EXTRA. Aunque pasen los años

Nota de autora: Es un extra de L’amour vrai attend, años después. Perteneciente a la serie De Once y demás números. Sólo se puede entender si leíste toda la saga, de lo contrario sería spoiler. Escrito con mucho cariño para los seguidores de esta serie que se publicó originalmente en el 2011 y se terminó en el 2022. Eso lo escribí en diciembre del año pasado, pensando en un futuro cuando Robbie creciera 🙂

«L’amour vrai attend» (Fic de Kasomicu)

Extra: Aunque pasen los años

Robbie estaba acomodando los cubiertos encima de la mesa. Mientras que sus padres iban ubicando los platos en la mesa.

Victor fascinado mirando a Fabian, ajeno a su familia, mientras el pequeño hablaba sin parar.

La hermana mayor se rió.

—¿Se lavaron las manos, verdad? —preguntó Tom, viendo a sus hijos.

—Papá ya tengo quince años, evidentemente me lavé las manos. Y los critters igual, los obligué a hacerlo antes de venir aquí —contestó Robbie, sentándose.

—Robbie no le hables así a tu padre —regañó Bill, frunciendo el ceño, ubicándose al lado de su esposo.

—Perdón, papá Tom —se disculpó Robbie y el escritor lo entendió, asintiéndole con una sonrisa amorosa, ya la pequeña bebé no lo era más, sino una adolescente con la cara de Bill y el cabello castaño en un corte que le recordaba bastante a su esposo cuando se conocieron.

—Está bien, princesa. Bueno, comamos —pidió Tom.

—Papi, antes quería preguntar, ¿cómo se conocieron con papá Bill? —preguntó Fabian con ojos brillantes.

—Sí, en la escuela nuestros amigos hablan sobre cómo se conocieron sus padres siempre pero no sabemos qué decir —acotó Victor.

Bill y Tom se miraron entre sí. Robbie los observó con una sonrisa de medio lado.

—Sí, papás. Nunca nos han contado cómo es que se conocieron —agregó Robbie, con fingida inocencia.

Bill miró a su hija mayor, arqueando una ceja, era cierto, no se lo habían dicho como tal pero había algo en Robbie que le hacía dudar. Tom también lo notó.

—Nos conocimos en la escuela —relató Tom, mirando a sus hijos, y sujetando la mano de Bill encima de la mesa, el cual lo miraba enamorado.

Los gemelos suspiraron casi al unísono. Robbie se mantuvo en silencio con los labios apretados en una fina línea que temblaba por querer reírse.

—Qué romántico, papis —farfulló Victor.

—Un amor de colegio como en las películas —musitó Fabian con emoción.

Tom se rió.

—No es que al inicio no fuimos pareja, sólo amigos —arguyó Tom, que evidentemente no quería entrar en detalles.

Bill se metió una albóndiga en la boca.

—¿Por qué, papi? —preguntó Fabian, frunciendo su pequeño ceño.

—Porque siempre es importante conocer a la persona antes de estar en una relación —farfulló Tom con aire paternal.

Robbie terminó por explotar de la risa.

—¿Qué es tan gracioso, Robbie? —inquirió Bill, que ya había masticado su comida, que no entendía por qué la adolescencia le venía tan insoportable a su hija. ¿Él había sido así de insufrible? Luego se respondió solo, sabiendo que sí lo fue. “Karma”, le dijo una voz en su cabeza.

—Que digan que no fueron novios cuando se conocieron —soltó Robbie para luego volver a reír.

—Pero es verdad —habló Bill—. No fuimos novios al conocernos, hasta mucho tiempo después. Por eso mismo es que naciste tú antes de que fuéramos pareja. Ya que en tu caso no tuvimos una receptora como los gemelos.

—Sí, papá. Lo sé. Pero tampoco es que no fueran “nada” y “sólo amigos” antes —musitó Robbie.

Sus padres se giraron a verla rápidamente. ¿Quién le había contado a Robbie? Sí, su familia lo sabía pero le habían pedido que no se lo dijeran a sus hijos hasta que fueran adultos. ¿Qué tanto sabía Robbie? Ambos adultos empezaron a sudar frío.

—No entiendo —farfulló Fabian haciendo un puchero.

—Nada, mi amor —respondió Tom con una fingida sonrisa.

—¿Pero lo sintieron? ¿El clic como dicen en Hotel Transylvania? —cuestionó Victor.

—Ah, sí, desde el inicio —soltó Bill—. Yo sabía que amaba a su padre. Simplemente era muy joven para entenderlo con exactitud.

