Irrevocable 12 Catalina

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 12 (Parte 2)

CATALINA

Hacía un frío horrible. Georg me había dejado tirada en plena calle porque simplemente le había dicho que no quería irme a su apartamento. Al final había conseguido mi objetivo, y era que me llevara a la fiesta. Él había ido a buscarme al hotel donde me había quedado a pasar la noche, justo cuando acabó la ceremonia de la boda, y me había mostrado tres apartamentos para que yo eligiera. Y yo había fingido que ninguno para que no tuviese más opción que llevarme a la fiesta de la boda.

Fue algo demasiado simple, la verdad.

El punto es qué había retomado aquello después de que tuve la charla con Benjamín. Pero las nuevas opciones que me mostró y a lo maldita sea, no me gustaron. Él se enojó y bueno, me había dejado tirada.

Miré a ambos lados de la calle antes de cruzarla; quería evitar un maldito accidente, aunque todo estaba prácticamente desierto.

No conocía muy bien las calles, pero podía llegar al bar de Klaus en pocos minutos. Reconocía algunas, así que no me resultaba demasiado difícil. Llegaría para pedirle que me dejara quedarme allí, aunque fuera en mi antigua oficina. Dormiría en el sofá que había, si es que seguía allí. Él no podría negarse a ayudarme. Solo tenía que asegurarme de darle muchísima pena. Cedería. Si lo hizo una vez, también lo haría una segunda.

Volví a cruzar la calle y llegué al bar en cuestión de minutos. Fue fácil abrirme paso entre el océano de gente que bailaba al ritmo de la música electrónica y llegar hasta el ascensor, que estaba custodiado por los de siempre. Los del turno de noche. Cuando llegué hasta ellos, simplemente esbocé mi mejor sonrisa.

—Hola, Santiago.— saludé a uno de ellos, que apenas me miró. —Gael, hola para ti también.

—¿Qué quieres, Catalina?— preguntó Gael de muy malas maneras. Fue tan despectivo que fruncí el ceño. Había sido un borde.

—Qué poca educación.— murmuré, poniendo los ojos en blanco. —Necesito subir. Quiero hablar con vuestro jefe.

—El jefe ha prohibido que entre, señorita.— dijo Santiago con su tono mecánico. —Así que, por favor, márchese. Incluso tiene prohibida la entrada al bar. Mañana llegarán los encargados de la puerta y, créame, no volverá a poner un solo pie aquí. Ahora váyase.

Me quedé perpleja, parpadeando despacio. No podía ser cierto, Klaus no podía negarme la entrada así como así.

—¿Pero qué? ¿Por qué?— pregunté atropelladamente. —Eso tiene que ser mentira vuestra.

—Piense lo que quiera, pero lárguese de una vez.— aseveró Santiago. —El jefe nos castigará si se entera de que usted ha estado aquí y no hemos hecho nada para echarla. O se va por las buenas o será por las malas.

—Pues de aquí no me muevo.— espeté, cruzándome de brazos. Me negaba a ser sacada de las patadas de este lugar.

Santiago y Gael intercambiaron una mirada y el segundo suspiró. Cogió su walkie-talkie y pulsó un botón que emitió un sonido extraño.

—Ferch, te necesito aquí, en la zona C. A ti y a los chicos. Tenemos a una intrusa.

Abrí la boca, indignada.

—Recibido.— fue la respuesta que se oyó desde el otro lado.

—Me voy a quejar de esto a Klaus.— gruñí, pero ellos ni se inmutaron. —¡¿Por qué no me dejáis entrar de una vez?!

—¡Porque son órdenes del jefe!— bramó Gael. Yo iba a ponerme a hacer un escándalo, pero lo que dijo Gael a continuación me dejó petrificada. —Es ella. Sacadla de aquí.— murmuró a los hombres que se habían colocado detrás de mí sin que me diera cuenta. Habían llegado rapidísimo y no pude reaccionar cuando me sujetaron los brazos con fuerza por detrás. —Y que no vuelva a entrar.

