Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 30

Horas más tarde, ya en la cama de su camarote, Tom no podía dormir. Y eso que poco antes de acostarse había disfrutado de no uno sino dos satisfactorios orgasmos, y para él, habitualmente un orgasmo era más efectivo que un somnífero: era tener uno y dejarse caer inevitablemente en los brazos de Morfeo.

Sin embargo, en aquella ocasión, la conversación que había mantenido con Bill le mantenía desvelado. La imagen de su hermano, maquillado y espectacular como antaño pero con una expresión que nada tenía que ver con entonces, y sus palabras, no abandonaban su mente.

«¿Y si nunca dejo de amarte, Tom? ¿Vas a seguir ignorándome toda tu vida?»

No, claro que no, pensaba Tom. Además, era hora de reconocer que el poner tierra de por medio no había servido de nada si después de cinco largos años Bill seguía igual de obcecado con ese amor. Pero tampoco se le ocurría otra alternativa.

Notó movimiento a sus espaldas; Eva se movía en sueños. Tom regresó a sus cavilaciones.

El problema era que él ya había rehecho su vida en Múnich. Allí tenía su trabajo, y lo más importante, a Eva. Y Eva tenía su trabajo y a toda su familia en esa ciudad, sabía que no había posibilidades de convencerla para mudarse. En cuanto a Bill, había menos posibilidades aún de que se trasladara a Múnich. Y con él en Múnich y Bill en Berlín, por mucho que se propusiera acercarse de nuevo a su gemelo, la distancia iba a ser un gran problema.

Y por otro lado, estaba el extraño comportamiento de Bill. El ataque de ira que había sufrido en la piscina seguía escamándole. Al igual que su pérdida de peso, y los copazos de alcohol que se metía entre pecho y espalda sin venir a cuento. Se preguntó si alguno de esos tres factores estaría relacionado con otro…

Cambió de postura, colocándose boca abajo, enterrando la cara en la almohada y ahogando así un profundo suspiro que desembocó en un entrecortado sollozo.

Tenía la horrible y desesperanzadora sensación de que lo había hecho todo mal desde el principio. Desde el útero, quizás. Y no sabía qué hacer para arreglarlo.

.

A la mañana siguiente, cuando Bill acudió a desayunar, lo hizo casi el último. Esa noche tampoco había conseguido dormir demasiado, pero las pocas ganas de levantarse y enfrentarse de nuevo con Tom después de su conversación de la noche anterior hicieron que alargara hasta el máximo su estancia en la cama. Saludó a sus ex productores al pasar junto a su mesa, incluido David, y a Natalie, Dunja y compañía que estaban en otra mesa. También saludó de lejos a Gustav y a Julie, que desayunaban acompañados de sus familiares más cercanos.

Al llegar a su mesa, saludó a Georg, Andreas y Karin con un “Buenos días” y en lugar de sentarse fue directamente a por su café. Vio a Eva sirviéndose en la otra mesa. Ella levantó la mirada y le saludó con una sonrisa. Bill sólo asintió y se concentró en la cafetera que tenía enfrente. Al poco su café estaba listo e iba a regresar a su mesa, cuando de pronto Tom apareció a su lado.

—Buenos días —le dijo su gemelo con gesto tranquilo.

—Buenos días… —murmuró Bill, un poco cortado. No se esperaba esa actitud tan relajada por parte de su gemelo, al fin y al cabo, la noche anterior podría decirse que se le había declarado de nuevo.

Tom volvió a hablarle mientras le señalaba el bol de cereales que llevaba en el centro de su bandeja.

—Ey, ¿has visto estos?

Bill miró los cereales, confuso. Tras fijarse realmente en ellos, alzó las cejas con asombro.

—Dios, hacía años que no los veía. Creía que habían dejado de fabricarse.

—Yo también. ¿De dónde los habrán sacado?

—Quizás sean una imitación. De otra marca, quiero decir.

—Puede ser. Habrá que probarlos para comprobar si son los auténticos. ¿Quieres?

Y Tom le ofreció el cuenco con una media sonrisa que hizo que Bill sintiera mariposas en el estómago. Pero la sensación no duró mucho, ya que inmediatamente la desconfianza hizo mella en él.

—Lo estás haciendo de nuevo —acusó.

