
«Híbrido» Parte IV (Monnyca16)
Capítulo 5
El gélido aire que hacía bailar sus cabellos pasaba desapercibido por completo. Su piel no percibía la helada sensación que en todo momento llegaba a provocarle ese clima, incluso su nariz no cosquilleaba como de costumbre. Bill no era capaz de sentir aquello debido a la rabia que lo embebía.
Tom Trümper era un león blanco con auténticas habilidades y resistencia física, dotes y riquezas. Él era el único que podía hacer cambiar los sentimientos y las emociones de Bill, el único que lograba que la intensidad fuese brutal y que se sintiera poseído por ello.
Bill ya conocía la mezcolanza de tortuosos sentimientos que le llegaron, en muchos momentos, a incitar, y aún así continuaba impresionándole su estado actual: el furibundo, el incontrolable…
Bill estaba celoso, inquieto y se sabía rencoroso. No le agradaba ver a Ría cerca de Tom, y por más que quisiera pedir explicaciones al respecto, se mantuvo callado, contemplando a todos los presentes, intentando armar el rompecabezas sin ayuda de nadie.
—Deberías cuidar más a tu hombre, que discuta con otro por mí, es una evidente señal de alarma —inició Ría, recibiendo una mirada colmada de coraje, proveniente de un Bill amenazador —. De todos modos es común que mientras se acuesta conmigo, contigo también lo haga.
Como afilados cuchillos, los ojos de Bill se posaron en Tom. Prestar atención visual a Ría estaba fuera de lugar, no deseaba ver su rostro, sus gestos vulgares ni seguir escuchando su voz. Se lo hizo saber a Tom con una breve mirada de desilusión.
Tom le sostuvo la mirada, confuso y perplejo. La rabia que sentía consiguió dejarlo indispuesto. Se había prometido no hacer que Bill volviera a mostrar desilusión, incomodidad y molestia, pero había fallado.
—Bill. —Llamó Tom, firme y desesperado. Y sin embargo, Bill dirigió esta vez su mirada a Carlo y se agachó, tocándole apenas el rostro bañado en sangre.
—¿Me ayudas? —Imploró Bill a Vid, decidido a ayudar a Carlo. Éste comprendió la idea y echó a un lado a Tom, comenzando a proporcionar de su energía para sanar las heridas más graves que Carlo poseía.
El silencio fue incómodo, Tom siguió cada corto movimiento de Bill y entreabría la boca, intentando articular algo, cualquier explicación, incluso disculpas. No obstante, se detenía al examinar el estado iracundo de Bill; éste parecía no tener ánimos para hablar, si quiera para corresponder a sus miradas.
Una detestable burla se hizo presente poco después, malvada y de victoria. Ría mantenía su mano derecha sobre sus gruesos labios, tratando de contener la risa que la situación le provocaba. Tan falsa e irritable.
El corazón de Bill latió descontrolado, un dolor de cabeza hizo punzar sus sienes y se vio en la necesidad de entornar los párpados para calmar el sentimiento de ira que le gobernaba. Trató de contener el descontento, la rabia y controlar las horribles y demandantes ganas de hacer que la irritable risa de Ría desapareciera.
—Cállate —Bill le espetó, sin mirarla ni moverse de su lugar.
La sanación dio efecto minutos después, y la señal fue una tranquila respiración por parte del rinoceronte. Por lo menos Carlo estaba bien en medio de esa infausta situación. No obstante, la risa de Ría persistía, cada segundo más sonora y cínica. Y Bill no estaba siendo capaz de soportarla un instante más, por lo que, poniéndose de pie, hizo puño su mano derecha, propinándole un puñetazo que consiguió, por fin, acallar a Ría y su maliciosa burla.
Bill jamás había golpeado a alguien en su vida, pero a pesar de aquello, no sintió remordimientos. No era capaz de sentirlo cuando por años esa despiadada mujer lo hacía ser el blanco de sus burlas, de cada comentario despectivo. Mucho menos ahora que insinuaba estar sexualmente con Tom, su novio, frente a demasiados híbridos.
Bill no iba a permitirle ninguna especie de desprecio jamás, y mucho menos que se metiera con lo que era suyo.
