«Híbrido» Parte III (Monnyca16)

Capítulo 11

Sus oídos eran partícipes de murmullos, percibía pares de ojos mirarle con impresión, cuestionamiento y también con hostilidad. No le interesaba, y pese a eso, no podía dejar de sentir las filosas miradas introducirse como oxidados clavos en su carne.

Jamás se había sentido tan exhibido como en esos momentos. Bill siempre había sido víctima de ojeos cotidianos, desde los más gélidos hasta los más burlescos, de desaprobación y de agonía, inclusive de vergüenza, pero aquellas miradas eran más que eso; estaba Tom mirándole a profundidad, insigne, mostrando un lado de él que nadie había visto nunca, llevando a capturarlos en una esfera casi tangible y limitada.

Bill se sentía capturado en dicha imantación, en la pasión que sus ojos irradiaban, en aquella pavesa de sinceridad mezclada con añoranza, con el deseo sobreexpuesto y el sentimiento de arrepentimiento erupcionando tal volcán. La lava perteneciendo a su desnudez y la carga siendo echada, desbocada y tan ardiente que quemaba, carbonizando toda duda que la presencia de Bill le hacía sentir.

Podía verlo en sus ojos y estaba seguro de que Tom no podía leer a precisión lo que emanaban los suyos.

Esperaba verlo, se había mentalizado en toda su estadía con Simone en un lugar que apenas y conocía, escondido para salvaguardar su celo y evitar más desgracias. Sabía que volvería a ver a Tom, así como también estaba al tanto de que éste le había llorado, afianzándose a él de una manera que en ningún momento evocó ni por asomo.

Simone y Vid le dijeron aquello minutos atrás de forma rápida, apenas avisándole, quizá tratando de cambiar la decisión que había tomado, tal vez inyectándole ánimo para retomar su “relación” con Tom.

Podía sentirse parte de Tom, de su amor arrollador y apenas visible sin vergüenza, así como también de palabras no dichas. Quería a Tom, la diferencia era que no era capaz de demostrarlo con el centelleo indescifrable de sus ojos y tampoco con su reacción apacible.

Tom detuvo su marcha secamente, notando la amenaza en los ojos de Bill, su no aceptación, su rencor incrustado y cosido forzosamente, uno que no cicatrizaba. Y sin embargo, Tom lo había extrañado tanto, cegándose y llevando su conmoción a un punto más alto, siendo más fuerte que el atisbo de rechazo que Bill le había dado a conocer.

Tom le escrutaba con detenimiento, apreciando toda su extensión, demente y preso de posesión, de gloria y de un sabor agridulce en su paladar. Bill era capaz de vislumbrar todo ello, los gestos ilusos de Tom, su atrevimiento y su temor hecho una desusada mezcolanza, que adhería una nueva y gran valentía.

Tom estaba dispuesto a todo y no se detendría, lo reflejaba su estado ensimismado y fiel, tan abrasador que Bill pudo sentir el bochorno en su piel, haciéndole estremecer de sobremanera.

Su corazón latía rápido y duro, casi lacerante en el interior de su pecho. Tom escuchaba desde su sitio el raudo sonido que se combinaba paulatinamente con el suyo. Se hallaban agitados, pasmados en el momento, en el mar de sensaciones y en lo que sus miradas mostraban, sin palabras, sin toques, simplemente se mantenían visualizándose a una distancia considerable, que los separaba y que al mismo tiempo los hacía sentir increíblemente cerca.

Un grito fue lo que sacó a Bill de su concentración. Reconoció la voz, la tortura en ella y se dio a la tarea de apartar su atención de Tom para enfocarla en Carlo, quien lo abrazaba con apasionamiento, anteponiendo su estado enternecedor frente a todos los presentes, que no eran capaces de apartar su interés de lo que acontecía.

Le sonrió, contento por su presencia. Una de las pocas personas que Bill había extrañado, era a Carlo. No fue capaz de corresponder al abrazo del todo y aún así se fundió en sus brasas, sintiéndose emocionado de puro contagio. La alegría no cabía en su pecho, y no pudo demostrarla por medio de frases; no se sentía capacitado para expresarse con sonidos, yacía repleto de tanta desorientación que únicamente podía mantenerse en pie.

Quiso enfocarse en Carlo, dejar de lado a Tom, su tortura y su vida con él. No quería tenerlo cerca, no sería capaz de soportar sus palabras ni sus gestos si éste llegaba a continuar su paso hacia él. Trató de enterrarse en los brazos de Carlo, pero no pudo.

Hizo recuento de la mirada de Tom, de su esencia decidida, aquella que lo hacía ver cruelmente atormentado, y para corroborar sus sospechas, pudo mover su cabeza y recargar su barbilla en el robusto hombro de su amigo para volver a enlazarse visualmente con Tom.

Lo vio. Se percató de que éste había enmendado sus pasos y que esta vez no se detendría, que se aproximaría lo suficiente para tenerlo cerca, y Bill en esos instantes titubeó, sintiéndose con poca fuerza para enfrentarlo.

Le resultó sencillo antes, cuando la lejanía les impedía rozar sus cuerpos, al contrario de esos instantes, que detectaba a Tom cada vez más apegado. Su opinión cambió drásticamente. No estaba listo para tenerle a poca distancia de su cuerpo ni mucho menos para hablar civilizadamente.

Su primera reacción fue exponer los resonantes latidos de su pecho, los cuales golpearon con rudeza el tórax de Carlo, desconcertándole. Las incontrolables pulsaciones yacían custodiadas por su racionalidad y su sentimentalismo, lo que creyó haber controlado. Eran atroces, palmarias y secas, tan salvajes que incluso Carlo cayó preso del desánimo.

No tuvo cabeza para contemplar a Carlo, que inmediatamente lo alejó de su cuerpo como si fuese repulsivo, veneno para su alma y desconsuelo que su corazón no pudo sopesar. Su pensamiento estaba en Tom, en su presencia, en sus sentimientos y eso prácticamente había sumergido un poco la estabilidad y determinación que construyó estratégicamente para cuando volviera a encontrarse con Tom.

Su cuerpo almacenaba una intensa lluvia de sentimientos diversos. Había añoranza, indignación, recelo y melancolía. Quiso dar un paso hacia atrás, trastabillar, irse, huir cuanto antes. Una parte de sí le hizo sentirse incómodo y cobarde, pero otra relucía, obligándole a quedarse quieto, a enfrentar a Tom, su pesadilla.

No le quería cerca, y así como le repugnaba, con la misma fuerza mantenía sus sentimientos románticos por él. Remembró la charla con su abuela, tal y como todo el mes que estuvo con Simone en otro sitio. Seguía cuestionándose el por qué. ¿Por qué lo quería? ¿Por qué lo esperaba? ¿Por qué lo perdonaba una y otra vez?

