Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 41

«Tom y Eva están planeando tener un bebé».

En la mente de Bill se reprodujeron vívidamente esas palabras dichas por Simone como si su madre estuviera allí mismo, mientras sentía su sangre congelarse y una terrible náusea subir por su estómago.

Eva seguía mirándole muy sorprendida, sin saber qué decir.

—Lo estás, ¿verdad? —murmuró Bill, intentando que no se le quebrara la voz, pero era difícil. Nunca antes se había sentido tan enfermo.

Pasaron un par de segundos más antes de que Eva encontrara las palabras.

—Vaya Bill, qué perspicaz —dijo forzando una sonrisa—. Sí, estoy embarazada. Al menos eso dijo ayer el predictor. Vas a ser tío.

La sonrisa de Eva se desvaneció al ver que Bill no le correspondía, sino que más bien le estaba obsequiando con una fría mirada. La joven carraspeó y continuó hablando en un tono más bajo.

—Por favor, no le digas nada a Tom, él aún no lo sabe y quiero ser yo quien le dé la noticia.

—Claro —musitó Bill. Por supuesto que Bill no le iba a contar lo del embarazo a Tom. Ese “honor” le correspondía a Eva—. ¿Y cuándo se la vas a dar?

—Mañana, supongo. Hoy es el día de Gustav y Julie, y no quiero quitarles protagonismo.

—Muy considerado de tu parte —masculló Bill, pero tan flojo que Eva no alcanzó a oírle.

En ese momento llegó uno de los aludidos: Gustav, quien se acercó a su mesa copa en mano y una gran sonrisa en la cara. Bill nunca había visto a su amigo tan feliz.

—Hola chicos, os veo muy aparcaditos aquí. —Y además iba también bastante achispado, observó el ex cantante—. ¿Os lo estáis pasando bien?

—Muy bien —dijo Eva—. Es una boda preciosa. Felicidades, Gustav.

—Sí, muy bien, Gus —dijo Bill intentando sonreír, pero su esfuerzo fue en vano.

—Bill, ¿estás bien? —preguntó Gustav—. Estás blanco.

—Es cierto, Bill, ¿te encuentras mal?

Bill estuvo a punto de mentir, pero necesitaba salir de allí y esa era la excusa perfecta.

—La verdad es que estoy un poco mareado; voy a salir a que me dé el aire.

—Hoy hay un poco de mala mar y el barco se mueve más, quizás sea por eso —comentó Gustav—. ¿Quieres que te acompañe?

—No, no, claro que no. Enseguida vuelvo.

Bill se levantó y rápidamente se dirigió a la salida del salón, siendo observado por un preocupado Gustav y una todavía sorprendida Eva. Al pasar cerca de la mesa de Patrick y David, donde aún estaba Tom charlando con el primero, su hermano le vio y le llamó.

—¡Bill! Ven, estamos…

No escuchó nada más. Bill continuó su camino, salió del salón, y no se detuvo hasta que se hubo alejado lo suficiente. Entonces se metió en los primeros servicios que encontró, abrió la puerta de una de las cabinas y sin tiempo para nada más empezó a vomitar.

Cuando terminó, unos minutos después, apenas sintió alivio. Seguía encontrándose físicamente enfermo, y era consciente de que esa sensación podía perdurar mucho tiempo. Sin fuerzas para nada más, Bill se dejó caer en el suelo y apoyó la espalda en la pared. Le dolía la cabeza y todo le daba vueltas, pero tenía que poner en orden sus pensamientos. Porque tenía que decidir qué hacer.

Eva estaba embarazada. Tom aún no lo sabía, pero lo sabría pronto. Si Eva mantenía sus planes, le daría la noticia a Tom antes de que este rompiera con ella. La pregunta del millón era: ¿qué haría Tom entonces? ¿Seguiría adelante con la decisión de poner fin a su relación como pareja, o el embarazo le haría cambiar de opinión y seguir con ella?