—¿El qué? —preguntó Tom sin entender.

—Me hablas como si no pasara nada, como si todo estuviera bien.

Tom suspiró y volvió a dejar el cuenco en la bandeja.

—¿Tan malo es…?

—¿Qué…?

—Hablarte como si no pasara nada. Hablarnos como si no pasara nada. Ya sé que es un poco hipócrita porque el problema sigue estando ahí, pero joder, echo de menos simplemente charlar contigo, Bill…

Problema. La palabra resonó dolorosamente en su mente. Eso era lo que representaban sus sentimientos para Tom: un problema. Sin embargo, era la primera vez en cinco años que Bill oía a su hermano decir claramente que le echaba de menos. Y ante eso, sólo fue capaz de responder una cosa…

—Yo también… —murmuró—. Pero, aun así, no sé si voy a poder, Tom.

El gesto de Tom reflejó su decepción, pero igualmente forzó una leve sonrisa.

—Lo entiendo. Pero, ¿te importa si yo lo sigo intentando?

Bill parpadeó extrañado ante ese interés.

—No, claro que no.

—Bien. ¿Quiere probar los cereales?

—Eh, no… Prefiero mi café. Ya me dirás si son los auténticos o no.

—Como quieras. —Tom dio un paso dispuesto a marcharse pero antes de eso añadió por último—: Pero yo de ti comería algo con ese café. La excursión de hoy es larga y a saber a qué hora merendaremos o si lo haremos.

El maternal consejo hizo que Bill frunciera el ceño, pero prefirió no replicar. Es más, tras dudar unos instantes, finalmente cogió uno de los croissants que Georg tanto había alabado el día anterior, y regresó a la mesa, donde Tom y Eva ya estaban también sentados.

Durante el desayuno, el tema de conversación principal volvió a ser la excursión que realizarían durante las próximas horas en la capital de Túnez. Tras beber su café y mientras daba pequeños mordiscos a su croissant, Bill contemplaba el árido y ocre paisaje exterior a través de los ventanales del salón, que nada tenía que ver con el del día anterior, y sin embargo era igualmente bello.

Pensó en Bushido, ya que su padre era natural de Túnez, y se preguntó si el rapero habría estado alguna vez allí.

.

Tal y como se había comentado, la visita a Túnez sería guiada. Gustav y Julie dividieron a sus invitados en dos grupos con el número máximo de personas que les habían recomendado los responsables del crucero, y a cada grupo se le adjudicó un guía. En el primer grupo estaban Gustav y Julie, y los familiares de ambos. El segundo grupo estaba compuesto por los amigos de la pareja, y por todos los relacionados con Tokio Hotel.

Conocieron a su guía nativo nada más desembarcar, un hombre moreno de unos treinta años que hablaba una extraña mezcla de inglés y alemán, aunque se le podía entender. En lugar de decirles su nombre árabe, le dijo que podían llamarle ‘John’.

—¿Veis como no son de fiar? —se burló Andreas—. Ni siquiera nos dicen su nombre verdadero.

Karin le dio un codazo para que se callara.

A Bill el tal John le recordaba físicamente a Bushido, aunque igual era cierta la teoría de que los pertenecientes a una raza no son capaces de diferenciar los rasgos de otra, y de ahí la expresión “todos los chinos son iguales”.

En el puerto les esperaban varios autocares que, según les informó John, les llevarían a visitar la zona moderna de Túnez y luego las ruinas de Cartago, situadas al norte de la ciudad.

Una vez dentro de su correspondiente autocar, Bill se sentó junto a Georg, en el lado de la ventanilla, y mientras John les contaba acerca de las vicisitudes de la vida musulmana en la ciudad moderna, él apoyó la sien en el cristal y dejó la mente en blanco.

Al cabo de una hora el autocar les dejaba en Cartago. Hacía mucho sol y Bill se alegró de haberse traído una gorra además de las gafas de sol. Mientras avanzaban entre las ruinas de la ciudad, John les contaba acerca de los fenicios, antiguas cruzadas y diversas conquistas, el pirata Barbarroja y la declaración por parte de la Unesco de Patrimonio de la Humanidad. Sin embargo Bill seguía sin prestar atención al guía, y mientras todos observaban los restos de lo que se suponía habían sido unas termas, él se distrajo observando el mar Mediterráneo de fondo, pensando que ese paisaje azul era lo único que se había mantenido tal cual desde que aquella ciudad aún tenía vida.