Aquellos hombres me sacaron a la fuerza, aunque yo puse todo de mi parte para impedirlo. Grité, pataleé, pero no sirvió de nada. Al final me echaron fuera de un empujón. Tropecé con mis propios pies y casi caí al suelo de no ser porque recuperé el equilibrio. Estaba furiosa, más que nunca. No podía creer que Klaus simplemente me hubiera prohibido entrar tanto al bar como a su apartamento. Las cosas no tenían que haber acabado así.

¿Todo lo que había planeado… había sido para nada?

No. No podía terminar de esa forma. Benjamín no podía ganarme. No a mí. Se suponía que yo había conseguido separarlos. De alguna manera tenía que conseguir que Klaus fuera para mí. ¡No pude haber fracasado!

—Hola.— una voz femenina me devolvió a la realidad antes de que yo entrara en un ataque de pánico. El frío volvió a golpear con fuerza mi piel. ¿Adónde iba a ir ahora? La mujer que tenía delante, morena, me observaba sin expresión alguna. Tenía el rostro completamente impasible, las manos metidas en los bolsillos de su gabardina y… de repente me sentí extraña. El ambiente se había vuelto demasiado pesado. —Eres Catalina, ¿verdad?

La miré confundida. ¿Cómo sabía esa señora mi nombre si yo no la había visto en mi vida? A pesar de mi desconcierto, asentí con la cabeza.

Ella sonrió.

—Mucho gusto.— extendió la mano hacia mí, tenía un par de anillos con formas de calaveras adornado sus dedos. —Yo soy Ángela.

Con cierto retraso le devolví el saludo y estrechamos las manos.

—¿Puedes venir conmigo? Me gustaría hablar contigo.— invitó.

—Disculpe.— solté su mano al instante. —Pero no la conozco.

—Ah, pero yo a ti sí.— murmuró, dejándome todavía más confundida. —Te conozco perfectamente. ¿Cómo va esa mentira tuya?

—¿De qué está hablando?

—¿De verdad quieres que te lo diga?— la expresión que antes no mostraba absolutamente nada ahora desprendía pura malicia. Contuve la respiración y tragué saliva en seco. —Lo sé todo sobre ti, Catalina. Sé lo que planeas, lo que quieres, cuál es tu objetivo. ¿Crees que he venido hasta aquí por pura casualidad?

Entré en pánico.

—No sé de qué está hablando.— dije rápidamente y le di la espalda para marcharme de allí cuanto antes. Pero entonces dijo algo que hizo que me detuviera en seco en cuanto procesé sus palabras.

—Yo puedo ayudarte a que él se fije en ti.

Eso había dicho y yo, bastante incómoda y desconcertada, giré ligeramente la cabeza para mirarla.

—Al final eso es lo que quieres, ¿no? Que Klaus König sea para ti.

Fruncí el ceño y me giré para mirarla de frente.

—¿Cómo sabe usted todo eso?

—Ven conmigo y te lo contaré.— murmuró. —Aprovecha la oportunidad que te estoy ofreciendo.

—¿Es una trampa?

—¿Te lo parece?— preguntó ella, alzando una ceja. —Muchacha, yo no me ando con jueguecitos. Ven conmigo y te enseñaré cómo puedo ayudarte para que ese hombre se fije en ti. Guapa eres, pero eso no te servirá de nada si su corazón ya tiene dueño, y a esa persona la ve como la más hermosa entre todas las hermosas. Tú sola estás jugando una partida que vas a perder. Con ayuda podrás conseguir lo que deseas.

Me lo pensé. No podía confiar en esa señora, pero… de verdad necesitaba conseguir algo más con Klaus y sacar a Benjamín de su vida. Ese idiota no se lo merecía. Era un arrogante, un engreído. La forma en que me dijo que Klaus era su perro y que, aunque estuviera en mi patio, siempre sería suyo… maldito.

Quería que se arrepintiera de aquello.