Años atrás, Bill quizás habría adivinado cuál sería la decisión de Tom. Pero habían pasado mucho tiempo separados, y Bill no estaba seguro de cuáles eran ahora las prioridades de Tom: si él (Bill), o tener una familia. Una familia que, por cierto, Bill jamás sería capaz de darle.

De lo que Bill estaba seguro era de que, en caso de decantarse por la primera opción, aún así Tom querría hacerse cargo del bebé. Tom y Bill habían sido prácticamente abandonados por su padre, y Tom jamás haría algo parecido. Pero la cuestión era: ¿lo permitiría Eva? ¿Después de ser abandonada estando encinta? Las mujeres eran muy rencorosas y Eva tendría motivos de sobra para serlo. ¿Y si prohibía a Tom ver a su hijo o hija? Entonces Tom tendría que recurrir a un abogado e ir a juicio, pero ganara quien ganara el que perdería sería el bebé, que tendría a sus padres enfrentados de por vida…

«Para, para, no te montes ya la película…», se riñó a sí mismo.

Bill se llevó las manos a las sienes, intentando mitigar la sensación de vértigo, pero no funcionó. Lo que estaba claro era que, si su relación con Tom ya era y sería complicada de por sí, ahora lo sería aún más. ¿Podrían aguantar tanta presión? ¿Realmente tenían alguna posibilidad de ser felices?

Y todo eso en el caso de que Tom le eligiera a él. Pero, ¿y si no lo hacía? ¿Y si Tom se decantaba por la segunda opción: quedarse con Eva y con el bebé? Bill no estaba seguro de poder sobrevivir a eso, ni física ni emocionalmente. Los pedazos de su corazón antes roto estaban ahora mismo sujetos con finas e inestables tiritas; si Tom le rompía el corazón una vez más, Bill estaba seguro de que nunca jamás podría volver a juntar los trocitos.

De pronto el ruido de una puerta le alertó. Alguien había entrado en los servicios. Bill aguardó en silencio hasta que volvió a escuchar la puerta, y decidió volver a su camarote. A pesar de lo que le había dicho a Gustav, no podía volver al salón del banquete. En ese momento era incapaz de enfrentar a Eva o a Tom.

Bill se puso de pie, no sin algo de dificultad, y salió de los servicios. Entre el vértigo y el movimiento del barco, más de una vez tuvo que apoyarse en una pared para poder avanzar. Incluso un mozo con el que se cruzó se ofreció para ayudarle, pero Bill lo rechazó amablemente.

Estaba llegando por fin a la puerta cuando su teléfono móvil empezó a vibrar. Era Tom quien llamaba. Bill no se vio con ánimos de responder y lo dejó estar. Entró en el camarote, dejó el móvil sobre la mesilla y se echó en la cama. El teléfono dejó de vibrar y medio minuto después recibió un mensaje de texto de su hermano.

Dnd estas?

Tampoco Bill quería responder a eso, pero le parecía cruel preocupar otra vez a Tom después del incidente de la caída libre de la noche pasada.

Me sentia un poco mareado y he vuelto al camarote para echarme un rato. Te llamo + tarde. Un bso.

Bill mandó el mensaje, rogando porque su hermano le hiciera caso y le dejara en paz esa tarde. Tenía mucho en qué pensar y una decisión que tomar. Unos segundos después recibió la respuesta.

Ok. Pero la proxima vez dimelo en lugar d irte asi. Descansa. Te quiero.

Te quiero. Bill releyó las dos últimas palabras unas quince veces antes de dejar el móvil a un lado.

Las tres horas siguientes las pasaría meditando, hasta que llegó a una difícil conclusión.

.

Después del banquete, la tarta, el baile y los juegos, se había hecho tan tarde que ya casi volvía a ser hora de cenar. Pero todos habían comido tanto que decidieron por unanimidad saltarse la cena de esa noche. Sobre todo Andreas, que se había pasado un poco bastante con el champán, y le costaba mantenerse en pie mientras recorrían andando un pasillo en dirección a los camarotes.

