
«Híbrido» Parte I (Monnyca16)
Capítulo 10: BILL
Risas abarrotadoras retumbaban en la casa de Bill; Gustav no podía parar de reír a carcajadas tras comentarle que ayer, Ría, durante la clase de gimnasia, se había caído de sentón frente a demasiados híbridos. Lo sucedido llegó a los oídos de todos, hasta de los directivos, que por primer momento se habían burlado de ella y en su cara.
—Ella está tan desesperada ahora —musitó, tranquilizándose un poco, todavía con un gesto guasón en los labios —. Nadie se había mofado en su cara, pero como le has quitado el puesto, pues el respeto que tenían por ella se ha esfumado —canturreó enardecido, dándose una vuelta completa en su lugar, como un bailarín.
Bill reprimió una sonrisa. Su corazón inminentemente se alistó a palpitar alto, contraído y conmocionado.
Todo lo que Gustav le platicaba, por alguna razón, lo animaba a fantasear como nunca.
Se encogió de hombros y, atisbando el suelo de mármol, dentelleó su labio inferior.
—Eso le pasa por decir que eres un insignificante conejo promiscuo. ¡Te dijo puta, Bill!, dijo que no eras nada a su lado, y asegura que Tom disfruta más con ella que contigo, que sólo serás su pasatiempo porque Tom jamás la dejaría por ti —adicionó al instante, negándose con la cabeza, cambiando su mirada a una indignada y feroz ante el ultraje—. ¡Maldita envidiosa! —Gruñó alto.
—¿Ella ha dicho eso de mí?
Gustav asintió.
—Ha dicho muchas cosas, pero no le hagas caso. Simplemente se muere de coraje…
—¿Y Tom, no ha mencionado algo al respecto?
—A Tom parece no interesarle su relación con ella. Y ahora menos, porque eres su objetivo. —Lo acechó, pícaro, guiñándole un ojo, para después conmemorar lo sustancial—. Lo importante en estos momentos es cómo vas a ir a la escuela, ¿piensas, no sé,…cambiar de apariencia?
—¿Apariencia? —La confusión destelló en su mirar, casi mortificándolo.
—Ya sabes…tienes el cabello negro, que alisado podría verse súper bien. —Asintió para sí mismo, tocándole el cabello, adulando las refinadas puntas con devoción—. ¿Nunca has pensado en ponerte maquillaje o algo?
—Una vez pensé en ponerme, pero…
—¡Sí, sí, maquíllate!
—Pero no tengo maquillaje, no…
—¡Yo he traído! —Alzó su mochila, meneándola para hacerle saber que llevaba todo lo necesario.
Incluso trasladó la plancha de cabello que su madre ya no utilizaba —. He traído todo lo necesario para que luzcas radiante. —Sacó la bolsa de maquillaje de su mochila y miró a Bill, circunspecto en exceso—. No es que ahora no luzcas hermoso, es que sería una grandiosa idea que llegues a la escuela con un cambio. ¡Sólo imagina cuando Tom te vea! ¡Se va a morir!
—¿Tú crees? —Sus párpados se entrecerraron—. Ahora que lo pienso, un cambio no me vendría nada mal…—dijo, sonriente, colmado de emoción. No es que quisiera impresionar a Tom todo el tiempo, más bien quería reflejar estar bien con su pérdida de virginidad. Debía aprovechar los atributos que tenía —. Con maquillaje negro en los ojos…labios humectados con brillo labial —murmuró, imaginándose con dichos elementos, afanoso.
—¿Sabes aplicarte maquillaje? —Inquirió Gus, con las manos juntas sobre su pecho—. Yo he tratado de maquillar a mi mamá y no,…no soy bueno.
Bill sonrió de lado, prolongando el brazo para asir la bolsa de maquillaje que Gustav le brindaba
—Nunca lo he intentado, pero he visto cómo maquillan las chicas de la estética. Mi abuela tiene amigas ahí y aplicar maquillaje no es difícil. —Abrió el paquete y divisó lo que había dentro, fascinado al advertir la exorbitante variedad. Hundió los dedos en la cosmetiquera y sacó un frasco de máscara para pestañas —. Sé usar esto, todo esto. —Entornó los ojos, avizorando a su acompañante—. ¿Estarías dispuesto a plancharme el cabello?
