Irrevocable 13 Tom

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 13 (Parte 2)

TOM

Joder.

Joder.

Maldita sea.

No podía creer que me estuviera pasando esto. ¿Qué demonios le había pasado por la cabeza a Travis para ocurrírsele semejante mierda de idea? ¿Una alianza con aquel pedazo de imbécil al que no soportaba ni en pintura?

Joder, estaba cabreadísimo. No lo quería aquí. Y mucho menos sabiendo que mi moreno lo tenía para pasar el rato y que ese desgraciado le había puesto las manos encima. Que lo había tocado más de la cuenta.

Joder…

Lo mataba.

Lo mataría si lo veía aquí y ni siquiera me pararía a pensar si Bill me odiaría aún más por hacerlo.

Muerto de rabia, me subí al coche, que había dejado aparcado fuera del portón, lo arranqué y puse rumbo a mi apartamento. Aunque pensándolo mejor… iría a otro sitio. La noche anterior, de madrugada, hice una llamada mientras me bebía un par de vasos de whisky porque era incapaz de dormir. No podía dejar de pensar en la estúpida de Catalina. Llamé a un pintor de muchísimo prestigio.

¿Y para qué?

Bueno…

Le encargué un retrato de mi moreno.

Quería que lo pintara tan increíblemente hermoso como era, basándose únicamente en los detalles que yo le di, y le exigí que lo tuviera listo para ese mismo día. Así que supuse que se había pasado toda la noche trabajando y buena parte de la mañana también. Me dieron exactamente igual sus quejas diciendo que necesitaba más de un día para que el cuadro quedara bien.

No.

Yo lo quería para hoy.

Necesitaba distraer la cabeza. Sabía dónde estaba el estudio del hombre, así que conduje hasta allí siguiendo las indicaciones del GPS. Llegué a un sitio precioso, algo parecido a una galería de arte. Había dos hombres vigilando la entrada, ambos con gafas de sol y traje negro. Me bajé del coche, cerré la puerta de un portazo, activé la alarma y me acerqué a ellos con pasos firmes y una expresión en mi rostro completamente neutra.

—Buenos días, señor. ¿Tiene reserva? Hoy no es día de exposición.— dijo uno de ellos con total neutralidad.

El simple hecho de que me llamara «señor» solo consiguió cabrearme aún más.

—Vengo a recoger un cuadro que le encargué a Kian Richter. Se suponía que tenía que estar listo antes de las diez y ya son casi las once.— respondí sin ninguna gana de dar explicaciones.

—¿Señor Klaus König?— preguntó el otro.

—El mismo que canta y baila.— confirmé.

—Ah, sí. Tiene reserva.— sin perder la postura firme, empujó la puerta con una mano para abrirla. —Puede preguntar por él en recepción. Adelante, por favor.

Ni siquiera le di las gracias. Entré sin más y, cuando crucé la puerta, la cerraron a mi espalda. El lugar era enorme, de unos tres pisos, elegante hasta decir basta. Las paredes eran de cristal y los ascensores parecían estar hechos del mismo material. Localicé la recepción y me dirigí hacia allí.

La recepcionista, una mujer de pelo castaño recogido que llevaba un traje de chaqueta gris, levantó la vista del ordenador en cuanto oyó mis pasos sobre el impecable suelo de mármol. Me dedicó una sonrisa profesional antes de hablar. —Buenos días, caballero. Bienvenido a la Galería Richter. ¿En qué puedo ayudarle?

—Vengo a ver a Kian Richter.— solté, apoyando una mano sobre la impoluta superficie del mostrador. Mi paciencia se estaba agotando a una velocidad ridícula y no tenía ni putas ganas de ponerme a charlar. —Me dijeron en la entrada que preguntara aquí.

La mujer parpadeó, manteniendo la compostura mientras me observaba de arriba abajo. Seguramente había notado la tensión en mis hombros y la cara de pocos amigos que llevaba.

—Por supuesto. ¿Tiene una cita o una reserva con el señor Richter? Hoy la galería permanece cerrada al público por labores de montaje.

—Klaus König.— respondí utilizando el maldito nombre falso. —El cuadro de las diez. Voy con retraso, así que ahórrate el papeleo.

Ella asintió enseguida y empezó a teclear con rapidez. Mi nombre falso funcionaba como una maldita llave maestra. Al cabo de unos segundos volvió a mirarme con la misma amabilidad.

—Ah, sí, señor König. El señor Richter lo está esperando en su taller privado. Se encuentra en la tercera planta, en la zona de estudios y restauración. Al salir del ascensor, gire a la izquierda y camine hasta el final del pasillo. Es la última puerta de cristal esmerilado. El ascensor de la derecha le dejará directamente allí.

