Administración: Y aquí comienza la última parte de este rescate. Disfruten la lectura.

«Híbrido» Parte IV (Monnyca16)
Capítulo 1
Dos tazas de café humeaban sobre la mesa de madera, colocadas meticulosamente sobre portavasos de cerámica color blanco. A su frente, con los brazos en jarras, Carlo lo contemplaba con detenimiento, interés tangible y una angustia tormentosa. Bill, en cambio, sostuvo su taza para darle un pequeño sorbo, disfrutando del portentoso sabor.
Abrió la puerta inmediatamente ésta fue tocada, pensando que era Gustav quien iba a visitarlo. Remembraba haber hablado con él en la madrugada, posterior a su charla con Tom. Quedaron en verse al día siguiente, temprano, la situación era, que en vez de Gustav, Carlo se le plantó de frente con una fisonomía que denotaba seriedad.
Estaba hambriento. Eran las seis de la mañana y aún traía puesto el pijama. Media hora atrás, Carlo le sorprendió con su llegada, y hasta el momento se encontraba sin articular palabra. Sabía lo que Carlo le diría, ya estaba enterado, por ello el día anterior pensaba seguirle los pasos para hablar con él y aclarar todo si así fuera necesario.
Únicamente tenía un día de haber vuelto y su vientre aún hormigueaba de fervor y nerviosismo. Su disposición con Tom quedó aclarada y ambos, luego de su ardorosa reconciliación, hablaron sobre lo que sucedería después. Bill decidió quedarse en su casa y propuso dejar que el vínculo brotara. No le parecía una buena idea, además de súbita, vivir con Tom y compartir dormitorio. No estaban acostumbrados a ello y los dos, en todo caso, necesitaban hacer méritos para iniciar una buena y duradera relación.
Tom tenía la libertad para pretenderlo y Bill se dejaría llevar como si de un noviazgo se tratara. Su antigua relación era compleja, atiborrada de momentos tristes, de estrés; si Tom se reunían o estaban juntos, únicamente era para tener relaciones sexuales y posteriormente volvían al mismo miserable sitio.
Bill anhelaba que esta ocasión fuera disímil, por ello, vivir con Tom no era una buena primera opción, porque estaba seguro de que harían el amor en apenas un descuido. Y quería hacerlo, sentirlo por completo, sin embargo, le parecía más atractivo crear una tensión sexual y aumentar el deseo.
Ayer por la noche, después de la angustiante reconciliación, sus besos fueron húmedos y apasionados, y tenía la certeza de que lo harían en ese instante, que su instinto sexual vencería, no obstante, Bill se separó a tiempo, mostrando así que no era momento para dejarse llevar. En el fondo temía a que todo fuese como antes y esta vez anhelaba cambiar la rutina e iniciar un cortejo desemejante y único para que fuera especial.
Aunque al principio se mostró rígido, Tom comprendió que necesitaba primero demostrarle que había valido la pena y lo haría, por tal motivo le dio su espacio y lo llevó a casa para que descansara, sin antes despedirse con un febril beso, empapado de añoranza y cariño.
Bill se estremeció al rememorar todo lo acontecido, aún creía que era una ilusión, una demasiado inmejorable. Se moría de ganas por ver a Tom, por saber cómo se comportarían de ahora en adelante. El nerviosismo lo consumía.
—No puedo callarlo un momento más —musitó el hombre más alto, aproximándose casi con imprudencia. Bill salió de su estupor, sin titubear, pero tampoco permitió que su espacio personal fuera invadido —. Estoy enamorado de ti desde que te conocí. Te amo, Bill.
La voz fue efusiva y sincera, llamando por completo la atención. Bill le sostuvo la mirada, se enfocó en su amigo y dejó la taza de café a un lado. Sabía que escucharía esa confesión, y pese a eso, permaneció callado, sin saber qué decir. No sabía cómo comenzar.
—Me lo he callado todo este tiempo, pensaba decírtelo cuando fuese el momento indicado, pero nunca lo fue. Sé que es repentino, que has sufrido y no he podido dejar de estar preocupado. Cuando te creímos muerto el mundo se me vino encima, tenía una enorme carga por no haberme confesado antes, y ayer que iba a hacerlo, él se apareció —complementó con urgencia, intentando llenar los momentos de silencio.
