Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 10
BILL
Me hundí lentamente en el agua caliente, dejando que la espuma me cubriera casi por completo. El borde ancho, de piedra color crema, estaba templado por el calor y sostenía el peso de mi espalda mientras apoyaba la cabeza y miraba al cielo, perdido en mis propios pensamientos.
El agua estaba tan caliente que una capa espesa de espuma flotaba sobre la superficie y se pegaba a mi piel. Apenas se oía nada más que el suave murmullo del agua y el silencio del entorno. Sophia estaba viendo la tele con mi bebé y yo había decidido salir fuera. Necesitaba pensar en tantas cosas…
Mañana sería la boda de Bach y no estaba seguro de poder soportarlo. No quería estar más tiempo en el mismo sitio que Tom. No podía.
Extendí la mano hacia el borde del jacuzzi y cogí el móvil, quitándome la espuma de las manos con una parte del agua, que, aunque estaba un poco jabonosa, no tenía espuma. No había llamado a Alex desde que llegué; solo le había enviado algunos mensajes y necesitaba hablar con él. Supuse que en ese momento estaría en su despacho, quizá haciendo algo, pero seguro que sacaría un momento para cogerme la llamada. Así que simplemente marqué su número y me llevé el móvil a la oreja, esperando a que contestara.
—¿…Hola?
—Hola, Alex.— una pequeña sonrisa se formó en mis labios en cuanto le escuché.
—Oh, hola, Billie.— me respondió rápidamente. —No había visto quién me llamaba. ¿Cómo estás?
Suspiré.
—Podría decir que muy bien.— murmuré. —Pero sería mentira. Después de lo que pasó con Tom yo… de verdad no quiero volver a verlo.— le dije. A Alex le había contado lo sucedido por mensaje, omitiendo la parte en la que Tom me había besado, claro. —Me siento frustrado. Creo que cometí un grave error al volver aquí.
—Deberías intentar verle el lado bueno.— me dijo con voz suave. —Por fin te estás quitando un peso de encima al contarle lo de Tyler, tanto a él como a su familia.
—Sí, por una parte me siento más ligero porque ya no cargo con eso.— comenté. —Pero es que… humm… me cuesta muchísimo mirarle a la cara, ¿sabes? Sé que es por el bien de mi bebé, porque también tiene que crecer sabiendo quién es su padre… pero es que no soporto a Tom, no lo soporto. Se ha vuelto tan… agh, es que ni siquiera sabría cómo describirlo.
—Entonces, ¿piensas volver antes de tiempo?
—Le dije a Soph que después de la boda nos volvíamos.— le confirmé. —No aguanto un día más aquí. Me quedo por la boda de Bach, pero hasta ahí.
—¿Y qué va a pasar con Tyler? La familia de su padre querrá estar con él…— razonó. —¿Ya has decidido qué vas a hacer?
—No lo sé.— gimoteé. No había pensado en ese detalle. —Me había olvidado de eso. No recordaba que sus abuelos querrían conocerlo y pasar tiempo con el niño. Mierda…
—No te agobies.— me pidió. —La decisión de quedarte o volver depende de ti. Si quieres y te sientes cómodo, puedes quedarte un par de días más. Y si ves que no vas a poder con ello… entonces vuelve y ya pensarás después qué hacer, ¿no te parece?
Asentí despacio, aunque él no podía verme.
—Creo que es buena idea. La cuestión es que Tom coopere y se mantenga alejado de mí.
Seguimos hablando un buen rato más, hasta que empecé a notar el agua un poco fría y me despedí de él, quedando en hablar cuando saliera de la sede. Cogí el albornoz que tenía cerca y me cubrí el cuerpo, atándomelo mientras volvía a entrar en la enorme casa. Pasé por delante de la cocina y seguí hasta el salón, donde Sophia estaba sentada en el sofá con Tyler sobre las piernas, viendo muy entretenidos La Sirenita. Justo por la parte en la que Úrsula le quitaba la voz a Ariel.
Y, pensándolo bien, yo me parecía mucho a la sirenita. Dejándolo todo atrás por su príncipe. Solo que, en mi caso, mi chico no era un príncipe. Era el chico malo. ¿El villano? Era el chico capaz de reducir el mundo entero a cenizas por mí. Aunque también me identificaba con Rapunzel, mmm… esas dos siempre fueron mis películas favoritas.
¿Que hacía yo identificándome con princesas, buah?
Subí directamente a la habitación por las escaleras y fui hacia el armario donde, un rato antes, ya había guardado toda mi ropa y la de mi bebé. Saqué algo para ponerme; ya estaba anocheciendo. Bajé de nuevo cuando ya estaba listo. Tyler ya protestaba porque quería comer. Sophia se ofreció a cocinar para los dos mientras yo le daba el biberón a mi niño precioso, acunándolo y viendo cómo sus párpados se iban cerrando poco a poco mientras succionaba y soltaba pequeños ronroneos de puro gusto.
Rara vez le gustaba recibir el biberón, pero le gustaba bastante por eso seguía tomándolo y bueno, yo no se lo prohibía.
Estaba adorable. Aunque, bueno… ¿cuándo no lo estaba?
—¿Sabes qué es curioso?— me preguntó Sophia de repente.
—¿Qué?
—Que guardaste la ropa en el armario sabiendo que pasado mañana nos vamos.— murmuró entre risas mientras removía los huevos que se estaban haciendo en la sartén. —Podrías haberla dejado en las maletas.
Bufé.
—Bueno, tampoco creo que haya sido para nada.— comenté.
Ella ladeó la cabeza para mirarme, entrecerrando los ojos con curiosidad. Le sonreí ligeramente.
—Hace un rato estuve hablando con Alex. Me sugirió quedarme un par de días más si me sentía cómodo con eso. Para que la señora Charlotte y el señor Gordon conozcan al bebé y pasen tiempo con él.
—Ay, claro, que sus abuelos todavía no lo conocen.
—Pero creo que Travis debió de contárselo, o quizá fue Tom.— murmuré. —El caso es que nos quedaremos unos días más y luego nos iremos.
—¿Cuántos más o menos?
—No lo sé.— suspiré. —Hasta que no aguante más la presencia de Tom.
Ella soltó una risita y mi hijo protestó en mis brazos. Lo miré y me encontré con su ceñito fruncido. Me eché a reír porque sabía perfectamente por qué estaba enfadado. Sophia y yo, por estar hablando, estábamos interrumpiendo su sueño.
—Perdone, príncipe Tyler.— murmuré sin dejar de reír por lo bajo. —Haremos silencio.
