Fic original de Khira

“Despertar” Capítulo 1

La noche era joven, y ellos también. Al menos de momento. Pensativo, Bill recordó aquel dicho de “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. Él había vivido mucho en poco tiempo, por lo que podía considerarse que sí, había vivido deprisa. Tenía veinticinco años, así que aún era joven. Y en cuanto a lo de dejar un bonito cadáver… Bill se miró atentamente en el espejo. Llevaba una camisa blanca manga larga, con las mangas arremangadas hasta el codo y dos botones desabrochados, que disimulaba un poco la palidez de su piel. Los vaqueros ajustados, en cambio, no ayudaban a esconder su delgadez, aunque era incapaz de renunciar a ellos. Su rostro, perfectamente maquillado, lucía casi exactamente igual que años atrás, cuando aún existía Tokio Hotel. Casi. Su cabello ahora era un poco más corto, y siempre lo llevaba liso. Tampoco llevaba los ojos tan maquillados como entonces; sólo un poco de sombra bien difuminada y algo de rímel. Ya no tenía a Natalie, su ex estilista, y él ya no tenía paciencia para pasar mucho tiempo arreglándose. Además, ¿para qué?

Sin embargo, no eran esos pequeños cambios de look los que le diferenciaban del anterior Bill. El Bill que toda Alemania y el resto del mundo habían conocido. Los verdaderos cambios eran otros, más profundos, cambios que sólo las personas que le conocían de verdad hubieran podido notar.

Pero esas personas no estaban. Y tal y como estaban las cosas, Bill prefería que así fuera.

Si el dicho se cumplía y dejaba un bonito cadáver, mejor que no le vieran hasta entonces. Así no tendría que dar explicaciones.

El sonido de la puerta de una de las cabinas le sacó de sus pensamientos. Bill terminó de lavarse las manos con parsimonia, mientras que el chico que había salido de la cabina se situaba junto a él para hacer lo mismo.

—Sebastian acaba de mandarme un mensaje —dijo el chico. Era un joven de la misma edad de Bill, más alto que él y también moreno, pero con el pelo muy corto, y unos ojos grandes y azules—. Dice que estará aquí en una hora.

Bill miró a su ¿amigo? a través del espejo. Hacía meses que se conocían, pero aparte de que se llamaba Markus y “trabajaba” enchufado en la empresa de telecomunicaciones de su padre, poco más sabía de él.

—¿Una hora? —repitió alzando una ceja. Sintió algo de desasosiego ante la perspectiva de tener que esperar—. ¿Por qué una hora? ¿No habíamos quedado a la una?

—Ni idea, no me lo ha dicho. —Markus se encogió de hombros y sonrió de forma pícara—. Pero no te preocupes, podemos divertirnos de otra manera hasta entonces.

Mientras decía la última frase, Markus se había ido acercando a Bill, colocándose tras él hasta apoyar la barbilla sobre su hombro derecho.

—Sabes que no me gusta follar en los baños —gruñó Bill, apartándose. La barbilla de Markus quedó de nuevo en el aire. Se secó las manos con un pañuelo de papel que luego tiró a la papelera de mala manera.

—Qué aburrido —se quejó Markus—. Está bien. ¿Volvemos?

Bill asintió, se acicaló por última vez el pelo con las manos y luego se dirigió hacia la puerta de los aseos, seguido de Markus. Nada más abrirla, el altísimo volumen de la discoteca azotó con fuerza sus tímpanos. Ambos jóvenes bordearon la marea de gente que circundaba la pista de baile y subieron por las escaleras hasta la planta superior, donde estaba la sala VIP a la que se dirigían.

—Vaya mierda de discoteca, que no tiene zona VIP con aseos propios —gruñó Bill en voz alta, aunque por supuesto nadie le oyó. No le gustaba tener que esquivar a toda esa marea de gente cada vez que le entraban ganas de mear.

«Al menos no tengo que avisar a un guardaespaldas para que venga conmigo», pensó, pero pronto desechó esa reflexión. El tener que llevar siempre a un guardaespaldas como sombra quizás desagradaba a sus ex compañeros de banda, pero a él no. En realidad a Bill siempre le había gustado verse rodeado de agentes de seguridad. Le hacían sentir aún más importante. Que Saki le acompañara a mear era un bajo precio a pagar a cambio de todo lo que tenían.