—No sé qué voy a hacer con él —se lamentaba Karin, quien lo sujetaba por la cintura—. No suele beber, pero cuando lo hace… paso vergüenza ajena.

—No te preocupes, a todas nos ha pasado alguna vez —rió Eva.

—Perdona, ¿pero cuándo te he hecho yo pasar vergüenza ajena? —saltó Tom.

—Bueno, está esa vez en casa de mis padres, cuando se te rajó el bañador en la piscina, o aquella vez en Kenia, cuando estábamos fotografiando a los leones, y uno se movió de repente y tú diste un salto sobre el capó… y el león solo estaba bostezando.

—Lo del bañador no fue culpa mía —bufó Tom, pero se le escapó una sonrisa. Lo cierto es que había pasado buenos momentos con Eva. La echaría de menos.

—El barco se mueve muchooo… —se quejó de repente Andreas.

—Sí, cariño, sí… Uff, cómo pesas. Y los tacones me están matando.

—A mí también —dijo Eva.

—Trae, ya lo llevo yo —se ofreció Tom, y pasó un brazo bajo los hombros de su amigo—. Vosotras dos adelantaos si queréis, yo lo llevaré al camarote.

—Muchas gracias, Tom.

—De nada.

—Nos vemos en el camarote. —Eva le dio un beso en la mejilla a Tom y se adelantó por el pasillo junto con Karin.

—¿Por qué se mueve tanto el barcooo? —seguía quejándose Andreas.

Tom rodó los ojos.

«¿Cómo puede emborracharse alguien solo con champán?», se preguntó.

Le llevó casi diez minutos llegar a los camarotes. Entregó Andreas a Karin y se dirigió al que compartía con Eva, muy cerca de allí. Entonces pasó por delante del de Bill y recordó que este aún no lo había llamado.

«No debería molestarlo si se encuentra mal… pero son las seis y aún no me ha llamado.»

Aunque aquella mañana Bill le había mostrado una actitud bastante positiva, Tom aún temía un poco por la estabilidad emocional y mental de su hermano, así que decidió arriesgarse a molestarlo con tal de asegurarse de que estaba bien.

Tocó suavemente con los nudillos en la puerta del camarote de Bill. Este abrió tras unos segundos. Estaba pálido y tenía el pelo alborotado, como si recién se hubiera levantado de la cama. Aún llevaba puesto los pantalones del traje y la camisa negra. Y no le regaló ninguna sonrisa.

—Hola… Siento haberte sacado de la cama —se disculpó inmediatamente Tom, pensando que esa era la causa de que Bill siguiera sin sonreírle—. Pero aún no me habías llamado y estaba preocupado…

—¿Preocupado por qué? —preguntó Bill secamente.

—Bueno, porque… —Tom no se atrevió a responder, pero Bill le leyó el pensamiento.

—Tom, no voy a suicidarme, ¿vale? No tienes que tenerme vigilado en todo momento.

—Vale —murmuró Tom, cortado ante el evidente mal humor de su gemelo.

Bill respiró hondo y abrió un poco más la puerta del camarote.

—Lo siento. Es que no me encuentro nada bien.

—Se nota…

—¿Quieres pasar? Hay algo que tengo que decirte.

Tom frunció el ceño, intrigado, pero pasó al interior del camarote sin hacer comentarios.

—¿Quieres algo del minibar? —ofreció Bill.

—No, gracias. Ya he bebido demasiado en el banquete.

Bill se sentó en el sofá y Tom hizo lo propio a su lado. Antes de decir nada, Bill miró su reflejo en el televisor apagado, se dio cuenta de su cabello alborotado y con las dos manos se lo atusó un poco, aplastando mechones contra su cuello. A Tom el gesto se le antojó sexy y, olvidando completamente que Bill quería hablar de algo con él, se encontró a sí mismo colocando una peligrosa mano en el muslo de su gemelo.

—Sabes, no he podido decírtelo antes, pero hoy te veías genial en la boda.

