«Híbrido» Parte II (Monnyca16)

Capítulo 2

1 noviembre.

El sol a duras penas comenzaba a aparecer esa mañana. Las titánicas y desahogadas calles gradualmente empezaron a saturarse de híbridos, posiblemente los que querían ser los primeros en ser clasificados.

A su lado una escolta siguió sus pasos, subordinados enviados desde la Real Academia Administrativa como ofrenda a su nuevo ascenso. Él no los necesitaba, sin embargo, pensó en aprovechar a aquellos adláteres para lo que se le llegara a ofrecer.

A su alrededor deambulaban los ciudadanos, mirándolo de re ojo, tratando de calificarle, de conocerle. Era, después de todo, lo mínimo que podían hacer luego de enterarse que serían liderados y que su forma de vida daría un giro altamente significativo por su labor como único Regente.

Ese día el cambio estaba recién trazándose. Muchos híbridos de otras ciudades viajarían hasta el Edificio de los Soles para formar parte del movimiento social. Se trataba de una absoluta responsabilidad para todos los habitantes del país, pues su matriculación en la muñeca los acreditaba. Treinta y tres millones de híbridos debían tener actualizado su perfil y ser, honestamente, descritos para un buen progreso a nivel nacional.

Las ramas secas de los árboles se meneaban al ritmo del fresco viento. A comparación de otros años, el frío entró desde inicios de octubre, cuando normalmente llegaba a principios de diciembre. Y, a pesar de que no había flores cerca, se alcanzaba a olfatear un aroma armónico y seductor que tranquilizaba la zozobra desmedida de todo su nervudo cuerpo.

A diferencia de los otros híbridos, su vestimenta era ligera. Para la ocasión se había vestido con una larga casaca de cuero sintético color negro; la llevaba desabotonada, dejando a la vista una camisa color beige cerrada con apenas los primeros botones sin utilizar. Debajo de la larga casaca se ocultaban unos pantalones negros a su medida, entallados. Y cubriendo sus pies, unas botas cortas con crasos cordones entrelazados.

No tenía sensación de frío ni mucho menos de calor. Sin embargo, su organismo de vez en cuando era recorrido por una fuerte ráfaga de dolor torácico, que de cierta manera no era notado por nadie debido a su presencia sólida y despreocupada, pero que le irritaba reprimir por tanto tiempo.

La puerta de vidrio templado que tenía a menos de un metro, dejaba ver apenas a unos cuantos híbridos dentro de la edificación, instalación conformada por grises pisos de porcelanato refulgente y paredes decoradas con piedras laja de tonificaciones marrones. Bajo sus pies yacía una alfombra persa que poco contrastaba, pero que parecía haberse elegido debido a su omnipotente llegada.

Sus ojos divisaron pausadamente todo el amplio sitio, concentrado, mientras frente a su fornido cuerpo se hallaba el actual encargado del Edificio de los Soles.

El híbrido de menos de uno setenta de estatura saludó, estirando su mano derecha y agachando la cabeza a un ángulo adecuado, para después erguirse apropiadamente y moverse hacia un lado, con el único propósito de recibir al tan esperado Regente en esa mañana tan ajetreada.

El recién llegado no dio paso alguno pese a que le habían ofrecido adentrarse, más bien se giró y se sacó la mano derecha del bolsillo de su pantalón. Los híbridos a su alrededor se alertaron, pensando que serían atacados, por lo que se encogieron de hombros y mantuvieron la mirada en un punto del suelo.

Al verlos excesivamente intimidados, volvió a darse la vuelta hasta encontrarse con la mano que desde hacía unos segundos el encargado del edificio había dejado al aire, a la espera de que se la recibiera.

—Tom Trümper —su grave voz resonó finalmente en el umbral de la puerta principal, seguido de un movimiento positivo de manos; Tom alzó su áspera palma y la estrechó firmemente con el contrario, recibiendo la tensa bienvenida.

Miedo. Todos ahí le tenían miedo.

Ante la correcta presentación del Regente, los presentes se tranquilizaron. Tom percibió inmediatamente el cambio, así que decidió emprender paso para adentrarse al primer piso del antiguo y cuidado lugar. A su lado permaneció el encargado, debatiéndose si presentarse o si quedarse callado a la espera de una orden.

Tom caminó directo al recibidor, mirando de re ojo uno de los ascensores. Al parecer todo lucía en orden.

Lo que analizaba era el área que utilizaría para dar inicio a la categorización social.

