«Híbrido» Parte III (Monnyca16)

Capítulo 9

El silbido del viento en pleno anochecer como preámbulo a una borrasca nocturna era más que un susurro gélido para Tom, quien todavía dormido murmuraba, sintiéndose preso de sus demonios, de los recuerdos, de su ansiedad ascendente y terebrante. Aquella era la causante de los cielos atestados de tormentas eléctricas, donde truenos y relámpagos aterrizaban en las silenciosas calles cada noche, parpadeando como intermitentes.

Los rayos que se encendían como candiles azulados resplandecientes y blancos cegadores, eran acompañados por estrépitos escalofriantes del cielo. Se contemplaban en un culebreo constante y amenazador. Eran monstruos, rugidos ensordecedores y brutales que explotaban en los cielos, cerca de las capas de nubes grisáceas y amontonadas. Se oían lejanos y al mismo tiempo próximos, inquietantes al igual que los pensamientos acumulados de Tom.

Él había logrado cerrar los párpados luego de que Vid lo guiara a una habitación para dormitar. La lluvia continuó cayendo a lo largo de las horas y sólo se apagó cuando Tom consiguió caer rendido a su dolor de cabeza y pesado cuerpo. Durmió con Vid a un lado, sobre una cama que no había tocado nunca. Pudo vencerse al cansancio tras haberse aferrado a Vid con fuerza durante toda la noche. Lo abrazó por la espalda, su nariz al contacto con la nuca contraria y sus manos sujetas a la tela para impedir cualquier lejanía.

Vid mentiría si dijera que pudo descansar con su primo abrazándolo. Le resultaba, más que incómodo, triste; Tom dejaba a la luz lo frágil que podía llegar a ser, pues sabía perfectamente que su primo lo mantenía pegado a su cuerpo como si se tratara de Bill.

En los turbios sueños de Tom se constataba la angustia, la decepción, y su posesividad con el cuerpo de Vid, el cual únicamente le servía como soporte durante la noche, incluso durante el amanecer; la nariz de Tom se hundió en el cabello de su primo y se quedó presa ahí, consiguiendo sofocar al contrario.

El castaño se removió, apartando las manos de Tom de su estómago y, al alejarse, Tom gruñó y encajó sus bruscos dedos en su carne.

Vid gimió adolorido, aguantó la respiración y al darse cuenta de su precipitación, Tom dejó libre su cuerpo, soltando un suspiro funesto. Lamentablemente había estado en posición de ataque durante el anochecer y las luces de alarma en su cabeza no se habían fundido.

La cabeza le daba vueltas. Cerró sus ojos, buscando concentrarse y dormir, aunque al final no lo consiguió. El vacío volvió a consumirlo y su pecho se apretó, acompañado de una sofocación enfermiza. La culpabilidad aún no abandonaba su ser.

&

Ahora se encontraba a menos de un metro de la línea fronteriza. Posterior a las lágrimas derramadas, sin pensarlo demasiado, a la mañana siguiente canceló su labor para ir en busca de respuestas, de información que hasta el momento Vid no logró obtener.

Sin hombres a su alrededor que le protegieran, bajó de su automóvil y se sacó las gafas de sol, exponiendo al fin su mirada enrojecida, de párpados levemente hinchados y estado cansado.

A su alrededor yacía personal de seguridad custodiando una larga franja hechiza de metal. Tom no había hecho un llamado para avisar que iría a hablar con el grupo encargado del país vecino.

Estaba a poco de dar aviso, aunque no fue necesario; uno de los judiciales se acercó e, inclinándose levemente, le informó que el consejo presidencial estaba al tanto de su visita y que dentro de unos momentos se le daría paso.

Todos los países vecinos conocían a Tom. Ser un león blanco al mando de Muzetiv, más fuerte en energía e inteligencia, le había dado privilegios innegables. No tenía una comunicación de confianza absoluta con Rosbo, de hecho carecía de empatía con ellos en diversos aspectos.

Estaba seguro de que sería difícil obtener información debido a la personalidad apasionada del mandato, sabía que tenía que ser cuidadoso con cada palabra articulada; de eso dependía su fatigosa búsqueda.

Tom habló con los encargados de Rosbo aquella vez que sacó a Bill de su vida. Solicitó de su ayuda para que recibieran al conejo, para que le instalaran en una residencia. Bill tenía una vida pagada allá, por ello no entendía por qué todo se había salido de sus manos. Todavía no era capaz de asimilarlo.

Se suponía que Rosbo protegería a Bill a cambio de paz absoluta por parte de Muzetiv. Y Tom quería saber qué era lo que realmente había sucedido aunque al final no tuviera derecho. El trato había sido mandar a Bill y posterior a eso no volverlo a buscar, pero estaba ahí.

Tom había roto esa parte del trato, así como Rosbo había roto su palabra al prometer cuidar de Bill.

Anduvo a paso firme hasta un portón alto y recio. Desde ese sitio olfateaba las hierbas y escuchaba el sonido de agua cayendo, tal vez fuentes de agua fresca combinadas con tierra mojada, además de presenciar el tinte ennegrecido de los cielos.