Los afables ojos de Gustav relumbraron y, sin pensárselo, enarboló la plancha de pelo y emprendió a la búsqueda de un peine, gotas de seda, y unas pinzas para desmembrarle el cabello.
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Frente al tocador de su habitación, Bill inspiró profundo, llenando a su paso el más recóndito espacio en sus pulmones Faltaba poco para que Gustav terminara de alisarle el último mechón de cabello. Y, para ser sincero, se le veía muy bien, lozano, como si su rostro destacara mucho más. Se veía exclusivo, exótico, un híbrido superior y bello, angelical y fino.
Bill sonrió, sonrojándose por completo. Las piernas le tiritaron de excitación y sus manos, que se habían posado en el tocador para esparcir los cosméticos, se detuvieron por un breve minuto. Estaba seguro de lo que haría, del cambio que tendría, mas sin embargo, la excesiva emoción lo ahogaba sin consideración. Ocultó la mirada, apenado, tan sólo deseaba estrechar una almohada y dar vueltas por toda la habitación, como un demente.
El corazón podía salírsele del pecho y su estómago vibrar de felicidad. Tenía sentimientos encontrados.
Iría por fin a la escuela, vería a todo el alumnado que, seguramente, hablaría de él, y por último, pero no menos importante, se reencontraría con Tom. Esta última sensación le alteraba el tórax, extendiéndole las costillas en cada respiración; era forzoso hablar con Tom y no tenía idea de cómo comenzar una charla con él. Ni siquiera estaba seguro si Tom querría hablar sobre lo acontecido.
Tampoco podía omitir que Tom, cada vez que lo miraba a los ojos, leía sus pensamientos e incluso sus vivencias, incluyendo conversaciones. Definitivamente Tom sabría la conversación que tuvo con Gustav y con la abuela. Y no le daba vergüenza, mejor dicho, temía que Tom lo usara como un arma filosa para denigrarlo como antes.
—¿Bill?
La preocupante voz de Gustav resonó en su oído, demasiado cerca. Bill se estremeció y dio un brinco, despavorido.
—¿Estás bien?
Bill meneó la cabeza, positivamente, volviéndose a sentar frente al tocador. Por un momento había olvidado que Gustav estaba a su lado. Se disculpó y se echó un vistazo en el espejo, examinando cada detalle de su cabello.
El negro de su cabellera era profundo, tan azabache que su rostro lucía más pálido y delgado. El largo le llegaba un poco más por debajo de los hombros, en un corte vistoso y opulento, pues Gustav le había emparejado un poco, lo suficiente para que se le mirara perfecto, además de añadirle un fleco.
—¿Y qué tal? —Preguntó tras darle dos palmaditas en el hombro. Bill ladeó la cabeza, sosteniendo con cuidado algunos conjuntos de hebras delgadas entre sus dedos, temeroso a destrozar la obra de arte que era su cabeza completa.
—Esto es… —No pudo continuar al no hallar un buen adjetivo calificativo que encubriera la grandeza de su melena.
—Lo sé —respondió Gus, sonriendo y aproximándose un poco más, consiguiendo así que su barriga acariciara el brazo que Bill mantenía tendido.
Al sentir el vientre abultado junto a su brazo, se estremeció. El efecto le resultó excepcional. La barriga de su amigo parecía consistente y suave a la vez, cálida, tan tibia que su vientre plano convulsionó en una oleada de placer, uno que no reconocía, pero que, de todos modos, le embelesó.
Caviló que sería maravilloso esperar al menos un hijo, más ahora que ya nadie lo querría por haber perdido la virginidad antes de la edad sagrada, porque por más agraciado que fuera físicamente, los híbridos a su alrededor no dejarían de pensar lo peor de él.
Tom era la única posibilidad que le quedaba. No existía nada mejor que quedarse de por vida con quien fue el primero en su vida, tanto amorosa como sexualmente. En todo caso, estaba enamorado de Tom y si éste, algún día llegase a dejar a Ría para comenzar algo con él, situación algo inalcanzable por el momento, entonces sería perfecto.
Bill no podía pasar ese punto por alto. Tom era el único que podía acostarse con él libremente y de hecho, el que podía darle hijos. Eso era lo más correcto, no obstante, poco posible.