—Carlo. —Bill subió las manos, pidiéndole que se detuviera. Su amigo estaba mencionando a Tom y quería que él quedara fuera de todo eso —. No puedo corresponder como mereces. —Carlo entornó sus ojos y ladeó la cabeza, pasmado—. Yo sólo te veo como un amigo. Lo lamento.
—¿Y si me dejas demostrártelo? —Sugirió, acercándose más. Bill trató de alejarse, pero no pudo —. No puedes estar seguro de que me ves sólo como un amigo si no has probado verme como algo más.
—Sencillamente no puedo verte como algo más, aunque trate, yo no puedo porque…
—¿Es él, cierto? —Instó, cortándole la explicación.
—Oye…—susurró Bill, sintiendo una desagradable sensación en el estómago, un revoltijo repentino.
Carlo aumentó su volumen de voz y lo miraba amenazador, enfurecido. Desconocía a ese Carlo.
—Es Tom, ¿me equivoco? —Siguió, retomando el tema.
—No veo por qué sacarlo a colación. —Intentó dejar claro.
—¿No? ¿Por qué no, si es él quien te ha lavado el cerebro? Después de lo que te hizo sigues enamorado de él —reprochó, apretando las manos. Bill divisó sus puños y se encogió de hombros, inhalando ruidosamente—. Te ha hecho daño y aún así lo amas como si todas las lágrimas derramadas hubieran sido estúpidas.
—No puedes entenderlo, Carlo. Escucha…
—¡No! ¡Escucha tú, ese tipo va a volver a hacerte daño, todo el tiempo lo ha hecho. Simplemente te ha hablado al oído y has caído, como siempre. ¿Ya no recuerdas todo lo que te hizo? Incluso cuando te abandonó fui a hablar con él y dijo que para lo único que podías servirle era para tener sexo. —Los ojos se Bill se entrecerraron; estaba ofuscado —. A él ni siquiera le interesó el haberte abandonado, es un egoísta y tú caíste de nuevo. ¿Qué tiene él que no tenga yo? Puedo demostrarte que soy mejor que él.
Sus labios se entreabrieron, apenas sopesando todo lo que le recriminaba Carlo. Estaba impacientándose; Carlo era tozudo e insistente, irritante a sus ojos. Estaba abierto a escuchar cualquier cosa, sin embargo, lo que Carlo hacía en esos momentos era atacarlo y no iba a permitírselo. No iba a hacer lo que Carlo quisiera, ya había tomado una decisión y estaba feliz con eso. Estaba realmente feliz por fin y no dejaría que nadie destruyera lo que había construido.
—No necesito que lo hagas, porque no siento nada romántico por ti. —Dejó claro, sin perder pista de su reacción. Su mirada era filosa tanto como la de Carlo, que no era capaz de tomar su respuesta y darse por vencido. Bill jamás le había dado alas para que se enamorara y no tenía por qué soportar sus quejas, que ya estaban excedidas.
—Bill, el amor nace, por eso, déjame intentarlo —insistió nuevamente—, lo que tú sientes por Tom no es amor. Dime, ¿te amenazó? ¿Te ha puesto una mano encima? Yo puedo arreglarlo, por eso no debes tener miedo a dejarlo.
—No tengo miedo de Tom —se sinceró, apretando sus manos cuando oyó lo que Carlo espetaba.
—¡Entonces estás vuelto loco! Te aseguro que va a abandonarte de nuevo, y entonces vas a entender por fin que estás actuando precipitadamente. —Engrosó la voz, amenazante. Bill estrechó los labios, y aisló su mano, que pretendió tocarle la cara.
—¡Él y yo ya hemos hablado, nos queremos. Tal vez no puedas, o las personas no puedan comprender nuestra relación, pero nos queremos y hemos aprendido mucho en todo este tiempo! ¡Y no,…no quiero hacer lo que los demás harían, quiero hacer lo que me haga feliz! Si me equivoco de nuevo, al menos quiero tener la sensación de haberlo intentado, y nadie va a quitarme esa satisfacción —espetó enfurecido, mirándole con desprecio —. Así que no necesito que me digas lo que tengo que hacer con mi vida. Con Tom o no, no puedo corresponderte porque no te veo como algo más, no siento algo romántico por ti y eso no va a cambiar.