Rosbo tenía un aroma particularmente dulce, Tom sabía que el país había sido dotado con flores aromáticas en todos sus alrededores, que usaban para atildar la mayoría de los festejos, incluso las hembras adornaban su cabello con rosas rojas o de diferente tonalidad; preparaban coronas florales y armaban vestuarios

coloridos y sublimes, que se utilizaban como rituales para atraer a sus parejas o simplemente para pasear con coquetería a la redonda.

A su frente se habían postrado tres hombres de diferentes edades, vestidos con pantalones rectos de tonalidades marrones y camisas de seda de colores claros, acompañadas de corbatines y zapatos de piso negros. Lucían frescos y flemáticos

El primero se llamaba Rodolf Sevillano, era el más alto de los tres –aunque más bajo que el mismísimo Tom-, se hacía notar debido a sus castaños cabellos largos y resecos, y a su rostro redondeado, adornado por un par de cristalinos ojos azulados y labios apenas visibles, tan delgados y pálidos como su piel algo corrugada. Tom pudo reconocerlo como un cuervo. Los tres hombres eran cuervos.

A un lado de Rodolf, se hallaba Steve Marín, un híbrido de menos edad pero distinguido y serio. Éste poseía una cabellera corta color azabache, de hebras sedosas y brillantes; nariz ancha a comparación con la de su colega, ojos pequeños y oscuros, y una boca de labios gruesos; su cuerpo era más menudo pero no menos firme.

Y por último, se encontraba sentado en una poltrona, apenas leyendo un libro en posición indolente, Franck Stella, el más joven de los gobernantes, un hombre de cabello rubio y ondulado, de hilazas largas hasta sus hombros, mirada esmeralda, nariz larga y recta, y de intensificados y sutiles labios rosas.

Su conexión visual con ellos fue lo suficientemente acertada como para darse cuenta que no podría conocer lo que tanto deseaba. En los ojos de los tres hombres sólo se notaba el interés por su país, el amor hacia el mismo, en cuidar sus reglas y salvaguardar a su gente.

Tom no podía descifrar lo que en realidad buscaba de ellos. Al parecer, los hombres cuidaban tanto su privacidad que no había oportunidad de saber sobre aspectos acontecidos en sus tierras. Era sumamente extraño que Tom no pudiera ver eso en el fondo de sus miradas.

—¿A qué debemos el honor de su repentina visita? —Rodolf concibió luego de varios segundos en silencio. Su voz fue firme y serena. Sin describir su llegada como descortés, cubrió la noción de una manera amable con una breve sonrisa de medio lado—. Es el día de los lazos, no solemos recibir a extranjeros debido al festejo, se trata de respeto. Como podrá ver…Nuestros ciudadanos están vestidos para la ocasión —atinó a decir, echándole un vistazo al par de hembras que merodeaban a tan sólo dos metros. Tom avizoró también a dos hombres de complexión delgada únicamente vestidos con seda y lazos del mismo telar.

Jamás había visto dichos vestuarios. Rosbo era ciertamente apenas una fantasía para muchos, incluso para Tom, quien no tenía el placer de pisar las tierras y ver con sus propios ojos su verdadera conformación. Rosbo estaba bastante lejos de lo que alguna vez logró escuchar e investigar.

—En todo caso he sido recibido —refutó Tom, seguro de sí —. Eso hace la diferencia.

Franck movió tentativamente su testa de arriba abajo, sin despegar su atención de los párrafos del libro que leía. Había estado de acuerdo con la actitud de Tom pese a permanecer ausente visualmente.

—Bastante. —El hombre pelinegro asintió esta vez, no demasiado conforme, sin embargo, dándole continuación a la extraña conversación.

—Hace una semana y media hablé con usted. —Contempló a Rodolf, recordando su previa comunicación

—. No directamente; se trataba de un asunto de urgencia. Entonces hicimos un trato, le pedí espacio para alojar a uno de mis ciudadanos a cambio de la paz para nuestros países.

—El conejo —reafirmó Rodolf como recordatorio, acallando a su invitado—, su allegado ya ha venido a hablar con nosotros, entonces supongo que debe saber que le hemos perdido pista al muchacho —prosiguió, recibiendo una lesiva mirada por parte de Tom. Éste apretó su mano, consiguiendo formar un puño de contención. La desesperación y su enervamiento comenzaban a traicionar su estado aparentemente tranquilo—. No otorgamos información de nuestras tierras, así que pierde su tiempo aquí.

—Incluso si fue una parte del trato cuidarle, no podemos dar información alguna. Rosbo tiene estrictamente prohibido hacerlo en casos de defunción, y lo sabe. —Steve puntualizó al notar la tensión de ambas partes.

Rodolf dio un paso hacia atrás, alejándose de Tom, y éste se mantuvo erguido y petrificado, con ansiosos y desastrosos pensamientos vagando en su ahora carente racionalidad.

Estaba furioso y luchaba por mantener la compostura. Su mano crujió al oprimirla de más y tuvo que respirar hondo y desviar su omnipotente mirada de aquellos hombres. Necesitaba calmarse.

—El trato fue mantener a mi ciudadano libre de peligro, albergarlo por completo a cambio de la paz. — Franck levantó por fin su cabeza al oírle y buscó a Tom con sus curiosos ojos verdes para contemplarle a detalle —. Han incumplido con el trato. —Finalizó, dejando claro ese hecho.

