«Híbrido» Parte IV (Monnyca16)

Capítulo 4

Las esbeltas extremidades de su mano derecha eran apretadas gratamente por su alterado y blando interior. Las yemas de sus dedos rozaban sus paredes como tanto le gustaba, y hundía los dígitos sin prisas, lo suficiente para dejarlo con la boca abierta, el cuello contraído, tieso, y enmudecido.

Su pecho subía y bajaba, y su vientre convulsionaba ante la exquisita sensación que atravesaba su miembro y que se desperdigaba hasta sus pies, haciendo énfasis en su trasero. No salía tocarse, de hecho. Sin embargo, ahora tenía ideas maquilando en su sesera y demandantes deseos que su cuerpo no era capaz de frenar.

Imaginaba que eran los dedos de Tom, como horas antes, cuando por fin iniciaron con las estimadas prácticas sexuales. Su excitación fue tanta, que su entrada palpitó y fue obligado a detener los constantes movimientos de sus dedos.

Los dejó dentro, manteniéndose boca arriba en la cama, con las piernas lo suficientemente abiertas y su mano hurgando en su esfínter. Se hallaba deseoso, vibrátil y sonrojado. Con la mano sobrante se acarició el pecho, las clavículas y más abajo, uno de sus erectos pezones.

Mantuvo separados los dedos índice y corazón y así, entre ellos, los deslizó, proporcionando al brote una atención especial y calurosa. Encerró la pequeña bolita rosada con el largo de los mismos y tironeó, inflando el pecho y conteniendo el aliento, que quedó atorado en su garganta por algunos segundos.

Al jadear, se llevó un dedo a los labios, lamió la punta y al empaparla la dirigió a su pezón magullado para trazar esta vez círculos en él, atrayendo imágenes indecorosas de Tom besándolo ahí.

Y así como acarició su pecho, volvió al movimiento de dos de sus dedos en su entrada, embistiendo atropelladamente esta vez. Se retorció, comenzando ya a gemir en volumen bajo. Eran melódicos fonemas de placer, que fueron estimulantes auditivos para llegar al orgasmo esa mañana en su cama, a solas y después de haberse despedido de Tom.

Se aferró a las sábanas, dejando sus nudillos blancos en medio de la oleada de placer. Sonrió, convulso, y cerró sus ojos, aún con la tierna sonrisa surcando su boca. Se cubrió con una sábana, olfateando el aroma de Tom. Percibía su calor rociado en ella, tan abrasador como único y adictivo. Se acostó de lado, débil debido al reciente orgasmo y mantuvo la tela bajo su nariz, ensanchando la sonrisa de satisfacción que afloraba de sus labios.

Entonces recordó lo sucedido minutos antes:

Se encontraba solo en la cama, adormilado, apenas escuchando a Tom vistiéndose. Se sentía extrañamente tibio y relajado, pero incluso así, entreabrió los ojos cuando Tom, inclinándose hacia él, le acarició las mejillas con las yemas de los dedos.

—Voy al trabajo —le anunció. Bill pestañeó, luchando por abrir los ojos, al final sin tener éxito —. Estaré allá un par de horas, ¿estarás bien?

Bill gimió adormilado, diciéndole que sí.

—¿En serio? —Insistió, apartando una rasta de su frente. Bill sostuvo su mano con ligereza y asintió, murmurando un sí.

Tom posicionó los brazos alrededor de su cabeza y se hundió en su boca, depositando un puro beso en sus labios. Percibió la suavidad, el calor y la fragilidad de su cuerpo, de su lívida piel.

Bill se estiró en la cama al mismo tiempo que correspondía el casto choque de labios, produciendo un sonido de degustación. Tom se separó un poco para contemplarlo. Admiró su indudable belleza, aún impresionado por ella. No había un adjetivo acertado para describirlo, era simplemente encantador.

Su cabellera lucía desparramada sobre la cama, mantenía los ojos cerrados, su boca entreabierta, exhibiendo una coqueta curvatura de labios rosas y húmedos. Fijó su interés en el lunar bajo su labio inferior, permitiéndose sacar su dispuesta lengua y pasear la punta diestramente por él.

