Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 13 (Parte 1)
BILL
—Mami… ¿comía, chi?
Tyler era mucho más madrugador que yo en mis días libres, o no tan libres, y me había despertado mientras yo dormía tranquilamente. Mi disgusto porque me despertasen temprano mientras estaba descansando seguía siendo el mismo, pero cuando se trataba de mi bebé llamándome «mami, tepieta», con su vocecita tan pequeñita, no tenía más remedio que abrir los ojos y atenderlo.
—¿Ya tienes hambre, cielo? Son las siete de la mañana.— le reproché en broma mientras secaba su cuerpecito.
Le había dado su ducha de la mañana, y yo también me había dado una. Sophia me había ayudado; fue hasta mi casa, bueno, la casa de Alex, y nos trajo algo de ropa. Ella había aprovechado para ir temprano antes de que yo siquiera me despertara, ni siquiera tuve que pedírselo. Pero, por supuesto, se lo agradecí.
—Ah… ah chi.— titubeó entre varias exhalaciones suaves.
—Vale, amor.
A mi bebé le puse una camiseta blanca de manga corta, bastante holgadita, con un pequeño estampado circular en el pecho. La combiné con unos pantalones cortos de rayas verticales en tonos beige, blanco y marrón, unos calcetines blancos y unos zuecos tipo Crocs de color crema. Como toque final, le puse otra gorrita, esta vez de color beige, colocada hacia atrás.
Y como Sophia no perdía el tiempo, porque siempre que tenía la oportunidad de buscarme la ropa del día me elegía la mejor, me trajo un top negro ajustado de manga larga con escote bardot, que me dejaba un hombro al descubierto y marcaba mi silueta de una forma preciosa. Lo combiné con unos pantalones cargo anchos de denim gris, con múltiples bolsillos y roturas en las rodillas, acompañados de un cinturón negro cuya tira quedaba colgando hacia un lado. Como accesorios, me puse varios anillos plateados, un collar fino y unos pendientes pequeños.
La chaqueta me la pondría cuando fuese a irme. De momento solo bajé para darle de desayunar a mi bebé, porque llevaba un rato diciéndome que tenía hambre.
—Mami…— volvió a llamarme mi hijo mientras bajaba los escalones de la escalera con mucho cuidado de no tropezar. —Mami, kio jugá con Atia.
—Mi amor, pero Alfia no está.
—¿No?— preguntó con un chillidito suave. Me encantaba cuando mi bebé hacía eso, se veía tan tierno. —¿No etá Atia?
—No, mi cielo.
—¿Y po’que?
—Porque está en Estados Unidos con Alex, mi amor.
—¿Con Ale?— preguntó con curiosidad. Yo asentí con la cabeza. —¿Y Ale nóne etá?
Me reí por lo bajo.
—En Estados Unidos, lejos. ¿Lo echas mucho de menos?
—Chi.— me respondió mi hijo mientras jugaba con los mechones de mi pelo. —Ale me tae eado.— dijo, y era verdad. Alex siempre que el niño estaba conmigo le llevaba o le compraba helado. Tyler adoraba el helado por encima de cualquier otra cosa… bueno, casi. Yo seguía ocupando el primer puesto, y Sophia ya se había encargado de comprobarlo poniéndolo a prueba. —Kio ve a Ale.
—Muy pronto volveremos a verlo, pequeñín.— le aseguré.
Justo en ese momento llegamos al comedor, donde ya estaban todos desayunando. Todos menos Tom, por suerte.
—Buenos días.— saludé bastante animado.
—Buenos días, cariño.— me respondió la señora Charlotte, mientras los demás hacían lo mismo casi al unísono, cada uno a su manera.
—Saluda, Tyler.— le pedí con suavidad. —Di: «Buenos días».
—Benos díash.— repitió mi bebé.
Para su alegría, todos le respondieron, incluso diciéndole lo adorable que era por su vocecita y por la forma en la que pronunciaba las palabras. Mi bebé giró la cabecita para mirarme con una bonita sonrisa en sus labios pequeñitos.
—Mami, chi me saudó.— me dijo feliz.
Siempre me lo decía. En Estados Unidos, cuando salíamos a pasear, se lo repetía a todo el que pasaba a su lado. «Benos díash», y si le respondían, se ponía contentísimo. Es que Tyler era una ternurita, mi bebé mimado. Lo más bonito que podía existir en este mundo. Tenía una inocencia enorme y, como cualquier niño, también tenía sus pensamientos maquiavélicos. Por decirlo de alguna manera.
