«Híbrido» Parte III (Monnyca16)
Capítulo 2
El día, pese a relumbrar intensamente gracias a las radiaciones del anaranjado sol, seguía helando las delgaduchas manos de Bill casi con impiedad. El gélido viento golpeteaba su dermis con fuerza y su fragilidad se hacía cada vez más patente. Se sentía diferente, contemplaba a los híbridos en derredor, ellos no sufrían del frío tanto como él; aquellos se mantenían calientes, estables ante el cambio climático.
A su frente, inclusive Gustav se hallaba impávido, jugueteando con Albert. A Bill le llenaba de temor hacer contacto con el angélico y suave rostro del infante, los cabellos rubios y las pequeñitas manos con sus congelados dedos. Se sentía como un cubo de hielo.
Se metió las manos a la chaqueta de algodón que llevaba puesta e intentó darse calor. Friccionó sus dedos para que dejaran de estar endurecidos y levantó la cabeza apenas oyó la voz de su amigo:
—¿Estás bien?
La pregunta tomó por sorpresa a Bill, no obstante asintió apresuradamente. Sin creerle, Gustav le palpó las manos y al notarlas ateridas, las acobijó con las suyas.
—Estás helado —soltó rápido, reafirmando los hechos. Bill ladeó la cabeza y sonrió de medio lado, animándose —. ¿Estás comiendo bien?
—Sí. Estoy bien, no te preocupes. —Lo tranquilizó, a lo que Gustav no estuvo muy de acuerdo.
—¿No irás a trabajar? —Inquirió, divisando la vacilante mirada de Bill —. ¿Estás nervioso? —adjuntó, rememorando la plática de esa mañana. Ambos sabían que Tom iba a regresar, que Bill volvería a encontrarse con él y que habría un cambio. Y, a pesar de ello, no tenían nada que temer; Tom no dañaría a Bill.
—No, no lo estoy. —Lo miró a los ojos, viéndose honesto. Sus ojos brillaron, sus iris se tornaron más claros y sus pestañas se mecieron lentamente al entornar los párpados—. Es sólo que me siento débil. Anoche no pude dormir porque no me pude mantener caliente. Creo que he perdido energía y no me mantengo caliente como antes.
—Recuerda que los de tu sangre son más emocionales; pierden energía cada vez que están solos amorosamente luego de haber perdido la virginidad. Supongo que necesitas hacer el amor con Tom para llenar esos vacíos y poder incrementar tu energía —opinó Gustav, mientras Albert se acurrucaba con Bill —. Has estado dos años solo, Bill. No has hecho el amor con nadie más y tu cuerpo lo resiente. Lo más considerado sería que hicieras el amor con Tom ya que fue él quien actuó como si fuese a desposarte en cualquier momento.
—Lo primero que quiere hacer Tom, es llevarme a la cama —sonrió, recordando su comentario pasado. Tom estaba vuelto loco, lo veía en sus ojos, en sus actos, en sus palabras —. Y quiero que lo haga, lo necesito de verdad.
—¿Pero?
—Creo que es demasiado pronto. Apenas ayer nos vimos.
—Yo no le veo problema. —Se rió Gustav, motivándolo un tanto —. Ambos se desean, así que no hay problema.
—Se ha convertido en Regente. Ayer hubo un problema con Nelson y con todos, en realidad —murmuró, sonrió tiernamente para luego reponerse, pensando con más sensatez —. Y está guapísimo. Estoy ansioso por cómo vaya a comportarse hoy, es divertido ponerlo nervioso…
No podía mentir. El regreso de Tom lo había hecho muy feliz. Antes todo se había vuelto aburrido, pero con Tom mirándole fijamente se sentía nuevamente como un adolescente enamorado, más porque ya sabía su pasado y sus sentimientos. Se sentía coqueto, estaba al tanto de estar en su mes de atractivo y le gustaba provocar a Tom en diversidad de situaciones.
Bill sabía lo que Tom escondía en el interior de su mirada, de aquellos pozos negros insondables que brillaban furibundos la mayoría del tiempo. Sabía la travesía, la cronología, la historia, su felicidad y todas sus debilidades. Conocía totalmente a Tom y eso lo hizo sentir especial y con deseos de tenerlo absolutamente para él. Quería abrazarlo y no soltarlo jamás.
