
«Híbrido» Parte III (Monnyca16)
Capítulo 7
El infinito cielo seguía teñido de ese mismo grisáceo oscuro y gélido, funesto, un tinte que transmitía nostalgia, soledad y atrocidad. La tormenta parecía estarse acumulando, sin embargo, ninguna gota caía. Por las noches, los relámpagos hacían su aparición, las nubes se reunían, enormes y pesadas, y los vientos incrementaban, simplemente avecinando un descontrolado monzón.
A su alrededor, híbridos aparecían formados, llegando y retirándose. Diversos pares de ojos le contemplaban, curiosos e intimidados; el regente les miraba fijamente, a cada uno de ellos mientras hacía su trabajo.
Pocas veces el león blanco brindaba atenciones como aquellas. Se trataba de trabajo y cuando se empecinaba en hacer algo bien, su prudencia aumentaba, más en esos días, que situaba su labor como regente en primer lugar.
Sus juicios parecían estar encaminados en el país solamente; estaba seguro de que si dejaba de pensar en los detalles del Muzetiv, entonces se desplomaría y las remembranzas le consumirían por completo. Había trabajado duro por su país. Su mandato comenzaba a intimidar a la sociedad y Tom parecía complacido de cierto modo. La categorización seguía su curso, ahora llevada a un nivel más intensivo, dando como resultado datos favorables.
Debido a la ardua labor, Tom había avanzado a la segunda fase. Las horas en el Edificio de los Soles aumentaron y su horario para dormitar consiguió esfumarse, las ya extensas ojeras acompañaban el tinte rojizo que pincelaba los lagrimales de sus orbes obscuros y profundos.
Se miraba desaliñado; su barba más crecida y azabache, atiborrándole incluso la parte superior del acerado cuello, los brazos más musculosos, su abdomen endurecido en demasía, las largas manos desgastadas, ásperas, y su cuerpo entero dejando a la vista las venas hinchadas de todo su sistema. Su sangre circulaba a más velocidad, sin poder esconder del todo su pesadumbre; su corazón estaba falsamente sereno, comprimido y tirante.
No dormía. Hacía cuatro días que no cerraba los ojos y reposaba en su cama. Su único sostén había sido su poltrona, esa butaca mullida de mimbre bastante grande, resistente y confortable, que se alojaba a dos metros de su escritorio. A veces no llegaba a sentarse, gastaba su fuerza y tiempo de pie, caminando con parsimonia por su estilizado estudio.
Durante esos cuatro días no pisaba su alcoba. Tampoco tramaba hacerlo en los días posteriores. No volvería a esa habitación, no dormiría en su cama y tampoco respiraría del perfume sexual que seguramente seguía impregnado en cada rincón de ese sitio. Nada de aquello estaba en sus planes.
Deseaba cambiar de página, enfilarse en otros aspectos y acallar las malas sensaciones. No estaba dispuesto a autolesionarse, mutilarse emocionalmente como ya estaba acostumbrado a hacer. Ya bastante culpabilidad sentía, ya demasiado dolor le dejaba incapacitado. Sencillamente daría todo por borrarlo, huir de él e intentar volver a comenzar.
Devolverse al pasado, meditar sobre lo acontecido recientemente le haría vivir la realidad, y no quería vivirla. Se escudaba en su burbuja, en su mundo ocupado, en sus responsabilidades, buscando con ello emanciparse de lo que le causaba apremio, ese tormento que sabía que lastimaría.
Huía, no soportaría, no estaba seguro de poder resistir a la fuerza de la realidad, a las trascendencias, que eran la crueldad de sus actos. Lo había hecho, actuó y sabía que no habría marcha atrás, que el pasado quedaría sumido y no volvería a tener la oportunidad de modificarle.
No se arrepentiría. Si lo hacía tal vez acabaría por morir de desafecto, terquedad y melancolía. Y no podía dejarse vencer, no cuando un país entero estaba en sus manos. No cuando todavía faltaba mucho para reconstruir las oportunidades de los demás, no cuando ya había quienes, que a pesar del miedo, confiaban en él.
El peso de sus hombros era demasiado. Si se dejaba llevar por su lacerante intimidad no estaba seguro de aguantar. Por primera vez no estaba seguro de poder seguir de pie. Dudaba de su sostén, de su fuerza y de su seguridad como máxima fuerza física. La debilidad no era su objetivo a seguir, ni por nada ni por nadie.
Por primera vez bloqueó su sentido del olfato. Y su idea era bloquearlo por el resto de su vida. Prefería no olfatear nada en lo absoluto a verse unido como imán descontrolado y desobediente al perfume que tanto conocía y que lo estremecía.
Su sentido desarrollado se encontraba apagado por decisión propia, una que le costó de trabajo y no precisamente físico. Y actualmente, con cuatro días manteniéndolo así, comenzaba a acostumbrarse. Jamás había dejado de olfatear, mucho menos cuando gracias a dicho sentido se mantenía unido a la persona que lo sacaba de su sistema complejo y abrasador, aunque fue por esa misma razón por la que lo suspendió.
Elegía privar su olfato a vivir su día a día y no poder respirar su perfume o peor aún, respirarlo y no poder hacer nada para reunirlo con el suyo. Le sería menos doloroso, menos lamentable. Estaba dispuesto a sacrificar uno de sus sentidos. Era un engaño, una trampa de su inconsciencia, un escape a sus errores y sus consecuencias.
Después de todo seguía siendo un cobarde, buscando alternativas para enterrar sentimientos, esconder sensaciones, sacrificar la felicidad, y al final vivir sin sentido, siempre reprimido, con miedo y desesperanza en el fondo de su ser. Siempre infeliz, resentido y estancado.
