«Híbrido» Parte III (Monnyca16)

Capítulo 5

Sin ruido que lo distrajera ni cuerpos que lo apresaran, Bill gimió bajito, con la nariz en la suavidad de la almohada que le acobijaba el rostro. Sus labios reposaron en la almohadilla, mordiéndola para impedir que otro gemido indecoroso escapara. Su estado actual pretendía malograr lo que ya tenía construido, y no lo permitiría.

No echaría todo a perder por culpa de su celo. Prefería contenerse, abstenerse y sufrir debido a ello que seguir permitiendo que Tom tuviera la misma visión de antes, aquella visión de un Bill que caía rápido en sus brazos, dejándose llevar por la sangre caliente.

Despaciosamente, Bill hizo rozar su ansiosa entrepierna contra las sábanas de la cama. Su vientre comenzaba a estremecerse; un calor suave le llenaba codiciosamente, eran esas terribles ganas de complacerse sexualmente. Su celo hacía todo lo posible por manipularlo y su racionalidad se contraponía, al final siendo bastante extenuante. No era fácil contener sus ganas de iniciar un coito, y su cabeza daba vueltas como una ruleta, dejándose vencer lentamente al viril aroma de Tom.

Aún recostado sobre la cama, Bill advirtió un olor a látex algo engañoso a comparación con el pernicioso perfume de Tom. Estiró una de sus manos y abrió un cajón del pequeño mueble que yacía a un costado de la cama. Se incorporó un poco para verificar si ahí había condones y, al encontrar unos cuantos, los sacó y los miró de cerca. Se extrañó, su sentido del olfato se agudizó debido a su estado hormonal y ese descubrimiento le anonadó.

Frunció el entrecejo. Le pareció extraño que Tom tuviese condones en los cajones, jamás había usado condón cuando tenían relaciones, pero tal vez con otros híbridos sí.

Bill recordó a Ría, cuidando de escuchar su respiración, y su excitación se volvió rabia contenida. Lo que anteriormente estaba a poco de convertirse en una erección palpitante y chorreante, ahora estaba blando y seco.

A pesar de haberle ordenado que lo penetrara con condón y utilizara lubricante, algo dolía. ¿Por qué Tom tenía condones ahí? ¿Pensaba utilizarlos con él? ¿Con alguien más? Sus preocupaciones no tenían pies ni cabeza. Sus hormonas continuaban haciendo un torbellino en su interior y era complicado tranquilizarse. La estaba pasando bastante mal.

Por otro lado estaba Tom, parado en el mismo sitio de antes, donde Bill lo había dejado con los pantalones abiertos y una dolorosa erección que no había logrado bajar. Sus manos estaban compresas, empuñadas y amenazantes, repletas de fuerza. Su recio abdomen mantenía el calor tangible que emergía de sus entrañas, su sangre transitaba por sus venas a una velocidad de vértigo, su corazón bombeaba con desenfreno y sus sienes palpitaban. Su rostro estuvo a un corto segundo de enrojecerse debido a su estado indignado, pero se controló.

Aspiró, consiguiendo llenar sus pulmones y exhaló ruidosamente, desinflando el pecho. Escuchó movimientos por parte de Bill desnudo sobre el colchón y giró la cabeza, viendo desde su posición lo que hacía. Bill había comenzado a hurgar en su cajón, donde anteriormente guardó unos cuantos condones que había pensado usar con Bill en uno de esos días. Tenía el pensamiento de que era mucho mejor hacerlo con condón para evitar ponerle el anticonceptivo –no deseaba ver su gesto de desesperanza cuando se visualizara la estrella en su cadera-, y sabía que la sensación del coito sería mil veces diferente, pero tramaba arriesgarse.

En esos instantes sentía que había sido realmente precipitado guardar condones en ese lugar. Ahora Bill los había visto y haría todo lo posible por usarlos. Debía ser bueno, un alivio, aunque al final fue todo lo contrario.

Bill retomó su postura anterior, dejando el condón cerrado a un costado y continuó a la espera del ataque de Tom, el cual no demoró en llegar. Escuchaba sus zancadas, la hebilla de su pantalón y percibía su peso sobre la cama al hincarse en ella.

