«Ich Brech Aus» Temporada III
CAPITULO 34
Narra Daniela
Después de media hora de viaje, por fin llegamos al aeropuerto, Tom pagó la carrera y salimos del taxi para luego coger nuestras maletas, y dirigirnos al interior del aeropuerto. Nos fuimos a facturar nuestras maletas, para luego irnos a la sala de espera que estaba cerca de la puerta de embarque. El avión que teníamos que coger venía con retraso, así que tuvimos que esperar cerca de una hora. Finalmente cuando llegó el avión, nos fuimos a la puerta de embarque para poder acceder al avión.
Una vez que estuvimos en el avión, el comandante del avión nos dio la bienvenida, y las azafatas empezaron a dar las indicaciones pertinentes de que nos abrocháramos los cinturones, apagáramos los móviles. Yo me senté al lado de la venta, me gustaba ver de vez en cuando el paisaje, mientras que Tom se puso más al lado del pasillo, a él le ponía nervioso viajar en avión desde siempre. Tras unas horas intensas de viaje, por fin dijeron por megafonía que el avión estaba llegando a su destino, y que pronto empezaríamos con las maniobras de aterrizaje, así que nos volvimos a abrochar los cinturones de seguridad, para evitar improvistos.
Una vez que el avión tomó tierra nos dispusimos a salir del este. Cuando entramos en el edificio del aeropuerto, fuimos a coger nuestras maletas, y después nos dirigimos a coger el autocar que había puesto el hotel, en el que nos íbamos a hospedar. Tuvimos que esperar a que vinieran otros compañeros de viaje, para subir al autocar, ya que nos transportarían a todos en el mismo autocar. Nosotros habíamos escogido la opción de los búngalos que estaban más cercanos a la playa, y así poder disfrutar más intensamente de la playa. Tras media hora de recorrido llegamos a nuestro destino. Se podía ver el mar cristalino y azul, apreciando los arrecifes de coral que rodeaban esa isla, surcando las arenas blanquecinas de esas islas exóticas.
Dentro del complejo hotelero, en recepción nos dieron las llaves de nuestro búngalo, y un botones nos acompañó hasta allí llevando nuestras maletas, para meterlas dentro y después marcharse y dejarnos solos a mí y a Tom.
—¿Qué te parece? –preguntó Tom abrazándome por la cintura.
—Fabulosa –dije ilusionada y embobada– Está igual que hace siete años.
—Lo sé por eso me tome la molestia de volver a coger el búngalo donde nos alojamos hace siete años –me dijo Tom.
—Siempre estás a todo –le sonreí a Tom, para luego besarle los labios.
—Y bueno señora Kaulitz espero que su estancia aquí sea inolvidable –dijo Tom poniéndose meloso.
—Claro que lo será –susurré, para volver a besarlo de nuevo.
Nos fuimos a nuestra habitación, en la que había una gran cama de matrimonio. Sacamos nuestra ropa de la maleta y la pusimos en el armario, después de eso nos pusimos nuestros trajes de baño, yo un bikini y Tom un bañador hasta por debajo de la rodilla. Luego me vestí con un short cortito de color blanco, y una camisa básica de asas, mientras que Tom se puso una camiseta ancha pero de asitas. Cogimos nuestras toallas y nos fuimos a la playa a tomar un poco el sol, que estaba a un paso de nuestro búngalo. Cuando llegamos a la playa, Tom y yo extendimos nuestras toallas en la arena de la playa blanquecina y fina. Luego Tom me echó crema protectora por mi espalda y cuerpo, para hacerme un masaje placentero, que me dejo completamente relajada.
—¡Qué gusto Tom! –suspiré al sentir sus dedos, sobre mis hombros.
—Estás muy tensa, cariño –me informó Tom mientras sus manos hacían el masaje.
—Es por todo cari. Este estrés lo tengo acumulado desde hace ya siete meses –expliqué a mi marido.
—Pues ahora tienes que desestrésate, me oíste. La boda ya acabó así que ahora tenemos que disfrutar de nuestra luna de miel –me dijo Tom.