Tenía contemplado realizar en primera instancia una rápida administración de híbridos según su fuerza, sin tomar en cuenta la especie, debido a que el primer punto que deseaba eliminar era el de los niveles socioeconómicos; la especie no dictaba el grado de energía en lo absoluto según su estudio estadístico, ni mucho menos su vívido recuerdo de privada convivencia con los otros.

Posteriormente agruparía a todos los híbridos que estuviesen en un rango semejante de fuerza e irlos solicitando para por segunda vez categorizarlos, pero esta vez por habilidades ejecutadas y sin ejecutar. Por último, asesorar oportunidades de desempeño. Su plan estaba realmente organizado y constaba de rápidas etapas, las necesarias para no perder el tiempo.

La recolección de datos se haría de manera colectiva y algunas veces privada, por lo que ese primer día no importaba del todo pedir a híbridos en específico.

—¿Hay algún problema, señor? —El raquítico hombre a su lado inquirió, seguro pero con la voz aún temblante.

Tom ladeó la testa, observando que a las afueras del edificio se comenzaba a atiborrar de híbridos, formando filas, posteriormente avizoró al hombre encargado, prestándole atención a su lenguaje corporal:

—No he escuchado tu nombre aún.

Lo sabía. Tom conocía su nombre al haberlo leído en el fondo de sus ojos, pero creía importante que los otros dejaran de intimidarse de repente con su presencia. Trabajar en un ambiente así no le servía.

Creía que el respeto era esencial, pero era necesario tratar con confianza para un trabajo eficiente, y que los otros le temieran a un nivel descomunal no le servía para nada.

Su posición era ser un líder, no un depravado, había entendido eso meses atrás y muy forzosamente.

—Nelson Petril —respondió rápido, nervioso por otro cuestionamiento —. Soy el encargado general del Edificio de los Soles.

—Prosigue —instó Tom, caminando con gesto indolente para dejarlo despabilar.

La boca de Nelson tembló, no sabía qué más decir. Su Señor requería más información y aunque no lo viera, no era bueno dejarlo esperando.

—Tengo diez años como máximo encargado, elegido por el ordenamiento de la Real Academia Administrativa del centro del país. Mis tareas son administrar las funciones de toda la edificación, centrando…

—La Real Academia Administrativa… —interrumpió Tom, volteándose para verlo. Nelson se encogió al sentirlo demasiado cerca, parado frente a frente —. ¿Y qué dices tú? ¿Te sientes capacitado para el puesto?

—Altamente capacitado, Señor —contestó de inmediato, viendo cómo Tom asentía, apenas conforme con la respuesta.

—Entonces párate derecho —espetó, consiguiendo que Nelson se irguiera como debía —. Organiza a tus hombres, quiero que se presenten.

Nelson salió disparado del lugar y se acercó hasta los que trabajaban a su mando, más de una docena de subordinados, para solicitarles que formaran una línea recta.

Tom visualizó el movimiento desde su lugar, apático. Sin permitirles más tiempo, se acercó, posándose en la punta de la larga fila.

—Carlo Detriot, único oficial de la edificación —anunció un hombre de tez blanca, calvo y de más de un metro ochenta de estatura. Su rostro apretado reflejaba su poca accesibilidad, sin embargo, su nivel de confianza era elevado, inclusive más de lo que Tom imaginó.

—Militarizado y con nombramiento de caudillo —completó Tom—. ¿Entonces qué haces aquí como un simple oficial? —. El hombre calvo y robusto lo miro de repente —. Este puesto te queda corto —continuó—. Sal de la fila.

Nelson quiso protestar, pero no pudo articular nada cuando Tom dio un paso al frente y escuchó la presentación del siguiente trabajador.

—Ana Baris. Manejo la estadística social, partiendo de rubros pertinentes —mencionó una fémina de alta estatura y complexión delgada. Tom observó su vestimenta y ascendió, evaluando por completo lo que había tras su mirada—. Me encargo de correlacionar y…

No pudo completar, Tom la frenó:

—¿Y qué opinas de tu puesto? Porque no cumples con lo que necesito —ella parpadeó, nerviosa—, así que no me sirves para nada.

Nelson se acercó, situó su mano entre Tom y Ana, e intervino:

—Ella ha sido comisionada por la Real Academia Administrativa. Hay órdenes precisas para que ella sea la única encargada del manejo estadístico.

Tom observó la mano que se había puesto entre su cuerpo y el de la mujer, y levantó el mentón, separándose para desplazarse libremente hasta el centro de todos los presentes.