Los azules ojos penetraron momentáneamente los suyos con un brillo mórbido, dudoso e irónico; Rodolf se mantenía firme a no agachar su cabeza y honor. Como superior sabía que debía mantener la calma, aún más si el león blanco estaba ahí.

No era propio mostrar miedo, así como tampoco era apropiado acabar de corromper el reglamento de su país. Ya bastante había hecho con recibir a Tom

—Usted también lo ha incumplido. Dio su palabra de no pisar Rosbo. Dio su palabra, estipuló que no pediría información del susodicho.

—En ese caso, ambas partes hemos fallado —concluyó con desdén Tom, sintiéndose repentinamente señalado y fastidiado.

Su mirada se paseó por todos los rincones, tratando de hallar, de analizar cada pormenor. Sus nervios, aunque no visibles, le torturaban. Estaba dispuesto a todo por obtener información, por convencerles sin tener que usar su fuerza física ni su rabia infernal.

Se lo había prometido a sí mismo. Dejaría de ser el Tom violento, el híbrido que se dejaba domar por su posesividad y pasado desastroso. Sería punto y aparte. Aunque costara de arduo trabajo, buscaría apaciguar su lado salvaje y ofensivo y, aferrándose esta vez a su realidad, trataría de tomar las riendas y enfrentarlo.

Actuaría de la manera más correcta, más justa aunque su orgullo se viese pisoteado. Si algo estaba aprendiendo de las malas consecuencias de sus actos impulsivos y egoístas, era que ya no deseaba seguir perdiendo debido a ellos.

Era cuestión de tiempo. Costaba trabajo, energía y equilibrio, sin embargo, estaba dispuesto. Dejaría a un lado su terquedad, su inconsistente y se enfrentaría a los hechos sin recriminarse. Pondría una línea entre su fatídico pasado y Bill, separaría las situaciones y, pese a que fuera ya demasiado tarde para reaccionar de esa forma, lo haría porque era mejor hacerlo tardío que nunca.

Aprender ese aspecto de la manera más extrema logró enfocarlo a la fuerza, a darle ese empujón que toda persona siente y requiere cuando ya todo lo ve perdido y sin la esperanza de que vuelva a ser como antes.

—Por eso mi idea es que ustedes me pidan algo, a cambio de información sobre su paradero —soltó luego de un momento mentalizándose. Su boca retembló debido a su indecisión, a su temor arremolinado con esa sensación imaginaria de incapacidad.

Los hombres se asombraron, su impresión fue tanta, que decidieron encubrirla casi por completo. Franck viró hacia Rodolf y Steve, intentando encontrar una respuesta en ellos y, finalmente, al no hallar nada, dirigió sus pupilas a Tom.

—Lo veo justo —dijo por fin Franck, cerrando esta vez el libro que lo mantenía ocupado y poniéndose de pie para acercarse lo suficiente.

—Antes que nada, no puedo acceder a usted si no me parece un caso de suma importancia —anunció decidido esta vez Rodolf, extendiendo su mano para ofrecerle asiento. Tom se negó. No podía sentarse en un momento así, sus nervios lo inquietarían todavía más—. Así que dígame, ¿quién es Bill Kaulitz para usted, y por qué hay tanta insistencia con encontrarle cuando fue usted mismo quien lo ha desterrado?

Escuchar la incógnita le hizo estremecer. Jamás había sido sincero con Bill y mucho menos consigo mismo. Quedar al descubierto ante desconocidos le alteraba. Había sido sincero con Vid, pero no estaba seguro de poder continuar así.

Aspiró aire y, viéndolos, decidió ser honesto. Conocía a los habitantes de Rosbo. Ellos eran apasionados, eran híbridos que prestaban suma atención a las relaciones sentimentales. Y Tom tenía que convencerlos de que le dieran razón de Bill.

—Teníamos una especie de relación —formuló Tom, tratando de ser lo más sincero posible. Franck alzó la ceja derecha al escucharle.

—¿A qué se refiere con “especie de relación”? —Inquirió directamente el rubio, acercándose para encararlo. Franck era bastante demandante en esos temas, eso se debían a la lírica que leía y redactaba en sus tiempos libres.

Tom se detuvo a examinar a Franck, un hombre de menor estatura y similar complexión, observó lo que revelaban sus ojos verdes y, sinceramente, supo que sería difícil dar pie al convencimiento.

—Manteníamos una relación sentimental no formalizada—respondió.

—¿Por qué no llegaron a formalizarla? —Quiso saber el rubio, dejando callados a sus colegas. Tom apretó los labios. Eran demasiadas preguntas y necesitaba cuidar sus respuestas.

—No quería caer por completo en sus manos.

Una sonrisa de medio lado afloró de los labios de Franck, no fue una curvatura de goce, sino de análisis.

Esa era su manía.

—¿Por ello lo exilió?

—Sí.

Borrando la sonrisa calculadora de sus labios, Franck pensó a profundidad.

—No lo entiendo entonces, obtuvo lo que quiso. Si no estaba dispuesto a dejarse llevar por él y fue un completo descorazonado para abandonarle en otro país, sigo sin entender por qué está aquí, buscándolo.

Tom se quedó en silencio y Franck continuó:

—¿Acaso se dio cuenta de que lo amaba cuando ya era demasiado tarde?

