N/A: Este cap no es muy largo, pero contiene aspectos que creo convenientes. No iremos demasiado rápido, no es el momento y creo que el cap será explicativo de alguna manera.

«Híbrido» Parte IV (Monnyca16)

Capítulo 2

Vibrantes y acaramelados jadeos se escucharon perfectamente en el pacífico lugar. Ya no se advertía la gélida ventisca pasajera, así como tampoco las ramas secas de los árboles removerse. El agua refractaba los colores del cielo y su cuerpo permanecía impávido, meciéndose al ritmo del contrario y del agua densa, calmada y exquisita.

Sus mejillas se calentaron aún más, excesivamente, tiñéndose de un rojizo más vivo. Su nariz fue por el mismo camino. La cercanía de sus rostros empañó la visión de ambos, y el tibio vaho que exhalaban hacía una deliciosa fusión con el manto helado de sus caras, las únicas que yacían fuera de la hidratación, expuestas.

Sus frentes se unieron y sus narices se rozaron como preámbulo a otro largo beso húmedo. Sus lenguas lamieron acompasadas cada rincón de sus bocas, y sus labios oprimieron los ajenos, queriendo adueñarse por completo. Bill gimió con dulzura, masajeando la nuca de Tom, quien esta vez mantenía preso su labio superior.

Tom abrió sus ojos, fulgentes y acentuados, hallándose con los contrarios, los cuales estaban semi despiertos, tan hechizantes como diáfanos. Posesivo de su ser, apretó sus glúteos, amasando la tersa carne y gruñó, excitado, apegando el firme y blanquecino cuerpo al suyo.

Bill sintió la endurecida carne pinchar con la punta su vientre y friccionarse después, ayudada por las oscilaciones de ambos. Percibió la sedosa piel, que ardorosa, se hizo notar tras varios movimientos involuntarios. Tragó un gemido, ahogándose en su propia pretensión.

Fue él quien se apegó un poco más, presionando la palpitante entrepierna de Tom con su vientre. Los vellos púbicos, la caliente y manejable piel que envolvía sus testículos y la longitud carnosa y erguida que conformaba el miembro viril de Tom, quedaron ahí, asfixiados entre ambos cuerpos, aprisionados en su totalidad.

Sofocado, Bill abandonó su boca, propiciando un licencioso sonido húmedo. Respiró con ayuda del resquicio de la suya y lo miró a los ojos. Ligeramente parpadeó, codicioso, y cerró su boca por completo, amenazando con morderse los labios. Dejó escapar un suspiro de deleite y aspiró por la nariz, apenas llenando sus pulmones.

Tom por su parte permaneció con los labios empapados y la mirada brillante y obscena. Su ceño estaba brevemente fruncido. Su vista abarcaba el gesto a su frente, remarcando las enormes ganas que tenía de copular.

El problema era que parecía no ser el momento para hacerlo. Estaba seguro de que sería demasiado incómodo para Bill tener sexo en la primera cita.

—¿Quieres salir del agua? —Bill meneó su cabeza de izquierda a derecha con parsimonia.

—¿Tú quieres salir?

—No.

Una cálida sonrisa de satisfacción se dibujó en la boca de Bill. Se sentía admirado por otros ojos, haciendo que su arrebol tardara en desaparecer. Visualizó el ancho cuello, su esternón y clavículas, luego buscó sus ojos, deslizando la yema de su dedo índice y pulgar por su nuca.

Había deseado tanto tener a Tom de esa manera y acariciarlo sin miedo a que al día siguiente otro toque se volviera casi imposible de volver a efectuarse. Y justo en esos momentos se sentía confiado porque eso no sucedería.

Tom no lo alejaría. Tom lo amaba y se lo demostraba con cada ojeo, cada toque y palabra.

—Tom —nombró dubitativo, esperanzado —, ¿qué es lo que te gusta de mí? —Interrogó, buscando hundirse en los sentimientos de Tom.

El aludido ladeó su cabeza, mirando todo su rostro, cuando hubo captado todo, fijó sus orbes en los suyos. Sabía que para Bill era sumamente importante mantener claros los pensamientos, sentimientos, y deseos de ambos. Y aunque pareciera superficialmente un capricho, estaba seguro de que no lo era; demasiado tiempo hiriéndole a base de mentiras y descripciones desdeñosas lo había privado de escuchar halagos y palabras dulces, románticas, como Bill tanto anhelaba oír.