—Tienes razón –me incorporé para besarlo– Hay que aprovecharla al máximo.
—Eso me gusta, lo que estás diciendo –se mordió provocativamente el labio.
—Siempre pensando en lo mismo –le pegué una colleja en la cabeza.
—No me pegues, que como sigas así maltratándome tendré que denunciarte por malos tratos –se quejó y amenazó Tom en plan de broma.
—Yo… no cariño, ya sabes que solo te doy cuando se te va un poco la pinza –dije a mi Tom– Vamos a ponernos morenos, después podemos irnos a comer por ahí, y después por la tarde que te parece si hacemos un poco de turismo, y…
—Hacer el amor lentamente en la cama o el jacuzzi –me complementó Tom.
Pasamos las horas en la playa tomando el sol, y cuando consideramos que ya estábamos bastantes torrados, decidimos irnos a dar una ducha a nuestro búngalo, y refrescarnos un poco, para luego ponernos una ropa más apropiada para irnos a comer a un restaurante. Después de acabar de vestirnos, salimos del búngalo y nos dirigimos al restaurante que Tom había decidido que debíamos ir, allí probaríamos la comida típica de allí. Nos sentamos en la mesa que el petrel nos indicó y empezamos a ver la carta de menús, muy acaramelados, muy enamorados. Después vino el camarero, y ordenamos nuestra comida, mientras esperábamos, hablábamos tranquilamente mientras observaba el lugar y la gente que había mucha.
—¿Dani? –escuché decir a una voz, que no era la de Tom. Me giré hacia donde provenía.
—Perdona… ¿Quién eres? –pregunté confusa, ya que no sabía quien era mientras que Tom observaba la escena.
—Soy Max, ¿Te acuerdas de mí? –dijo aquel chico de unos ojos azules intensos, y el cabello rubio, más corto de lo que lo solía llevar cuando lo conocí hace años atrás— Estás cambiadísima, sino fuera por el color de tus ojos y tú cara añiñada no te hubiera conocido –explicó Max.
—Ya… —dije un poco incómoda– Los años no pasan en balde.
—Ya… —dije mirándome fijamente– Tom, ¿Verdad?
—Sí… —dijo Tom un poco incómodo y a la vez celoso, recordando que hace años Max había estado loco por mí.
—Lo años no han pasado por ti –especificó Max– Por eso reconocí fácilmente a Dani, al verte a ti con ella me dije esa chica es Dani, se parece mucho a ella.
—Premio –dijo Tom sarcásticamente— ¡Qué listo eres!
—Y bueno contarme. ¿Qué es de vuestra vida? –dijo Max sentándose en una de la sillas que había libres enfrente nuestra.
—Bueno… —dije nerviosamente– Estamos de luna de miel.
—¿Perdón? –dijo Max confuso.
—Dani y yo nos hemos casado –dijo Tom pasando sus brazo, por mis hombros marcando territorio.
—Vaya eso sí que es una sorpresa –dijo Max entre dientes– Os doy mi enhorabuena. ¿Pero vosotros dos sois primos?
—No –dije sin dar explicaciones.
—Ah, y bueno cuando pensáis tener niños –siguió Max con su interrogatorio.
—Tenemos dos hijos de siete años, una niña y un niño. Somos muy felices –dije cortante, no quería que Tom se enfadará conmigo.
—¡Vaya! Sí que fuiste apurada –dijo Max.
—Oye no te consiento que hables así a mi mujer –dijo Tom fuera de sí.
—Tom… —susurré esperanzada de que no montara ningún numerito.
—Te agradecería que nos dejaras solos a mí y a mi mujer. Estamos disfrutando de una velada agradable –dijo Tom sin ningún rodeo.
—El gallito se cabrea –dijo Max mostrándose tan cual era.
—No tienes que hacer nada aquí, Daniela es mía y tú has perdido. Ahora estamos felizmente casados. Así que te recomiendo que salgas de nuestras vidas –dijo Tom muy serio a Max.