Ría cayó al suelo, con las manos palpando su rostro, estupefacta. Inesperadamente el débil conejo poseía una energía descomunal que incluso le heló la sangre; era la rabia contenida, el malestar de contemplarle.
Quiso refutar, gritar a todo pulmón y devolver el golpe, pero no le fue posible, Tom la cogió del brazo sin cautela y la arrastró lejos de ahí, jalándole más al sentirla patalear. El pecho de Bill se hundió, posteriormente giró sobre sus talones y siguió ayudando a que Carlo ganara fuerza y pudiera despertar.
&
Se sentía ridículamente molesto, imposibilitado y sensible. Cerró la puerta tras de sí inmediatamente al llegar a casa. No quiso ver a Tom, no deseaba escucharlo, ni a él ni a nadie. Se sentía irracional, poco analítico; el revoltijo de sentimientos y emociones era bastante grande, pues le gobernaban con crueldad.
Hasta el momento no conseguía tranquilizar su impotencia. Continuaba furibundo a pesar de no conocer las razones de lo que había sucedido tiempo atrás. Se sentía patético, avergonzado e incapaz de pensar con normalidad.
Sus rasgos posesivos comenzaban a presentarse aunque todavía no se enlazara por completo con Tom. Lo sentía tan suyo que no concebía verlo, olerlo, y mucho menos sentirlo tan lejano.
Tom era suyo, tanto como él era de Tom, sus pensamientos insistieron en esa afirmación al mismo tiempo que se sentaba en medio de la cama y abrazaba sus piernas, escondiendo la cabeza entre ellas. Bill no deseaba volver a comportarse así, anhelaba más bien que su relación fuera estable, duradera y pasional, donde los abrumadores sentimientos no desfasaran su relación ni su comportamiento.
Ser un híbrido conejo seguía siendo difícil, ahora no por la deficiente energía y pocas habilidades, sino por ser agreste, su tozudez y posesividad desmedida, pero más que nada, por el poco control de sus impulsos.
Bill necesitaba trabajar en eso, porque al final del día quien salía excesivamente perjudicado, era él.
&
El reloj marcaba una hora que no deseaba que llegara. Quizá pedía demasiado, pero anhelaba que el tiempo se detuviera y que los sucesos tomaran diferente rumbo, que las decisiones tomadas fuesen otras y que su situación no fuese tan miserable como la suya.
Tenía todo. Una casa, buena economía, una buena pareja y un hijo, y de todo aquello, únicamente quedaba su hijo, él y las cosas materiales, además de la desilusión. De todos los sucesos del mundo, precisamente ése era el que menos aceptaba en su vida. No lo concebía.
No era capaz de aceptar que su felicidad, que yacía hasta lo más alto, decayera en cuestión de semanas. Todo lo que costó tiempo y dedicación había sido aplastado por un interés carnal de una noche tal vez. No estaba seguro, y no mentiría; le intrigaba conocer qué tenía ella para haberlo hechizado de esa manera.
Se preguntaba qué tan bonita era, si tenía mejor cuerpo que él o si su personalidad era deslumbrante.
Gustav era tímido, actualmente con algunos kilos de más y altamente reservado.
«Fastidioso» remembró la descripción que Georg le había hecho días atrás. Probablemente sí lo era. Era una cuestión que podía modificarse, que cambiaría si ocasionaba problemas, mas Georg no le daba esa oportunidad. No ahora. Y quizá Gustav tampoco tendría fuerzas para hacerlo.
Esa noche Georg no había llegado para la cena, lo que significaba que estaba con su compañera de trabajo. Pasaban de las 11 de la noche y al parecer esa noche no llegaría, por lo que Gustav introdujo sus pertenencias y las de Albert en una maleta.
Lo que más le molestaba era que Georg prefiriera quedarse con dicha mujer a llegar a casa y ver a su hijo, a quien no miraba en casi todo el día. Entonces, cuando estuviera realmente interesado en su hijo, podía buscarlo; no cerraría esas puertas. Que su relación amorosa no funcionara, no significaba que le arrebataría a su padre. Por ello le escribió una nota concisa, donde le decía que esa noche estaría en casa de Bill, y que después iría a la de sus padres. Que era bienvenido para ver a Albert.