Tom miró con amor a Bill, recordando al adolescente de dieciséis años del cual se había enamorado, y el mayor sintió su mirada sobre él, ofreciéndole una sonrisa. Bill lo supo desde el comienzo, Tom era su única excepción, le gustaban mayores, pero aquel puberto movió por completo su mundo, y por eso es que finalmente cuando Tom creció es que estuvieron juntos como novios.

—¿Y por qué no se casaron en ese tiempo? —interrogó Fabian.

—Es que nosotros nos casamos cuando yo terminé la carrera, mi amor. Cuando fuimos novios éramos muy jóvenes para casarnos —comentó Tom.

—Claro, porque papá terminó antes que tú la carrera, ¿no, papi? —preguntó Robbie con esa misma sonrisa que Tom sabía que era igual a la de su padre cuando hacía travesuras.

—Sí, bebé. Tu papá y yo nos llevamos cinco años —explicó Tom, sin entender a dónde quería llegar Robbie.

Bill se metió otra albóndiga a la boca, si bien disfrutaba de hablar con sus hijos tenía hambre, así que estaba en ello, mientras Robbie jugaba con su tenedor.

—¿Por eso es que no fueron novios antes, verdad? —inquirió Robbie con la mirada Kaulitz y Bill comenzó a toser al sentir cómo la carne se le iba para el otro lado.

Tom le palmeó la espalda a su esposo, hasta que finalmente Bill escupió sobre su servilleta. Los gemelos miraban a su hermana mayor interrogantes.

—Sí, porque no era legal —respondió Bill cuando recuperó su voz.

Tom lo miró con una advertencia en los ojos. —Bill —le soltó en voz baja.

—No, está bien, Tom. Sabía que en algún momento este tema saldría a colación. No sé quién te lo dijo, Robbie. Pero sí, incluso cuando fuimos novios, tu padre tenía catorce años y yo diecinueve, que sí, era mayor de edad, y de suerte no me denunció mi suegrita querida. Lo que nos deja de lección, niños, si conocen a una persona que huele a marihuana y amenaza con asesinarlos aléjense, no sean así de crédulos como su padre —explicó con naturalidad Bill.

Tom se golpeó la frente, deseando que se abriera la tierra y se lo comiera.

—¿Qué es la marihuana, papá? —preguntó Fabian.

—Es una droga, mi amor. Qué su padre no debió mencionar hasta que estuvieran lo suficientemente grandes —farfulló Tom con reproche fijándose en su marido.

—Robbie, ¿quién te contó eso? —interrogó Bill, mirando a su primogénita.

—Nadie —masculló la adolescente.

—Nadie mis pelotas —reclamó Bill

—¡Bill, cuida tu lenguaje! —ordenó Tom.

—Sí, mi amor. Lo entiendo. Pero… Robbie, no me creas así de estúpido, alguien te lo dijo —farfulló Bill.

—Nadie lo hizo. Lo leí —respondió Robbie con una sonrisa y luego miró a Tom—. En el libro de papá, supe que Tim era mi papi, y tú el adolescente bravucón que lo acosaba hasta el cansancio.

Tom miró a Robbie. —Mi amor, pero mis libros no son para menores de edad —repuso.

—Sí, lo sé, papi. Pero no lo lamento. Lo leí a escondidas. Me gustó mucho, pero sí odié a mi papá. Digo, papá, te amo mucho, pero fuiste un patán con papi Tom. ¡Y no entiendo por qué te quejas de que me gusten niñas que se llevan dos años conmigo si a mi edad te robaste la virginidad de papi Tom! —reclamó Robbie, frunciendo el ceño.

Tom se sonrojó hasta las raíces del cabello. Bill boqueó indignado.

—¿Qué necesidad de poner cuando cogíamos? —interrogó Bill a Tom en voz baja.

—Ay, cállate, Bill —farfulló Tom.

—¿Qué es virginidad? —cuestionó Victor.

—Tal vez deberías poner tus libros en un estante con llave, para que esta mocosa no los lea —musitó Bill, mirando con reproche a su hija.

—Pues ya me leí el resto. Porque se los regalaron a mis amigas en la escuela, así que —se alzó de hombros—. No tendría sentido que lo hiciera.

—¿Por qué la gente se lo compra a sus hijas menores de edad? —inquirió Tom, escandalizado por ello.

—Ay, papá, por favor. Si a los catorce años leías literatura para adultos —exclamó Robbie, y Bill rió—. No te rías tan fuerte, papi, que también tienes un montón de cosas cuestionables como menor de edad.