Concluyendo su trabajo en el primer piso, subió a su despacho e inmediatamente se alistó a revisar los datos ya a tinta, las cifras y enunciados que evidenciaban el movimiento laboral de él mismo. Diariamente archivaba la evolución del funcionamiento de sus estrategias.
Enfocó su vista en una de las hojas que sostenía y revisó cada párrafo escrito. No podía cometerse ningún error, por más mínimo que fuese. A punto de leer la siguiente hoja, los sonidos de unas pisadas le distrajeron, aun así no apartó su atención a los papeles, los cuales ya no leía por el atrevimiento del distractor a su frente.
Carlo se encontraba frente a su escritorio, parado recto y pensativo. Tom despegó su mirada de lo que leía y miró a aquel hombre, su vasallo. No profundizó sus pupilas en las contrarias, no estaba interesado en lo que aquel rinoceronte se debatía mentalmente, pero todavía así se percató de su preocupación y tristeza, de su angustia amorosa y vital.
Reprimió un gesto nauseabundo que reflejaría con su boca, y que había nacido de su estado iracundo e insolente, de esa arrogancia que encubría su resquemor.
—He estado debatiéndome si hablar con usted o no —le comunicó, hablándole de frente. Su voz fue firme, atiborrada de resolución e infalibilidad —. Ha sido una difícil decisión, señor —añadió sin flaquear.
Tom divisó uno de sus brazos, visualizando las venas remarcadas y su mano empuñada. El puño era una evidente muestra de coraje y ansiedad. Carlo hablaba seriamente.
—No tengo tiempo para atenderte —tajó, volviendo su atención a los papeles entre sus dedos. Dispuesto a volver a su revisión, leyó las primeras palabras de lo que yacía redactado en el archivo, para después ser interceptado de nueva cuenta.
—Lo dudo.
—Dudar o no, es tu problema —afirmó, sin dedicarle su mirada.
—Señor yo…
—Retírate. —Finalizó esta vez, sujetando la pluma de punto fino y tinta fresca que se encontraba a su lado. Sellaría la revisión con su firma y el sello oficial del Edificio de los soles.
—Necesito información, respuestas, y sólo usted puede dármelas —añadió Carlo, paseando una de sus manos a su cabeza rapada, que comenzaba a exudar.
—He dicho que te retires —repitió, viéndolo esta vez para ser más sólido con sus palabras.
Carlo entornó los ojos, quiso desviar su mirada para cavilar, pero no pudo; algo más fuete en él le obligó a desafiar a Tom. Estaba incluso dispuesto a provocarle, enfrentarse a duelo.
—Le ruego hablemos de hombre a hombre —solicitó, mirándolo sin rehuir, articulando sin titubear. Estaba dispuesto a todo. No se iría con las manos vacías. Quería respuestas y no se marcharía hasta obtenerlas.
Guardando silencio, Tom inspeccionó su gesto desosegado y lóbrego, no obstante, no asintió, tampoco aceptó a regañadientes. Sencillamente se quedó así, descifrando lo que la flamante mirada de Carlo exponía: amor, vehemencia, entrega y sospecha, incertidumbre e impaciencia.
—Es sobre Bill —continuó Carlo, firme y claro, sin atisbos de temor al mencionar dicho nombre. Sabía que no era territorio que debía pisar. Hablar de Bill no sólo era complicado, sino peligroso, debido a que bien sabía que Tom, el león blanco, había tomado sexualmente a Bill. Y no sólo eso, sino que se rumoraba, estaba enamorado de él, un conejo sin valor social y de físico pobre. Carlo se arriesgaba demasiado, y aun así no tramaba dar marcha atrás—. Necesito saber sobre él, no ha venido al trabajo por cuatro días y la última vez que lo vi fue cuando usted se lo llevó.
Dando aire de dubitación, Tom miró de soslayo los archivos ahora posados en su escritorio y, apenas tomando aire, volvió sus amenazadores ojos a él.
—No me interesa, así que no sé nada —respondió con desdén, haciendo un ligero movimiento de mano para señalar la puerta de retorno—. Puedes retirarte.
Los músculos de Carlo se contrajeron, la mano que mantenía empuñada se apretó con más fuerza y su boca se torció. Sus labios formaron una delgada línea, mostrando ofuscación, zozobra. Observaba a Tom volviendo a lo que hacía antes, firmaba con avidez una hoja en la parte inferior y luego otra, y otra, renuente a retomar el tema abierto, sin interés aparente.
—Lo amo —musitó, consiguiendo que Tom dejara de escribir y lo mirara a los ojos, no sorprendido por la declaración, sino por el ruego en la voz contraria. La voz de Carlo mostraba desesperación, una angustia visible a los ojos de cualquiera—, no he podido sacarlo de mi cabeza. No lo he visto, y estoy preocupado. La angustia me está matando, por eso, señor, dígame dónde puedo encontrarle.
Y aunque su tono era agudo y casi amenazante, estaba envuelto en un agradable ruego, súplica de quien se siente atormentado y con anhelo de saber por fin una respuesta, el final o quizá la esperanza.
—Te lo dije, no me interesa, así que no lo sé —otorgó a la demanda esa escueta respuesta.
Ganándose de nuevo la atención de Tom, Carlo se inclinó en la madera y lo miró de cerca, enfundado en un desespero mayúsculo y palmario.
—Yo necesito decirle lo que siento. Deseo que lo escuche y me dé una respuesta —insistió, intensificando sus ruegos antes de dejarse vencer por la indignación.