&
Yacía bajo las sábanas, recostado de lado sobre la cama. Las luces estaban apagadas y el silencio que caracterizaba su alcoba era asfixiante. Gustav y Albert se encontraban acostados a su lado, ya dormidos luego de que tuviese con Gustav una larga plática nocturna acerca de todos los inconvenientes de ese día.
Así como Gustav todavía no dialogaba con Georg, él tampoco lo había hecho con Tom. Había una enorme diferencia entre su problemática a comparación con la de su amigo, lo sabía, pero…no estaba de más decir que se sentía excesivamente triste al respecto. Tom no lo fue a buscar en todo ese tiempo y al parecer no planeaba hacerlo, o eso creyó hasta que escuchó que tocaban la puerta principal de su casa.
Gustav incluso se removió, murmurando que había alguien golpeando la puerta. La voz de Tom, su olor… Era él. Lo sabía. Era Tom y aún así… No quiso verlo. Algo seguía doliendo, se sentía ridículo. Y no podía recibirlo en ese estado; seguramente cometería una nueva y más grande imprudencia.
Dejó que tocaran por largos minutos, sin levantarse de su cama siquiera. Gustav no dijo nada al respecto, mantuvo los ojos cerrados hasta que Tom dejó de insistir.
E inmediatamente un tenso silenció volvió a consumirlos, oyó que Bill se alzaba de la cama y salía de ahí para dirigirse hasta la puerta principal.
Bill introdujo la llave y giró el pomo, asomándose por fin. Tom ya no estaba ahí. Hizo puño su mano y cerró, recargándose en la fría madera. Resbaló momentáneamente, percibiendo un nuevo vacío en su barriga al igual que lágrimas resbalaban de sus lagrimales, tan saladas y tibias que al mojar su boca dejaron un amargo sabor.
Se sentía horriblemente mal. Odiaba no poder controlar sus celos, esa furia irracional que relucía debido a su sangre animal, sus hormonas le llenaban de sentimentalismo y aborrecía sentirse así.
&
Al día siguiente todo fue aburrido y triste, tan desgastante que ni siquiera despertó su apetito. Gustav recibió a Georg a primera hora de la mañana, y para darles privacidad, Bill salió de casa y vagó por las calles, en busca de esclarecerse.
A su frente se hallaba Georg, cargando inmediatamente a Albert. Como si nada sucediera, sin mala expresión y tampoo deje de frialdad. Ese no era el Georg que conoció hacía años, y aunque tratara de comprender qué era lo que había sucedido, no era capaz.
Pero le reconfortó que estuviera interesado en su hijo, en verle y abrazarle. Eso era lo único que al final interesaba. Todo lo que alguna vez inicia, termina. Y Gustav ya se hacía a la idea de la indiferencia de su parte.
Al parecer sí, ellos como pareja ya no funcionaban. La evidencia era palmaria y no podía huir de ella aunque quisiera. Sonrió, falso como no hubiera querido. Sonrió con falsa comodidad, como si durante la noche hubiera dejado atrás cualquier dolor y ahora fuera alguien renovado.
Mentía y… No pudo parar. En alguna parte de sí, no le parecía darle a Georg la satisfacción de desgane. No necesitaba proyectar nostalgia para recibir lástima. Cuando él se largara esa mañana, lloraría lo suficiente para arrojar a un lado la impotencia y el dolor. Por ahora se contendría y vería hasta qué punto llegaría la situación.
—¿Con tu madre, dices? —Inquirió el castaño, fijando sus fanales esmeraldas en su perfil.
Albert jugaba y correteaba en otra habitación mientras ellos sostenían una especie de charla amena, muy civilizada para sorpresa de Gustav.
—No hay otro sitio.
Y no lo había.
—No tienes que irte de la casa. Es de ambos después de todo —añadió, caminando por el lugar, esta vez sin verlo—. Si es necesario, voy a irme yo…
En su discurso no hubo disculpas, no remordimiento, no nada. Él parecía tener un plan y Gustav lo notaba en su mirada.