—¿Aceptas?— me preguntó la mujer, levando una de sus delgadas cejas.

Solté un suspiro.

—Todo sea por conseguir lo que quiero.— murmuré. Con Rodrigo había sido fácil, pero con Klaus todo era mucho más complicado mientras Benjamín siguiera existiendo. —Pero usted no va a ayudarme porque sí. ¿Qué quiere a cambio?

Ella volvió a sonreír, aunque solo levantó una comisura de los labios.

—Oh, querida… no te preocupes por eso. Ya me estás ayudando mucho más de lo que imaginas.— me dijo. —Ahora vamos.

Cruzó la calle y yo la seguí, frente a nosotras, había un coche negro, al que me subí ocupando el asiento del copiloto cuando la mujer me lo indicó. Ella se sentó al volante y, sin siquiera ponerse el cinturón de seguridad, puso el coche en marcha. Durante todo el trayecto permaneció en silencio, con la mirada fija al frente, en la carretera. Yo tampoco hice el menor intento de sacar conversación. Me sentía extraña, demasiado. Ella tenía razón al decir que su llegada al bar no había sido una simple casualidad. Podía sentir un aura tan… densa y extraña. Como agobiante.

Llegamos a lo que parecía ser un bloque de pisos de unas cinco o seis plantas. Ella aparcó delante y nos bajamos. Cerró el coche con el seguro y me condujo hacia el interior del edificio. Ni siquiera había recepción y, al parecer, los ascensores estaban averiados. Subimos las escaleras hasta el último maldito piso y, para cuando llegamos a su apartamento, me dolían las piernas una barbaridad.

Yo nunca había sido de hacer ejercicio, no era lo mío. Aprovechaba mi complexión delgada y el hecho de que no engordaba aunque comiera de más.

Me hizo pasar. El lugar estaba a oscuras, pero enseguida se iluminó cuando encendió la luz. Lo primero que vi fue el salón, pequeño. Había una mesa redonda con un velón negro encendido. Tres sillas alrededor. En una esquina, un pequeño sofá y una lámpara de pie. La cocina era abierta y también pequeña. Apenas tenía un frigorífico diminuto y, sobre la cocina, una jarra.

Era el apartamento que podría tener cualquier persona de «bajos recursos», por decirlo de alguna manera.

—No suelo hacer los trabajos aquí.— me dijo y, acto seguido, pasó a mi lado para dirigirse a la cocina. —Pero esta vez lo amerita. ¿Quieres un café?— preguntó.

Negué con la cabeza.

—Oh, no, gracias. El café a estas horas me quita el sueño.— le respondí.

Ella asintió despacio, se sirvió una taza de café para ella y volvió. Se sentó en una de las sillas y con un gesto de la mano me indicó que hiciera lo mismo en otra. Elegí una desde la que pudiera mirarla cara a cara. Tenía muchísimas preguntas que hacerle sobre cómo podía ayudarme, pero no quería parecer una maleducada. Estaba impaciente porque realmente necesitaba ayuda.

—Voy a decirte una cosa, niña…— dijo con su voz ligeramente rasposa. Había dejado la taza de café delante de ella, sobre la mesa, desprendiendo un ligero vapor. —Aquella vez en Brasil… se suponía que él no iba a sacarte de allí. Iba a matarte por haber sido tan descarada al enseñarle los pechos.

Abrí los ojos de par en par.

—¿Cómo es que…?

—Soy bruja, niña.— soltó rápidamente con obviedad. —He tenido muchísimos años para aprender a controlar mis dones, a trabajar con ellos. Él vino a verme una vez, ufff… eso fue hace años. Estaba joven, y vino a mí pidiéndome una lectura de cartas porque yo lo atraje. Me hice pasar por vidente. ¿Sabes? Las cartas mostraban que a su vida llegaría una luz, alguien que cambiaría su forma de pensar y despertaría en él cosas que jamás esperó sentir o querer, alguien de quien, para entonces, ya estaba enamorado.