—Qué mocoso más exigente.— se burló Sophia.
Mi bebé volvió a protestar, apretando el biberón con sus manitas.
—Ya, mi amor, duerme.— le pedí con suavidad.
Al día siguiente nos levantamos súper temprano. Bueno, no; los tres dormimos hasta las once de la mañana. Y nos despertamos justo a tiempo para arreglarnos y estar listos para la boda de Bach, que sería a las cuatro de la tarde, en la iglesia, y luego la celebración sería en la casa principal de los Trümper/König.
Por suerte había tenido un mes para planear lo que nos pondríamos. No tenía ni idea de qué iba a llevar Sophia porque nunca mostró el más mínimo interés por comprarse algo. Decía que iba a la boda a comer y a pelearse con las damas de honor. Yo ya tenía perfectamente preparado el conjunto de mi hijo; que consistía de una camiseta blanca de manga corta con pequeños parches decorativos en tonos azul y rojo, unos vaqueros claros de corte holgado con los bajos remangados y unas zapatillas deportivas blancas con detalles negros y un pequeño toque verde en la parte trasera. En su cabecita, después de peinarle el pelo cortito, le puse una gorra beige del revés.
Mi bebé precioso.
—Mami…— me llamaba. —Mami, e amo, ¿chi?
Owww…
—Yo te amo más, mi cielito precioso.— le di un besito en la mejilla, haciéndolo sonreír un montón. —¿Quién es mi bebé precioso? ¿Quién?
—¡Sho!
—¡Sí, mi amor! Tú eres mi bebé precioso.
Quería tantísimo a mi hijo, joder. Era la luz de mis ojos, mi calma en medio de la tormenta. Sin saberlo y solo con una de sus sonrisas, conseguía alegrarme los días.
Simplemente, mi mayor tesoro.
En fin, yo me puse un mono ajustado de encaje en color burdeos, confeccionado con un tejido semitransparente de estampado floral. Tenía mangas largas ligeramente acampanadas, un escote en pico y una abertura en la cintura que dejaba parte de mi abdomen al descubierto. La prenda se ajustaba a mi cuerpo y continuaba hasta cubrirme las piernas, terminando en un bajo acampanado. En los pies me puse unas botas de tacón ancho.
Con las uñas pintadas de negro y varios anillos plateados, y me dejé el pelo suelto.
—¿Listo?— entró Sophia en mi habitación preguntando mientras yo terminaba de maquillarme aplicándome tonos suaves porque no quería ir demasiado recargado. Llevaba un bonito vestido negro de seda, de tirantes finos y escote en V. —¡Buah! Menudo culo se te marca con ese mono. ¡Te dije que era el adecuado!
Sonreí apenas.
—A mí todo me queda bien.— solté con un tonito orgulloso, obviamente de broma, haciendo reír a Sophia.
—¡Ophi!— la llamó mi hijo con un chillido tan agudo que me preocupé por su garganta.
—¡¿Qué pasa, bebé?!— le gritó Sophia exactamente igual.
—¡Ophi, quiedo elado! ¿Chi?
—¿Mi ahijadito quiere un heladito?
—¡Yeta!
—Pero si este bebé lo quiere todo.— se burló Sophia mientras yo solo podía sonreír. —Cuando salgamos de aquí te compraremos uno, ¿vale, mi amor?
—¡Chi!
Cuando terminé de arreglarme salimos de casa. Durante el trayecto fuimos escuchando canciones de La Granja de Zenón por el bebé, que iba jugando con sus deditos en la sillita.
Llegamos a la iglesia en tiempo récord. Los invitados aún estaban fuera y, bueno, me bajé del coche cuando Sophia aparcó en el sitio adecuado. Saqué a mi bebé de los asientos traseros y, con él en brazos y Sophia a mi lado, subimos los escalones de hormigón.
No sé por qué, pero todo el mundo se giró para mirarnos. ¿O solo me estaban mirando a mí? No lo sabía, pero era extraño sentir todas aquellas miradas encima. ¿Quiénes eran? Seguramente la mayoría serían familiares de Chantelle, porque dudaba mucho que fueran de Bach.
Pero bueno.
Decidí ignorar todas aquellas miradas o acabaría poniéndome nervioso.
—¿Y ahora hacia dónde vamos?— pregunté en voz baja a Sophia, que se encogió de hombros igual de indecisa.
—No lo sé, amor.— me dijo. —Es la primera vez que vengo a una iglesia. ¿Se supone que tengo que santiguarme?
Me reí por lo bajo.
—Ni idea, también es la primera vez que piso un sitio como este.— murmuré de vuelta. —Aquí solo están los invitados. Los demás deberían estar dentro.
Las enormes puertas estaban abiertas, así que no dudé en entrar con Sophia detrás de mí. Ver a Bach hablando con el sacerdote me dio un gran alivio. Pensé que estarían en otro sitio y que nosotros acabaríamos perdidos.
—Ahí está Beckham.— dijo Sophia adelantándose mientras yo observaba los alrededores. La verdad es que nunca había pisado una iglesia. En el internado solo había una capilla donde nos obligaban a rezar de rodillas. No era gran cosa, o al menos no lo era para mí.
—¡Ya era hora de que llegaras!— oí gritar a Bach mientras se acercaba a mí. Me giré para mirarlo y él me recorrió de arriba abajo con la mirada, levantando una ceja al final. —Madre mía, qué guapo.— me halagó con media sonrisa en los labios. —Y el bebé también.— añadió después.
Le sonreí.
—¿Cómo estás, eh? ¿Nervioso?
—De puta madre. Estoy por meterme una raya de cocaína para calmarme.— dijo de broma.
—No hagas eso.— murmuré entre risas. —¿Dónde está Chantelle?
—Está ahí.— señaló una enorme puerta cerrada a uno de los lados de la iglesia. —Ya casi empieza la ceremonia. Estaba preguntándole al cura si al casarme empezaban las desgracias. Pero me ha dicho que, si mi mujer y yo ya nos conocemos, todo irá bien porque ya sabemos cómo es el otro.— sonrió con sorna. —Creo que también lo he traumatizado…
—¿Qué le has dicho?
—Unas cosillas bastante privadas, nene.— me respondió, y no hizo falta que entrara en detalles. ¿Qué demonios pasaba por la cabeza de estos hombres?
—No tienes remedio.— murmuré negando despacio con la cabeza. —¿Dónde se supone que están mis asientos? Espero estar en primera fila.
Él se llevó una mano a la nuca y su expresión pasó de pícara a nerviosa.