Los ojos de Bill se desviaron hacia la mano de Tom. Lentamente, colocó su propia mano sobre ella, acariciando suavemente la piel de su hermano. Había algo extraño en el gesto pero Tom no lo quiso ver.

—Gracias. Lamento estar hecho un desastre ahora —musitó.

—No estás hecho un desastre —replicó Tom—. Y a mí me pones igual, de punta en blanco o no.

Dicho esto, Tom se inclinó en el sofá para besar a Bill, al mismo tiempo que su otra mano buscaba la estrecha cintura del otro. Bill le devolvió el beso durante unos segundos, hasta que de pronto interpuso sus manos entre sus pechos y empujó a Tom hasta apartarlo.

—Perdona, acabas de decirme que no te encuentras bien y yo… —empezó Tom.

—No podemos seguir con esto —interrumpió Bill.

Tom parpadeó un par de veces.

—¿Qué?

—Que no podemos seguir con esto. Eso es lo que quería decirte. Ha sido una mala idea. Y lo siento muchísimo, porque he sido yo el que te ha arrastrado a esto…

—Tú no me has arrastrado a nada…

—¡Sí lo he hecho! De no ser por mí, nuestra relación seguiría tan perfecta como lo era hace años. Antes de que se me fuera la pinza y lo fastidiara todo. Lo siento tanto… Ojalá nada de esto hubiera pasado nunca. Perdóname, por favor.

—Bill… —Ahora era Tom el que se sentía mareado—. ¿Qué estás diciendo? ¿No quieres estar conmigo?

Bill bajó la mirada, incapaz de seguir mirando a Tom a los ojos.

—Eso es…

Tom se llevó las manos a la cabeza

—Me vas a volver loco, Bill. De verdad que vas a volverme loco.

—Lo siento…

—¡Deja ya de disculparte! —exclamó Tom—. No quiero que te disculpes, lo que quiero es una explicación. ¿Por qué ayer sí y hoy no? ¡No lo entiendo!

—Porque me he dado cuenta de lo infelices que vamos a ser. Siempre disimulando, siempre ocultos. Al final me vas a odiar…

—Eso es imposible, jamás podría odiarte.

—Es fácil de decir ahora, cuando solo llevamos un día. Pero pronto llevaríamos semanas, meses, años, y seguiríamos siendo solo tú y yo, escondiéndonos del mundo.

—¿A qué te refieres con “solo tú y yo”? ¿No se trata de eso?

Bill no respondió inmediatamente.

—¿Bill? —insistió Tom.

—Sabes que no podremos tener hijos, ¿verdad? —murmuró finalmente Bill—. Ni siquiera adoptados.

—Eso no me importa.

—¿Quieres decir que no quieres ser padre nunca?

Fue el turno de Tom de tomarse un momento antes de responder.

—No te voy a mentir. No me desagrada la idea de ser padre; de lo contrario no le habría dado luz verde a Eva. Pero ahora estoy contigo y sé que es un precio a pagar. Pero vale la pena.

—Eso lo dices ahora, porque aún eres joven. Aún somos jóvenes. Pero pasará el tiempo y la idea de ser padre volverá a ti, estoy seguro. Y entonces me dejarás. Por eso o porque te has hartado de esconderte conmigo, lo que ocurra antes.

—No puedes dejarme por algo que solo tú crees que puede ocurrir…

—Pero puede ocurrir. Y no estoy dispuesto a arriesgarme: no lo soportaría. Por eso prefiero romper ahora que estamos a tiempo de recuperarnos.

Tom miró fijamente a su gemelo.

—¿Esa es tu última palabra?

Bill le devolvió la mirada.

—Sí.

El ex guitarrista se levantó del sofá. La sensación de mareo había sido sustituida por una creciente furia. Y prefería salir de allí antes que descargarla sobre su hermano.

—Tom… —llamó Bill cuando ya había llegado a la puerta.

—¿Qué? —preguntó Tom sin girarse.

