Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 9

Aún tumbado en la cama, Bushido contemplaba a Bill mientras éste se vestía sentado en un lateral. Después de hacerlo sobre el suelo enmoquetado del despacho, habían repetido en el dormitorio, y Bushido no sabría decir cuál de los dos polvos había sido mejor.

—Bill… —le llamó.

—¿Qué? —preguntó el chico, de espaldas a él.

—¿Sabes que estás más guapo sin tanto maquillaje ni tanta tontería?

Bill giró un momento la cabeza para echarle una rápida ojeada, sin decir nada, mientras se abrochaba los vaqueros. Cuando terminó se levantó de la cama, dispuesto a recoger sus deportivas para calzárselas, pero de pronto un brazo le agarró y le tiró hacia atrás.

—¿Qué haces…? —se quejó, viendo a Bushido posicionarse de nuevo sobre él—. Lo siento, pero sin “ayuda”, dos polvos es mi límite…

—No es eso. ¿Te quedas a comer?

—No puedo, me tengo que ir ya.

—¿Por qué tanta prisa?

—¿Que a qué viene tanta prisa? —repitió Bill, soltando una risita falsa, desganada—. Pues viene a que, por si no lo recuerdas, tengo que llegar a mi casa antes que David o me echará la bronca. Y las broncas de David pueden ser terribles, te lo aseguro. Las recuerdo bien…

—¿A qué hora volverá David?

—Ése es el problema, que no me lo ha dicho. Así que mejor me voy ya para asegurar… ¿Me sueltas…?

Aunque a Bushido de verdad le hubiera gustado que Bill se quedara un rato más, el hecho de que ahora Jost estuviera controlando al chico le dejaba bastante más tranquilo. Así que le soltó y dejó que se levantara.

—¿Cómo has venido? —preguntó.

—¿Eh?

—Hasta aquí, ¿cómo has venido? ¿En taxi?

—No, he cogido mi coche.

—Entonces mejor te llevo yo. Después de lo que ha pasado antes, sería más seguro que no te pusieras al volante, al menos por hoy.

—Eso tiene gracia. ¿Estoy bien para follar pero no para conducir?

—No tiene nada que ver. Si te desmayas conduciendo, te puedes matar.

—Me arriesgaré.

—Bill, deja que te acompañe.

—¡He dicho que no! ¡¿Vale?! —Bill alzó la voz, cabreado—. ¡Ya tengo suficiente con David para que ahora tú también me digas lo que tengo que hacer!

Bushido frunció el ceño. Aunque el Bill que le había visitado no estuviera colocado, era evidente que los efectos devastadores de la droga ya habían hecho mella en él. Esos bruscos cambios de humor eran la prueba.

—Está bien. Al menos llámame o hazme un perdida cuando llegues a casa, así me quedaré tranquilo.

—No tengo tu número.

—Dame tu móvil.

Bill rezongó un poco, pero finalmente se llevó la mano al bolsillo trasero de sus vaqueros y extrajo de él su teléfono. Se lo dio a Bushido; éste estuvo tecleando un minuto y después se lo devolvió.

—¿Me harás la perdida?

—Si me acuerdo.

—Entonces procura acordarte.

—Me voy.

—¿Te acompaño hasta la puerta?

—No hace falta.

Justo cuando Bill ya iba a darse la vuelta para partir, Bushido le agarró de la muñeca, sin fuerza, sólo para retenerle un momento.

—Cuídate, Bill. Y si necesitas algo, cualquier cosa, me llamas, ¿de acuerdo?

Bill permaneció inmóvil varios segundos, mirándole con una expresión indescifrable en el rostro.

—¿Por qué? —preguntó finalmente.

—¿Por qué, qué? —preguntó Bushido a su vez, sin entender.

—¿Por qué debería llamarte?

—Bueno… Somos viejos amigos, ¿no?

Aunque Bill no respondió, por un instante Bushido creyó ver un brillo especial en sus ojos.