¿Para qué seguirlo haciendo?

Tom era dañino, lo había aislado y jugado con sus sentimientos, como años atrás. Bill le había dado oportunidades para cambiar, para enmendar todo y volver a empezar, ¿entonces por qué Tom permitió que pasara por un desgraciado momento?

Fue incapaz de respirar con normalidad. Se tornó rígido al sentir a Tom estrecharlo en sus fuertes brazos. Percibió la tibieza de su cuerpo, la aspereza de sus dedos y su energía, su desesperación y el pulso denso y doloroso de su órgano bombeador.

Tom había cambiado, incluso su aroma era diferente, su aspecto derrotado y su madurez ahora se apreciaban, remarcadas.

Su barba estaba crecida, su cuerpo torneado y macizo, sus ojos brillantes, complacidos y repletos de culpabilidad, de nostalgia. Jamás le había visto de esa manera. Tom demostró su evolución emocional, un hombre cambiado a consciencia, renovando aspectos de su vida; sus actos, sus deseos y su toma de decisiones.

Ya no existía el Tom desconfiado en exceso, el Tom difícil de sobrellevar, el agresivo que hería sin consideración, así como tampoco el impulsivo y egoísta. El Tom que sufría por su pasado, ya no estaba; ahora se enfocaba en el presente y futuro, con la pizca exacta de temor a comenzar, a darlo todo.

Tom lo miró con intensidad, iluso, pensando que Bill podía esfumarse como humo. Sus manos temblaban al sujetarle el rostro, con cuidado de no lastimarle. Tenía miedo a romperle, a hacerle daño con su fuerza acumulada, la tensión y los movimientos bruscos de sus manos. Y Bill se encogió de hombros al sentir su aliento colarse en su boca sin haber si quiera un beso de por medio.

Se sacudió inevitablemente al apreciar el engarce de sus cuerpos y la fusión de las emociones; únicamente con Tom podía sentirse de esa forma, volar hasta lo más alto, ilusionarse en demasía y caer, para después salir lastimado.

Sintió la respingona nariz inhalar su aroma inexistente de entre su cuello y hombro, y dio un respingo, buscando controlar las fuertes respuestas que ese reencuentro le seguía provocando. La nostalgia golpeó todo su ser y no evitó que sus ojos se llenaran de lágrimas, así como tampoco pudo controlar su llanto desaforado cuando Tom, luego de verlo y juntar sus frentes, le confesó que lo amaba.

Tom lo amaba.

Ya lo sabía, siempre lo supo, pero escucharlo de sus propios labios fue suficiente para hacerlo llorar.

Eran lágrimas de impresión, de memorias pasadas, de amor, y aunado a ello existía otro sentimiento que recubrió ágilmente todo lo que en un principio sintió, y fue la furia.

Lloraba porque, de todos los momentos juntos, precisamente ese que cursaban había sido el elegido. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Por qué tuvo que esperar tanto, para qué? ¿Por qué tuvo que ver todo perdido para abrir los ojos y entregarse?

Vislumbró sin enfocar bien que Tom también lloraba, que lo hacía frente a muchos, en un lugar público y frente a él. Definitivamente Tom había cambiado, como Simone alguna vez dijo, pero eso no fue suficiente, al menos no para Bill, quien ya había pasado por circunstancias que si bien pudieron evitarse, le dejaron marcas.

No sólo se lo dijo una vez. Tom le dijo que lo amaba dos veces, haciendo todo lo posible para que quedara claro. Aceptó su declaración y esta vez se perdió en su reflexión. Apartó su mirada de Tom y respiró ruidosamente por la nariz, incluso tuvo que tragar oxígeno con ayuda de su boca. Su pecho se infló y las manos que mantenía en el pecho de Tom, apretándole la ropa, se destensaron.

No tenía fuerzas. Abrió sus dedos, desanclándolos lentamente y se mantuvo negado a tocarlo. Podía sentir su frente contra la de Tom, por lo que se hizo hacia atrás. Las manos de Tom se deslizaron de su rostro y cayeron a los costados de ambos.

Bill retrocedió y lo miró a los ojos. Desilusión, demasiada confusión y desconfianza proyectó Tom en su mirar, mientras que en la de Bill había asco. Tom alzó su mano, dirigiéndola hacia el rostro ajeno, no obstante, Bill giró la cara, evitando el contacto.

—No me toques.

La misma voz, igual sentimiento de aversión y rabia, ya conocía a ese Bill, recordaba al Bill roto de tiempo atrás, al de hacía años, y supo que no habría marcha atrás. Ese no era un simple enojo, tampoco una pequeña desilusión.

Había lastimado a Bill. Y él no iba a perdonárselo esta vez, no lo haría pese al amor, pese al tiempo. Bill se había dado por vencido; Tom ya no estaba en sus planes, y justo en esos instantes lo estaba echando de su vida cara a cara.

Y todavía así, Tom quería hablar. Tenía muchas cosas que decirle, por ello no hizo caso de lo que parecía una orden muy fría e intentó palpar su rostro. El resultado fue el mismo, y esta vez Bill dio más de dos pasos hacia atrás.

Bill realmente no quería que lo tocara. Y no supo qué hacer. No estaba en posición de exigirle nada; después de todo lo había desterrado y hecho sufrir. ¿Entonces qué tenía que hacer? No quería perderlo, no ahora. Se estaba aferrando a él y pese a comprender a Bill, sentía que no podía dejarlo ir.

—No te quiero cerca —añadió Bill luego de unos segundos, como orden, tan gélido y lesivo que heló su sangre y le impidió respirar normalmente.

Desvió sus ojos de Tom y se alejó, caminando a paso firme, sin mirar atrás, sin desconfianza y con amargura.

Iría a buscar a Carlo.

Luchó contra los corrosivos latidos de su corazón golpeando su torso, contra la nostalgia acumulada en su garganta y el océano de llanto queriendo salir disparado de sus deslumbrantes ojos claros. Dolía. Lastimaba tener a Tom a unos cuantos pasos, ardía el calor de sus toques como si sus manos fuesen carbones, y su arrepentimiento amenazaba con hacerlo declinar su previa decisión, con derribar el muro de protección que hacía un mes construyó para protegerse de él y su impiedad. No podía perdonar a Tom como antes; ya había tenido suficiente.

Su cuerpo repelía a Tom, su presencia e incluso sus sentimientos ahora expuestos. Y no era capaz de hacer nada. Estaba dolido y ese no era el momento para hablar con Tom; nunca imaginó que sus sentimientos lo encauzaran, como fiera corriente, a reaccionar de esa manera tan irreconocible en sí mismo.

