
«Híbrido» Parte I (Monnyca16)
Capítulo 4: Al ataque
—Como que te ves diferente, Bill. —Gustav lo analizó de arriba abajo, agarrándose el mentón y rascándoselo despacio —. Luces feliz y eso me agrada —añadió sin prisa, sonriendo enormemente, dedicándole así una curva que fulguró una mezcla de entusiasmo e intranquilidad.
Bill rió al verlo.
—¿Cómo no estar feliz si ayer tuve un enfrentamiento con Tom? ¡Incluso hice la socialización felina con él! —Canturreó orgulloso de sí mismo—. ¡Crecí cinco centímetros!
Gustav abrió mucho los orbes, impactado, y retrocedió dos cortas zancadas, trastabillando, situando posteriormente una mano en el hombro izquierdo de Bill. Intentaba codificar lo recién escuchado, clasificándolo inmediatamente como irreal.
Era imposible. Sí. Lo era porque Tom no permitía que los felinos hicieran la socialización con él, a decir verdad, ni Ría que era su novia y por supuesto de raíces felinas, tenía permitido llevar a cabo dichoso episodio felino con él.
—No…—murmuró Gustav, haciendo rechinar los dientes ante la angustia que empezaba a originarse en todo su ser —. No digas eso, Bill… ¡No juegues con eso! —Chilló, echándose hacia atrás, alejándose de su amigo. No sentía repugnancia por Bill, lo que sentía era miedo. Bill no se daba cuenta de que lo que contaba era arriesgado, ¿por qué no sentía miedo? Tom podía destruirlo en cualquier momento, podía acabar con su vida en menos de tres segundos—. No juegues con eso…
La voz de Gustav se había quebrado por completo. Bill en cambio lucía indudablemente aliviado, ardoroso, y aunque en cualquier momento podía morir en manos de Tom, no parecía temer. Gustav veía a un
conejo seguro de sí mismo frente a un león blanco irrompible que podía cortarle la cabeza con un simple apretón en el cuello.
—Oye, tranquilo, Gus. —Sonrió, dando un brinco para acercársele—. No hay que tenerle miedo, él vive del miedo. Si no le tenemos miedo jamás se volverá a meter con nosotros. Eso lo descubrí ayer cuando me enfrenté a él.
—¿Piensas que si no le tienes miedo vas a evitar que te mate? No. No es así, Bill —espetó serio, pusilánime, mirándolo atentamente—. A Tom le vale una mierda si le tienes miedo o no, él no se hará menos fuerte si lo atacas, incluso su fuerza quedará intacta si le robas energía con la socialización felina. —Bill ladeó la cabeza—. No quiero desanimarte, pero no te tomes este tema tan a la ligera. Hace años hubo un híbrido que pensaba igual que tú.
—¿De qué hablas?
—Era un leopardo, pasó igual que contigo. Bastiano era fuerte, llegó al colegio cuando estaba en séptimo grado. Tom en ese entonces estaba cursando décimo, tenía apenas 16 años, Bill, mientras que Bastiano y yo sólo 13. Él era virgen, por eso Tom decidió tomarlo, pero Bastiano pensaba como tú. ¡Bastiano era un felino, Bill! Era incluso más fuerte que tú. Él nunca intentó la socialización porque entre los felinos no se roba energía, pero se enfrentó a él y sacó la misma teoría que tú. Él me dijo: Tom vive del miedo, si los híbridos
dejan de temerle, entonces él dejará de comportarse como lo hace. Pero cuando decidió enfrentarse por segunda vez, Tom levantó la mano y en medio del salón de clases lo tomó de la cabeza y se la apretó, quebrándole el cráneo. Lo mató, Bill. Lo mató con un apretón insignificante y frente a muchos —masculló con gesto displicente, deseando con todo su ser que Bill no lo rebatiera.
Que Gustav no tuviera amigos era la consecuencia de tal suceso. El primer amigo de Gustav había sido asesinado por Tom, lo que conllevó a que fuese de pocas palabras y por ende, que no gozara de amistades por largos años. Y no quería recordar a Bastiano, pero las palabras de Bill lo habían forzado a rencarnar la experiencia.