Decidido, escrutó su rostro, checando que estuviera limpio. Pero para asegurarse, se pasó un paño húmedo. Abrió el diminuto botellín de corrector y se aplicó pequeñas gotas en los lugares donde creyó, iba a necesitar corregir. Esparció bien, con delicadeza, añadiendo esta vez toquecitos de base de larga duración, especialmente para su tono de piel, que extendió con una brocha hasta su cuello, dejándola de un tono parejo. Aplicó polvo para ocultar cualquier brillo que se llegara a asomar, y por último, se enfocó en sus ojos y labios.
Creó su propio estilo al aplicarse unas sombras color negro no muy cargadas, difuminando por debajo de los ojos, bajo el lagrimal, procurando no sobrecargarlo demasiado. Buscó un delineador de crayón y formó una línea delgada sobre sus pestañas superiores, para después pintar el lagrimal de su ojo, en la parte inferior. Sacó la máscara para pestañas y, sin utilizar un rizador más, le dio una pasada, cargando una segunda al elegir el largo y espesor que deseaba.
Buscó un rubor y sin excederse, se aplicó un toquecito en la nariz, uno en la barbilla y otro en la frente, cerca de la raíz. Y, sin rellenarlo de más, utilizó esa brocha para darle un poco de contraste a sus pómulos.
Gustav jadeó, sin despegar los ojos de lo que Bill hacía, lo cual debería ser un proceso de maquillaje muy pulido.
—Pero si eres un experto en esto —terció, inclinándose para verlo más de cerca.
Bill extrajo el brillo de labios y con una brocha especial se lo untó, simplemente quedando grácil y precioso. Se acopló el cabello con los dedos, dejándose el fleco a la derecha.
—¿Qué crees que falte? —Gustav le preguntó al distinguirlo absorto.
—Fijador para el cabello —objetó, alzándose para ir a registrar entre sus cosas. Era inequívoco, ciertamente tenía uno guardado por ahí. Ya listo, se aplicó en el fleco y un poco en la parte frontal del cabello, buscando con eso que se le levantara para que se viera volumen. Dispuesto, se dio la media vuelta y extendió los brazos, exhibiendo el resultado a su amigo.
Gustav caminó hasta Bill y aplaudió por lo bajo, dando un brinco al final. Había quedado fastuoso.
Definitivamente Bill había legitimado un estilo que ningún otro híbrido tenía.
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Pasados diez minutos de vehemente búsqueda de ropa, la abuela Bettina salió de su cuarto con un par de pantalones que había retocado para amoldarlos al restaurado cuerpo de Bill. Se trataba de unos pantalones ceñidos color negro, que combinaría con unos botines cafés en conjunto con una playera interior blanca y un suéter negro tejido a mano que le quedaba perfectamente holgado, de forma que hiciera juego con los pantalones apretados.
Al verse al espejo, sus facciones irradiaron. Su abuela le acomodó el suéter que ella misma tejió semanas atrás y Gustav tomó una fotografía con su cámara. Georg fue el último en ver a Bill presto para ir a estudiar, y tuvo que seguirlos apresuradamente debido a que Gustav estaba prácticamente vuelto loco, tan enternecido que la alegría en su corazón alcanzaba a palparse.
Con todos listos, Bill se puso en la espalda su mochila de cuero, acomodándose los delgados cordones en cada hombro. Gustav portó una lonchera repleta de frutas variadas que fue comiéndose como palomitas de maíz durante el camino. Y Georg, que observaba y se reía por lo ocurrente que era su novio, cuido a ambos para que llegaran sanos y salvos a la escuela.
En la entrada de Raíces, Gustav custodió la lonchera entre sus libros y se detuvo en seco, al mismo tiempo impaciente, echándose aire con las manos, envuelto en drama. Se miraba más nervioso que Bill a simple vista y Georg ya estaba comenzando a preocuparse.
Bill retrocedió dos pasos, casi trastabillando, y agachó la cabeza, reflexivo. Mentalmente se estaba ideando cómo actuar, se daba fuerzas para volver a la cueva del lobo. No era sencillo, lo supo al no ser capaz de caminar y quedarse, renuente, en la entrada.
Georg y Gustav aguardaron, en comprensión. Sólo hasta que Bill agitó los brazos como si se quitara un peso de encima y elevara la cabeza, entraron al pasillo principal, donde el guardia inmediatamente cacheó sus números de procedencia.