—¿Entonces qué estás haciendo aquí? Ya es hora de que vayas a trabajar, anda. —Lo levantó de donde estaba sentado. Le puso una larga y tejida bufanda alrededor del grácil cuello y lo guió a la salida —. Vuelve a sacudir todos sus sentimientos. ¡Vuélvelo loco, Bill! —Dio un golpecito en su hombro y apretó su mano —,…y cuida de tu cuerpo, al menos deja que te toque la mano para que te regale de su calor.
Bill aceptó cautelosamente, saliendo de la casa de Gustav. Esta vez anduvo rápido aunque el frío aire le endureciera la piel y le debilitara los sentidos. Le dolía al aspirar por la nariz y estaba seguro que tenía la punta roja al igual que las yemas de sus delgados y blanquecinos dedos, pero no tramaba que aquello lo detuviera.
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Demoró algunos minutos para llegar a su área de trabajo. El edificio estaba llenísimo de híbridos de todas las especies. Todos sus colegas de trabajo estaban movilizados, y así como unos entraban, otros salían a una velocidad inigualable.
Divisó a Tom, éste se encontraba diciendo cada rango con sólo señalar grupalmente, haciendo que fuese más fácil la categorización. Bill se adentró entre la masa de gente, se quedó en un rincón sin saber qué hacer y observó analizadoramente todo lo que acontecía.
Jamás vio algo semejante. No pudo apartar su orgullosa mirada del Regente, incluso no lo hizo cuando éste se la devolvió con displicencia. Bill encontró frialdad, estrés, pero entrega, y eso le hizo estremecerse por completo. Tom era un buen Regente, se le notaba a leguas. Definitivamente había nacido para serlo, no quedaban dudas.
Sintió un calorcito en su pecho al ver con sus propios ojos que, a pesar de que los híbridos recién cacheados no lo dijeran, vieran y aceptaran que Tom era ejemplar aunque su historial fuese un torbellino de malicia. Y, estaba seguro de que Tom veía a través de los ojos con su sentido agudo todo lo bueno pero disfrazado que cruzaba en la cabeza de la mayoría a su alrededor.
Se encogió de hombros, sonrío de medio lado, levemente ruborizado, y eludió los ojos de Tom, pero seguía sintiéndole, continuaba percibiendo su mirada, el engarce que éste trabajaba para fusionar, como antes, como hace dos años.
Tom seguía interesado en él, ese dato no podía deslindarse de sus pensamientos, y así como no lo podía suprimir, tampoco era capaz de corresponderle. No ahora. No era momento, algo se lo decía.
—Sé que no tienes escuela a esta hora, pero podrás limpiar cuando no haya gente —anunció Carlo, poniéndose a su lado.
Bill se giró hacia él y asintió. No estaba acostumbrado a pasársela sin hacer nada en su lugar de trabajo, pero no podía hacer nada más. Era eso, ver y esperar. Y lo haría, pero de pronto su cuerpo tiritó y un potente mareo lo envolvió. El vientre le dio una punzada momentánea pero dolorosa, luego otra y otra, cada vez aumentando más el grado de dolor.
Su cuerpo resentía la soledad, y se volvía aún más frágil, más torpe y sobre todo, más necesitado. No recordaba haberse sentido así antes, sin embargo, ahora le pegaba duro y la ansiedad cobraba doble vida en todo su cuerpo.
Ansiaba acercarse a Tom, oler su fragancia y permanecer a escasos centímetros de su calor. Quería pegarse a su cuerpo por accidente para frotarse con él por cortos segundos. El cuerpo se le agarrotaba al no poder hacer todo eso, al no saciarse tanto como su organismo le exigía sin piedad.
Quebrantaba sus deseos, detenía los placeres que su cuerpo demandaba y no estaba seguro de poderlo aguantar por unos días más. Apenas ayer vio a Tom y ya quería dormir en sus brazos, no era correcto. No cuando quería volver a comenzar y hacer las cosas bien.
Tenía lo necesario, su plan estaba en marcha y echarlo a perder no estaba en el registro. Pero, ¿entonces por qué no podía controlar sus necesidades en esos momentos? Había resistido mucho tiempo antes, pensaba que no tendría problemas, pero se equivocó.