Bill se calló.

—Bueno, basta. Y coman —ordenó Tom, mirando a sus hijos—. Lo que pasó entre su padre y yo es cosa de nosotros solamente…

—Y los millones de lectores —agregó Robbie.

—No, esa historia es ficción. Nosotros nos conocimos jóvenes, nos enamoramos, y con el tiempo nos casamos y punto —terminó de decir Tom.

—Ficción serán tus libros “El niñero”, “Amor camuflado”, y “Almas gemelas”, que también me los leí. Pero no, “El chico de la verja” no es ficción, papi —refutó Robbie.

Tom suspiró.

—Coman —repitió Tom.

—Háganle caso a su padre, carajo —ordenó Bill, alzando la voz, por lo que se quedaron en silencio y comieron del mismo modo.

Cuando terminaron, Robbie se sintió satisfecha consigo misma, se despidió de sus padres, y hermanos.

Tom y Bill les lavaron las bocas a sus hijos, para luego arroparlos, dejándoles un beso en sus frentes, diciéndoles lo mucho que los amaban, ya no hacían eso con Robbie porque por su adolescencia prefería echarse a leer en su celular en vez de recibir apapachos.

Finalmente entraron a su habitación, donde ambos se asearon antes de echarse en la cama.

—¿Qué día, eh? —preguntó Bill.

Tom miró a su esposo, para luego suspirar.

—Sí, sinceramente no pensé que Robbie nos iba a salir con eso. Ni siquiera sabía que me leía —comentó Tom con pesar.

Bill rió. —Eso lo sacó de ti. Yo detesto leer.

—Lo sé, mi amor. Pero siento… No sé, como vergüenza o algo parecido. No quería que se enterase de ese modo —farfulló Tom.

Bill lo sujetó por el rostro, acariciándole las mejillas, juntando sus narices y luego besándole la boca con suavidad.

—No importa, Once. No me arrepiento de nuestra historia —comentó Bill—. Porque gracias a eso te tengo a mi lado. Simplemente que no quiero que ella la cague como yo —agregó el rubio teñido.

—Sí, sólo que siento que Robbie piensa que eras un pedófilo o algo parecido —masculló Tom, y Bill se rió contra su rostro.

—Es que nunca me gustó otro niño, sólo tú. Y jamás te toqué cuando tenías once años. Sólo mi sueño húmedo por ser un adolescente hormonal que era muy estúpido para asumir que se enamoró de un mocoso —desdeñó Bill, besándole la mejilla a su esposo, quien sonreía al sentir sus labios contra su piel, el rubio mordisqueó su oreja—. Cuando hicimos el amor sí eras menor de edad, pero nunca abusé de ti. No sabes lo mucho que me contuve para hacerlo a tu tiempo, a tu ritmo. Nunca obligándote porque era capaz de esperarme todo el tiempo del mundo matándome a pajas en soledad con tal de no hacerte daño —susurró en su oído y Tom se estremeció al sentir su aliento en aquella zona, por más que pasaron tantos años, nunca perdían el interés en el cuerpo del otro, siempre tenían ese control sobre el contrario, su voz su olor, la textura de su piel… El que fuera el otro, en cualquier presentación hacían que su vida sexual fuera muy activa por más que no eran los jóvenes de quince y veinte años.

En realidad Tom iba a cumplir treinta años y Bill treinta y cinco, Robbie ya tenía quince y sus gemelos seis años.

Tom se sentó sobre el regazo de su esposo, haciéndole notar su excitación contra la dureza del mayor, el cual siseó, aferrándose a las caderas del menor.

—Lo sé y no sabes cuánto te amé por eso, Bill. Fuiste muy paciente conmigo. Yo quería que me cogieras tan fuerte, teniendo tantas fantasías contigo a mis catorce años… Que en serio, tengo que elogiar la fuerza de voluntad que tuviste —soltó Tom, sin dejar de mecer sus caderas, haciendo que sus erecciones chocasen, con Bill respirándole en el rostro, jadeando deseoso por más, bajando sus manos para masajear el trasero de su esposo, haciendo que Tom gimiese, mordiéndose el labio para no hacer mucho ruido.

—Sí, tal vez merezco un premio atrasado por todo ese sacrificio —bromeó Bill, sentado, besando a su esposo encima de su regazo, sin dejar de acariciar sus nalgas.

Tom se separó abruptamente. —Espera.