Uno de los brazos de Bill fue sacudido brutalmente, sus piernas fueron manipuladas de igual modo y cuando tomó aire, estuvo frente a Tom, con su espalda contra la cama y su desnudés expuesta a los escrutadores ojos de Tom. Le vio la mirada lúgubre, las pobladas cejas enarcadas y sus labios apretados en una línea; era capaz de distinguir sus líneas faciales más rígidas, las venas de su cuello remarcándole, viéndose de ese modo intimidante para todos, menos para Bill, quien ya conocía a Tom en la mayoría de sus facetas.

Sus ojos entrecerrados contemplaron a Tom bajándose los pantalones, sacando su falo al aire, pulsante y caliente, su glande brillaba y de su uretra goteaba líquido pre seminal, escurriendo por la longitud, bañando los pares de venas que se distinguían bajo la coronilla y que se expandían hasta la base del miembro.

Con las manos apretándole los muslos, Tom le abrió las piernas y se hizo espacio en ellas. Bill abrió los ojos y luchó por ponerse de espaldas, como pretendía, aunque no tuvo éxito. Tom le había evitado moverse, ahora subiéndosele encima y mirándolo de cerca, a una pulgada de su rostro.

—No te quiero ver la cara mientras lo haces —espetó Bill firmemente, luchando por darse la vuelta, siendo imposible. Su respiración se aceleró y su rostro fue capturado entre los hábiles dedos de Tom. Abrió la boca al sentir los ásperos dedos apachurrar su quijada y parpadeó simultáneamente al sentirle. La boca de Tom se hundió en la suya y le besó sin amabilidad, robándole gran parte de su aliento, presionando los labios y deslizando la lengua en la humedad de su boca, luchando por hacerse espacio y tomar el control.

El pecho de Bill se elevó, un gemido de repugnancia y sorpresa salió de entre sus labios y con las uñas rasguñó el cuello de Tom, sus mejillas y su mandíbula. Tom le examinaba durante el bestial choque de labios, rencoroso y empeñado. Le besaba sin piedad, le obligaba a corresponder, a retorcerse y acongojarse, y presenciaba la resistencia que Bill ponía, esa barrera, su mirada indiferente, sin placer de ninguna índole.

Viendo de cerca el daño que hacían, por primera vez, sus uñas en el rostro de Tom, movió su testa de izquierda a derecha, exigiendo que se alejara, que lo dejara. Sus dientes chocaron con los de Tom y le oyó sofocado, sintió su aliento caliente golpearle la boca. Entonces Tom aflojó el agarre en Bill y se alejó por unos centímetros, sin perderle pista.

Bill mantuvo sus manos en el cuello de Tom, dejando de palparle al darse cuenta, y rehuyó de su mirada, conteniendo las ganas de gritar. Sufriendo con su propio corazón acelerado, volteó la cara en busca de no ser observado a los ojos. Tocó su propio pecho desnudo, que subía y bajaba rápidamente, que no parecía tranquilizarse, y entornó los ojos, atisbando que Tom se hundía en sus hinchados labios de nuevo, con la boca abierta e indeciso de si besarlo no. La tersa piel que recubría la mejilla de Bill fue la superficie que sorbió el tibio aliento de Tom, su resuello y su boca entreabierta, apenas tocando la tez sin llegar a besarla.

El Tom furibundo había pasado a permanecer contrariado, un tanto perplejo a los ojos de un Bill excesivamente nervioso e impaciente. Tener a Tom respirando ruidosamente, fiero y desafiante, resultaba ser complicado. Estaba teniendo a un león sobre su cuerpo, uno que era capaz de todo, y se sentía pequeño pero no menos fuerte, por ello volteó a verlo, pulverizándole con la mirada.

Sus ojos claros, con tonalidades verdes, destellos maravillosos y pestañas largas y negras enmarcando su seria mirada fue lo que pudo enfocar Tom apenas le agarró una mano sin sembrar fuerza, hasta llevarla a su entrepierna descubierta. Bill no dijo nada, tampoco peleó, prefirió ver a Tom, seguir cada brusco movimiento y quedarse así, cara a cara.