Y aún así, sentía que debía decirle tantas cosas, gritarle lo que por tanto tiempo lo hizo sentir temor, espetarle lo mal que la pasaba a su lado, contarle con desazón que se sentía un estúpido por haberle permitido entrar en su vida, en su corazón, decirle que fue un ingenuo y que gracias a lo vivido, se arrepentía. De todo, de haberlo conocido, de haber disfrutado su primera vez -una violación al fin de cuentas como hizo con muchos otros-, quería asegurarle que podía valerse por sí mismo, que el tiempo con vida y luchando, lo evidenciaba.

Quería dejarlo atrás. Sin embargo, Tom le hizo saber sin palabras que no aceptaría una réplica. Bill lo consideró tozudo, enfermizo y sintió hervir la sangre cuando Tom lo retuvo. Sujetó su brazo y lo giró, Bill evadió su mirada sin remordimiento, receloso y, atestado de repulsión como nunca antes, zarandeó su brazo para que lo soltara.

Tom no lo dejó en libertad.

—Necesitamos hablar —apenas pudo articularle. Su aguda voz salió débil, quebradiza. Bill ladeó su cabeza y sus ojos brillaron, filosos y amenazantes. Tom los sintió destructivos.

—No te quiero cerca —soltó de nueva cuenta. El tacto de Tom quemaba su carne y su estómago vibraba de malestar, de ansiedad. Eran consecuencias de ser abandonado en estado en celo, reacciones que no era capaz de moderar; parecían poseerlo, llenarlo de odio, de resentimiento—. ¡He dicho que no te quiero cerca! — Vociferó esta vez, llamando aún más la atención de los híbridos a su alrededor, los cuales contemplaban la escena, perplejos.

Valiéndose de su condición iracunda, Bill se soltó de Tom, brusco, y salió del Edificio, huyendo de él, de su tacto, de su aroma. Cuando estuvo afuera, luego de topar con varios híbridos, miró el suelo y respiró por la boca, agitado. Era notable que Tom encendía esa ansiedad. Lo alteraba en demasía.

—Bill, por favor —oyó su agonizante voz, aquella que demostraba insistencia y apasionamiento, y que al mismo tiempo ponía su mundo de cabeza.

Bill no pudo contra eso. Tom lo capturó en un abrazo forzado y para alejarlo forcejeó, utilizó tanta fuerza física que inmediatamente se sintió incapaz. La mezcla entre su impotencia y debilidad, lo llevaron al borde del colapso. Perdió el equilibrio y su vista se desenfocó, desmayándose en brazos de Tom.

De nuevo había sido débil.

Las horas cursaban lentas. Su corazón no dejaba de latir apresurado y la culpabilidad seguía palpable. Simone le comentó que Bill había sufrido de un impacto grande a consecuencia del abandono durante su celo, que probablemente Bill no iba a permitirle tocarle o se sentiría agobiado si estaban demasiado cerca.

Durante la tarde hablaron sobre lo ocurrido en todo ese mes. Simone le contó toda la aventura, que habían tenido que protegerse debido a que el celo de Bill se prolongó por una semana, más de lo normal. Sufrió de fiebres, de escalofríos y de desnutrición. El ataque de los hombres hambrientos de su celo en Rosbo le dejó sobrecogido, pero actualmente eso era lo mínimo que Bill resentía.

Simone escapó con Bill de Rosbo y permaneció en la línea fronteriza, en los bosques despoblados y peligrosos que había a los alrededores. Cubrió su perfume y Bill, al no poder hacer lo mismo, fue ayudado por ella a la eliminación de su rastro de otra manera para que no pudieran encontrarles. No podían estar a salvo si Bill seguía destilando el dulce aroma de su celo y tampoco era hora de que les encontraran.

Simone, con ayuda de unas flores aromáticas, envolvió a Bill, también curando las heridas profundas que tardaron en sanar a consecuencia de su alta fiebre. Las flores de la planta llamada Vialta, grandes y de tonalidad azul, ayudaron a encubrir su celo hasta que éste desapareció naturalmente.

Bill estuvo semi consciente todo ese tiempo, alucinando del dolor y apenas bebiendo y comiendo lo que Simone conseguía en ese bosque. Bebieron agua de río dulce, y comían frutos frescos y plantas, algunos granos y vegetales.

Luego de dos semanas y ya recuperado, abrió los ojos y pudo mantenerse en pie. Al principio no habló, únicamente observaba la cabaña y Simone tuvo miedo de que hubiese perdido la memoria a causa del choque emocional. Pero no fue así. Bill recordaba todo y se había recuperado rápido apenas despertó, no obstante, su perfume tan singular, aquel que encantó a Tom, se había esfumado; desapareció igual que el dulzor de su celo y Simone no estaba segura de que volviera a aparecer.

Había sido un mecanismo de defensa, un proceso turbulento producto de su estado en celo unilateral y depresivo. La separación durante su estado en celo había sido el desencadenante de que ahora él mismo escondiera su olor de manera inconsciente para no volver a ser dañado y encontrado. Bill sabía que Tom degustaba su esencia por ser la apropiada para sí, así que su inconsciente funcionó como defensa y no sabían si ese resultado sería permanente. Todo dependía de Bill, de si lograba perdonar a Tom.

Ambos conversaron sobre lo sucedido, sobre Tom, sobre futuros planes y pese a que Simone estaba segura de que Bill seguía amando a su hijo, también reconocía que no sería fácil olvidar, volver y decir te amo.

Tom estaba arrepentido y Bill lo sabía por obra de Simone, sin embargo, el abandono de Tom le había causado mucho daño. Ambos tenían que hablar, la diferencia era que Bill no quería hablar en esos momentos con Tom, sino todo lo contrario; lo necesitaba lejos de su ser.

Simone comenzaba a ver el fin de su relación no formalizada, y Tom, sin poder rehuir, también lo presentía.

Caminaba de un lado a otro, en una de las habitaciones de su casa, mirando en todo momento a Bill, quien yacía descansando sobre la cama. Simone recomendó dejarlo en estado inconsciente y esperar a que despertara por sí solo, así como también pedirle a Tom que permaneciera afuera de la recámara, eso para evitar otra reacción negativa por parte de Bill.

Tom por supuesto no pudo permanecer lejos, se empeñó en estar en el mismo lugar y esperar a que recuperara la consciencia. Inclusive habían trasladado a Bill a una habitación del primer piso que hasta el momento no conocía.

Tom se preguntaba hasta cuándo despertaría. Comenzaba a impacientarse, a sentir fuego en la sangre y ardor cada vez que ésta era bombeada por su corazón y disparada por sus venas. Se encontraba nervioso, pensante y aún decidido.

Se aferraría a Bill como antes no hizo, aunque su acto fuese egoísta en esos instantes. Debía dejar descansar a Bill, dejar de… herirle, pero ahí seguía, empeñado en verlo, en hablar, en buscar salidas, soluciones.