—Sí, sobre eso… es en primera fila, pero tendrás que compartirla.— murmuró con cierta vacilación. —Antes de nada quiero que sepas que yo no tuve nada que ver con eso. A mí solo me avisaron de que ese era el orden. Así que…
—¿Con quién tengo que compartirla, Bach?— pregunté entrecerrando los ojos.
—Con…
—Es una mierda.— Sophia se acercó hecha una furia, con el ceño fruncido, hacia nosotros. —Tendremos que compartir sitio con una pareja y Tom.
Sentí que se me bajaba la tensión.
—¿Qué?— solté sin aire.
Bach cerró los ojos con fuerza y luego me miró con expresión apenada.
—Lo siento.— murmuró. —No sé quién se encargó de organizar todo esto, pero así quedó la lista. Puedes cambiarte con alguien si quieres, pero dudo que nadie te ceda su sitio. Prácticamente todos reservaron el suyo con tiempo.
—Entonces pondré a Sophia en medio…
—No se puede.— murmuró de repente.
Lo dijo tan deprisa que la duda me invadió al instante. ¿Acaso Bach me estaba traicionando? Le lancé una mirada fulminante.
—No me mires así. Es que… humm… no tengo ni excusas.
—Él te lo pidió, ¿verdad?— pregunté con cuidado.
—¿Se podría decir que sí…?
Bufé.
—Me estás traicionando, Bach.— le reproché con mala cara.
—No lo llevemos a esos extremos, Billie.— susurró.
—Bach, traidor de mierda. ¡Judas!— exclamó Sophia, conteniéndose mientras lo señalaba acusadoramente con el dedo índice.
—¡Uda!— gritó mi bebé. —¡Mieda!
—No, mi amor, eso no se repite.— le reñí con suavidad.
Bach soltó un suspiro.
—Os juro que no fue a propósito. Él prometió quedarse quietecito, Billie. Confía en mí, ¿sí? La ceremonia se va a grabar y, bueno… quiere aparecer junto a ti y al niño.— me explicó.
Pero Sophia seguía negando lentamente con desaprobación. Yo tampoco daba crédito a aquellas decisiones, la verdad, porque lo único que quería era estar lo más lejos posible de ese hombre.
Pero era la boda de Bach y podía hacer el esfuerzo.
Así que resoplé y asentí despacio.
—Vale, pero me quedas debiendo una por meterme en este lío.— le advertí enseguida.
—Apuntado.— respondió. —Id tomando asiento, en la primera fila del lado derecho.
El interior de la iglesia era sencillamente impresionante. El ligero eco de los murmullos de los invitados rebotaba contra las altas paredes de piedra. El pasillo central estaba decorado con enormes arreglos de rosas blancas y sutiles detalles dorados que guiaban la vista directamente hacia el altar, donde una luz tenue y cálida caía desde las enormes vidrieras del techo.
A ambos lados, cerca del altar, se alcanzaba a ver a un grupo de músicos afinando sus instrumentos de cuerda. El suave y armonioso sonido de los violines y el violonchelo creaba una delicada melodía de fondo, preparándose para la pieza que tocarían en cuanto comenzara la ceremonia.
Caminé con paso firme por el pasillo. Al llegar al frente busqué mi sitio. Dejé a mi bebé sentado en el banco, justo en la primera fila del lado derecho, asegurándome de que estuviera cómodo con su gorrita beige del revés y sus pequeños vaqueros holgados. Estaba tranquilo, mirando el techo con curiosidad.
Fue entonces cuando distinguí, a unos metros, a los padrinos de Bach. Allí estaban Andreas, Georg y Harry, vestidos con impecables trajes a juego, hablando entre ellos en voz baja, probablemente repasando los últimos detalles o bromeando para aliviar los nervios del novio. Bach se reía absolutamente de cualquier tontería por los mismos nervios que llevaba encima.
Terminé de acomodar a Tyler en el asiento y, casi por pura inercia, me giré para mirar hacia la gran entrada de la iglesia. Prácticamente todos los invitados ya estaban entrando y buscando sus sitios, llenando el lugar de un murmullo constante.
Y entonces fue ahí cuando lo vi llegar.
Tom cruzó el umbral de la puerta.
Maldita sea… el esmoquin negro que llevaba le sentaba jodidamente bien. La chaqueta, hecha a medida, se ajustaba a la perfección a sus hombros anchos, marcando su silueta con una buena elegancia que contrastaba por completo con su forma de ser. El pantalón oscuro estilizaba sus piernas y la camisa blanca, esta vez perfectamente abotonada, junto con la corbata negra, le daban un aire de madurez del que él carecía.
Aunque la ropa, al menos superficialmente, sí conseguía dárselo.
Tenía un aspecto impecable, imponente, como el auténtico dueño de todo. Caminó unos pasos con la seguridad innata que siempre lo había caracterizado, hasta que sus ojos recorrieron el lugar y se clavaron directamente en mí. Nuestras miradas se cruzaron en medio de toda la multitud.
En ese maldito segundo, el ruido de la iglesia pareció desaparecer y contuve la respiración por completo, sintiendo un vuelco violento en el estómago. Tom detuvo su paso durante una milésima de segundo y pareció vacilar al recorrerme de arriba abajo con la mirada. Sus ojos se detuvieron de golpe en el encaje semitransparente, en la abertura de mi abdomen y en la forma en la que la prenda se ceñía a mi cuerpo.
Pude ver las marcas de la paliza que le había dado Sophia en el rostro, pero en sus pupilas se encendió un brillo intenso, de sorpresa o de un deseo que trataba de contener, junto con una profunda vulnerabilidad que hizo que dudara incluso de su propio paso.
.
TOM
Tener que ponerme este maldito esmoquin y fingir que era un hombre funcional en la boda de Bach había sido de las cosas más difíciles que había hecho.
Por fuera supongo que tenía un aspecto impecable; el traje hecho a medida me quedaba perfecto, la corbata negra estaba en su sitio y caminaba con la cabeza bien alta, intentando parecer alguien civilizado y mentalmente estable, aunque no lo estaba. Por dentro era un desastre. Mi mente seguía atrapada en el salón de aquella casa, en el sabor que aún permanecía en mis labios después de besar a mi moreno y en sus gritos diciéndome que me odiaba.
Y ahora mismo lo tenía delante.
Mi puto corazón se detuvo para, un instante después, empezar a golpearme las costillas con una violencia que me dejaba sin aire.
Dios santo.