Sintiendo un vuelco en el estómago, Tom se sintió examinado y se tornó fatigado. Abrió la boca, debatiéndose si hablar o no. Su corazón acelerado no le estaba dejando respirar apropiadamente.

—Yo lo he amado desde que lo conocí, pero no era capaz de decirle. Nunca estuve dispuesto a darle lo que tanto deseaba —musitó con la vista perdida en algún lugar de la gigantesca habitación, posteriormente contempló a los tres híbridos y esperó una respuesta.

Lo que detectó en los ojos de Franck no fue positivo.

—Sé que los leones son impulsivos, agresivos, sin embargo, lo ha desterrado y eso es imperdonable incluso en Rosbo. Aquí la pena de muerte es la traición amorosa. Y usted ha traicionado a ese muchacho. Lamento si suena brusco, pero puede retirarse.

Y dicho eso, se giró y caminó a la puerta de salida. Le había causado repugnancia lo dicho por Tom y ese sentimiento rebasaba el miedo que tal vez podía causarles.

—Ha sido un error —espetó Tom, presenciando que la rigidez que antes existía, ahora incrementaba.

—Error o no, es traición. Lo mejor será que se retire, en este país no se acepta al victimario. Es una total falta de respeto —Rodolf intervino en esta ocasión, de la manera más tranquila que pudo.

Los músculos de Tom se activaron repentinamente, sus pupilas se contrajeron y su cerebro trabajó mucho más rápido de lo normal. Los engranajes hilaban ideas, existía contrariedad, debates mentales que se volvían complicados, y al final yacía el segundo plan parpadeando en su pensamiento.

Rodolf le ofreció la salida con una de sus manos extendidas y Tom se negó, recapitulando:

—¿Siguen interesados en la esencia del animal que corre por sus venas? —Su voz salió disparada como símbolo de alarma, y su seguridad volvió a su lugar. Estaba seguro de que llamaría su atención de esa manera, así como también estaba al tanto de que no se iría con las manos vacías de Rosbo.

—¿Disculpe? —Ambos, Steve y Rodolf se descolocaron. Franck se detuvo antes de salir de ahí, giró su cabeza, manifestando un interés inesperado por lo recién espetado.

—Poseo lo que ustedes han deseado saber —añadió Tom con la misma voz firme, transmitiendo confianza en lo que daba a conocer—. Conozco nuestro pasado y tengo evidencias. Sé que están interesados, que desean que toda su nación conozca su otra mitad como animal, y puedo otorgarles la información necesaria para que nutran a los suyos. —Franck juntó las cejas y situó una mano en su pecho, justo sobre el corazón, el cual había comenzado a palpitar desbocado; había estado esperanzado, al igual que sus colegas, en tener información sobre su esencia animal, y aquello lo había dejado estupefacto—. O me pregunto si desean seguir viviendo en medio de una mentira.

Sus oscuros ojos divisaron las reacciones a su frente, escuchó sus corazones taladrando en el interior de su pecho, sintió los gemidos nacidos de sus impresiones, de esa maravilla que hizo brillar sus ojos.

Supo entonces que dio justo en donde planeó. Rosbo era uno de los países más vehementes que conocía, y estaba seguro de que ellos trataban de ahondar en las causas y las consecuencias, en la realidad y la lealtad. Desde que Tom era un adolescente supo que Rosbo tenía fijo un objetivo como nación: ellos trabajaban en saber sobre la esencia animal que se fusionaba con su sangre.

Tom mantenía como estrategia pedir algo a cambio a cada país para dotarles de la información que ahora poseía. Ideaba hacer transacciones, firmar tratados y asegurar la paz, además de comercializar para que su país disfrutara de lo extranjero. Su ideal era negociar más adelante, sin embargo, la situación de Bill le era tan urgente que se arriesgó a exponer su arma más poderosa.

Rodolf se aclaró la garganta y situó una mano en su barbilla, dubitativo.

—¿Cómo sé que lo que nos dice es cierto? —Pidió de inmediato, desconfiado en mayor parte.

No podía dejarse llevar por su interés primordial; era uno de los que estaban al mando de Rosbo y no sería capaz de traicionar a su pueblo ni mucho menos a manchar en vano su precepto, el que por siglos se había mantenido transparente.

—Que dude de mi palabra puede costarle la vida incluso a sus habilitantes sin importar que este no sea Muzetiv, y aun así se atreve a insinuarlo —dejó claro, mostrando también su desesperación por respuesta a sus cuestiones. Sentía que presionar de esa forma sería el último empujón necesario para hacerlos hablar y ponerlos de su parte—. He venido con un único objetivo, incluso planeo darles algo a cambio, ¿entonces para qué hacer las cosas difíciles?

Franck caminó de vuelta y encaró a Tom:

—¿Entonces es capaz de hacerlo? ¿Acabaría con nosotros y con nuestra gente? —Sus cejas se fruncieron en notoria indignación.

—¿Por qué no? Si no obtengo lo que deseo lo demás no me interesa —resolvió simplemente, aproximándose un paso: Franck se miraba insinuante también, con ese aspecto amenazante que no le agradaba que adaptaran cuando estaban a unos centímetros de su extensión.

Trazando una ligera sonrisa, el hombre rubio levantó su brazo y situó su mano en el hombro izquierdo de Tom, para posteriormente descender y extender los dedos por sobre la ropa ligera que cubría la carne, el espacio donde su corazón yacía incrustado. Percibió el lento y desosegado latido, la tibieza de su piel y su incuestionable vacío.