Quizá estaba siendo similar a años atrás, tal vez le provocaría más daño con su empeño, pero no se detendría. Cuidaría sus palabras, su posesividad, su vehemencia, pero no se iría de su lado, no lo dejaría marchar, no lo abandonaría como antes.

Contempló una vez más a Bill acostado en medio del colchón, cubierto por una gruesa cobija. Divisó su vientre plano por sobre las calinosas telas. No hubo embarazo y de alguna manera, desilusionado y aterrado, Tom agradecía ese hecho; si Bill hubiese estado preñado no lo tendría vivo ahora mismo, no cuando semanas antes las fiebres y escalofríos no dejaban de hacerlo alucinar.

Imaginó lo peor y movió su testa de izquierda a derecha, buscando borrar las torturas que él mismo se imponía. Un engañoso y súbito sonido lo sacó de su recogimiento y volteó hacia la cama. Vio a Bill mover su cabeza y sacar las manos para, con los nudillos de sus índices, rozarse los párpados todavía cerrados.

Exhausto y con un dolor de cabeza insoportable, Bill entreabrió sus ojos para después de captar la luz, cerrarlos. Se sentía débil y con el pecho apachurrado, como si un golpe lo hubiese derribado en un combate inesperado.

Intentó abrir sus ojos, cuidándose de la luz que provenía de un candelabro que colgaba del techo, y con su corta visión observó el lugar donde se hallaba. Se trataba de una habitación con una ventana gigantesca cubierta por una persiana blanca. Los pisos eran negros, había una alfombra de tonalidad beige y ornamentado singular; muebles de madera, un espejo de pared, lámparas a sus costados, apagadas, y un aroma intensificado y viril.

Fue entonces que vio a Tom a un metro de él, parado, con rostro intranquilo y mirada agobiada. Prestó atención a sus lagrimales rojizos y ojos nublados, cansados.

—¿Qué hago aquí? —Susurró, palpando con ambas manos, torpe, la cobija sobre su cuerpo y el colchón. Se volvió sobre la cama, sentándose y se detuvo en seco, siendo atacado por una punzada en su pecho y un violento mareo.

Tom estiró su mano derecha, quiso tocarle el hombro con sumo cuidado y enviarlo a la cama para que descasara. Bill se removió, sintiéndolo venir y se agitó. Apretó los labios y posó ambas manos en sus muslos.

—Bill, necesitas descansar. —Le oyó decir, aunque únicamente se permitió cubrirse la oreja derecha con la mano—. Por favor, Bill…

—¿Tú qué sabes sobre lo que necesito? —Esta vez le espetó Bill, sin verlo—. No sabes absolutamente nada.

No acostumbraba hablar mal, mucho menos dejar que la indignación reinara sus días, pero esa vez fue diferente. Se agarró la frente con ambas palmas y buscó tranquilizarse, en silencio, sabiendo que Tom le contemplaba y que guardaba distancia.

De re ojo le vio caminar de un lado a otro, impaciente y voluble. Se mantuvieron de ese modo por largos minutos, en un profundo silencio, logrando que la atmósfera fuese capaz de cortarse con un cuchillo de una tajada.

Ya más estable, Bill se paró de la cama y respiró profundo. Se sentía preso, como antes. No contaba con encontrarse con Tom ni con que éste lo llevara a sus tierras, porque esa lucía como una habitación de su casa. Y ese simple pensamiento lo hizo sentir encarcelado.

—Hablemos—sacó firmemente Tom, evaluando cada parte de su cuerpo para poder saber si se encontraba ya mejor. Lo vio caminar hacia una esquina de la recámara y entreabrió sus labios, permitiendo que el aliento saliera.

No podía mantenerse calmado al igual que Bill.

—¿Hablar sobre qué? —Cuestionó molesto, con un toque de ironía en su tono de voz. La ira nacía de su interior y necesitaba sacarla para liberarse —. ¿Sobre lo mal que lo pasaste todo este tiempo, Tom?

Tom tragó duro su saliva, su manzana de adán subió y bajó sin evitarlo, y antes de alterarse, apretó sus manos y contuvo su instinto. Bill removía todo de sí, aunque al final siempre conseguía mantenerlo sereno:

—Nosotros.

Bill luchó contra su atormentado sentir y contestó, resuelto:

—Creí que ese punto estaba claro.

Era crudo y frío tal tímpano de hielo. Tom se dejó recorrer por una corriente casi eléctrica que se encaminó desde su nuca hasta su columna vertebral. Conocía al Bill furibundo, al exhausto, no obstante, ahora le costaba trabajo formular una conversación.

Temía decir algo que pareciera fuera de lugar, echarlo a perder más de lo que ya estaba. No reconocía al Bill que estaba frente a él, se mutilaba mentalmente al cuestionarse, reprochándose. Tom, con su terquedad y daño, había orillado a Bill a ese infausto comportamiento.

Ya no estaba el Bill dulce, el Bill esperanzado y feliz. Los ojos de Bill lucían vacíos como su última vez juntos, había algo en ellos, muy en el fondo. Y aunque ese algo fuera temporal, lo cambiaba definitivamente.

Molesto consigo mismo. Así se sentía. Era rabia, un coraje desenfrenado por haberse dejado llevar y por haber sido tan entregado. Rabiaba de impotencia. Estaba decepcionado de Tom y de sí mismo. Se sentía un estúpido.

—Tranquilízate…—rogó Tom, sin poder administrar el dolor proveniente de su pecho. Estiró su mano, sus dedos apenas se movieron de tan engarrotados que se encontraban, para tocarle. Quería envolverlo entre sus brazos, suprimir esa mala sensación, borrar su furia y tragarla con tal de que no siguiera soportando el dolor físico que conllevaba.

—No me pidas que esté tranquilo, porque sabes perfectamente que no estás en posición para pedírmelo.

—Se percibió el rencor en sus palabras al haberlas exclamado.

Tom entornó los párpados sin prisa, apenas cavilando lo escuchado. Sus sienes punzaron.

—No, no tengo ningún derecho, pero hazlo. Por favor, tranquilízate. —Supo que no eran las mejores palabras, que no era quién para implorar algo así, que lo que le había hecho era imperdonable, pero entró en pánico por primera vez en su vida.

Únicamente Bill era capaz de ponerlo nervioso hasta el punto de sentirse desfallecido. Oprimió sus manos, haciendo crujir sus nudillos y tensó su quijada al escucharlo refutar sin vacilación:

—¿Cómo puedo estar tranquilo si estoy en un lugar que no quiero, si soy nuevamente manejado como una cosa? —Inclinó su cabeza, interrogante, y parpadeó repetidas veces sin disimulo, ofuscado—. ¿Cómo estarlo cuando tú estás cerca?