Trató de relajar sus deseos indecorosos, controló cada movimiento de sus extremidades y entrecerraba los ojos para despabilar.
—Estás temblando mucho —comunicó Carlo, tocándole el hombro con tersura.
El calor de su gruesa mano logró que la testa de Bill se reclinara en su hombro y que su mejilla apenas descansara sobre la prominente palma. Carlo inhaló profundo las tentadoras partículas que rodeaban a Bill y movió su mano sobre su ropa, tocando con la yema de sus dedos su esbelto cuello, tan suave y pálido, tan tentador y necesitado de caricias.
Bill cerró los ojos ante el toque y sus labios temblaron, dejando salir un inequívoco gemido de goce. La primorosa sensación de una caricia proveniente de un híbrido tan cálido como Carlo, acabó con gran parte de la frialdad que gobernaba su ser.
Sin ser consciente, se dejó tocar por Carlo, protegiéndose con su mano.
—Carlo, llama a Nelson y dile que lo espero en mi despacho, y tú… —Tom, con su déspota voz, obligó a Bill a abrir los ojos que por un minuto, aproximadamente, había mantenido cerrados en pleno inicio de embeleso —. Sígueme.
Carlo bajó su mano y alejó su tibio tacto del hombro del chiquillo, hizo contacto visual con Tom un instante y se alejó, en busca de Nelson.
Tom, por su parte, comenzó a dar fuertes zancadas hacia el ascensor. Su peso podría descomponerlo, por lo que disminuyó su fuerza por un momento y se adentró. Bill lo siguió, entrando a su lado.
Entonces subieron varios pisos, Bill no supo exactamente cuántos; seguía embelesado con el contacto de Carlo. Despertó de su ensimismamiento cuando Tom carraspeó en espera de que se bajara. A pasos lentos, casi torpes, Bill siguió a Tom, sabiendo que estaba en el despacho más grande del Edificio de los Soles, el lugar que anteriormente ocupaba Nelson.
Bill conocía dicho lugar. Era elegante, distinguido en su totalidad, tan grande como toda su casa junta.
Vio el escritorio de fina madera de acacia y dos sillas majestuosas, el piso de porcelanato centelleante, cuadros decorativos, piezas bañadas de oro y plata, candelabros de cristal cayendo en el centro de la habitación, y lámparas en las esquinas, regalando más luz.
Tom bebió de una copa de vino hecho de uvas y le dedicó una mirada repleta de rechazo. Fue en ese instante que Bill pudo centrarse y despertar de su estado pasmado.
Definitivamente el toque de Carlo había sido demasiado placentero. Salió de su estupor y se sonrojó de sobremanera. Jamás había permitido que un híbrido como Tom lo tocara. Carlo era diferente a Tom, pero era varonil, fuerte, y podía tocarlo casi como Tom. Movió la cabeza de izquierda a derecha, borrando esos pensamientos.
Su estado necesitado y gélido lo estaba volviendo completamente un demente. Simplemente ya no quería que Carlo lo tocara así, se derretiría en sus brazos y no podría perdonárselo, mucho menos por un ataque de necesidad sexual.
Bill quiso decir algo, pero no pudo abrir la boca si quiera. Tom lo escrutaba con ojo calculador al mismo tiempo que bebía el vino de uva que oscilaba en su copa, tan crítico que se encogió en su lugar.
El chiquillo captó el reloj y cayó en cuentas de que era todavía bastante temprano para terminar la categorización.
—¿Mandó a llamarme? —Nelson entró, parándose frente al escritorio, entretanto Tom dejaba la copa a un lado y le escudriñaba.
Sin tomar asiento, Tom prestó atención a los dos híbridos de su frente, pensante.
—Entrégale tu puesto —le espetó, sorprendiendo a ambos híbridos; ellos, casi de inmediato movieron la cabeza, estupefactos, y quedaron petrificados, sin respirar si quiera.
—¿Qué? —Nelson no pareció comprender del todo. Justo ayer Tom le ordenó que viniese a trabajar para que entregara su puesto, pero nunca pensó que se lo entregaría a Bill, a un conejo insignificante y sucio —. Señor, usted no puede hacer eso, no…
El impacto fue más duradero en Bill, pues no pudo si quiera gesticular al respecto. No estaba de acuerdo con Tom y su descabellada decisión, pero no podía reaccionar. Batallaba para hacerlo.
