Fic original de Khira
“Despertar” Capítulo 36
Nada más juntar sus labios, Bill notó a David tensarse, pero antes de que el hombre tuviera la oportunidad de apartarse, Bill le sujetó con firmeza colocando una mano en su cuello. Alargó el beso lo máximo que pudo antes de que David le agarrara de la muñeca, apartando su mano y echándose hacia atrás para romper el beso.
—¡¿Bill, qué haces…?!
Bill no tenía ganas de explicarse, así que simplemente volvió a alzarse sobre David y juntó nuevamente sus labios, al mismo tiempo que se subía encima de él, colocando su trasero justo encima de la ingle del productor, restregándose contra ella de paso.
Al parecer eso fue demasiado para David, porque esta vez el productor le empujó con tanta fuerza que Bill cayó hacia un lado de la cama, golpeándose con la cabeza en la pared lateral.
David no se dio cuenta y nada más ponerse de pie empezó a gritar al muchacho.
—¡¿Qué coño te pasa, Bill?!
Bill se levantó a trompicones, masajeándose la adolorida nuca allí donde se había golpeado. Poco a poco empezaba a asimilar la magnitud del error que acababa de cometer con David y no se atrevía a mirar al productor a los ojos.
—No te… pongas así… —murmuró. No estaba acostumbrado a oír gritar a David. Es decir, como productor David les había gritado muchas veces en el pasado, pero siempre en plan regañina paternal. No como ahora, que estaba realmente cabreado.
—¿Y cómo quieres que me ponga? Después de lo que…
—¡Sólo te he besado! ¿Vale? —exclamó Bill bajando la mano. Por suerte el dolor de su nuca empezaba a remitir—. Lo siento si te he ofendido, o herido tu orgullo de macho, pero…
—¿Ofendido? ¿Orgullo de macho? —interrumpió David, mirándole alucinado—. Maldita sea, Bill, esto no es sólo por mí. ¡Es por ti!
Bill sólo tuvo tiempo de parpadear un par de veces, confundido, antes de que David siguiera hablando.
—No negaré que me da rabia que trates de usarme como un polvo de consolación… Pero me preocupa más el por qué lo has hecho. En serio, ¿qué coño te pasa, Bill? ¿Es que no te respetas nada?
—¿De qué hablas? —susurró Bill, sin poder evitar que la voz le temblara un poco. Odiaba el rumbo que estaba tomando la conversación—. Yo sólo… me apetecía besarte… y…
—¿Y qué? ¿Acostarte conmigo? ¿Acaso sientes algo por mí? ¿No, cierto?
Bill se quedó callado, todavía sin ser capaz de mirar a David a los ojos mucho tiempo. Pensó en lo bien que se sentía con David, en la seguridad y la tranquilidad que le embargaban cuando estaba a su lado. En cierta manera, era como se sentía con Bushido, solo que con el rapero podía actuar más despreocupado. Pero no, no sentía nada romántico ni por el uno ni por el otro. Ni por Markus. Ni por Ryan. Ni por ninguno de los hombres con los que se había acostado en los últimos cinco años.
Él sólo sentía algo así por Tom.
David interpretó correctamente su silencio como una respuesta negativa.
—¿Entonces, por qué? Puedes acostarte con quien quieras aunque no estés enamorado si eso es lo que te pide el cuerpo, ¿pero conmigo, Bill? ¿Conmigo? ¿Tan desesperado estás?
Un intenso rubor cubrió las mejillas de Bill. Realmente, el muchacho no sabía qué decir. El silencio inundó el camarote, hasta que David habló de nuevo.
—Será mejor que te vayas.
—David… —musitó, pero no dijo nada más.
—Bill, vete. No quiero hablar contigo. Aunque tampoco veo que tengas mucho qué decir. —El tono de David era durísimo.
Bill quería decir algo, de verdad quería hacerlo, pero seguía sin saber el qué. Hasta que se dio cuenta que nada de lo que dijera podría arreglar algo en ese momento, que no tenía defensa posible. Porque no podía decirle a David que sí estaba tan desesperado. Al igual que no podía contarle por qué había discutido con Tom o que en ese momento lo que realmente más le apetecía en lugar de un polvo era una raya de cocaína.