Gustav aborrecía a Tom, era corrosivo, pero con el paso del tiempo había superado esa pérdida. No hacía falta conocer mucho a Tom para mantener una distancia considerable. Lo único que parecía factible era guardar respeto y temor.
—No quiero que termines como Bastiano. Eres mi amigo, eres la oportunidad que decidí darme luego de lo sucedido. No cabes tu propia tumba, Bill.
Entonces, los ojos de Bill se entreabrieron. Entendía la nostalgia de Gustav, lo difícil venía cuando querían que se detuviera, porque en el momento que Bill se empeñaba en algo, no podían hacerlo cambiar de opinión aunque insistieran lo suficiente como para volverlo loco.
—He pasado por mucho, Gustav. He tenido miedo a muchas cosas, pero ya me cansé. No le temo a la muerte, y mientras viva defenderé mis derechos, mi vida, mi alegría. Estoy cansado de que la gente se ría de mi poca fuerza, de mi especie. Y más que demostrarles a todos que no soy tan débil como piensan, me lo demostraré a mí mismo. Ya me cansé de todo lo que nos rodea y prefiero morir por no dejarme de idiotas a vivir como un cobarde como muchos —articuló sereno, seguro de su aquello que salió de entre sus labios—. No voy a dejar que Tom me destruya.
La visión acuosa de Gustav pasó de perturbada a más estable.
Gustav también comprendía a Bill y no buscaría hacerlo dudar o cambiar de opinión debido a que era su decisión actuar de la forma que quisiera. Era cierto que había sufrido mucho la muerte de Bastiano, pero lo apoyaría, le daría ánimos porque deseaba que alguien detuviera de una vez por todas a Tom.
Si Bill había llegado al colegio Raíces era por algo. Quizá Bill era el indicado para hacer cambiar a Tom, o al menos ponerlo en su lugar.
—Confío en ti —musitó el chico, abrazando a Bill sin meditarlo—. No permitas que te trate como a los demás. Enséñale que puedes llegar a ser más fuerte que él.
Bill meneó la testa verticalmente, envolviéndolo entre sus brazos con descomunal cuidado y cariño. Le motivaba que Gustav lo apoyara, por ello con más ganas quería confrontar a Tom ese día.
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Más tarde, en una hora libre, Bill y Gustav conversaron sobre una diversidad de trivialidades, inclusive se pusieron de acuerdo para ir a entrevistar a las antiguas presas sexuales de Tom. Les había intrigado el tema, retomando además que de todos modos Bill quería estar preparado y suficientemente informado.
Esa mañana buscaron a muchas víctimas, tanto hombres como mujeres, y sólo un híbrido -un caballo de undécimo grado-, se había animado a contestar a sus cuestionamientos. Un híbrido que exactamente había perdido su virginidad en manos de Tom el año pasado. Era uno de tantos que había, sin embargo, definitivamente el único que Bill y Gustav convencieron para que hablara un poco sobre su vivencia.
—¿Entonces sólo fue una vez? —Inquirió Bill, cruzado de brazos.
El tercer chico meneó la cabeza, afirmando, evidenciando con una mueca obstinada y luctuosa que no mentía.
—¿Quieres decir que luego de que tuvo un orgasmo él ya no te tocó? —Gustav se adentró a la plática.
Camilo, el híbrido caballo, se encogió de hombros, contestando nuevamente con un movimiento de cabeza positivo.
—Te lo dije, Bill —añadió Gus—. Tom sólo lo hace una vez. Se aburre rápido, no sé cómo no se ha cansado de Ría. Aunque no sabemos cómo es su vida sexual con ella, pero de igual modo tiene que estar activo con ella, o si no explica el perfecto cuerpo que tiene —divagó, pensativo, batiendo sus cortas y rubias pestañas.
Bill inspiró oxígeno, luego insistió un poco más:
—Pero, cómo fue, digo…Tom te golpeó, ¿fue muy rudo?
