
«Híbrido» Parte II (Monnyca16)
Especial 2
El viento no soplaba en aquel amplio lugar; no había manera cuando el sitio se hallaba techado y sin ventanales que regalaran al menos un destello de luz. Se trataba de una grandísima habitación construida precisamente para entrenamiento real. En el centro se encontraban piedras calizas formando un hexágono, figura que iba aumentando su tamaño hasta cubrir el suelo de todo el cuarto.
Las paredes se habían edificado con piedra natural, arena y metales pesados. Y pese a su antigüedad, era la primera vez que Tom y Vid entraban para foguearse. Había centenares de edificaciones, pero esa a diferencia de las demás, concentraba el calor corporal, el aire y el ruido. Y aquello era lo que se necesitaba para un entrenamiento matutino que guardaba como primer objetivo visualizar la fuerza y embrutecer el cuerpo para adquirir aún más.
Todas las mañanas ejercitaban su ser tanto física como mentalmente. Debían hacerlo, era su obligación como únicos monarcas aunque únicamente uno pudiera ocupar el mando. Ambos sabían de antemano quién ocuparía el puesto, pero aun así era recomendable seguir aumentando sus habilidades y energía.
Los entrenamientos matutinos consistían en lectura de técnicas, concentración de fuerza en cada miembro, y en el acto brutal de lanzar golpes contra el otro sin antes haber calentado mentalmente la energía que poseían ambos cuerpos. La descomunal carga enérgica que poseían dolía si no la equilibraban en su ser, y la mejor manera de mantenerla bien distribuida en las extremidades era realizando combates a nivel monárquico.
Su ardoroso pene trepidó dentro de sus anchos y tórridos pantalones construidos de pesados telares, estaba tieso y húmedo, una fogosidad combinada con disgusto. Sus testículos lastimaban más de lo normal, aquello siempre sucedía cada vez que lo recordaba; su voz, su piel, la inocencia de sus ojos y el centelleante rubor de sus mejillas cada vez que consiguió poseerlo entre sueños y a carne.
Le causaba un enorme conflicto reconocer que seguía inmerso en la misma fosa y que Bill Kaulitz estaba implicado.
Los sueños eróticos de hacía más de un año seguían apareciendo como tortura pura pese a no solicitarlos.
Sin embargo, muy en el fondo de su coraza, uno de sus más grandes anhelos era volver a vivirlos aunque admitirlo fuera absolutamente imposible.
El sudor ácido corría por toda su frente marcada ligeramente por su ceño fruncido; todo su rostro, cuello y pecho oculto por un turbante color negro que solamente dejaba a la vista su mirada felina y oscura, aquellos pozos negros sin fondo que escondían toda una travesía.
Sobre la cabeza y bajo el turbante se situaba una corona plana hecha de iridio, metal pesado que cargaba también sobre sus hombros gracias a una capa corta hecha de loneta negra. Vid vestía de forma similar, dicho ropaje en conjunto con los amplios pantalones era el ideal para el adiestramiento palaciego de los leones, tal y como todo soberano debía realizar.
Sus músculos se hallaban enfocados en el contrincante, pero su concentración no lograba enfilarse a un cien por ciento. Vid lo escrutaba, caminando descalzo y pausadamente por todo el centro de la habitación, apretando las manos y trasladando su energía a la parte frontal de su cuerpo.
Tom podía leer con más facilidad su técnica; su visión probablemente había estado creciendo más de lo habitual, al igual que su fuerza. El Tom de antes era un octavo de lo que ahora era. La fuerza no podía compararse, mucho menos las habilidades y la posición. Vid únicamente había intensificado un veinticinco por ciento en fuerza, pero seguía siendo un subordinado.
Vid sonrió de lado, mordaz, se acercó a una velocidad que Tom no imaginó que tuviera y esgrimió su recio puño directo a sus costillas. El potente golpetazo movió a Tom más de tres metros, pudieron haber sido más si el atacado no se hubiese sostenido de la densidad.
Ninguna costilla llegó a romperse y sus órganos seguían intactos, simplemente la sacudida le había provocado perder un escaso porcentaje de su equilibrio.
—¡Él no está aquí! —Rugió Vid, alto y contra el turbante que le ocultaba la boca, yendo nuevamente hacia su primo para lanzarlo esta vez a la pared, que se partió en dos cuando Tom fue arrojado con precisión. Era la primera ocasión que utilizaba un ambiente techado, y ambos se irritaron al ver inmediatamente el techo caerse sobre sus testas. El concreto golpeó la espalda de Tom, pero logró salir del escombro —. ¿Cuándo vas a concentrarte? —Exigió zumbón, alzando una de sus pobladas cejas.
Pocas veces obligaba a Tom a concentrarse cuando le echaba en cara su posición distraída, y parecía gozarlo al notar que el aroma de Tom comenzaba a pringar hasta los rincones. Molestar a Tom se había convertido prácticamente en su mejor pasatiempo a la hora de los combates.
