Fic original de Khira
“Despertar” Capítulo 37
David no podía quitarse de la cabeza el incidente con Bill. Temía haber sido demasiado duro con él, y que no apareciera en la cena le preocupaba aún más.
Después de la cena, Gustav le invitó a unirse a su despedida de soltero, pero David amablemente declinó la oferta. No estaba para juergas, aunque juergas y Gustav no solían ir de la mano, pero por si acaso. Eligió irse a dormir. En un momento dado, incluso llegó a detenerse frente al camarote de Bill, pero no llegó a tocar a la puerta. Quizás estaría descansando o durmiendo y prefería no molestarle.
¿Además, qué le diría? No pensaba retractarse del sermón con que le había obsequiado. Bill necesitaba darse cuenta que el sexo no era un sustitutivo de todo. Si se sentía mal, tenía que arreglarlo de otra manera, no acostándose con el primero que se le pasase por delante. Un día tendría un susto, si es que no lo había tenido ya.
Llevaba ya un rato tumbado dando vueltas a todo ello cuando empezó a oír voces en el pasillo. Intentó ignorarlas durante un rato, pero la repentina idea de que se tratara de Bill o de algo relacionado con él le instó a levantarse de la cama.
Abrió la puerta de su camarote justo a tiempo de ver pasar a Tom corriendo por el pasillo.
—¡Tom! —le llamó.
Tom se detuvo en seco y se dio la vuelta hacia David.
—David…
—¿Ocurre algo? Oía voces…
Tom inspiró hondo antes de hablar, como tratando de elegir las palabras adecuadas. David se fijó en que parecía bastante alterado.
—Gustav, Georg y yo estamos buscando a Bill. No está en su camarote y yo llevo una hora buscándole por todo el barco, sin éxito.
Inmediatamente David se alteró también.
—Pero… ¿desde cuándo está “desaparecido”?
—Nadie le ha visto desde esta tarde. Tampoco ha ido a cenar.
«Yo he sido el último en verle, entonces…», pensó inquieto. Y el pensamiento de que la discusión que habían mantenido tuviera algo que ver con su desaparición, le heló la sangre.
—Me cambio y te ayudo a buscarle —dijo decidido.
—Gracias, Dave. Pero es mejor buscarle por separado. Ten el móvil a mano, y si le encuentras por favor me avisas.
Y dicho esto, Tom partió.
David se metió de nuevo en el camarote para cambiarse y salir en la búsqueda de su ex pupilo.
«Por favor, que no haya hecho una tontería…»
.
Después de barrer toda la zona de la cubierta de popa, Georg se marchó hacia la de proa. A primera vista, tampoco había nadie por ahí, al menos en las cubiertas accesibles. Luego se fijó en las no accesibles. Se suponía que Tom ya había buscado por las cubiertas, pero pensó que quizás por las prisas no se había fijado en las segundas. Además, las cubiertas no accesibles a los pasajeros no estaban ni la mitad de iluminadas que las accesibles, y la distancia no ayudaba. Georg se echó todo lo adelante que pudo en la barandilla para poder ver mejor. Metro a metro rastreó toda la cubierta de proa fijándose en todos los detalles.
Entonces le vio. En realidad no podía saber si era Bill, pero en ningún momento se le ocurrió pensar que esa figura encaramada a una barandilla en una zona en teoría no accesible y en plena noche no fuese la de su amigo. Y encaramada de forma bastante precaria, por lo que podía distinguir.
«¿Es que acaso planea tirarse…?», se preguntó Georg de pronto sintiendo una oleada de pánico. «¿Tanto se ha discutido con Tom?»
Su primer impulso fue el de ir hacia él, ¿pero y si lo asustaba y Bill se caía? Tendría que acercarse con mucho cuidado. Además, tenía que avisar antes a alguien; una vez al lado de Bill, igual a este no le hacía gracia que se pusiera a charlar por teléfono para contar lo que estaba haciendo.
Georg sacó su teléfono móvil, y con un ojo puesto en la pantalla y otro en Bill, marcó el número de Tom.
—¡Georg! ¿Le has…?