Sus dedos tocaron el pene, no por interés propio; Tom le manipuló, abrió su pequeña mano y encerró su pene en ella. Bill entornó los orbes ante la sensación. Su cuerpo se tornó laxo y tibio, y su propia entrepierna se endureció. El calor que transmitía el grueso pene de Tom le excitaba y mucho. Quiso morderse los labios, impedir que un gemido se hiciera presente, pero había cerrado los ojos y apretado la cara interna de su palma contra la carne palpitante y dura.

Sus deseos carnales estaban al borde, comenzaba a fundirse en su celo, estaba a punto de masturbar a Tom y de besarle, no obstante, abrió los ojos y captó a Tom, quien ya se había acercado, haciendo chocar sus narices. Quiso detenerse, quiso ser racional y evitar a toda costa que su celo lo traicionara, pero la mirada de Tom, sus obscuros ojos y su paciencia irreconocible, comenzaban a martirizarlo.

Abandonó la longitud de Tom y subió las manos, tocándole con las yemas los fuertes hombros y los pectorales, el cuello y el rostro. Paseó con parsimonia sus dedos por la mandíbula, hundiendo los dedos en la barba espesa hasta delinear sus labios tentativamente. Tom achinó los ojos y se acercó, observándole en silencio, cerrando toda distancia, capturando sus labios, que lo esperaban impacientemente.

Abrazándole por el cuello, Bill cerró los ojos y correspondió al beso, sin prisas, labios contra labios, probando su sabor. Cerró los ojos de Tom con ayuda de sus dedos y abrió más la boca, dejando un espacio para que la lengua contraria entrada y lamiera la suya a un ritmo lento pero sofocante.

Oyó el agitado respirar, sus gruñidos de excitación pura y ése vencimiento que Tom dejaba a la luz apenas se acariciaban. Tom podía llegar a ser muy gentil, bastante dócil si Bill cooperaba, incluso contenía la fuerza destructiva de sus miembros para no lastimarle. Eso también significaba que lo atraía a su lado, haciendo más complicado que Tom escapara de sus encantos.

—Dilo, sólo dilo —pidió Bill, ocasionando que un tenue sonido húmedo resonara al despegar sus labios de los contrarios. Se separó una pulgada para verle. Había súplica en sus ojos, miedo y esperanza. Había accedido a los anhelos de Tom, a sus labios ansiosos y a su excitación.

Tom continuaba embelesado, contemplándolo fijamente, irresuelto y exhausto, como si Bill fuese una persona totalmente diferente a la que ya conocía; le examinaba con ojos centelleantes y sombríos, una reflexiva y al mismo tiempo una afligida mirada que no solía mostrar y que por años había encubierto de los demás. Su rostro parecía más tensionado, un estrés por estar ahí, teniendo que afrontar las palabras y actos de Bill.

En cambio, Bill sintió que podía crear una atmósfera especial, donde ambos podrían ser capaces de discutir, de andar o retroceder. Tom probablemente estaba a una delgada línea de llegar a una conversación madura y latente. Su hora de mantenerse callado estaba prácticamente suprimida, Bill se estaba encargando de hacerle frente, de exponer sus pensamientos vocalmente, de vociferar, de golpear y de encontrar respuestas a todas sus incógnitas.

Bill estaba completamente preparado para enfrentarlo todo, sufrir si tenía que hacerlo y sonreír si lograba vencer a esa resistente coraza, ese caparazón que si seguía existiendo se fusionaría a su piel y corazón como un tatuaje y terminaría de envenenar con su tinta los restos del Tom ingenuo y triste, del Tom real.

—Di que me amas.

Tom ladeó su cabeza, su barba rozó fácilmente el mentón de Bill y sus cejas se apegaron más a sus ojos achicados. Pensaba, buscaba con desesperación los pensamientos de Bill, escuchar su voz interna y sentir sus incomodidades, pero no pudo ver nada, mucho menos conseguía concentrarse cuando su corazón golpeaba su garganta involuntariamente con cada rápido latido, que ardían como latigazos arañando su cuerpo.

