«Híbrido» Parte III (Monnyca16)

Capítulo 4: Frígido

Sus pulposos labios tiritaban de frío, completamente teñidos de un rosáceo pálido con destellos de cerúleo oscuro. Los lagrimales de sus ojos acogían lágrimas que no salían, llanto que no prefería manifestar. Carlo había quedado atrás, en el edificio, mientras él era llevado por Tom a un sitio en especial.

Estaban en el auto de Tom; Bill a un costado, encogido de hombros y con la punta de su respingona nariz al contacto con la ventana negra, un cristal que no dejaba ver hacia adentro pero sí hacia afuera. Era negro y sólido, y los asientos del coche tibios por la presencia de Tom a su lado, conduciendo.

En ese encerrado y confortable lugar se conservaba el calor, había un aroma electrizante que propinaba sacudidas en Bill, convulsiones de placer ante un efluvio tan viril y apasionante como el de Tom, no obstante, su boca retemblaba y su temperatura estaba helada, al igual que sus manos y pies. Su vientre punzaba en demanda, y una ansiedad casi destructiva se incrementaba en todo su cuerpo.

Posterior a lo acontecido en el Edificio de los soles, Tom lo obligó a entrar a su auto. Bill estuvo renuente, falló inclusive al tramar huir. Y, francamente, le dolía mucho más estar moviéndose para golpear e irse. No supo cómo, pero se había dado por vencido.

Tom en ningún momento le dirigió la palabra. Su respiración remarcaba que estaba enfurecido, raudo y agobiado, y la de Bill apenas se escuchaba. El soplo que salía de entre las aletas de su nariz y boca era ligero y silencioso, todo lo contrario a su corazón que galopeaba incontrolable contra su pecho, su piel y su cuello.

Durante el incómodo viaje, Bill llevó una de sus gráciles manos a su garganta, palpó la gélida piel. Las venas que la conformaban latían contra su palma, como un corazón a punto de estallar. Dolía. Le adormecía la tráquea y le estresaba no poder hacer nada para tranquilizarse.

Cerró los párpados y respiró, buscando saciar sus pulmones, que dolían como si estuviesen apachurrados.

Abrazó su barriga con un brazo y permaneció de esa manera, deseando que todo el malestar cesara.

Tom entretanto miraba a su frente, muy fijamente, queriendo evadir la imagen de Bill a su costado. Imposible de todos modos, pues con el rabillo del ojo le escrutaba por breves segundos. Bill no lo miraba, no se movía y Tom era capaz de recibir el hálito helado que manaba de sus poros. Un vapor de celo reprimido que, al contacto con su ardorosa piel, se consumía, volviéndose sudoración de feromonas, un perfume incluso tangible y que se vislumbraba en pequeñas gotas que escurrían de las sienes de Tom y de su acerado cuello, regalándole espasmos.

Tom había estado presente en el celo de diversidad de híbridos, hecho suyos incontables cuerpos bellos, lamido pieles suaves y vibrátiles, pero Bill no se comparaba con ninguno. No se trataba de un cuerpo, de su belleza, ni mucho menos de la especie a la que pertenecía, más bien de la significancia que Tom le daba.

Y Bill al fin de cuentas significaba para él.

Su cuerpo, cabeza y corazón, se lo decían. No estaba seguro, ni deseaba ponerse en evidencia, pero su corazón no se había desacelerado. Pese a no prestarle atenciones, el enrojecido órgano se mantenía bombeando con fuerza su sangre y llenándolo, incluso, de más fuerza; su ya recio cuerpo trabajaba como en sus entrenamientos monárquicos justo en esos instantes.

Examinaba el reflejo del decaído rostro de Bill con ayuda de la ventana, sus labios temblando y su adolorido respirar; veía que se retorcía tenuemente debido al dolor que nacía de su vientre. Oprimió la mano fuertemente, enarbolándola. Sus nudillos ostentaron un sonido de tronido y, mirándolo todavía con el rabillo del ojo, llevó aquella pesada mano a la barriga de Bill.

Apenas al sentirla venir, Bill reaccionó; dio un insignificante manotazo para alejarla, sin embargo, Tom hundió su palma por sobre la ropa, buscando encontrar el centro del vientre. Bill juntó sus cejas, contrariado, y alejó la mano de Tom una vez más. No quería que lo tocara.