—Debe interesarte demasiado… —soltó entonces el rubio, ganándose una mirada de su ya ex pareja. Se refería a la mujer, la tercera parte de su antigua relación —. Perfecto, Albert notará mucho el cambio si cambiamos de domicilio. Procura no olvidarte de él —continúo más amenazante—, él no tiene la culpa de nada.
—Papi… Papi… —llamó Albert a los dos—, ¿podemos irnos a casa ya?
El pequeño observó a ambos, cogió de la mano a Gustav y lo acercó a Georg para insistirle. Sería difícil, Gustav esperaba que no fuera tan insoportable tener que fingir ante su hijo.
&
El frío hizo congelar sus extremidades y aún así no podía parar de pensar, de razonar en todo lo que ya había reflexionado durante toda la noche. Estaba triste por Gustav y por él, por todo lo malo que se presentaba. Sus lágrimas resbalaban por sus mejillas, perdiéndose en la bufanda que Tom le había obsequiado. Tan suave y llena de su aroma.
Rememoró su primera cita, a Tom, cada detalle, cada mirada y sus palabras. No quería perder eso, pero también moría de vergüenza tras haberse comportado impulsivamente. Olfateó con más insistencia la bufanda, con cuidado, como si no quisiera romperla o borrar la esencia.
Y caminó. Anduvo a paso lento pero seguro hacia el patrimonio de Tom. Las tierras que ya había pisado y que traían muchos recuerdos. Caminó demasiado, lo suficiente para ver a Tom. Era lo mínimo que podía hacer, ya que él había estado tocando a su puerta por mucho tiempo, sin recibir siquiera su voz como respuesta, una que le dijera al menos que no podía recibirlo y que requería de tiempo para calmarse.
Sentía que debía ceder de tal manera para demostrarle que no era un caprichoso ni un inmaduro. Se requería de una relación sólida e inquebrantable, conocía los altibajos, sin embargo, no deseaba repetir la misma historia de siempre. Así que se decidió a dar el primer paso ese día, a menos que Tom hubiese ido a su casa nuevamente para hablar sobre lo sucedido.
Caminó por todo el lugar, atravesando largos caminos empedrados y helados. Por suerte su sangrado se había disminuido a sólo unas gotas por ese día, seguramente por la actividad sexual en medio de su estado. Los cólicos ya no estaban y mucho menos los calambres, simplemente percibía un aguantable dolor en la entrepierna. Yacía sensible y podía controlarlo, por lo que no era motivo de preocupación.
Sus pies de pronto avisaron un próximo entumecimiento. Sus manos se vislumbraban enrojecidas, casi moradas, y asegura que sus piernas cogerían ese tono en pocos minutos. Tuvo que detenerse para no caerse, pues sentía los pies dormidos y poco fuertes, para nada funcionales. Y todavía así, tras reponerse de cuando en cuando, seguía andando.
No iba a detenerse más. Logró recorrer todos los alrededores hasta llegar a la casa que Tom ocupada con su familia. Se posó en la puerta e inmediatamente ésta se abrió, exponiéndose así el angélico rostro de Simone, quien con los ojos muy abiertos a consecuencia de la sorpresa, invitó desesperadamente a Bill adentro para resguardarlo del frío.
Los conejos solían ser tibios y mantener su temperatura corporal como método de supervivencia, el problema era que Bill como híbrido inferior en energía asumía lo complicado que era ganar calor y temblar muy frecuentemente. Quizá luego de vivir por completo con Tom y compartir su sexualidad con él, esos problemas acabarían.
—Mírate, cielo —murmuraba Simone, cubriéndole con un abrigo, tan rápido que impactó a Bill, dándole además palmaditas en la espalda y hombros. Le otorgaba de esa forma un poco de su temperatura corporal. Inmediatamente Bill se normalizó y agachó la cabeza, avergonzado. Ella supo que tanto Bill como su hijo estaban arrepentidos. Y Bill meditó un tanto; si Simone sabía sobre la discusión que había tenido con Tom, ¿cómo debía comportarse? —. Vamos, no te preocupes. Luego de una larga charla con Tom supe de su primera pelea —contó sin molestia aparente, más bien se miraba tranquila por su presencia ahí. No buscaba entrometerse, pero sí darle al chico más tranquilidad —. Los leones tardan mucho tiempo en moderar su impulsividad, más si poseen demasiada fuerza. Tom no ha aprendido a controlarse del todo, y con justa razón te molestaste. Después de todo Tom a veces sólo piensa con esto —concluyó, señalando su propia entrepierna sin pudor alguno, que aunque no era un pene, daba alusión al comportamiento propio de su único hijo.