—Y aunque así fuera, no es posible. Lo sabes —resolvió, sin apartarse, sin aproximarse, simplemente así, sosteniéndole la mirada, apreciando su expresión neutral —. Ya te lo había dicho aquella vez —añadió sin emoción en su voz.

Bill entrecerró sus ojos, dejando expuestas sus largas pestañas. Mantuvo cerrados los labios y volvió su mirada a Tom. Sabía que en algún momento discutieron eso, pero desgraciadamente había quedado flojo e inconcluso.

—Me amas —insistió. Sus ganas de hacer el amor comenzaban a salir a flote y eran insoportables, no quería volver a actuar como antes. Sabía que si Tom le confesaba su amor, entonces accedería, al menos eso. Sólo quería eso.

—No puede ser —le sostuvo firmemente, sin un atisbo de duda en su mirada. Su voz logró embeberse de un ronco frío, de una seriedad que Bill pocas veces presenció.

Entonces Bill supo que podían hablar, que estaban hablando en esos instantes.

—¿Por qué no puede ser? —le instó, parpadeando lento, tratando de alejar las ganas de llorar, aunque podía sentir sus ojos mojados y la garganta seca y caliente, ardiendo demandantemente. Su sentimentalismo lo traicionaba y la desesperación lo indignaba. Comenzaba a preocuparse, a ver lo malo y no estaba seguro de poder resistir un momento más.

—¿Qué puede cambiar entre nosotros? —Enfrentó Tom. Los músculos de sus brazos crecieron al rodear con ellos los costados de la cabeza de Bill.

Sin mirarlo, Bill respiró hondo.

—Todo —le dio respuesta, acercándose al rostro ajeno con un deje de seducción y confianza a raíz de su celo. Tom lo sintió aproximándose y no se alejó.

—No puede cambiarse nada aunque te diga lo que quieres escuchar —murmuró esta vez, olfateando el fascinante aroma de Bill. Se reclinó brevemente, logrando únicamente que sus labios besaran el pómulo ajeno debido al rápido movimiento que Bill hizo para evitarlo.

La ruidosa respiración de Tom fue lo único que se escuchó en el fallido intento de presionar sus labios con los suyos, y dicho sonido ensordecedor persistió por largos segundos.

—Me harías feliz —soltó Bill, sincerándose completamente.

—Es un capricho de ambos —contraatacó, alejándose para evitar esa charla. No quería simplemente hablar del tema, estaba casi seguro de lo que vendría.

Bill le apretó el brazo, consiguiendo que le prestara atención.

—No lo es —le dijo con aire exhausto, tratando de que le comprendiera—. Sé sincero, Tom. Sé sincero por primera vez en tu vida.

—No sabes lo que dices.

—Tú eres el que no sabe nada.

—Entiéndelo —bramó con los labios apretados, dejando a la vista sus pupilas dilatadas y activas, moviéndose automáticamente al verle, buscando apreciar todo de él.

—Lo hago, pero parece que tú te rehúsas a entender tus propios sentimientos —dijo ya encolerizado, apretando los brazos de Tom con sus manos—. Me tienes aquí, desnudo y dispuesto a follar. ¿Entonces por qué no me tomas y ya?

—No lo entiendes.

—¡Lo entiendo perfectamente! —Alzó la voz. Tom juntó sus cejas al oírle vociferar; había dolor en sus palabras—. Pensaste que iba a ser como antes, ¿no es así? Que me entregaría a ti, que tendríamos un momento de caricias y besos, que seguiríamos haciendo el amor, sabiendo que al día siguiente todo volvería a ser el mismo infierno de siempre. ¿Querías tal vez demostrarme que me quieres al acostarte conmigo? —Cuestionó, escupiendo sus morfemas, un rictus amargo y feroz que apenas se desencadenaba—, pero no me quieres, ¿entonces por qué simplemente no me utilizas como siempre debió ser? El que no entiende eres tú.

—Aferrándote así…

—¿O qué? —No le permitió hablar—. ¿No quieres consumar el trato porque sabes que cuando culmine todo se habrá terminado por fin entre nosotros?

—No se puede terminar algo que nunca comenzó.

—Entonces deja de amenazarme y de meterte en mi vida. Si nada hubiera comenzado no estaríamos aquí ahora mismo.