Con un explícito gesto lacerante y un ligero preámbulo de lágrimas, Camilo prefirió alzarse, pretendiendo irse lo más rápido posible.
—A él no le importa que estés sangrando, él sigue hasta terminar —dijo temblorosamente, deplorable, avizorando el entorno para verificar que nadie estuviera cerca—. No esperes una caricia, ni mucho menos un beso. Si estás atrapado en sus garras, coopera, porque si no lo haces, entonces no podrás superar el momento — murmulló eso último, echándose a andar sin mirar atrás.
Bill comprendió y le agradeció, dejándolo marchar.
—Eso que dijo tiene bastante lógica —comentó Gus, codeando a Bill—. De hecho nunca se le ha visto a Tom besar a Ría en público, ni un abrazo, ni siquiera una mirada cómplice. Él no es cariñoso, mucho menos celoso.
—¿Entonces qué tipo de relación tiene con ella? Tom la traiciona casi siempre, pero no la deja. ¿Estará muy enamorado de ella? —El entrecejo de Bill se arrugó ante un atisbo de sentimientos llenos de incertidumbre. Tom era su enemigo ahora, pero algo le hacía sentir curiosidad.
Sin despegar los ojos de la cara de Bill, que manifestaba dudas por lo previo, Gus respiró profundo y carraspeó para llamar su atención.
Bill volvió la cabeza hacia su dirección al escuchar el ruido ensordecedor.
—Oye, Bill…cambiando de tema. Como que me siento diferente.
—¿Diferente? —Enarboló las cejas lo suficientemente alto—. ¿Diferente cómo?
—Apenas el año pasado comencé a menstruar, ya sabes…—Hizo disparar las manos de un lado a otro, haciéndole ver que eran intersexuales y por ende, en cualquier momento experimentarían la llegada del periodo. Bill entendía, a él le había llegado la menstruación también el año pasado. Su menstruación era corta, eran sólo dos días usando una pequeña y delgada toalla de papel especial para absorber las gotas de sangre que brotaban de su uretra. Poner esa toalla era toda una obra maestra para los híbridos con dos aparatos reproductores—, y soy regular.
—Yo también soy regular. —Bill curveó la boca con franqueza. Estaba contento por poder hablar de esos temas. Gustav compartía esa característica tan peculiar con él y eso lo animaba. Lo hacía sentir seguro.
—Bueno, pues me tocaba menstruar la semana pasada. Tengo un atraso, posiblemente esté preñado. —Se mordió el labio, tirándoselo brevemente, sonriendo un poco y muy en el fondo. Estaba entre intimidado y alegre—. Me voy a hacer la prueba mañana, no sé cómo explicar la manera en que me siento. Es decir, no hay ningún problema si salgo embarazado, pero Georg y yo no lo planeamos. Tengo un poco de miedo. Todavía no sé si estoy, es sólo que…tengo miedo.
La confesión de Gustav hizo que Bill parpadeara más de siete veces. De hecho, a Bill le parecía una noticia increíble.
—¿Puedo acompañarte a hacerte la prueba? —Su entusiasmada voz hizo reír a Gus, quien recibió un sorpresivo abrazo de su parte. Ambos soltaron una carcajada que finalizó cuando Bill puso la mano sobre la barriga que quizá en algunas semanas crecería—. No tengas miedo, todo está bien. No estás solo.
Gustav dejó ver sus blancos dientes gracias a la inmensa sonrisa que nació de su boca. El timbre de salida fue lo que les ofuscó decir algo más. Pero de todos modos no hacía falta; sus miradas cálidas y sonrisas alegres lo decían todo. Absolutamente todo.
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Esa mañana había sido de locos. En realidad una muy buena mañana para Bill, entre comillas. Y era de ese modo porque en todo ese tiempo no había visualizado a Tom.
Ya era hora de salida y evidentemente quería volver a hacer la socialización felina con él, proyecto que se empeñó en proponerse al ver los buenos resultados. Debido a su buena suerte, o tal vez mala, desde temprano oyó que Tom, como el buen capitán de baloncesto que era, entrenaba en la cancha escolar luego de las clases.