Tom empezaba a indignarse desmesuradamente y eso era lo que su primo necesitaba. Cuando los dos utilizaban un alto porcentaje de su energía dentro del entrenamiento matutino, ambos se hacían más fuertes.
—¿Por qué te desgastas tanto cuando él ni siquiera piensa en ti? —espetó satírico, recibiendo un puñetazo en la cara. Trastabilló, estando a punto de caerse al suelo. Por un momento su quijada se desencajó.
Tom se aproximó hacía él y pateó su estómago. Vid gimió de dolor, sus huesos chirriaron, pero logró sujetar un pie de Tom y tumbarlo con premura, consiguiendo que por el peso otra parte del techo se derrumbara sobre su cuerpo.
Polvo los envolvió, revolviéndose con su sudoración.
Trozos de piedra les desgarró las ropas. Tom se arrancó el camisón que tenía bajo la capa y el turbante, y se puso de pie, mostrando su torso desnudo y empapado de sudor mientras el pesado turbante y la capa simplemente quedaron en su lugar; dicho ajuar no podía desaparecer durante el entrenamiento debido a la representación simbólica que tenía.
Si algún otro híbrido cargaba sobre su cabeza y hombros el iridio condensado que ambos vestían con ayuda de turbantes gruesos que cubrían casi por completo su rostro, cuello y hombros, entonces morirían aplastados e inclusive sofocados. Los entrenamientos soberanos eran acatados por leones desde los cinco años de edad y por tanto se había convertido en su cotidianidad.
—Bill está dormido ahora —añadió, comentándole con toque retador que a diferencia de él, sí podía rastrear el paradero exacto del conejo. Tom anteriormente podía obtener ese tipo de información, pero ahora no. Sentía el aroma de Bill sin importar qué tan lejanos estuvieran, pero Bill desde meses atrás se había vuelto imposible de detectar de forma mental. Tom supo que algo había cambiado y no lograba entender por qué la situación era así. Llevaba bastantes semanas que no desnudaba la intimidad de Bill pese a la distancia, una habilidad que tardó en coartar y que ahora ya no tenía en sus manos ejecutar —. Lloró durante la noche al recordar a su abuela —continuó, cayendo al suelo por completo ante otro golpe por parte de su primo. Se ocultó la cara con los brazos cuando Tom le lanzó un tiránico trozo de pedernal, levantando una ola de tierra a su paso.
—¡Levántate! ¡Tu energía ha disminuido en lugar de haber incrementado! —Tom gruñó, jadeante. Recogió un pedazo de roca casi del mismo tamaño que el anterior y se lo lanzó con saña, comenzando a quebrar el suelo casi en su totalidad. Lo que antes era una habitación de entrenamiento, se volvió un lugar atestado de cascote—. ¡Levántate!
De la montaña de escombro, Vid salió, tosiendo por el exceso de polvo. Se puso de pie con una mórbida sonrisa y los ojos brillantes.
—¡Cobarde! Un cobarde. En el fondo él sigue creyendo que lo eres…—Se limpió la boca—. No se equivoca.
El rostro de Tom se tornó rígido y su corazón dejó en evidencia que dicho comentario lo había ultrajado.
Inmediatamente apretó los labios, tragó a bocanadas una gran cantidad de oxígeno y convirtió su acerba posición a una bastante apática. El cambio fue excesivamente contundente, tanto, que Vid abrió mucho los ojos.
—¡Chicos, ¿qué ha pasado aquí?! —La madre de Tom llegó en ese preciso instante. Se acercó a su hijo siendo atraída por una severa preocupación—. ¿Tom?
—La sesión ha terminado —anunció sin interés alguno, yéndose del lugar sin mirar a su alrededor.
Vid se dirigió hacia Simone, se sacudió el polvo del turbante y volvió a reunir fuerza en sus brazos y piernas para sentirse estable. Su espalda tronó al enderezarse.
—¿Lo sabe? —cuestiono ella al percatarse de que Tom estaba fuera de su alcance.
Vid negó con la cabeza, tragando una bocanada de aire.
—Pero se está desesperando demasiado. Ahora no descansará hasta saber por qué no puede saber nada sobre Bill.
—Es por su bien —mencionó ella, sabiendo que Tom nunca podría escuchar su voz pese a sus habilidades.
Tom no podía leer sus pensamientos ni vivencias, así como tampoco escuchar su voz cuando no hablaba con él. Y así como Simone bloqueaba esos aspectos, Vid también, todo por el bienestar de Tom
—Falta poco para que vuelvan a verse. —Vid chasqueó la lengua, como si un sabor amargo lo invadiera—. Entonces veremos qué es capaz de hacer.
Simone asintió, algo dudosa.
—No te preocupes, hiciste bien. Estoy seguro de que gracias a ti Tom va a comprender que su forma de pensar no es la acertada.
—Le dolerá —agregó ella, entornando los ojos—. Sufrirá más de lo que te imaginas. Lo conozco, yo…Tom ha estado esperando tanto para volverlo a ver, aunque no lo acepte, lo sé. No saber nada de él lo va a volver loco. Tom ya tiene trazado su plan y al ver que las cosas no van a poder ir hacia el rumbo que quiere…
—Lo sé, pero tiene que pasar. Es la única oportunidad para que no vuelva a cometer el mismo error.