Un intrínseco gruñido hizo vibrar la garganta de Tom ante el rechazo. No podía discernir aún los pensamientos de Bill, pero estaba seguro de que le aborrecía. Bill ya había dejado claro que no lo quería tener cerca. Le había señalado, hiriéndolo como nadie lo había logrado hacer, pero seguía ahí, viéndole, esperándole, sabiendo que Bill, tal vez, no le iba a perdonar esta vez.

Una vez más acercó su mano, esta vez con violencia, lastimando a su paso las muñecas de Bill. Extendió toda su palma y buscó el centro de su vientre por sobre la ropa, y al hallarlo, reposó con antipatía su mano, consiguiendo que de entre los labios de Bill escapara un gemido, una mezcla de dos sensaciones, una desagradable y otra placentera.

La boca del chiquillo fue la evidencia de dicha mezcolanza de sensaciones. Sus carnosos labios se separaron, dejando un visible resquicio, y gotas de exudación con aroma a feromonas brotaron de su esbelto cuello. La explosión de temperaturas se había colisionado y causado que el cuerpo de ambos se empapara del fuerte aroma seductor que lograba erotizar a Tom de pies a cabeza hasta volverlo un demente desesperado.

Ninguno habló en esos calurosos momentos. Pese a seguir habiendo una línea que distanciaba sus cuerpos, era palpable ese lazo que los unía, aquel que conocían y que iba más allá de los placeres sexuales. Ambos lo sabían, conocían dicho lazo y los sentimientos que lo conformaban. Y era confuso. Lo era porque no había una linda historia detrás.

Ellos no conversaban a diario, conocían apenas sobre el otro y no convivían constantemente. ¿Podía alguien enamorarse de ese modo? Únicamente si existía algo que los destinara a permanecer de esa forma, sí. Tom ya conocía eso que los destinaba. Lo supo desde que conoció a Bill.

Su olor. El aroma de Bill era el indicado para fundirse con el suyo. Y estaba seguro que Bill también lo sabía, la única diferencia era que Bill no le daba la misma explicación que Tom le otorgaba. Bajo ese frío manto de celo reprimido, existía el perfume que en un principio le cautivó por ser singular, un perfume con matices que embonaba a la perfección con el de Tom; un dulce aroma que dejaba ver lo puro que Bill era, y que se volvía fuerte cuando se molestaba, cuando algo iba mal. Tom jamás había conocido a un híbrido que matizara su olor natural de esa manera, pero el perfume de Bill iba de acuerdo a sus sentimientos y emociones, y eso era enloquecedor.

Todas sus facetas olían delicioso debido a su personalidad tan peculiar. Bill podía ser débil físicamente, incluso en algunas ocasiones débil de pensamiento, pero había otra parte. También estaba aquella característica tan propia de él, una fuerza que le impulsaba a no detenerse ni dejarse vencer. Tom aún recordaba cuando le conoció; su inteligencia para enfrentarle, para no dejarse de nadie. Y era estúpido. Bill era un estúpido por ponerse en peligro por ello, pero de igual modo daba un paso hacia adelante, sabiendo que Tom lo haría retroceder.

Bill tenía esa fuerza interna que Tom no poseía. Bill no era un cobarde como Tom. Bill enfrentaba su pasado y su presente, y eso jamás lo haría Tom. Era así que Bill poseía lo que Tom no, y ese particularidad seducía. Podían fusionarse a la perfección por ese y muchos detalles más, que aunque eran pequeños, no resultaban insignificantes.

Su amplia mano en el pequeño vientre de Bill fue lo necesario para darle calor, al menos un poco. Bill no hizo nada más que permitir que dicha mano se posicionara en su cuerpo y le regalara calidez. No tenía fuerzas para hacerlo y por desgracia, en su estado, se convertía en una necesidad. El contacto duró lo necesario para dotar a Bill de fuerzas, cuando se sintió estable, apartó la mano de Tom y sustituyó esa gran mano por la suya al situarla en su vientre.

En silencio, Tom alejó su mano y sin poderlo evitar, se la llevó a la nariz. Bill no tenía intenciones de verle y Tom no poseía autocontrol, por lo que olfateó el aroma impregnado en su piel, consiguiendo rozar su áspera tez con sus labios. Su corazón palpitó con renovada fuerza y su entrepierna creció imposiblemente mucho más, haciéndose erecta casi con crueldad.