Ahí estaba mi precioso moreno, de pie junto al primer banco. Me quedé congelado a mitad de un paso, vacilando por completo, sintiendo cómo el suelo bajo mis caros zapatos desaparecía. Mis ojos lo recorrieron de arriba abajo en un escaneo lento, voraz, incapaz de apartar la vista ni una sola milésima de segundo.
Estaba jodidamente espectacular.
El mono de encaje burdeos que llevaba se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando la curva de sus caderas y ese culo que me había vuelto loco toda la vida. La tela semitransparente con estampado floral dejaba entrever el calor de su piel, pero lo que hizo que tragara saliva con dificultad fue aquella maldita abertura en la cintura que dejaba al descubierto ambos lados de su abdomen.
Sentí una oleada de un calor insoportable subiéndome por el cuello, encendiéndome la sangre en cuestión de un segundo.
Me puse cachondo con solo mirarlo; fue una reacción física tan inmediata y devastadora que tuve que apretar los puños, ocultos a ambos lados de la chaqueta, para no perder los papeles. Estaba tan peligrosamente sensual, tan inalcanzable, con las uñas pintadas de negro y aquellos anillos plateados adornando sus dedos. Qué ganas me entraron de mandarlo todo a la mierda, de caminar directamente hacia él, posar mis manos sobre su cintura descubierta y arrastrarlo a un rincón oscuro de la iglesia para devorarlo a besos hasta que olvidara el nombre de cualquier otro imbécil.
Aunque seguramente Bill me haría volver a la realidad de una sola bofetada. Y pegaba fuerte.
Sentí un vuelco salvaje en el estómago al ver la frialdad de sus ojos en cuestión de segundos, el desprecio con el que mantenía la barbilla bien alta, y me entraron unas ganas terribles de llorar y de suplicarle allí mismo.
Me temblaban las piernas dentro del pantalón del esmoquin. Estaba allí, espectacular, vestido con el color de la tentación, obligándome a babear por él como el maldito perro que era cuando se trataba de su amor. Sabía el poder que tenía sobre mí; sabía que con solo existir era capaz de reducirme a cenizas.
Contuve el aliento, intentando disimular el nudo de nervios que me apretaba la garganta mientras me daba cuenta de que otros hombres, en la entrada, también se giraban para mirarlo. Una furia celosa y posesiva me abrasaba por dentro, mezclándose a la perfección con la dolorosa certeza de que el hombre por el que Bill se vestía así antes… era yo. Y ahora solo era el espectador de mi propia ruina.
Obligué a mis piernas a moverse, rompiendo el trance que me había dejado congelado en la entrada. Me acerqué al banco con el corazón latiéndome a mil por hora, intentando con todas mis fuerzas actuar con normalidad, como si el esmoquin no me estuviera asfixiando y como si no me estuviera muriendo por la maldita necesidad de estamparlo contra la pared de piedra y besarlo allí mismo, sin importar que estuviéramos en una iglesia. Pero no podía.
Le había prometido a Bach que mantendría las distancias para no incomodar a Bill y estropearle su día especial. Además, el moreno me pondría el cerebro del revés de un puñetazo.
—Hola, Bill.— murmuré con la voz lo más controlada que pude, tragándome los nervios.
—Hola.— me respondió él sin más, sin una sola pizca de calidez, manteniendo la vista fija al frente para dejarme claro lo poco que le importaba mi presencia.
Bajé la mirada hacia el banco y miré al niño. Nuestro bebé. Observaba todo a su alrededor con una curiosidad enorme, moviendo su gorrita beige de un lado para otro. Una oleada de emoción pura y un nudo en la garganta me golpearon al ver a mi hijo; sentí unas ganas tremendas de estirar los brazos, cogerlo, olerlo y hablar con él. Di un paso instintivo para acercarme, pero Bill se interpuso sutilmente en mi camino.
—Ni se te ocurra.— me soltó en un susurro, fulminándome con la mirada.
Bufé por la frustración, sintiendo el aguijonazo del rechazo, pero al final asentí con la cabeza. No quería llevarle la contraria ni montar un numerito allí.
Los invitados comenzaron a sentarse cuando el ambiente se calmó. El orden en el primer banco del lado derecho quedó exactamente como Bill lo había decidido. Sophia se sentó al lado del pasillo, el niño quedó a su lado, bien sujeto; después se sentó Bill y, por último, yo. A mi lado había una pareja.
Estar tan jodidamente cerca de él, sintiendo el calor que desprendía su piel a través del encaje burdeos y oliendo su perfume, me estaba volviendo loco. Necesitaba romper el hielo, tener una conversación con él, lo que fuera. Me incliné un poco hacia él y le susurré al oído, procurando que la voz no me temblara:
—Estás precioso, Billie.
Bill ni siquiera se giró para mirarme. Simplemente apretó la mandíbula.
—Ya lo sé, no hace falta que me lo digas.— me cortó con el mismo tono seco.
Solté un suspiro pesado, acomodándome sobre la dura madera del banco. Me moría de ganas de tenerlo más cerca, así que busqué otra excusa.
—¿Por qué no pones al bebé entre los dos?— le pregunté en voz baja, mirando de reojo a Tyler, que jugaba con sus manitas.
—No.— sentenció de inmediato, tajante. —Y ahora cállate, que la ceremonia va a empezar.
Iba a responderle, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta cuando las luces de la iglesia se atenuaron ligeramente y las suaves notas de los músicos comenzaron a llenar el aire. Reconocí la melodía al instante; era «Beso» de Jósean Log. El sonido del ukelele y de los violines, adaptados a la canción, creó una atmósfera increíble, dulce y romántica, que contrastaba horriblemente con el caos que llevaba dentro del pecho.
Me sentía fatigado de cierta forma.
El murmullo de la gente cesó por completo y todos los presentes nos giramos hacia la gran entrada para ver aparecer a la novia.
Chantelle apareció bajo el umbral, caminando despacio sobre la alfombra roja del pasillo central, y tengo que admitir que estaba preciosa. Llevaba un vestido de novia de ensueño, de corte sirena, que se ajustaba a su cuerpo con delicados bordados de encaje blanco que ascendían hasta un escote corazón. La falda se abría en la parte inferior formando una larga cola de tul que se deslizaba con elegancia a cada paso que daba. Su pelo rubio estaba perfectamente recogido en un moño bajo, pulido y sofisticado, dejando que unos pequeños mechones ondulados enmarcaran su rostro, mientras un velo transparente caía desde lo alto y flotaba a su espalda como una nube.
Sostenía un ramo de flores silvestres entre sus manos temblorosas y tenía la mirada fija en Bach, que la esperaba en el altar completamente nervioso.