—¿Y si Bill ya está enamorado de otro? ¿Y si sus sentimientos cambian al verlo y termina repudiándolo?
Vid puso las manos sobre sus hombros, reconfortándola.
—Lo ama, aún lo hace —confesó Vid, lo sentía y el rastreo no podía equivocarse.
Un tortuoso silencio se hizo presente. Los dedos de Simone temblaron al juntar las manos. Se encogió de hombros, alzó la vista y cuando sus ojos y los de Vid se conectaron, prosiguió:
—¿Y sus deseos de embarazarse? —Dejó la boca entre abierta, lista para que más fonemas salieran —. ¿Se han ido?
—No, solo que…
—¿Solo que, qué?
—Ha mandado una solicitud al hospital de inseminación artificial.
—¿Qué? —Un quejido reprimido y casi mudo evacuó de su boca semiabierta.
—Se lo prometió a sí mismo. Él anhela un hijo y está en todo su derecho —explicó—. No ha tenido suerte con nadie por su deshonra. Un hijo lo haría sentir acompañado al menos. —Respiró hondo, necesitando llenarse—. Faltan unos días para que esté en su mes de atractivo…mismo mes que Tom lo verá.
—¿Crees que le den la aprobación para que se embarace artificialmente?
—No lo sé, aunque hay más probabilidad de que no lo aprueben. Bill ha irrumpido su edad sagrada, sin importar que él no haya tenido la culpa. Su perfil ha quedado catalogado en el nivel más bajo. A menos que con la movilización de leyes tenga una esperanza. Pero lo dudo, Tom no le dejará en bandeja de plata que tenga un hijo y menos si eso significa que le pondrán espermatozoides de híbridos que no sean él. Lo conozco, Tom es capaz de hacer todo lo posible para que no se embarace de alguien más, mucho menos si es fecundación natural.
—Y Bill…¿tiene vida sexual activa?
Simone sabía que esas preguntas eran muy privadas y que ella no podía dominar la vida de Bill, únicamente y sin ser justificación, estaba desesperada y no quería que Tom sufriera más. Tampoco era justo ir en contra de los planes de su hijo, pero por primera vez quería que hiciera lo correcto. No permitiría que su hijo fuese solitario de por vida, así como tampoco que siguiera lastimando a Bill.
El dolor refrenado de su hijo le partía el alma. De alguna manera se sentía culpable y pese a que no tenía derecho de dominar su vida, lo haría por su bien. Tom probablemente jamás la perdonaría si todo resultaba mal, sin embargo, se arriesgaba cada vez que le confiaba aquel pasado al híbrido que hasta el momento Tom había adorado y destrozado con todas sus fuerzas.
—No. Y eso de alguna manera lo ha desanimado.
El corazón de Simone se tranquilizó, su acelerado pulso decremento y un calorcito reconfortante le colmó el pecho. Ese dato sin lugar a dudas había sido un íntimo alivio pese a que en parte estuviera mal desvelar la privacidad ajena. De todos modos se volvía imposible para la familia de leones evitar que dicha información llegara tan fácilmente, más si Bill seguía siendo tan endeble y susceptible ante esas circunstancias.
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El constante sonido de las manijas del reloj era la única melodía que se oía en el despacho donde se encontraba. Su sede con terminaciones de oro puro se hallaba vacía en esos instantes, Tom entretanto caminaba lentamente a lo largo de su recóndito lugar de trabajo.
Sostenía un libro de tamaño promedio, viejo y con lo necesario para introducirse en el mundo de la estadística. Centenares de cifras y categorías atestaba cada hoja requemada por la antigüedad. Acogía entre sus ásperas y toscas manos el primer Manual Diagnóstico que se imprimió. Era auténtico que no estuviera deshecho por el paso de los años.
Cada especie estaba catalogada y Tom percibía que la nueva categorización arrojaría datos estadísticos impresionantes. De alguna manera la mayoría de los ciudadanos acreditados había crecido en fuerza, destreza y habilidad. En el viejo Manual no se exhibían explícitamente todas las características y por ello la sociedad no estaba rindiendo en sus puestos de trabajo, así como tampoco en su vida emocional.
Era necesario un cambio radical inclusive en las leyes federales y locales del país. Muchas de las profesiones se habían desviado de sus objetivos iniciales y la situación no podía seguir así.
Tom cerró los ojos y se rascó el puente de la nariz, exasperado. Un aroma característico llenó sus fosas nasales, se trataba de una colonia concupiscente que exudaba una fémina. Escuchó desde luego un par de tacones chocar contra el suelo de piedra. Miró de re ojo su viejo reloj y al rectificar que era la hora de su desfogue carnal, su pecho sufrió de un dolor que de cierta manera consiguió adormecerle los pectorales y los hombros.
Diariamente sufría de erecciones dolorosas, en las cuales sus testículos guardaban un exceso de tensión tanto sexual como de energía nacida de su desolación.