—¡Entrégaselo ahora mismo! —graznó Tom, callándolo antes de terminar por estrangularlo ahí mismo.
Nelson protestaba mucho y no lo soportaba. Era un completo estorbo sin sentido.
Bill se tambaleó, tomó equilibrio y sacudió la cabeza. Se sentía tremendamente aletargado.
—¡Yo no puedo aceptar algo así! —Esta vez el grito de Bill apareció.
—¡Termina de despertar de tu calentura y cierra la boca! —ordenó esta vez a Bill.
Nelson vio su collar de máximo encargado, se lo quitó con premura, viendo por última vez la moneda de oro puro que tenía plasmado el estigma del Edificio de los Soles, lo llevó hasta la cabeza de Bill y lo dejó caer hasta que dicho dije adornó su cuello. Se paró a su frente, lo miró a los ojos y se apartó la lámina conmemorativa de su pecho, una de oro reluciente y plano que tenía impreso el nombre del puesto máximo en ese lugar y se la puso a Bill, enganchada en la ropa.
Tanto el collar como la lámina debieron ajustarse a Tom, pero ahora Bill las portaba y no sentía que fuese justo. Tom definitivamente estaba actuando mal.
—Carlo te dará la dirección del lugar a donde vas a trasladarte. Gracias por tu servicio, Nelson. — Escuchando eso por parte del Regente, Nelson salió del despacho, refunfuñando y azotando la puerta a su paso.
Tom volvió hasta su escritorio, se sirvió más vino tinto, de uvas cuidadosamente conservadas y lo bebió despacio.
—Yo no puedo aceptar esto, Tom —profirió Bill, fuerte y sincero, asiéndose el collar con cuidado para quitárselo. Tom anduvo hacia él, sujetó sus manos y evitó que tratara de apartarse el simbolismo de ahora su nuevo puesto —. ¿Qué es lo que pretendes? —instó, casi rogando por una explicación. Estaba indignado y Tom no parecía muy contento tampoco.
—¿No puedes aceptar qué? —Inquirió desdeñoso, apretando con más fuerza las muñecas contrarias—. Borra esa cara. —Los cristalinos ojos de Bill se entornaron en varias ocasiones y Tom siguió cada pestañeo con curiosidad—. Deja de poner expresión de ingenuo íntegro, porque no tienes un pelo de eso —exigió con una acritud ya desbocada, soltando las manos del contrario para dejar de lastimarle.
—Cambiaste —despotricó Bill, rehuyendo de lo anterior—. Has cambiado, así que no actúes como antes.
—No he cambiado, y al parecer tú sí. —Relamió sus labios, se inclinó hacia el bello cuello y olfateó profundo. La piel de Bill se crispó, pero no se movió, sencillamente jadeó casi en silencio —. Sigues siendo el mismo tozudo de antes, la diferencia es que ahora permites que cualquiera te toque. Has cambiado, Bill. El único que ha cambiado aquí, eres tú.
—¿Y existe algún problema?
—¿No deberías preguntártelo a ti mismo? —Rozó su nariz con el lóbulo de su oreja derecha. Su ardoroso aliento se impregnó en la lívida piel, causando que Bill se estremeciera y aunque quiso ocultarlo, Tom lo sintió por completo; advirtió los espasmos que causaba con simplemente hablarle al oído —. Antes cuidabas tu trasero, ahora se lo ofreces a cualquiera. De todos modos…, ¿qué puedes ofrecer a estas alturas? Tú cuerpo ha perdido el valor que antes tuvo y eso no puede remediarse.
—Si ha perdido tanto su valor, ¿entonces por qué buscas tenerlo de nuevo? —Riñó, alejándose sin éxito de él. Su cuerpo fue manipulado y entornó a la brevedad los orbes, contemplando los fieros ojos de Tom.
La proximidad aumentó los bombeos de su corazón, su nerviosismo, la ansiedad y todo ese brutal deseo de sentir a Tom profanándolo hasta las entrañas lo alelaba, dejándolo desprevenido.
