«Híbrido» Parte III (Monnyca16)

Capítulo 6

Los elegantes tacones anchos que calzaba resonaban cada vez más constantes, concediendo una ambientación más exasperante a la situación que cursaba en esos instantes. Caminaba de un lado a otro, sin una dirección aparente. A su lado, Vid la observaba.

Simone posaba su mano derecha en su barbilla y, erguida, daba largas zancadas, demasiado nerviosa y abrumada, más que de costumbre. Vid, que seguía viéndole ir de izquierda a derecha, pensativa y preocupada, comenzó a impacientarse también. Él podía escuchar, podía sentir lo que sucedía en aquella alcoba pese a estar a más de seis metros.

Por seguridad, Vid le había rogado a Simone no aproximarse, y eso no hizo nada más que aumentar el desasosiego en ella.

—No creí que Bill fuera capaz de eso —soltó Vid, pasándose los dedos por la raíz de su cabello castaño, ya un poco largo por el descuido —. Tom jamás va a perdonárselo.

—Bill estaba en todo su derecho. Tom ha desnudado su pasado con la misma osadía —murmuró Simone, escondiendo su rostro con ambas manos. No intentaba ponerse de parte de ninguno, simplemente deseaba que todo terminara, que la angustia desapareciera y que Bill consiguiera controlar a Tom —. Él es el único. El único que puede tranquilizarlo —susurró, sintiendo la mano de Vid en su hombro derecho—, Bill es el único que puede darle la tranquilidad que necesita —musitó esta vez, mirándolo a los ojos—, por eso, no podemos intervenir.

—Tom es impredecible. Yo no estoy tan seguro —le dijo, siendo sincero—. Él no es capaz de controlar su energía del todo, menos en situaciones de tanto estrés —luego añadió—: Tom puede acabar con su vida y no darse cuenta de su error hasta que logre apaciguarse. Lo odia, Simone. Tom lo odia ahora mismo y perdonarle no es siquiera una opción.

Simone respiró con dificultad y Vid suspiró, aturdido ya.

—Aun así, no podemos meternos —se recordó a sí misma—, ese conflicto es de dos. Nosotros no podemos meternos más.

Ante su última palabra, Simone alzó el mentón, olfateando de pronto un fuerte aroma. Entornó los orbes, con parsimonia, mostrando esta vez sus irises de un tono más oscuro. La rabia manó de sus poros y Vid se tornó rígido al avistar lo mismo que Simone percibía.

Ría. Ella estaba ahí.

Aspirando profundamente, Simone empuñó su mano y ladeó la cabeza.

—¿Qué hace ella aquí? —Interrogó, caminando apresuradamente hacia el olor de Ría. Vid la siguió, temiendo que otra pelea se desencadenara ese día.

Simone iba a sacarla de su propiedad y no precisamente por las buenas, no cuando había aparecido en un momento inoportuno.

&

Los cielos fueron la estadía donde masas de nubes se movían de forma espesa, envolviéndose unas con otras, aglomerándose del todo. Gracias a su sentido del oído, Bill pudo captar el estruendo del cielo, que parecía estar resquebrajándose. Truenos lejanos y secos se escucharon, Bill fue capaz de golpear el endurecido cuello de Tom, ya enervado y desesperado. Se le entumecieron los largos y delgados dedos apenas encajó sus uñas en la carne palpitante.

Sus ojos se nublaron y un denso mareo terminó por envolverle dolorosamente. Luchaba por salir de las manos de Tom, golpeaba con la poca energía que poseía y gemía de auténtico suplicio, de tormento. Sus ojos, al paso de los segundos, desenfocaban a Tom, y sus sentidos sobrantes comenzaban a perderse.

Las pesadas manos apretando su cuello se afianzaron con más fuerza, entonces abrió los ojos por completo, dejando de respirar. La humedad de sus ojos se secó y la desesperanza reafirmó su curso. Dejó expuestos sus sentimientos, sus miedos, su coraje; exhibió con su angustiante mirada sobresaltada lo que Tom tanto ocultaba.