—¿Ese alguien es…?

—Más conocido como Benjamín.— afirmó con un asentimiento breve de cabeza. —Pero ese no es su verdadero nombre.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Ella tomó un sorbo de su bebida caliente.

—De eso ya te enterarás más adelante.— respondió sin darle caso. —Pero ahora estamos aquí por ti. Como te estaba diciendo… él no te habría sacado de allí y ahora mismo estarías muerta. Pero yo moví mis hilos… tengo conexión con su mente y con su alma. Igual que con «Benjamín». Y evité que se negara a ayudarte. Hice que pensara que eras guapa… incluso hice que llegara a compararte con el amor de su vida, cosa que él nunca había hecho porque en su mente solo estaba ese chiquillo. Y he hecho muchas cosas más…

—No lo entiendo, señora…

—No hace falta que lo entiendas.— espetó abruptamente. —Voy a ayudarte a que se fije en ti. Eso sí, tienes que tener en cuenta varias cositas. Todo tiene un precio, y no hablo de dinero. Así que espero que estés preparada, porque lo que tú quieres puede traerte consecuencias.

—Yo estoy perfectamente.

—Vale.— no me reprochó nada, ni siquiera lo puso en duda. —Sé perfectamente que él no siente absolutamente nada por ti. No hay vínculo, no hay conexión, no hay nada. Su amor es para otra persona. Haré que poco a poco se vaya acercando a ti de una forma que parezca natural, porque si hago un amarre…— suspiró. —No conseguirás nada, porque un amarre ata la situación actual. Y la situación actual entre vosotros no es precisamente buena. Hay indiferencia e incluso desprecio. Por tu culpa perdió a la persona que ama así que no te tiene en un buen contexto.

La escuchaba atentamente.

—Eso hará que esté contigo, sí, pero no será como lo es con Benjamín. Habrá discusiones, te mostrará el desprecio que siente por ti. Siempre recordará a Benjamín y te lo echará en cara. No será nada bonito ni romántico porque por ti no siente ni una pizca de amor.— explicó con total seriedad. —Y eso no serviría para nada.

—¿Entonces?

—Haré que se acerque de forma natural, que piense en ti de vez en cuando. Y, una vez que consiga acercarlo, el resto dependerá de ti.— me explicó. —Mi trabajo habrá salido bien si él se acerca. Pero, si tú lo estropeas a partir de ahí, yo ya no podré hacer nada más.

—Supongo que eso ya sería algo.— murmuré.

Ella sonrió despacio.

—No es tan sencillo, niña.— dijo. —Porque si él pone fuerza de voluntad… no servirá de nada.

—Entonces ¿para qué fue a buscarme si igualmente no va a conseguirlo? Ese hombre está enamorado de Benjamín y yo lo quiero para mí.

—Nunca en la vida vas a poder tener de él lo que tiene Benjamín.— respondió. —Porque él solo ama a Benjamín. Por ti no siente nada, ya te lo he dicho. Por eso quiero influir poco a poco… porque jamás va a quererte como quiere a Benjamín.

Maldición. Ni la maldita brujería podría separarlos entonces.

—Usted dijo que tenía control sobre su mente y su alma.— le recordé.

—Pero eso solo funciona cuando su mente está débil.— respondió. —Necesito mentes rotas para poder hacer mis trabajos, niña. Ahora mismo lo está y precisamente por eso he podido evitar que vaya a buscarlo o que piense en maneras de conseguir que Benjamín lo perdone. Klaus es manejable para mí, Tom no.— ¿qué? ¿Cómo que «Tom»? —Lo tengo justo en el límite, por decirlo de alguna manera, evitando que cruce la línea. Pero eso no dura demasiado. Él es fuerte mentalmente, incluso estando débil, y acaba escapando de mi control. Ahí es donde podrías aprovechar y ayudarme.

—No lo entiendo. ¿Por qué querría usted evitar que Klaus esté con Benjamín?

—Eso no es asunto tuyo.— soltó de forma brusca, con demasiada seriedad.