Tom contemplaba la desazón, la furia patente y frenada que Carlo poseía. Sentía su desconsuelo y, a pesar de aquello, no declinó su frialdad, su lado tozudo y cruel.
No hablaría, no contestaría incógnitas, no soplaría de sus labios los morfemas que ahuyentarían la estabilidad en la que se hallaba y que comenzaba a titilar como símbolo de alarma al sufrimiento inmediato.
—¿Es todo? Si es así, retírate —expuso a conciencia, repitiendo las mismas palabras y dándoles el mismo peso. Deseaba que se fuera, que lo dejara en paz, que ya no siguiera tentando a sus remembranzas. No quería recordar, no quería tomarse un momento y que la culpabilidad lo embebiera como bien sabía.
No quería sentirse miserable. No deseaba arrepentirse, no ahora. No estaba listo para saberse de su propia realidad, de su egoísmo.
—Entonces son ciertos todos esos comentarios —sacó con menosprecio Carlo, su voz arañándole la garganta—, ustedes tuvieron algo.
—Sexo unas cuantas veces, es para lo único que serviría alguien como él —dio continuidad al instante, por inercia, sin detenerse a evaluar sus duras palabras. Ya estaba acostumbrado a ser así, desalmado e incorregible.
—¿Cómo puede hablar así de la persona que ama?¿Sabe acaso el daño que le hizo? —Instó, golpeando su puño en la madera, agrietando un poco gracias a su fuerza.
Tom separó su silla del extremo de su mesa y se puso de pie, sintiéndose amenazado. Las imprudencias de Carlo no pararían en esos momentos y estaba convencido de que lo retaría a duelo si la situación empeoraba.
—¿Amar? Ese sentimiento es ridículo, ¿no lo entiendes? —apostilló, ladeando su cabeza un tanto. Su barbilla se alzó, y su gaznate quedó expuesto, su manzana crujiendo al pasar saliva y atirantar el cuello.
Carlo se irguió.
—Yo lo amo. Lo amo con todas mis fuerzas, y necesito decírselo —graznó con énfasis en sus palabras, su fuerza al pronunciar, al redactar lo que le decía su corazón y cabeza.
—¿Cuál es la razón?
—¿Qué?
—De amarlo tanto.
Carlo no se detuvo a razonar, simplemente dio respuesta, una momentánea y firme, esperanzada:
—Pese a los malos momentos, él se anima y logra que su vida sea única. Sus ojos, su sonrosa, su rostro.
—Sus labios formaron una sonrisa floja y sus ojos brillaron de goce al remembrar cada rasgo del pequeño Bill. Y Tom pudo verlo, pudo atisbar al precioso Bill que Carlo recordaba, esa sonrisa ingenua, cargada de positivismo, los ojos grandes y rasgados, sus irises claros y su rostro pequeño, pálido y sublime, fascinante. El cuerpo de Tom reaccionó de inmediato, su pecho se elevó al aspirar oxígeno y su corazón se aceleró con pesadez. Dolía. Quemaba. Huyó de los ilusionados ojos de Carlo, de su apasionamiento, e hizo puño su mano izquierda, estando a punto de esgrimirla. Recordar a Bill hacía daño—. Es tan hermoso. Desprende una calidez que me enloquece, su presencia logra estremecerme. Yo quiero todo de él, tanto como yo estoy dispuesto a darle todo de mí.
No supo en qué momento había terminado su diálogo, incluso no estuvo seguro si lo interrumpiría, simplemente sintió la necesidad de solicitar una respuesta. Tom había contemplado en aquella mirada enamoradiza una veneración tangible de Carlo, un fervor hacia los labios de Bill. Carlo inclusive había prensado sus labios al rememorar su aspecto físico, como si extrañara la suavidad de los labios de Bill, como si los hubiera palpado.
—¿Lo has besado?
Carlo abrió los ojos para después entornarlos, en completa confusión y vergüenza. Tom entonces supo la verdad.
—Una vez, aunque…—Tom no lo miró. Ya lo sabía, la escena en la memoria de Carlo había sido suficiente —, él no lo supo. Estaba durmiendo.
Sintiendo un tremebundo dolor de cabeza, Tom tensó la quijada. ¿Por qué no había visto eso en los ojos de Carlo antes? Se sintió estúpido. Al parecer, Carlo poseía una desarrollada habilidad para no dejar su vida a la lectura de los demás. Carlo era fuerte, confirmaba por qué lo había posicionado como su vasallo.
La cabeza de Tom no dejaba de lanzar repetidas escenas, actos que probablemente no sacaría de su memoria, intimidades de Carlo, del beso que le había robado a Bill mientras dormía. Carlo en la casa de Bill. Ambos dormidos en el sofá. Carlo mirándolo, guardando deseos fogosos y Bill a la intemperie, con los hombros descubiertos, ingenuo y fresco. Sus labios solitarios, para luego ser invadidos por otros. Carlo intensificó ese beso y estuvo a un segundo de ser correspondido si no fuese por Gustav, que tocó la puerta de la casa de Bill.
—Daría todo por besarlo de nuevo y ser correspondido —expuso el hombre, sacando a Tom de su ensimismamiento. Había decepción en su mirada, rabia en su interior.
Carlo amaba a Bill, tanto como él. Anhelaba sus labios, su sonrisa, el brillo de sus ojos, su amor, su alegría, su tristeza, así como su personalidad. Todo de él.
La diferencia entre Carlo y Tom, era que él estaba dispuesto a ofrecerle todo lo que tenía, lo habido y por haber, y Tom, él no era capaz si quiera de confesar su atracción. Y aunque ambos lo amaran para toda la vida, con la misma voracidad, sólo uno no temía, no huía, no hería.