Bill sonrió, sintiéndose en confianza. Sabía que Simone no lo justificaba, después de todo ambos…
—No sólo él actúo impulsivo, yo también lo hice —confirmó serio, mirándola a los ojos —. Yo necesito hablar con él…
Y así como lo dijo, miró a su alrededor, tratando de encontrar a Tom. Simone se encogió de hombros y le acarició el cabello, rasta por rasta. Podía llevarse toda la vida haciendo eso; Bill merecía todo tipo de mimos.
—Tom no está. Fue a trabajar más temprano que de costumbre, pero regresará en algunas horas, ¿qué dices si desayunamos?
Recibió un asentimiento de cabeza y una sonrisa de puro gusto.
&
Hablar con Simone sobre embarazo y relaciones amorosas le sirvió de mucho para comprender esa vida. Bill adoraba hablar sobre amor, el romanticismo, gozaba de estar empapado sobre dichas temáticas para experimentar con Tom esa sintonía completamente. Una de sus fantasías era esa, ser absolutamente mimado por Tom incluso de la manera más infantil posible, cursi, y mimar a Tom de la misma manera, no frecuentemente, pero sí alimentar ese deseo.
Tom era un hombre fuerte, de cuerpo musculoso y caliente, atributos que casi nadie tenía, al menos no tan parecidos. Imponía, era un híbrido dominante y apasionado, una mezcla que a Bill le llenaba de espasmos. Era excesivamente atractivo y creativo, además de inteligente. Eso sumado el romanticismo de Bill era la mezcolanza más perfecta que pudo haber si quiera imaginado.
Fantaseaba con dormitar desnudo con sus cuerpos excesivamente pegados, hacer el amor todas las noches, quizá mañanas o cuando sintieran esa necesidad de estar unidos de tal forma. Anhelaba buena comunicación, jugueteos y una experimentación durante el sexo, en todos los sentidos.
Tanto para Bill como para Tom, la sexualidad era esencial, un lazo que si se rompía daba por finalizado el amor. Así que tenía que innovar para que la flama no bajara, para que no hubiese una rutina que les aburriera. Por eso ese día trataría de verlo, hablar y quizá juguetear…
Simone era una buena madre, que aconsejaba. Una mujer llena de sabiduría que enseñaba todo lo que la vida le había enseñado a ella. Y Bill estaba agradecido de tener a una suegra de esa magnitud.
Ambos hablaron sobre los lazos de una relación y las reconciliaciones mientras cocinaban el desayuno. Ella también le mostró cómo hacer el café que a Tom le encantaba, le mostró las recetas que él degustaba con frecuencia y le aclaró algunos datos curiosos sobre él.
Como por ejemplo: su forma tan propia de caminar de un lado a otro en una habitación como animal enjaulado cuando se sumergía en las situaciones estresantes; el humor tan vibrante y juguetón que podía llegar a tener, parecido a la misma vehemencia que le embebía cuando sus emociones eran otras, como la furia; su faceta de preocupación por quienes amaba, ese lado tan sólido y a la vez tan resplandeciente de su personalidad, uno que Bill había visto a todo color cuando su periodo tocó las puertas y fue él quien lo mantuvo en cama para que descansara.
Tom era como cualquier otro híbrido, con sus defectos y virtudes, y aún así Bill sentía que tenía a su lado a un hombre único, pues sólo Tom era capaz de incitarlo a pensar de dicha manera con cada acto noble, aunque uno que otro descabellado al final de cuentas. Al final ambos disfrutaban estar juntos, pese a empezar con ello; lo habían anhelado por mucho tiempo.
