Irrevocable 12 Tom

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 12 (Parte 1)

~Lo nuestro se está muriendo, no lo entiendo. Si fuiste tú, si fui yo, si fue el tiempo.

Pero, no busquemos culpables,

si esto nunca fue estable.

TOM

Qué situación más difícil.

Tenía delante de mí a uno de los amigos de mi moreno, Gustav, sentado en una de las tumbonas que decoraban la piscina a sus alrededores. No hacía frío, por suerte, pero igualmente la tensión estaba fuerte. Pensaba en qué, no salíamos de una situación cuando ya estábamos metidos en otra. Era como si la vida se rehusara a darnos un respiro ante ajetreo.

Estábamos un poco apartados de la gente, lo cual era más seguro para que nadie pudiese escuchar, lo suficientemente lejos como para evitar las miraditas curiosas de los invitados. Por suerte, la familia y los amigos de Chantelle sabían perfectamente en qué lugar se encontraban, y de dónde venía Beckham. No eran de fiar, por eso ninguno sabía si los dueños estábamos o no en la fiesta, y prefería que eso siguiera siendo así.

Volviendo a Gustav, tenía la mirada clavada en el suelo después de que mis hombres lo trajeran hasta mí. Estaba pálido y sudando; había tenido que quitarse la chaqueta de chef porque sentía que se ahogaba. Y más al verme, había olvidado que él no sabía que yo estaba vivo. El único que sabía de eso era el señor Wieger, así que se había llevado la gran sorpresa…

—Tío, se suponía que tú estabas muerto.— me dijo con la voz ligeramente temblorosa, contraía sus dedos de vez en cuando. —Salió en todas las noticias.— levantó la mirada para verme y se relamió los labios, me miraba sin comprender —¿Cómo es posible que estés vivo, eh? Y que nadie lo sepa, por Dios.

—El señor Wieger lo sabe.— respondí en voz baja, y Gustav me miró sin poder creérselo. Su reacción era sumamente normal. —Estuve presente en la ceremonia de despedida que le hicieron a mi moreno, y él me vio. Fue el único. Sabía que mi muerte era un montaje. En este mundo las cosas funcionan así, Gustav y no teníamos más opciones. Brian se había aliado con la DEA, esos idiotas conocían las direcciones de gran parte de nuestros territorios y, para salir fácilmente de la boca del lobo, fingimos nuestra muerte.

—Sí, lo entiendo.— murmuró antes de tragar saliva, dando pequeños y casi imperceptibles asentimientos de cabeza. —Entonces ¿qué? ¿Ya habéis recuperado el poder que teníais antes o cómo?

Miré de reojo a mi hermano, que estaba colocado detrás de mí. Él no decía nada, ni siquiera intentaba ayudarme para evadir ese tipo de preguntas. Y esta vez no fue la excepción, se quedó callado y yo asentí despacio varias veces antes de volver a mirar al rubio.

—Digamos que ahora estamos en un puesto más alto que antes.— murmuré sin ponerle mucha importancia al asunto. —¿Te suena el Clan Geist?

—Joder, claro que sí…— soltó rápidamente en un jadeo tras procesar mis palabras. Sus ojos se abrieron en grande. —No lo puedo creer, ¿fuisteis vosotros los que colgasteis las extremidades del cuerpo de aquel tío en un maldito puente?— indagó con la voz sonando asombrada y aterrorizada al mismo tiempo —Y le declarasteis la guerra a otro clan. Pero nunca hubo nada ni tampoco toque de queda. ¿El Clan Geist lo manejáis vosotros?

—Sí, bueno…— suspiré, no quería dar muchos detalles. —Pasaron cosas.

—¿Y Bill?— soltó de repente, llevando la conversación al punto que quería tocar desde que lo había mandado a llamar. —Te juro que lo vi, tío. Estaba al lado de aquel chico rubio y de otra chica que no conozco. ¿O acaso lo imaginé? Aunque no me parece posible.