Irritado en demasía, Tom se inclinó. Su nariz tocó la de Bill y sus ojos le vieron, expectante.

—Me conociste así, ¿de qué te quejas ahora? Siempre has fantaseado como un niño, ilusionándote de nada y queriendo una familia. Conmigo no tienes ni tendrás nada de eso —Bill apartó sus gráciles manos de sus fornidos brazos y las dejó en el aire, evitando proporcionar tacto—. Desde un principio lo supiste y aún así te entregaste a mí. Un gran error que yo permití.

Confuso e iracundo, sumido en una desesperación ilimitada y lacerante, Bill giró su cara hacia su izquierda, huyendo así de Tom, de sus ojos y su desamor.

—Y por eso las cosas han cambiado —murmuró luego de unos segundos pensando en silencio. Volteó hacia Tom y abrió la boca, continuando—: Bien, yo ya no busco algo difícil viniendo de ti. Si es tan imposible que estemos juntos, entonces únicamente quiero escucharlo. Al menos déjame escucharlo. Quiero que lo digas.

—Tom entornó los párpados y tensó su quijada—. Di que me amas aunque no tenga sentido que al día siguiente ya no pueda escucharlo, al menos dilo hoy, ahora. Quiero saber que ha valido la pena todo el sufrimiento. Algo tuvo que valer la pena.

—Nada ha valido la pena —divagó, sin apartar sus ojos de los contrarios, que le suplicaban que se arriesgara, que mantuviera viva la esperanza y la felicidad—. Sufres porque lo has querido. Si fueras alguien fuerte no mendigarías cariño por todos lados —añadió reacio.

Separando los labios y empujándole sin conseguir que se moviera un milímetro, Bill gritó:

—¡Si fueras alguien fuerte no te esconderías detrás de esa pesimista forma de ser y de pensar! ¡Deja de fingir ser alguien que no eres. El verdadero Tom…!

—¡¿Verdadero Tom?! —Apenas al escucharlo, una molestia irreversible y tangente apareció, llenándolo de odio, de asco e incomodidad—. ¡¿Qué conoces tú de mí?! ¡Nada! ¡No conoces nada! —Bill parpadeó, inquieto e intimidado. Tom se balanceó, gritándole y percibió su fuerza física aplastarle el cuerpo, ciego de odio. Comprobó que Simone había sido muy sincera en cuanto a las reacciones de Tom cuando se tocaba algo muy privado —. ¡¿Quién te crees que eres para hurgar en la vida de los demás?! ¡Métete en tus propios asuntos!

—Bien —resolvió simple y rápido, sin detenerse a pensar—. Entonces termina con esto. Terminemos con esto. —Hizo amago de finalizar, buscó el condón de látex empaquetado, rasgó el empaque con los dientes sin dañar el anticonceptivo y, aprovechando el poco espacio que mantenía distante su cuerpo del de Tom, abrió todo lo que pudo sus piernas y tanteó con sus manos el mástil todavía engrosado y duro.

Situó el látex en el glande mojado y expertamente cubrió de arriba abajo con un movimiento descendiente. Cuando llegó a la base y revisó que el condón estuviese en su lugar, alejó sus manos y se giró, dándole la espalda a Tom, teniendo que rozarse con su cuerpo a causa de la proximidad.

No quiso mirar a Tom, prefirió flexionar una de sus piernas, dejando el camino libre a su entrada y meterse dos dedos a la boca, ensalivándolos hasta conducirlos a su tierno agujero.

Pausadamente se acarició circularmente y adhirió un dedo, el índice, frente a los ojos de Tom, quien hasta ese momento se había quedado ausente y evidentemente petrificado. Bill respingó su trasero y flexionó más su pierna derecha, dejando todavía más espacio libre.

—Necesito follar y tú también. ¿Empiezas?

Abrazó la almohada y se mantuvo de esa forma, a la espera del coito, sin embargo, únicamente pudo sentir la punta de la nariz de Tom en su nuca libre de cabello, pues las rastas cayeron de un sólo lado.