No podía decirle a David lo patético que se sentía.
Así que, sin decir nada, el muchacho empezó a caminar para salir del camarote. Mientras se aproximaba a la puerta, aún mantenía la esperanza de que David le dijera que se quedara, que no pasaba nada, que le perdonaba su comportamiento egoísta y autodestructivo. Pero eso no pasó; esta vez el productor estaba demasiado enfadado.
Bill salió del camarote y cerró la puerta tras él sin mirar atrás. Ante él, el pasillo vacío.
Automáticamente, sus pasos empezaron a dirigirle hacia el mismo bar en el que había ahogado sus penas un par de días atrás, después de que Eva sacara a relucir el tema descendencia con Tom y la palabra ‘padrino’. Y eso que ni siquiera tenía ganas de beber. Sólo quería evadirse, como siempre, y esta vez, quizás juntar el valor para desaparecer del todo.
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Después del encontronazo con Bill, Tom había decidido ir a dar una vuelta en lugar de entrar en su camarote a ver si paseando se despejaba un poco. Pero no había servido de mucho, ya que seguía igual de confundido que horas antes. Aunque una cosa sí que tenía clara: por enésima vez se había equivocado con Bill. No tenía ningún derecho a tratar así a su gemelo ni mucho menos a culparle de toda su confusión solo por un beso.
Un beso que seguía sin poder sacarse de la cabeza, al igual que su sueño.
Tenía el estómago cerrado, así que le mandó un mensaje de texto a Eva para avisarla de que esa noche no acudiría a cenar. Vagó durante horas por el barco sin hacer nada en concreto.
Al final, hastiado de todo, Tom decidió coger el toro por los cuernos e ir a pedir perdón a Bill. No solucionaría nada pero al menos su conciencia podría descansar un poco.
Regresó a los camarotes y se plantó frente al de Bill. Tocó suavemente con los nudillos un par de veces, y al no recibir respuesta, lo intentó de nuevo un poco más fuerte.
Nada. O Bill no estaba en su camarote, o sabía que era él y simplemente no quería abrirle. Tom miró distraídamente el reloj. Se dio cuenta de que era relativamente temprano, y que quizás Bill no había regresado aún de la cena.
Tras seguir intentándolo por si acaso un par de minutos más, Tom se dirigió a su camarote. Entró y se fue directamente a la cama, donde se dejó caer de espaldas. Permaneció ahí tumbado, sin ni siquiera desvestirse, hasta que un buen rato más tarde Eva entró en el camarote. Ella le sonrió, aunque se la notaba algo preocupada.
—¡Hola! ¿Dónde estabas?
—Paseando por la cubierta, para que me diera un poco el aire. —dijo Tom sin mentir.
—¿Te encuentras mejor? ¿Seguro que no tienes hambre? Porque el snack—bar todavía está abierto y…
—No, no —la cortó Tom. También se sentía culpable con Eva por haberse acostado con ella solo para quitarse el calentón provocado por el sueño húmedo que había tenido con Bill y él de protagonistas—. No quiero nada. ¿Qué tal la cena?
—Muy bien, todo muy bueno, como siempre.
—¿No había hoy espectáculo ni nada?
—En realidad sí, pero como mañana es la boda, hemos decidido portarnos todos bien e irnos a dormir temprano —sonrió Eva.
Era cierto, al día siguiente era la boda. Con tanto ajetreo erótico y mental, Tom se había olvidado por completo de que ya casi había llegado la fecha en la que Gustav dejaría de ser un hombre ‘libre’.
—¿Sabes si Bill también se ha retirado? —preguntó.
Eva frunció el ceño.
—Pues, de hecho, tu hermano tampoco ha venido a cenar.
Al momento de oír esas palabras, Tom empezó a sentir un desagradable peso en el estómago.
—¿Ah, no? —murmuró intentando sonar tranquilo, pero la culpa y la preocupación le carcomían.
—No. Algunos han bromeado diciendo que era cosa de gemelos, que en cuanto uno se encontraba mal el otro también, pero no sé… David parecía preocupado.
Tom se incorporó en la cama.
—¿David?
—Sí, ha venido a nuestra mesa a preguntarnos dónde estabais, yo le he dicho que tú tenías el estómago revuelto, pero que de Bill no sabíamos nada, y ha puesto cara rara.