La señora Charlotte se ofreció a darle ella misma de comer y yo me senté a su lado. Mi bebé aceptaba las cucharaditas de avena que le habían preparado, mientras yo desayunaba unas tostadas con huevos revueltos. Desayuné tranquilamente y, después, todos salimos al enorme jardín, que ya estaba libre de decoraciones y del desastre de la noche anterior. Yo estaba de mucho mejor humor que anoche. Me sentía ligero y quería seguir sintiéndome así, pero eso solo lo conseguía si Tom no estaba cerca y, para mi enorme desgracia…
—…una reunión con el puto presidente de este país, eso es lo que pienso hacer.
Había llegado hacía apenas cinco minutos, no solo perturbando mi paz, sino también la de su padre, porque apareció con la loca idea de que había concertado una reunión con el presidente para pasado mañana y a nadie le había contado. Lo cual era una auténtica locura.
En cuanto llegó, evité que viera a Tyler y lo ignoré por completo. Evidentemente noté su mirada en mí, pero bah, me daba exactamente igual.
—¿Estás demente, Thomas?— le regañó el señor Gordon. —¿Cómo se te ocurre hacer algo así sin consultarlo antes?
—Pues ya os estoy avisando, a ti y a Travis.— respondió con mucha parsimonia, como si no fuese nada importante, mientras cogía un vaso bien lleno de zumo de mora bien frío, que le había llevado una de las chicas de la cocina. Seguramenteél lo había pedido antes de llegar al jardín donde estábamos todos. —La reunión es pasado mañana, como ya he dicho, y no te preocupes, que no va a pasar nada.
Travis negó con la cabeza, desaprobando la decisión de su hermano. Tenía a su hija sentada sobre las piernas; había llegado junto con Tom. El señor Gordon, en cambio, soltó una fuerte exhalación, intentando relajarse para no estallar y estropear el buen ambiente.
—¿Con qué intención has organizado esa reunión?— preguntó, mirando a su hijo menor con sus ojos entornados.
—Uhm…— Tom se aclaró la garganta. —Eso te lo diré en privado.
Puse los ojos en blanco. Tenía la sospecha de que decía eso por mí, pero no le di importancia. Por lo poco que lo había visto —que habían sido apenas dos segundos— alcancé a fijarme en que llevaba una camisa de botones de manga larga en color azul claro con finas rayas blancas verticales, aunque con las mangas remangadas hasta los antebrazos y ligeramente desabrochada por arriba. Sobre los hombros llevaba un jersey de punto fino blanco, anudado de forma descuidada alrededor del cuello.
La camisa estaba combinada con unos pantalones largos de lino blancos, de corte recto y holgados, y unas zapatillas deportivas completamente blancas y de estilo minimalista. Llevaba su típico reloj plateado en la muñeca derecha y el pelo le caía suelto, ligeramente enredado de forma natural, con sus pocas rastas recogidas en una media coleta rematada en un pequeño moño.
«Maldito.» pensé mentalmente.
—¿Qué es lo que estás planeando, Thomas?— insistió su padre. Lo miraba preocupado. Es que Tom seguía siendo el mismo cabeza hueca de siempre. Seguro que tenía algún plan estúpido o, quizá, se había metido en problemas. La segunda opción era la más probable pero, ¿por qué una reunión con el presidente? —Yo no quiero problemas con el Gobierno.
—No los habrá.— respondió Tom con esa total calma que tenía desde que había llegado, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón. —Es algo que tengo que hacer para… para… despistar.
—¿Despistar?— el señor Gordon estaba aún más confundido que al principio.
—¿Es por lo de Gustav, verdad?— preguntó Andreas con curiosidad. Y juraría que oí a Tom maldecir entre dientes. Aparté enseguida la mirada de mi bebé y miré a Andy. —Por eso de…
De reojo vi a Bach haciéndole señas para que se callara, pero Andy también era muy expresivo y la cara que puso podría haberme provocado un ataque de risa, pero es que… no era el momento para eso. Era bastante sospechoso qué callaran a Andy de esa forma. Eso solo pasaba cuando Andy decía algo que no debía contar porque era una cosa que debía sí o sí mantenerse en secreto.
—¿Qué pasa con Gustav?— pregunté con calma, antes de mirar a Bach.
Este se encogió de hombros, negando con la cabeza mientras mantenía los labios fruncidos en una mueca despreocupada y la frente ligeramente arrugada.
—¿Bach?— insistí al no recibir más que esa expresión rara.