Tom no tenía algo planeado, se dirigía a su enorme propiedad. Bill ya conocía ese lugar, era prácticamente el mismo que ya habían compartido antes, durante y después de hacer el amor. Un lugar que sólo Bill había pisado, un sitio en el que únicamente ellos dos habían dormido juntos. Al muchacho no le cruzaba si quiera por la cabeza que estuvieran dirigiéndose ahí, y sinceramente, Tom no estaba seguro de la reacción que tendría al darse cuenta, si es que remembraba aquellos momentos juntos, donde nada ni nadie les reventaba la resistente burbuja que los mantenía unidos.

No debía llevarlo consigo. No era su trabajo cuidarle, alejarlo de hombres como Carlo que se esforzaba para estar con él. No tenía ningún derecho sobre Bill, pero ahí estaba; se encontraba manejándolo como antes, revelando su desagradable egoísmo, sus celos desmedidos y que no debía permitirse sentir.

Celos. Eso y mucho más. Deseo, necesidad, cariño, calor…Eso y mucho más. Amor. Sobre todo eso, amor. Había dejado atrás dichoso sentimiento, hundido los restos y bebido de su propia amargura. El amor era más fuerte que él, y el que sentía por Bill era inclusive más poderoso de lo que hubiese imaginado.

Se trataba de un sentimiento que amarraba su cuerpo y alma, su mente y subsistencia emocional. Ya lo había sentido antes por alguien más. No estaba seguro, era de corta edad y no sobrellevaba una vida sexual todavía. Pero anteriormente alguien llevaba consigo un aroma casi tan delicioso como el de Bill, una esencia que a corta edad le había vuelto loco.

Ahora Bill era quien portaba un perfume más intenso que el que Tom ya conocía, más erotizante y preciado. Lo había comparado en un principio, cuando conoció a Bill, pero de igual modo, en esos momentos, se dio cuenta de que no había punto de comparación. El aroma de ése alguien y el de Bill eran absolutamente diferentes, no había nada que los hiciera semejantes. De hecho, los dos causaban una reacción diferente en Tom.

Bill le provocaba una sobredosis de placer, en todos los sentidos, de placer y temores. En cambio, la otra persona, en su tiempo causó en él un terremoto de aventuras, unas muy ingenuas y otras muy intensas. Eran prácticamente dos tiempos distintos, ahora la situación era distinta, así como la edad y los intereses. Tom ahora era una persona totalmente diferente, con Bill a un lado, y metas que cumplir. Tom ya no era un niño. Ahora hacía lo que quería y disfrutaba tanto como se le apetecía. Y Bill, él era un muchacho valiente y que sabía lo que quería. Tom simplemente lo adhirió a su vida y actualmente se arrepentía.

Desgraciadamente lo volvía a hacer una y otra vez. Podían haber estado alejados dos años, pero el resultado seguía siendo el mismo. Los actos de Tom volvían a repetirse una y otra vez, abría la herida que todavía no terminaba de sanar, conformando un círculo vicioso. Esa era su vida, una de la cual no era capaz de salir; aun cuando avanzara algunos pasos volvía a retroceder, protegiendo su zona de confort, su mecanismo de defensa, con una coraza dura y resistente que con el paso del tiempo se había engrosado tanto como su carácter.

Por ello no tenía idea de qué decir y hacer. El primer impulso fue llevarlo a su casa. La justificación estaba en la punta de su boca, el error era no querer decirla, no tenía por qué cuando se notaba en demasía. Tom aborrecía exponer lo obvio, odiaba aceptar el doble sentido de sus actos y su vergonzoso empeño de muestra de afecto para con Bill.

Herirle, maltratarle física y psicológicamente era un arma de doble filo, su propia y única manera de comunicarse. Y Bill no aceptaba esa forma de comunicación, nadie en realidad la aceptaría. Eso era muy justo, Bill estaba en todo su derecho. El gran detalle era que su única forma de avanzar era esa. Era la única que hasta el momento habían utilizado ambos. Discutir se había vuelto cotidiano, luego terminaban haciendo el amor, tal vez como reconciliación o quizá para contraponer sus peleas.

Siempre era lo mismo. Era monótono y cruel. Y Tom esperaba que fuera de esa manera ese día. Se ahorraba explicaciones y al final tenía a Bill ahí, para él, completamente suyo entregándole descontroladamente todas sus ilusiones y sus anhelos, sus sentimientos vivos y los rotos.