—¿Pero ha dicho algo?
—No, no ha dicho nada.
Tom se preguntó entonces si David tendría algo que ver con que Bill no hubiera acudido a la cena, o si había sido él mismo el único culpable. En cualquier caso, la cuestión era que Bill muy probablemente no se sintiera bien, y que por eso se hubiera saltado la cena, pero si no estaba en su camarote, ¿dónde demonios estaba?
Entonces recordó dónde había encontrado a Bill la última vez que su gemelo se había disgustado seriamente, y la preocupación aumentó.
De un salto se levantó de la cama.
—Me voy —informó a Eva sin más.
—¿Cómo que te vas? ¿A dónde? —cuestionó Eva, sorprendida.
—A buscar a Bill, necesito averiguar dónde está. —Ni siquiera se paró a inventar excusas. Además, ¿por qué hacerlo? Si su hermano se había desaparecido era normal que se inquietara y saliera a buscarlo, ¿no?
—¿No está en su camarote?
—No, no está. O no estaba. —Y eso fue todo lo que dijo Tom antes de salir de un pequeño portazo.
Lo primero que hizo fue comprobar otra vez el camarote de Bill. Tocó con los nudillos una y otra vez sin obtener respuesta. Luego se le ocurrió llamarle al móvil, pero se topó con el buzón de voz.
—Mierda… —murmuró.
No le quedaba otra que buscarle por todo el crucero; comenzando por los bares.
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Agarrado fuertemente a una barandilla, Bill miraba hacia el horizonte, esa línea ahora difusa por la bruma que separaba el cielo únicamente iluminado por la luz de la luna del negro mar. Había bebido tanto que apenas se mantenía en pie. Y no había seguido bebiendo porque el maldito camarero (o camamemo, como Bill le había llamado con ebria furia) se había negado a servirle más alcohol.
Pero ahora ya daba igual. Había llegado el momento.
Bill bajó la vista, hacia una de las cubiertas inferiores de la proa, no accesibles a los pasajeros. Era casi medianoche y no había nadie por aquella zona del crucero. Sin soltar la barandilla, empezó a andar a trompicones buscando una manera de bajar. Tras caminar unos diez metros, encontró una escalerilla metálica para bajar, con una simple cadena cortando el paso y un cartel que decía “Restringed zone”. Bill era lo suficientemente consciente de su estado de embriaguez como para saber que a causa de él le resultaría bastante difícil bajar por esa escalerilla sin caer y abrirse la cabeza. Se echó a reír en voz baja sin poder evitarlo. Eso no le suponía un problema, teniendo en cuenta sus intenciones.
Primero pasó una de sus largas piernas por encima de la cadena, y luego la otra. Y así de fácil, entró en el área restringida. Más difícil fue, efectivamente, bajar la escalerilla, pero a base de pasos inseguros pero muy lentos lo consiguió. Luego empezó a caminar hacia el frente, acercándose a uno de los laterales de proa.
Cuando por fin llegó al borde del casco, con una barandilla algo más alta que las de cubiertas superiores, metió la cabeza entre dos de las pletinas y miró hacia abajo. Durante largos minutos contempló las oscuras olas que rompían en la parte baja del casco.
Luego sacó la cabeza y sin más empezó a trepar por la barandilla.
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Tom empezaba a sentirse agotado además de inquieto. Uno a uno había registrado todos los bares del crucero, incluidas las dos discotecas, recorrido el barco de punta a punta subiendo y bajando escaleras, paseado por las cubiertas exteriores, pero no había encontrado ni rastro de Bill. A quien sí encontró en el último bar, fue a Gustav con unos cuantos amigos tomando una copa y viendo un espectáculo de danza del vientre a modo de despedida de soltero.
—¡Ey, Tom! —exclamó Georg al verle—. ¿Qué haces por aquí? ¿Ya te encuentras mejor?
Tom se dejó caer en una butaca cercana al bajista, tratando de recobrar el aliento.
—Georg, no encuentro a Bill por ningún sitio —confesó.
—¿Estás buscando a Bill? —preguntó Gustav girándose hacia ellos—. No ha venido a cenar. ¿No está en su camarote?