Yo me imaginé a mi moreno vestido de esa forma, se vería increíblemente lindo. Como siempre.
Era una escena perfecta de amor de verdad.
Miré de reojo a Bill y vi cómo le brillaban los ojos mientras la observaba caminar hacia el altar. Una punzada de dolor me atravesó el pecho. Años atrás le juré que cambiaría nuestro anillo de promesa por uno de matrimonio. Se suponía que los que debíamos estar viviendo ese cuento de hadas éramos nosotros, pero por mi puta culpa ahora solo éramos dos desconocidos compartiendo un banco en silencio.
El resto de la ceremonia pasó ante mis ojos como si fuera una película a cámara lenta. Intenté concentrarme en Bach y Chantelle, en la forma en que se miraban mientras el sacerdote bendecía sus anillos, pero la realidad era que toda mi maldita atención seguía puesta en el hombre sentado a mi lado.
Escuché los votos, los aplausos de los invitados cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, y la explosión de felicidad general cuando los recién casados recorrieron de nuevo el pasillo central bajo una lluvia de pétalos de rosa al compás de los últimos acordes de la música.
Todo el mundo sonreía, se abrazaba y celebraba el amor, mientras yo sentía que me ahogaba en aquel rincón del banco, asfixiado por el perfume de Bill y por el abismo que él se empeñaba en mantener entre los dos.
En cuanto terminó la misa, los novios se marcharon primero en su coche nupcial, inaugurando oficialmente el comienzo de la celebración. La fiesta se celebraría en la casa principal de mi familia. Es la propiedad más grande que tenemos en Berlín, una mansión imponente con un jardín inmenso, rodeada de seguridad por todas partes, el lugar perfecto para un evento de esa magnitud.
Me puse de pie con la intención de hablar con Bill, de romper el protocolo durante un segundo y proponerle que fuéramos juntos hasta la recepción, aunque solo fuera por comodidad o por el niño. Pero ni siquiera me dio el beneficio de la duda. Bill se movió enseguida; cogió a Tyler, le hizo una señal a Sophia y los tres se dirigieron hacia la salida antes de que yo pudiera abrir la boca o dar un solo paso hacia él.
Me dejó plantado allí, mirando su espalda cubierta por el encaje mientras se alejaba entre la multitud de invitados, dejándome claro que no pensaba compartir conmigo ni el trayecto.
Me quedé inmóvil junto al banco vacío, soltando un suspiro frustrado y recolocándome la corbata del esmoquin, que de repente sentía como una soga al cuello.
—¿Te vas a quedar a vivir en la iglesia o qué, hermanito?— la voz de Travis me sacó de mis pensamientos.
Me giré y lo vi acercarse por el pasillo central. Llevaba a mi sobrina Cristina en brazos. La niña iba preciosa mientras se aferraba a la chaqueta de su padre. Travis me recorrió de arriba abajo con la mirada, fijándose en mi cara de pocos amigos y en la marca del labio partido que aún seguía viéndose.
—¿Vas a ir a la fiesta?— me preguntó en voz baja. Quizá dudaba de que fuera a aparecer por allí porque sabía perfectamente el infierno mental que estaba viviendo con Bill.
—Sí.— le respondí de mala gana, tragándome la amargura mientras metía las manos en los bolsillos del pantalón. —Sí, claro que voy a ir. No me perdería la fiesta por nada del mundo.
En realidad, iba a vigilar a Bill. Porque, si le daban de beber, corría el riesgo de que pasara algo malo. Nunca había tenido aguante para el alcohol.
Travis asintió y me dio una palmada suave en el hombro que tenía libre antes de recolocar a la niña en sus brazos.
—Bien. Allí nos vemos, entonces. No dejes que Klaus arruine el día, Tom.— murmuró.
No le respondí. Simplemente lo vi alejarse junto a su esposa para buscar su coche. Cada uno empezó a abandonar la iglesia, subiéndose a sus respectivos vehículos para emprender el camino hacia la mansión. Caminé solo hasta el aparcamiento, encendí el coche y arranqué con el pecho encogido, sabiendo que en unos minutos volvería a estar bajo el mismo techo que mi moreno.
.
BILL
El trayecto en coche hasta la mansión König fue un auténtico suplicio, a pesar de que Sophia no dejaba de hablar sobre lo ridículo que le parecía el peinado de una de las damas de honor.
Yo apenas la escuchaba.
Mi mente seguía atrapada en la dura madera de aquel banco de la iglesia, reviviendo cada maldito segundo en el que sentí el cuerpo de Tom pegado al mío. Me sentía furioso conmigo mismo. Era una rabia sorda y amarga que me quemaba el pecho al recordar cómo, durante toda la ceremonia, una parte traicionera de mí se moría de ganas de acortar la distancia.
Deseaba inclinarme hacia él, sentir su brazo rozando el mío o, peor aún, entrelazar mis dedos con los suyos como hacíamos antes. Me costó un esfuerzo monumental obligarme a permanecer en mi sitio, con la espalda recta y la mirada fija al frente, fingiendo una indiferencia que no sentía mientras mi corazón golpeaba las costillas como un animal enjaulado.
Me daba asco descubrir que, después de dos años y de una traición tan vil con Catalina, Tom siguiera teniendo ese maldito poder magnético sobre mí.
Por eso salí de la iglesia antes de que pudiera reaccionar; no iba a darle la oportunidad de asfixiarme con su presencia otra vez.
Cuando Sophia finalmente se detuvo frente a la propiedad principal, suspiré. El lugar era imponente. Caminé con mi bebé en brazos por el sendero principal, sosteniendo a Tyler contra mí, maravillado, muy a mi pesar, por todo lo que estaba viendo.
El inmenso jardín trasero de la mansión se había transformado en un escenario sacado de un cuento de hadas. No exageraba.
Cientos de luces cálidas y diminutas parpadeaban colgadas entre las copas de los árboles centenarios, creando un techo estrellado artificial que comenzaba a brillar a medida que avanzaba la tarde. El camino principal estaba flanqueado por enormes arreglos florales de rosas blancas, hortensias en tonos pastel y ramas de eucalipto que perfumaban el fresco aire de Berlín.
Al fondo, junto a una enorme piscina iluminada desde el interior con luces azules, se extendía una pista de baile de cristal reluciente. Las mesas redondas para los invitados estaban vestidas con manteles de lino blanco impecable, vajilla de porcelana con bordes dorados y delicadas copas de cristal que reflejaban la luz de las velas flotantes de los centros de mesa. Había un despliegue de elegancia y opulencia que me recordaba la magnitud del imperio de los König.
