«Híbrido» Parte III (Monnyca16)
Capítulo 10
Su boca se abrió, sin embargo, de ella no se emitió ningún morfema, sólo un silencioso gemido de queja. Sus pasos fueron largos, atestados de celeridad, de fuerza, y su corazón brincoteó, alterado al verse cada vez más próximo a aquel Híbrido que se asemejaba a Bill.
«Dilo, sólo dilo» rememoró la petición de Bill; se hizo presente en esos instantes recubiertos de adrenalina, una súplica que Tom nunca imaginó que escucharía aquella vez «Di que me amas» Y pese a eso, lo que Bill le había dicho aquel momento le cayó como un balde de agua fría, sacudiéndolo por completo. Ahora podía comprender su deseo, el que tenía derecho de pedir, de exigir si así fuese necesario.
Bill simplemente había querido escuchar lo que le correspondía, y su deseo no se había cumplido.
«Y aunque así fuera, no es posible. Lo sabes» Ahora era su voz resuelta lo que le aturdía, tan gélida y sin vida, tan mecánica que su organismo fue preso de la mala sensación. Aún se cuestionaba, ¿por qué le había contestado de esa manera? ¿Cómo podía estar seguro de que no era posible si ni siquiera lo había intentado?
Ahora visualizaba de otra manera la situación, su error.
«Me amas» Bill le había insistido, buscando abrir sus ojos, aquellos que por demasiado tiempo mantuvo opresos debido a su tozudez.
«¿Qué puede cambiar entre nosotros?» El recuerdo indeseable de sus palabras le había causado repugnancia. Estaba consternado, sin poder asimilar sus antiguas conversaciones con Bill; ver su falta de concordancia, su miedo y su negatividad; reiterarse que debido a su terco comportamiento ahora las cosas estaban así. El arrepentimiento, aquellos “hubiera” volvieron a hacer garras su cabeza.
«Todo»
Todo. Esa contestación llevaba consigo la absoluta realidad. Tom se hubiese empeñado a ella, pero no lo hizo.
«Me harías feliz»
Y así como las remembranzas destrozaron, también le dieron un empujón para que dijera todo lo que necesitaba liberar en compañía de un perdón. Volver a ver a Bill no sólo consistía en pedirlo de vuelta y luchar por él, sino de explicar su error, manifestar su lamento y pedir disculpas por todo lo que había hecho.
Sus anhelos se acrecentaron, volviéndole loco. Sentía la felicidad, la precipitación de un colapso mental. Sus fantasías se sentían vivas y reales, más aún cuando estiró su mano derecha y giró a aquel híbrido, a quien ya había identificado como el conejo.
—¿Bill? —Cuestionó carente de denuedo, con el corazón haciéndole añicos la garganta y el sofoco asfixiándole. Su voz fue un susurro apenas, uno repleto de ilusión y conmoción—. ¿Bill?
Con un simple movimiento le apartó la suave tela que cubría la mitad de su cara y entonces lo vio. La seda cayó al suelo, volando debido a la ventisca que los arropaba, y el más chico se llevó las manos a las mejillas, intentando volverse a cubrir; no era aceptable que la seda abandonara su cuerpo durante el atardecer.
Apoyado de la cercanía, Tom le contempló el rostro, los ojos, la boca…buscó a Bill, los rasgos de Bill, su magnetismo singular y su asombrosa esencia, pero no estaban. Él no era Bill. Si bien era cierto que mantenía un visible parecido, no era quien buscaba. Faltaba el lunar bajo su labio inferior, sus delineados labios rosáceos, sus enormes y espesas pestañas, su cándida mirada, además de su olor.
Soltó el hombro que sujetó segundos antes y dio un paso hacia atrás, alejándose de dicho híbrido, quien lo miraba con ojos desorbitados por el miedo y la sorpresa. Y así como su ilusión aumentó a niveles intolerables, decayó con fuerza. Su cuerpo se sintió tan pesado que pareció hundirse en un hoyo de gran profundidad, un pozo sin fondo.
Sus rodillas fallaron y caminó hacia atrás, trastabillando. Su equilibrio no fue de su mano y su impresión fue tanta, una mezcla de pánico y desilusión, que terminó por derribarlo.
«¿Qué más tiene que suceder para que te des cuenta?» Esta vez la voz de su primo llenó sus oídos, aturdiéndolo «Si lo aceptas ya no dolerá tanto»
Y se preguntaba cómo podía aceptarlo y vivir con eso si era lo único que le quedaba de Bill, y no quería soltarlo, si lo hacía Bill se esfumaría y quería aferrarse a él, a sus restos, a sus vivencias pasadas. Lo único que Tom hacía era aferrarse como no pudo hacer antes, dejándose vencer por el desfase del tiempo; ya era demasiado tarde y aun así no era capaz de dejarlo ir.
Afianzó sus manos a las ropas que mantenía abrazadas y alzó la mitad de su cuerpo, con las telas magulladas sobre su regazo. Su corazón latió con viveza, contra sus costillas y su pellejo. Había sido un sueño. Tom nuevamente había soñado con esa escena luego de un mes de haberla vivido en carne propia.
Un mes. Había pasado un mes desde que fue a Rosbo y rogó por información de Bill; un mes pasó desde que siguió al híbrido de cabellos azabaches pensando que era Bill, que podría ser Bill, sin embargo, ese milagro estaba bastante lejano a suceder.
Su única esperanza se esfumó en esos instantes. Bill y su madre estaban muertos y por un mes completo sufría de pesadillas, de la escena que pudo ser la salida de su sufrimiento. Soñaba lo mismo: con aquella vez que siguió a aquel habitante de Rosbo, al final frustrado por no hallarle si quiera un parecido con Bill; soñaba lo que deseaba que sucediera, por ello la escena se repetía una y otra vez cada noche, con la ilusión de que, al girar a dicho híbrido, se encontrara con el rostro de Bill, con su dulce mirada y su presencia, sin importar que éste hubiese perdido la memoria o ya no le quisiera.
Simplemente tenía el mismo sueño, con su inconsciente manifestando sus ruegos, como si cada sueño fuera una ligera y única oportunidad para volverlo a ver. Los sentía reales y su cuerpo era dominado por las mismas reacciones de angustia y desabrimiento. Una y otra vez era lo mismo, esa era su máxima tortura.
Al final despertaba de sus pesadillas, cayendo en la triste realidad de vivir en carne propia la suya.
En parte se daba cuenta del por qué los martirios se volvían más constantes; luego de su visita a Rosbo y desahogarse, decidió volver a entrar a su alcoba, la que guardaba todos sus momentos con Bill. Dormía en la misma cama que ocupó diversas ocasiones con él y olfateaba su ropa, la de hacía años… que todavía guardaba como un tesoro pese a que Bill las había descubierto y lanzado en su cara como reproche.