La sensación ya la conocía; era la misma de un hombre desolado, sin esperanzas y herido; de alguien que añora con devoción. Ahí había dolor y desesperación.

Franck apartó la palma del lacerante calor de Tom y, complacido, agachó su cabeza y se dejó vencer por la sonrisa que sus labios habían dibujado, una curva completa y honesta, atiborrada de dulzura.

Tom se encogió de hombros, bajando la guardia por fin. Su perfil de contraataque se suprimió y se convirtió en empatía. El sujeto frente a él le había evaluado y aprobado.

—Ese muchacho es demasiado importante para usted, me ha quedado bastante claro —le anunció, levantando su mirada para escrutarle. Tom incluso era capaz de ir más allá por saber algo de Bill, eso y sus sentimientos habían sido reconocidos.

Rodolf y Steve agacharon su cabeza levemente cuando Franck les aseguró que había sinceridad en su corazón. Tom se mantuvo perplejo y tenso; fue de esa manera que pudo comprender la cualidad de Rosbo y su gente, además de ser vidente de sus habilidades maestras para identificar sentimientos claros y verdaderos.

—Se lo he mencionado desde un principio, por lo menos le ha quedado claro —atribuyó Tom esta vez, satisfecho con el favorable resultado.

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A través de una charla amena, los hombres ofrecieron a Tom tomar asiento y beber de su tradicional vino de frutillas. Tom aceptó, consciente de que era mejor relajarse antes de escuchar sobre Bill.

El acuerdo fue firmar un documento escrito a mano junto a la mancha de sus huellas digitales, todo aquello iba complementado con un pacto ceremonial que sólo Rosbo llevaba a cabo, un pacto que buscaba que la honestidad reinara y que las almas de los implicados se fusionaran para que la humanidad persistiera entre los suyos.

El pacto constataba en beber una copa de agua de rosas naturales, mezclada con un aceite aromático que Tom jamás había olfateado. Para su sorpresa, la unión que llamaban espiritual estuvo hecha rápidamente apenas bebió de su copa y escuchó unas palabras por parte de los encargados.

Los primeros en otorgar información eran los encargados de Rosbo y Tom, posteriormente, al día siguiente les llevaría las evidencias y hablaría sobre los animales puros.

Para ese momento el trato ya estaba hecho y no había vuelta atrás. Ahora estaba listo para oír palabras que no era capaz de imaginar y que seguramente tampoco de asimilar.

Pese a lo acontecido, aún le quedaban esperanzas en el fondo de su ser. Aunque todo fuera negativo y contradictorio, Tom se aferraba a esa escasa esperanza, sin embargo, el rostro serio de los tres hombres amenazaba con derribar su confianza.

¿Era malo lo que le dirían? Esa cuestión se asomaba a su pensamiento y la intriga mezclada con la arrolladora desesperanza lo martirizaba. Se prometió a sí mismo sentirse listo para todo, ¿entonces por qué en esos momentos deseaba no escuchar absolutamente nada?

Temía que doliera más, temía terminar aborreciéndose a sí mismo y no quería hacerlo. Ya no quería sentirse de esa manera. Lo único que deseaba era que el desgaste se terminara, que el dolor se suprimiera y que Bill estuviera a salvo, a su lado.

—Bill Kaulitz fue recibido de inmediato, sin embargo, él venía en un estado peligroso —inició Steve, el más apto para informar sobre la entrada y salida de los ciudadanos. Guardó silencio unos segundos, Tom trató de no ver sus ojos para no hurgar más de lo que debería, pues sabía que ahora que se sinceraban con él, podía hallar aspectos explícitos—. Él estaba en celo y se comportó agresivo casi de inmediato apenas los guardias se lanzaron hacia él debido a su aroma. Algunas mujeres trataron de defenderle, no se suponía que él estaría cursando por ese estado —añadió, haciendo recordatorio de dicha escena, la más horrorosa de su vida—. En realidad no estamos seguros de lo que sucedió después. Lo único que recuerdo es haber visto al conejo sangrar, su rostro estaba bañado en sangre. No había nadie que pudiese detener a los hombres que lo rodeaban, hambrientos de su celo.

—Les ordenamos que se detuvieran, pero ellos no lo hicieron. Las hembras presentes fueron las únicas que pudieron alejarlo de la manada —continuó Rodolf.

Franck se encargó de revisar la reacción de Tom, quien en esos instantes había contenido la respiración.

Su rostro no tenía color alguno, estaba absolutamente pálido y sus ojos brillantes, atormentados y distantes.

Tom meditaba, imaginaba las escenas en su pensamiento y ese simple hecho acuchillaba su interior, rasgándolo dolorosamente. Su corazón se había comprimido, como si una fuerte e insensible mano lo hubiera apretado y jalado.

Su garganta seca y su dolor interno le saturaron la cabeza, la cual sentía pesada, punzante, casi a punto de explotar. Su espalda recibió toda la tensión y tuvo que recargarse en su asiento.

Sentía culpabilidad, desespero, tristeza y repugnancia a sí mismo. Él había orillado a Bill, lo había abandonado y escuchar lo sucedido luego de su acto le golpeó con dureza el alma. Rebuscó, todavía aturdido, la mirada de los tres hombres y expuso sus pupilas contraídas y sus irises lúgubres.