—Tengo que hablar con la señora Charlotte y con el señor Gordon.— le dije a Sophia.
—Creo que los vi por allí.— respondió, señalando una zona del jardín. —Ve y presenta al niño. Yo me encargaré de alimentar mi estómago.
Me reí por aquello último.
Miré hacia la dirección que me había señalado y pude ver a mis exsuegros hablando animadamente con otra pareja. Llegué a verlos durante la ceremonia y me puse nervioso. Seguramente ya sabían de la existencia del niño, pero faltaba que lo conocieran en persona. Dudaba mucho que Tom o Travis se hubieran quedado callados. Mmm.
Cuando estuve lo bastante cerca, me aclaré la garganta para llamar su atención. La conversación que mantenían con la otra pareja se detuvo y la señora Charlotte fue la primera en verme. Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa y una sonrisa apareció en sus labios.
—Oh, querido.— dijo con voz suave, acercándose para abrazarme con cierta dificultad porque tenía al niño en mis brazos. —¿Cómo has estado, cielo?
—Muy bien, señora Charlotte. ¿Y usted cómo ha estado?
—Bastante bien.— me respondió.
—Bill, qué alegría verte.— dijo el señor Gordon, extendiéndome la mano.
La señora Charlotte se apartó un poco y yo estreché la mano del señor Gordon.
—Igualmente, señor.— le dije con mi sonrisa más sincera. —Yo… venía a… a presentarles a mi hijo.— confesé con toda la vacilación y la vergüenza del mundo.
La señora Charlotte sonrió emocionada.
—¡Ay, Dios mío!— exclamó. —¿Este es el pequeño Tyler del que me habló Travis?
Preguntó mientras extendía los brazos para coger a mi bebé, que milagrosamente se dejó.
—Ay, pero qué precioso.— se le llenaron los ojos de lágrimas. —Mira, Gordon, es una preciosidad.
—Lo es.— afirmó el señor Gordon con media sonrisa, acariciándole una mejilla a mi bebé, que sonreía encantado con toda aquella atención.
—Es una preciosidad.— repetía la señora Charlotte. —¿A que sí, bebé? Yo soy tu abuela…
—Saluda a tu abuela, amor.— le dije a mi bebé.
Tyler me miró y parpadeó confundido.
—Dile: «hola, abuelita».
La señora Charlotte esperaba con una sonrisa y los ojos llenos de lágrimas.
—Oya, ita.— dijo mi bebé, provocando que la señora Charlotte soltara un pequeño gemido enternecido.
Sonreí orgulloso de mi niño tan listo.
—Ahora saluda a tu abuelito. Dile: «hola, abuelito».— le indiqué.
Tyler miró al señor Gordon.
—Oya, bito.— le dijo.
—Hola, cariño.— respondió el señor. —Ven aquí.
Se lo quitó a la señora Charlotte, que se limpiaba un par de lágrimas mientras se giraba hacia mí.
—Es una ternura.— comentó. —¿Cuántos años tiene?
—El mes que viene cumple dos añitos.— le respondí, y me humedecí los labios antes de continuar. —Señora Charlotte, yo… quería disculparme por no haberles contado antes lo del niño. Yo…
—Ay, cariño, no te preocupes.— me interrumpió, acercándose para cogerme del brazo y entrelazarlo con el suyo.
Me llevó un poco más lejos mientras el señor Gordon disfrutaba de tener a mi bebé en brazos, que no parecía nada incómodo a pesar de ser la primera vez que lo veía.
—Aun así me siento mal.— susurré.
—Lo entiendo, pero no tienes por qué disculparte. Entiendo perfectamente por qué no dijiste nada antes.— me explicó. —Jamás te juzgaría por eso, ni Gordon tampoco. Enterarnos de que teníamos un nieto, además de nuestra preciosa Cristina, fue algo que nos hizo muchísima ilusión. Hablé con Tom. Me dijo que no quieres dejarle ver al niño…
Bufé.
—Ya ha ido a quejarse…
—Sí.— confirmó ella entre risas. —Dice que está mal que no le dejes formar parte de la vida del niño, que al parecer tenías pareja y que le estabas quitando el derecho de ser padre para dárselo a otro. Y no sé cuántas cosas más me contó estando borracho.
¿Borracho?
—¿Tom ha vuelto a beber?— pregunté con curiosidad. —Quiero decir… ¿como cuando pensaba que yo estaba muerto?
—Sí, cariño.— confirmó con una mueca de tristeza. —Ese hombre no conoce otra forma de canalizar todo el dolor que lleva dentro. Actúa de forma inmadura para la edad que tiene. Y se lo dije. Ya no tiene veintidós años. Es un adulto hecho y derecho.
Suspiré.
—No lo sabía.
—Sé lo de la discusión que tuvisteis. Travis me lo contó.— comentó. —Regañé a Tom por eso. No tenía ningún derecho a reprocharte nada. Me dijo que fue por rabia, pero eso no es una excusa.
—Me trató fatal.
—Lo sé, cariño.— suspiró. —Ahora dime, esto de mantenerlo alejado del niño es una especie de castigo, ¿verdad?
Asentí lentamente.
—Y bueno… también porque… no soporto tenerlo cerca.
—Tenéis que hablar de todo eso.
—Sí, pero no me siento preparado. Pensaba que sí. Antes de venir estaba convencido de que podría hacerlo.— solté un resoplido. —Pero fue volver a verlo y no, no pude. Además, me trató fatal. Me dio muchísima rabia y, estando enfadado, también le dije cosas horribles.
—Como lo de ese tal Alex, ¿no?— preguntó con suavidad, de forma persuasiva.
Asentí.
—Sí.— admití. —Vamos de mal en peor.
—Ya llegará el momento en que podáis hablar. Todo a su debido tiempo.— me dijo.
Nos detuvimos cerca de la piscina.
—Me gustaría pasar tiempo con el bebé. Dime que te vas a quedar unos días.
Sonreí ligeramente.
—He estado pensándolo. Sí, me quedaré unos días más. Quizá una semana. También tengo que volver para seguir trabajando. Y mi pareja está allí, así que…
—Lo entiendo, cariño. Me alegra que te vayas a quedar unos días más. Quiero mimar a Tyler todo lo que pueda. ¡Es una preciosidad!— dijo emocionada una vez más.