—Es necesario que entiendan una cosa: La Real Academia Administrativa no tiene peso alguno. La he suprimido del panorama y la única administración estará aprobada por mí. Así que si han venido sugeridos por la Real Academia Administrativa, no piensen que no serán despedidos de sus puestos. No existe ninguna corporación que los respalde, el único capacitado para actuar en ello, soy yo. —Los miró a los ojos, a cada uno, pasando a su frente, caminando con calma—. Mi mandato no puede ser refutado a menos que tengan excusas sólidas. —Volvió hasta el encargado general, plantándosele al frente, mirándolo persistentemente para obligarlo a levantar la cara —. ¿Has escuchado, Nelson? El que manda aquí, soy yo —espetó en alto, haciendo resonar su voz para ser escuchado claramente.

Nelson apretó los labios y asintió obligatoriamente. Tom apartó sus ojos de él y miró de re ojo a los innumerables híbridos a las afueras del edificio. Se hacía tarde, por lo que se dirigió nuevamente a la fila de los trabajadores consolidados.

—Ustedes tres —alzó el mentón y la mano, señalando —: Ana Baris, Christopher Barón y Esteban Melchor. Salgan de la fila; están desempleados Serán distribuidos y contratados de inmediato en vacantes que cubran sus capacidades.

Los nombrados abrieron los ojos en grande, impresionados no simplemente por su previo despido, sino por el nombramiento sin error de sus nombres. Tom los conocía sin siquiera entablar conversaciones con ellos y aunque aquello era esperado, seguía siendo impresionante.

Tom anduvo hasta Carlo y mirándolo, le dijo:

—Un vasallo, ese será tu nuevo desempeño. Tu labor será seguir mis pasos dentro y fuera de la edificación.

Carlo entornó los ojos e inmediatamente asintió, sintiéndose bendecido por la labor recién impartida.

Jamás había sido un hombre de confianza y pertenecer a la orden real del Regente era más que simple suerte, claramente se lo merecía. Carlo era un excelente caudillo militar, el más destacado de su antigua tropa.

Tom se giró, visualizó a Nelson y espetó:

—Asegúrate de que todos aquí sigan órdenes de Carlo, incluyéndote. —Desvió su mirada para volver a evaluar el tamaño de ese limpio lugar —. Utilizaremos el primer piso. Las claves serán rangos: rango uno, rango dos y rango tres. Los enlistados según el rango van a ir directo a un encargado que simplemente va a cachear su número de procedencia. Los ciudadanos vienen y se van, no deben durar siquiera un minuto dentro del Edificio. El que entra, sale. Si se trabaja con eficiencia terminaremos a tiempo —concluyó, resoplando.

Comenzaba a angustiarse, sabía por qué, pero no quería embargarse debido a esa sensación —. La meta de hoy es un millón y medio de matrículas en la base de datos. Empecemos.

Inmediatamente, Carlo tomó el mando de la situación. Ordenó al personal final a un espacio en especial y teniendo a todos en sus puestos, incluyendo a Nelson, abrió definitivamente la puerta principal y dejó pasar a los individuos en grupos de doce, formándolos.

Tom, como anteriormente, se situó en la punta de la fila y pasó frente a cada ciudadano. Su lectura de fuerza era rápida, por lo que tardaba apenas un segundo en dar el rango a cada uno, personalmente. Al escuchar dichos rangos, Carlo guiaba a cada persona a su fila destinada para que su matrícula fuera cacheada, y posteriormente los híbridos iban entrado paso a paso.

Los distintos rangos tenían que ver con nivel de fuerza definitiva; el rango uno significaba fuerza mínima o inferior; el rango dos era el normalizado, el más común, un nivel estable de fuerza; y el rango tres era un nivel más destacado que el normal, alta fuerza a comparación de otros híbridos.

Tom media la fuerza al percibirla en porcentaje. Por lo que el rango uno tenía un porcentaje de 0% a 20%; el rango dos de 21% a 70%; y el rango tres, de 71% a 100%. Los cálculos eran equivalentes a su masa muscular, estatura, edad y peso, lo que significaba que existirían muchas varianzas.

Comenzando a enlistar las categorías según el rango, era notorio que la mayoría eran catalogados en el segundo rango, el cual era el «normal» el «básico». Las filas cada vez se incrementaban y el número de visitantes ascendía.

A Tom comenzaba a darle dolor de cabeza luego de más de siete horas viendo tantas caras, escuchar y leer diversidad de comentarios hacia su actitud.

—Los encargados del tercer piso preguntan si a nosotros también va a adjuntarnos un rango —Carlo inquirió tranquilamente.

Tom, dubitativo, se rascó el mentón. Había terminado de asignar rangos a más de tres docenas de híbridos en un tiempo menor a un minuto y ya comenzaba a sentir más ansiedad que por la mañana.