Se veía perdido, sin compostura, sin poder comprender, sin querer hacerlo aún. Lo que antes eran sensaciones de desorientación, ahora estaban convirtiéndose en heridas abiertas, en furia y melancolía, en un ataque estresante que le hacía vulnerable y al mismo tiempo aterrador.

—El aroma de ese muchacho era demasiado dulce. Lamentamos no haber podido meter nuestras propias manos, pero simplemente no estábamos en condición; nosotros fuimos arrastrados por ese perfume y tuvimos que retirarnos con fuerza de voluntad —añadió Steve, recibiendo una filosa mirada por parte de Tom, el cual ya se había puesto de pie, siendo arrastrado por sus energías difusas y no canalizadas.

Franck se alzó de igual modo y los otros asemejaron el acto.

—¿Entonces, dónde está? —Con apenas un hilillo de voz ronca y destruida, cuestionó Tom. Sus labios se abrieron y su quijada se contrajo ante la horrible sensación de su garganta ardiendo, quemándole como ya conocía.

Su boca fue apenas el resquicio que acunó su aliento caliente. Mantener opresos los labios ocasionaba que el escozor se intensificara y que su voz se quebrara. Aspiró oxígeno, necesitado de él y su pecho se alzó, temblando debido a la pesadumbre.

—Las mujeres que le ayudaron a mantenerse lejos de los varones mencionaron que lo encerraron en el templo menor para que se sanara por sí mismo, pero cuando volvieron al templo, él ya no estaba ahí. —Tom desvió su vista de ellos, de esas palabras. Sus manos temblaron y no fue capaz de controlarlas; los nervios se le habían crispado, la angustia y el terror —. Algunas de las mujeres ajenas al acontecimiento dijeron que él iba acompañado, pero no recuerdan de quién —finalizó el pelinegro.

Tom no se movió de su sitio, entornó los orbes y habló:

—¿Qué hay de los…? —No pudo continuar, su voz flaqueó en esa partícula de segundo, tanto como su racionalidad, su lógica ya casi inexistente por el impacto tan grande que habían creado esas palabras en él—. ¿Qué hay de los cuerpos que encontraron en su mar?

—Sólo podemos decir que fueron tres, estaban completamente desintegrados, por lo que no pudimos saber de quienes se trataba —se sinceró Rodolf, queriendo añadir que la desintegración pudiera deberse a los compuestos que tenía su mar, ya que esas aguas eran las que ocupaban para sacrificar cuerpos.

—Sin embargo, unos niños que pasean comúnmente por las costas mencionaron que vieron a un chico de cabellera negra junto a una dama días antes de que encontráramos los tres cuerpos hundidos en un canasto de acero que utilizamos para castigar a los ciudadanos con la pena de muerte. —Esta vez Frank habló, ganándose la atención del león blanco, quien continuaba preso en esa desgastante e hiriente etapa de lamento—. Queremos suponer que el muchacho cayó accidentalmente en el canasto de acero, encerrándose junto a otras personas. La canasta es automática, apenas se cierra, un pedazo de cemento de gran tamaño se deja caer, jalando el acero hasta hundir a los presos.

Tom frunció el entrecejo y los observó, incierto. ¿Qué era todo lo que estaba escuchando? Por inercia puso sus ojos en cada híbrido cercano y buscó en cada uno más respuestas, más información que pudiera parecer una esperanza.

Era lo único que necesitaba: una esperanza. Pero no hallaba nada. Escrutaba cada par de ojos con desespero, rápido y sin resultados. No había nada más. No había esperanzas. Ya no le quedaba nada. Lo único que podía obtener era más evidencia de que Bill y su madre estaban muertos y que jamás volvería a verlos.

—Señor, los testigos de las orillas del mar acaban de llegar. ¿Les hago pasar? —Uno de los guardias se hizo notar al hablarle a Franck, pues había citado a los testigos sin avisarle a sus colegas.

El rubio asintió como respuesta y el guardia comprendió.

—Entonces lo dejamos a solas con los testigos, así podrá cuestionar con más exactitud y librar sus dudas —le dijo a Tom antes de retirarse junto a sus colegas—. Por favor, le pedimos sea cuidadoso porque los testigos son menores de edad, aún así, estaremos demasiado cerca.

Apenas captando las palabras dichas, Tom los vio salir, quedándose solo en ese lugar. Fue capaz de asimilar un poco al ver a dos niños entrar, temerosos, a la misma habitación donde estaba.

Sus rodillas flaquearon y estuvo a punto de trastabillar, pero se contuvo al equilibrarse. Respiró hondo, soportando la presión en su pecho y parpadeó, tratando de concentrarse. No estaba en un sitio íntimo, no estaba a solas, así como tampoco podía resquebrajarse con libertad, pero no podía esconder sus sentimientos y mucho menos lo que ellos provocaban.

Estaba mal y se sentía perdido. Su cuerpo dolía tanto que tuvo que sentarse en el suelo de mármol con cuidado para no caerse. Puso una mano sobre el piso y abrió la boca, mirando el color blanquecino de la superficie. Respiraba agitado, atolondrado, forzosamente, olvidando de repente que a unos metros yacían unos niños parados, contemplando su estado.