«Si no lo hubiera estropeado…»

Meneó la cabeza para alejar ese pensamiento de su mente. Ojalá Sebastian no se retrasara demasiado…

Llegaron a la sala VIP, y tras enseñar los sellos al portero, entraron. Allí les esperaban dos chicos y dos chicas. La sala era circular, con sofás y mesa también circulares. La luz era tenue, y la mesa, de un extraño color naranja chillón, estaba inundada de botellas de bebidas alcohólicas y vasos de tubo. También había varios paquetes de tabaco.

Sin decir nada, Bill se sentó junto a uno de los chicos y cogió uno de los paquetes de tabaco.

—Sebastian ha dicho que llegará en una hora —informó Markus mientras se sentaba al otro lado, frente a Bill.

—¿Por qué una hora? —preguntó el chico junto al que se había sentado Bill. Era rubio, con el pelo ondulado, mojado por la gomina, y los ojos verdes. Se llamaba Christian, y a Bill le parecía muy guapo, sobre todo con esos labios carnosos y esa pequeña cicatriz en la ceja izquierda, pero era algo bajo para su gusto.

Las dos chicas eran rubias, con el pelo largo y liso, de tez clara y facciones delicadas, casi clónicas. Una se llamaba Sabine y la otra Martina. Bill normalmente las confundía, especialmente si estaba oscuro, aunque a ellas parecía no importarles. Y aunque les importara, no se atreverían a quejarse. El otro chico se llamaba Olli, y era el novio de una de ellas.

—Yo he preguntado lo mismo —murmuró Bill ya con un cigarro en los labios, mientras buscaba con la mirada un mechero entre las botellas y los vasos, sin encontrarlo—. ¿Alguien tiene fuego?

—Yo —dijo una de las chicas, le pareció que era Sabine, pero no estaba seguro —. Ten.

Le lanzó el mechero y Bill lo cogió en el aire, mostrando unos reflejos que a buen seguro iría perdiendo con el paso de las horas.

—No lo sé —respondió otra vez Markus a la pregunta.

—Seguro que le ha vuelto a parar la policía —rió la otra chica.

—Esperemos que no —dijo Markus, también riendo.

—Pero me gustaría saber qué excusa bizarra le pondría a la policía esta vez.

—¿Cuál fue la última? ¿Qué su ex novia se había querido vengar de él?

—¡No, eso no fue una excusa! —dijo la chica que le había pasado el mechero a Bill—. ¡Eso le pasó de verdad!

—No me jodas… —intervino el segundo chico, Olli.

—¡En serio! ¡La muy zorra le rompió una de las luces traseras y luego se la escondió en la guantera!

—Hay que joderse con las ex novias vengativas…

—Bill, ¿qué quieres beber? —le preguntó Christian a Bill mientras los demás seguían hablando.

—Me da igual. Ponme lo que quieras.

Christian cogió su vaso y le sirvió de una botella que Bill no alcanzó a distinguir, ofreciéndole luego el vaso con una sonrisa. Bill lo cogió al mismo tiempo que hacía una mueca que pretendía ser otra sonrisa. Le gustaba que aquellos jóvenes, que entre todos seguro que tenían más dinero que el resto de la gente que había en la discoteca junta, le trataran con deferencia, como si él fuera aún más superior. Pero el verdadero y único motivo por el que le hacían la pelota era que Bill solía terminar pagando las copas, y algo más. Al fin y al cabo, él a la vez tenía más dinero que todos ellos juntos. Al menos de momento, ya que ese ritmo de vida era muy caro y Bill ya no tenía ingresos, sólo los intereses que le proporcionaban los bancos.

Sin querer pensar en eso, Bill apuró su copa y pronto él mismo estaba sirviéndose otra. Otra, y otra, hasta que finalmente Bill empezó a participar de las risas de sus colegas, olvidándose de todo lo que quería olvidar, y recordando lo único que quería recordar.

Él era Bill Kaulitz, y todos lo que estaban allí con él debían recordarlo también.

Un rato más tarde llegó Sebastian, y con él la verdadera diversión.

.

El taxi dejó a Bill justo en el portal de su edificio. Bill pagó el trayecto sin preocuparse de recoger el cambio y salió del vehículo algo tambaleante. A pesar de llevar gafas de sol sentía los ojos sensibles, así que se protegió de la luz del sol con una mano a modo de visera, pues ya había amanecido, y buscó con la otra sus llaves. Después de pelearse un par de minutos con la cerradura, Bill consiguió entrar en su portal.