Tom le veía de cerca, tenía su nariz tan pegada a la suya que la respiración se le entrecortó y se meció con su aliento caliente y turbio. La fuerza de sus piernas decremento y con los ojos casi entrecerrados, dejó reposar su frente con la de Tom.
El calor del cuerpo ajeno lo relajó, llenándolo de energías. Necesitaba tanto su cercanía, su cuerpo no le obedecía, era esa necesidad tan bestial de fornicar, de sumirse a todos los placeres. Se sentía tan descartado sexualmente…
—¿Y por qué no? Puedo hacerte el favor, como antes.
La respuesta de Tom le hizo entrar de nuevo en razón. Tom había cambiado, Bill estaba seguro, pero ¿entonces hasta cuándo sería sincero? La paciencia se le acababa y su necesidad fisiológica iba ascendiendo.
—¿Hasta cuándo vas a aceptarlo? —Bill insistió, desviando nuevamente el tema, aferrándose quizá a sus sentimientos por Tom, a lo que ya conocía de él y que anhelaba escuchar con atención.
—No tengo nada qué aceptar.
—Que me quieres. Que…me amas.
Un acerbo gesto se dibujó en los labios de Tom, pero no se rió como en años atrás, simplemente rodó los ojos, irónico y con una mueca de asco en toda la cara. Estaba abnegado a todo, y al parecer no cambiaría de decisión.
Bill hizo distancia entre ambos, incómodo, y se llevó el antebrazo a la boca. De repente una renovada ansiedad arrolladora le recorrió; quería besar. No había besado a nadie en todo el tiempo que Tom estuvo lejos. Y ahora esa necesidad lo traicionaba.
Sus sentimientos estaban embrollados en su interior. No podía permitir que Tom lo tocara, no después de sus ofensas, pero al mismo tiempo lo deseaba sin control. No sabía lo que sucedía con su cuerpo, pero era incapaz de aguantarlo.
—¿Y para qué aceptarlo? —protestó Tom, sacándolo de su burbuja, viendo con atención que Bill pasaba también por un mal momento. Tom conocía a la perfección ese deseo severo de hacer el amor, él lo había sufrido mucho tiempo atrás, diariamente más bien—. No servirá de nada. —Bill siguió cada paso con su mirada sin mover un músculo.
Tom tocó con su áspero dedo la sien del más chico y delineó con parsimonia y dedicación la forma de su rostro, regalándole calor. Bill entrecerró los ojos y tensó la mandíbula. Las caricias de Tom lo acunaban rápido.
—¿Y por qué no aceptarlo? ¿Acaso no es doloroso no poder decir lo que sientes? —susurró, echando un vistazo a su boca, tentándolo en estado consiente de sus acciones.
—No le encuentro lógica, ¿tú?, ¿pidiéndome esto? No tiene sentido cuando permites que otros hombres crean que tienen una oportunidad contigo. —Acortó la casi inexistente distancia de sus bocas y, respirando hondo, ladeó la cabeza, provocativo—. ¿Cómo puedes permitirlo cuando al mismo tiempo me exiges que te acepte? ¿No crees que estás siendo demasiado demandante?
Entonces un silencio tortuoso se hizo presente. Bill no pudo replicarle, no cuando sus ojos estaban conectados a los suyos, fusionados como tiempo atrás, casi como la última vez que hicieron el amor. Que Tom hablara suave y al mismo tiempo con reproche, le dio una esperanza, una luz de que probablemente estaba cediendo.
No supo en qué momento se perdió ante toda la mezcolanza de sentimientos y sensaciones, simplemente sus labios se abrieron, dejando un pequeño espacio, y su cuerpo fue abrazado por un calor sublime cuando Tom lo besó con lentitud. Su boca reaccionó de inmediato ante el roce y pudo cerrar apenas los párpados aunque sus pupilas no perdieran pista alguna.
Tom lo besó con vehemencia, humedeciéndole los labios entre jadeos incesables; besó la lengua que lo vencía con ingente pasión, los labios que apresaban los suyos suavemente, y bebió la cálida saliva que se adhería a su boca con cada movimiento cautivador. Y Bill, que apenas podía atrapar por completo aquella boca, acarició su lengua con la suya, despertando deseos que no podían musitarse, sino simplemente llevarlos a cabo entre suspiros sacados desde lo más profundo de su corazón.