Apenas uno gimió en sorpresa, Tom levantó la vista y los fulminó, enfureciéndose a su paso. Los pequeños retrocedieron. Si antes habían sentido lástima, ahora se avecinaba el terror puro; eso debido a Tom, quien no soportaba que le tuviesen lástima ni ningún tipo de sentimiento que lo hiciera sentir frágil.

Su orgullo continuaba patente y entraba en disputa. Se había liberado por completo en sus tierras, con Vid, pero en esos instantes, que deseaba intentarlo, sentía que no podía; desconocidos podrían verlo, podrían juzgarle, tenerle compasión y no deseaba eso.

Fue en esos momentos que prefirió regresar a casa, buscar a su primo y llorar, como antes.

Tom jamás había tratado con niños, éstos debían tener alrededor de ocho y diez años. Tom era un híbrido sin tacto, duro y amenazante, ¿entonces por qué aquellos niños se acercaban?

La guardia de Tom estaba baja nuevamente. Sus ojos llenos de lágrimas y enrojecidos, como un niño perdido, abandonado, atrajo a los menores de edad, como si Tom fuese uno de ellos. La ingenuidad de aquellos niños era parecida a la suya de hacía años, y su dolor era incluso más devastador que en aquel entonces.

Tom volvía a sufrir como cuando niño y eso había sido lo que sobrepasaba su intimidante rostro, volviéndose inofensivo y crédulo, un ser extraviado en su propio río de tristeza y agonía.

Los infantes terminaron hincándose a su frente, atentos, y Tom resopló, negando apenas con la cabeza, tratando de huir, de esconderse, aunque al final se venció y postró ambas manos extendidas en donde se hallaba disperso. Los niños se miraron, cómplices el uno al otro, demostrando que, como fieles habitantes de Rosbo, poseían esa habilidad para dar tibieza espiritual.

—Usted es un león blanco—soltó con entusiasmo uno, el más pequeño, aquel que tenía el cabello rizado de tonalidad más clara cayendo sobre su frente. Tom lo miró a los ojos, reflejándose en su pureza y quiso impulsarse hacia atrás apenas vio venir la mano del chiquillo, que sin preliminares le tocó la frente para medir su temperatura. Su pequeñísima mano no permaneció mucho tiempo ahí; el chico se quejó de dolor y la apartó, gimiendo —: ¡Está muy caliente!

Y seguido de ello, el niño contrario acercó su palma también para comprobarlo, como si su acompañante hubiera mentido. Tom contempló a ambos niños, los dos similares, con rizos, del mismo tono de tez y el mismo color de ojos. Supo entonces que eran hermanos.

—Mi tío dijo que usted es peligroso, pero no lo es, ¿verdad? —Volvió a hablar el más chico al escuchar el quejido de su hermano luego de tocar la frente de Tom.

Tom, sin fuerzas para decir una palabra, surcó sus labios en una pasajera curva y negó con su cabeza.

Los menores brincaron en su lugar y comenzaron a tocarle, como si fuera un objeto que jamás volverían a tener a escasos centímetros. Tom respiró profundo y se dejó llevar por su frescura, por su ingenuidad. Su rostro, que antes hervía, ahora se hallaba templado, más reflexivo.

Escuchó que los más chicos hablaban entre sí, sobre Tom, sobre lo asombroso que era tocar a un león blanco. Las lágrimas que antes derramaría, se sustituyeron por una sonrisa mal hecha y ojos brillantes debido al asombro, sorpresa al darse cuenta que esos niños le habían tranquilizado a su manera, ausentes de su situación.

—¿Recuerdan al hombre y a la mujer que vieron en la costa? —Inició Tom luego de unos minutos en silencio oyendo a los chicos hablar, ya pudiendo controlar su respiración.

Los chiquillos asintieron y sonrieron en grande, mostrando sus minúsculos dientes. Se inclinaron, pegando sus frentes con la de Tom, ya de temperatura normal, para después hablar:

—¡Nosotros vimos al hombre deslumbrante! —Canturreó el mayor, seguido de la aceptación del menor. Tom abrió los ojos en grande.

—¿Hombre deslumbrante?

—Sí, jamás habíamos visto a uno igual —añadieron juntos, separándose del rostro de Tom.

—¿Por qué nombrarlo así? —Tom lo sabía, conocía cuán deslumbrante era y podía llegar a ser Bill, pero quería saber todo, cada detalle, cada pista. Quería saber si se referían a Bill, a su Bill.

—Es muy hermoso —veneró el más pequeño, sacando una sonrisa en Tom, una tan grande, de orgullo, de ternura, y al mismo tiempo de dolor—. Jamás habíamos visto a alguien tan hermoso.

A la brevedad fantaseó con el rostro de Bill, con su contacto, con su mirada, no obstante, su embeleso culminó al despertar de forma abrupta de las diapositivas que su memoria lanzaba todo el tiempo:

—¿Recuerdan cómo era su rostro? —Instó ansioso, aclarando su garganta reseca y adolorida—. ¿Su cabello? ¿Hablaron con él? ¿Con la mujer que lo acompañaba? —Sus preguntas llenaban su cabeza y se detuvo un instante al ver los rostros pensantes de los niños. Estaba desesperado.

—No vimos su rostro de cerca, pero tenía el cabello negro.