Y Tom, él disfrutaría tener a Bill, y luego volvería a dar un paso hacia atrás, volvería a reventar la burbuja que los unía, haría llorar a Bill y sufriría por ello. No avanzaría y volvería a romper las mismas ilusiones o quizá nuevas. Bill se alejaría nuevamente y Tom volvería a buscarlo, a obligarlo a practicar el mismo proceso una y otra vez, alimentando ese círculo del cual no eran capaces de salir.

Tom no permitiría, no deseaba, ni tampoco haría algo para cambiar su situación. No deseaba estar con Bill de la manera que él quería.

Todavía mirándolo de re ojo de vez en cuando, Tom se adentró a sus tierras, territorio enorme de colores vibrantes, donde las plantas abundaban, y la tierra y piedra eran el suelo. Traspasó varias casas. Miró a Bill de nueva cuenta y, al contemplar que veía con atención lo que había del otro lado de su ventana, supo que los conflictos comenzarían.

Bill reconocía el sitio. Y le dolió. Aborreció que Tom decidiera llevarlo a su casa, a ese lugar que había sido cómplice de su intimidad. No quería volver a estar ahí, no deseaba que todo fuera como antes. Ya no más.

—Detente —exigió firme, sin mirarle. Tom achinó los ojos y le escudriñó. Fingió no haber escuchado y aceleró. Bill parpadeó varias veces y cuidó no gastar sus fuerzas en peleas absurdas.

Tom no se detendría y Bill no cedería. No estaba seguro cómo iba a terminar todo.

Al llegar a su casa, luego de algunos segundos, detuvo el auto y apartó los seguros de la puerta. Abrió la suya, y sin más, ordenó:

—Sal.

Bill ignoró su orden y no se movió. Al verle renuente e irritado, Tom sonrió mordaz y se dirigió a la puerta del copiloto. La abrió por sí mismo y examinó a Bill.

—Sal por las buenas.

Esperaba eso de Tom. Tal vez era un acto similar a cuando fue a su casa y lo sacó a la fuerza. Bill sonrió, incrédulo, recordando con amargura y melancolía ese tormentoso momento. Rememoraba haberse sentido muy mal, débil y miserable.

Ahora ya no era lo mismo. Durante el camino trabajó en sí mismo para no dejar que Tom penetrara en sus sentimientos y los destrozara. No iba a soportarlo más. No iba a permitirse estar con él. No mendigaría amor y se haría a la idea de que una relación con Tom era imposible.

Ellos no podían estar juntos.

—¿O qué? ¿Me vas a sacar a la fuerza? —atacó con ironía Bill, mirándolo esta vez a los ojos —. ¿No se te ha ocurrido una mejor manera para obligarme? Sigues utilizando las mismas de hace dos años —añadió, cruzándose de brazos.

Su voz sonaba tensa, molesta. Estaba harto, cansado de Tom y de su debilidad para con él. Era hora de sujetar el remo y fijar rumbos. Y Bill lo haría. Bill impondría un nuevo camino, rompería ese círculo que los enviciaba y arrastraría a Tom consigo, por las buenas o por las malas.

Tom no contraatacó, sujetó a Bill del brazo y lo arrastró hacia afuera, clavando con saña sus dedos en la carne viva y fría, que al contacto con la suya, que estaba caliente como flama, provocó que una chispa eléctrica y potente recorriera todas sus venas, estremeciéndoles las extremidades.

Bill apretó los labios y fue llevado con agresividad hasta la puerta principal de aquella casa, por la cual había salido corriendo tiempo atrás. Tom lo jaloneó escaleras abajo, a su alcoba y terminó por lanzarlo para soltarle.

Bill no miró la habitación. Al menos no en esos momentos. No estaba listo. Terriblemente hastiado, Tom respiró hondo, buscando tranquilizarse.

—¿Cómo se te ocurre salir a la calle así? —La dura voz de Tom fue una mixtura de ironía y molestia, un reproche que no reprimió. Se refería al celo. Le impresionaba que Bill tuviese el atrevimiento de salir a plena vía pública con semejante olor.

Bill no contestó. Prefirió callar y ver los muebles a su alrededor. Todo estaba como antes. El mismo color, la misma cama…las mismas sábanas. El mismo candelabro.