Bill se removió, riéndose casi con pudor. Abrió pesarosamente los ojos y mostró el deslumbrante color que hechizaba a Tom. Deslizó sus estéticos dedos por su barbilla atiborrada de espesa barba y cerró distancia, sacando su lengua para remojar los labios de Tom.

Tomó su tiempo para provocar un cosquilleo, asumiendo que era delicioso al escuchar un gemido ronco por parte de Tom. Consiguió con su coquetería entreabrir su boca y acariciar la punta de su lengua con la suya, tentativamente, apenas frotando su músculo.

Un movimiento parsimonioso puso punto final al roce de sus lenguas. Tom ladeó su testa y se retiró apenas una pulgada, siendo escrutado por un par de ojos ámbar enmarcados por pestañas rizadas y oscuras. Amaba esos ojos; su dueño era una deslumbrante criatura sumamente misteriosa y hechizante, que lo envolvía con el gesto más sencillo para mantenerlo encarcelado.

Había tenido miedo a ello, a que Bill terminara de volverlo loco, a que consiguiera tenerlo en la palma de su mano, porque con la única persona que se volvía débil era con Bill.

Le costaba trabajo dejarlo recostado en la cama, incluso cada despedida se volvía estresante, porque en el fondo tenía miedo a que algo le fuera a suceder. Desde que se reconcilió con él escondió la posesividad que le gobernaba, y reprimió los celos cada vez que veía a Bill hablando cómodamente con alguien más; los híbridos varones de su edad o mayores eran una amenaza y no dejarían de serlo, mucho menos cuando ya había tenido al menos una práctica sexual hacía unas horas con Bill.

Sabía que eso ocurriría. La copulación y sus prácticas diversas asumían una relación más estrecha, desencadenando un proceso de pertenencia donde Tom se percibía a sí mismo como dueño de todas las atenciones de Bill. Vid se lo advirtió, manifestando que para un león con un pasado tan peculiar como él, era común encontrar ese rasgo de posesividad.

Y era severa. Lo sentía, así como también podía sentir que con Bill sucedía lo mismo. Bill por naturaleza era territorial, esa carita de ensueño y ese físico tan frágil eran una cubierta. Bill podía llegar a ser muy celoso y posesivo también, su mirada y entrega lo dejaban claro, como en esos instantes con sus vehementes besos matutinos.

Hundirse y embriagarse con su pomposa boca rosácea era una completa adicción, tan dulce y tan erótica a la vez. Parecía embrujado con sus encantos, con los engañosos besuqueos en su labio superior y esa mirada traviesa. Bill respiraba acelerado esa mañana, y Tom no pudo tener auto control, así que, sujetándole del cabello sin ejercer demasiada presión, se abalanzó a su cuerpo, apresando por completo su boca, que lo recibió gustosa. Introdujo su lengua y Bill inmediatamente la chupó como si de una erección se tratara, siendo su boca la mojada cueva en la que entraba y salía a desesperadas embestidas.

Bill se encogió en su lugar, acomodando su rostro para recibir la lengua a más profundidad atacando la suya y a sus labios, que capturaban el largo y húmedo músculo para cobijarlo y engullirlo.

—Tom… —susurró agitado, poniendo las manos en su pecho para alejarlo a la brevedad. Tom obedeció, sabiéndose excitado —. Ibas a irte a trabajar —recordó al cabo de unos segundos, ya con la respiración más estabilizada.

Éste asintió, retirándose de su cuerpo y tomando compostura, sin deseo aparente. Bill le regaló una sonrisa de medio lado que denotaba una invitación para más tarde. Y Tom supo que disfrutaba tentarlo, calentarlo absolutamente para después dejarlo con las ganas y posteriormente invitarle a seguir más tarde. Se trataba de un jugueteo que conseguía volverlo aún más loco, embebido de desesperación y apasionado.