Reflexivo y parado recto, Tom le miró fijamente a los ojos, consiguiendo que Bill parpadeara más insistente, con la idea de ahuyentar las lágrimas que, rebeldes e insolentes, amenazaban con resbalar por sus lagrimales.

No después de mucho tiempo en silencio, dejó salir los morfemas que pincharon su garganta y rasparon su boca, no por dudas internas, sino por temor a no expresarse como Bill merecía:

—Lo siento. —Fue sincero y turbulento, palabras que no era capaz de retener y guardarse. Buscó mantenerse en calma y hablar, decir lo que en verdad sentía. Era la primera vez que estaba siendo sincero con Bill, cara a cara, hablando como debieron hacer desde un principio —. Lamento que hayas tenido que pasar por todo esto. Fui un cobarde. —Bill giró la cara, en un intento por negarse a ver y escuchar, pero no pudo. Volvió su aterida mirada a él y le contempló, clavando su atención en sus pupilas, en su propio reflejo, en el arrepentimiento de Tom —. Perdón por arrastrarte, por ser un egoísta. Si pudiera borrar los malos momentos de tu memoria, lo haría, una y mil veces; si pudiera volver el tiempo atrás para evitar hundirte como lo hice, lo haría sin detenerme a pensar, sin abrir los ojos.

Bill abrió su boca brevemente e inhaló profundo, sus labios temblaron al contestar escuetamente a lo dicho por Tom:

—Pero no puedes.

Sus palabras antes dichas fueron descartadas con cruel inmediatez. Se encogió de hombros ante la postura de Bill. No le estaba dando esperanzas y no sabía qué decir, cómo enfrentar, cómo luchar. Era un bruto, no conocía de palabras que se utilizaran para situaciones semejantes.

Era un aprendiz que no quería perder.

Su mano derecha se empuño con más insistencia, ya exudada. Estaba hecho un manojo de nervios por dentro, su pecho subía y bajaba, demostrando su mortificación.

No tardó mucho para volver a hablar. Se aseguró de tener su atención, que ya comenzaba a extinguirse, y prosiguió:

—Lo he comprendido ahora. Una vez me preguntaste…—Guardó silencio, haciendo memoria, luego recitó lo dicho por Bill antes de que tocaran fondo—: ¿qué culpa tengo yo de todo lo que te ha pasado? —Llenó sus pulmones antes de continuar, y cuando lo hizo, pudo sentirse sin menos peso en sus hombros—. La respuesta es nada. Nunca fuiste culpable de nada, así que lo lamento. Perdón por haberme desquitado contigo, por recibir el trato que te daba. Perdóname por confundirte, por hacerte llorar. —Recurrió a otra respiración profunda para proseguir; Bill, pese a mirarle a los ojos, no parecía impresionado, más bien se miraba ausente, sumido en sus pensamientos—. No quise abandonarte y no puedo justificarlo. Sé lo que quiero ahora. Te quiero a ti, daré todo por ti, voy a aferrarme, voy a amarte como mereces. —Se detuvo, y dio un paso para aproximarse. Bill ni se inmutó—. Esperaré con paciencia por una oportunidad para demostrarte, toda la vida si fuera necesario, que te amo y que no volveré a hacerte pasar por malos momentos. Los errores que cometí me dieron una valiosa lección, y estoy convencido de que no volveré a cometerlos, ni esos ni otros. Te amo, te necesito y anhelo que comencemos de nuevo, que por fin estemos juntos.

Al concluir con su punto, esperó sin paciencia una contestación. Lo musitado fue improvisado, se había dejado llevar por lo que sentía y ahora que remembraba sus palabras, su corazón se aceleró imposiblemente más. Temió sonar egoísta, torpe, e incluso cruel. Supo también que eso no era lo único que tenía que decir, pero que por culpa de su nerviosismo no concretaba lo que quería que Bill escuchara.

No le alcanzaban las palabras, no podía conformar oraciones y al momento de hablar simplemente se dejaba llevar.

—Yo también sé lo que quiero. —Lo oyó responder casi de inmediato. Al parecer Bill ya había estructurado sus palabras, a diferencia de Tom —. ¿Perdonarte? Lo he hecho todo el tiempo, desde que abusaste sexualmente de mí.

Tom entornó los ojos y bajó la mirada al suelo. No tuvo el valor para mirarlo y su pecho fue golpeado por una ola de calor, de dolor. Contuvo la respiración y con la mandíbula tensa, apretó con más osadía sus manos ya empuñadas. Escuchar la verdad le carcomía la conciencia. Levantó la mirada y la mantuvo apenas Bill volvió a tomar la palabra.

—Le pregunté a mi abuela una y otra vez que por qué me había enamorado de ti. Ella dijo que vi algo en ti que nadie más había visto, que sentía que tu respeto, protección y amor, valían realmente la pena.—Ambos cayeron en un incómodo silencio y ante eso, Tom, decidido a hacerle frente a todo lo que Bill tenía que decirle, dio otro paso hacia adelante. Al captarlo ya demasiado cerca, Bill permaneció ahí, de pie, la diferencia fue que ahora su rabia había incrementado y su vibrante voz lo constataba —. Siempre estuvo segura de que me amabas. ¡Pero, ¿entonces por qué?! Pude entender tu pasado, lo que te aquejaba y aún así no encuentro una razón para aceptar que me desterraras, que me arrebataras todo. ¡¿Por qué lo hiciste si me amabas?! —Suplicó esta vez, enervado —. No tiene sentido. Si en realidad me hubieras amado, no me hubieras dejado marchar, no me hubieras abandonado.

—Bill. —Se inclinó y su rostro quedó a escasos centímetros del contrario.

Bill no lo dejó hablar.

—¡Y si yo me hubiera cuidado un poco más de ti, si me hubiera resignado…, no hubiera confiado, pensando que con mis besos, caricias y amor ibas a darlo todo por mí! —Tom abrió la boca para replicar, pero no pudo si quiera sacar lo que tanto le asfixiaba—. ¡Que te dejarías llevar y en ese entonces, volver a empezar! Pero no fue así. Pese a esforzarme para que nuestra relación fuera verdadera y sana, tú nunca estuviste de acuerdo. ¡Nunca te interesó!

—¡Me dejé llevar por ti, caí ante ti porque siempre te he amado! Desde la primera vez que te vi, siempre me has interesado. No…

Sin dejarlo terminar, Bill continuó con sus palabras:

—¡Entonces me abandonas, luego de un mes regreso, ¿y quieres que lo intentemos?!—Su boca se torció en un rictus amargo —. ¿Quieres que seamos todo lo que en más de dos años no pudimos ser, por ti, por tu indecisión y tus miedos? ¡¿Y qué hay de mí?! ¡Yo también tenía miedo, Tom!