—¿Qué ibas a responderle? —Siguió hablando, exigiendo respuestas a los cuestionamientos que le hacían doler la cabeza. Bill dejó de escucharle, se enfocó en la enorme habitación. Recorrió cada milímetro de ella con ojo crítico, evaluándolo todo, sintiendo cómo Tom se aproximaba —. ¿Ibas a permitirle follarte, así como me lo permites a mí?

Bill se giró para verlo. Tom tragó oxígeno a montones y siguió cada uno de sus movimientos con la mirada. Lo tenía a unos centímetros de distancia.

—Sí —dijo, luego de pensarlo. Si Tom no hubiese llegado, Bill posiblemente aceptaría a Carlo. Al principio estaba algo confundido, pero ahora ya no—. Prefiero estar con él a estar contigo, así que sí. ¿Por qué me trajiste aquí?

La negrura en los ojos de Tom se hizo presente. Sus labios juntos, el mentón levantado y los ojos mirando a Bill con fiereza y un deje de estupefacción.

—Tienes todo lo necesario para excitar a cualquiera —enunció Tom, dejando expuestos sus pensamientos—. Probablemente tú y él ya lo hicieron en algún momento.

—¿Por qué estoy aquí? —Bill cambió de tema, consiguiendo camuflar el tremebundo dolor de todo su cuerpo y lo que la presencia de Tom le provocaba debido al celo.

No estaba familiarizado, pero sentía los nervios crispados e incapacidad para tranquilizarse. Sus hormonas probablemente estaban haciendo un exuberante efecto en él y, aunque ansiara calor, algo más fuerte le impedía abrirse con Tom. Su humor no estaba del todo bien.

—¿No es demasiado obvio?

—¿Por qué estoy aquí?

Tom se inclinó, situó un brazo al costado de su cabeza, sosteniéndose de la pared. Bill no hizo amago de huir. Si bien era cierto que su corazón estaba a punto de salir de su pecho, también era cierto que seguía empeñado en darle otro rumbo a su vida.

—¿Querías renunciar, no es así? ¿Entonces qué esperas para abrirte de piernas para mí?

Sus miradas permanecieron conectadas por largo tiempo. En los de Bill había razonamiento, neutralidad, una lucha interna. Y en los de Tom se podía contemplar furia, un estado irritado y desesperado, de ataque, siempre a la defensiva.

Tom podía hacer lo que quería cuando quisiera. Mandaba. Él mismo se lo reiteraba, aún así requería la aprobación de Bill con actos, que actuara para ahorrarse tomarlo a la fuerza. Pensaba que con ese actuar no se sentiría tan culpable.

Si Bill le obedecía, no estaría sintiendo que le violaba. Tom ya había tenido suficiente con aquella ocasión que le tomó forzosamente, hiriéndolo justo en esa cama. Tom lo había violado en un principio, la situación era que prefería dejarle todo el trabajo a Bill, deslindarse de la culpabilidad. Y la mejor manera, para él, era que Bill siguiera sus órdenes, dejando la agresividad sin ser un recurso para cumplir sus metas.

—Bien. —Los ojos de Tom se abrieron, su asombro se vio reflejado en cada facción de su rostro. Bill, en cambio, parecía serio, imperturbable—. ¿Si me acuesto esta noche contigo permitirás que el hospital acepte mi solicitud y me dejarás en paz?

Inseminación. Tom viró hacia sus ojos brillantes y claros, su irises coloreados de café con destellos de un verde fascinante. Le miró los labios carnosos y rosas pálidos, descoloridos, y las pestañas largas y tupidas enmarcando sus ojos. Que Bill mencionara ese punto significaba que dejaba atrás la posibilidad de tener un hijo con él. Bill no le exigía un hijo, parecía no estar interesado si quiera en embarazarse de él.

No podía negar que en el fondo se sentía decepcionado. Que Bill tuviese esa actitud le enervaba bastante.

—No será una sola vez. Un celo no dura horas, sino días enteros.

Bill conocía poco sobre los celos. Tenía entendido que el celo de su especie duraba alrededor de tres días, quizá cuatro. Estaba al tanto de que se debía elegir bien a la pareja de celo, pues sólo con ése híbrido tendría relaciones sexuales simultáneamente.