Sintió impotencia, incluso se sintió incapaz como hombre. La vergüenza se hizo presente en su rostro, la vergüenza de no poder ofrecer algo tan simple y duradero. Era un cobarde, un deprimente ser. Él no era siquiera capaz de mirar a Bill como Carlo lo hacía, desconfiaba de poder dotar a Bill lo que tanto merecía, creyendo que no estaba en sus manos ni en su poder.
—Entonces búscalo, y cuando logres encontrarlo, aférrate a él. —Le aconsejó, mirándolo a los ojos, estuvo a punto de añadir algo más, una oración intima, pero le fue imposible, no porque no pudiera manifestarlo, sino porque Vid hizo su aparición, entrometiéndose a su despacho.
«No como yo, que no fui capaz de aferrarme a él» su pensamiento se quedó en su cabeza y lo desechó de inmediato, guardándolo como su tesoro. Vid no pudo escuchar ese ruego, no se percató siquiera de lo que Carlo dialogaba con su primo, simplemente lo sacó del despacho y cuando estuvo seguro de que Carlo se había marchado, encaró a Tom.
—¿No piensas tocar el tema? —Su interrogante fue disparada con saña, y Tom lo supo. Percibió el mal humor de su primo, que crecía a cada segundo, dejándose llevar por el sufrimiento y la desesperación.
Hacía días que no hablaban. Tom evitaba dirigirle la palabra y Vid, por su parte, utilizó ese tiempo para tranquilizar su propio sufrimiento, su culpabilidad. No había dormido al igual que Tom y no sabía si resistiría con la angustia un minuto más.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas, a comparación de los de Tom, que lo observaban sin brillo, perdidos, tan opacos que intimidaban, y tan vacíos que causaban lamento.
—No hay ningún tema qué tocar, ¿o sí?
—Bill siempre es un tema de gran peso.
—Pues ahora no lo es, si vas a hablar de trabajo, quédate, si no es así, ya sabes lo que tienes que hacer.
—Cuatro días han pasado ya. ¿Acaso no sabes lo culpable que me siento?
—Un león blanco sintiéndose culpable…—repitió Tom, pensando en la frase—, no se supone que hayas sido adiestrado para sentir culpabilidad, Vid. Y si tan culpable te sientes, entonces puedes alejarte, lo sabes.
—¿Cómo puedes hablar como si no tuvieras sentimientos? Sé sincero, Tom. Estoy hablando bastante serio contigo ahora mismo. ¿No le extrañas?
—No —resolvió al poco tiempo de captar a su primo limpiándose el llanto. Jamás lo había visto tan triste.
—Mientes. —Sorbió su nariz.
—¿Qué buscas con todo esto?
—Que seas sincero, que dejes a un lado esa estúpida rudeza, que no te va, y lo sabes.
—Deja de meterte en los asuntos que no te conciernen —sugirió, sobresaltando a su primo.
—Cuatro días, Tom. ¡Han pasado cuatro días! Y no sólo él está perdido, Simone también. Todo es tu culpa, porque si ellos están…
—No me interesa. Lo que suceda o deje de suceder, ¿me escuchas? Jamás voy a perdonarlos, ni a ellos ni a ti. Deja de meterte en mis asuntos, que no sabes absolutamente nada.
Dirigiéndose hasta él para empujarle fuerte por el pecho, Vid gritó:
—¿Quieres desbloquear tu sentido del olfato, por favor? No los huelo, a ninguno. ¿Y sabes lo que eso significa, verdad?
Tom abrió la boca, pero de ella no salió nada. Se quedó callado, dejando que su primo apretara su ropa, sacudiéndolo sin mucho éxito.
—Si no sales de aquí para buscarle, hablaré con Carlo. Él sí está dispuesto a buscarle y yo le ayudaré, y cuando lo encuentre no te arrepientas, porque estoy bastante seguro de que Bill lo preferirá a él y que a ti te va a mandar a la mierda.
—Como siempre debió ser.
Impotente en demasía, Vid se alejó de su primo. Sacudió la cabeza de un lado a otro, confuso y decepcionado. Tom no tenía sentimientos y no poder abrirle los ojos le estresaba.
—Vas a arrepentirte de todo esto. Si ellos resultan estar muertos, te arrepentirás por el resto de tus días.
Porque recuérdalo, no sólo es Bill, también es Simone, tu madre.
Deslindando su vista de Vid, caminó lejos de él, sentándose de nueva cuenta con el objetivo de seguir con su trabajo.
—Si es así, el conejo por fin se ha extinto —espetó con solidez, volviendo a leer la papelería que ojeaba minutos atrás—, una carga menos.
No mencionó a su madre, no porque no le interesara, sino porque algo le decía que ella estaba bien. Su madre era mucho más fuerte que Bill, la muerte de su madre era casi imposible. Meses atrás Tom la había tomado por sorpresa, abrazándola por la espalda para envolverla con su lozanía.
Ella seguramente estaba protegida con la fuerza que Tom había depositado en ella. Apenas lo había descubierto, Tom podía proteger a los suyos con su energía y estaba seguro de que funcionaba.
Quiso decirle a Vid sobre aquello, no obstante, éste salió del lugar, azotando la puerta. Estaba molesto.
Seguramente le contaría a Carlo, probablemente saldría a buscar a Bill como las noches anteriores.
Buscarlo…
«No los huelo, a ninguno. ¿Y sabes lo que eso significa, verdad?» La razón por la cual había bloqueado su olfato era esa, y por ahora no quería olfatear por miedo a que lo dicho por Vid fuese cierto.