—Tu forma de ser —respondió con voz gruesa y profunda, hablando lento —, no importa si algo o alguien trata de impedirte cualquier cosa, tú dices lo que piensas y no te dejas vencer. Tu carácter… —Los entusiasmados orbes de Bill divisaron los labios ajenos moverse. Lo que decía Tom eran aspectos de personalidad, y que los nombrara al principio le hizo sentir emotivo. Sabía que el físico de una persona era lo primero que se notaba, pero ahí estaba Tom, hablando sobre su forma de ser —. Y tus ojos, de mirada noble y soñadora…

Cada detalle iba acompañado de un escaneo profundo que desnudaba en ese mismo instante.

Bill le sonrió y, respirando agitado, le confesó que le gustaba mucho su nariz, posteriormente ambos se rieron e inmediatamente Bill se acercó a su boca.

—Y tus besos —complementó, repartiendo castos besos en su boca y su mentón. Entreabrió sus carnosos labios, mordiendo su mejilla cariñosamente con ellos—. Tu calor… —jadeó cuando Tom gruñó y respiró furiosamente por la nariz, sofocado—. Me haces sentir protegido.

Se sostuvo con más fuerza de Tom y sus piernas pronto se vieron atendidas por vehementes caricias. Se sentía escrutado al mismo tiempo que un par de manos sujetaban las mejillas de su trasero y lo apretaban, depositando un contacto lento y caluroso.

La respiración que golpeaba su boca y nariz se sintió más turbia; la quijada de Tom se apretó, los músculos de sus brazos crecieron y las venas los remarcaron.

—Me excitas tanto —acusó con voz lóbrega y desesperada, apretando el trasero que aún llenaba sus manos. Separó las cachas, dejando expuesto el intermedio, donde los pliegues de una tierna entrada ya latían como un corazón desbocado.

La entrada se comprimía, ansiosa, completamente cerrada debido a la presión de su esfínter tras fantasear ya con el tumefacto pene abriéndose caminos en sus entrañas. Ladeó su cabeza, vencido ante la sensación de su ano absolutamente al contacto con el agua.

Sacudió las caderas al ritmo que Tom utilizaba para pasear su dedo índice y corazón por la unión de los hemisferios traseros hasta vacilar con tocar la palpitante superficie de su agujero.

Entonces se detuvo. Bill le impidió seguir con ayuda de un susurro y una mirada seria, y respetó su decisión. Sus ojos rebuscaron emociones en los contrarios y pese a que ninguno justificó, al menos, esa abrupta negación, Tom sintió que era lo mejor.

Hacer el amor en el río era una maravillosa fantasía, pero no podía poner la sexualidad como primer lugar en su relación. Sabía que Bill no quería caer en lo mismo y por otro lado estaba otro pensamiento: el embarazo.

Tom no planeaba volver a poner el anticonceptivo, únicamente si Bill se lo pedía, por tanto, sostener relaciones sexuales sin cuidarle era su objetivo. Cuando copularan, Tom no impediría una natural y efectiva concepción. Y, si hacían el amor en ese momento, había mucha probabilidad de que saliera preñado, entonces el cortejo se acabaría y nuevas responsabilidades se avecinarían.

Tom no quería eso. Él deseaba que Bill conviviera más, que su relación fuera más real y que su madre le explicara a Bill sobre la gestación. Aún guardaba miedo de ponerlo en peligro si lo dejaba embarazado.

Respirando con efusividad, Bill le besó el pómulo derecho y lo estrechó entre sus brazos. Tom lo oyó suspirar, pensante, subiendo las manos que masajeaban sus glúteos. Las situó en su cintura y lo abrazó también.

—Está bien que vayamos lento —musitó Tom en su oído, reconfortándole. Nadie dijo que estaba mal, sin embargo, quiso aclararlo. Bill sonrió, envuelto en su timidez, y asintió.

&

Dos edredones cubrían desde su cuello a sus pies, regalándole placidez, un calor semejante al agua del río y la piel de Tom, como los días anteriores. Estiró los brazos y las piernas, gimiendo de gusto. Su vientre era sacudido por constantes hormigueos, ocasionando que su boca se surcara en una asombrosa sonrisa matutina.