Me relamí los labios. Tenía que conseguir que Gustav dejara de darle vueltas a eso. Le había asegurado a Bill que no pasaría nada malo, y pensaba cumplir mi palabra. Además, sería muy riesgoso si Gustav se quedaba con la espinita, lo menos que quería era que la familia de Bill se involucrara de lleno en esto. Teníamos muchos problemas, mientras Bill no tuviese contacto con ellos, todo estaría en calma. Y dudaba que Brian los metiera en esto. O eso pensaba…

—Mi moreno está muerto, Gus…— murmuré, poniendo mi mejor expresión de melancolía —Ni siquiera quedó un cuerpo que pudiera reconocerse cuando ocurrió el accidente porque quedó hecho cenizas. La perra de Natalie me lo arrebató. Es imposible que lo hayas visto, a menos que de verdad fuera una alucinación.

—O su fantasma.— sugirió, aunque sin demasiada convicción. Tenía el ceño ligeramente fruncido. Era más bien la expresión de alguien que, de alguna forma y con toda la razón del mundo, no terminaba de creerse la mentira que intentaba meterle en la cabeza para que olvidara el tema. ¿Por qué decía que «con toda la razón del mundo»? Bueno… —Es que es raro, no se veía igual que el Billie que yo conocí. Parecía más mayor, pero era él, era idéntico. Su cara… ah…— ahogó un quejido —…no pudo haber sido una alucinación.

—Quizá lo confundiste con alguno de los invitados.— comentó Bach, queriendo echarme una mano. Su voz sonaba tranquila y eso ayudaba mucho. —Pero créeme, no pudo ser real lo que viste, porque Bill quedó reducido a cenizas. Como bien acaba de decirlo, Tom.

Gustav seguía dudando.

—Puede que sí me lo imaginara.— dijo finalmente, soltando un pequeño bufido. —Aunque madre mía, qué parecido tenía esa persona con mi Bill, ¿eh?

Sonreí con dificultad.

—La verdad es que sería increíble que estuviera vivo.— murmuré.

—Natalie sí lo está, y me imagino que ya lo sabes.— se puso en pie mientras yo asentía despacio como respuesta otra vez. Que se mencionara el nombre de esa perra solo me generaba tanta rabia. Mierda. —¿Vas a hacer algo al respecto? Según lo que dijeron en las noticias, sigue desaparecida. El jefe de la DEA de Estados Unidos ha estado proporcionando información.

—Claro que voy a hacer algo al respecto.— murmuré —Voy a cazarla, algún día lo haré y ella le hará compañía a Riri…

—¿Riri?— repitió sin comprender a qué me refería, y no era para menos. Él no tenía cómo saber que Ría era una perrita con trastornos mentales, a la que yo llevaba todos estos años alimentando su sufrimiento con castigos peores que los del mismísimo infierno. No existía la paz para ella. Y pronto tanto Natalie como Brian le harían compañía.

—Es mi mascota.— respondí con simpleza, sin darle muchas vueltas.

—Ah, ya veo.— murmuró entre una risa —¿No te has parado a pensar que… quizá… si la DEA fingió la muerte de Natalie, también hizo lo mismo con Billa?— preguntó con curiosidad, entornando un poco sus ojos. —Es algo que comentaron Sarah y Kenia, porque a los padres de Natalie también les entregaron las «cenizas» de su hija. Y con los padres de Billa hicieron exactamente lo mismo. ¿Y si… simplemente… también fingieron su muerte? Solo es una suposición tonta…

Maldición. ¿Qué iba a responder a eso? ¿Ponerme a la defensiva o fingir que me tomaba en serio su sugerencia? No quería que se pusieran a investigar, y sabía que si me unía a sus sospechas, lo harían. Investigarían. Pero negarlo tampoco era una buena opción.

—No sabría qué pensar al respecto.— murmuré, buscando mentalmente una salida para aquel pequeño problema.

—Deberías planteártelo.— fue lo único que dijo, alzando ambas cejas de forma sugerente.

—¿Y para qué iba a querer la DEA tenerlo vivo?— pregunté.

—¿Y para qué fingieron la muerte de Natalie durante diez años?— añadió él, alzando ambas cejas otra vez en el mismo gesto sugerente que antes. —¿Para qué fingieron su muerte si estaba en la cárcel cumpliendo condena? Es que, si te paras a pensarlo, no tiene ningún sentido. Los de la DEA y toda esa gente de Estados Unidos son los que mueven los hilos, Tom. Hay algo detrás de todo esto que a mí nunca me terminó de convencer y sigue sin convencerme. Nunca he confiado en el gobierno de Estados Unidos, ¿conoces todos los rumores que hay sobre ellos? No me sorprendería que, igual que fingieron la muerte de Natalie, hubieran hecho lo mismo con Billa. Por eso te digo que tengas en cuenta nuestras sospechas…

Me quedé en silencio. Gustav era… demasiado observador y era de admirar, como también era muy preocupante. Ya entendía por qué mi moreno estaba tan aterrado cuando este lo vio. Gustav no era ningún tonto, conocía perfectamente cómo funcionaban las cosas.