Jamás lo había visto tan molesto como aquella ocasión. No pudo siquiera sonreír ante el recuerdo de su rostro iracundo, porque él mismo fue la causa de su agotamiento y molestia. A veces, cuando hacía recuento de sus gestos placenteros y contentos, conseguía dibujar una sonrisa mal hecha en su rostro.
No estaba acostumbrado a sonreír honestamente y la curvatura podía notarse falsa, fingida, torpe e intimidante, sin embargo, lo único positivo de la ausencia de Bill fue eso. Lo preocupante era sólo sonreír al pensar en sus buenos momentos con él, porque también los tenía a pesar de todo, pocos, pero los mantenía.
Días atrás reconstruyó la foto que Bill hizo trozos con sus manos y que le lanzó en su última discusión. Ese era…el único retrato de él y lo armó. Algunas piezas faltaron, pero lo conservaba nuevamente, ahora con más cuidado que antes.
La habitación ya no poseía el aroma de Bill. Durante un mes no olfateaba su esencia por ningún lado y comenzaba a desacostumbrarse. Tenía sentimientos encontrados al respecto y le preocupaba olvidar su olor de forma manifiesta, porque sabía a la perfección que mentalmente incluso lo seguía apreciando.
Vid se aseguraba de que se alimentara, inclusive de que durmiera. Lo visitaba por las noches y encontraba a Tom con las prendas de Bill sobre su pecho y abrazándolas como si de un cuerpo se tratase, con fragilidad, como si temiera romperlo. Le preocupaba la salud mental de su primo. Tom no hablaba la mayoría del tiempo, se mantenía ausente, solitario, en un estado probablemente depresivo.
Le estaba dando tiempo para que se recuperara. No era fácil; Tom seguramente cursaba apenas un proceso de duelo y únicamente faltaba esperar y ver los resultados. A veces tuvo la idea de apartarle la fotografía de Bill y sus ropas, quizá si las alejaba Tom aprendería a pasar sus días sin él antes de que se tornara agresivo y se aferrara todavía más al recuerdo y a sus culpas.
Sin suficientes ánimos para levantarse de la cama, Tom dobló las prendas rotas y las planchó con las manos. Iba a guardarlas en una caja de madera que mantenía a un lado de la base de su cama. Desnudo, se dirigió a la ducha y se mantuvo bajo el chorro de agua tibia por largo tiempo. Las duchas matutinas le relajaban y eran necesarias para que rindiera en el día.
Fuera de casa tendría que trabajar, más ese día. Al día siguiente mostraría la edición del manual estadístico. Su trabajo estaba terminado en ese aspecto. Estaba listo para mostrar las fotografías de los animales puros al día siguiente, cuando el sol apenas hiciera su majestuosa aparición.
Lo que avanzó laboralmente le ayudó en demasía; estaba motivado. Pese a estar estancado emocionalmente, su trabajo duro como regente iba a tener sus frutos. Uno de los grandes puntos positivos luego de la pérdida de su madre y Bill, era ese: su desempeño como líder, su esfuerzo convertido en un proyecto fresco y enorme.
Ya tenía un trato con Rosbo, y estaba citándose con los líderes de los países vecinos para realizar tratos y ahondar en la comercialización. Rosbo se atrevió, incluso, a proponerle a Tom que llevara una de sus tradiciones a Muzetiv, para que persistiera el amor. A Tom le pareció buena idea emprender a ofrecer a sus habitantes días de festejos, de arte o simplemente de felicidad.
Muzetiv era un país muy rígido y Tom no buscaba perder esa solidez, simplemente premiarlos y relajarlos. Estresar a su sociedad no era uno de sus objetivos, por ello quería un Muzetiv más fresco, mejorado, pero no absolutamente cambiado.
Al salir de la regadera, se vistió como todos los días: unos pantalones ligeramente ceñidos, rectos, unos botines a juego con su playera gris y una chaqueta negra. Hacía frío, mucho. Los cielos estaban grises, pero ninguna tormenta se avecinaba. Al parecer caería nieve en poco tiempo.
—¿Desayunaste? —Vid interrogó al encontrarse de frente con su primo. Tom apenas y lo miró a los ojos, su vista estaba puesta en la ventana que yacía a su costado. Contemplaba los pastos secos, los árboles sin vida y escuchaba el viento soplar tal monstruo —. ¿Tom?
—No tengo hambre —fue su respuesta. Vid le dio un golpecillo a su hombro y lo jaló del brazo hacia la cocina. Llevaría consigo algunas frutas y prepararía café. Tom se dejó hacer, aunque no muy convencido.
Se recargó en la cocineta y vio lo que Vid hacía. El aludido le ofreció una taza de café y Tom le dio un sorbo en esos instantes, degustando el tan amigable sabor.
—Tienes la misma mano que mamá —aflojó un cumplido Tom. Su voz fue suave, de agradecimiento.
Estaba cautivado. Al menos ese sabor no se iría.
—Ella me enseñó —respondió, sonriéndole. Le entusiasmaba que Tom forjara pláticas matutinas. No era frecuente escucharlo hablar y eso era un avance. Vid veía que su primo ya emprendía a desligarse de sus demonios, de manera lenta pero asegurada.
—Entonces deberías enseñarme a prepararlo como ella hacía —continuó Tom, dejando la taza bajo su nariz, con el vapor colándose por sus fosas nasales. El aroma le fascinaba.
Vid le vio sonreír de medio lado, atiborrado de sencillez y estabilidad. Tom no sonreía a menudo, su sonrisa, aún mal hecha, lo corroboraba. Su rostro todavía no lograba acostumbrarse a una curvatura de esa magnitud, sin embargo, Vid estaba seguro de que, si Tom sonreía más a menudo, esa sonrisa sería más natural, más llena y cálida.
El tiempo lo diría todo.
—Por supuesto. —Le devolvió la sonrisa y cargó consigo su café junto con algunas frutas y vegetales, además de agua. Luego irían a comer, como lo programaban para distraerse.
Entonces salieron de casa juntos y se dirigieron al Edificio de los Soles. Verificarían todo el trabajo, echarían una ojeada al nuevo manual y Vid le ayudaría a tener todas las fotografías listas para, por la mañana, pegarlas dentro del edificio, así los híbridos que sintieran interés e incluso si no lo sentían, se acercaran a ver al animal con el que compartían su identidad.
Carlo ejercía su trabajo como antes, más tranquilo debido al paso de los días, pero rencoroso. Tom no le dio explicaciones, aunque Vid sí lo hizo. Los únicos que sabían sobre Bill eran algunas personas, y sobre Simone, simplemente Vid y Tom.