Esa tarde, cuando Tom llegara, Bill lo recibiría tranquilamente, decidido y firme, y se reconciliaría con él de la manera más espontánea posible. No era un experto en ello, pero lo haría por los dos y se esforzaría.
Pasó horas platicando con Simone y algunos minutos en la sede de Tom. Un despacho muy a su estilo, elegante e inmaculado, donde su novio meditaba la mayoría del tiempo y trabajaba para el país.
En el escritorio de roble con una base de metal resistente, había papelería ordenada en legajos negros y azules, un portaplumas y tinta a un costado para mojar el lienzo. Un sello con el estandarte de la bandera del país, así como la mitad de dicho sitio rodeado de libros cuidadosamente acomodados en gruesos estantes , formando así una habitación dividida a la mitad, ésta siendo una biblioteca que acababa de ampliar.
Simone acababa de llevarle un canasto de frutillas para que disfrutara como aperitivo, a la espera del plato fuerte de ese día, uno que ambos habían hecho y que esperaban emplatar apenas Tom llegara.
Con dos de sus dedos hizo un tentador recorrido por las frutillas, en su mayoría frutos rojos dulces y jugosos, los cuales al deshacerse en su boca le mojaban con dulzura, como si el jugo fuese miel escarlata.
Engulló algunos, saboreando su peculiar sabor, acompañándose poco después de un curioso paseo por la habitación. Observaba cada detalle, a la vez que respiraba a profundidad el olor que se hallaba impregnado, tan varonil y profundo, tanto que llegaba a causar revuelo en su vientre.
Olía a Tom, y ese perfume natural lo volvía un completo imbécil.
Chasqueó la lengua y relamió su labio inferior, dispuesto a abrir uno de los libros viejos que Tom tenía sobre su escritorio. Le sorprendía, parecía como si recientemente Tom lo hubiese leído pues había un separador entre las hojas.
Era un libro viejo, casi destruido y aún así… leyó.
Lo que sus ojos revisaban era de suma importancia, una antigüedad y un legado. Era su pasado, y no sólo de él, sino de otros… era su nacimiento y su conformación.
Entre sus manos estaba el libro que Tom había desenterrado y que Bill no conocía. Bill ni siquiera había… ojeado el nuevo manual diagnóstico…
El separador mantenía la ubicación de varias hojas sueltas sobre el conejo como animal puro y el león.
Había fotos, información… datos sobre la vida animal y que algunas coincidían con su personalidad.
Y luego leía la de Tom… Un león. Su león…
Estaba bastante anonadado, sorprendido, no pudo si quiera emitir sonido alguno. Se hallaba absolutamente enmudecido. Parecía que Tom estudiaba su ficha y que le admiraba constantemente, como si quisiera saber todo de él y su especie.
Leyó tanto como pudo, subrayando con su dedo índice cada palabra y redibujando con la suave yema los dibujos ahí presentes. Únicamente, aletargado un tanto casi como impulso, se detuvo al olfatear desde su lugar un perfume que su ser ya conocía, tan varonil y profundo, que atravesaba su alma y que era imposible de ignorar.
Los escasos vellos de sus brazos se erizaron y su cuerpo quedó inmóvil. Una sonrisa se dibujó en su boca, pequeña y preñada de picardía, luego articuló palabra:
—La melena del león es la característica más conocida por el ser humano. —Hizo detener a Tom en la puerta apenas al escucharle. Bill tenía el viejo libro entre sus manos, le regalaba una vista asombrosa de su espalda y una postura apacible. Tom únicamente pudo quedarse callado y casi estático, procurando muchas cosas para escucharlo con atención—. Su apariencia depende del entorno y los genes…influye en el tamaño, en la cantidad de testosterona —enumeró pacientemente, sugerente y más confiado de lo que esperaba —. Un león saludable posee una melena larga, oscura y densa, lo que conlleva a una mejor capacidad para pelear y reproducirse.
La última palabra salió como una aseveración propia.
Tom avanzó un paso con parsimonia, cuidando su desesperación por tenerlo absolutamente cerca. Bill parecía tranquilo, queriendo iniciar una charla amena, algo que agradeció.