—Tengo que irme… —murmuró el ex cantante al cabo de unos segundos.

—Está bien. —Bushido le soltó—. Hasta pronto, Bill.

—Adiós, Anis.

En cuanto el muchacho hubo salido de la habitación, Bushido se tumbó de nuevo en la cama, mirando hacia el techo, mientras escuchaba sus pasos alejarse por el pasillo. Unos minutos después, oyó el ruido del motor de un coche al ponerse en marcha, y el sonido de ese mismo vehículo desaparecer poco a poco.

La verdad era que no se reconocía a sí mismo. ¿Desde cuándo le preocupaba que a sus polvos les pasara algo en el camino de vuelta a casa?

Suspiró. No cabía duda de que Bill era… especial. Siempre lo había sido. Y ahora, parecía tan perdido… Bushido era, simplemente, incapaz de desentenderse de él.

Y eso sí que era preocupante.

.

Mientras subía en el ascensor, Bill contempló su reflejo. Despeinado, sin maquillaje, y sin un mísero complemento.

¿Cómo se le había ocurrido salir a la calle así?

«¿Sabes que estás más guapo sin tanto maquillaje ni tanta tontería?», había dicho Bushido, pero él no estaba de acuerdo. A Bill le gustaba destacar. Necesitaba destacar. Y si ya no llevaba piercings ni rastas era para no recordar más de la cuenta a cierta persona que también llevaba o había llevado, aunque con sólo mirar sus facciones en el espejo ya era difícil no pensar en ella.

Se pasó una mano por el pelo, intentando recomponer un poco su media melena, mientras recordaba lo acontecido en las últimas horas. No estaba en sus planes volver a follar con Bushido, pero el sexo duro que el rapero le proporcionaba actuaba, paradójicamente, como un efectivo sedante que le dejaba la mente completamente en blanco.

Sonrió un poco al recordar la cara ruborizada de la tal Anne cuando se habían cruzado en el recibidor. Seguro que les había oído mientras estaban en plena faena, al menos a él, que era un poco escandaloso…

El ascensor llegó a su planta y Bill salió al rellano, rogando por que David no hubiera llegado antes que él. Entró en el piso y comprobó que no había nadie. Entonces recordó que el productor no tenía llaves, así que era imposible que estuviera allí.

Lo primero que hizo fue la dichosa perdida a Bushido, para que el pesado rapero se quedara tranquilo. Luego entró en la cocina para servirse un poco de agua, y se encontró con el estropicio que había dejado sin recoger por la mañana, cuando había estrellado un vaso contra la pared.

—Joder…

De no haber estado David al llegar, lo hubiera dejado para Kim, la asistenta que venía a limpiar el piso un par de veces a la semana. Pero no podía dejar que el productor viera aquel desastre. Resignado, Bill buscó una escoba y una pala y barrió los cristales. Luego recogió todo lo que había dejado sobre la mesa, tanto comida como cubiertos.

Cuando hubo terminado, subió a la planta de arriba y se metió en el baño, dispuesto a darse una buena ducha. La necesitaba.

Mientras se desvestía, contempló su delgado cuerpo en el espejo del baño. Por suerte, Bushido no le había dejado marcas que David pudiera ver. No es que considerara que había hecho algo malo al ir a ver a Bushido, pero no le apetecía en absoluto tener que dar explicaciones si se las exigía. Le daba… pereza.

Hacía bastante calor, por lo que Bill se duchó con agua tibia, casi fría. Acababa de terminar cuando tocaron al timbre.

Sabía que se trataría de David, así que se puso un albornoz, cogió una toalla y bajó a abrir la puerta. Efectivamente se trataba del productor.

—Hola… —murmuró Bill.

—Hola…

David entró en el piso y Bill se reunió con él en el salón. El muchacho se sentó en el sofá y empezó a secarse el cabello con la toalla que llevaba en la mano. David lo observó unos instantes y luego se sentó cerca de él.