—¿No te interesan las termas de Antonino? —preguntó una voz a su lado.

—¿De quién…?

David sonrió y Bill le imitó.

—Supongo que es interesante, pero la verdad, ahora mismo no me apetece ampliar mis conocimientos culturales —reconoció Bill—. Prefiero disfrutar del paisaje.

—Seguro que la visita a la Medina sí te parecerá interesante.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

—Porque seguro que los zocos son impresionantes.

—¿Los zocos?

—Los bazares.

—¿Y qué te hace pensar que me gustan los bazares?

—Porque eres como una urraca: te atrae todo lo que brilla.

Bill abrió mucho la boca, sin saber si ofenderse o reírse por el hecho de que David le hubiera llamado ‘urraca’ tan alegremente.

—Aún recuerdo la primera vez que estuvimos en San Petersburgo, que visitamos aquel mercadillo junto a esa iglesia… ¿cómo se llamaba? La de colorines. Ah, sí, la Iglesia del Salvador de la Sangre Derramada o algo así —continuó David—. ¿Cuántas pulseras te compraste?

El joven hizo memoria, sonriendo después.

—Unas doce o así —admitió.

—Además de muñecas… —dijo David con una risita—. ¿Jugaste mucho con ellas?

—¡Eran matriuskas! —se defendió Bill de inmediato.

—Las matriuskas son muñecas.

—Pero las compré para decoración, no para jugar con ellas…

—Sí, ya. Ésa fue tu excusa.

Era evidente que David sólo intentaba hacerle rabiar, por lo que Bill optó por cesar en sus argumentos y sonreír en su lugar.

A unos metros de ellos, y sin Bill saberlo, Tom les observaba de reojo, sin alcanzar a oírles, y se preguntaba qué tendrían de divertido las ruinas y, especialmente, por qué le molestaba la diversión de Bill en ese momento…

.

David estuvo en lo cierto y la visita a los zocos de la Medina sí fue más interesante para Bill.

Primero John les llevó a una tienda de alfombras, donde casi todas las chicas quisieron comprar una para sus respectivas casas. Ya que los comerciantes incluso se ofrecían a mandarlas por correo; Bill estuvo tentado de comprar también él una, pero su interés y su ánimo decayeron cuando oyó a Eva elegir una “para el dormitorio”.

Luego visitaron una tienda de perfumes, donde de nuevo las chicas arrasaron con sus pedidos, y por último recorrieron los bazares “corrientes”, repletos de los típicos souvenirs y joyas.

Mientras escuchaba a Karin y Andreas murmurar desconfiados acerca de la autenticidad de unos collares de coral, Bill se dirigió hacia la zona de platería, donde también estaba David paseando.

Lo primero que le llamó la atención fueron unas cruces con forma extraña. Cogió una y la observó detenidamente. Era aparentemente de plata y llevaba una piedra verde en el centro.

—Es una cruz bereber —le dijo el comerciante en inglés con mucho acento—. Es de plata. Son diez euros.

Bill recordó que por aquellos lares lo habitual era regatear, pero a él nunca se le había dado bien hacer tal cosa. Además, por otro lado, ¿qué más le daba a él diez euros que cinco? Tras las juergas de los últimos tiempos su cuenta corriente no estaba para tirar cohetes, pero tampoco iba a sufrir por diez euros.

Así que sin más le dio el billete al comerciante, el cual le sonrió felizmente.

Entonces Bill se quedó pensando si no debería haber pedido al menos que le regalara la cadena para poder llevar la cruz. De pronto, alguien le pasó una cadena por delante de la cara, que no llevaba colgada una cruz sino una mano,

Bill tuvo un pequeño escalofrío al sentir los dedos de David en su nuca al abrocharle la cadena.

—¿Qué es? —preguntó Bill observando la pequeña mano de plata.

—Es una mano de Fátima. En general atrae la buena suerte y protege de las enfermedades. Te la regalo.