Bill naturalmente mantenía el fuego en la relación y Tom lo notaba y no sólo eso, también lo disfrutaba. Nada con Bill era aburrido, su relación aunque parecía tranquila, se sentía como una montaña rusa, con subidas y bajadas repletas de adrenalina. Y lo más fabuloso de todo era que no sólo en lo sexual era así, sino en todos los ámbitos.

—Nos vemos —musitó Bill, incorporándose en el colchón.

Tom se tornó rígido al verlo hincado sobre las sábanas, casi gateando para llegar al borde de la cama, donde Tom estaba parado, a la espera de lo que fuera. Con las rodillas ancladas en el suave colchón y el torso erguido. Bill sujetó el suéter de Tom y lo atrajo.

—Te amo —dejó fluir Tom con esa voz tan aguda como profunda. Bill abrió los ojos, su mirada se vislumbraba enternecida.

—Te amo —correspondió cautivado, besándole en los labios con lentitud, dejando claro que no deseaba dejarlo ir, pero que debían despedirse al menos esa mañana.

&

Albert corría con abundante energía esa mañana apenas Gustav le cambió los zapatos por unos más cómodos. Bill lo vio corretear, reír a carcajada abierta y dar vueltas en círculos, persiguiendo un hilillo que colgaba de su suéter y que volaba con el viento que producía con sus arrebatados movimientos.

—Supongo que Tom ya está listo para ser padre —comentó Gustav, reafirmando lo que Bill le contaba.

Ambos se encontraban en una gran calle que conducía al Edificio de los Soles. Apenas al levantarse, Bill se duchó y encaminó a casa de Gustav para salir a desayunar y conversar un rato, esta vez de camino al Edificio donde Tom se hallaba trabajando.

A Bill le pareció una excelente idea visitarlo repentinamente. Lo extrañaba y deseaba verlo trabajando, ayudarle en lo que fuera necesario e invitarlo a cenar una nueva receta que Gustav le había proporcionado, fácil y rápida, además de deliciosa.

No había ido al Edificio desde aquella vez que discutió con Tom y no sabía cómo iba a reaccionar el personal, pues era evidente que ya no trabajaba ahí por petición de Tom, quien estaba en contra de que lo hiciera para que centrara toda su atención a sus estudios, aunque algo le decía que no quería que volviera a trabajar ahí para que no se viera con Carlo.

—De hecho cuida a Albert, tiene tacto y parece no costarle mucho estar relacionado con ellos —añadió Gustav, luego de meditar por unos segundos. Bill sonrió, ya imaginando cómo sería con sus hijos. A veces fantaseaba demasiado —. ¿Tienen fecha para que quedes embarazado?

—No exactamente. Nos estamos preparando todavía. Queremos que todo salga bien.

—Y va a salir bien —animó inmediatamente—, confía en Tom, es bastante bruto a veces, pero va a cuidar que todo salga bien, tiene lo necesario para hacerlo.

—Sí, me lo dijo, pero no puedo evitar ya sabes…estar nervioso —concedió. Gustav asintió, entendiendo su ansiedad —. Pero dejando eso de lado, ¿ya arreglaste el problema con Georg?

Gustav resopló, no muy seguro. Recientemente habían tenido una fuerte discusión debido a una mujer que trabajaba con él y que Gustav aseguraba, se le comenzaba a insinuar.

—No todo es felicidad —sacó agotado. Bill se encogió de hombros —. Nuestra relación ya no está funcionando. Si esta noche llega tarde a casa, me voy de la casa con Albert —finalizó decidido.

Georg nunca llegaba tarde a casa, pero sabía que la mujer lo había invitado a cenar y si tardaba era porque había aceptado la invitación. Y no tramaba aceptarlo luego de eso.

—¿Todavía lo quieres? —Cuestionó Bill.

La boca de Gustav se abrió, respiró a profundidad y luego contestó:

—Sí, todavía lo quiero, pero ya estamos grandes Bill. Yo no voy a juguetear ni perseguirlo, mucho menos vigilarlo para que haga o deje de hacer. Él sabe lo que hace y yo sé lo que debo hacer. Si me quiere vamos a arreglar esta situación.

—Pero…—insistió Bill—, ¿has hablado con él?