Todos los días se sentía vacío luego de tener una ardua sesión sexual. No lograba sentirse satisfecho del todo, no lo hacía por el simple hecho de follar con alguien que cubría sólo la mitad de su placer inconsciente. Y, sin ser diferente a otros días, prefería masturbarse con insuperable furia y repudiar cuerpos que no se parecieran al de aquel híbrido.
El problema radicaba en que no quería seguir sintiéndose tan desolado luego de encuentros que debían proporcionarle alivio en vez de hundimiento. Pero por más que intentaba concentrarse y dejarse llevar, recuerdos diversos aterrizaban en su cabeza, irritándolo. Era involuntario y fastidioso.
Pensaba que lo había olvidado, diariamente tenía conflicto con ello. No quería seguir recordándolo
—¡Estoy tan húmeda! —Ría confesó inmediatamente al cruzar la puerta, lanzó su bolso al suelo y sin preámbulos comenzó a desvestirse.
Tom la miró, enfocando la vista en el plano vientre descubierto. Tensó la mandíbula al ver lunares cerca del ombligo y entornó los parpados, encontrándose con la verdadera imagen: un vientre plano sin detalles de fertilidad.
Desvió la mirada, rehuyendo del vívido recuerdo del minúsculo cuerpo de quien lo volvía completamente loco. No estaba en sus planes remembrarlo, pero lo hacía. Se sintió impotente; no podía ser dominado todo el tiempo por un ser que ni siquiera tenía cerca.
Pronto se cumplirían dos años, era totalmente intolerable seguir encaprichado. Lo más desastroso era que pese a eso todavía quería encontrarlo para volver a hacerlo suyo incontables veces sin importar lo que costara.
Los gruesos y delineados labios de Ría besaron su mentón con libertad, alcanzándolo a sacar de su estado paralizado. Tom ladeó el rostro, rechazando de inmediato su hora de desfogue. Esa era la tercera vez en esa semana que no estaba dispuesto a tener nada con ella. Incluso para Ría fue difícil cambiarse todos esos días y regresarse por donde había venido; era lo único que podía obtener de Tom y sentía que dentro de poco tiempo ni eso alcanzaría de su parte.
—¿Por qué? —inquirió ella, dejando su desnudes a la vista sin pudor alguno. Pedir explicaciones era su mayor característica, detalles que se reforzaron al pasar los años, cuestionamientos que eran espetados con coraje reprimido y dejados en el aire, sin un asomo de respuesta si quiera. Tom no se preocupaba por contestar a sus dudas, así como tampoco le había dado la confianza para que ella se atreviera a imaginárselas, no obstante, ahora notaba que Ría se daba un lugar que no le correspondía, ni a ella ni a nadie más —. ¿Es él? ¿De nuevo es él?
Los furibundos ojos de Tom le dedicaron una mirada cargada rechazo. Había sido una impertinencia, reproches sin sustento que alguien como ella no tenía permitido derrochar. Ni ella ni nadie que no fuera de su sangre.
—¡Es él! —Confirmó desesperada, gruñendo debido a la humillación que el silencio de Tom le hacía sentir —. Él no…
—Recuerda cuál es tu lugar —espetó Tom en interrupción, caminando hacia ella —. No eres nadie — añadió, acariciándole sin cuidado la mejilla con su dedo índice y pulgar —. Así que no seas imprudente; no te corresponde.
Sin más reproches verbales, pero con el rostro displicente, Ría dio un paso hacia atrás, agarró sus cosas, se vistió nuevamente y salió del lugar. Tom, por su parte, se rascó la oreja y apretó la mano derecha justo en su entrepierna endurecida. Comenzaba a entumecerse, sus testículos los hallaba más hinchados al igual que su falo. Se amansó unos momentos, prestándose un poco de atención.
«Él»
Anteriormente le había sido difícil haberlo dejado en libertad. Su garganta quemaba incluso con más insistencia ahora. Era capaz de soportarlo, siempre había sido capaz, entonces lo único que debía hacer era dejar que el tiempo pasara, tal y como antes de que aquel ser entrara en su vida.
Apartarle la estrella costó de esfuerzo físico y mental, fue una sensación intensa y la energía recuperada más dolorosa que hasta el momento había sacudido todo su cuerpo. Duró tres largos meses calcinando dicha esfera de fuerza. Y aunque ya no quedara nada que le hiciera estar unido a él, seguía sintiendo restos de sus caricias.
Debió haberlo dejado muerto aquella vez, seguía reprochándose esa acción. Vivía arrepentido de sus apasionadas reacciones, más al tener presente que en cualquier momento volvería a verlo. La simple idea le aceleraba el pecho y aumentaba sus nervios. Se desconocía. Ese no era el Tom que se empeñó en ser, y no podía permitírselo.
Sabía lo que le sucedía, y aun así se arriesgó. Pisó tierras que nunca debió y se dejó llevar cuando nunca antes lo había hecho. Estuvo a punto de perderse a sí mismo, a su protección y no volvería a repetirlo. Se aseguraba de reiterarse que no valía la pena seguir encaprichado.