Cerrando los ojos, Tom sujetó su cabeza, el dolor agudo le regalaba latigazos de daño, punzadas constantes y profundas. Luchó contra su resistencia, contra su memoria que quería manifestarse; el recuerdo de lo que sucedió aquella vez.
«Bill» Su rostro apareció en su almacén de recuerdos, sus ojos, sus besos. Reprimió un gemido de tormento, de complicidad y culpa.
La culpabilidad que sentía no podía suprimirse. La culpa por haber actuado de acuerdo a sus impulsos, a su bienestar emocional, a su rencor, el odio que se apoderó de su cuerpo y de sus actos, y que arrastró a las personas que tanto quería. La culpa lo paralizaba, impidiéndole el razonamiento y aumentando el sufrimiento. No podía escapar de él, se sentía atrapado, y en esos momentos no pudo hacer uso de su resistencia para sentirse protegido.
Pese a que se resistía a no ver su realidad, ahí estaba, lúcida, puesta en escena como un rayo de luz cegador y enorme. Entonces lo acontecido cuatro días atrás apareció en sus remembranzas, las que tanto trabajaba para engrilletar en su lado profundo y negro, en su inconsciencia:
La sensación de la mano de Bill acunando la propia iba cada segundo afianzándose. No importaba si sus dedos ya estuviesen entrelazados por completo, ambos exigían más contacto, más presión de la debida, como si desearan que sus palmas se volviesen solo una; como si anhelaran con todas sus fuerzas estar unidos de ese modo de por vida.
Bill se aferraba a su contacto, convencido de que eso era lo que quería hacer en esos instantes. Y Tom lo permitió, inclusive correspondió porque al igual que Bill, era lo único que quería hacer en esos momentos.
Era la primera vez que Tom se aferraba a Bill, a sus sentimientos, a su placer, a la alegría que aquello le provocaba, a la unión que conllevaba, una que era visible en demasía y que evidenciaba no sólo que eran el uno para el otro, sino que no podían contra ello.
El sentimiento de cariño se expelía de sus poros, sus pieles se buscaban, sus corazones se correspondían, y sus almas se fusionaban, encajando perfectamente. Existía atracción sentimental, y era fuerte, eléctrica y manipulable. Una atracción que podía incrementar, parpadear como intermitente pero nunca reducir. Y junto a esa atracción emocional, yacía impresa la carnal, su lado animal, su instinto sexual que se complementaba con sus almas.
Tom lo atrajo aún más a su cuerpo y Bill ronroneó contra su boca semi abierta. Ya no había luchado por cambiar la posición en la que se encontraban; el chiquillo permanecía a horcajadas de su cuerpo, besándole a demanda, y Tom, él le correspondía, permitiéndole tranquilizarlo, vencido a sus besos, a su lengua húmeda danzar vehementemente junto a la suya.
Su conmoción anterior había sido calmada, y ahora se hallaba embelesado, probando los dulces labios y sintiendo la tersa piel cernirse, estimulando cada rincón de su extensión. Bill era suave y tibio, además de poseer el perfume tan propio que saturaba a Tom, acompañado de una gran cantidad de seducción, una mezcolanza de feromonas provenientes de su estado en celo.
Procurando no abandonar sus hinchados labios, que abrazaban los suyos, Tom fue desnudándole, recibiendo un dulce asentimiento de cabeza por parte del más chico. Sí. Había aceptado que fuese su compañero de celo sin temor a equivocarse.
Volviéndose hasta quedar sentado en el suelo ya magullado, Tom sujetó su cintura con una mano, posteriormente añadió la otra, consiguiendo deshacer la unión de sus manos. Bill envolvió su cuello con los brazos, después alzándolos por completo por obra de Tom, permitiendo que las prendas que cubrían su torso desaparecieran.
Sintiendo apenas los delgados dedos de Bill hurgar en la bastilla de su prenda superior, Tom se permitió levantar sus fuertes brazos para que lo desvistiera como segundos atrás él hizo con Bill. Sus brazos nuevamente abrazaron el ligero cuerpo sobre el suyo, también descendiendo hasta sus piernas todavía cubiertas por fresca tela.
Bill alzó su cadera, agregando más fogosidad al beso que depositaba en los labios contrarios, carnosa boca que le correspondía con la misma fuerza, el mismo deseo. A Tom le encantaban sus labios y su apasionamiento. Bill le encantaba en todos los sentidos y se lo declaraba con una mirada, con la misma entrega.
Y pese a que Bill no podía escucharle, lo sabía. Lo sentía.
Tom paseó las yemas de sus dedos por la templada tez lechosa y tersa, terminando por desnudarlo esta vez por la parte inferior. Al verse completamente desnudo y excitado con simplemente algunas caricias, Bill se separó y se recargó en la base de la cama, con sus muslos alrededor de la pelvis de Tom. Éste, como respuesta, persiguió su cuerpo, su olor, su boca rojiza y húmeda, totalmente absorto en él.
Posicionó los codos en la orilla de la cama y se impulsó hacia atrás, atrayendo a Tom con cada lento movimiento. Con medio cuerpo sobre el colchón y pudiendo esta vez desabrochar la bragueta del contrario, Bill desabotonó y deslizó los pantalones, desnudándolo. Tom se abalanzó al sentirle a él, sus pequeñas manos acariciando su cadera, los nudillos presionando su carne caliente y su pantalón siendo tirado a un lado.
Bill tocó sus pectorales, esparciendo sus manos extendidas por sus costillas, los músculos contraídos y el calor de su piel. Se dedicó a explorarlo, recibiendo besos húmedos en el cuello, siendo lamido, mordido. Tom estaba hambriento de él, completamente.