—Nada, nene. ¿Qué podría pasar con él?— respondió, aunque obviamente noté el nerviosismo en su voz.
—Me estás mintiendo. ¿Por qué?— fruncí el ceño, molesto.
Bach me miró. Sus ojos vacilaban; no sabía si sostenerme la mirada o fijarse en cualquier rincón del césped.
—¿Qué pasa?— interrogué.
—No tiene nada que ver con Gustav.— intervino Tom en ese instante. Pero, si no tenía nada que ver con Gustav, ¿por qué habían callado a Andreas? Obviamente lo miré, pero sin abandonar mi expresión analítica. A mí no iban a tomarme por imbécil.
—No me creo ni una palabra de lo que dices.— contesté. Y como Andy era mi pajarito, me giré hacia él. —¿Qué pasa con Gustav, Andy?— le pregunté.
Él no iba a poder aguantarse las ganas de contármelo.
También se puso nervioso. Parecía que la voz se le había quedado atascada en la garganta. Quería decírmelo porque le picaba la lengua por hacerlo, lo sabía, pero los de detrás —Tom y Bach— no paraban de hacerle gestos para que no lo hiciera. Pensaban que yo no me daba cuenta, pero cada vez que me giraba para mirarlos se detenían y disimulaban como si no hubiera pasado nada.
—Ah… eh… yo…— Andy tropezaba con sus propias palabras. —Qué bonito día para follar, ¿no creéis? Voy a buscar a alguien con quien…
—No.— le pasé mi bebé a Sophia, que estaba sentada a mi lado, y ella lo cogió encantada para yo tener libertad de cruzarme de brazos. —Me vais a decir qué pasa.
—No es nada, Bill.— insistió Tom. —En serio.
—Sí, de verdad que no es nada, nene.— añadió Bach.
—No puedo creerme que me estés mintiendo, Bach.— le reproché, mirándolo de mala manera. Era decepcionante que lo estuviese haciendo, ¿para que? ¿Para ser la tapadera de Tom? —Si no me lo decís, lo investigaré yo mismo con ayuda de Alexander. ¿No os creyó, verdad? Se fue pensando que sigo vivo o que existe esa posibilidad, ¿es eso?
Los miré a los tres, a Andreas, Bach y Tom, con toda la indignación que era capaz de sentir. El ojiazul simplemente apartó la vista hacia el césped y suspiró con un puchero en sus labios. —Yo y mi bocaza…— le oí murmurar en voz baja.
—Que no tiene nada que ver con Gustav.— repitió Tom otra vez en un suspiro. —La reunión con el presidente es…— lo miré fijamente y él empezó a titubear. —P-por… ejem…— se aclaró la garganta. —Porque Brian ha dejado amenazas y esas cosas. No es preocupante, pero tenemos que empezar a levantar… barreras de defensa desde ya.
No. Me estaba mintiendo. De él no podía creerme absolutamente nada.
—Dice la verdad.— lo respaldó Bach, mirándome con tranquilidad.— En serio, nene. Todo está bien. Yo jamás te mentiría.
Chantelle, sentada a su lado, abrió la boca indignada.
—Hazme el favor de pasar menos tiempo con este.— dijo haciendo una mueca mientras señalaba a Tom, estaba enojada. —Ya se te está pegando lo de mentir.
—Chantelle…— la reprendió Bach entre dientes.
No sabía si echarme a reír o irme directamente a tomar por culo porque estos me estaban tomando por tonto. Literalmente. Negué con la cabeza, decepcionado, indignado, enfadado, molesto… y todo lo que terminara en «ado», mientras deslizaba la punta de la lengua por el borde del labio superior.
Pero no dije nada. Simplemente solté una exhalación y giré la cabeza hacia Sophia.
Iba a pedirle que nos fuéramos de allí, pero recordé que durante el desayuno la señora Charlotte había dicho que quería pasar el día con el niño.
—En realidad…— habló Travis por primera vez desde que había llegado. —La reunión con el presidente no es solo por las «amenazas» de Brian o por levantar «defensas» desde ya para protegernos de cualquier ataque que ese cabrón pueda lanzar contra nosotros. Lleva demasiado tiempo aplazándolo y no sabemos cuándo atacará realmente desde aquella nota que nos dejó. Ha pasado bastante tiempo desde la amenaza. Tenemos que empezar a planear cómo ir a por él.
¿De qué amenaza hablaban? No entendía pero tampoco me animé a preguntar.