—Gracias.— mascullé, dándome la vuelta antes siquiera de que terminara de hablar.

Caminé con paso largo hacia los ascensores de cristal. Pulsé el botón con el pulgar y, en cuanto las puertas se abrieron con un suave pitido, entré. El ascensor empezó a subir con una suavidad casi absurda, me impacientaba, permitiéndome ver cómo el enorme vestíbulo de la galería iba quedando cada vez más abajo.

Intenté controlar la respiración y aún así mi cabeza seguía siendo un puto caos tanto por lo de Travis, como por el imbécil que Bill tenía para pasar el rato. Y también por la maldita impotencia que me estaba devorando por dentro.

Al final, llegué a la tercera planta y el ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron lentamente y salí a un pasillo completamente inundado por la luz natural. Giré a la izquierda, tal y como me había indicado la recepcionista, ignorando todas las puertas hasta llegar a la gran puerta de cristal esmerilado del fondo. Ni siquiera llamé, solo la empujé y entré. El taller era enorme, luminoso.

Había bocetos desperdigados por el suelo, paletas cubiertas de pintura seca y caballetes repartidos por todas partes. En el centro, un hombre de pelo revuelto, con manchas de pintura negra sobre la camisa blanca y unas profundas ojeras que delataban una noche entera sin dormir, se giró al oír la puerta. Kian Richter me miró mientras dejaba un pincel sobre una mesa abarrotada de tubos de pintura.

—Señor König.— dijo con la voz ronca, soltando un suspiro de puro agotamiento. —Qué puntual… bueno, más o menos. Pensé que al final no vendría.

—Te dije que vendría hoy, Richter. No suelo dejar las cosas a medias.— respondí, cruzándome de brazos mientras me plantaba en mitad del taller. Kian dejó escapar una risa seca y se pasó una mano cansada por la cara, dejando una tenue mancha gris sobre la mejilla.

—Tengo que confesarle que lo que me pidió fue una auténtica locura.— comentó —He estado trabajando toda la noche en ese cuadro, sin pegar ojo, guiándome únicamente por las indicaciones que me dio por teléfono de madrugada. Normalmente necesito semanas, incluso meses, para captar la esencia de una persona…

Se dio la vuelta y caminó hasta un enorme caballete cubierto por una tela blanca.

—Exigirle algo así a un pintor roza el insulto a la técnica, pero… supongo que la urgencia de su llamada despertó mi curiosidad.

—Menos charla, Richter. Quiero ver el cuadro.— lo interrumpí. Noté un extraño vuelco en el estómago.

—Muy bien. Véalo usted mismo.

El pintor sujetó el borde de la tela blanca y, con un movimiento limpio, la retiró.

Oh, vaya.

El mundo se me detuvo.

Juro por mi puta vida que el aire se me quedó atascado en la garganta y el ruido de mi propia furia desapareció por completo. Me quedé helado, con los ojos abiertos de par en par, clavados en el lienzo.

Era él. Joder… era mi moreno.

Richter había conseguido plasmar hasta el último maldito detalle que le había soltado por teléfono mientras iba medio borracho. La forma exacta de sus ojos, la curva perfecta de sus labios, la textura de su piel morena, esa que tantas veces había recorrido con mis dedos… y esa mirada. Esa maldita mirada que me volvía loco y me destrozaba al mismo tiempo.

Había pintado a la perfección el color miel de sus ojos.

Mi moreno estaba sentado sobre un sofá de estilo victoriano tapizado con motivos dorados, reclinado con una gran seguridad. Su postura era relajada, pero dominante. Tenía ambos brazos apoyados sobre el respaldo, los hombros al descubierto y una pierna cruzada sobre la otra, dejando entrever la abertura de un largo vestido negro ajustado, con escote palabra de honor, que realzaba su preciosa silueta.

Su rostro mantenía una expresión seria, casi desafiante, con la barbilla ligeramente levantada y la mirada fija al frente, transmitiendo no solo seguridad, sino autoridad y una calma inmensa.

Su piel lucía ligeramente bronceada, llevaba un maquillaje sutil que resaltaba sus preciosos ojos y los labios en tonos naturales. Su pelo, largo, liso y negro, caía sobre ambos hombros, adornado con finas mechas blancas que enmarcaban su rostro y aportaban un contraste muy llamativo.

Como accesorios llevaba un delicado collar de cadena fina y unos discretos pendientes de aro plateados.

El fondo del retrato era sobrio y cálido, compuesto por tonos marrones oscuros con una iluminación suave que parecía proceder de la parte superior, creando el efecto de una pintura al óleo contemporánea. Todo el conjunto estaba enmarcado por un elaborado marco dorado de estilo antiguo que acentuaba el aire aristocrático y misterioso de la obra.