Bill sabía que Tom no lo embarazaría. Hacerle un hijo no estaba en sus planes y Bill no iba a obligarle. Bill necesitaba saciarse sexualmente de todos modos. Asintió para sí mismo. Si Tom quería utilizarlo como un objeto sexual, Bill también lo haría. Ambos tenían necesidades y era lo más justo.

—Bien. ¿Entonces si nos acostamos hasta que dure el celo aceptarás la solicitud de inseminación y me dejarás en paz?

—¿Dejarte en paz? —Repitió Tom para sí mismo, desorientado, con la ceja derecha levantada. Su nariz tocó la de Bill y no pudo evitar aspirar de cerca el exquisito perfume que brotaba de los poros ajenos. Bill ladeó la cara, evitando el contacto visual.

Tom estaba olfateándolo con parsimonia, deleitándose a cada nanosegundo, tanto, que ya no pensaba lo que decía. Estaba ensimismado, completamente erotizado.

—¿Ibas a permitirle tocarte? —susurró, buscando su profunda y pura mirada. Al percibir que una de las toscas manos de Tom le apretaba la barbilla y la manipulaba para obligarlo a verle a los ojos, quiso alejarse, aunque fue en vano. Tom le retuvo, hundiendo la nariz esta vez tras su oreja derecha, rozando sus tibios labios con el suave lóbulo que daba a su oreja una terminación delicada.

—¿Vas a cumplir con tu palabra? —Bill se apartó, empujándolo sin éxito.

Tom no contestó. De nueva cuenta Bill cambiaba de tema. Lo tenía contra la pared, aunque eso no ayudaba mucho; Bill no reaccionaba como había imaginado. Lo que sucedía en esos instantes era el pacto completo de un trato. Ningún sentimiento más. Sin derechos ni nada que los uniera, sólo un trato, como Tom impuso.

Ante el silencio, Bill llevó sin prisas sus manos a los pantalones de Tom, desabrochando y bajando la bragueta con simpleza, sin inmiscuirse en el endurecido pene que estaba atrapado entre las telas y que se contraía de placer. Tom observó cada frío movimiento y miró a Bill, quien ya comenzaba a desvestirse por sí solo.

Se apartó la camiseta, desabrochó sus propios pantalones y se los bajó frente a la mirada perpleja de Tom. Lo mismo hizo con sus calzoncillos, quitándoselos cuidadosamente hasta quedar completamente desnudo y sin pena. No había vergüenza, ni sonrojos. Nada.

Tom entrecerró los orbes, viendo el esbelto cuerpo de su acompañante. Seguía viéndose delgado, de figura torneada y macilenta. Varias partes de su cuerpo estaban tintadas de morado, una especie de moretones que se crearon debido a su estado friolento y frágil.

—Hazlo con condón. ¿Tienes lubricante?

Tom no pudo contestar a eso. Bill prácticamente había recortado el preludio y ahora Tom no sabía qué estaba sucediendo.

—¿Dónde prefieres? —Continuó interrogando con ayuda de morfemas carentes de emoción al mismo tiempo que se soltaba el cabello y se lo revolvía —. ¿La cama? ¿El sofá?

—¿Qué se supone que estás haciendo?

—Cumpliendo con mi parte.

No se suponía que sería de esa forma. Bill no estaba erecto —pese a su celo—, y su rostro no mostraba si quiera excitación. No había nada en él que le avisara a Tom que estaban a punto de hacer el amor, porque se daba cuenta de que tendrían sexo, simplemente eso.

Sexo y nada más.

—¿No vas a venir?

Sin todavía escuchar palabra por parte de Tom, Bill anduvo desnudo por el cuarto, eligió una almohada grande y con disimulo se recostó bocabajo sobre la cama, consiguiendo que sus granulosas rastas se esparcieran por completo en su fina espalda. Reposó su rostro en la almohada y esperó.

Si Tom iba a tocarle, sería de esa manera. No besos, no caricias, no más contacto visual, Sólo sexo.

Simplemente eso.

Continúa…

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por Monnyca16

Escritora del fandom

Un comentario en «Híbrido 25»
  1. Jajajaja Tom quedó 😳
    Aplausos para Bill por favor, esa no me la vi venir 🤣😂
    Ahora en serio, háganle un bebé a mi bb plisss 🤭 Me da penita ver como anhela tanto eso y hasta ahora nadie se digna en dárselo.
    😢😢 Los cap son muy cortos y adictivos y lo dejan en la mejor parte. Gracias por la actualización!!

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