Gustav y Georg habían sido avisados por Vid hacía dos semanas y se mantenían distantes. Gustav apenas ayer, junto a su hijo, había visitado a Tom al trabajo. Hablaron por largo tiempo y Tom fue sincero con él. Gustav estaba tan severamente triste y molesto que le abofeteó. Era como el hermano de Bill después de todo, su única familia y por tormentosos minutos su presión bajo y Tom tuvo que ayudarlo a que se repusiera.
Tom también hizo que Albert dejara de llorar; le cargó, con sumo cuidado, y mantuvo al bebé protegido mientras Gustav volvía a tomar fuerzas. Jamás había tenido contacto con infantes, le era incómodo, desgastante y aterrador de cierta manera, no obstante, esa vez pudo sentirlo de manera diferente. El hijo de Gustav logró sacarle un gesto suave y llenarlo de curiosidad.
Los hijos eran como rayos de luz, flores coloridas. La inocencia de un niño le hacía sentir bien. En Rosbo lo vivió con aquellos niños, y ahora lo corroboraba con el hijo de Gustav. Ahora entendía por qué Bill deseaba procrear, dar vida y amor. Un vínculo familiar de ese tamaño era lo que volvía los días amargos en dulces, y la oscuridad en luz.
También fue en esos momentos que se arrepintió de no haber aprovechado a su madre. Su relación con ella era estable, pero no tan estrecha, y la extrañaba. Quería hacer cosas con ella, hablarle, tenerla, y ya no era posible. Se daba cuenta de todo lo que tuvo frente a sus ojos y no cuidó, de lo que pudo haber explotado y nunca hizo.
¿Por qué todo se había vuelto así? Meditaba y a diferencia de antes, se enfocaba en el presente y aunque dolía, buscaba acallar el tormento y aprender a vivir con él. Era cierto que no tenía muchos ánimos y que a veces no encontraba el sentido de despertar cada mañana, pero luego recordaba que era regente y que el país estaba en sus manos, remembraba todo lo que quería ofrecerle a sus habitantes, quería ver los cambios y una nueva etapa.
Si Tom pudo levantarse luego de haber asesinado a Astra, entonces podía con la pérdida de Bill y su madre, que aunque eran dos a comparación de antes, no los vio morir y tampoco utilizó sus manos para ello. Eso le reconfortaba de alguna manera, y que trataba, si era posible, de que fueran palabras de aliento.
Y así como descubrió distintos aspectos de la vida que había buscado evitar, también se enfrentó a su realidad cuantas veces fue necesario; de la manera más difícil, dañina; y otras de forma tranquila y comprensiva. Algo en Tom había evolucionado, le había hecho fuerte y empático, un híbrido dispuesto a arriesgarse si se le daba una nueva oportunidad.
—Esto estaba entre el montón de papelería. —Carlo le tendió a Tom un conjunto de papeletas, unas desordenadas y otras grapadas.
Arreglaban los restos de informes y solicitudes que ya no harían falta con el nuevo manual diagnóstico, tirarían aquellas hojas antes echándoles un ojo para ver si no se habían traspapelado con asuntos que sí servirían.
Tom miró cada hoja, descartando una tras otra; simplemente requería de una ágil mirada para escanear y darse cuenta si era servible o no. Vid, que estaba a su lado, junto a Carlo, se estremeció al percatarse de la tensión que había acumulada en el cuerpo de Tom.
Volteó para divisarle y observó que su mirada estaba fija en un papel que sostenía, al parecer el último del montón. Siguió la filosa mirada de su primo, dirigiéndola a la hoja y leyó un poco, sólo le bastó eso para darse cuenta de que se trataba de la solicitud de inseminación que Bill tiempo atrás mandó al hospital.
Un recuerdo más de Bill. Sabía que dañaba a Tom, que le tomó por sorpresa y que, probablemente por ese detalle pensaría con más insistencia en el chico. Tom seguía manteniendo sus culpas y aunque tratara de buscarles una justificación positiva, al final seguía quemando. Vid continuaba entendiéndolo, únicamente había transcurrido un mes, era poco tiempo para que el dolor terminara casi por completo.
Con las manos tirantes y a punto de iniciar un temblor de furia, Tom apartó su atención de la solicitud y, en pleno debate, juntó sus labios, casi formando una delgada línea y tiró del papel, rompiéndolo primero a la mitad, posteriormente en más pedazos y al terminar, hizo lo mismo con los documentos que ya había checado.
Carlo capturó la ansiedad en Tom y lo contempló, buscando su expresión de frente, aunque no por mucho tiempo, pues éste le devolvió la mirada, pupilas contra pupilas, como si fuese una sanción, y eso fue suficiente para seguir con lo suyo.
A su lado, Vid se encogió de hombros y suspiró. No sabía si lo que concedió había sido lo mejor para Tom, no supo si se encontraba totalmente bien al verlo serio y enfocado en el trabajo de esa manera, pero de alguna forma se sentía aliviado de no verlo explotar como antes. Las tácticas de Tom parecían lanzar resultados y eso era lo único que importaba ahora.
—Puedes retirarte, Carlo. Hemos concluido —anunció Tom, levantándose de su lugar para limpiar lo que quedaba en su escritorio.
El rinoceronte asintió sin rechistar aunque antes de salir, se detuvo y se volvió:
—Me preguntaba si aceptaría algo de beber.
Tom alzó su vista, con su cabeza reclinada y visualizó bien las intenciones de Carlo.
Bill. El conejo permanecía, aún, en sus más profundos pensamientos. Ninguno lo había olvidado como deseaban. Bill no era cualquier híbrido que pudiera ser olvidado, él definitivamente dejaba rastro donde quiera que se encontrase.
No comprendió por qué exactamente, sin embargo, aceptó ir con Carlo a beber un poco. El alcohol no era comúnmente consumido así como tampoco el cigarrillo. Por lo general los cigarros eran de hierba y químicos, a veces fuertes y otras livianos, y el consumo no estaba tan visto. El alcohol sólo se consumía los días festivos y se adquiría a un precio elevado. No era cualquier alcohol, se trataba de licor de alta calidad. El más común y representativo de Muzetiv era el mouzo, una bebida fuerte y con un toque de frescura hechiza de semillas de anís dulce y semillas secas, destiladas, un licor que en poco tiempo se comercializaría.
Y así como mouzo era un licor fuerte, Muzetiv tenía otra bebida pero menos representativa con sabor dulce llamado geliz. Ésta bebida era bastante azucarada, conformada por anís también, aunque con sabor a regaliz, una planta medicinal que yacía en sus tierras sin ninguna dificultad.
Carlo bebió de su vaso de mouzo, sin detenerse a oler la fragancia arrolladora de la mezcla. Se bebió el líquido reposado en el vaso de un sorbo mientras Tom permanecía sentado frente a él en lo que parecía ser un bar desolado, con sólo un hombre atendiendo en una barra hechiza de roble.