No podía volver a caer, no podría volver a despedirse de algo a lo que nunca debió aferrarse. Arriesgarse no estaba en sus planes, nunca lo estuvo, pero cada vez que lo recordaba sentía la necesidad de acceder un poco. Era débil ante él aunque aceptarlo de su propia boca fuese absurdo y degradante. Lo manipulaba, lo doblegaba, le alteraba, simplemente lo tenía en sus manos y en cualquier momento podía estar de rodillas ante él.
Él abarcaba todo su campo de visión, golpeaba su pecho y lo sacudía sin si quiera ponerle una mano encima. Tenía poder sobre él, y ese simple hecho lo enervaba. A pesar de todos sus esfuerzos seguía siendo frágil ante su dulce mirada y sabía que seguía siendo controlado por él en todas sus acciones.
Jamás había sido alguien que se abstenía sexualmente, tampoco alguien que se preocupara por otros. Su egoísmo pudo haber disminuido un poco y no era recomendable. Incluso Ría lo había notado y era señal suficiente para desaparecerla, y aunque tuviera lo necesario para hacerlo, no podía avanzar. Ría después de todo era importante y hasta que no encontrara a alguien como ella, no podía acabar con su vida.
Estaba entre la espada y la pared.
Apretó su hinchado pene por sobre los pantalones, sintiendo cómo se iba haciendo flácido gradualmente.
Echó una rápida mirada a su alrededor y se detuvo al escuchar que esta vez su primo se acercaba.
Olía a café.
—Simone te manda esto —pronunció, dejándole una espléndida taza de café en el escritorio. Tom levantó la cabeza y lo miró sin expresión aparente —. La cena va a estar lista en cualquier momento —añadió, viendo el lugar y terminando por sentarse en el sillón que permanecía cercano a Tom.
Aspiró profundo, ruidosamente.
No se iría. Su plan era seguir masacrando a Tom a su manera, obligarlo a mostrar sus debilidades; eso sería el comienzo para lo que vendría el siguiente mes. Tom se hallaría inclusive más perdido si no confesaba al menos sutilmente que extrañaba a alguien.
—De nuevo estaba molesta —comentó Vid, hablando de Ría —. Está en sus últimos días de celo. Fue tan humillante…
Tom bebió de la taza de café, pensativo, sin pronunciar palabra.
La mano derecha de Vid se cerró, formando un puño poderoso. Lo observó, rotando su mano. Tom tenía razón, su fuerza realmente había disminuido. Sacudió la muñeca y resopló, echando la cabeza hacia atrás. Tom lo avizoró con el rabillo del ojo.
—Tenías razón…—susurró—. ¿Podemos entrenar esta noche? —Alternó la mirada entre Tom y su puño—. La energía…No he cumplido con la meta del día —añadió, cerrando aún más su mano con frustración, desganado —. O mejor regálame un poco ahora mismo. —Juguetón, se puso de pie, yendo a pasos lentos hasta Tom. Situó una mano en su hombro, bajándola hasta su pecho. Los músculos de Tom estaban tiesos; había un excedente de fuerza y era seguro que Tom no le pediría ayuda, por tal motivo era mejor utilizar cualquier justificación para ayudarle a eliminar el exceso —. Prueba llorando…es bueno llorar de vez en cuando —opinó, separando con cruel sosiego su palma extendida de aquella tirante piel cubierta, sufriendo por el palpitar de sus venas al haberse impregnado de la vigorosidad del cuerpo ajeno —. Por eso acumulas fuerza innecesaria. Necesitas aprender a…
—¿Está bien? —Lo interrumpió de golpe, sereno pero en el fondo intranquilo. El brillo de sus oscuros ojos lo decía todo.
«Él» Vid oyó zumbar en sus oídos lo que Tom recién había pensado.
Vid levantó el mentón, sin apartar los ojos de su primo. Tom había ido al grano y no se arrepentía de haberlo hecho. Y Vid, que iba con el fin de enderezarlo, decidió darle un poco de información. Eso era lo único que podía hacer por él.
—Su día no fue el mejor —contó, apartándose un metro para andar por la habitación y equilibrar por sí mismo la energía que había obtenido de Tom —. Ha adelgazado mucho, pero ha estado muy apurado toda la semana —complementó—, así que se podría decir que es normal.
—¿Qué tanto?
Vid se volteó para verlo. Tom se refería a la crucial delgadez del que hasta ahora era innombrable.
Levantó las manos y buscó una manera de ejemplificar la complexión del chiquillo.
—No lo sé, tu mano extendida es su cintura. —Se rascó el cuello, calculando un aproximado.
Tom volteó hacia su lado izquierdo, quedándose quieto. Vid soltó un suspiro, comenzaba a dolerle la espalda por la transferencia de fuerza. Debía dejar de absorber la fuerza maligna de Tom, pero no era capaz. Si Tom sufría, Vid también lo haría. Su crianza lo corroboraba.