—No, no está. He probado varias veces y ahí no hay nadie.
—Quizás solo está paseando por ahí…
—He recorrido todo el barco de punta a punta. Varias veces. ¡No está! —Tom agitó las manos, visiblemente nervioso.
—Pero a ver, tranquilízate, Tom. Es que estamos en un barco, no puede haberse ido —sonrió Georg—. A no ser claro que… —Georg calló de inmediato, consciente de que el chistecito no iba a tener ninguna gracia.
Pero Tom y Gustav entendieron a qué se refería, y el primero empezó a sudar frío.
—A ver, seamos sensatos. —Gustav se giró hacia Tom, quien se estaba poniendo preocupantemente pálido—. ¿Estás seguro de que Bill no está en su camarote? Quizás ha estado allí todo el tiempo pero por lo que sea no quiere abrirte.
—Sabemos que en los últimos años vuestra relación ha sido algo tensa —murmuró Georg.
—De hecho, es cierto que hoy mismo hemos discutido —admitió Tom. Entonces se levantó de un salto—. Tíos, tengo que encontrarle como sea. ¡Por favor, ayudadme!
Instintivamente Georg y Gustav miraron hacia la bailarina exótica que era capaz de mover todos sus músculos, incluidos algunos que ni siquiera sabían que existían. Luego miraron a Tom y suspiraron a la vez.
—Está bien, te ayudaremos —dijo Gustav.
—Sí, encontremos a Bill cuanto antes, y luego volvemos —dijo Georg—. Con un poco de suerte aún no habrá terminado el show…
—Gracias, chicos… —murmuró Tom, sintiendo un mínimo de alivio.
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El primer paso, propuesto por Gustav, fue convencer a un mozo para que les abriera el camarote de Bill y descartar así que el ex cantante no se encontraba allí.
—Oiga, mi hermano tiene una fuerte depresión —decía Tom, y tragó saliva al darse cuenta que quizás no estaba contando una mentira—. Y hoy no ha tenido un buen día, así que estamos muy preocupados por él…
—Sí, quizás se ha pasado con la dosis de antidepresivos —dijo Georg, ignorando el respingo de Tom.
—Y ahora puede estar desmayado en la bañera —siguió Gustav.
—No hay bañera en los camarotes, señor, solo ducha —dijo el mozo, un joven moreno de rasgos orientales, cruzándose de brazos.
—¡Puede estar desmayado en cualquier sitio, estúpido! —exclamó Tom, dando un paso amenazador hacia el mozo.
Gustav le puso una mano delante para pararlo.
—Oiga, ni siquiera tenemos que entrar nosotros. Abra y pase usted mismo al camarote. Si su hermano no está o está ahí dentro sano y salvo, ya nos damos por satisfechos.
—Está bien —accedió el mozo, sacando de su bolsillo una tarjeta maestra.
Acompañaron al mozo al camarote de Bill, y esperaron en el pasillo mientras éste registraba el interior.
—Aquí no hay nadie —dijo al salir.
Tom inspiró hondo tratando de calmarse, sin éxito.
—Os dije que aquí no estaba —suspiró.
—Gracias, muy amable —le dijo Gustav al mozo. En cuanto éste se hubo marchado, se dirigió a sus amigos—: Habrá que seguir buscando por el barco entonces. Tú, Tom, vuelve a mirar por los bares y salones. Tú, Georg, date un paseo por las cubiertas. Yo iré preguntando al personal de servicio a ver si alguien le ha visto.
—¿Tienes alguna foto suya? —preguntó Georg.
—Creo que tengo alguna en el móvil. ¿Lleváis vuestros móviles encima, por cierto?
Tom y Georg asintieron.
—En marcha pues.
Los tres amigos se separaron.
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Bill se sentó en la pletina superior de la barandilla, echó los brazos hacia atrás y afianzó su agarre. Al frente solo veía oscuridad y mechones de cabello alborotados por la brisa marina. Miró hacia abajo, donde el casco se sumergía en el mar y en las olas y remolinos de agua negra que allí se formaban.
Se preguntó si moriría por la caída, ahogado por los remolinos, o de frío y agotamiento en caso de sobrevivir a los dos primeros supuestos.
Tanto le daba.
Continúa.