—El marido de Kenia fue quien ganó las elecciones a la presidencia aquí.— me comentó, y fue algo que me generó mucho asombro. Recordaba a Kenia, pero era una imagen vaga la que tenía de ella. Nunca imaginé que fuese la esposa del actual presidente. —Ella aprovecha su puesto como primera dama para investigar. Y lo está haciendo. Deberías aliarte con el presidente y trabajar juntos.— me dio una suave palmada en la espalda —Quizá entre los dos consigáis averiguar algo. ¿Te imaginas cómo sería todo si Billa resulta estar vivo? No solo nos alegraríamos nosotros, sus padres también, y la señora Simone ya no estaría sumida en esa depresión.

—Sí, sería increíble.— murmuré. Me sentía fatal por ocultar que realmente estaba vivo, pero no había otra opción. Lo mejor para ellos era que siguieran pensando eso por ahora, mientras resolvíamos los problemas pendientes y sacábamos a Brian del juego. —Yo… yo… usaré mis contactos.— aseguré para quitarme de encima su insistencia. Gustav me creyó al instante. —Estaremos en contacto.

Le tendí la mano y él la estrechó.

—Qué bien que estés vivo, amigo.— me dijo con una pequeña sonrisa curvando sus labios. —Casi que no te reconozco.— soltó en broma —Pero me alegro muchísimo de volver a verte. Si consigues averiguar algo, por muy insignificante que sea, no dudes en decírmelo, ¿vale?

—Claro. También me alegro mucho de volver a verte, Gustav.— expresé, sonriendo también aunque no me llegaba a los ojos, y soltamos nuestras manos.

—Bueno, creo que ya me voy.— comentó entre un suspiro —Empiezo a pensar que la falta de sueño me está pasando factura, ¿eh? Mira qué imaginar ver a Bill.— se burlaba él mismo, riendo un poco mientras negaba con la cabeza.

—Travis, haz que lleven a Gustav a su casa con su hija.— le pedí a mi hermano, mirándolo brevemente antes de volver a Gustav. —Y déjales tu contacto, luego ellos me lo pasarán.— le pedí —Yo… te escribiré si hay cualquier novedad con respecto a eso.

Él asintió ligeramente con la cabeza en señal de aceptación. Travis hizo un gesto a nuestros hombres, que rondaban por allí asegurándose de que todo estuviera bien. Escoltaron a Gustav hasta la salida trasera por orden mía, una orden que, obviamente, di sin que Gustav la oyera. El objetivo de eso era que no se cruzara nuevamente con Bill. Me quedé mirando hasta que lo subieron a una de las camionetas y solté un suspiro pesado.

—Creo que, en vez de arreglar las cosas, las he empeorado.— comenté para mí mismo, aunque tanto Travis como Bach me oyeron.

—No es culpa tuya, él ya tenía sus sospechas.— me dijo Bach. Pero eso no me consolaba en absoluto, solo me llevaba a seguir dándole vueltas a aquello buscando alguna solución para salir de eso. —Además, es normal. Con el tema de Natalie tendrán sus dudas.

Hice una pequeña mueca con mis labios. Tenía que pensar en que haría ahora.

—Ay, ya se ha ido el chef, amor. ¿Por qué?— preguntó Chantelle mientras se acercaba y abrazaba a Bach rodeándole el cuello con los brazos. Se había quitado su vestido de novia y había quedado con su ropa para la fiesta, que consistía de un vestido blanco corto de seda ceñido a su cuerpo. No me había fijado en que se había acercado hasta que la escuché hablar.

—Es uno de los amigos de Bill, cariño.— le explicó mi amigo rápidamente y por encima —Uno de sus amigos del pasado. Vieron a Bill, pero ya intentamos quitarle la idea de la cabeza de que sigue vivo.

—Ah, ¿es que no puede saberlo?