Juntó sus piernas, friccionándolas de vez en vez. Recordaba lo sucedido días antes en medio del atardecer con Tom, y su cuerpo vibraba de placer. Aún sentía sus manos acariciar y apretar sus glúteos. Recordaba sus besos, su risa, sus jugueteos y su charla amena.

Ya podía sostener pláticas con Tom y eso lo hacía realmente dichoso. Llevaban cuatro días saliendo y aún le parecía impresionante que sus salidas fueran espontáneas al igual que cada gesto. Sus charlas eran naturales,

misteriosas, de vez en cuando graciosas mientras que otras podían ser bastante serias.

Sus besos eran adictivos y sus cuerpos se buscaban, rozándose, sin embargo, no llegaban a tocar sus sexos ni culminar con el coito. Tom controlaba a su manera sus impulsos sexuales, canalizándolos con otras acciones. Y Bill se sentía complacido.

Estaba siendo deseado de muchas maneras y aquello alimentaba sus sentimientos, porque se sentía de la misma forma. Cada día que pasaba, su amor incrementaba; Tom actuaba seductor, inteligente, amable e incluso celoso. Le sorprendió conocerlo en esas facetas, porque le gustaba cada vez más.

Sonrió una vez más, haciendo tronar la rigidez de sus huesos. Suspiró, aliviado y se volvió sobre la cama, sentándose como flor de loto, advirtiendo un calambre atenazarle el vientre y con ello, su entrepierna.

Apartó la cobija y su calidez, viendo su pijama manchado de sangre. Suspiró, levantándose de la cama y yendo al cuarto de baño. Buscó sus protectores, unas toallas de algodón delgadas que ayudaban a absorber la sangre expulsada debido a la menstruación.

Rebuscó entre la cajonera de su cuarto de baño, sin encontrar nada. Dubitativo, sacó una compresa y, con parsimonia, se metió a la regadera. Inmediatamente se duchó y vistió, situando encima de su ropa interior la compresa limpia bien acomodada. Terminó de cambiarse y salió directo a la cocina.

Escuchó la puerta de su casa resonar y supo de quién se trataba. Tom últimamente iba por él desde las siete de la mañana, -aunque en ese momento ya eran las diez-, llevaba comida y desayunaban juntos, o bien, preparaban algo y después lo comían. Tom parecía no tener ningún inconveniente en irlo a ver temprano; quería verle y estar con él, y no había nada más poderoso que ese deseo.

Su trabajo en el Edificio de los Soles era el mismo, más tranquilo por haber culminado con la categorización. En cambio, Bill no iba a trabajar, arreglaba el asunto de la escuela para incluirse al otro ciclo escolar.

Sonrió inmediatamente, entusiasmado y caminó hasta la entrada, encontrándose con Tom, como ya veía venir. Apenas al contemplarlo, se peinó un poco las rastas y se alejó, dejándole espacio para que se adentrara.

Ya acostumbrado a recibirlo con un beso en los labios, se lo dio, regalándole una cálida sonrisa. Tom correspondió, examinándole con atención, percibiendo un aroma ferroso.

—¿Estás herido…? —Interrogó, olfateando más intensificado el aroma de la sangre sin disimulo. Su entrecejo se arrugó.

Bill abrió desmesuradamente los párpados y, apenado, movió la cabeza de izquierda a derecha.

—Me ha llegado el periodo —dijo simple, tratando de borrar la timidez. Le vio tensar la mandíbula y asentir, apenas cavilando.

—¿Te acaba de llegar, o anoche…? —Prosiguió, ladeando la cabeza. Bill se sonrojó; se sentía observado, desnudo y el fluido de su entrepierna no le permitía concentrarse.

Únicamente había hablado de su menstruación con Gustav y su abuela. Y hablarlo con Tom resultaba… Extraño. En híbridos intersexuales como él era normal, y hablar del tema con Tom, su pareja, también tenía que ser normal de alguna manera.

Había tenido actividad sexual con Tom antes, así que la intimidad era un factor importante para Bill. Si iba a quedarse con Tom, su deseo era que se dijeran todo, para así formar un vínculo más sólido.

—Me acaba de llegar —contestó, tensando los muslos un tanto —, sólo que no tengo protectores. Tom no dijo nada, sus miradas se mantuvieron conectadas.

—¿Entonces no traes nada puesto? —Divisó su entrepierna desde su posición, intentando ver más allá de la tela aunque no pudo detectar nada.