Y supo que ya no había marcha atrás. Pudo contemplar el centelleante y fijo brillo de la repulsiva mirada que Tom le dedicaba, atiborrada de desespero, de sentimientos diversos que no era capaz de controlar; su inquietud siendo estrujada con saña, la vergüenza de ver proyectada su ingenuidad en los ojos de Bill, su infancia manipulada y al mismo tiempo resuelta, y el descubrimiento de su parte deseosa de cariño y anhelos secretos que conllevaban cada vez más odio.

Tom se miraba a sí mismo en aquella mirada atrofiada por el sufrimiento de quien se siente inmovilizado e inútil. Podía contemplar el recuerdo de sí mismo tan lúcido como intensificado. Se miraba roto. Los claros ojos dejaban ver a un Tom roto, a un león blanco quebrado en miles de pedazos. Y verse a sí mismo en la mirada de quien tanto significaba sacudió lo que por mucho tiempo había logrado enterrar, no para fingir que nada sucedía, sino para protegerse del dolor que tanto le provocaba dejar a la intemperie su interior.

Saber que Bill lo conocía tanto como Tom logró conocerlo en uno de sus primeros enfrentamientos, fue incluso más doloroso que el recuerdo de las vivencias propias de hacía años. Ardía, quemaba. Su pecho subía y bajaba, su cuerpo entero tembló ante cada estremecimiento que nacía de su miedo, esa inseguridad que por años resguardaba para que no fuese descubierta.

Sus inflexibles actos no le ofrecieron retirarlo de su realidad. Bill moría entre sus manos, una muerte dolorosa y atroz, angustiante y certera. Bill moría, como antes. Su olor natural, tan propio y único, y su celo, se esfumaban. Las partículas de su perfume se perdían como humillo, se evaporaban como aquella vez, sin dejar recuerdos si quiera.

Los ojos de Tom se entornaron repetidas veces. Su ceño fruncido, producto de su fatigosa indignación, fue remplazado por un sentimiento de añoranza. No estaba listo para perderlo por completo. No sería capaz de vivir en paz si el aroma de Bill se esfumaba.

¿Entonces por qué sus manos oprimían con más osadía el cuerpo ajeno, cortándole la respiración? Un dolor punzante yacía como pequeña esfera, luchando por invadir y traspasar su furia, esa coraza que con el paso del tiempo se había convertido en un objeto intangible e indestructible.

Sus fúnebres ojos, deseosos de expulsar llanto reprimido, se entornaron con más énfasis y su pecho se infló al tragar a bocanadas el oxígeno que rondaba a su alrededor, el oxígeno que Bill luchaba por aspirar. Los paulatinos latidos que emitía el corazón de Bill, anduvieron más morosos, y su tonalidad de tez desvaía; su ser estaba perdiendo vida, quedando cada vez más cadavérico.

Su corazón, que por un instante se había detenido ante la inquietante transición, latió con renovada fuerza, consiguiendo que de su boca brotara un gruñido que marcaba notable alarma. Y luego de dichos latidos pesados, contempló a Bill, le vio ahí, tendido y moribundo; luchando por respirar poco aire, tan valiente como antes.

Dejar de sentirle, de escucharle, de verlo; dejar de olerlo. Hacer desaparecer todas esas situaciones no estaba en sus deseos pese a que se reprochaba no haberlo dejado sin vida aquella vez. No estaba en sus anhelos matar al amor de su vida. Ni siquiera quería verle muerto. Prefería mil veces mantenerse alejado de él, sabiendo que estaba a salvo, vivo, aprovechando la vida que Astra no pudo tener estando a su lado.

Los húmedos y enrojecidos ojos de Bill, consecuencia de la presión a su extensión, le rogaron, le gritaron, revelando lo que de entre sus labios no salía. «Entonces hazlo» «Mátame y termina con todo esto» Veía, escuchaba su voz interna, sus ruegos, su desesperación. «Ya no quiero que duela» Percibió eso último como una súplica susurrada, un pensamiento que lanzó latigazos a toda su piel y se hundió en su carne.

Dolía. Y Bill deseaba que ya no siguiera doliendo.

Las destructivas manos de Tom se abrieron, sus nudillos parecieron crujir apenas extendió sus dolientes dedos, librando de ellos el esbelto cuello, la garganta que lucía morada y tirante, a punto de desmembrarse entre las yemas de sus dedos.