—¿Cómo estás seguro de que no va a cambiar? —Interrumpió de inmediato —. Besémonos.
Las espesas pestañas se mecieron en un furioso parpadeo. Abrió sus ojos en grande y meneó su cabeza de izquierda a derecha. ¿Había escuchado mal?
—¿Besarnos? —Carlo asintió y lo acorraló, situándolo contra la encimera —. No quiero. No quiero que me beses ni tampoco quiero besarte —anunció, apartándose rápido de ahí. Carlo lo retuvo y lo hizo girar —. ¡He dicho que no quiero! ¡No siento nada por ti, así que detente, por favor!
—Bill…
—Vienes aquí a confesarte y me reprendes, me lanzas advertencias y reprochas mis acciones. Lo lamento, Carlo, pero no puedo corresponderte. No puedo ni quiero dejar de amar a Tom. Y nada ni nadie va a decirme qué es lo que debo hacer, yo sé cómo manejarlo, he aprendido a hacerlo. Lo lamento, pero soy feliz en estos momentos.
Carlo caminó lejos de él y respiró hondo, todavía sin querer aceptarlo. Las aletas de su nariz se dilataban con cada aspiración de oxígeno, y el aliento caliente evacuaba a grandes cantidades, estaba agitado.
Era competitivo y no aceptaba ser rechazado. Se sentía dañado. No pudo decirle nada más, prefirió retirarse de ahí lo antes posible. Anduvo hasta la puerta de salida y la abrió, enervado, encontrándose con Tom recargado justo en el marco, reflexivo.
Ambos se miraron fijamente; Tom amenazador y furibundo; y Carlo sorprendido y ansioso. Éste último abrió la boca para decir algo, pero de ella no salió nada, fue Tom el que tomó la palabra:
—No vuelvas a hablarle así.
Era una advertencia sólida, seguida de un movimiento perezoso de su parte para adentrarse a la casa de Bill. Se detuvo a un lado de su vasallo, mirándole desde su posición sin mover la cara, y continuó:
—Si tienes algún problema puedes buscarme, sabes dónde encontrarme. —Dio un paso, golpeándole el hombro.
Carlo cruzó el umbral y se alejó a pasos agigantados. Tom no miró hacia atrás; puso los ojos en Bill sin emoción aparente, sólo hasta después de unos segundos, cuando lo siguió con la mirada y lo vio cerrar la puerta.
—¿Te hizo daño? —Su cuestión mostró intranquilidad y Bill, al verlo, negó con la cabeza, dejando escapar una sonrisa nerviosa. Lo había extrañado mucho y únicamente estuvieron una noche separados. Era una completa locura.
Tom le devolvió la sonrisa, una tenue, alzó la bolsa que cargaba y la agitó un poco. Bill abrió sus ojos, curioso, y terminó acercándose. Olfateó un poco, sus fanales se achinaron, batiendo sus pestañas. Era el desayuno.
Simone se había lucido con un desayuno riquísimo que Tom quiso compartir con él, y estaba entusiasmado. Desayunarían juntos y ese dato hacía vibrar todo su ser, el nerviosismo carcomía todavía más su interior como ya sabía. Su corazón palpitaba veloz y sus manos temblaban. Escapó de la abisal mirada de Tom y dejó ir una sonrisa floja.
No sabía qué decir. Siempre solían discutir, o sus temas de conversación eran simplemente reproches y palabras insanas, ¿qué temas de conversación tendrían de ahora en adelante? No tenía idea alguna y ese hecho hacía ruido en su cabeza, dejándole fuera de órbita.
Era su primera vez conviviendo con él y lo que menos quería era estropearlo, pero entonces, ¿por qué seguía tan nervioso? Se preguntaba si Tom estaba igual de nervioso, si detrás de esa faz estoica existía un revoltijo de inseguridades.
Trazó un camino hasta el comedor y Tom lo siguió, abriendo la bolsa y sacando la fruta fresca que su madre había cortado y que acompañarían con tortillas dulces y avena.
Bill se giró y sirvió en otra taza el café que preparó con antelación. Se lo tendió a Tom, recargándose en una pequeña encimera que estaba junto a la mesa. Parpadeó repetidas veces, reprendiéndose. Se cuestionaba qué demonios hacía y por qué se alejaba de Tom siendo que desde ese día era libre de unirse a su espacio personal e incluso besarlo.