—¿Qué tal la reunión…? —preguntó Bill, más que nada para romper el silencio, no porque en verdad le interesara.

—Bien… Aunque han quedado algunos cabos sueltos, así que tendré que volver mañana por la mañana… —respondió el productor—. ¿Y tú? ¿Qué tal la tarde?

—Bien.

—¿Has salido?

—No —mintió.

—Ya… ¿Y has comido algo?

Bill mintió de nuevo.

—Sí.

David le miró no muy convencido, pero en ese momento no quiso discutir sobre el tema.

—Dime, ¿ya has llamado a Gustav? —preguntó.

—¿A Gustav?

—Sí, para confirmar tu asistencia a la boda.

—No, aún no…

—¿Cuándo piensas hacerlo?

—Pues… —Bill se encogió de hombros—. No sé, esta semana supongo.

—¿Por qué no ahora?

—¿Ahora…?

David se levantó un momento, bajo la atenta mirada de Bill, y recogió el teléfono inalámbrico que había sobre una mesilla.

—Ten —dijo el productor mientras le tendía el aparato.

Bill se lo quedó mirando sin mover un dedo para cogerlo. Al cabo de unos segundos alzó la vista de nuevo para encarar a su ex productor.

—¿Por qué? ¿Por qué estás tan empeñado en que vaya? —preguntó, molesto—. ¿Sólo para que mi hermano me vea así?

—No, no es sólo por eso. En verdad pienso que tú y tu hermano debéis veros, pero también es porque creo que pasar unos días fuera de la ciudad, con tus verdaderos amigos, disfrutando de un viaje relajante, te hará bien. ¿O prefieres un centro de desintoxicación?

Bill abrió mucho la boca, tan sorprendido como indignado.

—¿Un centro de desintoxicación…? —repitió—. ¿Primero me amenazas con contarle todo a mi hermano, y ahora con un centro de desintoxicación…?

—Bill, yo no puedo quedarme aquí, en Berlín, vigilándote, y menos en tu casa. Además, que está claro que no sirvo para ello. —David le miró significativamente y Bill se dio cuenta de que el hombre sabía perfectamente que le había mentido minutos antes—. Si no vas al crucero, tendré que asegurarme de que te quedas en otro sitio donde no puedas hacer tonterías.

De pronto, Bill comprendió qué quería decir David al equiparar el crucero con un centro de desintoxicación. En el crucero estaría aislado, lejos de Berlín, lejos de las discotecas que frecuentaba, lejos de Markus y sus amigos, lejos de Sebastian. En definitiva, ocho días lejos de la cocaína.

No había caído en la cuenta hasta ese momento.

—Así que tú decides, Bill —concluyó David—. Porque ten algo claro, y es que no te voy a dejar en paz hasta que solucionemos esto.

Bill seguía mirando fijamente a David. Sabía que debería sentirse molesto porque el hombre se inmiscuyera de esa manera en su vida y en sus asuntos, y, sin embargo, en el fondo no se sentía del todo así. Una parte de él, una muy pequeña, pero que estaba allí al fin y al cabo, estaba agradecida por la decisión de David de no “dejarle en paz”.

Sin decir nada más, cogió el teléfono inalámbrico. Evidentemente, ni David ni nadie podrían obligarle a acudir a un centro de desintoxicación, pero por si acaso prefería que no volviera a salir el tema.

Tuvo que buscar en la agenda el número del móvil de Gustav. Hacía tanto tiempo que no contactaba con él que se le había olvidado. En cuanto lo tuvo en pantalla le dio a la tecla de llamada; todo bajo la atenta mirada de David.

Gustav descolgó a los pocos tonos.

—Ey, por fin, Bill —dijo a modo de saludo.

—Hola, Gustav —saludó Bill con timidez—. Cuánto tiempo…

—¡Y que lo digas! —Gustav, quien siempre se comportaba tan serio, parecía realmente feliz, Bill supuso que por la boda. Sintió un poco de envidia sana hacia él—. Ya empezaba a pensar que no habías recibido la invitación.