Esos lugares no los visitaba comúnmente, pero el encargado era un viejo amigo de Carlo, así que lo visitaba frecuentemente. A su alrededor no había ventanas, ni siquiera un toque floral. La conformación del sitio era madera y aluminio, con viento soplando contra la puerta que crujía debido a su estado viejo. Era la primera vez que Tom visitaba un lugar de ese calibre.
Entonces pudo constatar que Carlo era un híbrido sencillo, con educación humilde. Era un hombre responsable que solía beber cuando ansiaba relajarse. Tom a veces lo hacía, toleraba el alcohol y docenas de cigarrillos, pero no quería volverlo consumo frecuente.
—¿No va a beberlo, señor? —Carlo señaló con su mirada el mediano vaso de mouzo que con antelación le había servido con la esperanza de que bebieran juntos.
Con las piernas abiertas como solía sentarse, Tom situó una mano sobre la mesa de madera, hechiza a conciencia, y alcanzó la base del cristal, tanteándola. Avizoró a Carlo, el tercer vaso de alcohol que se bebía de un sólo sorbo y alzó una ceja, divertido:
—¿Me has invitado con el objetivo de ver cómo te emborrachas? —Demandó Tom, sujetando el cristal lo suficiente para situar la redondeada boca ancha bajo su nariz. Disfrutaba el aroma del licor.
Bebió un poco ante la atenta mirada de Carlo.
—Hace días se cumplió un mes de su desaparición —enunció, suspirando. Vació más contenido a su vaso y lo bebió tan rápido como las demás que se había servido—. No suele gustarme recordar las fechas de las desgracias, pero no puedo controlarlo. —Secó la comisura de su boca con sus ásperos dedos, de la cual descendían restos de licor.
Tom meneó el vasillo y se lo llevó a los labios, inclinándolo por completo, consiguiendo así que todo el líquido se vertiera y carbonizara su garganta. Desvió su mirada hacia la botella y Carlo entendió, sirviéndole más. Al tener su vaso nuevamente lleno, Tom se lo tragó, sediento y veloz, sin detenerse a saborearlo, luego habló con una voz aguda y resuelta:
—Un mes con seis días exactamente el día de hoy —anunció esta vez Tom, más específico. Carlo sonrió de lado y volvió a servir en su vaso. Tom en cambio no pudo devolverle la sonrisa, más bien frunció su entrecejo al escuchar una risa acometida por parte de su vasallo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —Interrogó con amargura.
—¿Tanto? —Carlo lo miró, esta vez con repugnancia en sus palabras —. Parece como si estuvieras contándolo —repitió tal falsete lo dicho por el mismísimo Tom aquella vez que volvió a ver a Bill en el Edificio de los Soles, incluso simuló asombro como Tom había hecho —. Fue lo que usted le dijo a Bill cuando volvieron a encontrarse, y es ahora usted quien….parece como si estuviera contándolo. La diferencia es que… —llenó su boca con un largo chupe de licor y posteriormente se limpió la boca, repleto de impericia—, el tiempo que usted cuenta es el de su muerte.
Tom permaneció desconcertado, con sus ateridos y nocivos ojos fijos, amenazando a los contrarios. Entonces recordó a lo que Carlo se refería. A él tampoco se le había olvidado el trato tan déspota que le había dado en su primer encuentro luego de todo el tiempo que estuvo separado de él.
—No se supone que celebres la muerte de quien amabas, ¿o sí? —Atacó Tom, sirviéndose él mismo otro trago. Carlo trazó una sonrisa irónica en sus rosáceos labios, ansioso.
—No se supone que usted esté como si nada hubiera sucedido, ¿o sí? —Retó, ganándose una mirada calculadora por parte de Tom —. No puede estar tan tranquilo cuando fue usted quien lo mató —acusó finalmente.
Tom divisó su vaso de cristal y se lo llevó a los labios. No respondió, prefirió beber el contenido y dejar que el alcohol comenzara a cobrar efecto. Meditaba en lo que Carlo le espetaba, de alguna manera las palabras de aquel híbrido significaban para él; le hacían recordar su pasado.
La esencia del licor adormeció su boca y sus ojos se entornaron con parsimonia, tan lento que su mirada se tornó borrosa; era la humedad de su mirada la que ahora le inundaba y el latido que conseguía que sus sienes y cuello punzaran.
Llevó su mirada al vaso de cristal y, con apenas la fuerza de sus dedos, lo rotó, reflejándose en él debido al líquido que aún quedaba.
—Él siempre sufrió por su culpa—añadió luego de unos minutos de tormentoso silencio. Tom no le dedicó atención, con escucharlo bastaba; continuaba viendo su propio destello en el vidriado Carlo evidentemente comenzaba a embriagarse—. Desde que entró a su vida lo único que ha hecho es dañarlo, y esta noche celebramos su victoria. ¡Si quería verle muerto, felicidades señor, lo ha conseguido! —Alzó su bebida y la chocó efusivamente y con torpeza con la de Tom, removiendo su mano y falseando su vaso, casi arrebatándoselo de entre los dedos —. Un mes con seis días de su muerte, salud. —Y seguido de su adolorida voz encubierta de sarcasmo, tomó el licor, volviendo a quemar su garganta.
Tom giró su cabeza para encontrarle. Lo vio tendido en su silla, laxo, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas apenas sosteniendo el cristal. Carlo no estaba bien y Tom tampoco, la diferencia era que estaba sobrio y que podía manejar la situación pese a que en el fondo doliera.
Sería mentira si dijera que las palabras de Carlo no le habían herido, porque sí lo hicieron; cortaron como cuchillas, rasgaron apenas sus cicatrices y su amargura era tan ardiente en su cuerpo como el licor que consumía, seco y caliente, haciendo efecto de forma certera y sin cautela.
Apartó su mirada de Carlo por un momento, siendo incapaz de seguirle viendo. La culpabilidad ahora cobraba factura en sus pensamientos como semanas atrás. Distanció sus manos de cualquier material que pudiese agarrar y las hizo puño, encerrando su impotencia, llevándolas a su regazo, sus uñas enterrándose en su carne tan fuerte como el sobresalto de sus nudillos ya blanquecinos.