Avizoró a su alrededor, tratando de encontrar algo para hacer de ello un tema de conversación. Al final no halló nada y dirigió su encantadora mirada a su compañero.
—¿Qué tanto escuchaste? —Supo que era un pésimo comienzo, pero no pudo retractar lo mascullado. Tom alzó una ceja, inquisitivo y, vivaz, respondió:
—Todo.
—¿Estás molesto? —Quiso saber. Si había escuchado todo, lo más probable era que sí, su semblante reverberaba eso y mucho más.
Tom rascó su brazo y se acercó a paso seguro, cortando toda distancia entre sus cuerpos. Bill se alteró a toda prisa. Sabía que era necesario controlarse, solo era Tom ahí, viéndole fijamente. Simplemente eran ellos dos a solas a punto de desayunar.
Apoyó las manos en el filo de la encimera y se inclinó, dejando su rostro frente al de Bill.
—Si te hubiera besado, seguramente sí —concedió, mirando su boca. Bill igualmente se perdió en la suya, en sus labios delineados y llenos.
—¿Enojado conmigo o…?
—Él. —Evaluó desde su frente hasta su mentón, recordando cada trozo de piel —. En todo caso, confío en ti, así que confía en mí de la misma manera.
—Confío en ti, en nosotros —susurró, moviendo apenas los labios.
Sus miradas se rastrearon nuevamente y, al localizarse, Tom se acercó más, apreciándole totalmente el rostro recién amanecido. Acomodó una de sus rastas tras su oreja derecha y se quedó quieto al advertir que el más chico cerraba distancia y lo besaba en los labios.
Se trató de un toque suave, superficial y dulce. Al separarse, Tom ladeó su testa y confirmó:
—Te extrañé.
Una noche separados y lo había extrañado. Bill sonrió cual niño complacido y antes de volver a besarlo, también lo confesó, enardecido.
Al unir sus bocas de nueva cuenta, un estallido de deliciosas sensaciones sacudieron su menudo ser; Bill suspiró contra sus labios húmedos y no borró su inmensa sonrisa. Le dio un golpecillo al corpulento hombro y acarició la abundante barba con sus nudillos.
Tom venció su rostro al tacto y su respiración se entrecortó. Refrenó un gruñido y dominó sus manos, que buscaban tocar, apretar y recorrer cada zona de tersa tez. Aguantó las ganas de cargarlo hasta la superficie plana de la encimera y comerle la boca a besos.
La madera crujió bajo sus dedos al apretar demasiado fuerte. Bill no se dio cuenta.
—Entonces desayunemos —propuso Bill ya más relajado, tocando esta vez sus pectorales.
Tom desancló los dedos del filo de la madera y se retiró para irse a sentar, sin perderle pista. Le agradaba verlo feliz, mucho más si era el causante de esa radiante sonrisa.
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Coquetear se le daba naturalmente, Tom lo notaba a la perfección y lo constataba sin dudar. Las sonrisas ingenuas y la mirada chispeante y misteriosa que poseía eran rasgos que siempre tuvo el placer de contemplar.
Se embelesaba con cada risa, cada fino movimiento de sus manos al hablar, tratando de explicar una situación. La forma que utilizaba para desenvolverse y su físico llamaban mucho la atención. Le gustaba hablar con Bill, de cualquier cosa, sin importar que fuese sobre el verde de las hojas o de la mismísima lluvia.
Quería saber todo de Bill pese a ya conocer su pasado. Y terminaba asombrándose al notar que ni llevándose toda la vida terminaría de conocerlo. Bill era un chico que robaba el aliento, incluso antes de que su cabellera fuese azabache y que su cuerpo dejara de crecer.
Tom podía ver aún al joven de cabello rubio, valiente y suspicaz. Su carácter había sido un encanto que se compaginaba con su cara. Por lo general los híbridos solían temerle, en cambio, Bill siempre demostró lo contrario; le retaba y no importaba qué tan difícil fuera, siempre se salía con la suya.
Seguirle una conversación fue de alguna manera complicado. No estaba acostumbrado a hablar con nadie, sin embargo, fluía de cualquier forma. Conversaron acerca de la comida, del trabajo de Tom y sobre la escuela, además de asuntos triviales.