Y Bill iría. Fue lo primero que hizo apenas Gustav cruzó la puerta de salida.
Caminó tranquilamente hasta el área deportiva, viendo que estaba repleto de estudiantes de último año y cómo la mayoría entraba al gimnasio mientras otros se dirigían a la cancha cerrada de básquetbol, el sitio trazado de Bill.
Respirando hondo y sonoramente, se detuvo frente al lugar indicado por algunos segundos y se adentró, capturando con su campo de visión primeramente a las muchachas que descansaban en las gradas. Al rodar los ojos se halló a una serie de muchachos altísimos ir tras el balón naranja, entre ellos Tom, que tenía el mando de la bola y que, eventualmente, había encestado en cuestión de centisegundos
Lo observó bien, descubriendo que iba vestido con un short largo color negro, unas zapatillas grises, y una playera de tirantes del mismo color que dejaba ver sus pectorales bien torneados y consistentes. Sus rastas negras estaban sujetas con una goma elástica gruesa, moldeándole el cabello de manera que los medianos tubos de pelo cayeran hacia adelante, casi recostándose plácidamente sobre su frente. Su pecho estaba empapado de sudor y los oscuros vellos de sus axilas eran bastamente visibles e inevitables cada vez que enarbolaba los brazos para encestar, así como también miraba los vellos de sus piernas cada vez que daba brincos firmes llenos de energía.
La simbología de esa señal inequívoca traslucía que evidentemente Tom era el dueño de ese partido, así como también de la libertad de quienes lo idolatraban.
Bill procuró tomarse más tiempo para verlo jugar, pero aquello se vio frustrado cuando Tom volteó ferozmente hacia él, demostrándole con una aspereza estridente y factible que olía su virginidad. Decidido, no encestó aunque su jugada ya estuviese organizada, sólo se quedó erguido cerca de la canasta con el balón en una mano, mostrando lo fatuo y acerado que era al proyectar un resquicio de íntima burla cargada de pedantería.
Bill avanzó con dos pasos torpes para entrar de lleno en el juego, aprovechando que todos los jugadores simplemente veían y guardaban un respeto que no comprendía por completo. En todo caso y afortunadamente, Tom tenía la pelota y si no se movía, nadie lo haría para arrebatársela, porque su presa estaba ahí, buscándolo. Y ninguna víctima lo había buscado, hasta ese día que Bill, el escuálido conejo, apareció.
Los espectadores entraron en suspenso luego de que Bill avanzara cada vez más hasta pararse frente a Tom, exponiendo lo ridículo que se veía debido a la diferencia de estaturas. Incluso el balón se miraba más grande que la cabeza de Bill, pero a éste no le importó, sólo entornó los parpados algunas veces y vio que Tom lo analizaba de pies a cabeza, con los ojos entrecerrados, achinados y fríos, liberando lo sólida e incisiva que era su mirada.
Bill aseveraba de acuerdo a su semblante no saber si comenzar una conversación o no. Sinceramente nunca lo planeó, sólo el hecho de ir a frotarse con él. Y no fue necesario aclarar que no llevaba un discurso, porque Tom lo sabía a la perfección con simplemente verlo a los ojos. El capitán lo sabía porque notó su diferente estatura inmediatamente. Y lo imaginó desde ayer. Bill le había robado energías, y verdaderamente ese punto no le importaba, más bien le sorprendía la valentía de Bill para llevarlo a cabo, aunque suponía que era demasiado ingenuo como para atreverse a hacer tal cosa. Bill le parecía divertido, un híbrido bastante entretenido e insignificante. Hacía bastante tiempo que un híbrido no lo irritaba tanto como Bill.
El silencio que gobernaba la cancha fue el detonante para que Tom apretara el balón con la mano que lo sujetaba y lo hiciera explotar, causando una brutal cacofonía que golpeteó los tímpanos de todos los débiles, excepto los del león.
Tom estaba cabreado, horrorosamente irascible y pujante, señal que llegó vertiginosamente a todos los ahí presentes, los cuales se mostraron soliviantados, desatando como consecuencia aspavientos insoportables para el ya colérico Tom.