Otorgó sus labios con credulidad y placer, sabiéndose vivo y deseado; concedió su cuerpo frío y vibrante, aquel que parecía rígido e imposible de acariciar, volviéndose dúctil y ardiente repentinamente entre los fuertes brazos de Tom, que le acobijaban. Posó ambas manos sobre su pecho agitado y se acercó más, gimiendo al notar la endurecida entrepierna chocar contra su vientre.
Lo que al principio fue un beso suave, pronto se convirtió en uno salvaje que ambos equilibraban con sus respiraciones y la presión de sus labios al contacto con los otros. Tom sumergió una mano en las rastas sueltas, deslizó sus dedos por el delgado cuello y lo rodeó por completo con la palma de su mano.
Bill supo, se dio cuenta de que Tom podía apretar su garganta y matarlo, lo supo, estuvo casi seguro de eso cuando el tacto se volvió más tirante. Comenzó a sentirse asfixiado y antes de toser, Tom se separó con desesperación, una celeridad que dejaba a la vista que tal vez se arrepentía de haberse dejado llevar como lo hizo.
—¿Celoso? —Delató Bill, confiando en su hipótesis. Sus labios rojizos por el reciente beso brillaron por la saliva que los mojaba. Estaba deseoso de un poco más, inclusive su anhelo crecía considerablemente al descubrir que Tom lo celaba.
No podía ser algo más. Tom estaba celoso de Carlo.
—No encuentro una razón para estarlo —respondió seguro de su lacónica negación, todavía saboreando los restos de la dulce saliva que se deslizó en su boca durante el fogoso beso, uno que esperó desde mucho tiempo y que lo dejó tremendamente satisfecho, pero con ganas de más.
Un nuevo silencio se instaló entre los dos, transformando la atmósfera en una bastante incómoda, hasta que cesó con la voz de Bill:
—El puesto…—desvió el tema de nueva cuenta, nervioso en demasía por lo recién sucedido—, no voy a aceptarlo, así que…—Hizo amago de quitarse del cuello el collar, pero se detuvo al sentir el acercamiento de Tom—Te propongo algo—masculló en su oído—. Si tanto te molesta el puesto que te he otorgado, puedo aceptar el rechazo a cambio de que te abras de piernas para mí, como los viejos tiempos. ¿Lo recuerdas? — Aguardó unos segundos antes de proseguir, olfateando con más facilidad las feromonas que despedía Bill. El celo todavía no llegaba, pero estaba empapado de feromonas y parecía no darse cuenta aún —. Tu desesperación sexual está volviéndote loco, así que piénsalo. Puedo hacerte el favor, tal y como antes.
La propuesta de Tom fue más que eso. Bill se quedó dubitativo, guardando las ganas de gritarle, de herirle con palabras insanas, de golpearle aunque sus puños no causaran daño alguno. Contuvo la conmoción. Prefirió sonreír de lado y negar con la cabeza. Se separó, se quitó la cadena y la lámina para dejarla sobre el escritorio, y, sin mirar a Tom, se retiró del lugar.
Tom anduvo hasta la puerta, pretendiendo seguirlo, sin embargo, al salir, se halló a Carlo. Lo miró a los ojos y, sin dejar de escrutarle el gesto, habló:
—¿Verdad que huele delicioso? —Carlo estrechó los labios, con la cólera escociéndole silenciosamente, entendiendo a lo que se refería. Tom dio dos cortas zancadas para aproximársele, siendo infalible —. Prueba hacer lo que tienes planeado, proponle ser su pareja durante su celo, pero cuidado, que el camino no lo tienes libre.
—Lo sé, señor.
Dejando el asunto en claro, caminó lejos de ahí. Carlo lo vio partir y apretó una de sus manos, impotente.
Continúa…
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Tom haciendo valer su autoridad en el trabajo. Por más q beneficie a Bill de algún modo todavía no perdono lo cruel que es con mi bb 😒😒
Por otro lado, la escena del beso fue tan intenso 😏😏 Se supone q Bill es el q debería hacerse al difícil y no al revés, y mucho menos si se nota que Tom babea por él cada vez lo q mira o piensa.
Ya cásense de una vez 😆😆