—¡Sí! —interrumpió Georg antes de que Tom pudiera finalizar su angustiosa pregunta—. ¡Ven, corre, está en la cubierta de proa, en la parte de estribor!
—¿Y eso es…?
—¡La parte delantera, a la derecha! —bufó exasperado.
—¿Está bien?
—¡Tú corre! —repitió Georg, y colgó el teléfono. Se lo metió en el bolsillo y echó a correr buscando una manera de bajar hacia donde estaba Bill.
Pronto encontró una escalerilla metálica cerrada por una cadena. Al igual que había hecho Bill poco antes, la saltó sin dificultad y accedió a la zona restringida.
A continuación, y con el corazón a cien, Georg empezó a acercarse a Bill sin atreverse a correr. Se detuvo al llegar a unos tres metros de él. Bill seguía en la misma posición, ajeno a todo.
—Bill —le llamó en voz alta pero sin gritar.
Inmediatamente vio a Bill tensarse. El ex cantante giró el cuello hacia él.
—Georg… —murmuró Bill, y su voz pastosa le dio a Georg otra razón para preocuparse: Bill estaba bebido. Podría caerse de un momento a otro sin ni siquiera tener la intención de tirarse.
—¿Bill, qué haces…? —preguntó Georg intentando no sonar recriminatorio, y que tampoco se notara el pánico en su voz.
Bill miró de nuevo al frente, y por un segundo Georg creyó que iba a tirarse sin más.
—¿Qué haces tú… aquí…? —preguntó Bill a su vez arrastrando las palabras—. Deberías estar con… Gustav… Es su despedida de… soltero… ¿No…?
—Sí, y tú también —respondió el bajista—. Y no aquí… —«A punto de presuntamente suicidarte imitando Titanic», agregó mentalmente.
Bill no dijo nada. Georg supuso que lo mejor sería seguir dándole conversación, entretenerle mientras llegaba Tom.
—Tom también te está buscando…
Entonces los hombros de Bill se tensaron de nuevo y Georg se dio cuenta de que quizás no había sido buena idea mencionar al otro gemelo.
En ese momento llegaron el mencionado y Gustav.
—¡Bill! —exclamó Tom al ver el panorama.
.
Inmediatamente al oír la voz de su hermano, Bill echó la mano derecha hacia atrás con la palma abierta, haciéndole el gesto de que se detuviera. Tom obedeció, parándose junto a Georg. Si la posición de Bill ya era inestable, ahora, con solo una mano aferrándose a la pletina superior de la barandilla, era peor.
—Bill… ¿Qué haces? —repitió la pregunta de Georg. Pero Tom no fue capaz de disimular el pánico y la desesperación en su voz. Esto no podía estar pasando.
—Vete… —fue la seca y nada esperanzadora respuesta de Bill.
—¿Qué? No, no pienso irme a ningún sitio. No hasta que te bajes de ahí. ¡Maldita sea, Bill, no me hagas esto! ¡Baja de ahí!—empezó a gritar Tom.
Georg tocó a Tom en el brazo, indicándole con ese gesto que se calmara, que así no iba a convencer a Bill de nada.
—¡Que te vayas! —gritó Bill, perdiendo también los estribos—. ¡No quiero verte! ¡No quiero verte nunca más! ¡Te odio! ¡Me has amargado la vida! ¡Ojalá no hubieras nacido!
Eso a Tom le dolió, pero en parte pensó que se lo merecía.
—Está borracho… —Georg le susurró por lo bajo, como diciéndole “No le hagas caso”.
Tom inspiró lo más hondo que pudo. Por primera vez se dio cuenta que el corazón le latía tan fuerte y rápido que parecía una bomba a punto de estallar en su pecho.
—Bill… —empezó de nuevo con voz falsamente calmada—. Bill, baja de ahí. Por favor te lo pido.
—No. —Como si fueran a la par, Bill también parecía haberse tranquilizado un poco.
—¿Por qué no? ¿Qué piensas hacer entonces? —Tom sabía que era arriesgado empezar esa conversación: Bill podía sentirse retado. Pero no se le ocurría otra cosa.