—Sí, eso… eso mismo.— añadió Thomas con una sonrisa tranquila que ni siquiera conseguía formar del todo, parecía más bien forzada. —Si tenemos al presidente de nuestro lado, además de la alianza con los otros clanes, tendremos muchas más posibilidades. Por eso lo cité. Quiero que nos ayude proporcionándonos información sobre ese perro.
Gordon mantenía los ojos entrecerrados mientras escuchaba. Se relamió el labio inferior y soltó una risa completamente carente de humor. —¿Se os olvida que para eso también hace falta la ayuda del director de la DEA y, además, la aprobación del presidente de Estados Unidos?
—Sí, por eso estaba pensando en hablar con Bill.— dijo Travis, mirándome directamente a los ojos.
Cuando escuché mi nombre también lo miré, completamente confundido. Obviamente no entendía qué pintaba yo en todo aquello.
—¿Recuerdas la alianza que firmaste con nosotros?
Claro que la recordaba.
—Sí.— confirmé. —Ya te dije el día que llegué aquí que quería disolverla. Me dijiste que no habría ningún problema con eso. ¿Y ahora qué pasa?
—Quisiera que no disuelvas nada, sino que me ayudes a conseguir que el jefe de la DEA en Estados Unidos también se una.
Oh.
Por.
Dios.
—¡¿Qué?!— exclamó Tom con indignación, conteniéndose, mientras miraba a Travis con el ceño fruncido. —¿Y eso cómo es? A mí no me comentaste nada.— le reprochó.
—Se me olvidó.— respondió simplemente Travis, acompañando aquellas palabras con un deliberado encogimiento de hombros. Tom lo miraba sin dar crédito a lo que acababa de decir su hermano. Se le notaba el disgusto en toda la cara. —Pero ya lo estás oyendo, así que tampoco te estás perdiendo nada.
—Yo no aceptaré ninguna alianza con ese.— espetó Tom con altanería. —Ni aunque me fuera la vida en ello.
Travis ni se inmutó. Permaneció tranquilo, mirándolo fijamente. —No te estoy pidiendo permiso, que te quede claro. Es una decisión que ya he tomado y con la que, seguramente, papá está de acuerdo.
Miró al señor Gordon, que asintió despacio, confirmando las palabras de Travis. Después volvió a fijarse en Tom.
—Necesitamos al jefe de la DEA de nuestro lado. Si todos trabajamos juntos y dejamos nuestras diferencias a un lado durante un tiempo, podremos acabar con el enemigo común. Tanto el gobierno de aquí como el de Estados Unidos quiere la cabeza de Brian. Es una oportunidad que tenemos que aprovechar. Y así quieras o no, habrá alianza.
Tom negó con la cabeza. No estaba de acuerdo con aquello.
Travis volvió a mirarme. —¿Crees que podrías convencerlo? Supongo que no será difícil. Él ya lo sabe todo.— mencionó.
—¿Cómo que sabe todo?— preguntó el señor Gordon.
Mierda… qué avalancha de preguntas.
—Te lo contaré después, papá.— le aseguró Travis, sin dejar de mirarme. —Entonces, Bill…
—Ah… yo…— me mordí los labios y tragué saliva. —No lo sé. Alex no es partidario de hacer tratos con narcotraficantes. Su padre lo hizo cuando estaba al mando y Alex no quiere acabar como ese hombre.— murmuré.
—Cariño, pero a ti te hace caso en todo lo que le pidas.— dijo Sophia, más por pinchar a Tom que por aportar algo al tema.
Noté la mirada maquiavélica que le lanzó al ver cómo Tom negaba con la cabeza al enterarse de la posible alianza con Alex. Sophia sabía perfectamente que Tom lo odiaba. El aludido apretó los puños. También se había dado cuenta.
—Puedes llamarlo, preguntárselo y te juro que vendrá y escuchará la propuesta de Travis solo por ti.— añadió mi rubia amiga —Además, este asunto te beneficia muchísimo. Si capturan a Brian, tú conseguirás por fin toda tu libertad.
Bufé. En parte tenía razón.
—Está bien… llamaré a Alex.
—Hazlo ahora mismo.— me pidió Travis.
—Genial.— masculló Tom con una ironía tan falsa que daba pena. —Genial. Qué maldita maravilla.— soltó con amargura. —Ya os aviso de una vez de que yo no estoy de acuerdo con esto, ¿vale?
Escupió aquellas palabras mientras fulminaba con la mirada a Travis y, acto seguido, se marchó hecho una furia.
Mmm… creo que no sería mala idea que Alex viniera.
Continúa…
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