Nos quedamos charlando un rato más mientras de fondo sonaba la música y los novios bailaban. Le conté cosillas de Tyler, sobre las cosas que le gustaban por ahora y lo mimado que estaba por culpa de Sophia y de mí. No podía quejarme; me encantaba darle todo a mi hijo. Y tampoco tenía muchas opciones, porque lloraba en cuanto le decían que no. La señora Charlotte se reía conmigo cuando le contaba las anécdotas más graciosas.
Hasta que, poco a poco, volvimos hacia la pista. Vi a Tom bebiéndose una copa de champán, pero me obligué a desviar la mirada.
La fiesta estaba ya en su punto álgido y el enorme jardín era un auténtico hervidero. Por suerte, en ese momento no tenía que cargar con el peso de mi bebé; Tyler estaba en las mejores manos posibles, siendo mimado por su abuelo Gordon y la señora Charlotte. Sus abuelos estaban completamente embobados con él, pasándoselo de brazos en brazos en una de las mesas principales, así que por ese lado estaba tranquilo.
Sophia, por su parte, se había dedicado a devorar todo aperitivo que pasaba cerca y ahora vete tú a saber dónde estaba. Había desaparecido entre la multitud de invitados y ya no la veía por ninguna parte, probablemente buscando más comida o peleándose con alguna de las damas de honor, tal y como había prometido.
Sin mi hijo y sin mi amiga, me quedé completamente solo, quieto en un rincón junto a la pista de cristal, limitándome a observar todo cuanto me rodeaba. El lujo de los König me abrumaba, así que busqué refugio en el alcohol. Para cuando me di cuenta, ya me había bebido unas tres copas de champán, una detrás de otra, intentando apagar los nervios que me provocaba la sola idea de cruzarme con Tom.
Al ver que las burbujas no eran suficientes, cambié al ponche que servían en la barra principal. Le di un buen trago y, joder, estaba fuerte. Sentía el golpe del licor quemándome la garganta, pero era justo lo que necesitaba para adormecer mis sentidos.
—¡Madre mía, pero si estás espectacular!— una voz alegre interrumpió mis pensamientos y me giré para encontrarme con Chantelle.
La novia estaba radiante, con las mejillas sonrojadas por la felicidad y su vestido de sirena brillando bajo las luces del jardín. Me recorrió de arriba abajo con la mirada, deteniéndose en el encaje burdeos de mi mono, y soltó una risita divertida.
—¿Qué pasa, Billie? ¿Es que querías quitarme protagonismo en mi propia boda?— me reprochó en tono de broma, dándome un suave empujón en el hombro.
Sonreí de lado, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
—No, para nada. ¿Cómo se te ocurre?— le respondí soltando una pequeña carcajada. —Hoy es tu día, nadie podría quitarte el protagonismo. Estás preciosa.
Los dos nos reímos.
—Gracias, Billie. Tú también lo estás. Bach incluso lo ha comentado.— me dijo con un tono pícaro que me hizo gracia y me dejó bastante confundido al mismo tiempo. —Mi marido está feliz de que estés aquí. Dudaba de que al final vinieras.
—Me lo pensé mucho, pero es su boda. No podía perdérmela.— murmuré, dándole otro trago al ponche. —Por cierto, felicidades. Espero que seáis muy felices, ¿eh?
—Gracias, eso espero yo también.— respondió entre risitas.
Justo en ese momento, el hijo de Chantelle apareció corriendo entre las mesas, vestido con un mini esmoquin idéntico al de Bach, y tiró insistentemente de la falda de tul de su madre.
—¡Mami! ¡Papá dice que tienes que bailar conmigo, venga!— le pidió el niño, señalando la pista donde los invitados bailaban al ritmo de la música.
Chantelle me miró con una sonrisa de disculpa, completamente derretida por la ternura de su pequeño.
—Tengo que irme, el deber me llama.— dijo entre risas una vez más. —No te emborraches demasiado con ese ponche, ¿vale?
Asentí con la cabeza mientras la veía alejarse de la mano de su hijo hacia el centro de la pista de cristal. Suspiré profundamente, apoyando mi peso contra una de las columnas decoradas con flores frescas. La vi marcharse y pensé que, por fin, me había quedado solo, disfrutando de un segundo de paz en medio de tanta opulencia.
Pero mi tranquilidad no duró ni un maldito suspiro.
Sentí que alguien se colocaba a mi lado, invadiendo mi espacio de golpe. Al principio no le presté atención, pensando que sería cualquier invitado borracho buscando la barra, pero en cuanto la oí hablar sentí que toda la sangre de mi cuerpo se congelaba y apreté tanto la mandíbula que llegó a dolerme. Me quedé completamente rígido.
—No pensé que volvería a verte.— soltó aquella voz chillona y maldita que reconocería en cualquier puto rincón del planeta.
Giré la cabeza despacio, sintiendo cómo una furia ciega y violenta se encendía en mi pecho.
Era ella.
Era Catalina.
Tardé un segundo en asimilar su acto de presencia, pero cuando lo hice, el fuerte ponche que corría por mis venas pareció transformarse en pura adrenalina. Me giré por completo para encararla, sujetando la copa con las uñas clavadas en el cristal frío, y la miré con todo el desprecio que fui capaz de reunir.
—¿Qué haces tú aquí?— pregunté. Mi voz salió baja, siseante, arrastrando frialdad en ella.
Catalina, lejos de intimidarse, soltó una pequeña risa llena de suficiencia. Se encogió de hombros con una falsa inocencia que me revolvió el estómago y se colocó un mechón de pelo rizado detrás de la oreja antes de mirarme con arrogancia.
—Klaus fue a buscarme y me trajo para que le hiciera compañía.— soltó como si tal cosa.
Sentí un pinchazo brutal en el centro del pecho, un pinchazo tanto de dolor como de rabia, pero me obligué a mantener la máscara de indiferencia. Alcé una ceja, asimilando sus palabras.
—Ah, así que él te ha traído…— dije, forzando una sonrisa indiferente mientras ladeaba la cabeza para ocultar lo mucho que me quemaba saber que Tom me había jurado apenas unas horas antes que no tenía nada con ella. Maldito mentiroso.
Catalina asintió con orgullo, inflando el pecho como si fuera la reina de la noche.
—Sí, así es. Nosotros estamos juntos, Benjamín.— aseguró, dando un paso más hacia mí e invadiendo mi espacio con su perfume barato. —De hecho, no sé para qué has vuelto. ¿A qué has regresado? Yo ya te dejé muy claro en su momento que Klaus estaba perfectamente bien sin ti, que su vida seguía adelante. Aquí no pintas nada.