Bill volvió a colocar la mano derecha en la pletina. Por un momento pareció dudar.
—Me voy a tirar… —fue sin embargo su clara respuesta.
—No puedes hacer eso —dijo Tom. Sin dejar de observar a su gemelo, vio de reojo una figura en penumbras moviéndose a la izquierda de Bill—. No… no puedes hacernos esto. Si no quieres saber nada de mí, al menos piensa en mamá. En Gordon. Van a sufrir muchísimo.
La figura a la izquierda se aproximó un poco más a Bill. A su lado, notó a Georg tensarse. Le parecía increíble que el corazón no le hubiera estallado ya.
Claramente, Bill dudó de nuevo. Encogió con fuerza las manos sobre la barandilla.
—Pero yo no sabré que… sufren… —dijo, casi a sí mismo—. No sabré nada… No sentiré nada.
Y ese último pensamiento debió de ser definitivo porque entonces, de repente, Bill soltó sus manos de la barandilla. Casi en el mismo momento en que la figura a la izquierda se abalanzó sobre él. Bill se echó hacia delante y por un segundo cayó al vacío. Tom ahogó un grito al mismo tiempo que también se abalanzaba sobre ambos.
—¡Le tengo, le tengo! —gritaba Gustav sujetando a Bill con ambos brazos, uno rodeándole el pecho bajo una axila y con el otro agarrándole de la camiseta.
—¡Joder! —gritó Tom, mientras él también intentaba asir a su hermano suspendido en el vacío. Alcanzó a cogerle de un brazo y tiró hacia arriba con fuerza. Bill aulló de dolor, pero en ese momento lo único importante era elevar su cuerpo lo suficiente para poder pasarle por encima de la barandilla a cubierta.
Más brazos aparecieron para ayudarle en esa tarea: eran los de Georg. Y así, entre los tres, consiguieron su objetivo. En cuanto alzaron a Bill lo suficiente, se dejaron caer con él en el suelo de la cubierta.
Los tres amigos jadeaban y se miraban entre ellos incrédulos de lo que había estado a punto de pasar. Bill tenía los ojos cerrados pero también respiraba acelerado.
—Por qué… poco… —fue el comentario de Georg.
Tom se levantó y se colocó frente a Bill. Su corazón seguía desbocado. Bill notó su presencia y abrió los ojos. Entonces Tom se inclinó un poco y abofeteó a Bill con todas sus fuerzas.
—¡Tom! —exclamaron Gustav y Georg a la vez, escandalizados. Jamás habían visto a Tom pegar a su hermano con tal fuerza; bueno, ni a su hermano ni a nadie. Los dos se levantaron de un salto para interponerse entre los gemelos.
—¡¿Es que te has vuelto loco?! —empezó Tom a chillarle a su gemelo—. ¡¿Cómo se te ocurre hacer algo así?!
Bill, que se había quedado con la cara girada, cerró los ojos de nuevo y empezó a sollozar.
—Tom, ahora no es el momento… —intentó mediar Gustav.
En ese momento se oyeron voces lejanas de algún lugar de la cubierta accesible.
—Será mejor que nos vayamos de aquí —dijo Gustav—. Podrían vernos, y pedirnos demasiadas explicaciones, sobre todo si ven a Bill así.
—Llevémosle a su camarote —dijo Georg.
—No tenemos la tarjeta —dijo Tom, inspirando por la nariz y tratando de calmarse, sin quitar los ojos de encima a Bill.
—Tiene que llevarla encima. A ver… —Georg se agachó junto a Bill y le palpó los bolsillos de los pantalones—. Aquí está. —Sacó la tarjeta y se la metió en su propio bolsillo—. Vamos, amigo.
El bajista agarró a Bill de la cintura y le instó a levantarse. Bill seguía sollozando casi en silencio. Era un llanto nervioso y entrecortado, que partía el corazón. Gustav se apresuró en ayudarle al ver que el más joven no ponía de su parte.
Entre los dos guiaron a Bill por medio crucero hasta su camarote. Tom les seguía, y aprovechó para mandarle un mensaje a David para que cesara la búsqueda.