—A veces me pregunto por qué no me lo encontré antes —musitó Carlo, tomando la palabra de nueva cuenta. Su cabeza daba vueltas, en ella yacían montones de cuestiones, de quejas; de frases que no era capaz de decir en voz alta en estado sobrio. Sí, también se sentía un cobarde, un híbrido absolutamente imbécil que requería de alcohol para tener el suficiente valor y vaciar sus lamentos con un regente que podía destruirle en ese mismo instante—. ¿Por qué precisamente usted tiene el poder en sus manos? Poder que todo el tiempo ha utilizado para hacer las cosas a su manera. Es injusto, no entiendo cómo él pudo enamorarse de usted; un ser
despreciable, egoísta y descorazonado. —Tragó una bocanada de aire antes de proseguir, buscando saciarse y sentirse vivo—: ¿Por qué no lo dejó en paz? —Imploró, ahora sin dejar de juzgarle con la mirada—. ¿Por qué fue el causante de su muerte? ¿No estuvo satisfecho con todo lo que le hizo? ¿No…lo estuvo, y por eso terminó matándolo?
Con pesadez, se puso de pie y postró fuertemente sus manos en la mesa, fijo en sus oscuros ojos. Tom lo miró de re ojo, captando el odio en Carlo.
—Cállate —propinó Tom, tratando de mantenerse tranquilo, y aunque su voz fue firme, había ruego en ella.
—¡Asesino! —Le espetó, acusándolo. Su entrecejo estaba fruncido y sus ojos fieros, recriminándole con frialdad.
—¡He dicho que te calles! —Fue entonces que su boca se abrió para vociferar.
Ya tenía suficiente con los reproches de la sociedad, con su infancia destruida y con sus errores actuales. Lo que menos necesitaba era escuchar lo que lo representó por largos años. Tom se conocía. Sí, era un asesino. Un despiadado asesino, pero ya no quería rememorarlo, no quería seguirlo siendo.
—Un maldito violador y enfermo, eso es lo que es —gruñó, lanzando su vasillo hacia la pared más cercana, rompiéndolo a su paso. El estruendo puso a Tom en alerta y su cuerpo se incorporó en su asiento. A su paso, Carlo se aproximó bestialmente, sujetó su cuello con una mano y le apretó con todas sus fuerzas.
Sintiéndose violentado, Tom alzó una de sus manos y sin piedad apretó la palma que lesionaba su garganta y la apartó, tomando ventaja al ahora él apretar el gaznate de Carlo.
Éste abrió mucho los ojos, entreabrió su boca y se quejó. La mano de Tom en su cuello dañaba como ya imaginaba y aun así le sostuvo la mirada, viéndole con rencor, enjuiciándole a profundidad. Al ver el daño que su mano provocaba, Tom lanzó a Carlo al suelo.
Con el pecho acelerado, ascendiendo y bajando con rapidez, Carlo se incorporó, con ambas manos en el frío piso, y alzó su vista. A dos metros estaba Tom, tras la mesa intacta de madera, erguido y amenazante, escrutándolo con determinación.
—Asesino —dijo lo suficientemente audible, limpiándose la sangre que ya escurría de las comisuras de su boca con el antebrazo—. Me lo arrebató y nunca voy a perdonárselo —soltó asqueado, dolido y sin fuerzas, antes de que las lágrimas cruzaran sus lagrimales y se derramaran, llenándole las mejillas.
Tom continuó viéndolo, quedándose con esa imagen. No sólo había destruido a muchas personas a lo largo de su vida, también a su madre, a Bill, incluso a Carlo, quien lo único que había hecho era amar a Bill con todas sus fuerzas, manteniendo la esperanza de tener una oportunidad con él.
Esa noche, la carga en sus hombros fue más pesada.
Carlo se puso de pie y salió del lugar, dejando a un Tom sentado, ensimismado en sí mismo, en lo que vagaba por su cabeza como océano de altas mareas. Fue Tom quien acabó con el licor que había en la botella y quien, a lo largo de una hora, se puso de pie y se marchó a su casa, dejando dinero sobre la mesa.
Llegó mitad ebrio mitad sobrio, con el cuerpo pesado y extenuado. Cerró la puerta de su habitación, con Vid golpeándola preocupado, y se agachó, sacando de una caja la ropa que ya conocía. Situó las prendas hechas trizas en la cama y puso ambas manos en ellas, sintiendo la textura hasta alisarla con sus dedos. Apenas al retirar el toque, vio que una gota de agua había caído en ellas. Enfocó lo sucedido, contemplando cómo la gota de agua se impregnaba en la tela y se agrandaba, fundiéndose por completo.
Entonces Tom llevó la mano derecha a su rostro, palpando la humedad en sus pómulos. Se limpió las lágrimas que salieron silenciosamente segundos atrás y respiró ruidosamente. Se desvistió, quedando únicamente con ropa interior. Cogió las prendas, llevándolas a su pecho desnudo y se metió en la cama, abrazándose a sí mismo, con la tela sobre su piel.
Cerró los ojos y se dispuso a dormir.
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El mismo sueño se emitió por la madrugada. No pudo dormir. Despertó tres veces, aterrado y sudoroso. Las palabras de Carlo eran un nuevo suplicio y que se manifestaran en sus sueños lo convertían todo en pesadillas. Soñó con Bill, con su angelical rostro, con su dulce voz. Se soñó besándole, haciendo el amor con él.
El recuerdo de Bill retorciéndose bajo su cuerpo era vívido, así como también la sensación del propio, que se contraía bajo el esbelto cuerpo de Bill cada vez que éste se meneaba eróticamente sobre él. Remembraba sus ojos atormentados y vacíos, llorosos, incluso en pleno acto sexual. Ambos se habían entregado luego de que Tom le anunciara su futuro destierro, y aunque Bill al principio le rechazó, al paso de los minutos dio todo de sí.
Era incapaz de borrar de su memoria a Bill en estado exudado, con los ojos cerrados y gesto aturdido combinado con excitación cada vez que le asaltaba con lentas y profundas embestidas. Sabía que su cuerpo se hallaba sensible, que su entrada recibía su miembro con devoción, resbalando con facilidad, y que a su paso, su esfínter se contraía, abriéndose para recibirlo y comprimiéndose al tener la endurecida carne obturándole.
Había añoranza en su boca cada vez que Bill le correspondía los besos y, al cambiar de posición, se encontraba el sentimentalismo del tiempo transcurriendo y de que, cuando llegaran al orgasmo, las horas juntos serían menos. Entonces la ansiedad a consecuencia de desperdiciar tiempo, se vio palpable.
Bill únicamente lo miró una vez en aquel momento, cuando Tom lo jaló consigo y lo situó sobre su cuerpo. Bill inmediatamente ancló sus rodillas en los costados de su cadera y debido a la fuerza, juntó su frente con la de Tom, su cabello cayendo alrededor de sus rostros unidos, dando como resultado que abriera los ojos lentamente, como acto reflejo.