Con parsimonia subió ambas manos y palpó su grueso cuello, recorriendo las venas hinchadas que lo pincelaban, y bajó, delineando sus clavículas, sus frondosos bíceps y más abajo, sus muñecas. Acarició la aspereza, dejándose guiar por los pares de venas de sus dedos y que se unían para dispararse por el largo de sus brazos.
Los vellos de Tom se crisparon ante la placentera sensación, consiguiendo que el cuerpo de Bill se retorciera, entregándose todavía más a su ávida boca que, ardiente, le devoraban esta vez el pecho.
Gimiendo sin abrir del todo la boca, acallando el placer, Bill estrechó los labios y disminuyó el movimiento de sus palmas. Rozó las uñas en el abdomen apretado, membrudo, palpando cada espacio abultado de músculo endurecido. Abocetó cada recuadro de carne, cada surco que iniciaba desde el inferior de sus pectorales hasta su ombligo, donde más pares de venas guiaban el camino a su entrepierna.
Con ayuda de sus dedos pulgares, siguió la línea de vello que yacía desde su ombligo y que se prolongaba hasta su entrepierna. Sin detenerse, encontró el tibio pene erguido, orgulloso. Situó el intermedio de la cara interna de su mano en el glande y la cerró, regalándole uniformes caricias a la prominencia ya humedecida por el líquido pre seminal que salía de su uretra.
Tocó con las yemas de sus dedos la coronilla, tentativamente el cuello del falo y con ello el escaso prepucio. Tom se tornó rígido y gruñó, deleitándose. Movió la cadera a las cadencias de cada delicado toque, que con el paso de los segundos se volvía salvaje, experto y apasionado.
Bill atrapó la longitud con su mano entera, permitiéndose sentir la suavidad del prepucio al mismo tiempo que Tom le besaba en la boca, gozando de sus labios. La piel de sus labios, tan suave y húmeda, ardiendo debido a los roces constantes, era parecida a la piel del pene que acariciaba en esos momentos.
La diferencia era que, bajo aquella suave piel se hallaba la dureza, la solidez que la excitación ocasionaba. Tom meneó su cadera hacia adelante con rudeza, y Bill hundió su agarre hasta la base de su miembro, simulando la opresión de una embestida.
El dorso de su mano se apegó a los vellos púbicos rizados y escasos, y apenas Tom se impulsó hacia atrás, la mano de Bill volvió a su sitio anterior, enfundando el glande con sus dedos, para luego descender con un movimiento certero. La sensación del grueso pene deslizándose en el hueco de media luna que su mano hacía, lo azuzó a desear ir más allá.
Deseaba el pene de Tom en su interior, clavándose profundo y rápido. Y Tom podía sentirlo, incluso leerlo en el brillo de sus ojos claros. Bill los había abierto para apreciarle y por inercia Tom también lo hizo; abrió los párpados, exponiendo el lúgubre pero ahora centellante color de sus irises.
Bill le vio, contempló su gesto y le regaló un beso, mirándole de vez en vez los labios, que se acoplaban a la perfección con los suyos. Tom lo escrutó a él, su sonrojo intenso, sus pestañas espesas y sus ojos fascinantes. Apreciaba cada fino detalle e incluso si existían imperfectos los transformaba en perfección.
Lo adoraba. Le encantaba. Lo amaba. Su estómago vibraba, su corazón ascendía hasta su garganta y su boca temblaba al dejar expuestos los latidos que de su pecho nacían. El cuello de Bill también latía, incluso su paladar, con la misma fuerza y la constancia de quien no desea detenerse.
Sus cuerpos eran un cúmulo de sensaciones, y sus bocas no podían subsistir separadas, por tal razón al concluir un beso momentáneamente iniciaban otro, al mismo tiempo y con arrolladora ferocidad y entrega.
—Me fascinas —logró murmurar Tom, contra su boca, hundiéndose en ella casi de inmediato, sacándole un jadeo satisfactorio y al mismo tiempo de sorpresa. Pese a saberlo, escucharlo le reconfortaba —. Sigues volviéndome loco —añadió apenas al separarse. Bill fijó sus ojos en él, resguardando en ellos una ola de llanto—. Me pregunto, ¿sabes que puedes hacer de mí un idiota? —Bill se encogió de hombros. No esperaba esas palabras en lo absoluto—. No importa cuánto tiempo haya pasado, siempre es igual, nada ha cambiado; siempre me arrastras contigo, hagas lo que hagas. Y yo…—se detuvo, dedicándose a acariciar el esbelto cuello y a arrullar cuidadosamente la mitad del rostro de Bill con su mano derecha—, yo caigo rendido a ti. No importa cuánto haga para que eso no suceda, siempre será el mismo resultado, una y otra vez. ¿No lo entiendes?
Perplejo, con lágrimas revueltas saliendo de sus ojos entreabiertos, Bill guardó silencio. No supo qué responder. Pensaba en diversidad de cosas y sus sentimientos no podían serenarse. Sus emociones eran variadas, un impacto que lo había dejado completamente mudo.
Frente a él estaba Tom, mirándolo a los ojos, aproximándose a su rostro. A una pulgada de sus labios, Bill abrió la boca, queriendo contestar algo, sin saber qué exactamente, sólo quería hablar, expresar lo que sentía, sin embargo, un dedo en sus labios lo interrumpió.
—No digas nada. —Y dicho eso, se inclinó y lo besó, sin antes apartar el índice de sus labios.
Su cuerpo cayó laxo sobre el cómodo colchón y Tom lo apresó sin ejercer fuerza. Dejándose caer hacia un lado, Tom le permitió subirse a su cuerpo y rodar sobre la cama.