Apreté los labios, sintiéndome bastante ridícula.

—Y volviendo al tema de antes, te recuerdo que puedo hacer que se acerque y meterle ideas en la cabeza. Hay una grieta ahí. Pensará en ti, pero el resto dependerá de tus propias manos.

—¿Y si no funciona, qué pasa?

—Estarás jodida, niña.— respondió. —Si tú sola no sabes cómo engatusarlo, él desconfiará todavía más de ti de lo que ya lo hace. No por nada te apartó de su lado. Y ten cuidado, no le cuentes tu secretito a cualquiera. Podría ser una trampa.— me advirtió. —Y ten cuidado también con Benjamín. Ese chico no es ningún tonto…

—Ese va a sufrir cuando vea que Klaus está realmente conmigo.— comenté encantada, con una media sonrisa en los labios. —Va a estar destrozado, le va a doler muchísimo y me va a odiar todavía más.

—Ese odio no va a traerte nada bueno.

—No importa, sabré manejarlo.— dije, completamente convencida de que así sería. —Haga el trabajo lo más rápido que pueda. Nos ayudaremos mutuamente, aunque no sé cuáles son exactamente sus planes. Pero… le agradezco la ayuda.

—Para eso estamos, niña.

TOM

Me preguntaba si mi moreno podría hacerme más daño del que ya me había hecho desde que había vuelto a Alemania. No había ni un solo momento en el que no me echara en cara un sinfín de cosas. Era como si siempre supiera qué decir, como si tuviera un montón de ases bajo la manga para utilizarlos cada vez que yo intentaba acercarme. Odiaba haber conseguido que se enamorara de mí, porque al final él tenía razón… yo solo había traído problemas a su vida.

Pero, ¿cómo iba a mantenerme apartado cuando no podía soportar tenerlo tan cerca?

Lo tenía tan cerca que podría alargar la mano y dibujar con los dedos la curva de su rostro, pero al mismo tiempo estaba tan jodidamente lejos que era como intentar alcanzar una estrella muerta. Lo tenía a solo unos pasos y no podía reclamarlo, no podía estrecharlo contra mi pecho ni devorar sus labios como antes, y ese vacío me estaba matando. Todo por mi culpa. Yo destruí el santuario que habíamos construido, yo nos condené a este purgatorio.

Me odiaba con una intensidad que me ahogaba en amargura y me quemaba por dentro, ¿cuántas veces lo había dicho?

¿Cómo pude serle infiel a la única persona que daba sentido a mi existencia? Sabía que mi mente estaba completamente en blanco, sabía que en aquel maldito momento no recordaba nada, pero el olvido no limpiaba mis manos. El pecado era mío y la culpa me estaba devorando vivo. Pero… ¿y si era inocente?

Había manchado lo más sagrado que tenía en mi vida.

Y, aun así, mi necesidad de él no había disminuido ni un ápice; al contrario, se había convertido en una urgencia muy salvaje y enfermiza que me dominaba. Lo amaba con una intensidad que me desarmaba. Necesitaba quererlo, necesitaba tenerlo cerca, porque Bill era mi oxígeno, el aire que mis pulmones reclamaban para no colapsar.

Si él se iba, yo me asfixiaba.

Era tan jodidamente hermoso… Había algo innegablemente celestial en la forma en que la luz acariciaba su piel morena. Desprendía un aura inmensamente angelical y divina que me obligaba a idolatrarlo como si fuera un dios. Adoraba la pureza de sus facciones, la delicadeza de sus movimientos, la magia que irradiaba con solo respirar. Era mi morenito precioso, mi universo entero, el principio y el final de todo lo que yo era.

Por eso, cuando me atacaba con su frialdad, había decidido no defenderme. No me importaba que Bill me hiriera con sus palabras, aunque supiera que estaban llenas de una verdad demasiado aplastante y que, al final, me merecía. Que me llamara traidor, que destrozara mi orgullo con su desprecio si eso le daba un poco de paz. Sus insultos no cambiaban en absoluto ese amor inmenso e indestructible que sentía por él.