Una monstruosa manada de deportistas corrió a zancadas desesperadas hasta la puerta del recinto, tropezándose unos con otros, repletos y desbordados de pánico puro. Bill volteó hacia todos lados, impactado en demasía, sin entender por qué corrían como si el lugar fuese a destruirse y caer sobre sus testas.
Se preguntó si Tom quería matarlo ahí mismo, y supo que sí al momento que lo miró a los ojos permanentemente, inmóvil. Una señal de alerta lo animó a alejarse varios pasos cuando Tom avanzó hacia él con firmeza y potentado, desafiante.
Entonces recordó lo que Gustav le había contado. Por los comentarios, Bill sabía que Tom lo mataría en el segundo intento, pero a pesar de verlo no quiso huir de ahí.
Confiado en su propia e inteligente cápsula, Bill avanzó los pasos que había retrocedido y se paró frente a Tom, sin deseos de escabullirse.
Tom lo estudió extraordinariamente, como un verdadero excelso heterogéneo, tiró los pedazos del balón destrozado que seguían en su mano y la dirigió hasta la cabeza de Bill, paseando los dedos por su cabellera rubia y espesa.
—Cinco centímetros me parecen suficientes. También te ha crecido el cabello. ¿Lo has notado?
La pequeña boca de Bill se abrió lo suficiente para dejar escapar un jadeo de sorpresa. Miró con el rabillo del ojo la única abertura de la cancha y al ver a Ría parada en la entrada, sin nadie más, volvió su vista a Tom, que ya había atrapado con sus crueles y hábiles dedos su cabellera, apretujándola sádicamente, como una caricia con pesadas garras.
Junto a un resoplido fresco que salió de entre los orificios de su nariz, Bill cerró los ojos y tramó hacer lo que nadie más haría y menos en una circunstancia como esa. Si Tom quería jugar a matarlo, Bill jugaría con algo que nunca nadie jamás se atrevería. Se divertiría con lo que en su opinión era uno de los puntos endebles de Tom.
Lo besaría.
Lo hizo al estirar los brazos y forzarse a lanzarse para rodear con sus delgados brazos el endurecido cuello de Tom, siendo en un principio algo dificultoso debido a que éste mantenía una mano en su cabeza, pero alcanzando al fin a dejar su boca a una pulgada de la suya.
El rostro de Tom no efectuó ningún gesto, simplemente sus ojos dejaban ver lo normalmente vituperante que era. Y veraz, Bill se aprovechó de que no hacía nada para terminar por unir sus labios superficialmente, lo más rápido que pudo para lograr su cometido. En el choque preciso de bocas, Tom dejó de apresarle el cabello, dejando los brazos a sus costados, perezosamente.
Los labios juntos de ambos se habían compactado de tal forma que embonaron magníficamente, castos, como si estuviesen hechos el uno para el otro. Para la sorpresa de Bill, los labios de Tom estaban tibios y suaves, cálidos, lo sostenía inmediatamente después de alejarse y provocar un húmedo sonido dulzón.
Deslizó los brazos del cuerpo de Tom y por un segundo sintió un fuerte mareo. Ese había sido su primer beso. Su dulce primer beso. Y con Tom. Pero lo más considerable no resultó ser eso, sino lo indignado que Tom se veía.
Bill consiguió incomodar a Ría y a Tom tras haberlos sorprendido de esa manera, aun así retrocedió dos cortos pasos consecutivos al escuchar que las manos hechas puños de Tom crujían por la fuerza que usaba para mantenerlas herméticas, esgrimiéndolas de una forma que Bill jamás había presenciado.
Por un instante se vio morir en manos de Tom; la sensación terebrante que yacía de la negrura de sus ojos iba en aumento y Bill no podía hacer algo para detenerla, para extinguirla. Tenía incluso demasiadas dudas de porqué Tom se había dejado besar, pero se recordaba que para saber las respuestas debía comenzar a pensar en algo que lo hiciera salir ileso de ese lugar y frente a Ría.
Bill no dejaría que lo destruyeran. No lo permitiría.
Continúa…
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