—Sin embargo, tú eres un león blanco, de la minoría. Una melena blanca… mentiría si dijera que no estoy curioso de tu apariencia como animal puro.
Tom se aproximó un paso más. Aspiró oxígeno necesario, infando su pecho y lo dejó ir, tan turbulento debido a la celeridad de los latidos de su corazón, de su apasionamiento y entusiasmo, los cuales martilleaban su pecho con desenfreno, como ya conocía. Sólo Bill era capaz de ponerlo así, tan exaltado y con falta de aire.
—Me siento de la misma manera. No he podido evitar estudiarte como tal y aún así estoy seguro de no saber todo de ti. Debo empeñarme más, huh.
Una traviesa curva se dibujó en la boca de Bill, sonreía embelesado, lejos de la mirada de Tom.
—¿Más? —murmuró, deslizando dos de sus dedos por las viejas hojas del libro.
Y dando algunos pasos para cortar cada vez más la distancia entre ambos, Tom contestó:
—Mereces incluso más que eso.
Un hormigueo nació en su vientre justo al oír la aclaración de Tom. Se sintió juguetón poco después, al continuar:
—Pareces ser fuerte de las dos maneras, aunque si ahora ambos estuviéramos como animales puros… — calló, dejándose llevar por un estremecimiento cuando Tom, vehemente y ansioso, se posó tras él, apenas una pulgada de distancia. El calor de su carne no podía pasar desapercibido, tan candente y abrasador, pero necesitaba continuar—: lo más probable es que me hubieras aplastado, es… demasiado insólito ahora que lo veo; yo podría caber en la palma de tu mano si no fuera un híbrido —finalizó con una voz jovial, meciendo los sentidos de Tom hasta dejar de él a un león blanco absorto, completamente cautivado por todo lo que decía y hacía.
Fue el absorbente y hechizante calor de Tom el que lo envolvió por completo apenas éste respiró cerca de su cuello, exhalando aliento caliente y turbio, acompañado de una breve risa de voz grave, profunda y masculina. Bill echó un fugaz vistazo hacia atrás, viéndole con el rabillo del ojo. Sus miradas se conectaron por unos segundos, penetrantes y que hablaban por sí solas; Tom manifestando su apasionamiento y Bill correspondiendo con la misma intensidad su adoración.
Desvió su vista a las hojas del libro sólo por ver algo y se removió suavemente al percibir una mano de Tom en su cadera, deslizándose a su cintura, tan ardiente como pesada, un toque masculino que le encantaba.
—Qué ironía. Eres tú el que me tiene en la palma de su mano —declaró Tom, logrando que Bill ladeara su cabeza y le mirara con el rabillo del ojo, como anteriormente —. Como si me hubieras cazado para comerme.
Tom se aproximó un poco más, haciendo rozar su barba contra la mejilla de Bill. Al sentirla, Bill entornó los ojos con parsimonia y se encogió de hombros, remarcando sus clavículas durante el movimiento. No desvaneció la preciosa sonrisa que decoraba su rostro.
—Y aún así eres tú quien me come por completo —comentó juguetón, sin borrar la mágica sonrisa de su boca—. Los leones tienen buen apetito después de todo.
Tom sonrió, maravillado por el simbolismo de tantas cosas. Si fueran animales puros, mantener un romance si quiera estaría contemplado, existiría demasiado morbo por la diferencia física y la fuerza. El león siempre comería al conejo de un mordisco incluso si no fuera un animal que cazara a menudo.
—Sólo contigo tengo apetito, devorar a coquetos como tú siempre es un placer. Aunque tú no te quedas atrás… —Bill alzó una ceja, intentando replicar, pero los labios de Tom sellando los suyos le acallaron.
Fue un beso necesitado y superficial que al poco tiempo terminó siendo húmedo y profundo, casi asfixiante. Sus tibios alientos se fusionaron, siendo uno solo, donde la saliva bañaba sus bocas con calidez, como el mismísimo néctar naciendo de cada beso dado. Se habían extrañado, la vehemencia del beso tenía dicho sabor, sus labios luchaban por comerse a mordiscos los ajenos, y la reacción de sus cuerpos inmediatamente contrastó, encajando a la perfección.