A su espalda Tom aspirada y exhalaba con énfasis, excesivamente enfadado. La punta de su nariz permanecía pegada en su nuca y descendía, por la curva de su espalda, llegando a su espalda baja y a su trasero. Oyó que el condón había sido apartado del falo contrario por obra de las propias manos del león y que el calor que manaba de su cuerpo se minimizó cuando Tom se alejó y se tiró a un costado, decidido a no poseerlo.

Una mano en su testa se posaba extendida, quería golpearse la cabeza y encontrar una buena explicación a lo que hacía. Acababa de retirarse de Bill, su erección había bajado levemente, no quedando flácida del todo, pero si menos exaltada, y su temperamento estaba a un poco de salirse de lo normal.

Sentía una gran necesidad de golpear, de sujetar fuertemente con sus manos algo, a alguien, o incluso a sí mismo. Su ansiedad le hacía temblar. La única forma de canalizar su furia era en brazos de Bill o vaciando su violencia en algún híbrido desafortunado. Y no tenía ninguna de las dos opciones; no podía contar con las caricias de Bill y tampoco era una opción volverle a tomar a la fuerza.

Lastimar a Bill sexualmente no era siquiera una salida. Golpear a Bill, quitarle la respiración o hacerle sangrar tampoco eran sus deseos. Cogió su ropa interior y emprendió a vestirse, poniéndose los pantalones ante un Bill ausente, aún recostado y sin deseos de verlo.

Al escucharle vistiéndose, Bill cerró los ojos fuertemente. Sentimientos de rechazo, de desconfianza y de amor unilateral, así como esa gigantesca necesidad de saciarse sexualmente, atiborraron sus pensamientos. Su cabeza punzaba, dolía. Apretó con sus dedos la almohada, enfadado en demasía, deseoso y triste. Desesperado, se levantó de la cama, anduvo hacia su ropa y se la puso a una velocidad de quien desea escapar y sacar el cúmulo de sentimientos dañinos de su cabeza y corazón.

Si Tom no iba a tomarle, iría en busca de alguien que sí estuviera dispuesto a regalarle por lo menos una compañía sexual. Eso era lo único que necesitaba en esos instantes.

«El sexo sin amor se encarga de quitar las ganas por un rato, aunque a la larga hace daño» Rememoró lo que su abuela le decía cada vez, procurando que Bill no huyera por las ramas de la lujuria, no obstante, parar no era una opción, su primer celo comenzaba a manipularlo y ante eso no podía hacer mucho.

Caminó a largas zancadas para salir de ahí, y apenas intentó fugarse, fue lanzado hacia la cama, golpeándose con la resistente base. Desnudo y a unos metros de él, Tom apretó sus manos, esgrimiéndolas. Por un momento había logrado descifrar los pensamientos de Bill, su voz interna resonaba fuertemente en su cabeza en palabras mochas, apenas exhibiendo que Bill iría en busca de algún hombre.

—¿No tienes lo que quieres y te vas? —escuchó que le espetaba. Temió por un instante haberse quedado expuesto, por lo que procedió a enfocarse en su respiración pese a sentir la sangre hirviendo corriendo por sus venas —. Resultas ser todo lo contrario a cuando te conocí.

Bill cerró los ojos, su pecho se extendió ante la forzosa aspiración de oxígeno. Su paciencia comenzaba a terminarse. Tom de repente le parecía repugnante. Sus hormonas estaban funcionando para repelerlo, para odiarle en esos momentos.

Le daba asco.

—Pese a llorarle, no haces caso de sus recomendaciones. «El sexo sin amor se encarga de quitar las ganas por un rato, aunque a la larga hace daño» —recitó con énfasis y una mueca de mal gusto el dicho de Bettina, luego de descifrar los entrecortados pensamientos que atenazaban la cabeza de Bill.

Al escucharle, éste alzó las cejas, absolutamente asombrado y desalentado. Su boca se abrió, cerrándose momentáneamente. Sus dientes hicieron un sonido al chocar. No quería ser expuesto como antes. No era momento.

—¿Para qué ir a acostarte con otros? —retó, levantando el mentón.

Los labios del más chico se surcaron, formando una sonrisa irónica.