Sin toser tan pronto, Bill cerró completamente los ojos, sintiéndose incapaz de respirar. La conmoción y el mismo dolor físico lo dejaron incapacitado. Su pecho se hundió completamente, y sus manos, sin energías, tocaron los hombros de Tom, rasguñando sin dañar su piel, en desespero por no poderse llenar de oxígeno.

Y Tom, quien hasta el momento le contemplaba con rabia en sus ojos aún, se inclinó y le besó. Atrapó sus labios resecos y sin vida, soltando su aliento caliente en la boca semi abierta y ansiosa. Lamió sus labios, regalándoles vida y palpó su cuello, otorgándole calor, sanando sus heridas.

El pecho de Bill se recargó y ante ello, tosió contra la boca contraria, expulsando apenas hilillos de sangre, que se deslizaron por la comisura de sus labios. Entornó sus ojos, sus párpados temblaban y sus pestañas lograron rozarse con el pómulo derecho de Tom.

Bill levantó una de sus manos por completo al advertir la ferocidad de dichos besos, del odio en ellos, y le golpeó en la cara, sacándole victoriosamente un gruñido de contrariedad. Bill arañó su mejilla en el proceso y con su poca fuerza, lo lanzó a un lado. No supo de dónde había nacido dicha pujanza, pero se sorprendió al sentirse capaz al menos de quitárselo de encima.

Supo que no fue suficiente, pues Tom, más enervado, se lanzó contra él, atacándolo. Podía sentirle, seguía furibundo e incontrolable, por lo que sostuvo sus hombros, percibiendo el calor que manaba de sus fornidos hombros. Mantuvo separado su cuerpo del suyo y al tratar de abrazarle, Tom le empujó, evitando ése tipo de contacto.

Tom no quería consuelo. Tom nunca aceptaría esa especie de consuelo. Sujetó uno de los brazos de Bill, que rodeaba su cuello y lo situó sobre su cabeza, la cual seguía postrada contra el frío suelo.

—No me toques —escupió secamente, un bramido desosegado y que raspaba su boca al exponerlo. La garganta seguía quemándole y su pecho continuó trotando desbocado, raudo.

Bill pudo captar el pecho ajeno subir y bajar con descontrol; había despertado a la bestia y no aseguraba poderla controlar. Dominarla estaba siendo incluso imposible. Tom estaba absolutamente iracundo, tan frenético que Bill se hundió todavía más contra el piso, sintiéndose culpable, alarmado.

Tom sufría por sus palabras. Había herido a Tom, tanto como Tom le había herido a él tiempo atrás. Jamás imaginó haberlo hecho y dejar una herida profunda, que ardía y tardaría en cicatrizar. Si la suya aún podía palparse, imaginaba que la que le había hecho a Tom continuaría latente.

Estaba arrepentido y aún molesto. Sus sentimientos le masacraban. Culpaba a su estado en celo, a todo el dolor que por desgracia se acumuló en su interior y al calor del momento. Pestañeó, y presenció a Tom. Pudo notar que desentrañaba sus pensamientos y no le importó, ya no le interesó.

No era tiempo de dar marcha atrás.

—¿Estás satisfecho ya? —Apenas pudo inquirir Tom, a la defensiva como siempre, expulsándolo de sus labios apretados, resecos, acompañado de sus facciones yertas, tan gélidas a causa de su interior dañado.

Bill movió la cabeza, de izquierda a derecha, contrariado. Sintió que Tom se alejaba y al tener las manos libres, volvió a abrazarle por el cuello, apegándose a su cuerpo vibrante y caliente. Sus pieles ardían al contacto. Bill sentía el pecho adolorido. Los latidos de Tom le golpeaban y era desgastante. Esparció sus dedos por su cabello enmarañado y le besó con calma.

Tom sujetó sus brazos y jaló de él hacia atrás, abrió la boca contra los suaves labios que besaban tenuemente los suyos y dejó escapar su respiración acelerada y pesada, su aliento caliente. Bill abrió la boca tenuemente, cerró los ojos y atrapó el labio inferior de Tom, apenas tanteando la piel suave, humedeciéndola un poco con su boca.