Bill no supo cómo, durante el beso se había posicionado frente a Tom y sujetado del cuello para evitar la lejanía, mientras éste le sostenía de la cintura con fuerzas. Y ahora no podía detenerse, le había pedido a Tom con ayuda de un susurro contra los labios que lo subiera al escritorio para quedar cómodamente sentado.
Tom lo hizo, cuidadosamente lo cargó y dejó sentado, observándole además el rostro risueño. Unos cuantos besos más se dieron antes de separarse y verse a los ojos. Bill aún seguía sonriente y con las mejillas enrojecidas tras haber reído con la sensación de cosquilleo que la barba de Tom le dejó en el cuello cuando éste se encargó de besar dicho lugar, probando el exquisito sabor de su piel.
Unos segundos de seriedad se dieron después, escrutándose a consciencia.
—Lo siento —inició Tom, siendo recompensado con un beso en los labios, tan dulce y tierno. No profundizaron en sus bocas esta vez —. Carlo dijo muchas cosas sobre lo nuestro, y desafortunadamente Ría estaba ahí. No pude controlarme, estaba tan furioso que no podía detenerme.
Bill peinó su cabello con los dedos, alejando algunos mechones rebeldes que caían a su rostro.
—No he estado con ella desde hace mucho tiempo, no podía hacerlo porque siempre estabas en mis pensamientos. Es pasado, ya no soy como antes. Eres y serás el único ahora —aseguró con firmeza—. Sentí que por este incidente habíamos retrocedido más de lo que avanzamos. No quiero perderte, ya lo hice dos veces, las dos por cobarde, ambas dolorosas, la segunda no pude soportarla; estaba volviéndome loco.
Los ojos de Bill se llenaron de lágrimas. Tom era sincero.
—Fue realmente difícil, no quiero volver a vivirlo, no quiero perderte esta vez por una estupidez. No soy tan fuerte como parece. Eres tú el que me ha enseñado demasiado, eres tú quien me hace fuerte. —La sonrisa de Bill iluminó su cara, disfrutaba hacerlo feliz—. ¿Puedes sentirlo? —Bill asintió lentamente, apretando su ropa con las manos—. Estoy perdidamente enamorado de ti.
Lo sentía. Su corazón latía desorbitado en su pecho y despedía un calorcito que adoraba.
—Yo también estoy enamorado de ti, y no quiero perderte —confesó, tocando sus mejillas con ambas manos. Deslizó sus dedos con suavidad, produciendo una asombrosa tranquilidad en el león.
Unió su frente con la de Tom y respiró profundo, rozando su nariz con la suya. Se besaron castamente pocos segundos después, una y otra vez. Bill ensanchó su sonrisa y repartió besitos por sus mejillas y quijada, consiguiendo que Tom sonriera de igual manera. Con ese simple acto se dijeron sin palabras que ahora estaban bien, que no había de qué preocuparse.
Y poco después iniciaron una secuencia de mimos, castos besos combinados con otros más apasionados, mordiscos y risas, donde los abrazos no faltaron.
Simone escuchó risas escandalosas desde la cocina, eran de Bill y unas otras de su hijo. Ella sonrió también, tan entusiasmada como ellos.
Continúa…
Administración: Este fue el último capítulo que la autora subió. El fic entra a partir de hoy a la categoría «On hiatus». Gracias por la visita y por apoyar este rescate. Muchas gracias a ChickParole por compartir el archivo, del cual tod@s hemos disfrutado.
Tom riendo 😒 me vale, pero Bill riendo y siendo tan feliz, me supera 😍😍
No perdono a Tom y me duele q Bill lo haya perdonado tan rápido, pero su felicidad lo compensa todo, se lo merece después de tanto dolor y lágrimas.
Cómo q esta en hiatus???? 😭😭 Queria leer más del Tom atento y super enamorado, me lo deben despues de haberme hecho llorar 😢😢 Me gusta tanto ver como se reprime solo por respetsr el espacio de Bill y tmb el deseo q tiene x saber todo pero absolutamente todo de él 😍 fue intenso a decir verdad. Muy bonita historia, gracias por compartirla 👏👏