—Sí, sí la recibí… Es sólo que… he estado un poco liado y eso…

—No pasa nada. Porque supongo que vendrás, ¿no?

Bill miró a David de reojo y suspiró disimuladamente.

—Sí… Claro que iré.

—Genial. ¿Vendrás con alguien?

—¿Eh? ¿Qué? —La pregunta le pilló descolocado.

—Si vendrás con alguien —repitió Gustav—. La invitación es para dos personas.

A Bill se le había olvidado completamente ese detalle.

—Ah, pues… No había pensado en ello… —murmuró—. Yo… ahora no lo sé…

—Bueno, todavía tienes tiempo para decidirte. No tengo que confirmar la lista hasta la última semana de mayo.

—De acuerdo…

—Y tampoco pasa nada porque vengas solo, ¿eh, Bill? Ya verás que te lo pasas igual de bien. Además, no serías el único sin pareja.

—¿Ah, no?

Por una milésima de segundo, Bill tuvo la esperanza de que hubiera pasado algo entre su hermano y esa chica con la que llevaba tanto tiempo saliendo, pero pronto Gustav tiró por tierra sus esperanzas.

—No. Por ejemplo, Georg y David también vienen solos. Por lo visto, con el lío del grupo nuevo, Georg no tiene tiempo para novias, y David ha roto con Nora, así que…

En ese momento, David, quien seguía a su lado observándole, desvió la mirada, y Bill se preguntó si habría oído a Gustav.

—Oh… No lo sabía —murmuró.

—Nosotros tampoco sabemos mucho de ti —le reprochó Gustav, medio en serio medio en broma—. Espero que en el viaje nos pongas al día.

«Yo espero que no…», pensó Bill.

—Dime, Gus, ¿qué quieres de regalo? —preguntó para cambiar de tema.

—Con que vengas me vale, Bill. Y te lo digo en serio.

Un nudo se formó en la garganta de Bill al escuchar decir aquellas palabras a su amigo de forma tan franca. Carraspeó e intentó disimular la emoción que de pronto le había embargado.

—Así que no me vas a dar ninguna pista… Pues luego no te quejes si te regalo un horrible gato de porcelana… —bromeó.

—Si me lo das en persona, me da igual lo horrible que sea.

Bill decidió que tenía que colgar, o se pondría a llorar de un momento a otro como un idiota.

—Bien, tú lo has querido. Ahora me tengo que ir, Gus…

—De acuerdo. Acuérdate de llamarme para confirmarme si seréis uno o dos.

—Lo haré. Adiós.

—Hasta pronto, Bill.

Bill colgó y dejó el teléfono sobre la mesilla. Miró a David, que no se había movido de su lado.

—Ya está. ¿Contento…?

—No, no estoy contento, Bill —replicó David—. Pero sí un poco más tranquilo.

El cabello le estaba goteando, así que Bill se levantó para regresar a su cuarto y terminar de vestirse. Ya había andado un par de pasos cuando se detuvo y se giró de nuevo hacia David.

—Yo… lamento lo de Nora —musitó—. No lo sabía.

—Lo sé, no te preocupes.

—¿Hace mucho?

—Un par de meses.

Según los cálculos de Bill, David y Nora habían estado saliendo por más de diez años. Eso era mucho tiempo, así que, aunque el productor no lo mostrara, seguro que estaba afectado. Bill se quedó callado unos segundos, pensativo.

—Deberíamos salir —soltó finalmente.

—¿Qué? —David no estaba seguro de a qué se refería.

—Es viernes. No deberíamos quedarnos aquí, amargados. Deberíamos salir a cenar y a tomar algo.

Un momento de asimilación después, David sonrió.

—Me parece una gran idea.

Bill le devolvió tímidamente la sonrisa.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

2 comentario en “Despertar 9”

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