—No, nadie puede saberlo.— respondió Bach. —La próxima vez seré yo quien se encargue de preparar todo, ¿eh?

—Amor.— Chantelle se echó a reír —Ya no nos vamos a casar otra vez.

—¿Y los aniversarios?

—Bueno, esos serán celebraciones privadas, solo nosotros dos en nuestra habitación.— respondió la rubia.

—Qué empalagosos y asquerosos.— se quejó mi hermano a su detrás, poniendo los ojos en blanco. —Pueden hacer eso en privado, ¿sabéis?

Yo bufé.

—Bach, ¿podrías ir a decirle a Bill que ya está todo solucionado?— pregunté. Porque con lo que había pasado antes en la habitación, y el como él reaccionó a la defensiva culpándome, sabía que no querría verme. —Evita contarle la parte mala. Se va a preocupar y no quiero eso.

—¿Me estás pidiendo que le mienta?— reprochó mi amigo, arrugando la frente. —¿Y por qué no vas tú?

—Porque no quiere verme, a menos que sea para matarme a golpes.— musité en medio de un suspiro —Y en ti confía más. Te creerá si le dices que ya está todo bajo control.

—Con la situación que tienes con él, no creo que sea buena idea que sigas mintiéndole, Tom.— dijo Travis con seriedad, para luego cruzarse de brazos y mirarme fijamente. —Se va a enfadar todavía más cuando descubra la verdad.

—No lo hará, créeme. Yo me encargaré de esto. Intentaré que toda esa investigación no lleve a ninguna parte, que no consigan descubrir absolutamente nada sobre Bill, pero necesitaré ponerme en contacto con el presidente y mantener la fachada de que estoy colaborando con ellos para desviarles del camino que están siguiendo.— expliqué con palabras rápidas. Dudaba de que me hubiesen entendido. —Sin embargo, Bill no puede enterarse. Le da demasiadas vueltas a todo, se preocupará, y eso no es bueno. Créeme, lo conozco.

—Bueno, si ya tienes un plan…— suspiró mi hermano, encogiéndose de hombros. —Entonces hazlo, pero procura que Bill no se entere. Porque si están investigando eso, acabará llegando a manos del director de la DEA, y ese es la nueva pareja de Bill. Le contará.

—Ese cabrón no es nada de Bill.— espeté de mal humor, ¿como se le ocurría ponerle ese título? Él no era «pareja» de mi moreno, solo un juguetito con el cual estaba pasando el rato y ya. —Nada. Y ya veré qué hago con ese asunto.

Mi hermano soltó una risita nasal, me miraba con una expresión socarrona en su rostro. —Eres un ignorante y un enorme tonto. ¿De verdad te crees que ese tío es solo alguien con quien Bill está pasando el rato por despecho?

—Lo es.— afirmé con una mueca en los labios, no iba a entrar en una discusión por un tema tan poco importante como ese. —Y no quiero seguir hablando de eso, Travis.

—Vale, sigue viviendo en tu burbuja, que ya explotará el día que descubras lo muchísimo que te equivocas.— comentó, sonriendo burlón. —Ese tío ya lo sabe todo porque Bill se lo contó. Y con todo me refiero a TODO, hasta quiénes somos nosotros. Nuestras reales identidades. Tiene que confiar muchísimo en él para haberle contado algo así…

—Claro que confía en él. El tío está enamorado de Bill.— ironicé con recelo. —O eso dicen.

—Yo estuve en contacto con Bill durante estos dos años. ¿Sabes lo bien que me hablaba de ese tal Alexander Krüger?— interrogó Bach. —Créeme, ama a Bill y… creo que Bill le tiene cariño. Eso es algo, Tom.

—Uy, ya te ha salido competencia, Klaus.— se burló Chantelle.

Apreté los puños a cada lado de mi cuerpo. No estaba de humor, realmente no lo estaba cuando se tocaba ese tema con respecto al puto de Alex y lo que fuese que tuviera con mi moreno. MI moreno.

—Ve a decirle lo que te he pedido, por favor.— le recordé a Bach, intentando controlar la rabia que me hervía en el pecho y me provocaba inmensas ganas de golpear a alguien. Maldición. Me negaba a creer que ese malnacido fuera algo importante para mi moreno. No podía. Simplemente, me negaba a creerlo.

—Iré.— aceptó en un suspiro —A ver si me cree.