La composición transmitía exactamente la sensación que yo quería, la de estar contemplando el retrato de mi moreno. Un chico poderoso, elegante y enigmático. Alguien cuya sola presencia dominaba cualquier estancia y cuya mirada parecía seguir al espectador incluso desde dentro del cuadro. Un golpe de nostalgia y dolor me atravesó el pecho de lleno, derribando todas mis barreras.

—Joder…— susurré, dando un paso involuntario hacia el lienzo mientras sentía cómo se me erizaba la piel. Noté los ojos ligeramente húmedos, pero me tragué el nudo de la garganta de inmediato. —Es él.

Me quedé en silencio, completamente hechizado, incapaz de apartar la vista de la pintura. Mi moreno me observaba desde el lienzo. Hermoso. Inalcanzable. Perfecto.

Kian Richter se cruzó de brazos, observando mi reacción con una expresión que no solo reflejaba orgullo, sino también una profunda curiosidad en sus ojos de artista. Se aclaró la garganta con suavidad antes de romper el silencio.

—Es muy hermoso.— comentó el pintor en un tono suave, casi respetuoso. —Debe de conocerlo muy bien para haber podido describirlo con tanto detalle, señor König.

Claro que lo conocía perfectamente.

Di un paso atrás, apartando la vista del lienzo con un esfuerzo sobrehumano para fijarla en Richter. El nudo de melancolía que me oprimía la garganta desapareció en un segundo, sustituido por la fría y posesiva hostilidad de siempre. Lo miré con tranquilidad mientras me metía las manos en los bolsillos del pantalón. Mi voz descendió varios tonos, sonando extrañamente calmada, casi como si estuviéramos hablando del tiempo.

—¿Sabes?— dije, ladeando ligeramente la cabeza. —Solía quemarle los ojos a quienes miraban demasiado a mi moreno.

Richter se tensó al instante. La sutil sonrisa de orgullo que había mantenido hasta entonces tembló y desapareció por completo. Dio un paso casi imperceptible hacia atrás. Su mirada recorrió mi postura rígida y la absoluta ausencia de diversión en mis ojos. El tipo era artista, sí, pero no era idiota, pues captó la maldita implícita amenaza al instante.

Tragó saliva y asintió muy levemente, comprendiendo perfectamente que había cruzado una línea que no le correspondía.

—Yo solo… estaba apreciando el resultado de mi trabajo, señor König.— respondió con la voz algo más baja, intentando recuperar la compostura.

—Pues ya lo has apreciado bastante.— lo interrumpí, sin alterar el tono tranquilo con el que hablaba, aunque seguía sonando igual de cortante. —Me lo llevo. Ahora mismo.

—Por supuesto. Déjeme aplicarle el barniz de protección rápida y embalarlo para que no sufra daños durante el trayecto.— respondió, moviéndose a toda prisa hacia una mesa lateral para coger los materiales de embalaje, como si quisiera mantener las manos ocupadas y bien lejos de mi vista.

—¿Cuánto es?— pregunté, yendo directamente al grano mientras sacaba la cartera.

Me importaba una puta mierda el dinero. Solo quería salir de allí con mi moreno bajo el brazo, aunque solo fuera una jodida pintura en la que salía precioso. El pintor me dio una cifra bastante alta. Ni pestañeé. Le tendí la tarjeta con la que pagaba absolutamente todos mis gastos y esperé en silencio mientras procesaba el pago en el datáfono. El ambiente del taller se había vuelto jodidamente denso.

Pero me daba exactamente igual.

Mientras envolvía el lienzo con muchísimo cuidado en varias capas de papel protector y plástico de burbujas, yo me limité a observar las manchas de óleo que salpicaban el suelo. Unos minutos después, Richter me entregó el cuadro perfectamente embalado y con un asa para poder transportarlo.

—Aquí tiene, señor König. Tenga cuidado con las esquinas. La pintura del fondo todavía podría estar algo tierna por los bordes.

—Bien.— fue lo único que respondí.

Cogí el cuadro con firmeza, le lancé una última mirada de advertencia al pintor y salí del taller sin despedirme. Recorrí el pasillo de vuelta con el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas. Cuando volví a entrar en el ascensor de cristal, sostuve el cuadro pegado a mi cuerpo. Atravesé la recepción ignorando por completo a la mujer del mostrador, empujé las pesadas puertas de la galería y salí al aire fresco de la mañana.

