes…
Bill miró fijamente a su hermano. Sabía que Tom no estaba mintiendo, que si él le decía lo que quería oír, que sólo le amaba como hermano, le tendría de vuelta. Sólo como hermano, sí, pero mejor eso que nada.
Pero decir aquello sería una mentira. La mentira más grande que Bill hubiera contado jamás. Es más, al negar sus sentimientos se estaría traicionando a sí mismo. Su amor por Tom formaba parte de él. Siempre había formado parte de él. Decir lo contrario en voz alta sería… indigno.
Así que Bill se quedó callado. Tom captó la indirecta de su silencio, y suspiró.
—Joder… —Tom se llevó ambas manos a la cabeza y se frotó las sienes como si le doliera—. Joder. Mierda…
—Lo siento…
—No me pidas perdón. Ya te he dicho que no tengo que perdonarte…
—Pero, ¿y si nunca dejo de amarte, Tom? ¿Eh? ¿Vas a seguir ignorándome toda tu vida?
—No lo sé, Bill. No sé ya qué hacer. Esto me supera… —confesó Tom, derrotado.
Al captar el dolor y la desesperación de Tom, Bill se sintió aún peor.
¿No se suponía que el amor era un sentimiento maravilloso? ¿Por qué entonces a él le había traído tanta desgracia?
En ese momento se empezó a escuchar música proveniente del salón.
—Oh, el baile… —suspiró Tom—. Tengo que volver; Eva quiere que pongamos en práctica la clase de blues de ayer…
La expresión de Bill se ensombreció aún más tras esa mención. Tom suspiró de nuevo antes de seguir hablando.
—Supongo que sería mucho pedir que le dieras una oportunidad. Te caería bien si la conocieras un poco más.
Aunque Bill no dijo nada, la tensión de su mandíbula le hizo saber a Tom que sí era mucho pedir.
—De acuerdo —continuó Tom—. Pero quiero que recuerdes que ella no tiene nada que ver con… bueno, con nosotros. Así que no la culpes.
—No la culpo —replicó Bill. Y era cierto, no la culpaba; simplemente no soportaba su existencia—. Pero dime, ¿desde cuándo te gusta a ti bailar, Tom?
Tom le dirigió una mirada seria.
—A veces hacemos cosas que no nos gustan por las personas que queremos.
Dicho esto, Tom se marchó.
Bill decidió quedarse fuera, fumando. No sabía si el comentario de Tom iba sólo por Eva o también por él, pero aunque fuera el segundo caso, no le consolaba en absoluto.
Llevaba ya un buen rato apoyado en la barandilla mirando a la nada cuando escuchó pasos tras él.
—He visto a Tom regresar solo al salón. No sabía si tú aún estarías aquí, y si necesitarías hablar con alguien…
Sin dejar de mirar al frente, Bill dio otra calada a su cigarro.
—No quiero hablar… —Echó una mirada de reojo a David—. Pero no me iría mal la compañía…
David sonrió levemente y se colocó a su lado, apoyándose también en la barandilla. Él también iba en traje, y, pensó Bill, tampoco le quedaba nada mal.
—Sólo quiero saber si estás bien —dijo el productor.
—No, no lo estoy —admitió Bill con voz cansada—. Pero eso no es nada nuevo.
—Lamento oír eso.
Bill se encogió de hombros, y sacó de nuevo el paquete de cigarrillos.
—¿Quieres uno?
—Claro, por qué no.
Después de coger un cigarrillo de la cajetilla, David se lo encendió con su propio mechero. Dio un par de caladas y se quedó mirando a Bill.
—Estás impresionante esta noche, Bill —dijo al cabo de unos instantes.
—No es más que maquillaje —murmuró el ex cantante—. Aunque gracias por el cumplido.
—¿Estás seguro de que no quieres hablar?
—Segurísimo.
—Está bien, como quieras.
Fumaron en silencio durante un rato. Bill terminó su cigarro y tiró la colilla.
—Me voy a acostar —informó a David—. Hoy ha sido un día muy largo.
—Ok. Te veré mañana, en la excursión.
—¿Vas a venir?
—Claro, por qué no. Nunca he estado en Túnez; será una visita interesante.
Para Bill aquello era una buena noticia: si David estaba en la excursión, podría pasear a su lado y no al de Tom y Eva y sus manos entrelazadas.
—Entonces hasta mañana.
—Buenas noches, Bill.
Bill dio un paso atrás, listo para marcharse, pero entonces tuvo un arrebato e hizo exactamente lo mismo que David le hizo a él hacía unas semanas, cuando estaba en su casa: acortó distancias y le dio un casto beso en la sien.
—Buenas noches… —susurró.
No esperó a ver la reacción de David. Dio media vuelta y se marchó rumbo a su camarote.
Continúa.