Bill suspiró, complacido de que las personas a su alrededor sólo lo vieran y murmuraran cosas entre sí. Apostaba que sería cruel, demasiado horrífico, si lo apuntaban o se le acercaban para mutilarlo verbalmente.
Suponía que todo estaba más tranquilo porque Tom tenía que ver en la mitad de la situación. Y estuvo agradecido, más al llegar sano y salvo al área de noveno.
Ahí, docenas de estudiantes lo escudriñaron de los pies a la cabeza, achinando los ojos y con el ceño fruncido, también inhalando el aire alrededor, para verificar que no oliera mal, como todo conejo desvirgado olía. Bill nuevamente agradeció haberse quedado en casa esos cuatro días pasados.
Al llegar a su salón, junto a Gustav, quien lo hizo sentir seguro y acompañado, se sentó en su banco y expulsó todo el dióxido de carbono que guardaba en sus pulmones. Sus piernas se sacudieron en una convulsión y sus manos temblaron, exaltadas, sobre la paleta de su asiento. Odiaba sentirse nervioso.
Por una partícula de segundo creyó no estar listo, pero luego, tras cerrar los ojos y abrirlos, sonrió, ávido.
No iba a tener miedo, se sintió igual de poderoso que cuando despertó luego de que Tom lo hiciera suyo. No tenía miedo de nadie ni nada, ni si quiera de Tom. Nada podía pasarle, porque de algún modo su corazón y cabeza le decían que Tom no dejaría que le ocurriera si quiera el daño más mínimo.
Sólo se encontraba ansioso; nervioso por volverlo a ver; por volverse a fundir en esa mirada imponente y fría, única, que lo caracterizaba; inquieto de estar frente a frente y que Tom leyera inmediatamente sus vivencias y sus pensamientos inmediatos. De todos modos, no había nada que esconder, Tom sabía que estaba enamorado de él y que quería además que se hiciera responsable de sus acciones.
Cuando el timbre sonó, los estudiantes restantes entraron al aula, todavía hablando entre sí con ayuda de susurros llamativos. Las espesas y largas pestañas de Bill se batieron, en medio de un calmoso parpadeo.
Fue así que las tediosas clases comenzaron, más incómodas que su primer día.
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El guardia, achicado de hombros, escondió la vista, viendo dos pares de zapatos cruzar por la puerta principal. El número de procedencia no necesitaba ser cacheado, mucho menos si Tom traía las manos implantadas en los bolsillos de su chaqueta. Vid, que sonreía radiante, saludando, oyó el crujido de la quijada de Tom al apretarse. Sabía que escuchaba las conversaciones y los pensamientos de todos ahí.
«El conejo está aquí»
Erguido, Vid se puso a un lado de Tom y caminó así, junto a él, cruzando toda la parte frontal del lugar.
«Bill Kaulitz ha llegado por fin a la escuela»
«¿Viste su ropa y su cara? Me atrevo a decir que está muy bueno»
«¿Viste ese trasero? Y pensar que Trümper se lo ha devorado como quiso»
Miles de comentarios salían de cada rincón. Tom tensó aún más su rostro, agresivo, y sus cejas pobladas se fruncieron en notoria contrariedad. Vid miró a su primo, de re ojo, percibiendo cómo empezaba a irritarse, sintiendo la fuerza inquebrantable y suprema de su ser salir como si cuerpo estuviera listo para atacar. Sonrió; Tom se miraba realmente garboso.
«Ría está muy molesta en los baños»
«¿Crees que Vid ponga los ojos en el conejo?»
Impactado, Vid curveó los labios, seductor. Ladeó la cabeza hacia Tom, pero no recibió una mirada de vuelta. Era inasequible que Vid pusiera los ojos en el híbrido con el que Tom se había encaprichado.
Absolutamente ridículo.