Acto seguido Max se levantó de la silla, y nos dejó solos. Se había formado entre Tom y Yo un silencio muy incómodo.
—Tom no debiste de haberle dicho eso –dije con enfado– Él solo intentaba ser amable.
—¿Amable…? Si sobre todo amable. ¡Por dios, Daniela! Te estaba devorando con los ojos –dijo Tom celoso– Y eso no lo voy a permitir, eres mi mujer.
—Mi amor… —le besé en los labios– No te pongas celoso.
El camarero nos trajo lo que habíamos pedido para comer, y nos pusimos a probar la deliciosa comida que nos habían traído. Cuando acabamos, Tom pidió la cuenta, y nos fuimos de ese restaurante. Por la tarde nos fuimos a recorrer un poco la isla, para conocer un poco de ella porque no era solo estar en el búngalo teniendo encuentros amorosos. Cuando cayó la noche, volvimos a nuestro búngalo, Tom pidió al hotel que nos sirvieran la cena, en nuestro nidito de amor. Esa noche cenamos acompañados a la luz de las velas, cuando acabamos nos sentamos en el sillón muy acaramelados.
—¿Te apetece darte un baño en el Jacuzzi? –preguntó Tom mientras sentía como sus labios se posaban sobre mi cuello.
—Suena muy tentado –susurré mientras suspiraba por el cosquilleo que me causaban sus labios sobre la piel de mi cuello– Te amo…
Nos dirigimos hacia el baño que había en ese búngalo, y pude ver que había una botella de champagne metida en un cubo con hielo, y al lado había dos copas de champagne vacías. El jacuzzi ya estaba lleno de agua, mientras unos pétalos de rosas rojas flotaban en el interior.
—Lo tenía preparado –le dije a Tom.
—Jejejeje –se rió– Aproveché que te estabas cambiando para preparar todo.
—Te amo… —susurré contra los labios de Tom.
Sentí como sus manos recorrían mi cuerpo hasta dejarlo completamente desnudo, yo hice lo mismo con él. Luego nos metimos en el jacuzzi y comenzamos a hacer el amor lentamente, dejando que nuestra piel se tatuará con la esencia de cada uno. Después cuando dejamos de ser uno nos abrazamos sintiendo el calor de nuestra piel.
Pasamos una semana increíble, llena de momentos únicos y mágicos de los cuales nunca olvidaremos, pero todo tiene un fin y ahora nos toca volver a salir de nuestra burbuja de cristal, y volver a la realidad. Así que después de pasar una luna de miel inolvidable, ahora me encontraba colocando y metiendo bien nuestra ropa en nuestras maletas, para luego dirigirnos al aeropuerto y tomar el avión que nos volvería a llevar a nuestro hogar, Alemania.
—Estoy deseando llegar a Hamburgo, para poder abrazar a nuestros hijos –dijo con un poco de tristeza, los echaba de menos.
—Mi vida no te preocupes ya verás que cuando lleguemos los niños estarán perfectamente –dijo Tom abrazándome por la cintura.
—Ya… pero son muy traviesos y todavía no me creo que no le hayan hecho ninguna travesura a tu madre –dije mirando a Tom.
—Mi madre ya tiene experiencia en eso –dijo Tom mientras se reía– Bill y Yo éramos muy traviesos.
—Bueno con eso me quedo más tranquila –dije suspirando aliviada.
Cuando tuvimos todo ya recogido, nos dirigimos hacia el hotel principal para entregar las llaves del búngalo que estábamos ocupando. Después montamos de nuevo en un autocar, en el que iban mucha gente que había venido con nosotros en el avión, y supongo que el regreso sería igual. Tras una hora de trayecto, por fin llegamos al aeropuerto. Tom y yo nos dirigimos a la zona de facturación para pesar nuestras maletas, las maletas iban un poco más llenas de cuando vivimos pero es que estuvimos cogiendo algún detalle, para los chicos y para los niños, y sobre todo para Simone y Gordon, para que no se enfaden de que nos hemos olvidado de ellos.