—¿Qué? —inquirió Bill, parpadeando confundido, mientras veía cómo su marido se cruzaba de brazos encima suyo.—¿Y ahora estás enojado por…?

—¡Nunca usaste condones! —reclamó Tom, palmoteándole las manos de su trasero.

Bill arqueó una ceja. —¿Ah?

—Que nunca usaste condones, Bill. Embarazaste a la madre de Robbie y conmigo tampoco —regañó Tom, sin dejar de agitarse en su regazo por lo que al rubio le era un poco difícil concentrarse en su esposo enojado cuando sentía sus trasero encima.

—Te gusta sentirme sin nada —respondió Bill, sin dejar de estar excitado.

—No es el punto. Pudiste contagiarte de algo con tanta gente que tuviste sexo sin protección y enfermarme también —recriminó Tom.

—No fue así… —habló Bill, luchando por pensar con la cabeza correcta—. En la escuela militar estuve con hombres, ya sea como activo o pasivo, aunque nunca por amor, sólo por evitar ser violado. Mi primera vez no fue nada mágico o lindo. Me acostaba con superiores para que me dejaran en paz y luego debía casi forzar a otros a hacer lo mismo o me lo harían en grupo para luego golpearme hasta la inconsciencia. Así que ahí no podía usar condones, ni los usaban conmigo. No tuve coqueteos ni juegos previos ni yo haciéndolos, ni yo recibiéndolos —al menos hablar de esto le bajaba la excitación—. Cuando escapé  de aquel infierno es que tirando dedo Isabella me dio un aventón, y lo hicimos en el carro, dónde al menos hubo coqueteo y más consentimiento de lo que había vivido hasta ese momento, por eso es que no me cuidé. Después de ello es que sí compré condones, y fui más responsable dentro de toda la mierda de cosas que tuve que soportar para tener un plato de comida o un lugar donde dormir, no que sea algo de lo me enorgullezca, pero mi cabeza quedó peor luego de la escuela militar. Finalmente cuando… Bueno, cuando quise irme de Dresden para volver a Leipzig y verte —comentó con un sonrojo—, sí tenía intención de estar contigo. En algún punto, claro, sin forzarte ni nada, incluso si tuviera que esperar años no iba a coger con nadie que no fueras tú. Así que me hice un descarte de enfermedades sexuales. Porque… No sé, quería sentirte . Sin nada entre nosotros. Pero jamás te hubiera arriesgado. Quería que fueras la última persona con la que me acostara, y la primera con la que hiciera el amor —farfulló el rubio, rascándose la nuca—. Ni siquiera cuando me fui pude volver a acostarme con alguien más, ni intentar tener una relación, después de ti no tenía sentido.

Tom sintió una presión en su pecho, viendo al chico vulnerable frente a sí en ese instante, claro, físicamente Bill era un hombre de casi treinta y cinco años, con barba y todo, pero… Quién hablaba de esos eventos traumáticos era el mismo chico quien los había atravesado y se sentía pésimo por pensar mal de él, cuando el mismo Bill se había encargado de demostrarle con creces la devoción que sentía por él.

El de cabello largo sujetó el rostro de su esposo, comenzando a besarlo nuevamente, sintiendo cómo Bill se relajaba en el gesto, mientras Tom presionaba su trasero contra la virilidad de su esposo.

—Te amo, Bill, te amo tanto. Perdón por dudar. Te amo, te amo, te amo —jadeó Tom, acariciando las mejillas rasposas de su marido, el cual sonrió contra sus labios.

—Te amo mucho, Once —respondió Bill, metiendo sus dedos entre sus cabellos—. Te amo demasiado, mi amor. Sé que la cagué muchas veces. Pero te amo, y jamás me habría atrevido a hacerte un daño tan grande como contagiarte una venérea —terminó por decir, para luego cerrar los ojos cuando sintió cómo Tom colaba su lengua entre sus labios, gimiendo en el beso, comenzando a succionarle la lengua al menor, y volviendo a sujetarle por el trasero, sintiendo cómo su esposo se arqueaba, y empezaba a moverse con toda la intención de excitarlo, frotando sus glúteos por sobre el pene erecto de Bill, sintiendo cómo su propia hombría iba elevándose conforme se movía.

La puerta tenía el seguro puesto porque con niños no podían permitirse dejarla abierta, ya que podían pedirle acurrucarse con ellos por pesadillas, pero en este momento, querían tener privacidad.