Nada de lo que dijera o hiciera iba a disminuir mi devoción. Su rechazo solo conseguía que me arrodillara aún más ante él.

Yo nací con Willem y sabía con absoluta certeza que moriría con él. No existía otra salida para mí. Aunque hubiera sido yo mismo quien provocó todo aquel desastre y ahora no pudiera tenerlo como quería, nuestras almas habían sido esculpidas de la misma materia para permanecer unidas, entrelazadas desde el principio de los tiempos.

No sabía cómo iba a recuperar el cielo que había perdido por culpa de mi estupidez, pero no pensaba apartarme de su sombra. Yo era su siervo, dependiente de él, atrapado en el laberinto de mi propia culpa, odiándome por lo que hice y venerándolo por el simple hecho de permitirme compartir el mismo espacio que él.

No quería perder su amor.

—Tom…— la voz de mi padre me devolvió a la realidad. Estaba sentado en el enorme sofá del salón, medio recostado mientras miraba el techo perdido en mis pensamientos. —Tenemos que hablar.

Solté un bufido y me acomodé para mirarlo.

—¿Qué pasa ahora?— pregunté con la voz ligeramente áspera. Tenía sed, pero no pensaba levantarme a buscar agua.

—¿Cómo va todo?— preguntó. —Con Bill, con el niño. Tu madre ya me ha contado casi todo, pero quiero que seas tú quien me lo diga.

Solté una risa sin pizca de gracia.

—No me quiere cerca del niño y no hace más que tratarme fatal, pero me lo merezco. ¿No? Por mucho que le pida perdón, sé que las palabras no arreglan absolutamente nada.

—¿Y no has hecho nada más?

—¿Y qué esperas que haga, papá?— pregunté bruscamente, quizá de malas maneras. —Él no me da la oportunidad de ganarme su perdón. Si no me la da, haga lo que haga será en vano. Y no me quiere cerca. Creo que lo único que consigo es molestarle con mi presencia.

Mi padre tomó aire.

—Bueno, ¿y qué piensas hacer entonces?

—No quiero que me aleje del niño.

—Estás metido en un lío tremendo y siento que diga lo que diga no va a servir de nada.— comentó. —En la fiesta vi a esa chica, Catalina. ¿Qué hacía ella aquí?

—Georg la trajo.— resoplé.

—No deberías tener a esa mujer cerca, Tom.— me riñó. —No puedes tener bajo el mismo techo a la mujer con la que engañaste a tu pareja. Me sorprende que siga viva.

Volví a soltar el aire.

—Quiero saber si me está mintiendo.

—¿Qué?

—Tengo la sensación de que no está siendo sincera con lo que dice.

—¿Y si desconfías tanto, por qué no has hecho nada al respecto?— preguntó. —¿La mantienes cerca y con vida para sacarle la información? ¿Cómo exactamente?

—Fernanda, en Múnich, le sacará la información.

—¿Y eso es todo?

—Papá…— bufé. —No tengo la cabeza para pensar en nada más. ¿Sabes que siento como si tuviera una maldita soga al cuello? Saber que Bill me odia, que no me quiere cerca de nuestro hijo y, para colmo, que está intentando rehacer su vida con otro imbécil. ¿Tienes idea de lo agobiante que es para mí saber eso? Me pasé dos años creyendo que dándole espacio estaría bien, y resulta que había estado con otra persona.

—¿Y cuál es tu manera de sobrellevar todo eso?— preguntó, alzando una ceja. —¿Beber como un loco? Igual que llevas haciendo todo este tiempo.

—¿Sabes qué? Sí.— respondí de malas maneras mientras me levantaba de golpe y sorbía por la nariz. —Ahora que lo dices, voy a hacer precisamente eso.