Aquel grito golpeó su rostro, que seguía a una pulgada del de Bill. Éste le escrutó, moviendo sus pupilas al abarcar cada detalle de su indispuesto rostro, y lo detectó, palpó su sufrimiento, la deseosa mirada que le dedicaba a sus labios, exponiendo sus ganas de besarlo para apagar las duras palabras que escuchaba.

Tom intercaló su mirada desde los cándidos ojos hasta sus carnosos labios, su boca entreabierta, y retuvo el impulso por acercarse un poco más y besarlo.

—Desde que te conocí sólo han pasado desgracias —musitó, con la espesa barba de Tom ya rozando su mentón, ocasionándome descargas eléctricas —. Me intimidaste, me heriste física y emocionalmente, echándome en cara mi desgraciado pasado, mi procedencia. ¡Te burlaste de mí, de mis deseos por salir adelante, de mi deseo por concebir un hijo! —Su volumen decrementó, y se volvió duro y directo al volver a abrir la boca para pronunciar palabra. Estaba dando vida al pasado, a los recuerdos—. Me violentaste sexualmente. Te referías a mí como una puta, como un don nadie. No te replanteaste violarme, lo hiciste y yo tuve que atenerme y disfrutar de una violación porque eso era lo único que quedaba, si no lo hubiera hecho, si no cooperaba, ¿qué hubiera sido de mí? Me arrebataste lo que socialmente me mantenía de pie y no te interesó. Me señalaron, Tom. Fui la burla de todos porque gracias a eso perdí el supuesto valor que tenía en esta maldita sociedad. Y aún así yo estaba preocupado por tu actuar, por lo que escondías, porque ya estaba bastante acostumbrado a recibir miradas reprobatorias e insultos. Es mi culpa por haberme enamorado. Me abandonaste aquella vez, luego de recordarme que era poca cosa para ti, inservible y débil. Que no te servía. ¿Lo recuerdas?

Tom le miró a los ojos y oprimiendo los dientes con fuerza, entreabrió sus labios.

—Es imposible que pueda olvidarlo. —Quiso asir algo, a Bill, a si mismo; su garganta y cubrirse la mirada al saberse hundido. Sus ojos lograron llenarse de llanto, nostalgia que reprimió ya sin fuerzas.

—Luego de casi dos años regresaste y decidiste molestarme de nuevo —continuó Bill, con la misma voz áspera y reflexiva. Tom tragó saliva e infló el pecho, sin dejar de mirarlo —. La diferencia era que tu madre me había dicho todo sobre ti, y sin pensarlo demasiado renové mis esperanzas. Supe que estaba mal conocer sobre tu pasado sin tu consentimiento, pero tú también te entrometiste en el mío y me lo restregaste en la cara; saber de ti era lo mínimo que podía poseer. —La acerba nostalgia hizo un nudo en su garganta, y su corazón se detuvo por un breve momento—. Había decidido dejarte atrás, sin embargo, pensé que en verdad era nuestro destino estar juntos, pasara lo que pasara.

—Lo es, por eso ahora estamos…—Le interceptó y Bill lo acalló de inmediato.

—Todo fue peor que antes. Cuando regresaste se volvió una tortura. —Tom entreabrió sus labios y alzó una mano, intentando interponerse. Bill juntó sus cejas, dolido, ya sin lágrimas en los ojos, estos estaban secos y sin vida —. Y me desterraste, no sin antes haberte acostado conmigo. Me sentí de nuevo utilizado, tímido y perdido. Estaba tan ciego, porque me entregué a ti por completo, aunque me sintiera humillado.

Su intención no era culpar a Tom de todo, porque en gran parte también fue culpable, lo único que deseaba era hablar y sacar lo que por tanto tiempo calló, buscaba perdonarse a sí mismo, superar el pasado y liberarse.

Paseó nuevamente su abstraída mirada por el rostro de Tom y cuando estuvo listo, fijó sus fanales en los suyos.

—Nuestra aventura quedó ahí, y ahí se quedará. ¿Cómo se supone que volvamos a empezar luego de todo esto? Dime, —sus labios retemblaron, marcando el esfuerzo y la decepción —, ¿tú podrías?

Entonces los dos permanecieron en silencio, contemplándose.

Escuchó a Tom tragar saliva, oyó su corazón desbocado, su entrecortada respiración e insistió.

—Contesta, ¿podrías comenzar de nuevo si la persona que amas te hubiera tratado como tú hiciste conmigo? —Sus cejas se juntaron un poco más y sus ojos brillaron, evidenciando la desilusión, pidiendo ser comprendido —. ¡Contesta! —Exigió en esa ocasión.

—No. —Fue la respuesta de Tom, real y decepcionante. Él tampoco conocía el perdón. Ahora se daba cuenta de que no era sencillo lo que pedía; realmente había dañado a Bill.

—Entonces no me pidas comenzar de nuevo, porque esa es mi respuesta. —Dejó en claro, ahogado en tristeza —. No. No quiero nada contigo, ni ahora ni luego. Ambos hemos cometido errores y pagamos por ellos.

Sin moverse un ápice, Tom clavó sus ojos en los suyos, en sus labios rosáceos, que lo hipnotizaban, y permaneció así. Sus pestañas eran cortinas y Bill apenas pudo ver a través de ellas.

—Lo mejor será que no nos volvamos a ver. —Finalizó Bill luego de unos segundos estando callado.

Recibió la atención de Tom cuando su voz se apagó y su pecho se hundió por completo al verle todo el rostro.

Las pestañas de Tom se elevaron al abrir los párpados y expuso su mirada, sus ojos ahora de un color amielado y refulgentes. Su mirada estaba enfocada en las pupilas de Bill, pero se hallaba perdida, mirando todo pero al mismo tiempo nada.

Y Bill, que todavía soportaba la angustia y el desconsuelo por haber dicho por fin todo lo que había guardado para sí mismo y que ahora significaba el final, tuvo que empuñar las manos para no acariciar a Tom, quien dejó escapar las lágrimas acumuladas de sus enrojecidos ojos.

Los labios de Tom temblaron y se separó un poco, alzando sus recias manos cerradas. Las abrió con esfuerzo, sus dedos quedaron libres, tiritantes y movió su cabeza de un lado a otro tenuemente, evadiendo su estado entristecido y desesperado.

Se apartó algunas lágrimas con las yemas de sus dedos y se giró, dándole la espalda a Bill. No rehuía por miedo, tampoco por vergüenza. La razón de darse media vuelta y tratar de tranquilizarse, era porque si seguía viendo a Bill, terminaría por cogerlo en brazos y aferrarse a su calor.

Y Bill no quería que lo tocara. Así que se privó de ello y posicionó los brazos en jarras, cerrando los ojos y mordiéndose los labios para no soltar un bramido. En silencio se estaba perdonando a sí mismo; se perdonaba por haber dicho insensateces, por haber pensado en cosas negativas, por haberse dejado llevar por el pasado y haber arrastrado a otros. Deseaba deshacerse de la culpa, de las pesadillas que lo atormentaban cada noche, de sus días ennegrecidos y agrios.