—Oh. Pues a ver si funciona… —Miró con curiosidad a David, ya a su lado, y le sonrió—. Gracias…

—De nada. —David se encogió de hombros a la vez que le devolvía la sonrisa.

Mientras David se alejaba unos pasos, Bill se giró la cadena para acceder al cierre y añadirle la cruz bereber. La mano de Fátima también llevaba una pequeña piedra verde en el centro, así que ambos colgantes hacían juego.

Alzó la vista y contempló la espalda de David. El colgante y la cadena no le habrían costado más de diez o quince euros, o mucho menos si el productor había regateado, pero era la primera vez en los doce años que hacía que se conocían que recibía un regalo propiamente dicho de su parte. Y Bill no tenía muy claro qué podía significar, si es que significaba algo.

.

Al terminar la excursión, el autocar les llevó de vuelta a todos al crucero. Como ya era tarde cada uno se retiró a su camarote para ducharse y descansar un poco antes de la cena.

Durante la cena, de nuevo los seis sentados en su mesa habitual, Karin y Eva no dejaban de hablar de la excursión, mientras Andreas les contaba a Georg y a Tom algo acerca de una prueba con un mechero para saber si un collar era auténtico o no.

Bill hacía como que también escuchaba a Andreas, mientras acariciaba de forma distraída la mano de Fátima y la cruz bereber que aún llevaba colgadas en su pecho, lanzando de vez en cuando una mirada furtiva a David, sentado a un par de mesas de distancia.

—¡Qué colgantes tan bonitos! —exclamó de repente una voz femenina—. ¿Te los has comprado en el zoco, Bill?

Miró hacia Eva y asintió con vagancia. No valía la pena explicar que uno de los colgantes había sido un regalo de David, no era del interés de nadie en esa mesa y además podía generar confusión, o alguna que otra pulla en el caso de Georg.

De pronto Eva se inclinó por encima de Georg para llegar hasta Bill y coger ambos colgantes con la mano para observarlos más de cerca. Bill se tensó de inmediato, lo que no pasó desapercibido para algunos.

—Una mano de Fátima… ¿y esto qué es? —preguntó la joven alzando la vista hacia Bill.

—Una cruz bereber… —murmuró Bill secamente.

No soportaba tenerla tan cerca. No soportaba contemplar sus perfectos rasgos, ni su bonita sonrisa, ni oler su fresco perfume. Pensar que esa piel que parecía tan suave era la que acariciaba Tom todas las noches, le ponía enfermo.

Eva todavía no había soltado los colgantes, pero Bill no aguantó más y echó la silla hacia atrás con un chirrido a la vez que se levantaba bruscamente.

—Salgo a fumar… —fue la primera excusa que se le ocurrió para escapar de allí.

Y se marchó. Los demás se quedaron mirando entre ellos. Eva tenía el ceño fruncido, pensativa.

—Oye, Tom… ¿Le pasa algo a Bill…? —preguntó Andreas mirando fijamente al ex guitarrista. De reojo vio a Georg rodar los ojos—. Sí, ya sé muy bien que desde que disolvisteis el grupo se volvió una persona más seria… ¿Pero estos arrebatos son también ahora normales en él?

—No lo sé —admitió Tom—. Voy con él…

Hizo amago de levantarse, pero una mano en su muslo le detuvo.

—Espera —dijo Eva—. Déjame ir a mí.

—No es buena idea —replicó Tom demasiado deprisa. Carraspeó—. Apenas os conocéis.

—Y si no hablo nunca con él, eso seguirá igual.

—No, espera… —insistió Tom, pero Eva ya se había levantado.

—Ahora vuelvo.

Tom se quedó viendo preocupado cómo Eva seguía el mismo camino que Bill un minuto antes.

Nada bueno podía resultar de una conversación entre esos dos. Bill era un cabezota que jamás le daría una oportunidad a Eva, y Tom sabía lo insistente que podía ser ella para averiguar el por qué. Si ninguno de los dos era lanzado por la borda por el otro, ya sería un logro.

Por otro lado, si ocurría el milagro y Eva conseguía que Bill viera en ella aunque fuera sólo una pequeña parte de lo que a Tom le había enamorado, quizás las cosas entre los tres pudieran mejorar un poco…

.

Eva encontró a Bill apoyado en la misma barandilla que el día anterior cuando había estado charlando con Tom, mirando al mar y efectivamente fumando.