—Serán los últimos del día. ¿Cuál es el número de híbridos que ya dieron sus datos?

—Llevamos más de quinientos mil, Señor.

—Necesito que aceleren en la toma de matrícula, debemos tener al menos un millón y medio de híbridos archivados el día de hoy. ¿A los recién separados por rangos se les está haciendo saber que se presentarán dentro de cinco días?

—Sí, Señor —respondió, observando la rapidez con la que su más alta autoridad separaba a los ciudadanos, nombrándoles su rango alto y claro.

—¡Nelson! —gritó Tom, dejando de hacer lo que hacía para caminar hacia él—. Todo el país ha estado viajando hasta aquí, ¿lo sabes, no?

—Sí, sí…

—¿Entonces por qué no trabajas más eficiente?

—Yo lo haré, lo hago.

—Mientes. ¡Te necesito aquí! —Espetó exacerbado—. Los ciudadanos entran y se van en menos de un minuto, ¿lo entiendes?

Nelson se echó para atrás, pero logró asentir. Tom movió la cabeza de izquierda a derecha y volvió a su lugar.

Entonces el tenso ajetreo siguió. La rapidez era un factor importante debido a que todos los híbridos del país habían viajado para ser categorizados. Además la ciudad en la que se encontraban, pese a que era grandísima, no era suficiente para recibir a tanta gente de otras ciudades vecinas. El país constaba de 4 ciudades grandes, por lo que al menos no sería un caos.

Las cifras de los codificados aumentaron en las próximas horas. Justamente a las cinco de la tarde, cuando por suerte habían sobrepasado la meta del día con dos millones cien mil. Tom evaluó con más velocidad y sus sentidos ya parecían haberse acostumbrado, el enfoque ya estaba totalmente asegurado, incluso procuró ir más rápido al escrutar que Carlo había comenzado a cerrar la puerta principal para anunciar que no más híbridos serían recibidos ese día.

—Rango dos —le dijo a un grupo de cuatro personas—. Y tú, rango tres —detuvo a un adolescente y lo mandó a la fila indicada.

Al ver que los últimos individuos del día se dirigían hasta los encargados del aparato lector de matrícula, alzó su mano derecha y la movió:

—Carlo, organiza a los trabajadores apenas terminen de atender; se les asignará un rango.

El nombrado movió la cabeza positivamente, solemne. Entonces Tom caminó hacia Nelson. Iba a reprenderlo por su aberrante participación, sin embargo, cuando se le paró en frente para abrir la boca y dejar salir los morfemas, sus labios no lograron entreabrirse ni un poco, su corazón se alertó precipitadamente, golpeando su caja torácica, y su olfato mandó una señal a su cerebro.

Su cabeza quedó completamente en blanco, sus músculos se tensaron y su pellejo soportó una desmesurada ráfaga de escalofríos momentáneos. Los orificios nasales se le dilataron y erotizado, su cabeza se balanceó tentativamente hacia su izquierda.

Sus labios se resecaron y sus piernas flaquearon pese a su posición erguida y firme, reinal. Recuerdos invadieron su cabeza, remembranzas que atenazaron su cuerpo en absoluto y que apalearon tan fuertemente su cascaron, que estuvo a punto de perder los estribos. Su piel reaccionó ante el recuerdo del sinfín de sensaciones antiguas.

«Él»

Entornó los párpados, empuñó una de sus manos y permaneció inmovilizado en su sitio. Su simple olor lo había descolocado, provocado sensaciones placenteras y al mismo tiempo tan lacerantes. Su demandante curiosidad pudo más que su posición mayestática y apática en esos instantes. Supo que había centrado todo su interés en él, en su olor y su cuerpo entero, y se aborrecía por ello.

Se lo había prometido, sin importar que Bill se apareciera nuevamente en su camino, él iba a concentrarse en su labor y no en él, pero había fallado. Su garganta crujió apenas al girarse y su respiración se aceleró, haciéndolo jadear pese a no estar exhausto.

—¿Acabas de salir de la escuela? —Carlo le cuestionó, dándole una palmadita en la cabeza. Bill ensanchó su sonrisa y dijo que sí, afianzándose a los finos cordones de su mochila semi vacía —. Ven aquí — pidió, consiguiendo que Bill lo siguiera.

Bill caminó en calma, alentando sus pasos apenas lo vio, a él, a Tom. Sus ojos ardieron de pronto y su corazón golpeteó tan fuertemente su pecho que creyó que iba a salírsele. Supuso haberse detenido, pero supo que no al hallarse totalmente frente a Tom, cara a cara.