Las caricias superficiales e íntimas incrementaron, así como los vehementes besos, sus lenguas friccionándose y cada uno probando su esencia, saboreando cada centímetro de piel, de líquido que emanaba de sus poros, de todo su ser.
El calor de sus cuerpos se volvió uno, cegándoles, logrando que, a cada segundo, la excitación los envolviera hasta hacerlos delirar, gemir, jadear y apretar lo que estuviese cerca como muestra de su satisfacción, del goce mutuo.
Hicieron el amor, una y otra vez, sin poderse separar si quiera medio metro. Ambos se habían dejado llevar, sus cuerpos se enlazaron y su propio instinto fue exhibido. Sin dejar de besarse y contemplarse, hicieron el amor, disfrutando cada reacción física, adorando incluso las minúsculas gotas de sudor que bañaban sus rostros; ocuparon cada rincón de la habitación, impregnando todo lo que ahí había con sus fragancias ya fundidas.
Tom se entregó a Bill por completo, sabiendo que esa sería su última vez, que el juego estaba por terminarse y que cuando el sol amenazara con iluminar la mañana del día siguiente, Bill ya no estaría cerca. Lo desterraría. Lo alejaría porque Bill lo conocía a fondo, porque su madre y primo lo habían traicionado, y porque no podría soportarlo.
Su orgullo había sido pisoteado y aquello no cambiaría. Lo único que poseía Tom era su pasado y habían hurgado en él, en su vida privada, arrebatándole todo a su paso. No poseía seguridad, tampoco estaba dispuesto a dejarse guiar. Era egoísta y terco, y por más que Bill le hubiese odiado, su opinión no cambiaría.
—Piensas alejarme, ¿verdad? —Bill inquirió luego de la tercera vez copulando. Ambos seguían desnudos, esta vez en el suelo; Tom, luego de eyacular en el interior de Bill, le había besado y posteriormente se había recargado en la pared más cercana, con Bill a su lado. Éste se hallaba pensante, con las piernas juntas, sus rodillas pegadas a su mentón y los brazos abrazando sus piernas.
—El trato era ese —dijo sin mirarle. Bill tampoco le dedicó una mirada—. Serás libre.
Luego de decirle aquello, ambos se quedaron callados. Bill ya imaginaba algo así. Aunque hubiese logrado calmar a la bestia, al final ésta seguía negándose a aceptarlo, a aceptar su realidad.
Se dio cuenta, supo que a pesar de hacer el amor y hablar como gente civilizada, Tom no cambiaría su forma de ver las cosas.
—Entrometerse en el pasado de los demás es imperdonable. Las pesadumbres se incrementan cuando alguien dilecto exterioriza lo que por años ha dolido y lo que ahora sigue quemando —continuó Tom luego de varios minutos en absoluto y tortuoso silencio. Bill lo miró esta vez, sin recibir una mínima atención visual—. ¿Cómo se siente vengarse?
Entonces recordó, en ese preciso momento, las veces en las cuales desnudó la vida privada de Bill. Aquellas veces que lo hizo llorar, que lo hirió. No entendía cómo Bill podía perdonarle algo como eso. Tom jamás le perdonaría que se hubiese metido en su intimidad con ayuda de su madre y primo.
—Yo no me he vengado.
—Ahora estamos a mano. —Ladeó su cabeza, viéndolo. Bill se estremeció con esa simple mirada vacía—. Voy a desterrarte.
Sabía lo que esa simple palabra significaba para Bill; a éste ya lo habían exiliado antes. Bill sufrió de abandono y aunque fuesen situaciones diferentes, Tom le estaba abandonando. No importaba cuál fuese su justificación, Tom lo abandonaría como los padres de Bill lo hicieron alguna vez, como todos aquellos que lo hicieron menos. Sería rechazado como años atrás.
—Vid va a dejarte en la frontera. El país vecino va a recibirte. —Bill se cubrió los oídos. No deseaba escuchar nada más—. Allá podrás comenzar de nuevo.
No pensó lo suficiente en el estado en celo de Bill. Fue egoísta. Sólo había tomado esa decisión y se la anunciaba, haciéndose responsable de ella de alguna manera. Bill reprimió las lágrimas y asintió para sí mismo.
—¿Por qué desterrarme? —Exigió una explicación más convincente—. No volveré a ir al trabajo si no quieres verme, tampoco trataré de buscarte, ¿entonces por qué? ¿Para qué alejarme de mis amigos, de todo lo que ya he conseguido aquí?
Tom no pudo responder a eso. La respuesta estaba en su cabeza, pero no fue capaz de decirla; era demasiado egoísta, algo probablemente sin sentido, sin peso. ¿Para qué alejarlo? Tom no podría vivir sus días viendo a Bill ser feliz con alguien más por más decidido que estuviese, no sería capaz de sentirlo cerca. No podría resistirlo.
Bill no recibió una respuesta más sincera, simplemente escuchó la mitad de lo que pasaba por la cabeza del contrario, y aun así notó que la respuesta era demasiado fácil de deducir:
—Tu sola presencia me impide llevar a cabo mi labor. Traerte aquí ha sido, nuevamente, una imprudencia de mi parte, un error que no puede volver a repetirse —contó firme, siendo absolutamente sincero en ese aspecto—. Me haces cometer demasiadas insensateces, y no puedo seguirlo permitiendo.
Posterior a ello, incontables minutos cursaron, siendo incómodos. El cielo continuaba ennegrecido, a punto de romperse en miles de pedazos, la lluvia probablemente caería en cualquier momento.