—Tengo una compresa, iba a comprar. Puedes quedarte aquí si quieres —propuso, a lo que Tom negó con la cabeza ágilmente.

Bill parpadeó, confuso.

—Tú quédate aquí, hace frío. Yo iré a comprarlas. —Y seguido de aquello sujetó a Bill de los hombros y lo encaminó a su cama, cubriéndole para que se mantuviera caliente.

Convivir con una mujer había sembrado en Tom una sobreprotección para con la menstruación. Algo sabía de posibles calambres, de cólicos intensos en el vientre y de una alteración desmedida de hormonas. No quería que Bill saliera de casa con gélido viento de invierno.

—Yo puedo hacerlo —decía Bill—, bueno, si quieres me acompañas —insistió, a lo que Tom se negó.

—Mantente caliente, en unos minutos vuelvo.

Poco resignado, Bill le retuvo, agarrándole la mano.

—Tom. —Éste se giró—. ¿No vas a preguntarme de cuáles uso?

—¿Hay diferentes tipos? —Preguntó sorprendido. Bill se ruborizó, conteniendo una risa acometida, y asintió.

—Hay de todo un poco.

No muy convencido, abrió la boca:

—¿De cuáles usas tú?

—Masculinas.

—¿Sólo así?

—Las Mascum empaque negro, son las medianas, de flujo moderado.

—¿Y si no hay de esas, cuáles traigo?

—Pues de cualquiera, únicamente que sean masculinas.

Tom asintió y antes de retirarse, le pidió que esperara un poco, que en un momento llegaba. Bill le vio confiado y sereno, cerró sus ojos y trató de descansar de nueva cuenta, relajado y conmovido.

El invierno no le provocaba si quiera un estremecimiento. Su cuerpo parecía una máquina de rígidas partes sobrecalentadas. Ya estaba acostumbrado, lo que parecía ser nuevo era estar dirigiéndose a una tienda con abundante mercancía que Rosbo hacía y consumía.

Condujo con prisa y aparcó en el único lugar vacío del estacionamiento. Caminó a pasos calculadores hasta el departamento de higiene y anduvo por varios pasillos hasta encontrar el indicado.

Dicho sitio estaba rodeado de algunas mujeres jóvenes y maduras que tardaban en elegir la caja de protectores que adquiriría. Tom pasó tras ellas, visualizando los colores de los empaques.

«Negro»

Al ver por fin el color indicado, comenzó su búsqueda.

«Mascum»

Leyó en cada estante, terminando por ponerse en cuclillas y ver lo que había en el último. Al detectar que eran las que Bill compraba, observó curioso la caja y leyó sus componentes. Eligió las extra suaves y de flujo moderado.

Se preguntó entonces cuántos paquetes comprar.

Cogió cuatro, dos en cada mano, y se puso de pie. Volteó hacia las féminas que le observaban fijamente, interrogantes, y las pasó de largo. Caminó a cajas y al pagar en efectivo, le habló con una simple seña al encargado del área de servicio al cliente.

El sujeto se aproximó, e hizo una pequeña caravana.

—¿Le puedo servir en algo?

—Ve inmediatamente al área de protectores —alzó una bolsa de las toallas que había adquirido —, y sitúa los masculinos en un lugar donde puedan verse. Estos los he tomado de la parte inferior, ¿hay acaso preferencia con las mujeres?

—Por supuesto que no, señor. Ahora mismo las cambio de lugar.

—Gracias… —Tom leyó la placa que tenía impreso su nombre y corroboró al mirar a través de sus ojos como solía hacer —, Lucian.

El nombrado agachó la cabeza y Tom pasó a su lado, oyendo que el trabajador se dirigía a pasos agigantados hacia el área para hacer lo que le había pedido.

El poco tiempo que utilizó para ir a hacer la compra fue el mismo que usó para regresar con Bill. No hizo falta tocar la puerta, así como tampoco avisar oralmente que estaba de vuelta; escuchaba el apacible respirar de Bill, y no quería despertarle.

Entró a su recámara y se dirigió a paso lento pero firme. Entonces le vio tendido sobre la cama, recostado de lado con un almohadón de terciopelo proporcionándole tibieza en el vientre.

Bill permanecía quieto, sumergido en sus sueños y Tom no deseaba despertarlo, más bien notó que necesitaba más calor; los quejidos que emitía en estado dormido le angustiaban.