—Señor, él es un trabajador de medio tiempo. Es estudiante actualmente y es el único que faltaba para estar completos.

Tom escrutó con ojos desorbitados por el asombro y el descontento su gesto cansado y dulce, tranquilo y casi de porcelana; reconoció su esbelto cuello decorado con excéntricos lunares, su boca sutilmente cerrada, el sensual lunar bajo el rosado y pomposo labio inferior, los pómulos marcados, sus límpidos ojos color miel con destellos verdosos, como esmeraldas. Sus pupilas siguieron el camino de sus pocos y rebeldes cabellos sueltos, apenas dos o tres rastas de cada lado del rostro y un alto lazo formando una coleta de delgadas rastas color oscuras bordadas con hilos blancos en las puntas.

Lucía delgado, pero en forma, más risueño de lo que creyó, imperturbable, su ingenua y firme mirada lo reflejaba. El brillo que irradiaban sus ojos reverberaba su silueta, su gesto maravillado, vehemente. No podía dejar de verle, sus manos por acto reflejo pretendieron alzarse y tocar el rostro que por tanto tiempo lo había vuelto preso inclusive de sus propias acciones.

Creyó por un momento que su bloqueo había impedido desnudar los secretos, pesadumbres y vivencias que albergaba como cofre del tesoro en su encantadora y magnética mirada, pero entornó los ojos, incapaz de controlar la ansiedad que le provocaba no poder ver lo que existía más allá de sus ojos, de su mirada seductora que lo hipnotizaba.

Tom forzó su vista, creyendo que aún contemplaba al ingenuo y frágil joven al que le había arrebatado la pureza años atrás, aquel que se encargaba de espetarle con seguridad que entre ellos existía algo más que retozar sin responsabilidades, pero no fue así. Eso sólo fue una desagradable ilusión que su mente procesó por unos segundos. La realidad era otra, una muy diferente, insólita y chocante de cierta manera.

Bill era diferente, ya no era aquel chico. Él parecía cambiado. Dicha renovación no consistía únicamente en que hubiera sustituido su cabello o alguna otra característica de su físico; su lisa cabellera negra ahora estaba colmada por rastas delgadas, sus rasgos estaban intactos de cierta forma, hermosos y distinguidos, tan frescos como antes, sin embargo, había un brillo, una madurez que resaltaba en su máxima potencia. Él definitivamente había evolucionado con el paso del tiempo.

Lo que lo hacía tan diferente de aquel híbrido tan frágil que sometió tiempo atrás no estaba en su físico, en su forma de vestir o ser, sino en su mirada, en las profundidades, donde ya no se podía ver nada; resultaban ser una fosa y no era capaz de ver algo en ella. Bill parecía vacío, misterioso y lejano.

Intentaba fundirse en ella como anteriormente, en su pasado, su presente, sus pensamientos y sus sentimientos, sin embargo, la fuerza puesta en ello lo mareó por un nanosegundo. El sentimiento de impotencia que cargaba desde tiempo atrás incrementó y la sangre que corría velozmente por sus venas se detuvo para precipitadamente volver a transitar.

No podía leerlo. No podía ver a través de sus ojos. La angustia que aquello le provocó lo obligó a desviar la mirada para espabilar. Tom, perplejo hasta el punto de haber quedado paralizado, transformó su rostro consternado a indiferente, y cuando apenas codificó lo que Carlo le había dicho, respondió:

—¿No crees que está bastante grandecito como para que se presente solo? —Al captar que Carlo asentía, estando de acuerdo, su fría mirada se fijó en Bill. Sus ojos apenas fueron un intento por conectarse, chocando como si su química todavía no lograra fundirse y convertirse en una misma. Bill parpadeó lentamente, sin rehuir —. ¿No te vas a presentar por ti mismo?

Continúa…

Administración: Este es el último capítulo de la parte II, ahora viene un intermedio de cartas, justo antes de comenzar la parte III. Gracias por leer y te esperamos en la siguiente entrega. 

por Monnyca16

Escritora del fandom

Un comentario en «Híbrido 17»
  1. Me vale un cacahuate como se siente Tom, lo odio 🤣🤣. No puedes dejarme así, me mueroooooo… no crei q pasaría tanto tiempo para el reencuentro. Y ps obvio Bill bebé sigue siendo jna cosita linda, sexy y deberia estar muy por encima de las posibilidades ee Tom, pero ya qué 😒 como soy tan masoquista seguiré leyendo orando xq no vuelvan a hacerme llorar como la última vez 😥
    Gracias por los capítulos!!!

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