Eran irises claros, color miel con los fascinantes destellos verdosos que Tom ya conocía. Su miraba reflejaba cansancio, estaba vidriosa e inexpresiva. Bill le había dedicado una mirada agotada y con brillo de lamento, que duró algunos segundos para después cerrar los párpados e iniciar un suave beso. Había posicionado los brazos alrededor de su cabeza para sostenerse y Tom le había hecho el amor en esa posición, abrazándole la cintura con ambos brazos y penetrando rítmicamente, con descensos y aumento en sus movimientos, y Bill, quien continuaba con su pecho apegado al suyo, movía la pelvis, siguiendo a Tom.
Borrar esa escena costaba trabajo. Era el sistema de alarma que se encendía en busca de abrirle los ojos. Esa era la última oportunidad para arrepentirse y quedarse con Bill. Con la mirada que Bill le dedicó podía detenerse, arrepentirse de sus palabras y actos, pero no fue así. Aquel momento había tenido todo en sus manos, sin saber que al paso de los días Bill dejaría de existir en carne y hueso, y que su madre iría tras él, fijando el mismo destino.
Tom pudo haber evitado todo eso, pero no lo hizo. Fue más su orgullo, su miedo a que otros supiesen de sus demonios internos. Pudo más su molestia y su estatuto, sabiendo que lo único que podía sacarlo de todos sus problemas era tener a Bill a su lado. Fue más su miedo a no merecer a alguien como Bill.
Tom era un asesino, un violador y un sinvergüenza después de todo, y eso nadie iba a esfumarlo. Tendría que aprender a vivir con ello, con su pasado para seguir con su vida.
La impotencia ahondaba sus sentimientos esa mañana también, como todas, sólo logró relajarse al desayunar junto a Vid. Ese día sería cansado. Estaba listo para exponer el nuevo manual diagnóstico así como también las fotografías que nadie conocía sobre los animales puros.
Vid le dijo que podía ser controversial, que la sociedad probablemente se lo tomaría mal, sin embargo, Tom estaba seguro de que podría controlarlos. Al final le temían y ese sentimiento de miedo era lo que necesitaba para mantenerlos sin hacer una tontería.
Una semana antes, Tom dio un comunicado, donde invitaba a los híbridos al edificio el día 10 de diciembre para que presenciaran los resultados obtenidos de la categorización, añadiendo directamente que era conocedor de la esencia animal que corría por sus venas y que les mostraría su otra mitad de manera explícita. Hizo hincapié a que en Muzetiv no se vivía en el engaño y eso fue suficiente para que los habitantes se mantuvieran al tanto y lograran aguardar calma ese día.
Al terminar de desayunar, ambos salieron de casa y se dirigieron al Edificio de los Soles, llevando consigo las fotografías impresas a un tamaño más grande, con las descripciones y la historia del primer híbrido. Tom se encargó de pegar cada fotografía en las paredes internas del primer piso del Edificio con ayuda de Vid.
Amanecería en cuestión de minutos, y notaban cómo la gente comenzaba a llegar, esperando en las afueras. Parecía un mural, una exposición de arte. En cada fotografía, había una descripción y el nombre del animal al que correspondía. No era difícil comprender la información. Lo complicado era que los híbridos tendrían que buscarse, aunque tampoco sería otro problema, pues el orden del nombramiento animal estaba alfabéticamente y eso ahorraría inspeccionar todos los alrededores.
Bastaba sólo con identificar el ordenamiento alfabético para dar con lo que buscarían. El manual se encontraba también en el primer piso, había demasiados de ellos sobre cinco portalibros para darle mejor acceso.
—Si sigues con esa cara probablemente van a salir el doble de asustados —soltó Vid, acabando de pegar la última fotografía. Los dos giraron sobre sus talones, siendo rodeados de un muro empapelado bastante tentador.
—Tienen que aprender a vivir con lo que realmente son —Tom continuaría si no fuera por Vid, que se le paró en frente —. ¿Qué se supone que haces? —Inquirió de repente, sintiendo inesperada la proximidad.
Vid sonrió y palmeó los hombros de su primo, posteriormente le abrazó. Tom se mantuvo paralizado, tuvo un impulso por empujarlo, pero finalmente alzó las manos y con parsimonia las situó en la espalda de Vid, abrazándolo de vuelta.
—No voy a romperme si me aprietas un poco —jugueteó cerca de su oído, a lo que Tom terminó por apretarlo sólo un poco más—. Has hecho un buen trabajo, felicitaciones.
Tom no lo esperaba, su nerviosismo fue la evidencia. No estaba acostumbrado a ser premiado de esa manera, y escucharlo de su primo esa mañana fue un bálsamo. Había trabajado duro, por fin sin dañar algo o a alguien de manera física, y recibir felicitaciones definitivamente le dejó un buen sabor de boca, era el ánimo que necesitaría para seguir haciendo bien su trabajo.
No dijo nada, simplemente se quedó en silencio al mismo tiempo que Vid le daba palmaditas a su espalda y le acariciaba, como su madre haría. Se separaron hasta que fue la hora exacta para abrir la puerta principal del edificio y permanecer como videntes de las masas de personas que entraban de forma ordenada, alarmadas por lo que veían.
Tom recibió miradas de odio, de miedo, de impresión y melancolía. Unos se encontraban tristes y otros felices, y una mínima parte molestos. Había reconocimiento, negativismo y asco. A varios no les pareció agradable conocerse como un animal, por un instante no creyeron, trataron de pensar que esas fotografías eran mentira, que todo era una estrategia para que Tom tuviese más poder, para verse como un héroe.
Las reacciones fueron diferentes, unas esperadas y otras sumamente alteradas, aunque con la presencia de Tom no se iniciaron peleas ni físicas y mucho menos verbales. Temían al león blanco y otros confiaban en él, por lo que luego de algunos minutos en estado dubitativo, terminaron por ir directamente con él y agradecerle la sinceridad y el esfuerzo.
Las reacciones al manual diagnóstico fueron más favorables debido a las amplias oportunidades en su desempeño como habitantes. Los híbridos se sintieron fuertes, renovados e inteligentes, fuese cual fuese su especie. A comparación con antiguo manual, éste transmitía una sensación de orgullo, una nunca antes vista.
Tom se encogió de hombros al sentirles de esa manera: orgullosos. Los habitantes se sentían iguales unos con otros, con el mismo valor y más animados para cursar sus días.
Había hecho sonreír a muchos, los suficientes para decir que eran más sonrisas que lágrimas a comparación con las que había provocado en otros. Los que anteriormente deshonró, ahora se sentían más vivos, apreciando ese valor que Tom años atrás les arrebató.
Imaginó la voz de su madre, su sonrisa de orgullo, y la piel se le crispó. Entornó los ojos, logrando sonreír tenuemente; esta vez con más simpatía, sin torceduras mal hechas, surcos torpes o falsos. Sonrió para sí mismo, viendo a todos esos híbridos sonreír también y escuchando lo maravillados que estaban.