—Sí, y se ha enojado. Hemos discutido y no hablamos en casa. No sé cuándo fue que pasamos de tener buena comunicación a prácticamente no dirigirnos ninguna mirada. Esa mujer lo está consiguiendo…

—Y tú lo estás permitiendo —se precipitó Bill—, no puedes simplemente ver cómo te arrebatan a tu pareja.

—He intentado de todo, pero no hay comunicación. Cualquier cosa que yo intente no sirve —habló, cuidando que Albert no escuchara. El pequeño seguía corriendo, ajeno a la problemática de sus padres —. Estoy esperando a que esto explote de una vez por todas, porque sabes, es desgastante. Estoy hartándome de él y su actitud. Nosotros lo teníamos todo, sexo, buenas charlas, no había rutina, trataba de ser dinámico en todo y de un día para otro esa mujer entró a trabajar como su compañera y él cambió. Y lo sé porque la esposa de uno de sus colegas me lo dijo.

Ambos detuvieron su marcha a algunos metros del Edificio de los Soles. Bill sujetó la mano de Gustav y le sonrió en un intento por darle ánimos. Sentía mucha impotencia por lo que estaba sucediendo, nunca creyó que ese conflicto fuera realmente enorme, y sabía que Gustav tampoco tuvo en cuenta eso. Estaban completamente estupefactos y conmocionados.

—Yo…

Un estrepitoso golpazo le interrumpió, arrebatándole las palabras de afecto que tenía para su amigo Gustav.

Los dos voltearon hacia el Edificio, donde dos hombres discutían no sólo a palabras, sino a golpes.

—¿Tom? —Su voz se atoró en su garganta junto a un gemido de sorpresa.

—¿Ría? —Esta vez Gustav murmuró, impresionado y molesto.

Bill buscó a la mujer, sintió un revoltijo en el estómago al detectarla y arrugó el entrecejo con evidente repugnancia.

¿Qué demonios hacía Ría cerca de Tom?

Y peor aún, tras mirar la escena que se efectuaba, se preguntó qué pretendía Tom golpeando a Carlo de esa manera con Ría observando en primera fila.

Albert corrió hacia Gustav, llorando por lo que veía y escuchaba, aquello enfureció más a Bill, quien se dirigía a grandes zancadas hacia la riña. Los híbridos que nada tenían que ver corrían lejos de ahí, aterrados en demasía; el regente se hallaba más que colérico luego de un tiempo sin utilizar su fuerza física para destruir a otros.

El impacto de su cambio precipitado de humor y su estadía carente de control de impulsos debido a su baja tolerancia a la frustración, ocasionaron que volviera a causar terror a la población. Era como si todo se hubiera echado a perder, toda la confianza del pueblo, quienes creyeron no volvería a castigar ni a intimidar de esa manera, estaba esfumándose. Los híbridos a su alrededor murmuraban que el león blanco no había cambiado y que no podían volver a confiar en un asesino como él.

Al llegar al lugar indicado, Bill nombró a Tom, ayudándose de una vociferación que dejó ver una acritud elevada, ganándose toda su atención. Tom fijó su oscura y enervada mirada en la suya, que reflejaban decepción, sintiendo escalofríos en todo el cuerpo. Mantuvo las manos firmemente empuñadas bañadas en sangre, temblando de rabia y de energía acumulada que necesitaba evacuar. Vid llegó pocos segundos después, empujando a Ría en el trayecto, ésta cayó al suelo, quejándose fuerte.

Tom volteó hacia ella al escuchar el ruido de queja, y Bill entornó los párpados, furibundo por lo que contemplaba. Frente a él estaba Carlo bañado en sangre, respirando con dificultad, con severo dolor y los huesos rotos; se hallaba Tom contrariado, con sed de venganza, sin culpa ni arrepentimiento; y tras él se encontraba Vid y Ría, ella con una sonrisa triunfal por haber provocado en Bill un amargo momento, y Vid enfocándose en todos los presentes, percibiendo la imparable molestia de Bill y la poca vida que le quedaba a Carlo.

Continúa…

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por Monnyca16

Escritora del fandom

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