—¡Oye, Bach!— exclamó Sophia a una larga distancia, tenía un plato de comida en sus manos. —¡¿Sabes dónde carajos está Bill?!

—¡Supongo que afuera!— fue la respuesta del castaño. —Iré a verlo, ¿vienes también o qué?

—Mejor dile que venga porque no se irá a dormir sin comer.— le respondió ella mientras se acercaba a mi amigo —¡Ahg! Estoy enojada, quería pelear pero no vi por ningún lado a mi maniquí de entrenamiento, a mi saco de boxeo.

Me limité a no decir nada al respecto y a desviar la mirada antes de que Sophia me dedicara una asesina de su parte. Tenía la pequeña sospecha de a qué se refería con «saco de boxeo» y con «maniquí de entrenamiento.» Pero no diría nada.

—Okay.— Bach solo se reía de lo que decía la rubia, bastante entretenido. —Iré a llamarlo. Vaya grandiosa boda he tenido.— ironizaba.

Y yo… iría a ver a mi hijo si Bill no estaba ahí, claro. Porque sino, tendría que irme para que Bach pudiese hablar con él. Esperaba que estuviese afuera, yo realmente quería pasar tiempo con mi bebé. Lo necesitaba. Era algo que me nacía.

.

BILL

Nunca pensé que la noche acabaría así para mí. Jamás imaginé que volvería a ver a uno de mis amigos después de tantos años. Había despertado en mí una sensación tan extraña que me daban ganas de abrazar a ese rubio que siempre había sido el más sensato del grupo y que siempre me había querido muchísimo. No podía olvidar la expresión que puso al clavar sus ojos en mí a través de sus gafas, su perplejidad, su impresión.

Y no era para menos, era evidente que me había reconocido. ¿Acaso había hecho mal en volver a teñirme de negro? Debería haberme quedado rubio, quizá eso habría ayudado más. Quizá en estos momentos mi ex no estaría intentando solucionar ese problema.

¿Cómo? Ni siquiera sabía qué era lo que estaba planeando. Pero yo estaba asustado, porque si Tom no conseguía arreglar aquel problema con Gustav, estaría jodido, prácticamente. No quiero ni estaba preparado para que mis padres supieran que yo seguía vivo, y hiciera lo que hiciera Tom, sabía que Gustav seguiría teniendo la duda. Lo conocía demasiado bien. Sabía cómo era, cómo pensaba, cómo analizaba las cosas. Tenía miedo…

Sentía una opresión horrible en el pecho. Tan insoportable y asfixiante que no sabía cómo manejarla. Por eso había salido a fumar. Le había pedido a Andreas un par de cigarrillos, su mechero de bolsillo y salí fuera a fumar, aunque hacía muchísimos años que no lo hacía.

Con cada calada sentía que ese peso en el pecho se aliviaba un poco. Aspiraba y soltaba el aire unos segundos después. Delante de mí se formaba una pequeña nube de humo que desaparecía en un abrir y cerrar de ojos.

—Bill.— llamó alguien a mi espalda.

Estaba tan perdido en mis pensamientos, imaginando todas las desgracias que podrían ocurrir si mis padres descubrían que seguía vivo, que no fui capaz de reconocer aquella voz. Aun así, me giré sobresaltado. Detrás de mí estaba Bach, mirándome con una expresión que reflejaba toda su preocupación.

—Oh, eres tú.— solté una risita nerviosa entre un suspiro. El cigarrillo atrapado entre mis dedos se consumía poco a poco, y no pensaba desperdiciarlo. Así que me lo llevé de nuevo a los labios y le di otra calada mientras miraba al castaño que tenía delante.— ¿Qué pasa, Bach?— le pregunté. El humo salía de mi boca con cada palabra que pronunciaba y se esparcía dejando su fuerte olor impregnado en el aire.

—Quería pedirte perdón, no sabía que él era amigo tuyo.— me dijo, dando un paso más para acercarse un poco a mi. —Chantelle lo contrató, pero yo no tenía ni idea de quién era.

Le sonreí con dificultad.

—No te preocupes.— dije. Lo último que quería era que se sintiera culpable. —Supongo que Tom ya lo habrá solucionado.