.
Ya hemos encontrado a Bill. No te preocupes, esta ok. Nos vemos mañana en la boda.
David releyó dos veces el mensaje de texto. Algo le decía que la segunda frase no era cierta. Pero no le pareció buena idea irlos a buscar por los camarotes; quizás estarían hablando. Tendría que esperarse hasta el día siguiente. Entonces, él también hablaría con Bill.
.
Georg y Gustav dejaron caer con cuidado a Bill en su cama. Inmediatamente el ex cantante giró a un lado y se hizo un ovillo. Seguía sollozando y no parecía muy consciente de lo que sucedía a su alrededor. Los dos amigos estaban muy preocupados. Se giraron hacia Tom.
—Creo que es hora de que nos expliques de qué va todo esto —dijo Gustav.
—Y no solo lo de hoy —apuntó Georg, con un matiz enojado—. También queremos saber qué cojones pasó hace cinco años.
—Se supone que yo debería estar en mi despedida de soltero. Me lo debes —agregó Gustav.
Tom ya suponía que Georg y Gustav nunca se habían creído sus torpes excusas para dejar el grupo, y que sabían que las verdaderas razones tenían que ver solo con Bill. Pero no podía contarles esas razones. ¿O sí?
¿Debería contarles que la verdadera razón había sido que Bill se le había declarado? ¿Qué esa era la razón también por la que llevaban cinco años casi sin verse ni hablarse?
Miró hacia Bill, quien seguía en postura fetal, con el pelo ocultando su rostro. No quería que sus amigos pensaran de él que era un enfermo o un degenerado. Pero es que había intentado suicidarse. Tom no podía con esto solo. Y contárselo a Simone le parecía peor opción.
—Está bien. Os lo contaré todo. Pero antes, ¿os importa dejarme un minuto con Bill a solas?
—No, claro que no.
Gustav y Georg salieron de la habitación, cerraron las puertas correderas y se dispusieron a esperar en la sala de estar.
Tom se sentó en la cama, en el lado hacia el que Bill estaba girado. El moreno no había dejado de sollozar, ahora con leves movimientos espasmódicos, como si sus pulmones no dieran más de sí.
La mano aún le picaba, y recordó que había golpeado a Bill sin contenerse lo más mínimo. En ese momento, arrepentido y asqueado de sí mismo, no se permitió tocarlo de nuevo.
—Siento haberte pegado —susurró—. De verdad, Bill, lo siento muchísimo. ¿Podrás perdonarme?
Tal y como se temía, Bill no respondió.
—Pero es que me has asustado tanto… No sabía lo que hacía. No volverá a pasar jamás, te lo juro. Pero prométeme que tú tampoco volverás a hacer algo así…
Bill tampoco dijo nada.
—Bueno, entiendo que ahora no quieras hablar. Lo haremos más tarde, cuando estés más tranquilo. —«Y sobrio»—. Bill, voy a contarles a Georg y Gustav lo que pasó. Creo que tienen derecho a saberlo. Al fin y al cabo, nosotros dos y no ellos acabamos con Tokio Hotel. A no ser que me digas que no lo haga.
Bill no lo hizo.
Tom se levantó con pesadez, sin dejar de mirar a su hermano. En ese momento le parecía tan vulnerable, que ni siquiera estaba cómodo con la idea de dejarle solo en una habitación, aunque él fuera a estar al otro lado de la puerta. Decidió echar una ojeada al baño; allí vio el neceser de Bill y se lo llevó con él. Hasta que no corroborara que su intento de suicidio había sido enajenación mental transitoria o algo así, no pensaba dejar pastillas ni tijeras a su alcance sin supervisión.
Salió de la habitación, cerró las puertas correderas y dejó el neceser en una mesa. Gustav y Georg le esperaban sentados en el sofá. Tom decidió quedarse de pie. Inspiró hondo un par de veces.
—Hace cinco años, os mentí. Sé que ya lo suponíais. Pues bien, esto fue lo que pasó en realidad…
Continúa.
SE VIENE