—¿Negro con hilos blancos? —Tom trató de profundizar. Lo que más caracterizaba a Bill era su cabello hecho rastas tejidas con hilos blancos en las puntas.

—Sí, la mitad de su cabello era blanco, como si estuviera tejido —rememoró el niño más grande, levantando su dedo índice.

Tom se encogió y guardó silencio. Eso había sido suficiente. Ellos hablaban de Bill, no había dudas.

Demasiadas coincidencias juntas le estaban destruyendo.

—¿Usted conoce al hombre deslumbrante? —inquirió uno de ellos y Tom asintió levemente, volviendo a sentirse agobiado.

—Ese hombre, ¿tenía abultado aquí? —Tom continuó su interrogatorio. Señaló su abdomen, haciendo referencia al estado de gestación. Sabía que un embarazo con su genética crecía rápido, más de lo común, y aunque Steve no hubiese dado más información acerca de los tres cuerpos que encontraron, necesitaba saber si Bill había quedado, por primera vez, embarazado de él.

—No logramos ver su estómago —soltaron en unísono luego de haber razonado bien—. Iba cubierto con una capa negra.

Reprimió un quejido, el llanto; todavía no obtenía información certera y sentía, desde el fondo de su corazón, que no había dudas. Ellos se referían a Bill, y sabiéndolo, se aferraba, no aceptaba la situación y se negaba. Eran sentimientos cruzados, el borde de su demencia.

—¿Cómo era la mujer que lo acompañaba? —Prosiguió, buscando armar el rompecabezas, esta vez preguntando por su madre. Si la describían entonces todo había terminado. Ya no tendría esperanzas, ya no quedaría nada y lo aceptaría.

Y así fue. Escuchó lo que había pedido y que al mismo tiempo no quería oír. Entonces advirtió que ya no quedaba nada, sólo su culpa; simplemente el pasado, las remembranzas que hasta el momento no había sido capaz de borrar de su memoria.

Aunque los cuerpos no hubieran sido reconocidos, lo más probable era que fuera el de su madre y Bill, tal vez el de alguien más, quizá el de su hijo no nacido. No existía otra explicación. Rosbo no tenía pista de Bill. Era el final, sólo llevaba consigo la desprovista e insaciable información que dejaba todo a su intuición.

Quedarían piezas sueltas que no podría llegar a juntar y eso le bastó para ponerse de pie y caminar lejos, con la furia corriendo por sus venas, el sufrimiento evacuando de sus poros y la melancolía carcomiéndole el pensamiento.

Nada. Si antes se sintió vacío, ahora ni siquiera podía saberse como el envase, no quedaba nada. Parecía haberse esfumado, había perdido todo y no lo recuperaría, no quería unos sustitutos, los quería a ellos, y no los tendría.

Jamás se había sentido tan incapaz, porque ni con toda su fuerza ni con su poder social podía encontrar una solución. Estaba fuera de sus manos.

Caminó sin rumbo aparente, dejando a los niños inquietos e interrogantes. Quería irse cuanto antes de ahí, huir a casa y sacar las pesadumbres como ya sabía. Veía a su alrededor, contemplaba la naturaleza lentamente, escuchaba voces, respiraba perfumes, y pese a eso no encontraba sentido. Sin sus seres queridos nada tendría el mismo sentido.

Sus zancadas aumentaron su pesadez, el viento envolvió su cuerpo, pretendiendo sacudir su dermis, tal vez despertarlo de su estado, del duelo que no podía llevar a cabo. Las lágrimas apresaron sus ojos, mojaron sus pestañas y su ceño terminó por fruncirse en un rictus amargo.

Su cabeza se movió de izquierda a derecha, anunciando su palpable negación. ¿Cuánto más tenía que pasar? Ya no lo soportaba. Cada día el dolor aumentaba y la soledad se volvía cotidiana. Caía en la monotonía, en un estado crucial difícil de superar.

Sus ojos se nublaron y sus pasos se suspendieron. Sus pupilas divisaron, desenfocadas, los tranquilos pasos de un híbrido que especialmente llamó su atención, de cabellos negros y largos, la mitad de ellos y su rostro cubierto con seda roja. Su pecho, antes destruido, palpitó con restaurado vigor, manifestando una centelleante y pequeña esperanza.

Y lo que antes parecía una diminuta muestra de optimismo inesperado, ahora aumentaba su poder en Tom, avivaba su ilusión. No pensó, no retrocedió, así como tampoco hubo espacio para un sentimiento de pesimismo. Sus pies anduvieron, tales imanes, tras dicho híbrido apenas le encontró.

Bill.

El mismo tono de piel, la misma complexión, semejante caminar. Siguió sus pasos con celeridad, esperanzado, deseando ver su rostro y poderlo confirmar. Analizó su figura, todo lo que sus ojos pudieron captar y relacionar, sintiéndolo real, un milagro, el pequeño fulgor que necesitaba justo en esos momentos.

No era un sueño, tampoco una ilusión lo que sus llorosos ojos habían enfocado. La esperanza que antes se apagó, ahora vivía. El sentido que se esfumó, ahora nacía tan fuerte como el vehemente latido de su corazón.

«¿Bill?» Su interior gritaba al verse indispuesto para pronunciar palabra alguna.

Continúa…

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por Monnyca16

Escritora del fandom

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