Tuvimos que esperar otra hora más para poder coger el avión, cuando llegó la hora de salida que fue anunciada por megafonía, nos dirigimos todos a la puerta de embarque e hicimos una fila larga. Poco a poco fuimos haciendo hasta llegar a la zona donde estaba nuestro avión. Fuimos subiendo por la escalera metálica que habían puesto para poder acceder al avión, cuando estuvimos dentro una azafata muy amable nos ayudó a buscar nuestros asientos. Yo volví a ocupar el asiento que estaba al lado de la ventana, y Tom el asiento que daba a los pasillos. Tuvimos que desconectar los móviles como de costumbre, y solo esperar a que el avión llegara aunque sería un viaje muy largo.
Después de más de 7 horas de viaje, por fin llegamos a Alemania, concretamente al aeropuerto de Hamburgo. Llegamos por la tarde noche, ya que de las Islas Maldivas habías salido de mañana, así que cuando arribamos en Hamburgo sería aproximadamente las nueve y media de la noche. Bajamos del avión y nos dirigimos a la puerta de embarque para volver a entrar en el interior del aeropuerto, tendríamos que coger nuestras maletas pero antes de eso, al fondo vimos a Bill y Patri, que nos habían venido a buscar con el Cadillac Escalade de Tom, y nuestros hijos, que nos miraban muy emocionados, saludándonos con sus manitas pequeñas. Cuando estuvimos cerca, la pequeña Sarah corrió a nuestros brazos seguida por su hermano Alex.
—Mami te he extrañado mucho –dijo abrazándome con su pequeño cuerpo al mío— ¿Habéis traído regalos?
—Ven aquí interesada –la cogió en brazos Tom– No me das un beso de bienvenida.
—Muac –hizo un ligero ruidito cuando sus pequeños labios se posaron sobre la mejilla de su padre.
—¡Que rico me ha sabido ese beso! –dijo Tom mientras se le caía la baba literalmente por nuestra hija– Alex campeón ven aquí a saludarme.
—Hola papi –se acercó Alex a nosotros.
—Cariño –me acerqué a mi hijo para besarle en la mejilla.
—Mamá ya soy muy mayor para que me beses –dijo un poco cortado Alex, ya que en esos momentos se consideraba muy mayor.
—Si eres un hombrecito, pero aún te queda mucho para llegar a ser como tu padre –dije a mi hijo– Aunque espero que no seas igual a tu padre con las chicas…
—¿Decías algo, Cariño? –dijo Tom en modo de reprimenda.
—Nada… —dije entre dientes.
—Me parecía haberte escuchado decir algo sobre mi persona –dijo Tom con retintín.
—Bill… Patri… —saludé a mi cuñado y mi gran amiga.
—¿Qué tal la luna de miel? –se interesó Bill.
—Genial… Todo era tan bonito –dije con melancolía de haber dejado ese sitio más bonito.
—Me alegro mucho. ¿Vamos a coger vuestras maletas? –preguntó Bill.
—Si… —respondí.
—Después podemos ir a cenar todos juntos, ¿Qué os parece? –sugirió Bill– Y así de paso nos contáis más cosas sobre el viaje.
—Pues a mí muy bien, ¿Y tu cariño? –me preguntó Tom– Así no tenemos que hacer la cena cuando lleguemos a casa.
—Sí… yo opino lo mismo –contesté a los chicos.
Nos fuimos a buscar las maletas y después nos fuimos en el coche de Tom, que ahora conducía él. Nos fuimos a un restaurante de andar por casa, es decir no era elegante se podía ir con la ropa que llevábamos sin ser de etiqueta. Cuando llegamos allí pedimos una mesa para seis personas, y el mozo que organizaba las mesas nos llevó hacia nuestra mesa, después nos dio la carta de los menús. Tom, los niños y yo nos pedimos unos platos combinados de huevo, patatas, ensalada y una hamburguesa. Patri y Bill optaron por unas ensaladas familiares que tenían todo tipo de cosas.
Continúa…