Aspiró profundo, todavía paseando su mirada por todas esas reacciones, contento consigo mismo. Podía sentirse orgulloso, pudo dejar el sentimiento de melancolía y enfocarse en el ahora, vivirlo, disfrutarlo.
Su corazón se aceleró y su pecho comenzó a doler en ese instante, haciendo necesario respirar oxígeno con insistencia. La sensación de ansiedad aumentó y tuvo que colocar una de sus manos extendidas sobre su carne, justo encima de su órgano bombeador, oprimiéndolo un poco. Parpadeó una y otra vez, aspirando oxígeno con necesidad, entonces sus latidos se volvieron fuertes y lentos.
Escuchó el latido de su corazón y sintió el peso en su garganta, la cual había transformado el sentimiento de desilusión en uno de esperanza. Por su nariz habían entrado partículas de un perfume que ya conocía, aroma que se coló como una poderosa corriente, y que se mudó a su pecho, logrando que lo inflara y que sus hombros se levantaran.
Dio un paso hacia atrás debido al impacto e inmediatamente movió su cabeza, intentando ver hacia todas direcciones, avizorando cada rostro, oyendo voces y descartándolas. Entonces la vio.
Simone. Su madre estaba ahí.
El aroma de su madre se filtró en todo su ser, como una ráfaga, dejándolo prácticamente anonadado y con los sentimientos a flor de piel. Sacudió por inercia su cabeza, creyendo que aquello era una alucinación, una imagen creada por su cabeza, y se sintió preso en sí mismo al divisar que ella lo miraba, sus ojos despidiendo ese orgullo que Tom había imaginado segundos antes.
La vio sonreír, y su respuesta a eso fue abrir la boca y quedarse sin habla, con ojos desorbitados y extremidades entumidas. Quiso buscar a Vid, moverse hacia todos lados a consecuencia de su ansiedad y el dolor que seguía concentrado en su pecho, como una mano empuñada oprimiendo con osadía el pellejo y con ello el interior, pero se quedó parado ahí al notar que ella se dirigía hacia él y que extendía sus brazos para envolverlo con ellos.
Caminó hacia ella, hacia lo que parecía una ilusión todavía y jadeó, siendo atacado por unas inmensas ganas de llorar, de alivio, de gratitud. Sus rodillas se debilitaron y respiró agitado al evidenciar que era real.
Respiraba el aroma de su madre, removiendo recuerdos, ilusionado en demasía. No pudo pensar en nada más, se detuvo en seco, temiendo a que fuera irreal, que todo fuera un sueño. Su pecho sintió la tibieza exacta y su cuerpo fue rodeado por brazos cálidos, por piel suave, y fue exactamente cuando el aroma de Simone lo envolvió, haciéndole conocedor de que volvían a estar unidos.
Al contacto con el cuerpo de su madre, Tom correspondió al abrazo, aferrándose con fuerza a ella, sintiéndolo real. El dolor de su pecho se apagó inmediatamente estuvieron unidos; era la sensación de presentimiento, de que algo sucedería, y ahora lo único que podía hacer era balbucear palabras incompletas, jadear y temblar, sintiéndose por fin completo.
Simone le tocó una mejilla, acunándolo, y Tom sólo pudo besar su mano, haciéndole saber que extrañaba sus caricias maternales. Quiso decir algo, se disculpó con un murmullo e inmediatamente el dedo índice de su madre se situó en el centro de su boca entreabierta, la cual temblaba, y la escuchó:
—Estoy orgullosa de ti —jadeó, con las lágrimas empapando sus mejillas—. Muy orgullosa de ti. —Tom dejó salir un gimoteo, no pudiendo controlar el puñado de conmoción.
—Yo… —musitó, acariciando su cabello y juntando su frente con la suya. Simone lo acalló de nueva cuenta, sonriendo. Tom pediría disculpas, estaba segura. Y no tenía por qué escucharlas ella, pues fue quien pudo sentir el sufrimiento de Tom más que nadie todos esos días.
—Tengo un regalo para ti. —Sujetó las manos de Tom, ganándose su atención—. Lo he cuidado todo este tiempo.
Tom no pudo ver a través de los ojos de su madre, pero lo supo tras verla sonreír.
—Aférrate a él y no lo alejes de ti nunca más —pidió suavemente, ante la curiosa mirada de su hijo, dando un paso hacia atrás.
Sus memorias atenazaron su pensamiento. La alargada cara de Bill ocupó toda imagen mental y sin poderlo reservar, masculló aún iluso:
—¿Bill?
Simone asintió repetitivas veces, con los ojos aún colmados de llanto y contempló cómo Tom alzaba su cabeza y buscaba con su ahora efusiva mirada a Bill, visualizando cada rincón de la planta baja.
La sonrisa de la fémina se ensanchó al captar que Tom se agitaba en su sitio, oyó los ya resonantes latidos de su conturbado corazón y se giró para visualizar lo que había dejado a su hijo sin aliento. Sabía la respuesta, la esperaba y aún así quería corroborarla, como le gustaba hacer.
Bill.
Tom lo miraba con admiración, deseoso de tenerlo por completo, arrepentido de todo el daño cometido; lo veía con ojos húmedos e ilusionados, con añoranza y apasionamiento, con la libertad de amarle y la oportunidad que tanto anhelaba hecha realidad.
Tom avanzó unos pasos lejos de su madre, sin dejar de escrutar a Bill: su agraciado cuerpo, evaluando cada parte de él con la vista, revisando si estaba herido, si pudiera dolerle algo, la vestimenta que usaba, de ropa desgastada y de invierno, su abdomen al parecer plano; su cara, su afilada barbilla, cada línea distinguida, atisbando sus lunares; y concluyó su escaneo al profundizar cada porción de su rostro, el cual se hallaba tranquilo, pálido, de labios y mejillas rosadas debido al frío, su cabello conformado por rastas con hilos blancos en las puntas y sus sobresalientes pómulos levantados, dándole el mismo toque seductor, que robaba la atención de cualquiera.
Adoró por largos segundos la curva de sus mejillas al contraste con sus labios carnosos, cerrados ligeramente, y tragó saliva al verle soltar un suspiro. Parecía imperturbable, cálido y lejano incluso en esa pose erguida y pensativa. Bill miraba hacia su izquierda, hacia nadie en especial, sólo observando, ajeno a Tom, quien se dirigía hacia él a paso firme aunque sus piernas amenazaran con perder fuerza.
El perfume de Bill no se hallaba, pero eso no fue impedimento para que Tom siguiera acercándose; no importaba nada más, sencillamente quería abrazarlo, sujetar su cuerpo con fuerzas y atraerlo al suyo, aferrándose como no había hecho antes, sabiendo que era tiempo, que no quería volver a perderlo.