Se situó a su lado y, abrazándole por la espalda tenuemente, se quedó dormido con él, con su barbilla y nariz sumergida en la abundante melena contraria.

&

La humedad en su entrepierna y sus devastadoras ganas de orinar le despertaron de su profundo sueño.

Movió sus caderas sin poder evitarlo, y apretó los muslos, conteniendo las ganas.

Abrió sus brillantes ojos y sonrió al hallar frente a él a Tom. Habían dormido juntos después de mucho tiempo de no hacerlo, sin embargo, su noble sonrisa se apagó cuando vio que sus entrepiernas estaban juntas, ambas manchadas.

Parpadeó repetidas veces y su rostro fue atacado por un furioso sonrojo.

Había manchado a Tom con su sangre. Su corazón latió desbocado, y al oírlo con su agudeza y percibir que la esencia de Bill mostraba notable preocupación, Tom abrió los ojos de golpe y se volvió sobre la cama.

Al contemplar sus ojos y mirar húmeda su envergadura, Tom le restó importancia, soltando un sonido indolente.

—¿Estás bien? ¿Te sigue doliendo? —Cuestionó rápidamente. Bill abrió más su boca.

—¡Te manché! —espetó, separándose de golpe. Sentía tanto pudor —. Lo siento —musitaba, tratando de coger las sábanas y hacerlas bola para que no fueran vistas, no obstante, ya era demasiado tarde.

—Bill —solicitó Tom, sosegado a la vez que conmovido —, sólo es sangre.

Lo era. Bill entornó más efusivamente los ojos y rehuyó de su mirada. Sintió que Tom se alzaba de la cama y miraba el reguero de líquido rojo. El olor no le molestaba, de cierta manera le pareció tentador. Tener a Bill menstruando era fascinante porque significaba un proceso importante para la reproducción.

Su cuerpo estaba únicamente cumpliendo un proceso, y eso significaba que, seguiría entrando en celo de forma natural. Era un alivio que tuviera el sangrado ya que se le había atrasado el periodo debido al desagradable manejo del celo anterior.

Bill se levantó de la cama, sintiéndose sucio. Se cubrió la ingle con ambas manos y, tímido y enrojecido, imploró:

—Gírate. —Tom alzó sus cejas y reprimió una tenue sonrisa de medio lado, triunfante. Ver a Bill de esa manera era sumamente adorable —. Por favor.

Entornando los párpados con parsimonia y capturando aquella imagen de Bill en su memoria, Tom obedeció, dándole la espalda. Escuchó los rápidos movimientos de Bill, quien había arrancado las sábanas, la almohada manchada y al mismo tiempo, buscado ropa para ir a ducharse.

Tom se llevó una mano a la boca, mordiendo uno de sus nudillos. Quiso voltear, pero se paralizó al oír la tierna voz de Bill, que le pedía que no le viera. Así permaneció por pocos minutos, cuando Bill puso una sábana limpia y llevó todo lo necesario para el cuarto de baño, incluyendo los protectores que Tom consiguió temprano.

—Ya puedes…—susurró, pero se detuvo al ver varias gotas de sangre en el suelo —. No, no, espera — rogó. Tom nuevamente acató, sabiendo que realmente Bill se sentía estresado por todo lo que estaba sucediendo. Escuchaba claramente la palpitación de su órgano bombeador, su respiración agitada y percibía su desesperación —. Ya puedes —dijo, y entonces Tom se giró, mostrando la gran mancha en su entrepierna. Bill alzó las cejas y su boca se abrió de golpe.

—No tengo ropa para ti —dejó claro. Tom lo sabía, pero prefirió observar a Bill, quien llevaba una toalla rodeando desde su cintura hasta sus tobillos, permitiéndose ver desde una abertura que una gota descendía de entre sus piernas, pero no dijo nada; se encargó de sacarse los pantalones y desnudarse en ese momento, quedando absolutamente desnudo pese al frío, pese a Bill temblando frente a él.

Bill se encogió de hombros y comprendió que estaba realmente exagerando. Tom estaba tranquilo, el incómodo era él y tenía que relajarse. Ya desnudo, Tom sujetó su bóxer y notó que únicamente se había traspasado un poco de sangre, nada grave.

—Vamos a ducharnos —sugirió Tom, viéndolo a los ojos.

—Pero…

Si se duchaban juntos Tom lo vería sangrando y no quería.