Difuso y agitado, Tom apretó violentamente sus delgados brazos y lo separó de su extensión abruptamente, apartándosele de encima a su paso. Bill se sostuvo con sus codos y tan rápido como lo hizo, Tom se acercó a su boca, posicionando las manos extendidas en el suelo.

Sus bocas no llegaron a tocarse, sin embargo, estaban a un centímetro de hacerlo. Tom, vencido ante el erotizante aroma, todavía exacerbado en demasía, mostró su respirar agitado, su pecho atrofiado, y Bill, quien yacía todavía en el piso y apenas sosteniéndose, tentativamente se incorporó, persiguiendo la boca de Tom, que se retiraba de la suya a la misma lenta velocidad. Tom cayó sentado en el suelo, con Bill apoyando las manos en sus muslos.

Con los ojos entrecerrados y brillantes, Bill fue retenido por Tom de nueva cuenta, quien ahora situaba una de sus manos en su pecho. Bill se echó para atrás, cayendo al suelo, pero no golpeándose con él. Fue la calurosa mano de Tom que lo sostuvo en el aire al abrazar su espalda baja, y fue Tom el que lo aprisionó de nuevo contra el suelo.

Parpadeando repetidas veces, Bill abrió sus piernas, dejando los muslos al contacto con la pelvis de Tom. Enredó sus brazos en sus hombros y subió el dorso de su palma al exaltado cuello, delineando las venas hinchadas. Tom gruñó en protesta, besándolo con rudeza en la boca, logrando que, ante el sorpresivo acto, Bill jadeara, en busca de aire, de lentitud.

Apretándole el acerado cuello con las yemas de sus dedos, Bill trató de seguir el beso, con la misma efusión de furia y el mismo arrebato de placer. Su vientre se sacudió, manifestando oleadas de placer y Tom pareció notarlo, pues su estómago dio un vuelco de igual manera.

Labios contra labios, con la ágil lengua deslizándose en el interior de su boca, Bill entreabrió los ojos, avizorando la densa mirada de Tom, su rencor aún en el fondo de sus pupilas y la lucha interna que hacía añico todo acto extremista. Ahí estaba el Tom apresurado, el Tom embebido en su propio mar de inconsciencia; en su dolor aniquilador y en esa parte de sí, esa luz que amenazaba con brillar, pero que no lograba fulgurar del todo, pues la coraza que la mantenía enterrada la protegía.

Lo protegía de vivir una experiencia similar, lo escudaba del miedo, de aventurarse, de la propia felicidad. De la vida misma. Mirándolo fijamente, Bill acarició su mejilla, recibiendo un apretón en la cintura como sanción, y pese a sus despectivas respuestas físicas, Bill cepilló el oscuro y abundante cabello de Tom con sus dedos, prestando atención a cada hebra.

Tom se separó, más enfurecido por el grácil trato, y Bill se incorporó, cayendo encima de su fornido cuerpo. Posó su pequeña mano en los pectorales que se elevaban, apachurrándose en cada aspiración de aire, y situó sus piernas alrededor de la cadera de Tom, friccionando su entrepierna con la contraria. Tom dio un respingo, intentó apartárselo de encima, se hallaba más encolerizado por el casual movimiento dominante de Bill, aunque se venció en el intento, cuando Bill besó castamente sus labios y rodeó con sus brazos su cabeza, evitándole huir.

Tom se dejó caer al suelo, su espalda chocó con el concreto, cuarteándolo por el propio peso. Oyó el ronroneó de Bill, permitió que succionara su labio inferior, y Tom, fundido y acongojado, envolvió su cintura con ambas manos y se giró con él en brazos, consiguiendo apresarlo como antes.

Le costaba trabajo ser tranquilizado de esa manera, le aterraba sentirse acorralado como Bill lo hacía. El simple acto de subirse a su cuerpo era dominio para él, y no se sentía listo para eso. Bill sostuvo su barbilla con su mano, palpando la barba crecida y, haciendo fuerza con su pierna montada sobre la cadera de Tom, rodó en el suelo, volviendo a la postura anterior.