Bill planeaba regresar a estudiar en enero y Tom estaba de acuerdo, pero antes deseaban aprovechar los días saliendo juntos. Bill estaba muy ilusionado con el tema, le parecía un gran paso tener citas. Eso significaba avance, uno muy grande.
Por otro lado, no tocaron el tema sexual, no porque Tom no quisiera, sino porque no encontraba la manera de sacarlo a colación. No era su intención verse como un interesado en ese ámbito y muy en el fondo esperaba que todo se diera lento.
Era un atrabancado y sus deseos de estar sexualmente con él iban en aumento, sabía que eso iba a suceder por los buenos términos a los que llegaron, así como también estaba al tanto de que su lazo con Bill era más íntimo, por ende, su apetito sexual se hallaba desbordado.
En esos momentos le miraba, anonadado, siguiendo cada manía y persiguiendo el movimiento de sus pomposos labios, que le atraían irreversiblemente. No podía capturar todo ese panorama en una sola imagen; a veces prestaba más atención a sus manos y otra a sus ojos, descendiendo a sus altos pómulos hasta terminar prendado de la vistosa apariencia de sus labios, recordando el dulce gusto de sus besos.
Y Bill pareció darse cuenta pues, terminando de hablar sobre lo que le gustaría hacer esa tarde, conectó sus ojos a los suyos y guardó silencio, tal y como Tom hacía. Se sentía escrutado, su furioso arrebol lo evidenciaba. Sonrió y miró las frutas, pinchó cualquiera y siguió comiendo.
Tom sonrió de medio lado, sin que Bill pudiera verle. Sus mejillas color escarlata eran un espectáculo digno de admirar. Le fascinaba visualizar lo que provocaba en Bill, porque se daba cuenta que ambos removían vehementes sentimientos en el otro.
Tom siguió con su charla matutina y le propuso salir a recorrer la ciudad y a comer. El pelinegro estuvo de acuerdo, animado, imaginando cómo sería su primera cita con él. Aún le parecía increíble que realmente le estuviera cortejando.
Sin importar la rutina, Tom no acostumbraba a salir a comer a lugares conocidos. No le era interesante, y le parecía sin sentido, pero existía una excepción ese día y probablemente los siguientes.
No era un hombre que paseara a menudo públicamente o que fuera acompañado por alguien más, pero ahí estaba, con Bill a un lado, caminando lento por un sitio repleto de híbridos luego de haber comido en un sitio extremadamente costoso.
Se encontraban en unas calles cercanas al Edificio de los Soles, donde se exhibía mercancía recién traída de otro país. No eran vendidas en centros comerciales porque había un acuerdo; eran artefactos hechos a mano, decoraciones y ropa con un estilo muy noble, a medida para todos.
Rosbo había sido muy específico en pedir que sus productos fueran adquiridos de esa manera. Para ellos era importante que se apreciara la humildad de su mercancía y que fuera distribuida como en su país.
Aquello era nuevo para Muzetiv, así que los ciudadanos estaban ahí, cautivados por la forma de venta. Tom no hubiera ido hasta ahí con Bill si éste no fuera un chico curioso. Y no estaba en sus planes principalmente porque era mercancía de Rosbo y eso atraía muchos recuerdos.
Y sin embargo, Bill estaba absorto viendo la ropa exclusiva para el frío. No estaba incómodo como Tom creyó. Los híbridos a su alrededor murmuraban cosas, exclamando su sorpresa al verles juntos. Bill oyó las habladurías y no evitó sonreír internamente. Lo que las personas decían no era nada malo, más bien resultaban ser halagos acerca de lo bien que él y Tom se miraban como pareja. Hablaban de lo cuidadoso que estaba siendo Tom y de cómo lo veía, sublime y apasionado.
Bill se detuvo frente a lo que parecía ser una gruesa bufanda bordada color oscura con hilos de plata para observarla de cerca. Tom miró su perfil, su nariz enrojecida en la punta al igual que la barbilla. Bill iba vestido con un abrigo negro, unos pantalones ajustados con medias debajo, unas botas bajas y redondeadas, y un gorro que mantenía tibia su cabeza.
Hacía frío y de su boca salía hálito tibio cada vez que la entreabría. El gélido viento golpeaba su piel, proporcionándole un tono más claro y un color granate remarcado en sus pómulos. Sus labios seguían húmedos, pero de un rosáceo descolorido, que le tentaban.