Estaba recorriendo el corto trayecto hacia el ascensor cuando algo captó su atención. De su buzón, habitualmente vacío, ya que ni siquiera recibía publicidad, asomaba la punta de un sobre de color crema.

Intrigado, Bill giró sobre sus pasos. Se peleó un par de minutos más esta vez con la cerradura del buzón, cuya llave para fastidiar era diminuta, hasta que lo abrió y pudo recoger el sobre y mirarlo con atención.

Por el tipo de sobre y esa caligrafía a mano tan elegante, Bill no tuvo dudas de qué se trababa. Era una invitación de boda.

Miró el remitente, sorprendiéndose levemente. Después suspiró. Había oído rumores, pero había creído que eran solo eso, rumores.

Lo que le faltaba, acudir a una boda. Y al mismo tiempo, sabía que no debía faltar. Pero no podía, no quería ver a su…

—Ugh…

Sintió una fuerte náusea sólo de pensar en él. O quizás se debía a todo lo que había tomado. Se llevó la mano libre al estómago al mismo tiempo que se encogía sobre sí mismo para mitigar el dolor.

Permaneció así varios segundos. Cuando la náusea hubo pasado, Bill se incorporó y se dirigió de nuevo al ascensor como si nada hubiera ocurrido.

El espejo del ascensor le ofreció un reflejo bastante deplorable. Bill prefirió no mirar.

Una vez en su piso, Bill dejó las llaves y el sobre, aún sin abrir, sobre el mueble del recibidor. Aquel era el mismo piso que había comprado a las afueras de Berlín después de que le operaran de aquel quiste en las cuerdas vocales. Era un dúplex muy bien distribuido, pero no demasiado amplio. Aunque tenía una casa mejor en Hamburgo, y allí era donde aún residía su madre, después de la desintegración de Tokio Hotel, Bill no soportó quedarse allí, solo. Prefirió mudarse a Berlín, donde al menos estaba Andreas estudiando. Pero su amigo de la infancia no había estado muy de acuerdo con su creciente afición a la juerga, y se habían terminado distanciando.

Después de subir pesadamente las escaleras, se dirigió primero al dormitorio para dejar móvil, cartera y gafas de sol, y luego al baño. Acababa de entrar cuando sintió otra náusea, esta vez más fuerte. El dolor le obligó a doblarse sobre sí mismo encima del inodoro, pero no llegó a vomitar.

—Joder… —suspiró cuando hubo pasado el dolor.

Se levantó despacio y de igual manera empezó a desvestirse hasta quedar completamente desnudo. De nuevo evitó mirarse en el espejo. A continuación se metió en la ducha y no salió de allí hasta pasada casi media hora.

Regresó desnudo al dormitorio. Era una de las ventajas de vivir solo, el poder pasear por la casa como le viniera en gana, aunque había muchas más. Se puso unos calzoncillos negros que había sobre la cama y luego se tiró sobre ella tal cual. Sólo era principios de mayo, pero Bill sentía mucho calor.

Se preguntó qué debería hacer con la invitación. ¿Debería hacer como que no la había recibido? No, nadie se lo creería. ¿Hacerse el enfermo? Eso no le resultaría nada difícil. Incluso por teléfono, ya que últimamente estaba bastante ronco. Pero si decía que estaba tan enfermo como para no acudir a un enlace tan importante, seguro que se corría la voz y le visitarían personas no deseadas.

Decidió que ya lo resolvería más adelante. Ahora necesitaba dormir algo, aunque sabía que no sería fácil.

Continúa.

por Khira

Escritora del fandom

8 comentario en “Despertar 1”
  1. Hola, me gustaría preguntar si alguien tiene esta historia descargada como archivo Word o PDF. Lamentablemente no hablo español, sólo a través de un traductor, pero la historia me interesaría mucho. Así que lo necesitaría en un archivo que pueda poner en el traductor. Gracias 🙂

    1. Hola LAUI. Leí tu comentario y decidí incluir una opción que te ayuda a traducir el texto de forma automática al idioma de tu elección. Si lees desde el celular, está justo bajo el texto. Si lees desde un PC, está en la barra lateral.
      Espero esto te ayude a disfrutar más historias albergadas en este sitio. Gracias por visitarnos.

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