Enfurecido, Tom apretó una de sus piernas e intento, sin victoria, dejar a Bill bajo su cuerpo. No pudo hacerlo. No porque no tuviese la fuerza, sino porque los cálidos besos de Bill lo apaciguaban, le hacían olvidar la significancia que le daba a la postura y borraba, muy lentamente, el resentimiento que sus airados ojos seguían exponiendo.

Distanciando sus manos del pequeño cuerpo, Tom las empuñó, dejándolas a sus costados, fuera de su propio cuerpo y el contrario, rasguñando el concretó al abrirlas, ansioso y ajeno a esa nueva sensación. Su odio, las ganas de mutilar y su orgullo pisoteado, fueron retirándose de su cabeza y corazón, de todos sus sentidos de forma tortuosamente lenta.

Apenas respirando como era debido y sin dejar de verle a los ojos, todavía conservando el entrecejo fruncido, Tom se impulsó a los labios de Bill, que se habían apartado de los suyos despaciosamente. El chiquillo lo miraba con los orbes entrecerrados, sus pestañas siendo persianas que dejaban ver a momentos los irises claros, color miel y verdes, brillantes y fascinantes, tan maravillosos y atiborrados de valentía. Una valentía que Tom no poseía, pero que admiraba tanto de Bill, incluso deseando tenerla.

Sin retirarse de Tom, Bill, buscando aplastar las malas sensaciones que acorralaban a Tom y tranquilizar su pesadumbre, acarició su mejilla, repasando la yema de su dedo pulgar por el lunar de su pómulo. Tom cerró la boca, levantó su pelvis, rozando apenas el trasero de Bill con su hombría endurecida y permitió acunar su rostro en la suavidad de su mano, incluso alzando su propia palma, cubriendo la de Bill.

Al sentir la tibia palma sobre la suya, Bill se inclinó. Tom recorrió con su vista cada rincón del rostro de Bill, y cerró sus ojos al sentir que la mano contraria de éste se posicionaba en su frente y bajaba con parsimonia, guiándolo a mantener los ojos cerrados.

Entonces el cometido de Bill fue acertado, apenas se besaron, manteniendo los ojos cerrados, Tom se removió, dejándose envolver por completo, permitiéndose disfrutar, tranquilizarse. Sosteniendo la mano de Tom, más grande que la suya por varios centímetros, Bill la llevó al costado de la cabeza de Tom, por sobre su robusto hombro, y la extendió con sus finos dedos.

Delineó con las puntas de sus dedos cada grieta de la palma de Tom, y entremetió sus dedos en los contrarios. Tom reaccionó, de pronto entrelazando sus ásperos dedos con los de Bill, aferrándose a él. Gimió entre el caluroso beso húmedo, restregando con más insistencia su palpitante erección y oprimió con más firmeza la mano de Bill con la suya, impidiendo que el contacto se perdiera.

Moviendo su mano libre, Tom acarició una de las piernas que rodeaban su cuerpo, apretujando sus nalgas de paso. Bill respingó su cadera, meneando frenéticamente su trasero, al mismo ritmo que Tom utilizaba para oprimirlo.

Suspiró contra su boca, estremeciéndose por completo gracias a la ahora variante caricia de Tom en la curva de su cintura, un abrasador mimo que llegó a su vientre plano. Bill abrió los ojos de golpe, atisbando brevemente las gotas de exudación que escurrían de las sienes de Tom, de su frente. Su celo estaba siendo correspondido, y sus perfumes se fusionaban, volviéndose uno.

Bill pegó su frente a la de Tom, su cabello ocultó sus rostros, como una cortina, y sus labios se separaron brevemente, volviendo a unirse momentáneamente. Sus lenguas se abrazaron y sus labios cubrieron los ajenos, cuidando dicho engarce, sin frenar la vehemencia, tan sólo avivando el romanticismo.

El león blanco había caído, por fin, en los brazos de un conejo. Tom, un híbrido impío y agresivo que no estaba dispuesto a fundirse en las profundidades del amor puro y romántico que Bill le ofrecía, estaba absolutamente atrapado en sus propios dilemas, en sus deseos inconscientes y persistentes, y que habían, con su intensidad, agrietado la coraza que por fin dejaba a la vista un alma endeble, un corazón abierto y lastimado.

Bill lo había logrado.

Continúa…

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por Monnyca16

Escritora del fandom

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