Tom se moría por sentir a su esposo en su interior. Giró su rostro, besándolo más, sintiendo cómo el calor exudaba de sus poros, el deseo recorriéndolo, cómo todo el amor que tenía por Bill se volvía lava que le llenaba las venas bullendo por explotar. Se separaron por aire, jadeantes, con los ojos brillantes, labios hinchados y rojizos. Toda la melena de Tom estaba desordenada, al igual que la de Bill.

El mayor le quitó la camiseta de pijama, viendo con fascinación el cuerpo de su esposo, pasándole por encima de los pectorales, jugando con sus pulgares sobres sus pezones, viendo cómo se erguían bajo su roce, apretando un poco con su dedo índice y pulgar, viendo cómo Tom se relamía los labios y seguía meciéndose en su entrepierna. Bill gruñó, bajando sus manos hacia su cintura, mientras empezaba a empujar su pelvis, haciendo que su pene se frotara más descaradamente sobre el trasero de su esposo.

—Me muero por metértela, Once —jadeó Bill, apretando su cintura, viéndole con fijeza, totalmente enamorado de su esposo.

Tom sonrió, disfrutando del poder que tenía sobre Bill. Se levantó de encima suyo, sólo para quitarse la prenda inferior, mostrándole que no llevaba ropa interior, por lo que sólo tenía su verga erecta debajo. Y Bill se olvidó de cómo respirar, por más que lo hubieran hecho tantas veces, aún lo dejaba cachondo perdido, por lo que se quitó con rapidez el pijama, completamente desnudo.

—¿Cómo nos ponemos? —preguntó Bill.

—Quiero montarte —dictaminó Tom, con una sonrisa traviesa, sacando el lubricante del cajón.

Aquello podría tener dos connotaciones. O bien era Bill como pasivo o bien Tom como pasivo. Así que se quedó a la espera, por si le pedía que se abriera de piernas o algo. Pero… Se quedó en silencio cuando vio cómo su Once estaba echándole lubricante en sus dedos, para luego hundirlos en su interior, porque literalmente Tom se puso a los pies de la cama, abierto de piernas, dándole la espalda, mientras se sentaba sobre su mano de arriba abajo, con los dedos metidos en su ano, y Bill sintió que su cerebro no estaba oxigenando bien conforme aquellos dígitos dilataban el esfínter de su esposo, se mordió el labio inferior, comenzando a masturbarse, disfrutando aquel espectáculo que le daba su marido. Su querido Once… El cuál manipulaba su muñeca, mientras se tocaba el pene al mismo tiempo con otra mano, haciendo movimientos de tijeras en su interior, sintiendo cómo su erección crecía más conforme se estimulaba la próstata, y los gemidos detrás suyo, junto con los sonidos húmedos era señal de que Bill estaba realmente emocionado por lo que hacía, por lo que Tom sonrió, para meterse ahora tres dedos en su canal, ya casi listo para recibirlo.

Tom se sacó los dedos, volteando a ver a su esposo, el cual se mordía el labio inferior sin dejar de pasar de arriba abajo su mano por sobre su polla rojiza.

Tom echó lubricante sobre su mano, y gateó en dirección de su esposo, comenzando a acariciar la erección de Bill, el cual jadeaba y movía su pelvis hacia arriba, disfrutando de la suavidad de la palma de su marido, y su calor, deseando hundirse en él ahora mismo.

Después que Tom terminara de embadurnar la polla de Bill, relamiéndose los labios porque se le antojaba chupársela al sentirla latir y caliente en su mano, pero… Sería mejor tener ese palpitar en su interior, así que comenzó a dirigir la verga de Bill en dirección a su agujero distendido y necesitado por el contacto del amor de su vida.

Tom se inclinó hacia Bill, comenzando a boquear conforme se auto penetraba, y el rubio se lamía sus labios, sujetó las nalgas de Tom, separándolas al apretar la carne tan rica que le llenaba las manos, mientras el menor seguía sentándose sobre el regazo de Bill, hasta gimotear cuando toda la verga dura de su esposo estaba llenándolo.

—Ay… Tan rico tenerte aquí , Bill —gimió Tom, buscando la boca del mayor, para comenzar a besarlo, porque eso era lo que más adoraban de hacer el amor, tener el rostro cerca al contrario, para sentir sus labios, los cuales estaban besándolo, mientras el rubio teñido empujaba sus caderas, sin dejar de manosearle sus glúteos, masajeándoselos, mientras recorría su lengua por su boca, sintiéndolo gemir en su cavidad.