Luego de un tortuoso silencio, Tom levantó su mano y la abrió por completo. Sus dedos eran largos, pero seguía siendo pequeña para medidas de una cintura de tamaño promedio. Bajó su mano y la empuñó, sin dirigirle su negra y visceral mirada a Vid.
—Sexual activo, ¿lo es?
Los ojos que antes reflejaban tranquilidad y diversión, se posaron en la silueta de Tom. Éste volteó a verlo luego de unos segundos y lo que se halló no fue precisamente una expresión positiva.
—No te interesa —espetó repleto de furia—. ¿O sí?
Tom no respondió, pero no apartó su mirada. En los ojos de Vid no había rastro de vivencias, no podía leerlo. Su corazón palpitó con fuerza, dolorosamente. No tenía información de lo que quería saber y no podía hacer nada para descubrirlo.
—Y si Bill duerme con alguien más, no es tu problema —complementó el castaño, mirándolo de soslayo—. Que estés enamorado de él no te da el derecho de tenerlo privado de sexo. No pienses que porque te abstienes vas a obligarlo a hacerlo también.
Tom asintió, cáustico, poniendo los brazos en jarras. En el fondo de sus ojos rabiaba, pero su mueca burlesca lo enmascaraba al igual que su repulsiva y dolida voz:
—¿Entonces sí? ¿Con quién?
Sonaba como si esperara que en cualquier momento Bill retozara con otros híbridos. Le parecía lo más lógico. Bill era libre y tenía lo suficiente para excitar a cualquiera, pero en el fondo no quería aceptar algo como eso, no cuando se había abstenido por mucho tiempo, porque cuando pretendía follar lo recordaba.
—No es como si fueras a hacer algo si te lo digo —respondió Vid, dándole un golpe en el hombro para quitárselo del camino. Tom lo regresó a su sitio, esperando por la respuesta que había exigido —. ¿O qué? ¿Piensas reclamárselo? ¿Con qué cara? —instó, empujándolo con todas sus fuerzas —. Ni siquiera puedes decirle que lo amas.
—¿Amor? —Se giró, moviendo la cabeza de un lado a otro, evasivo.
—¿Entonces qué es lo que sientes por él? ¿Compasión? ¿Amistad? —Rió con sus sugerencias, torciendo la boca —. Simplemente acéptalo. Lo amas.
—Y aunque fuera así, no es posible —espetó seriamente, andando a pasos lentos por la habitación.
—Tú mismo te contradices. Cuando das un paso, retrocedes tres… Bill no tiene la culpa de que temas ser feliz. Él ni siquiera era amado cuando tu padre te dictó que…
—¡Cállate! —Vociferó Tom, sin atreverse a verlo a los ojos —. Cállate —imploró esta vez, cruzando la puerta de inmediato, huyendo de las palabras que describían su oscura intimidad.
Vid ladeó la testa, se encogió de hombros y bufó. Tratar con Tom era mucho más difícil de lo que imaginó.
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Sus pesados párpados lo obligaban a entrecerrar los ojos. Dos días consecutivos cursaron luego de la última vez que Ría se dirigió a su sede. Seguramente se había enfurecido por su negación la última vez, aunque eso realmente no le interesara en lo absoluto. Lo que le disgustaba era el hecho de sentirse horrorosamente desgastado por únicamente dos días sin dormir.
Se suponía que su cuerpo estaba capacitado para no dejarlo descansar en un tiempo mayor a dos semanas, por ese motivo esa noche pasó incontables horas en la sala más alejada de entrenamiento, la última, situada cerca de una cascada que usaba para ducharse cada que se lo permitía. Tanto esa noche como las anteriores había ido solo; ansiaba meditar, incorporar más energía a su cuerpo y relajarse.
Vid, por su parte, había aumentado en energía lo suficiente para hacerle pelea en cualquiera de esos días, sin embargo, Tom no estaba interesado. Los entrenamientos en binas quedaron pospuestos hasta nuevo aviso debido al ascenso monárquico de Tom, en donde tuvo que rehacer, por obligación, el estatuto de derechos sociales, el cual dejó con puntos indecisos al hallar de entre todas las solicitudes una en especial, ubicada en el área de maternidad, proveniente del hospital de inseminación artificial del oeste.
Se la había pasado día, tarde y noche revisando el movimiento social de los híbridos para comparar deseos y necesidades, y de ese modo tomarlo en cuanta para realizar un movimiento significativo. Debía correlacionar las acciones para asumir una verdadera responsabilidad. Y sabía que se encontraría con la ficha de quien no quería recordar, pero no contemplaba que hubiese una solicitud de inseminación artificial aunque fuera, inclusive, bastante obvio.
Sabía que en sus manos estaba el poder de dar la oportunidad de hacer realidad los deseos de muchos, e incluso destacar especies para darles más valor social. El trabajo limpio lo representaba y no quería cometer un grave error. En sus manos estaba cambiar la reputación de infinidad de especies, en especial la del conejo. En el país únicamente vivía un conejo, por lo cual, si eliminaba el quiebre de la edad sagrada, daba completamente lo mismo.