Tom deseaba dejar de culparse, de sufrir por sus actos impulsivos, por sus agresiones. Si no se perdonaba a sí mismo, no podría lograr lo que realmente quería hacer. Meditó en silencio, consciente de las experiencias, de los errores que se volvieron aprendizajes. Se aceptó tal y como era ahora, con el pasado que lo llevó a ser de esa manera y no pudo evitar llorar de nuevo por lo duro que era llevar esos pensamientos, tomarlos todos y dejarlos ir, porque eran suyos, sus miedos, su furia, su vida, su pasado.

Pero necesitaba dejarlos ir para sentirse bien, para poder soportar la discusión que mantenía con Bill. Necesitaba liberarse para aferrarse esta vez, para ya no estar indeciso de avanzar, de darlo todo. No podía ofrecer amor y felicidad si por dentro no podía superar, aprender a vivir con todo y su vida, tanto aspectos que dañaron y por el contrario, otros que sacaron sonrisas.

El pasado lo utilizaría como un trampolín para impulsarse con ayuda de él, avanzar sin olvidar el soporte, la base, ese comienzo que utilizaría, que asumiría.

A su espalda Bill se llevó ambas manos a la boca y entornó los ojos repetidas veces para no soltarse a llorar. Él también se estaba perdonando a sí mismo, todas las palabras que salieron rígidas y dolidas fueron el proceso y ahora lloraba porque estaba deshaciéndose de la culpa, sin saber que Tom hacía lo mismo.

Desde su posición, Bill miraba la ancha espalda de su acompañante, su musculatura, y su respirar perturbado. Tom estaba sumido en su intimidad, aceptándose por completo. Su pecho estaba convulso, atiborrado de desespero. Se tocó el puente de la nariz y paseó el dorso de una de sus manos por los ojos para apartar el agua salda que escurría sin moderación. Nunca había sentido tanta conciliación al llorar, se trataba de una liberación distinta, un bien para sí mismo que como resultado sería armónico para los demás.

Tom no fue el único reflexivo. A Bill le dolía lo que acababa de decir. Tener a Tom llorando de esa manera a tan solo dos pasos de su cuerpo, era doloroso e insoportable.

Lo había visto llorar antes, pero en esos instantes simplemente no podía soportarlo. Era el causante de ese llanto, de la desesperación y la tensión, lo sabía y aún así no fue capaz de consolarlo. No era capaz de perdonarlo, era tan grande su descontento, su rencor, aunque siguiera amándolo. Bill no era capaz de reconciliarse con Tom porque en esos momentos no podía perdonarlo.

Su respirar se vio brevemente recompuesto. Tom inhaló hondo y se dio la media vuelta para encararlo.

Bill bajó las manos de su rostro y mantuvo la compostura con esfuerzos.

Las mejillas de Tom se encontraban húmedas, sus ojeras rojizas al igual que sus lagrimales. Abrió la boca, jadeando, y con ello una lágrima rebelde escurrió de uno de sus ojos. No hizo mucho por apartarla.

.

—No puedo hacerlo. —Bill parpadeó, incrédulo al oírle. Ahí estaba un Tom decidido luego de haberse perdonado a sí mismo, convencido y noble; no estaba en sus planes dar marcha atrás, no podía perder a Bill. Daría todo de sí, si así fuera necesario, aunque su deseo pareciera egoísta.

Lo hacía por ambos, ya habían sufrido demasiado. Y Tom, confiado en que Bill aún lo amaba, haría todo lo que estuviera en sus manos para cambiar por fin sus rumbos, para estar en paz de una vez por todas.

—No voy a dejarte ir. Hemos pasado por mucho, y no voy a permitir que terminemos así. Voy a demostrarte que ha valido la pena todo el sufrimiento. —Un golpe de recuerdos diversos atenazó a Bill. Hizo memoria de lo que tiempo atrás le pidió al hombre que ahora tenía a su frente, con lágrimas en los ojos y placer de querer cumplir lo que ofrecía a manos llenas—. Hemos comprendido tantas cosas debido a ello, y una de las cosas que he aprendido es que debo aferrarme a ti, hacer lo que antes no hice. No permitamos que el pasado y los actos impulsivos nos vuelvan a separar.

Bill se hundió en su razonamiento. Los engranajes de su cerebro procesaron cada palabra, cada frase y pronto, guardando una ascendente necesidad, enlazaba cada fonema con las emociones que transmitía Tom.

Meditaba sin prisas, con sus pupilas dilatadas penetrando los orbes contrarios, en búsqueda de su reflejo.

Se vio a sí mismo en los ojos de Tom y se dejó vencer por un estremecimiento que demandó su extensión.

En aquella mirada atrofiada por el sufrimiento estaba él, se contemplaba, vacío, titubeante y más hundido de lo que antes estuvo. El simple pensamiento de dejar a Tom y tomar un rumbo diferente, golpeó su furia, alebrestando la marea que había en el núcleo, difusa y ennegrecida.

Lo que Tom le musitaba era mil veces mejor de lo que pudo esperar de él. Pero tenía miedo de volver a vaciar su confianza, exponer sus ilusiones para luego, por infortunada suerte, caer y herirse. Ya había pasado antes y todo salió mal, ¿cómo podría estar seguro de que Tom cumpliría al pie de la letra cada una de sus palabras?

Únicamente podría verlo con sus propios ojos si se reconciliaba con él, si cambiaban de página juntos.

Aprender de los errores había sido, sin dudar, el aspecto más relevante que Bill pudo tomar como fruto. De eso no existía queja. Y así como aprendió mucho, Tom también logró hacer lo mismo, no de la manera más amena, pero reconocía abiertamente sus actos y exponía su sentir sin vergüenza ni miedo a darlo todo.

Tom estaba verdaderamente dispuesto, acto que Bill por mucho tiempo anheló con todas sus fuerzas. Ahora lo tenía en la palma de sus manos y estaba a una delgada línea de poner punto final y comenzar de nuevo, o arriesgarse y poner punto y aparte.

—Perdóname —pidió Tom, sujetándole el rostro con ambas manos y mirándolo de cerca. El llanto de Bill, como horas atrás, se fundió con el suyo y correspondió a su mirada —. Dame una oportunidad, sólo una, para demostrarte que todo ha valido la pena.

Se cuestionó mentalmente si iba a valer la pena, si las cosas cambiarían, se preguntaba cómo serían.

¿Estaría bien confiar en Tom? Comenzó a llorar con más fuerzas, mirando a Tom, sintiendo sus tibias manos en su piel.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. —Se tornó rígido al escucharle, sin dejar de verlo, sin entornar los ojos. En el fondo una energía lo mantenía detenido ahí, a la escucha de Tom, al análisis de sus palabras—. Estuve anhelando a alguien como tú. —Le examinó lentamente, maravillado por su belleza.