—¿Quieres ver cómo se te ve? —Inquirió, descolgando la cálida prenda. Bill abrió la boca y trató de negarse. Tom en cambio, palpó la calinosa tela y el bordado en forma de surcos. Se acercó a Bill y se la ajustó al cuello cuidadosamente.
Ambos se miraron a los ojos, las pupilas de Tom dilatadas y las de Bill fijas en su reflejo. Le apenaba mucho cuando alguien tenía la intención de comprarle algo. Bill era alguien independiente y todo lo que tenía, se lo ganaba con el sudor de su frente.
Detectó un gesto de aprobación por parte de Tom y se encogió de hombros, soportando las pulsaciones de su corazón taladrar su pecho y garganta con más fuerza. Seguía impresionándole su reacción fisiológica con un simple gesto. Tom realmente le gustaba mucho y ahora que salían no era capaz de controlarlo.
Quiso soltar una carcajada cargada de goce, al fin de cuentas seguía siendo un adolescente enamorado.
Sin decir una palabra, Tom acomodó mejor la bufanda, rozando, sin poder controlarlo, su mano derecha con la quijada contraria. Bill entornó los ojos pausadamente, sin moverse, percibiendo cómo los dedos ya no tocaban su quijada, sino uno de sus pómulos para terminar en la punta de su nariz.
Estaba seguro de haberse puesto tan rojo como una manzana, pero dudaba que con el frío se notara. Tom retiró su mano y lo vio, escaneando todo lo que estuviera a su alcance.
—Luce bien en ti —pronunció firmemente antes de girarse hacia el encargado y pedir que cobraran su precio. Tom metió la mano en su chaqueta, sacando su cartera. Bill se interpuso, cogiendo el brazo de Tom, impidiendo cualquier otro movimiento —. ¿No te gusta?
Bill no contestó a eso. No hiló los mejores morfemas para negarse. Dudaba un tanto.
—Es un pequeño presente, así que…
No lo dejó terminar, Bill asintió, dibujando una sonrisa automática. Cambió de opinión rápidamente. Tenía que acostumbrarse a que le dieran esa clase de atenciones. Además sería el primer regalo que Tom le daba, eso lo conmovía.
No interesaba el costo, tampoco si era un accesorio, para Bill cualquier cosa que se diera con cariño era fascinante. No se percató de su mano sobre el brazo ajeno, y tampoco que ya caminaban juntos de esa manera.
Tom, por su lado, sintió cómo de repente la minúscula palma era retirada de su brazo y movió tenuemente su extremidad, con la mayor intención de rozar la contraria. Rotó su mano y buscó la de Bill, ágil, tomándola apenas suavemente. Estaba fría.
Bill batió sus pestañas, disfrutando del calorcito en su pecho y que nació, como una intensa corriente, de aquel tacto en su mano. Permitió que Tom acogiera su palma y afianzó el agarre, sin mirarlo.
Se habían agarrado las manos antes, pero seguía sintiéndose igual que la primera vez.
El paso aunque fue sencillo, le reconfortó en demasía, dejándole completamente con la guardia baja y sofocado.
Caminar de la mano mientras veían el paisaje, escuchando el característico soplido del viento combinado con los murmullos de la gente, les resultó apacible. Se sentían adaptados y con más confianza para hablar sobre cualquier cosa que estuvieran viendo.
Si bien era cierto que estuvieron bajo tensión cuando Bill hizo preguntas sobre Rosbo, Tom trató de aclararle las dudas, también sacando al tema el trato de comercio que ya tenían en marcha.
—¿Entonces querías que me quedara allá por su cultura? —Preguntó, dedicándole una mirada perspicaz y serena.
Tom apretó su mano, otorgándole más tibieza.
—Un romántico empedernido como tú viviendo allá,… sería ideal —articuló, deteniendo sus pasos al ver que Bill prestaba atención a un joyero, un cofre enorme de madera pulida y ornamentado elegante —. Eso pensé.
—¿Y si todo salía como lo habías planeado… —Se giró para clavar su cándida e interrogativa mirada—, realmente no pensabas buscarme?
—Seguramente visitaría ese lugar con el único objetivo de verte a lo lejos.