—Sí.— respondió con un leve asentimiento. —Ha conseguido convencerlo de que fue una alucinación y Gustav se lo ha tomado con calma. Él mismo le echó la culpa al vaso de ponche que se había bebido. Debía de estar bastante cargado, así que fue la mejor excusa.

Y sí que estaba cargado.

Esa misma bebida me había nublado el juicio y me había llevado a acabar en aquella situación tan comprometedora con Tom. Pero no quería ponerme a pensar en eso, así que simplemente asentí a las palabras de mi amigo, bastante aliviado. Aunque seguía teniendo esa espinita de que Gustav no se iba a quedar tranquilo pensando de esa manera. Aun así, esperaba y le pedía al cielo que se tragara ese cuento de que todo había sido una simple alucinación.

De verdad no podría enfrentarme a la idea de tener que presentarme delante de mis padres. No estaba listo, ¿qué les diría? Y lo más importante… ¿cómo reaccionarían ellos?

—Pero bueno…— continuó Bach. —Yo venía a preguntarte otra cosa.

—¿Qué?

—¿Qué ha pasado entre tú y Tom?— preguntó. Su expresión pasó de preocupada a tranquila, suavizando sus facciones pero mostrando un brillo curioso en sus ojos. —Me ha pedido que fuera yo quien viniera a decirte que lo de Gustav ya estaba solucionado, porque tú no querrías verlo sin lanzarte a pegarle.

Maldije para mis adentros. ¿Por qué Tom no podía limitarse a mantener la boca cerrada? No, tenía que ir a hablar.

—Nada.— mentí con un leve resoplido. —Es lo de siempre, simplemente no lo quiero cerca.

Bach no se creyó ni una palabra que dije, y la expresión de duda en su mirada me lo dejó clarísimo. Pero no insistió, para mí buena suerte. Solo sonrió ligeramente.

—Yo me imaginaba que era algo más.— murmuró antes de soltar un bufido. —En fin, eso era todo. Ya deberías entrar. Está haciendo frío y no deberías estar fumando, ¿eh?

Solté una pequeña risa.

—Solo quería calmar los nervios.— respondí antes de empezar a caminar junto a él hacia el interior de la casa. Obviamente, tiré la colilla del cigarrillo antes de volver a entrar. —¿Gustav ya se va?

—Sí, la cena ya ha terminado.— respondió, dedicándome una breve mirada. —Pero no te preocupes, ellos saldrán por la parte de atrás.— añadió después, dándome una suave palmada en la espalda. —Sophia quiere que vayas a cenar. Dice que no piensa dejar que te acuestes con el estómago vacío.

Volví a reír.

—Sophia parece mi madre.— refunfuñé en broma.

—Es terrible.— coincidió Bach. —Pero se preocupa más por ti que por ella misma.

Sí, joder. Eso era cierto. —¿Qué está haciendo ahora?

—Comiendo. Dijo que quería pelear, pero que su nuevo maniquí de entrenamiento no estaba.— se burló.

Ni siquiera tuve que preguntar a qué se refería, porque era evidente que Sophia hablaba de esa zorrita de Catalina. La misma a la que Tom había traído a la fiesta y que, quizá, ya había echado. Pero ¿de qué servía hacerlo ahora? Si esa ya se había atrevido a dirigirme la palabra como si tuviera el puto derecho.

Llegamos al jardín y enseguida vi a mi amiga, así que me acerqué a ella, alejándome de Bach. Estaba devorando una costilla bañada en salsa BBQ. Yo me preguntaba si habría comida vegetariana para mí, porque yo no comía animales muertos. Qué asco…

—Amor.— gimoteó Sophia, feliz de volver a verme. —Ya ese imbécil solucionó el problema con tu amigo y ya Gustav se fue. ¿Te lo contó Bach?

Asentí como respuesta.

—Me siento más tranquilo sabiendo que Gus no va a ser un problema.— comenté, encogiéndome de hombros. Realmente me sentía aliviado.

—Ay, bebé…— suspiró —Algún día tendrás que decírselo, ¿no crees que es injusto que piensen que estás muerto y vivan con ese dolor?