—No seas idiota, Tom.— él también se levantó. —Compórtate como el hombre que eres y afronta las consecuencias de tus actos. ¿Qué clase de solución es ponerte a beber?— frunció el ceño con desaprobación. —Yo no he criado a ningún cobarde.

—Pues… sí… siento decepcionarte entonces, papá.

Después de decir aquello, simplemente me di la vuelta y salí de la casa caminando despacio. Mi padre no dijo nada más, pero sabía que se había quedado mirándome mal, con los ojos entrecerrados, seguramente decepcionado por mi respuesta. ¿Qué podía hacer yo? ¿Cómo iba a conseguir esa oportunidad que necesitaba de Bill para ganarme su perdón? Lo echaba más de menos que a mi propia vida. Lo amaba. Pero no sabía qué hacer. Tenía la cabeza hecha un auténtico caos. En blanco. Era incapaz de pensar en una solución. Era como si mi propia mente bloqueara cualquier posibilidad y me repitiera: «No merece la pena. Lo has perdido.»

Pero luego aparecía ese otro pensamiento que no sabía de dónde salía y que me decía que simplemente debía arrastrarme hasta dejarme las rodillas en carne viva. Pedirle perdón hasta no poder más. Hasta quedarme sin voz. Suplicarle esa oportunidad que tanto anhelaba. Que él solo era mío y que no pensaba aceptar ni creer que estuviera con otra persona.

Conduje hasta mi apartamento y, cuando llegué, simplemente me dejé caer sobre la cama. Ni siquiera me había quedado a que terminara la fiesta por la unión de Bach y Chantelle. Las miradas llenas de rencor de Chantelle me hacían sentir todavía más culpable, aunque Bach me hubiera perdonado por no haberlo sacado antes de la cárcel.

Me sentía agobiado. Muchísimo.

Y me pregunté cómo estaría Catalina. Incluso yo mismo me sorprendí de ese pensamiento, pero… no le di demasiadas vueltas y saqué el móvil del bolsillo del pantalón para llamar a Georg. Me llevé el teléfono a la oreja mientras escuchaba los tonos. Al tercero contestó.

—¿Tom? ¿Qué quieres?— preguntó, y de fondo se escuchaba música. Sabía perfectamente que la fiesta por la boda de Bach seguía en marcha.

—Yo…— dudé. —¿Dónde dejaste a Catalina?

—¿Qué? Ah… pues la dejé tirada.

—¿Dónde?

—Por ahí. Ni siquiera me fijé en la calle. No quiso venir conmigo a mi apartamento. ¿Por qué lo preguntas?

—No lo sé, solo quería saber.— murmuré, sintiéndome de repente algo mareado. Notaba la vista ligeramente borrosa y como un peso en mi cabeza. —¿Sabes algo… de Bill?

—Sé que ya está durmiendo.

—Vale, gracias.— murmuré rápidamente antes de colgar.

Dejé el móvil a un lado de la cama y me levanté. ¿Por qué demonios estaba pensando de repente en Catalina? Era raro. Nunca pensaba en ella a no ser que alguien la mencionara, y entonces solo me venían pensamientos de fastidio porque su nombre siempre iba acompañado de la palabra «problemas».

Parpadeé aturdido y me fui a la cama. No podía seguir dándole vueltas a aquello. Quizá fuera algo normal. Claro. Solo preguntaba porque quería saber si por fin podría librarme de ella. Catalina no me había traído más que desgracias. Haberla sacado de Brasil había sido el mayor error de mi vida. Quizá debería haber resuelto aquello matándola allí mismo. Quizá entonces las cosas con mi moreno seguirían bien. Pero me dio pena… ¿y qué conseguí con eso?

Nada bueno.

Por eso Catalina era la culpable de todas mis desgracias.

¿Y por qué coño seguía pensando en ella? Joder.

Me di un golpe en la cabeza para espabilarme, cerré los ojos porque seguía sintiéndome aturdido e intenté dormir. Sin embargo, no conseguía dejar de pensar en el error que había cometido al traer a Catalina e incluso meterla en mi bar. Su nombre no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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