—Carlo. —Nombró, haciendo memoria de sus palabras anteriores—. Él dijo que aun cuando ninguno sabía sobre mí, tú mencionaste que no te interesaba, que para lo único que podía servirte alguien como yo era para tener sexo. ¿Es cierto?
Tom tensó su mandíbula. Bill había dejado de verle para no presionarlo.
—Es cierto.
—Ya veo —musitó sosegado, alejando su mano de la suya para tocar el cofre. Tom empuñó la mano al sentir la lejanía y frunció el entrecejo.
—¿Estás decepcionado?
—Sinceramente no. Era propio de ti decir algo así, sólo que escucharlo de Carlo me impresionó.
—Él en ese entonces fue a buscarme para preguntarme sobre ti, dijo que te quería. ¿Estás enterado de que te besó?
Bill se estremeció, mas no dio respuesta. Tom le vio avergonzado, y no le pareció agradable.
—Lo hizo hace tiempo, mientras dormías —comentó, restándole importancia, aunque la molestia era tangible en su gesto endurecido —. Está muy interesado en ti y está siendo demasiado insistente.
—Recuerdo cuando me dijeron que nunca te habían visto celoso. —Alzó su brazo y condujo su dedo índice y pulgar hacia el entrecejo fruncido. Acarició el surco, suprimiendo la marca de molestia, y finalizó—: No tienes por qué estarlo.
Y dicho eso, se alejó para visualizar otros objetos. Tom se acarició la barbilla, sintiéndose vulnerable, y lo siguió, volviendo a tomar su mano.
—Quiero llevarte a un sitio más solitario —demandó, susurrándole al oído.
Esperó una contestación y cuando recibió un asentimiento de cabeza, llevó a Bill consigo lo más apresurado posible. No quería que la noche cayera y el plan se arruinara.
Su camioneta ayudó demasiado a acotar el camino. Con Bill tomado de su mano, avanzó a pasos firmes por el suelo de tierra y piedras, con hojas verdosas y frescas, era la señal de que estaban cerca del frondoso árbol que tanto le gustaba apreciar.
Bill recogió una hoja del suelo para verla de cerca. Estaba resplandeciente e intacta pese al frío que concentraba el lugar. Se sentía demasiado helado, tanto, que se apegó al cuerpo de Tom para mantenerse caliente.
Durante el camino Tom le habló del escondite de la maleta con las fotografías de todos los animales, evidencia del primer híbrido y mención al experimento. Le prometió mostrarle todo luego, por ahora iba a enseñarle el lugar y el río donde jugaba cuando niño.
En cuclillas y tocando el agua con sus dedos para sentirla, Tom volteó hacia Bill. Éste yacía anonadado. El agua no estaba congelada, pero seguramente se sentía bastante helada a un grado insoportable. Era transparente, sin embargo, los rayos del sol la dejaban ver de tres tonos hermosos, degradados y refulgentes: verde, azul y anaranjado.
Era el atardecer que exclusivamente se apreciaba desde ese lugar y que alumbraba como si fuera un espectáculo nunca antes visto proveniente del cielo.
—¿Qué haces? —Interrogó repentinamente, al ver que Tom se sacaba el suéter —. ¡Está helando!
—Quiero entrar al agua, vamos —animó, ofreciendo su mano. Bill se aproximó y la tomó, no muy convencido.
—Voy a congelarme ahí —enunció, lamiendo sus labios.
Tom le sujetó la bufanda y se la quitó. Bill inmediatamente fue sacudido por una ola de viento.
—No lo harás —reconfortó. Bill, pese al frío, confió en él. Con parsimonia fue deshaciéndose de su abrigo, sintiendo un toque de calor cuando Tom se le acercó —. Te lo prometo.
Bill reclinó la cabeza, apreciando los habilidosos movimientos de Tom para desnudarse. Escudriñó los pectorales marcados y el abdomen fibroso ya al descubierto, los vellos púbicos de la línea de su ombligo, y siguió el tentador uso de sus manos al tomar la parte superior del bóxer. Tom lo bajó y dejó expuesta su hombría, descansando sobre el escaso manto de vello y los testículos, que lucían llenos. Bill detectó su prominente pene que aún no lucía totalmente erecto y apartó sus ojos para mirarlo a la cara.
Sus miradas se conectaron.