—¿Y por qué no? —Tom juntó las cejas—. ¿Para qué acostarme contigo? —Luego añadió—: es la misma mierda. Acostarme con otros o acostarme contigo, sigue siendo sexo sin amor.

—Ellos no van a darte lo que en verdad buscas.

—¿Y qué puedes ofrecerme tú? ¡Nada! Ni siquiera eres capaz de decir lo que sientes.

—Te han llenado la cabeza de mierda, si tu amigo no hubiese salido preñado no estuvieras tan empeñado en hacer lo mismo.

—¿Por qué no lo dejas ya? En ningún momento te estoy exigiendo un hijo. No me interesa.

—Y aunque lo exigieras —soltó escueto, mirando de arriba abajo a Bill—, ya sabes lo que pienso de ti y de tu especie, ¿para qué repetirlo?

—Entonces deja de retenerme No tiene caso—exigió feroz.

—¡Claro, allá afuera tienes a alguien que está interesado en ti! ¡Esa persona puede ofrecerte la estúpida familia que quieres formar! —Ladró sin pensarlo si quiera. Expulsar la furia que sentía por esa situación lo hacía delirar.

Ante la sorpresiva declaración, Bill se encogió de hombros, sonriendo levemente. Seguía molesto, pero esas palabras de alguna manera le reconfortaron. Alguien estaba interesado en él. Alguien quería formar una familia con él. Su corazón palpitó gustoso y Tom tensó la mandíbula al verle.

—¿Te derrites tan rápido con el simple hecho de saber que alguien te desea en su cama? —Bill le sostuvo la mirada. Tom de nueva cuenta intentaba herir con sus palabras.

Sin reprocharle nada, pasó por su lado, anhelando con todas sus fuerzas marcharse. Tom no cooperaba y su cuerpo dolía cada vez con más intensidad. Lo mejor era salir cuanto antes de ahí.

—No puedes salir con semejante olor. —Sostuvo su brazo. Bill le golpeó y se alejó, impidiendo que volviera a entrometerse en su huida.

—No es tu asunto lo que yo haga o deje de hacer —dejó claro, encarándolo.

—No debería serlo—murmuró aunque audible al fin de cuentas—. ¡Nunca debió serlo!

—¡Déjame en paz! —Manoteó, en busca de alejarse a la brevedad.

—¡No! —Gritó desesperado, transformando el ambiente en uno más inestable y opaco.

En el rostro de Bill nació la indolencia, una burla interna y repleta de indignación. Miró con el rabillo del ojo el cajón de la base de la cama de Tom y remembró las palabras de Simone.

—Entonces si planeas retenerme aquí, es hora de que comencemos a pedir explicaciones. —Caminó hasta la recia base, casi como la piedra, se inclinó lo suficiente y abrió el cajón. En el hueco del lugar yacía acomodada una fotografía suya y sus ropas magulladas de hacía dos años. Todo se miraba como en la evidencia que Simone le había enviado.

Tom en definitiva trajo sus cosas y las guardó ahí.

—¿Por qué lo sigues conservando? —recriminó Bill, volteando a verlo. Era capaz de escucharlo respirar profundo y ruidoso, podía ver sus pectorales subir y bajar por su estado trastocado. Tom paseaba su mirada por los objetos que tanto había cuidado, objetos que Bill apretujaba con sus manos, disgustado y firme—. ¡Contesta! —Su voz raspó su garganta al salir disparada con suficiente fuerza al mismo tiempo que lanzaba su ropa hasta golpearlo con ella. Sujetó el borde de su fotografía y la desgarró, partiéndola en varios trozos hasta comprimirla en su palma y lanzarla de igual modo a Tom.

Le reprochaba, exigía explicaciones y no daría marcha atrás. Afrontaría los actos de Tom, sabiendo que dolería, que sería cansado y catastrófico. Sintió que ése era momento de pelear por todo, de enfurecerse y esparcir lo que en realidad había en esa inverosímil relación.