—¿Podrás perdonarme algún día por todo esto…?

Tal y como había dicho, Tom era incapaz de odiar a Bill. Pero en ese momento estaba demasiado dolido como para pensar siquiera en reconfortar a su hermano.

—No lo sé —murmuró, y salió del camarote dando un portazo.

.

Bill se quedó mirando la puerta largo rato, hasta que consiguió por fin desviar la mirada y se tumbó en el sofá. La pantalla apagada del televisor le devolvía un desolador reflejo. No sabía si había hecho lo correcto, lo más probable era que jamás lo supiera, y viviría con la duda. Pero Bill no lloró. Extrañamente, al mismo tiempo que el dolor y la pena, estaba surgiendo en él un sentimiento de esperanza. Porque había cubierto ya su cupo de desgracias y algo bueno le iba a ocurrir, estaba seguro; solo tenía que tener fe.

.

En el corto camino desde el camarote de Bill hasta el que compartía con Eva, la furia de Tom se disipó. Y no porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque entendió que esa furia no iba a servirle de nada y que Eva no se merecía verle de mal humor y menos después de un día tan especial como lo había sido el enlace de Gustav y Julie.

Nada más entrar en el camarote se topó con Eva en medio de la salita de estar de la suite, todavía vestida y maquillada. Al verlo juntó las manos y le dedicó una sonrisa radiante.

—Quería esperar a mañana, pero no aguanto más. Tengo algo muy importante que decirte.

«¿Tú también?», pensó Tom irónicamente. Al menos lo de Eva tenía pinta de ser una buena noticia.

—Dime.

—¡Estoy embarazada!

Tom sintió que se tambaleaba. Tuvo que apoyar una mano en la pared.

Se preguntó por qué estaba tan sorprendido. Eva radiante y con una buena noticia que darle. Blanco y en botella.

Preocupada por su reacción, o más bien su falta de reacción, Eva se acercó a él.

—¿Estás bien…?

—Sí… Sí, estoy bien. —Tom logró sonreír y la abrazó. Eva le devolvió el abrazo al instante.

En realidad, Tom no sabía cómo sentirse. Si Eva le hubiera contado la noticia una hora antes, a Tom le habría dado un infarto. Pero ahora que Bill había roto con él, la perspectiva de ser padre le volvía a ilusionar.

Sin embargo… aquello no era justo para Eva. Hasta hacía unos minutos estaba decidido a romper su relación, ¿y ahora volvía a plantearse formar una familia con ella?

No, eso no estaba bien. Tom tendría que pensar muy detenidamente qué hacer con esa situación. Pero al menos ya no tenía un límite de dos días para romper con Eva. Podía meditarlo con calma y tomar la mejor decisión.

.

Al día siguiente, durante el desayuno previo a la última excursión del crucero en Marsella, no se hablaba de otra cosa que de la boda. Tom y Eva habían decidido no compartir la noticia del embarazo con nadie, ni siquiera con sus respectivos padres, hasta pasado el primer trimestre.

—¿Y Bill? —preguntó Georg—. Si no llega pronto, encontrará el bufet cerrado.

Ante la mención de Bill, Tom miró una vez más la silla vacía que debía ocupar su hermano. Julie, que en ese momento estaba junto a su mesa charlando con Karin, levantó la vista.

—Oh, ¿no os lo ha dicho Gustav? Bill se ha bajado a primera hora para irse a casa. Un amigo suyo se va de Alemania y quiere llegar a tiempo para despedirse.

—¿Qué? ¿Cómo? —exclamó Tom.

—¿Y sin despedirse? —preguntó Andreas.

—Le había pedido a Gustav que se despidiera por él… Pero mi novio, perdón, mi marido, anda un poco despistado esta mañana —sonrió Julie.

—¿Y ha encontrado vuelo? ¿Desde el aeropuerto de Marsella? —preguntó Georg.

—Sí, aunque haciendo escala, claro.

—Vaya con Bill… —murmuró Eva. Su cuñado se había portado extraño todo el viaje; esto ya era el colofón.