—A ti no tengo que darte ninguna explicación.— la corté de golpe, con voz firme y tajante, dejándole claro que sus preguntas me importaban una soberana mierda.
Pero ella no tenía ninguna intención de callarse.
—Ay, por favor. Deberías tener un poco de dignidad.— me provocó, cruzándose de brazos y mirándome con una expresión que denotaba su malicia. —Yo gané el trato que hicimos,
Benjamín. Klaus está conmigo ahora y vas a tener que respetarlo.
La escuché y una risa seca, completamente carente de humor, escapó de mis labios.
¿Respetarlo?
¿Aquella mosquita muerta se atrevía a hablarme de respeto a mí?
—¿Que yo respete?— le espeté, dando un paso al frente, recortando la distancia hasta quedarme a escasos milímetros de su cara, obligándola a sostenerme la mirada. —Si tú no respetaste mi relación, ¿por qué cojones iba a respetar yo tu mierda de romance? No me hagas reír, Catalina.
Ella intentó cambiar de estrategia, queriendo hacerme sentir mal. Abrió la boca para empezar a soltar detalles de su supuesta vida con Tom, intentando restregarme por la cara lo bien que se lo pasaban, cómo dormían o las cosas que «Klaus» hacía por ella mientras yo sufría en Estados Unidos. Pero no la dejé terminar. No iba a permitir que una zorra me pisoteara.
La interrumpí con una sonrisa ladeada que desprendía tal soberbia que le borró la sonrisa de la cara en un segundo.
—Mi madre una solía decir una frase: «donde pisa leona no borra huella gata»— le solté en un susurro, recorriéndola de arriba abajo con la mirada llena de desprecio. —Porque eso es lo que eres, una puta gata.
Catalina abrió los ojos de par en par, perdiendo toda la seguridad que tenía, pero seguí humillándola, disfrutando al ver cómo los humos se le bajaban de golpe.
—No te confundas, guapa. Si Klaus está contigo es porque yo lo eché de mi vida, porque yo lo tiré a la basura.— aclaré. —Tú no eres más que una distracción barata para intentar olvidar que me perdió. Así que no te vengas tan arriba, cariño, no te creas la gran cosa… porque ese perro, aunque esté en tu patio, sigue siendo mío.
Le lancé una última mirada de puro asco y le di la espalda sin importarme que se quedara allí plantada, con la boca abierta y la cara completamente roja por la humillación, tragándose cada una de mis palabras mientras yo me alejaba con pasos elegantes, sintiendo el pulso acelerado, pero con la maravillosa satisfacción de haberla destrozado.
Me alejé de aquella mosquita muerta con la cabeza bien alta, dejando que la adrenalina de haberla humillado me recorriera el cuerpo, pero la verdad era que la rabia y las copas de aquel ponche tan fuerte empezaban a pasarme factura.
Necesitaba salir de aquel jardín.
Me acerqué a paso rápido hasta la mesa principal donde estaban mis exsuegros, forzando una sonrisa suave para ocultar el torbellino que llevaba por dentro.
—Señora Charlotte, señor Gordon, disculpen…— murmuré, llamando su atención con voz baja. —Pero ya es hora de que Tyler duerma. Él no aguanta despierto hasta tan tarde; a las ocho en punto tiene que estar dormido sí o sí, y además ya está cayendo el fresco de la noche y podría hacerle daño.
Charlotte miró su reloj de pulsera con preocupación y luego me dedicó una mirada llena de cariño, mientras Gordon le recolocaba la gorrita beige a mi pequeño.
—Ay, tienes toda la razón, cielo.— dijo Charlotte, poniéndose de pie —¿Por qué no lo llevas a una de las habitaciones de la casa? Quedaos aquí esta noche para que no tengáis que conducir a estas horas por la carretera. Hay sitio de sobra y estaréis muy cómodos.
Lo pensé durante un segundo. Seguía sin saber dónde narices estaba Sophia, y solo pensar en buscarla borracha entre toda aquella gente o ponerme a conducir de noche me daba una pereza terrible.
Así que acepté.
Al fin y al cabo, conocía aquella casa como la palma de mi mano; no iba a perderme.
Cogí a mi bebé en brazos. El pobre ya estaba prácticamente dormido, con los párpados pesándole.
Le hice despedirse de sus abuelitos con su manita medio dormida, haciéndolos sonreír, y caminé con paso firme hacia el interior de la enorme propiedad.
Dejé atrás el bullicio de la fiesta y el tintineo de las copas de cristal. Crucé el salón principal y subí las escaleras de piedra hasta las habitaciones de la primera planta, sintiendo el silencio del pasillo como un auténtico alivio. Entré en una de las habitaciones libres que recordaba, una que, por suerte, tenía la cama perfectamente hecha y lista para usarse.
Con muchísimo cuidado, acosté a mi bebé en el centro de la enorme cama. Me incliné para quitarle las zapatillas deportivas blancas, le quité la gorra beige y la dejé sobre la mesilla de noche.
Después me tumbé a su lado, acunándolo en voz baja y acariciándole el pelito corto hasta que, por fin, se quedó completamente dormido, soltando esos pequeños ronroneos que conseguían derretirme.
Me quedé observándolo unos minutos en silencio, disfrutando de la paz que transmitía. Luego, procurando no hacer ruido, me levanté y me senté al borde del colchón. Tenía toda la intención de quitarme las malditas botas de tacón ancho, que ya me estaban destrozando los pies, pero me quedé completamente inmóvil a mitad del movimiento.
Tom apareció en la puerta de la habitación.
Estaba apoyado en el marco de la puerta, mirándome fijamente. Llevaba la corbata del esmoquin deshecha, colgando a ambos lados del cuello de la camisa blanca, que ahora tenía bastante más abierta de lo normal. Estaba borracho; se le notaba en la forma pesada de respirar y en el brillo de sus ojos enrojecidos. En cuanto lo vi, sentí que el corazón me daba un vuelco de pura frustración.
—Vete, Thomas… vete de aquí.— le pedí enseguida en un hilo de voz, señalando la cama con la mirada para advertirle.
No quería gritar porque el niño estaba durmiendo y me negaba a que se despertara por culpa nuestra.
Pero Tom ignoró mi orden por completo. Se negó a irse. Cerró la puerta detrás de él con un movimiento lento y arrastró los pies sobre la alfombra, acortando la distancia entre los dos sin dejar de mirarme, poniéndome los pelos de punta.
—No me voy a ir, Billie…— arrastró las palabras. Su voz sonaba espesa, grave y completamente impregnada de alcohol.
Continúa…
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