«Dicen que el conejo no vale la pena, pero incluso me arriesgaría a pedirle salir. Con esa cara tan bonita y ese trasero bien formado su promiscuidad no me interesa en lo absoluto»
«¿Trümper realmente cambió a Ría por «eso»? »
«»Eso»» Pensó Vid, haciéndole llegar su confusión a Tom, sin dificultad. Tom esta vez lo miró, trasmitiendo en sus ojos una ira que Vid entendía a la perfección. Sólo alguien como Vid podía entender ese tipo de comunicación no verbal «No trates de escuchar sus ‘pensamientos’ desde esta distancia, ni si quiera yo puedo oírlos» Meditó, logrando que Tom, al escuchar su último pensamiento, volteara la cara con gesto irónico, cargado de supremacía natural, una que sólo él poseía y que nadie era avezado de imitar.
Sí, Vid era el único que podía saber lo que transitaba por la cabeza de Tom.
Al llegar al área de duodécimo, Tom dio vuelta a su derecha, subiendo las escaleras para llegar a su piso, caminando firme, tan impertérrito que Vid oía la vibración de sus recios pies al subir los peldaños, y que se expelía como si fuera a destruir el concreto con una sola pisada.
En el tercer piso todavía los híbridos murmuraban.
«Cállate, cállate, que Tom está a punto de pasar por aquí »
Vid escuchó, tranquilo. Sabía que Tom no haría nada en contra de esas personas, no porque no quisiera, sino porque correrían rumores todavía más escandalosos si llegara a repartir puñetazos por doquier. Sonrió para sí mismo, orgulloso de que Tom controlara, por primera vez, su agresividad al menos un poco. Bill odiaba que lastimaran a otros, y Vid sabía a la perfección que Tom no quería que Bill lo aborreciera del todo, no ahora.
Definitivamente Bill tenía poder sobre Tom, uno que nadie podría imaginar.
«¡Todos cállense!»
«¡Qué se callen, Vid y él están aquí! »
«Agachen la cabeza»
Entonces, Tom pasó a un lado de los híbridos inferiores, sin si quiera contemplarlos. Vid, por su parte, simplemente siguió a su primo y disfrutó del cambio. Era la primera ocasión, en esos casos, que Tom no se dejaba llevar por su violencia, y eso sólo significaba algo.
«Por favor, que Tom no me haga daño »
«Nada malo va a pasar, nada malo»
«Por favor, por favor, si me has escuchado no me mates»
En el salón de clases, varios alumnos mantenían la cabeza contra el pupitre, escondiendo los ojos y rogando por sus vidas, mientras Tom, tosco, se sentaba en su lugar. Vid, a su lado, bostezó, ansioso por conocer a Bill Kaulitz, el famoso conejo que manejaba a Tom sin esfuerzo y sin estar consciente de ello.
Definitivamente las imágenes del rostro de Bill, que proyectaba el pensamiento actual de Tom, no eran suficientes. Vid debía conocerlo en persona.
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Al tocar la hora del almuerzo, Bill salió junto a Gustav del edificio para dirigirse a la cafetería, lugar donde todos los presentes lo observaron raro, incluso más penetrante que cuando llegó a la escuela.
Tom y Ría no estaban en las instalaciones, aquel simple descubrimiento relajó a Bill un poco. Compró ensalada de lechuga junto a Gustav y compartieron varios alimentos que habían llevado por individual. Desde su minúscula mesa, que lucía atestada de comida, todavía se seguían escuchando los comentarios de la gente, habladurías que insultaban a Bill por la espalda y que lo catalogaban como a todos los conejos desvirgados, además de sacar a colación a Tom. Incluso hasta la barriga de Gustav logró pasar desapercibida, y eso en cierta parte fue bueno.
Los híbridos sólo veían y hablaban de Bill, el conejo desvirgado con precioso aspecto, mala reputación, y buena suerte por haber sido tan premiado luego de su transformación. Lo positivo era que nadie, por ahora, le había hecho daño físico.
—Escuché que Tom está en la cancha de basquetbol—murmuró Gus, acariciándose el vientre y metiéndose un pedazo de tomate a la boca —. Y nosotros también vamos para allá luego del almuerzo. ¿Estás listo?
Bill tragó duro, dejando que un escalofrío ondeara en su médula espinal.
—Estoy listo. ¿Tenemos gimnasia ahí porque en los otros lugares está ocupado, verdad?