—Te amo —gruñó Bill contra sus labios, para luego mordérselos, porque era un hábito que nunca cambió en el mayor, el disfrutar jalarle el labio inferior o tenerlo entre sus dientes.

Tom se arqueó contra Bill, empujando sus caderas contra la pelvis del mayor, gozando cómo le tocaba la próstata, y cómo sentía la polla palpitar en su interior, la forma en que arremetía su esposo. Sí, no se cansaba de esto. De estar tan unido a Bill, sintiendo su aliento en su rostro, o su boca, mientras su piel perlada en sudor chocaba contra la suya, Tom no estaba tocando el miembro, sin embargo, por los botes que daba entre sus vientres igualmente se estimulaba sin necesidad de tocárselo con las manos.

Lo amaba, veía los ojos brillantes de Bill, dónde sólo notaba su reflejo en ellos. Y esto era amor, el que tuvieran sexo era en realidad una extensión de todo el amor que sentían, cómo transmutar todas aquellas emociones en un gesto, cargado de deseo, pasión y amor…

Estaban en una burbuja, dónde igualmente sabían que no podían hacer mucha bulla, al menos no gritando por sus hijos, sin embargo, igualmente la cama sonaba por la fricción y movimientos bruscos.

Aunque en sí Bill se moviera con cadencia, mientras que Tom era tan sinuoso como una serpiente, dándole sentones que eran guiados por las manos de Bill.

Tom sintió cómo Bill dejaba de acariciar con maña su trasero, para subir a su cintura, la cual se acentuaba un poco por el ejercicio que hacía el menor, teniendo mejor físico que el suyo, más pectorales y, por ende, un poco más de cintura que antes, dejando atrás el cuerpo que tenía cuando empezaron a hacer el amor, pero Bill lo amaba en todas sus facetas, con o sin barba, con musculatura desarrollada o no, con el cabello rubio, negro, rubio oscuro, castaño, como fuera, mientras siguiera siendo su Once.

Se miraron fijamente mientras Tom seguía dándole botes encima del pene del amor de su vida, y Bill sentía cómo era la gloria tenerlo envolviendo su polla con su interior caliente y apretado, el mejor lugar del mundo era ese, estar en medio de las piernas de su esposo, esos muslos que lo tenía rodeado y Bill lamió por encima la boca de Tom, el cual sonrió, volviendo a besarlo, y el mayor sujetó el pene bañado en preseminal de su marido, acariciándolo de arriba abajo, mientras el ritmo de las estocadas iba en aumento, Tom poniéndole más ímpetu a los sentones mientras Bill empujaba más dentro su polla que tenía espasmos por estar peligrosamente cerca.

—Te amo —dijeron al unísono, para luego Tom arquearse más, sintiendo cómo se corría entre ambos vientres, con las cintas largas de su semen bañándolos, y sus testículos apretados, junto con su interior, lo que fue la perdición de Bill, el cual arremetió un par de veces más en el interior de su esposo para venirse con fuerza.

Tom se dejó caer sobre Bill, el cual lo apretó consigo, disfrutando de cómo su miembro, incluso en estado dormido, se sentía dentro del menor.

Bill lo ayudó a bajarse, echándolo a su costado, saliendo con cuidado.

—Puta madre, cómo te amo, carajo —dijo Bill contra el rostro de Tom, sonriéndole enamorado, besándolo con suavidad en los labios, mientras el menor se dejaba hacer.

—Yo más, mi amor. Sé que debemos bañarnos pero estoy tan cansado… Ya mejor mañana lidiaremos con el semen seco —musitó Tom, disfrutando de la modorra post orgasmo.

—Nada, Once. Yo me encargo, mi amor. No te quieres levantar porque tienes flojera, no importa. Ahora vengo —habló Bill, parándose de la cama.

Tom arqueó una ceja confundido, cuando vio que venía con el paquete de toallitas húmedas y rió.

—Yo te limpiaré a conciencia, mi Once. Te dejaré tan limpio que luego me comeré tu culito simplemente para corroborarlo —comentó Bill como él solo, haciendo reír a su esposo, que se dejó hacer mientras era acicalado por el mayor.

—Eres un idiota —musitó Tom entre risas mientras Bill lo limpiaba.

—Pero soy tu idiota —comentó Bill, sin dejar de asearlo—. Y ya una vez salida la mercancía no se aceptan devoluciones —acotó, mostrando el anillo de bodas.

Tom rió. Jamás se cansaría de Bill.

F I N

Espero lo hayan disfrutado.

por Kasomicu

Escritora del Fandom

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