Pero, ¿una inseminación artificial? Si Tom limpiaba los derechos de los conejos, en específico, entonces los híbridos se enterarían y habría una alta probabilidad de que el conejo tuviera una oportunidad de aceptación amorosa y sexual.
Dichas consecuencias previstas a leyes que pudieran dar oportunidades y bienestar al conejo, no eran precisamente lo que Tom quería que sucediera. El problema era ese. Si Tom no limpiaba el perfil de Bill con su nombre, al ser el causante de su pérdida de pureza, y si no cambiaba sus derechos, entonces todo quedaría como hasta ahora y su solicitud sería denegada por obvia reputación negativa.
No sabía qué hacer en ese caso. Su desgaste era a consecuencia de eso. No podía permitirse actuar según sus deseos personales, sino fríamente. Tampoco podía condenar oportunidades por asuntos personales. Debía ser neutro y tener en boceto los preceptos antes de la categorización social.
Tenía poco tiempo para razonar y no le agradaban los cambios de planes precipitados. Le costaba trabajo dejar a un lado su vida privada, de puesto realista, sus fuerzas se diluían en ello y su concentración no estaba del todo encaminada a lo que era necesario tratar. De nuevo era dominado.
—¿Mi amor? —Simone tocó la puerta de la habitación de Tom con dos de sus nudillos.
Aguardó un segundo al oír la puerta abrirse. Tom le cedió el paso y peinó su cabellera negra con los dedos, cabellos sedosos y sueltos que llegaban hasta sus hombros, y que se ataba hasta formar una coleta la mayoría del tiempo. Iba vestido únicamente con un bóxer oscuro y un pantalón de pijama holgado.
—¿Todo bien? —inquirió, siguiéndolo. Tom volteó hacia atrás, se detuvo y se dio la media vuelta para verla de frente —. Descansa esta noche —pidió, acariciándole una mejilla. Tom sacó una sonrisa de medio lado, venció su rostro a las suaves caricias de su progenitora y sostuvo su mano como cada noche, para plantarle un beso en los nudillos. Simone sonrió, depositó un beso en su frente, palpó con las yemas de sus dedos sus pómulos y lo guió hasta la cama hasta sentarlo frente a ella —. Te prepararé tu desayuno favorito apenas te despiertes mañana. Descansa o mamá vendrá a cantarte…—Sostuvo su cabeza con ambas manos y la acercó a su pecho para abrazarlo como todas las noches. Tom se dejó hacer, abrazándola de igual modo hasta aferrarse con brusquedad por un momento —. Buenas noches, cielo.
—Buenas noches —soltó, acompañado de un suspiro poco audible. Simone se separó, le dedicó una última sonrisa y se alejó para dejarlo descansar.
Tom se dejó caer por completo en la cama y cerró los ojos, resoplando. La sensación de sus huesos crujiendo tensó sus extremidades. Estaba consternado y su cuerpo resentía dicha sensación fatigosa. Era, de hecho, más agotador que los momentos de preparación física.
Cerró los ojos y buscó relajarse, sin embargo, los abrió de nuevo, lentamente. De su boca entreabierta se escapó un jadeo iracundo. Se hallaba pensante, necesitado de oxígeno, y de él. Ansiaba acabar con el malestar, exterminar la más mínima señal de añoranza, pero cada vez que lo intentaba, su energía decaía.
Su mentalidad quería una cosa al mismo tiempo que su cuerpo pedía otra. Su impulsividad no concordaba con sus actos predeterminados. Era incoherente la mayoría del tiempo. No lo aguantaba; el cambio tan drástico era intolerable. Y esa noche especialmente se tornó mucho más demandante ir contra lo que dictaba su conciencia.
Casi dos años, tiempo estimado para que después de alejarse Bill formara una vida, como se suponía, debía hacer. No obstante, dolía. Algo irritaba, algo no terminaba de sanar por parte de quien había dañado, mientras la victima parecía haberlo superado. No estaba completamente seguro y no podía esperar para saberlo.
Si Bill seguía recordándolo, si continuaba queriéndolo, necesitaba descubrir eso aunque no tuviera derecho ni le incumbiera. Se incorporó de la cama y anduvo por la habitación a paso lento y firme, debatiéndose si intentar inmiscuirse en sus sueños o no.
Hacía mucho tiempo que no se adentraba a sus sueños y por primera vez no estaba seguro si lo lograría; no lo rastreaba, no lo leía y pese a que pudiera olfatearlo, el aroma no ayudaba mucho al momento de entremeterse en sus sueños. Ni siquiera sabía si se encontraba dormido, no sabía absolutamente nada de él.
Acortó sus pasos y miró directo al techo de su habitación, cerró los ojos, aspiró profundamente y se quedó estático, concentrado. Su sentido del olfato siguió el dulce aroma que activó su instinto y su mano se empuñó al no poder seguir el rastreo a profundidad. Sus labios se apretaron y emprendió a caminar nuevamente por la habitación, inquieto.
Era necesario intentarlo de nueva cuenta.