Bill le vio enamorado, y suspiró de inmediato, como si se tratara de un flechazo que irrumpió indócil hasta atravesar su alma con devastadora fuerza, un sentimiento feroz que encendió todo su organismo y le hizo quedarse inmóvil. Su corazón se aceleró al sentirse nervioso, un calor nació en su estómago y subió hasta su rostro. Se encogió de hombros y entreabrió la boca, envuelto en una atmósfera más íntima, romántica. Esa reacción le hizo saber que con una mirada era suficiente para creer en lo que escuchaba.

Creía en Tom. Al ver sus ojos y sentir su tacto se sentía protegido. No recordó el pasado en esos momentos, sencillamente miró a Tom, indescifrable, y volvió a suspirar silenciosamente.

—Lamento haberte dañado, trabajaré duro para que vuelvas a confiar en mí, para que estemos juntos. — Le dijo, depositando un necesitado beso en su mejilla, y sin separarse del todo, respiró ruidosamente contra su piel, conteniendo las ganas de bajar un poco más y besarlo en los labios.

Bill se impulsó hacia adelante, y tocó el pecho de Tom con las manos extendidas. Arrugó la prenda de ropa al asirse de ella y parpadeó.

Confiaba en Tom. Sentía que podía creer en él, así como también lo aceptaba tal y como era, comprendiendo sus actos y viendo de ellos un cambio, un fruto. Bill no había sido el único que había sufrido, eso lo tuvo claro en esos instantes tras enlazar su mirada con él.

No hizo falta decírselo, lo sentía. Lo había perdonado. Se sintió estable entre sus brazos, libre y conmovido esta vez al volver a escucharlo hablar:

—Te amo con todas mis fuerzas, permíteme hacerte feliz, hacerte ver que podemos estar juntos por fin y formar una familia.

Ahora esa confesión cobraba sentido luego de pisotear el rencor y la rabia. Luego de perdonar a Tom, sus palabras las sentía reales; los sentimientos que se acumularon, fuertes y negativos, lo habían cegado.

La liberación aclaró el panorama, la esperanza renació y fue capaz de sentirlo a profundidad. Se sentía feliz. Logró sentirse feliz, por fin.

Era amor mutuo, y así como Tom se aferró a él, Bill también lo haría. Ya no sufriría, no deseaba perder lo que había conseguido. Dos años eran suficientes, necesitaba tranquilidad y si Tom esta vez se la ofrecía, la tomaría, porque aún lo amaba y porque gracias a sus errores ahora se había convertido en el Bill de ahora, más fuerte que nunca.

—Ha valido realmente la pena. —Bill aseguró, susurrándole contra los labios. Los ojos de Tom se abrieron, con el entusiasmo avecinándose. Bill cerró sus párpados, respiró hondo y dejó ir la pesadez para permitir que la conmoción de su realidad se asentara con precisión en todo su ser, transformándola en goce, en tranquilidad. Abrió sus orbes pausadamente, alzando su manto de pestañas rizadas y largas cuando estuvo listo. Sus ojos brillaron de afecto, soñadores y vivos, cálidos como antes, reales y magnánimos —. Yo también te amo.

Vencido al aliento dulzón, Tom se apegó más a él y movió tenuemente su cabeza, excitado al haber inhalado el característico perfume que Bill desprendía. El enloquecedor aroma entró a sus fosas nasales y su organismo consumió el efecto, deseoso de más. Había añorado tanto su perfume que le dotó de éxtasis.

Bill se mordió la comisura de su labio inferior, trazando una ligera sonrisa al darse cuenta de que con o sin su aroma, Tom le quería. Lo quería a él, a su persona, aunque su esencia formara parte de su conformación. Tom lo amaba, tanto como Bill lo amaba a él.

Ambos se miraron, cómplices. Tom bajó sus brazos para envolver la cintura de Bill y lo apegó a su cuerpo, inclinándose lo suficiente para buscarle los labios. Al tenerlos a un centímetro de los suyos, abrió la boca y apresó la de Bill.

Con lentitud, Bill abrió su boca, ensimismado en el magnetismo que los unía y en su pulso acelerado, consiguiendo que sus labios encajaran con los contrarios, entre jadeos y miradas rutilantes, deseosas. Tom capturó su carnoso labio inferior y por consecuente, fue correspondido al compás, lento y cuidadoso, tan suave que se estremeció, apretando aún más sus manos en la cintura que envolvía.

Luego de probar su sabor superficialmente, se separaron para verse. Había pasión en sus ojos, deleite y complicidad. Durante el proceso, Bill pasó los brazos alrededor de su cuello y se alzó, levantando sus talones, colisionando de nueva cuenta su boca con la de Tom. Se besaron al mismo tiempo, encajando a la perfección, con la misma intensidad, el deseo emergiendo como ya conocían, sublime y mágico.

Bill gimió al sentir la punta de la lengua lamer el intermedio de su boca, pidiendo permiso para adentrarla. La abrió, jadeante, ladeando su cabeza, entregándose a su tórrida boca, que hábil, conseguía danzar emocionalmente con la suya.

Tom gruñó, deshaciéndose en su boca ante su dulce sabor, tibia y adictiva como la miel, disfrutando su tersura. Había extrañado tanto sus labios y la cantidad de sentimientos que demostraba cada vez que le correspondía los besos.

Bill soltó un suspiro mezclado con agitación al sentir el apasionamiento, el calor que desprendía su cuerpo con cada roce, y sonrió durante el húmedo beso, entregándose por completo. Saboreó la saliva de Tom, ocasionando que gimiera y subiera las manos a su espalda, provocándole escalofríos al trazar caricias en sus omoplatos.

El perfume de Bill se intensificó y Tom, alterado, respiró con dificultad, erotizado en demasía, complacido por haber vuelto a percibir su esencia, y por tenerle entre sus brazos.

Ese era apenas el inicio, la inigualable prueba de sus promesas hechas realidad y el provecho de las oportunidades que pocas veces se dan.

Era su comienzo juntos, y ambos harían que cada segundo valiera la pena.

«Algo tuvo que valer la pena»

Continúa…

Gracias por la visita. Este es el final de la parte III de la obra, la próxima entrega vendrá con todo lo que queda, la parte IV. 

por Monnyca16

Escritora del fandom

Un comentario en «Híbrido 33»
  1. Que hermoso 😭😭
    Yo tmb sufrí junto a ellos… ya me estaba dando miedito de q Bill no haya querido volver a verlo, pero q bueno q Tom no haya desistido y se haya llevado el susto de sentir q Bill ya no lo amaba, era lo menos q se merecía.
    Graciaaaaaas, me encantó.

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