Le causaba terror y su adrenalina le traicionaba, pero un fuerte sentimiento le obligaba a no moverse y desafiar a Tom, como antes. Brillantes diapositivas se encendieron, transcurriendo en su memoria, apoyando su fuerza interna para no retornar. Se veía a sí mismo antes en conjunto con breves momentos tristes; se veía junto a Tom, sufriendo, cayendo en sus brazos para una felicidad poco durable y luego llorar. No permitiría que todo volviera a ser como antes. Se sentiría un inútil si no luchaba y no solidificaba sus pensamientos y deseos, si no dejaba a la luz su rabia, sus miedos y tristezas.

No era invisible y no tendría lástima de Tom, mucho menos ahora, que lo contemplaba conmocionado, viendo que su furia incrementaba cada vez más y que su objetivo era lastimarle, herirle tanto como Bill le hirió con sus actos. El Tom a su frente pretendía actuar con su instinto, cegado por el rencor y el descontento.

El Tom que lo miraba deseaba terminar con todo. Deseaba maltratar, destruirlo, se lo decían sus insondables ojos llenos de aborrecimiento.

Dejándose caer al suelo por completo, Bill sintió pavor y angustia. Supo que era imposible detenerle apenas Tom lo fulminó con la mirada y se dirigió a él. Lo mataría, sus ojos negros brillaban de impotencia, de furia y temor reprimido, y penetraban los suyos como filosos estiletes, dañándolo. Podía sentirlo, sus manos y piernas retemblaron, su rostro se tornó pálido y su pecho se apachurró, extendiéndose gracias a los fuertes latidos de su corazón desbocado.

La furia que manaba del cuerpo ajeno hizo zarandear el candelabro de cristal, que amenazaba con caerse en medio de ambos. El aura de Tom aumentó su poder y el coraje de pronto tomó poseso su cuerpo, reflejando a una bestia, a un asesino sin sentimientos que se había formado hacía años; esos instintos extremistas que la mayoría conocía a un nivel mucho más bajo.

Frente a sus ojos estaba él, un verdadero león blanco poseído por la rabia y la deshonra de sí mismo, de sus miedos turbulentos y voraces, y de su ansiedad agotadora. Un león blanco endeble y al mismo tiempo con físico devastador que aborrecía que escarbaran en su intimidad, en su único sostén; en esa raíz que sólo los suyos debían conocer y que dolía, demoliendo todo a su paso.

Tom iba a matarle; había dejado expuesta su intimidad, descubierto su tesoro, el que guardaba sus temores e ilusiones, y Tom utilizaría sus manos para destruirle a él, quien se había atrevido a revelar su lado quebradizo, esa parte de sí mismo que afloraba únicamente en la soledad, donde nadie pudiese verla.

Al avistarlo más próximo, Bill consiguió hundirse en el pánico y la melancolía, estaba seguro de que ni con sus tiernas caricias conseguiría serenar el odio que Tom sentía por él. Sus brazos fueron inmovilizados, sus ojos se entrecerraron y de su boca brotó un quejido lamentable. Su cabeza dio vueltas y su cuello fue oprimido con saña.

Mareado, lo vio, sintió a Tom sobre su cuerpo, apresándole la garganta con su brusca y pesada mano. Parpadeó desesperado, logrando que lágrimas escurrieran hasta sus mejillas y boca. Lloraba y su llanto se atoraba en su garganta. Tosió frenéticamente, convulso y adolorido. Sus pulmones se paralizaron al no recibir oxígeno y su vista borrosa pudo enfocar a Tom, sus ojos encolerizados y la desilusión proyectada en ellos.

—¿Piensas matarme como a ella? —Bill alzó las manos, apretando el cuello de Tom con sus uñas. Su sangre hizo aparición, el pellejo de Tom era tan duro por la fuerza ejercida que sus manos salieron lastimadas. Sus huesos crujieron y su boca tembló —. ¡Entonces hazlo! —graznó, evacuando su último respiro. Cerró sus ojos y dejó caer las manos a su pecho, sintiéndose desfallecer.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.

por Monnyca16

Escritora del fandom

Un comentario en «Híbrido 26»
  1. Amo a Bill 😍😍
    Es taaaaaaan lindo, orgulloso y de temer cuando quiere. No se xq rayos Tom no le dice lo q siente de una vez. Si yo estuviera en su lugar ya estaría suplicándole de rodillas que me acepte 😆😆

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