Tom se acercó al hombro de Bill, intentando cortejarle, deseando como las veces anteriores, hacer el amor. Y aunque Bill se tornó rígido y dolido, accedió al cabo de unos minutos. Hizo el amor con él para después abrazarlo sin ganas de soltarlo. Tom no soltó una de sus manos, que mantenía sujeta a la suya con fuerza durante toda la noche. No se apartaron, no lo hicieron hasta que el sol estuvo a punto de salir.
El chiquillo no pudo dormir del todo, su cuerpo dolía, su garganta ardía, pero estaba cansado de llorar. Comenzaba a sentir que ya no tenía lágrimas, que ya no le quedaban más y que había derramado suficientes por ambos.
No se sentía listo para alejarse, pero si era lo que Tom quería, lo haría. Tom después de todo daba órdenes y debían ser cumplidas al pie de la letra. Se había dado por vencido. No lucharía más. Quizá si dejaba de luchar el rumbo de su vida sería mejor, más próspero, quizá si…si dejaba que todo sucediera de la manera que se presentaba, habría un mejor resultado.
Entonces se dio cuenta de que, pese a haber creído dejar de luchar, al final seguía haciéndolo; mantenía el pensamiento positivo, viva la esperanza en algún recóndito lugar de su alma.
Su esperanza seguía viviendo en su ser, quizá no la de estar al lado de Tom por el resto de su vida, pero sí la de desear la felicidad, el cambio, la tranquilidad. Si el destino volvía a unirlos por alguna razón, por más imposible que fuese, Bill fluiría, lo entendería y reaccionaría de la manera más apropiada, pero ahora únicamente quedaba despedirse, decir adiós y desacostumbrarse a su cotidianidad.
Lo había perdido todo.
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—¡No puedes hacer eso! —Vid le reprochó al enfrentarle cara a cara. Tom estaba vestido, parado a su frente y Bill en su habitación, soportando el dolor de su celo en proceso, estaba inundado en melancolía, sería separado de Tom y en su estado hormonal causaba un grave impacto. El sol había dado su primer rayo de luz y eso significaba que ya era hora —. ¡No lo haré!
—Lo harás —graznó
—Tom, espera…
—Llévalo a la frontera, será recibido por la máxima autoridad de ahí.
—No puedes hacer esto. Abre los ojos, Tom. ¡No puedes ni quieres hacer esto!
Entonces Vid lo vio en los obscuros ojos, visualizó la idea de acabar con Bill con sus propias manos, preso del aborrecimiento, y lo detuvo, sujetando su brazo.
Simone apareció repentinamente a la espalda de Tom, devastada y con desilusión, sus ojos desesperanzados. Tom lo había descubierto y sabía lo que conllevaría, por lo cual se haría cargo de las consecuencias de su idea, de la idea que Vid apoyó y que fue la causante de que ocurriera todo un problema.
—¿Estás seguro de que vas a poderlo soportar? —Inquirió ella, Tom la miró con asco en su mirar, receloso, traicionado.
—He soportado mucho ya, ¿no lo cree, madre?
Encogiéndose de hombros, Simone miró hacia el suelo, también decidida:
—Hazlo, saca a Bill cuanto antes del país —pidió a Vid, y éste alzó las cejas, desconcertado.
—¡Simone! ¡Es peligroso! —Vociferó como contestación, su llanto manando de sus abiertos ojos, impidiéndole incluso respirar.
Ella lo sabía, era peligroso porque había sido la pareja sexual de Tom, de un león blanco, y porque estaba en celo. Dejarlo abandonado en otro país en su estado era como lanzarlo a híbridos hambrientos, como anticipar su muerte; Bill podría morir en manos de otros o incluso a base de su tristeza, de su desamor.
—Hazlo —replicó sin fuerzas para iniciar una discusión—. Tom es quien manda, no puedes llevarle la contraria a un regente. Sólo obedece —instó ella, reprimiendo las lágrimas.
Su plan estaba hecho. Ella iría tras Bill apenas fuese desterrado. Ella se responsabilizaría de su cometido, de los impulsivos actos de su hijo. Ella cuidaría de Bill, como se lo había prometido.
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Abriendo los ojos, sofocado y aturdido, Tom viró hacia sus manos, las cuales temblaban de pánico. Todo el tiempo que los mantuvo cerrados, recordando lo sucedido, había puesto en marcha su sentido del olfato. Y ahora aspiraba profundo, sin moverse, sólo estático, tratando de encontrar el aroma de Bill, el de su madre, pero no había ninguna partícula de ellos flotando en el aire.
No podía localizarlos. Sus aromas se habían esfumado. Vid le había dicho la verdad. Al parecer ellos no simplemente habían desaparecido.
Ellos estaban muertos, no había otra explicación. Las posibles elucidaciones eran amargas, negativas, no podía esperar nada bueno. El simple hecho de no hallar su paradero por medio de su olfato era suficiente para evidenciar que ya no seguían existiendo.
«Muertos» en su cabeza se repitió al mismo tiempo que sus sienes punzaban. Sus manos no dejaron de temblar, sus nervios se habían desbordado ya, no pudo hablar, ni moverse.
Esa era su realidad, la que tanto temía ver y la que lo perseguiría por el resto de su vida. La culpabilidad que estaba instalada en lo profundo de su corazón, aumentó, la impotencia, el desespero, el miedo, la furia.
«Mi culpa»
La culpabilidad lo estaba masacrando por dentro. La culpa. Por su culpa, los hubieras se asentaron en su pensamiento y las ganas de volver el tiempo atrás lo dejaron preso del dolor, de la pérdida. Dolía tanto como imaginó que sería. Simplemente dolía y seguía siendo incapaz de soportar ese dolor.
Continúa…
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