—Sé que no es justo.— murmuré, confirmándolo porque realmente era muy injusto que pensaran eso. Yo sabía que les dolía pero tenía que ser así por ahora, que siguiesen creyendo eso porque no quería que les hicieran algo. —Yo, más que nadie, conozco ese sentimiento de pérdida, pero no puedo, Soph. Sea justo o no, quiero que estén lejos del peligro que supone mi vida. Bastante tengo con proteger a mi hijo de todo esto para que no acabe perjudicado como mis gemelos. Quizá cuando consiga capturar a Brian… a Natalie… no lo sé. Quizá entonces sí se lo cuente.

Ella torció los labios en una mueca de pena.

—Vale, cielo. Es tu decisión.— dijo finalmente —Ahora ve a comer.

—No tengo hambre, Soph.

Ella puso los ojos en blanco.

—Tienes que comer, ¿o piensas irte a dormir sin haber probado bocado?

—Me tomaré un zumo, pero de verdad, no tengo nada de apetito.— insistí con el cansancio notándose en mi voz. —Es más, voy a ir a ver a mi bebé. No vaya a ser que no me note y se despierte llorando, como ya ha pasado muchas veces.

Ella, resignándose a dejar de insistir para que comiera, asintió lentamente.

—Ve, que luego intenta bajarse de la cama y salir gateando de la habitación, y al final se nos pierde.— dijo en broma, aunque Tyler sí era capaz, mi bebé era muy inteligente. Pero dudaba que se saliera de la habitación porque yo había dejado la puerta cerrada. —Pero bébete un zumo, al menos.

Asentí despacio con la cabeza para luego desearle las buenas noches. Me alejé y, en la cocina, les pedí a las chicas que me prepararan algún zumo, cosa que hicieron muy amablemente. Me bebí el zumo de limón y les di las gracias antes de dirigirme hacia las escaleras del enorme salón de la casa. Las subí despacio hasta llegar a la habitación. Pero fruncí el ceño al darme cuenta de que la luz estaba encendida por la pequeña rendija que quedaba entre la puerta y el suelo.

Yo la había dejado apagada.

Abrí la puerta. Se oían murmullos dentro y, al mirar al interior, encontré a Tom con mi hijo en brazos, hablándole. Mi bebé tenía los ojitos llorosos, pero se reía con las cosas que Tom le decía, aunque seguramente ni las entendía. Pero estaba consiguiendo hacerlo reír. Lo único que se me pasó por la cabeza fue que mi bebé se había despertado, tal y como había predicho, y que Tom había estado allí para calmarlo. No podía soportar la escena que estaba viendo. No porque tuviera nada de malo; en realidad era bonito ver a Tom con mi hijo, su hijo también. Y… era precisamente eso lo que no soportaba.

—¿Qué haces aquí?— me atreví a preguntar para hacer notar mi presencia, aunque ya conocía la respuesta. Mi voz salió con un deje de enojo, debía mantener mi fachada.

Tom, que estaba de espaldas, se giró lentamente y, al verme, juraría que se puso nervioso. Puse mi expresión más seria y me crucé de brazos.

—¿Qué te dije?— le reproché. Di grandes y rápidos pasos hasta él y le arrebaté a mi bebé, que enseguida me rodeó el cuello con sus bracitos. —¿Qué parte de «no te quiero cerca de mi hijo» no entiendes, Thomas?— gruñí disgustado.

—Lo siento.— murmuró él —El niño estaba llorando y golpeaba la puerta. Yo solo pasaba por aquí y lo estaba calmando, nada más.

Mentiroso.

—Pues no vuelvas a hacerlo.— espeté con sequedad —No te quiero cerca de mi bebé, entiéndelo. Te quiero lejos de él. Es más, ni siquiera lo mires.

Pasé por su lado para dejar a mi hijo sobre la cama, que enseguida se quejó por ello. Tom me miraba completamente desconcertado, a pesar de que no era la primera vez que le decía esas palabras. ¿De qué se sorprendía?

—Me cuesta muchísimo creer que de verdad me odies, Bill.— me dijo y yo puse los ojos en blanco. ¿a mi que me importaba si le era difícil de procesar o no? —Me cuesta muchísimo creer… que me detestes de esa manera, que quieras castigarme alejándome del niño. ¿Se te olvida que yo, igual que tú, perdí a mis hijos? No puedes ser tan…— se contuvo antes de decir algo más. Se tragó las palabras soltando un bufido y apretó los puños a ambos lados del cuerpo, cerrando con fuerza los ojos. —No estaba haciendo nada malo.