Bill se agachó para quitarse los zapatos, se irguió y lo atrajo con su brazo. Agarró una liga de buen grosor y sostuvo la cabeza de Tom con ambas palmas. Viéndolo a los ojos, le ató el cabello, formando una pequeña esfera. No sería bueno si se mojaban el cabello.
Tom se dejó hacer y se adelantó a la orilla para introducirse primero; era necesario calentar el agua con su temperatura corporal. Aprovechando que no podía verlo, Bill amarró sus rastas en una coleta alta y terminó de bajarse la ropa interior, quedando completamente desnudo.
Sus pezones estaban erguidos y enrojecidos. Estaba avergonzado incluso si Tom ya conocía cada centímetro de su cuerpo. Se acercó rápido al río, dando trompicones debido a las bajas temperaturas, y metió un pie, sintiendo cálida el agua. Tiritando de frío, se sentó en la orilla, que era de piedra e hizo bailar los pies en el agua cristalina. Tom apareció segundos después, sacó sus brazos y Bill se deslizó hacia abajo un poco, dejando que Tom envolviera su cintura. Momentáneamente cayó al agua.
El agua le llegó hasta el cuello, tibia y deliciosa. Su pechó se pegó al de Tom y sintió aún más ardentía; él parecía hervir.
—Está demasiado profundo —dijo, manteniendo su fría nariz apegada a la contraria —. No vayas a soltarme —exhortó, abrazándolo por el cuello. No estaba acostumbrado a nadar en ese tipo de lugares, mucho menos en pleno invierno y absolutamente desnudo.
Tom movió sus piernas, tales aletas, tocando el suelo con las puntas de los pies. Bill en cambio se aferraba a su cadera con una pierna, escandalizado. Miró hacia el cielo, deleitándose con el atardecer. Divisó también el agua a su alrededor, que lo envolvía. Era absolutamente preciosa, como si estuviera teñida de los mismos colores del atardecer.
—¿Te gusta?
Bill asintió, depositando lentas caricias en su nuca. Sus manos seguían entrelazadas en el acerado cuello para mantenerse flotante. La brisa resultaba fresca en sus hombros, por lo que cada vez que se hundía más en el agua, parecía ser cobijado. Le encantó esa sensación.
—Nunca se me hubiera ocurrido que en mi primera cita estaría desnudo dentro de un río en pleno invierno —comentó Bill, comenzando una charla. Le miró a los ojos y continuó—: ¿Quién lo diría? —Tom sonrió de lado. Los orbes del más chico brillaron, maravillados—. Sonríe más a menudo —imploró, acariciando su labio inferior con el dedo pulgar—, me encanta tu sonrisa. —Tom ensanchó la curvatura de su boca ante esas palabras, seductor—. Justo así.
Tom entreabrió su boca, esta vez serio, y besó la yema de su dedo, repasando la lengua al final, en un jugueteo. Bill se rió, complacido a la vez que coqueto, y apretó sus hombros. Le había dado cosquillas.
Tom amenazó con hacerlo nadar por sí solo, y Bill se aferró más a su cuerpo, anclando esta vez ambas piernas alrededor de su pelvis. El impulso los obligó a girar juntos. Bill enterró su nariz en su mejilla y estalló en una dulce risa apenas Tom paseó sus dedos por su columna, consiguiendo que se retorciera.
Tocó sus rodillas y la risa de Bill fue más audible. Era sensible ahí. Trazó caricias en sus glúteos y Bill rebuscó el resplandor sugerente de sus ojos, excitado. Abrazó su cuello con más insistencia y ambos, impulsándose al mismo tiempo, hicieron embonar sus bocas en un profundo beso húmedo, un beso que demostró la ansiedad que tenían por llegar hasta ese punto.
Su saliva resultó ser tan tibia como el agua que abrigaba su cuerpo, y la lengua tan demandante que consiguió sacarle un gemido agudo. Ladeó su cabeza, recorriendo cada rincón de su boca, con la barba frotándose y provocando un cosquilleo satisfactorio, que avivó la ardiente sensación en su vientre y que terminó de endurecer el falo de Tom.
Sonrió durante el beso, recordando con los ojos cerrados el paisaje a su alrededor. Sintió su cuerpo flotar y una tranquilidad instalarse en su pecho.
¿Así se sentía amar y ser correspondido? Comenzaba a ser adicto a esa sensación.
Continúa…
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