Agudizó su energía y cuando su entrepierna endureció y su pecho punzó dolorosamente, señalándole que estaba excedido en energía, se recostó en la cama. Cerró los ojos fuertemente y posteriormente e insistente, dejó que su olfato fuese guiado directamente hacia el paradero que se esforzaba en encontrar. Las venas de sus brazos sobresaltaron y su corazón latió desaforado ante el impacto de la calmada respiración de Bill al dormitar.
Dormido. Él estaba dormido. Entreabrió los ojos al haber logrado rastrearlo por completo. Su cabeza dolió, pero pudo por fin adentrarse a su intimidad.
La primera vez que usó su fuerza para aparecer en su estado adormilado tuvo que tocarlo para apoderarse de su sueño. Bastaba con visualizar su habitación y palpar su hombro para sentirlo por completo. Una de sus manos se aferró a las sábanas que había bajo su pesado cuerpo y la otra se posó en su abdomen contenido y abatido. Los simples suspiros adormilados del chiquillo consiguieron que su cuerpo activara su agresividad. Su control se desbordó antes de que pudiera evitarlo y mentalmente entró al mismo espacio que Bill, a lo que parecía ser su habitación.
Su visión se desfiguró. Estaba mareado, costaba trabajo ver claramente a Bill recostado sobre la cama, apenas cubierto por una ligera sábana. Tragó saliva forzosamente, ahogándose a consecuencia de su acelerado corazón. Sus costillas se extendían a cada latido, sin control alguno, al contrario de Bill, que permanecía descansando. Se acercó a su cuerpo laxo, tocó el colchón con las puntas de los dedos y se detuvo al captar que dicho cuerpo pequeño se había movido.
Levantó su mano derecha y con un cuidado irreconocible rozó su dígito con el delgado tobillo de Bill, protegiendo de no lastimarlo. A diferencia de veces pasadas, no entró de inmediato en sus sueños, sin embargo, al último instante lo obtuvo. De pronto su vista se tornó desenfocada, sintiéndose desesperado. Sujetó bruscamente la silueta que apareció casi desintegrada y la acercó a su cuerpo con exagerada rapidez.
Inclinó la cabeza y parpadeó, encontrándose finalmente con las principales facciones del híbrido entre sus brazos; sus confundidos ojos color miel con destellos de verde, que sacudieron su pellejo en respuesta a semejante ingenuidad; aquellos rosados labios, que dejaron escapar un tibio jadeo de sorpresa; y sus mejillas, que se colorearon de un suave color escarlata.
Su belleza lo encandiló de pronto, aunque pudo, desde luego, percibir cómo se lanzaba hacia atrás, en desconcierto. No pudo visualizar su cabellera ni su cuerpo; la imagen de Bill se disgregaba paulatinamente y aunque sintiera el contacto de su piel con la suya, perdía de vista sus tan representativos rasgos.
Los claros ojos que en un principio reflejaron ternura cambiaron a exacerbados, y una señal de rechazo golpeó los sentidos de Tom. Sobre su pecho sintió el suave toque de Bill para alejarlo con timidez y recelo. Tom lo atrajo una vez más, acercó la nariz a su mejilla y apenas su boca friccionó sutilmente la contraria, Bill desapareció por completo de entre sus brazos, como humo.
Bill se había despertado como la última vez. Bill lo había rechazado como si fuera una pesadilla.
El avinagrado sudor brotó del rostro de Tom, su abdomen se elevó descontroladamente por la agitada respiración y sus manos se afianzaron al aire intangible. Su cuerpo se debilitó tan pronto, que se quedó recostado y estático, imposibilitado. La energía que había gastado en dicho acto pareció excederse pese a que no había conseguido lo que tanto había estado ansiando.
Sobre la cama, Bill se encogió de hombros y se abrazó las piernas, buscando calmar la celeridad de su corazón. Escondió la cabeza entre sus rodillas y respiró profundo una y otra vez, soportando el monstruoso escalofrío que recorrió su espina dorsal. Su estómago vibró; había pasado demasiado tiempo desde que Tom no entraba en sus sueños y al no saber cómo afrontarlo, se forzó a despertar.
Esa había sido, indiscutiblemente, una gran sorpresa para Bill.
Ya tranquilo, se paró de la cama y fue hasta su pequeña ventana, su aliada pese a diversidad de acontecimientos. No podría dormir después de lo sucedido, así que esperaba meditar como estaba acostumbrado, aunque al echar un leve vistazo supo que costaría trabajo distraerse. Era muy desagradable que por más que necesitara de la brillantez de las estrellas en esa noche, no hubiera ninguna decorando el lóbrego cielo.
Continúa…
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La abuela de Bill nooooo 😭😭
Cretino Tom qué te importa si está con alguien? Ojalá asi fuera, pero a ti deberia darte igual x todo lo q le hiciste 😠😠 No soporto su actitud, ni todo lo q ha hecho durante ese tiempo…
Lo siento 🥲 tiendo a alterarme muy rápido con esta historia 🤭🤭