—Ya nos hemos visto desnudos —manifestó Tom, acercándose. Acoquinado, Bill quiso negarse.

—Estoy sangrando.

—¿Y qué? No me causa conflicto.

—Pero a mí sí —soltó suave.

—¿Cuál es el problema? —Decidió cuestionar. Sabía que era vergüenza, pero Bill no tenía que sentirse así.

—Es algo muy íntimo —justificó—, y me da mucha vergüenza, deberías sentirla.

—Lo sé, pero sólo somos tú y yo, y está bien. Somos una pareja después de todo —agregó—, y eso hacen las parejas —aseguró, tomando a Bill de la mano para llevarlo al baño.

Luego de algunos pasos forzados, el más chico se dejó hacer, de alguna manera Tom quería inmiscuirse en su vida y si Bill deseaba conocer la intimidad de Tom, necesitaba ceder. Eran una pareja, y por alguna razón no podía seguir sintiendo vergüenza de esa forma. Que se ducharan juntos en esa situación ayudaría a que la confianza creciera.

Y así fue. Bill respiró hondo y se desnudó, arrinconando la ropa sucia antes de meterse a la ducha. Tom lo esperaba bajo el chorro de agua e inmediatamente Bill entró, le hizo un espacio. Durante la ducha nadie dijo nada, Bill observaba de vez en vez su sangre combinarse con el agua y el jabón, pero al paso de los minutos dejó de importarle, prefirió darle la cara a Tom y enjabonarle el pecho.

—Eres un desvergonzado, ¿lo sabías? —Inquirió juguetón esta vez. Tom se apartó el cabello de la frente y enseñó los dientes en una sonrisa amplia.

—¿Estamos teniendo nuestra primera pelea? Bill miró hacia el techo, pensando un tanto.

—¿Estás molesto? —Siguió Tom, más curioso de lo que Bill imaginaba.

Bill fijó sus ojos en él esta vez, moviendo la cabeza de izquierda a derecha muy lentamente.

—Hoy estás de suerte —musitó Bill, tallándose el abdomen.

—Es mejor así, porque cuando te enojas es muy complicado tratar de serenarte. Bill sonrió.

—Y eso es suficiente para que no me hagas enfadar —canturreó.

—Aunque te ves sexy estando molesto —emitió un cumplido, volviéndose a meter al chorro de agua para apartarse los restos de jabón.

—¿Qué? ¡Sucio! —Le espetó Bill como respuesta, girándose en fingida indignación.

Si estuviera empecinado en ver más allá de sus jugueteos con Tom, se sentiría seguramente ridículo, sin embargo, cada vez que conversaba con él todo lucía apropiado y entretenido.

Tom acarició el contorno de su figura, y al llegar a su trasero, lo apachurró.

—Definitivamente eres un descarado —describió, alzando las caderas cuando Tom le apretó con más fuerzas —. Y sádico —mencionó eso último tras menear su trasero levemente para que lo soltara.

Tom se paralizó, mirando desde su posición el lujurioso movimiento que Bill llevaba a cabo.

—Si buscabas provocarme, ya lo conseguiste —anunció, haciendo que Bill se riera. Le ayudó a girarse y al estar frente a frente, Bill le peinó las pobladas cejas con las yemas de sus dedos.

—No buscaba eso.

—Mentiroso.

—O tal vez sí —finalizó—, voy a tallarte la espalda —propinó, alzando una ceja, pícaro. Tom cedió y sintió la suave esponja rozar su piel una y otra vez, amablemente.

—Bonito trasero —murmuró Bill, ganándose un bufido por parte del contrario, posteriormente le dio una pequeña nalgada.

El aludido giró medio cuerpo, interrogante.

—No tanto como el tuyo —sacó Tom, recibiendo un apretón en su nalga izquierda y una sonrisa traviesa—. Pervertido.

—No tanto como tú —dijo, abrazándole fuerte. Tom tocó sus esbeltas manos envolviendo su abdomen, y surcó sus labios en una sonrisa de lado, de plena satisfacción.

—Trata de no pegarme tus cursilerías —demandó Tom, volteando levemente su rostro para verle con el rabillo del ojo.

Bill encajó sus uñas en sus abdominales y depositó un puro beso en su omoplato derecho, ronroneando:

—Demasiado tarde.

Continúa…

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por Monnyca16

Escritora del fandom

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