—Ese amigo debe ser muy importante —dijo Georg.

Tom desconectó de la conversación y observó el cielo a través del ojo de buey. Sí, Bill se había marchado, más bien había huido, pero por alguna extraña razón Tom no estaba preocupado por él. Tarde o temprano se verían de nuevo, y para entonces Tom habría resuelto su situación con Eva y con el bebé y sería capaz de ofrecerle a Bill lo que necesitaba: no solo amor, sino también compromiso y una promesa de futuro.

No era seguro que Bill aceptara, pero Tom no dejaría de intentarlo.

.

Después de dos vuelos y una escala de casi tres horas en Frankfurt, Bill llegó por fin a su piso de Berlín bien entrada la noche. Dejó las pesadas maletas en medio del salón y se tiró boca abajo encima del sofá. Durante varios minutos permaneció completamente quieto, recuperándose del agotamiento provocado por aquel largo día de viaje. Sin embargo, su mente no dejaba de pensar.

Se sentía mal por haber mentido a Gustav y Lily sobre la inexistente fiesta de despedida de Markus. Y también por no haberse despedido de sus otros amigos, y de David. Pero tenía que salir de allí cuanto antes. No podía volver a enfrentar a Tom; aún no. Antes debía recobrarse, y así poder soportar el reencuentro de una pieza. Y no solo por eso.

Cuando Bill se levantó finalmente del sofá, fue directo a hacer lo que había decidido a lo largo de aquel día, entre otras cosas. Entró en la cocina y abrió la alacena donde guardaba el alcohol. Cogió todas las botellas y las depositó sobre la encimera. Entonces fue abriendo una por una y vaciándolas por el conducto del fregadero.

Mientras veía el líquido caer, Bill supo que eso no sería suficiente. Además, alguna vez había oído que no es bueno dejar de beber alcohol de repente. Pero Bill sabía qué hacer.

La primera vez que David le había hablado de un centro de desintoxicación; Bill se había mostrado indignado. Pero muchas cosas habían cambiado desde entonces; la primera el propio Bill. Estaba harto de su pesimismo y su dejadez en su vida personal, a partir de ahora intentaría hacer las cosas bien. En ese momento la pena por su ruptura con Tom le consumía, pero esta vez no pensaba dejar que aquello se convirtiera en el fin del mundo. Y, aunque le sabía mal por Tom, ya que le había dejado en la misma situación, en el fondo le alegraba saber que su loco amor incestuoso había sido correspondido. Le hacía sentirse menos… perturbado.

Tras terminar de vaciar las botellas, las dejó en el cubo de reciclaje y regresó al salón, donde aguardaban sus maletas. No había llegado a ponerse ni la mitad de ropa que había llevado al crucero, así que decidió que no valía la pena deshacerlas. Total, a la mañana siguiente viajaría a Hamburgo. Bill necesitaba a su madre más que nunca, y también a Gordon. Sería sincero y les contaría el problema con el alcohol y ellos le ayudarían, y así a lo mejor no necesitaría ingresar en un centro de desintoxicación.

Luego, quizás, haría un viajecito a España para visitar a Markus. Solo como amigo, por supuesto, pero lo haría. También se pondría en contacto con David. Era hora de hacer algo de provecho y volver a escribir, aunque tuviera que arrancarse las palabras directamente del corazón.

Bill miró hacia el cielo oscuro a través de una de las ventanas del salón. Tenía la sensación de haber estado viviendo un sueño desde aquel día que firmaron el contrato con Universal. Un sueño que se había convertido en pesadilla cuando Tom dejó el grupo y este se desintegró. Como si hubiera cerrado los ojos a la realidad más allá de Tom y Tokio Hotel.

Bill había decidido que era hora de abrir los ojos.

Era hora de despertar.

Continúa.

La verdad sólo queda el epílogo, así que ánimo y a seguir leyendo.

por Khira

Escritora del fandom

Un comentario en «Despertar 41»

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