—Me da igual.— murmuré con desdén. No quería que notara que sus palabras realmente me hacían sentir mal, porque yo sabía que estaba siendo cruel al querer mantenerlo lejos de mi hijo. —No me importa si te duele, si lo ves como una injusticia o si crees que tienes algún derecho sobre el niño. Nada de eso me importa. Que no se te olvide que nuestros hijos estaban en tus manos cuando te los quitaron y los mataron. Porque yo estaba secuestrado. No pude hacer nada para salvarlos mientras permanecía encadenado sobre un suelo mugriento. Débil porque apenas me daban de comer más que sobras. Débil porque ni siquiera tenía agua limpia para beber. Débil porque me bañaban con agua helada.

Tom guardó silencio.

—No creo que estés en posición de venir a reclamarme nada.— añadí despectivamente —Si nuestros hijos no están vivos es por tu culpa. Literalmente, es culpa tuya. Entonces… ¿de que te quejas?

—Ya lo sé, pero gracias por recordármelo.— respondió con sarcasmo.

—De nada.— contesté de la misma manera —Espero que no lo olvides jamás. Que recuerdes siempre que tú trajiste todas las desgracias a mi vida. Que las soporté todas, Tom. ¡Todas! Por ti… y que al final me pagaste todo eso, cada mierda que me hicieron, cada lágrima que derramé por culpa de sus torturas, cada una de tus mentiras, todo eso, acostándote con otra. Recuérdalo muy bien.

Di pasos rápidos hacia la puerta y la abrí del todo para señalarle con el dedo que se marchara. Tom empujó el interior de su mejilla con la punta de la lengua, él sabía que en este tema tenía la batalla perdida porque sus argumentos no serían escuchados. Él no pasó ni por la mitad de todo lo que yo pasé, entonces sí, no estaba en posición de venir a reclamarme nada. Su expresión reflejaba el dolor que le provocaban mis palabras. Pero, más allá del dolor, mostraba tristeza.

Pero a esas alturas ya no podía mostrarme empático. Él nos había llevado a los dos a acabar así.

—¿Tengo que decirte que te vayas?— pregunté con impaciencia al ver que seguía plantado allí sin moverse.

Él tragó saliva, negó con la cabeza y simplemente salió de la habitación. En cuanto estuvo fuera, cerré la puerta y volví junto a mi bebé, que me esperaba en la cama jugando con sus deditos.

Odiaba tanto que todo lo que habíamos construido juntos se hubiera ido a la mierda. Que todo lo que hice por él no hubiera servido para nada. Solo hizo falta que apareciera una mujer para destrozarlo todo. ¿Qué podía perdonarle? ¿La infidelidad? Jamás. ¿El hecho de que no hubiera hecho absolutamente nada durante dos años? Tampoco. Porque nunca demostró que quisiera recuperarme. Entonces, ¿por qué venía a hacerlo ahora, cuando ya no servía absolutamente de nada? Mi alma ya no se estaba muriendo como antes, así que era mejor que no perdiera el tiempo intentando volver a mi vida para arreglar algo que, de verdad, ya no tenía solución.

Sí tan solo no hubiese pasado nada entre él y aquella mujer, yo… habría lo habría perdonado. Habría dejado a un lado el hecho de qué ignoró mis peticiones sobre que se alejara de ella. Yo lo habría perdonado, pero es que sí había pasado algo, sí se había acostado con ella y era algo que nunca le perdonaría.

No podía perdonarlo aunque me lo propusiera porque lo miraba a los ojos y sentía que no se merecía algo como mi perdón, que me estaría mintiendo. Mucho menos volver al lugar que él mismo destruyó con sus propias manos, con sus malditas acciones.

Si tanto me echaba de menos… que fuera a abrazar a esa perra con la que me engañó.

No había nada más que decir al respecto. Si seguía acercándose, lo único que conseguía era empujarme a convertirme en su rival. Porque la única forma de que siguiera alejándose era haciéndole daño, era demostrándole que ya no lo necesitaba, que yo ya no lo quería. Esa era su debilidad, ¿no? Su ego.

Abracé a mi hijo y lo estreché contra mí para dejarle un besito en la frente.

—¿Vas a volver a dormir, mi amor?— le pregunté en voz baja.

Mi bebé me respondió con un sonidito gutural en señal de que sí.

—Vale, cariño. Duerme.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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