Gustav asintió rápido—. Nos pondrán a hacer ejercicios, a elongar…ya sabes, todas esas mierdas que hace la gente para estar sanas —explicó con la boca llena—, pero mi bolita y yo no podremos elongar mucho, así que te echaremos porras. —Sonrió, coqueto y juguetón, sabiendo que Bill se ponía muy nervioso cada vez que le recordaba al León Blanco—. Cuidado, lo más seguro es que Tom te vea elongar.
Bill se mordió el labio inferior y movió la cabeza, estando de acuerdo con Gustav.
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Una hora después de reposar el almuerzo, Bill fue a su casillero para sacar el short de elástico corto que debía usar como uniforme de gimnasia. Odiaba ese uniforme, no entendía por qué debía vestirse como todos sólo en gimnasia, y tampoco le agradaba que su short fuera muy pequeño y apretado.
Todos los días los estudiantes iban con ropa libre, el problema era que sólo debían cumplir con el mismo uniforme de gimnasia, especialmente los de noveno y décimo, ya los de años superiores tenían la opción de usar la ropa deportiva que quisieran.
—¡Rápido, que la hora terminará pronto! —El entrenador, un delgado híbrido con sangre de Perro, gritó en el área de casilleros privados, obligando a los alumnos a salir con su ropa en mano.
Bill comprimió su ropa con fuerzas y caminó pausado, a un lado de Gustav. Al estar en la puerta de la cancha, se detuvieron; el entrenador debía hacer espacio para instalarlos ya que el equipo de basquetbol se encontraba practicando. En las gradas se hallaban estudiantes que disfrutaban de ver la práctica de baloncesto, entre ellas, en frente, justo en la parte inferior de lado derecho, a Ría, que veía atentamente a Tom.
Gustav codeó a Bill. Y éste, al levantar la vista, se halló con Tom a unos cuantos metros, con el balón en mano y encestando, tan rápido como un parpadeo, impetuoso y rígido. No obstante, algo lo distrajo, sus ojos se abrieron en grande al notar que un híbrido en especial, que también practicaba basquetbol, lo veía fijamente. Se trataba de un híbrido alto, de cabello castaño corto, simpático y de una gran fuerza. Un león blanco al igual que Tom.
«Vid» meditó luego de un centisegundo, volviendo la cabeza hasta donde la tenía al principio, obligado por un magnetismo, directo a Tom, que lo escrutaba, gélido y penetrante, con semblante serio y acusador, como si hubiera hecho algo mal.
Bill imaginó que esa expresión era porque había pensado en Vid primero que en él.
Tom apartó la mirada de Bill, flemático, y siguió con el juego, adueñándose del balón naranja como un verdadero maestro, tan indiferente que dolía. El pecho de Bill se afligió de repente, lastimado.
Tom, en su reencuentro, ni siquiera le había visto por tres segundos, mucho menos trasmitido sorpresa en su gesto, y eso sólo significaba algo para Bill: ya era pasado y nada más, así como todas sus antiguas víctimas a las que sólo les arrebataba la virginidad.
Gustav sujetó el brazo de Bill y lo hizo adentrarse al lugar.
—Van a vestirse en este rincón, los baños están ocupados por los de undécimo —anunció el entrenador, apurando al alumnado.
Los claros ojos de Bill se entornaron más de tres veces, en inquietud. El colmo era cambiarse en el mismo lugar que Tom y Ría, agregando que permanecería vestido con un short pequeño que muy a penas le tapaba la ropa interior.
Irónico por las cosas de la vida, rió tal falsete. Sin embargo, lo haría, le demostraría a Tom que también ya había dejado todo en el pasado.
«Vete a la mierda» pensó con insistencia, sabiendo que Tom escucharía su meditación que iba dirigida precisamente a él.
Tom, con el eco en sus oídos y el aroma erotizante en todos sus sentidos, volteó hacia atrás, apreciando con exactitud el pequeño cuerpo inclinado de Bill, el cabello largo y liso, esas manos que desabrochaban el pantalón ceñido y que lo bajaban, ayudándose de un suave contoneo de caderas, hasta quedar en unos pequeños calzoncillos en forma de triángulo color negros que dejaban ver por completo sus muslos y una porción de trasero de cada lado, sólo cubriendo la separación de las tornadas nalgas.
Vid le arrebató el balón a Tom, ágilmente, aprovechando su estado distraído, corriendo hasta la canasta para terminar saltando sobre ella y con una mano, encestar.
Continúa…
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