Lo miró a los ojos, fijamente, anhelando que Bill le devolviera la mirada, que supiera que estaba ahí. Su insistencia fue tanta, que el pelinegro giró tenuemente su cabeza, encontrándose con sus ojos inmediatamente. Apenas sus miradas se conectaron, Bill entornó ligeramente los párpados, meciendo sus pestañas, soliviantado.
Lo había visto. A Tom, quien se dirigía hacia él y que ahora se había detenido en seco, quedándose perplejo cuando sus pupilas quedaron clavadas en las suyas, sumidas a profundidad. Tom le examinó con detenimiento, sin soportar la agitación de su corazón y el calor que invadía su cuerpo a causa de la adrenalina, de la fascinación de verle, de saber que estaba vivo, que no era un sueño y que sólo en esos momentos tenía la oportunidad de darlo todo y cambiar su situación por lo que en realidad quería.
A Bill, quería a Bill. Lo quería, se lo demostró con su magnética mirada, con la impotencia de sus manos al estar empuñadas, el temblequeo de sus piernas al haberse detenido de golpe.
Y Bill lo vio. Sus ojos se abrieron un poco más, pasmado, y su boca de mantuvo cerrada, queriendo abrirse para respirar por el resquicio a falta de oxígeno. Se sentía arder, el bombeo de su corazón había ascendido hasta su garganta, dejándole completamente impactado, sin fuerzas para moverse.
Miró a un Tom anhelante, afectuoso y con los nervios expresivos tatuados en su piel; notaba el flaqueo de sus piernas, el temblor de sus manos hechas puños, y el brillo de sus ojos, ya no obscuros, evasivos y sin fondo, ahora sinceros y esperanzados, añorantes y sensibles, tanto como el interior de Tom, ese tierno interior que por demasiados años se mantuvo oculto en la oscuridad, sombrío, encarcelado por una coraza que ahora mostraba grietas, demostración tras haberse quebrado en pedazos irreversiblemente.
La lejanía de sus cuerpos, el estar parados en diferentes extremos fue una larga línea que los volvía inalcanzables uno del otro. Tom apreciaba a Bill, siendo detenido por su no aceptación, que le lanzó un golpe a las costillas y que a su paso le dejó titubeante. Había algo en la mirada de Bill que había dejado a Tom sobresaltado, sin armas para avanzar o decir algo.
Bill lucía aparentemente tranquilo y pensante, bastante sereno a comparación de Tom. Estaba conmovido por haberle visto después de mucho tiempo, su reacción fisiológica fue suficiente para corroborar ese dato que si bien no fue muy demostrativa, se mantenía patente y real. Sonrió para sí mismo, sin dibujar una sonrisa en su boca, derritiéndose ante la intensa mirada que Tom le dedicaba, una de entrega, de apasionamiento, de amor.
—¡Bill! —Un entusiasmado grito dejó a Tom sin hálito. Aspiró con dificultad antes de captar que Carlo se acercaba a toda velocidad hacia Bill.
Sin inmutarse, Bill tuvo a Carlo a su frente, obstruyéndole el panorama, con ello su comunicación visual con Tom. Carlo le abrazó tan fuerte que sus huesos crujieron. Tom desde su posición auscultó con precisión a Bill, a Carlo; la situación.
Bill aún no correspondía el abrazo, pero había apartado su mirada de Tom para dedicarle su atención al híbrido que lo recibía con una efusividad desbordada. Lo vio sonreír, divisó la sonrisa que surcaba los labios de Bill, dirigida para Carlo, provocándole un dolor en el costado izquierdo de su pecho. Su corazón se detuvo por un instante, y apenas latió, el dolor se expandió hacia todos lados, azuzándole a emprender paso, retomando su camino hacia Bill.
Aún envuelto posesivamente en los brazos de Carlo, Bill buscó a Tom y lo vio aproximarse igual que antes. Fue entonces que su corazón se exaltó, taladrando contra sus costillas, tan recio y atronador que inclusive Carlo, que seguía ensimismado en su entusiasmo, lo notó y se separó de golpe, sujetando los brazos de Bill con desazón.
Bill ya no lo miraba, continuaba contemplando a Tom acercándose y su reacción fue suficiente para que los ánimos de Carlo cayeran y agachara la mirada, derrotado. Intentó estrechar a Bill entre sus brazos nuevamente, aferrarse tal y como el león blanco le había recomendado aquella vez, pero no pudo hacerlo. No pudo aferrarse a Bill porque éste no deseaba que lo hiciera, porque aunque doliera admitirlo, seguía enamorado de Tom.
Bill seguía viendo a Carlo como un amigo, y agradeció en silencio que no le diera esperanzas, que no le ilusionara aunque fuera poco consciente de su amor hacia él. Dio un paso hacia atrás, dejándole libre, y con el rabillo del ojo presenció cómo Tom llegaba hasta Bill y lo enfundaba con ambos brazos, vehemente y sin paciencia. Fue entonces que Carlo se retiró de ahí a paso lento, sin mirar atrás.
Con únicamente Bill en su pensamiento, Tom se inclinó precipitadamente hacia el menudo y delicado cuerpo, sintiendo que no le alcanzaban los brazos ni la fuerza para tomar todo de él. Le acarició nerviosamente los brazos, la espalda, la diminuta cintura, sintiendo su carne y su ser, su estado desosegado y vibrátil, y acomodando su rostro en Bill, entre el hueco que había entre su cuello y hombro, terminó por inhalar profundamente, demostrando lo mucho que le había extrañado y lo descontrolado que se ponía su cuerpo con el simple contacto de su lívida piel.
Bill se estremeció de sobremanera, su cuerpo hirvió inmediatamente al tacto y cerró sus empapados ojos con fuerza, oprimiendo con sus sobresaltadas manos la ropa de Tom, con el pecho convulso y sus extremidades inquietas, queriendo palpar todo de él. Intensificó el agarre al sentir que le tomaba del rostro y le miraba, prestando atención a cada rincón y al final dejando descansar su nariz cerca de la suya en un acto puramente íntimo, donde ambos expulsaban e inhalaban el mismo vaho tibio. Bill escuchó su resuello, percibió la ráfaga caliente de su aliento, su angustia por tenerle aún más cerca y oyó su agonizante voz ronca musitarle:
—Te amo. —Y dicho eso, se separó un poco para verle, juntando su frente con la suya. Las lágrimas de Bill se derramaron, bañando su boca, que se mantuvo abierta luego de escuchar la declaración, llanto que se combinó con el de Tom, el cual escurría en densas gotas saladas, fundiéndose automáticamente con el suyo—. Te amo.
Bill suspiró como respuesta, con la nostalgia atragantándole, y que salió, luego de unos segundos, como un gemido dulzón, una melodía que erotizó los oídos de Tom de manera pausada e intensa, haciéndole sentir vivo.
Continúa…
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