—Bill…

Bill se giró hacia ella, claramente sorprendido de verla allí.

—¿Podemos hablar? —preguntó la joven.

—¿De qué? —preguntó a su vez Bill, esforzándose mínimamente para que su tono no resultara demasiado brusco.

—¿Tienes algún problema conmigo?

Bill la miró fijamente unos instantes antes de responder. En realidad no le sorprendía que Eva se hubiera dado cuenta de que la consideraba persona [i]non grata[/i], pero sí el hecho de que hubiera acudido directamente a él para abordar el tema sin tapujos.

El problema era que él no podía hablar sin tapujos.

—No —mintió.

—¿Entonces por qué eres tan seco conmigo? No puedo caerte mal, apenas nos conocemos. ¿O sí…?

Bill suspiró. ¿Por qué Tom la había dejado ir detrás de él?

—No me caes mal… —mintió de nuevo.

—Pero no me miras, no me hablas, no me sonríes… —insistió Eva.

Bill no supo qué replicar a eso y se quedó callado, lo que indirectamente le dio la razón a Eva.

—¿Te caigo mal por el hecho de ser la novia de tu gemelo…? —aventuró ella de pronto.

El corazón de Bill se encogió un poco. No podía ser que ella estuviera de algo… No, por favor. Sería demasiado humillante.

—¿Por qué dices eso…?

—No lo sé. He salido con chicos que tenían hermanos, y nunca he tenido ningún problema. Pero nunca había salido con uno que tuviera un gemelo. Pensé que quizás era diferente, que por todo eso de que los gemelos están mucho más unidos, tú quizás me vieras como una amenaza a vuestra relación… Pero eso tampoco tiene sentido, ya que actualmente no es que tengáis mucha relación, puesto que sigues enfadado porque Tom dejó el grupo…

La última frase no era una pregunta, sino una afirmación, lo que le desconcertó. Un segundo después entendió que ésa era la excusa que le había dado Tom a Eva para explicar el distanciamiento con su gemelo.

Eva se había quedado callada y Bill se dio cuenta de que esperaba una explicación, cosa que no le apetecía en absoluto, pero si no lo había no se sacaría a la joven de encima.

—No tengo nada en contra tuyo… Es que… no tenía muchas ganas de venir al crucero, la verdad. Pero tenía que hacerlo por Gustav. Lamento si te ha dado la sensación de que lo estoy pagando contigo.

Transcurrieron unos instantes antes de que Eva hablara de nuevo.

—No pasa nada —dijo con una sonrisa, aunque por su voz no parecía tan satisfecha con la explicación de Bill—. Sabes, ojalá arreglaras las cosas con Tom. Cuando me habla de ti, lo hace con tanto cariño y nostalgia…

—¿Te habla de mí? —exclamó Bill con voz queda.

—Sí, claro. Incluso el otro día… —De pronto Eva se quedó callada, como arrepintiéndose de lo que iba a decir.

—¿El otro día…? —insistió Bill, curioso.

Eva se acarició una muñeca, incómoda. Desde que tenía tantas dificultades en quedarse embarazada no le gustaba comentar el tema con nadie —y así se lo hizo saber a Tom después de que éste le contara sus planes a Simone sin consultarlo antes con ella—, pero ya se le había escapado.

—Nada, hablábamos de tener niños y tal… y comentó que si nosotros teníamos uno, le gustaría que tú fueras el padrino… pero también comentó que seguramente tú no querrías, y entristeció el gesto. Sólo le he visto entristecerse así cuando habla de ti, Bill.

Bill la miró casi en shock.

¿Padrino?

¿Encima querían que fuera el padrino?

El cigarrillo se le cayó de las manos pero no se molestó en recogerlo.

—Por eso me gustaría tanto que hicierais las paces… —mientras Eva seguía hablando, Bill se dio la vuelta—. ¿A dónde vas…?

—A mi camarote… —dijo casi sin voz—. No me encuentro bien.

No le dio tiempo a Eva a replicarle y desapareció de su vista.

Sin embargo, Bill no se dirigió a su camarote, sino a alguno de los muchos bares con que contaba el crucero.

Necesitaba una copa urgentemente.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

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