Los dos gorilas de la entrada ni siquiera se movieron cuando pasé junto a ellos a grandes zancadas. Desactivé la alarma del coche, coloqué el cuadro en el asiento trasero con un cuidado que jamás tenía con ninguna otra cosa y me senté al volante. Cerré la puerta de un golpe, apoyé las manos sobre el volante y solté todo el aire que había estado conteniendo.

Tenía la cabeza hecha un puto lío. Pero, al menos, ahora lo tenía a él conmigo. Aunque solo fuera sobre un lienzo. Giré la llave, arranqué el coche y salí del aparcamiento de la galería quemando rueda. Literalmente.

Necesitaba moverme, yo necesitaba encerrarme en mi propio territorio. Conduje de vuelta por la ciudad con una mano fija en el volante y la otra apoyada en la ventanilla, sobresaliendo ligeramente por fuera. No pensaba llevarlo a mi habitación del apartamento. Mi bar era el único lugar donde tenía el control absoluto de todo.

Aparqué en el callejón trasero, justo en la zona de carga.

Cogí el lienzo embalado con muchísimo cuidado, pegándolo contra mi pecho como si me fuera la vida en ello, y abrí la puerta trasera con mi llave maestra. Nada más entrar, el olor de los productos de limpieza me golpeó de lleno en la cara. Odiaba el olor a lejía.

Y todavía más cuando era tan intenso por la enorme cantidad que utilizaban las chicas de la limpieza.

Las luces del local estaban encendidas solo a medias y la música ambiental sonaba muy bajita. Un par de chicas del equipo de limpieza estaban pasando la fregona por la pista y colocando los taburetes de la barra para dejar el local impecable antes de abrir al público. Al oír mis pasos apresurados, ambas levantaron la cabeza.

—Buenos días, señor…— empezó a decir una de ellas con amabilidad.

La ignoré por completo.

No crucé la mirada con ninguna ni me molesté en devolver el saludo. Seguí caminando a grandes zancadas hacia el fondo del local, crucé la pesada puerta que separaba la zona pública del área de servicio y recorrí el pasillo restringido donde ningún cliente ni ningún imbécil de turno tenía permitido poner un pie. Entré en mi despacho y cerré la puerta.

Por fin solté un profundo suspiro.

Dejé el cuadro sobre el sofá de cuero negro y, empecé a romper el plástico de burbujas y el papel protector. Cuando el lienzo quedó completamente al descubierto, la luz de los flexos del despacho iluminó la pintura. Volví a quedarme sin respiración durante un segundo. Qué jodida maravilla.

Me alejé un par de pasos y empecé a recorrer las paredes de la habitación con la mirada, buscando el lugar perfecto. No quería esconderlo en una esquina. Quería que impactara. Mis ojos terminaron clavándose en la pared que quedaba justo frente al escritorio y sonreí de medio lado. Ese era exactamente el maldito sitio.

Quería que esa pared fuera lo primero que viera cualquiera que se atreviera a abrir la puerta de mi despacho. Quería que supieran, sin que yo tuviera que abrir la boca, quién era el dueño de aquel lugar… y de mis pensamientos. Quería que vieran a mi moreno presidiendo toda la estancia.

Me llevó unos minutos colgar el cuadro, asegurándome con el nivel de que quedara completamente recto. Cuando terminé, me alejé para contemplar el resultado. Era imponente. El contraste de su piel morena y de su mirada sobre aquel fondo le daba al despacho una atmósfera completamente distinta y eso me encantaba.

Sin embargo, había un problema.

Si me sentaba en mi silla tal y como estaba colocado originalmente el escritorio, el cuadro quedaría a mi espalda. Y una mierda iba a darle la espalda a mi moreno. Agarré el pesado escritorio de madera oscura por ambos extremos y lo arrastré con fuerza, haciendo que las patas chirriaran contra el suelo, lo giré por completo hasta cambiar su orientación.

Después moví el sillón de cuero hasta el nuevo ángulo y me senté.

Ahora sí.

Me recosté en el respaldo, entrelacé los dedos sobre el abdomen y fijé la vista en el lienzo. Desde aquella nueva posición lo tenía justo delante. Cada vez que levantara la vista de los papeles, de las cuentas del bar o de mis malditos dolores de cabeza, lo primero que vería sería a él.

—Dios… qué pedazo de idea he tenido.— murmuré para mí mismo en el silencio del despacho.

Mientras mi moreno no se enterase de nada, todo iría bien. Porque tenía la sospecha de que pondría el grito en el cielo.

Abrí el cajón superior del escritorio, rebusqué entre el caos de papeles y saqué una cajetilla de cigarrillos junto con mi mechero de plata. Saqué uno con los labios, guardé el paquete y encendí la llama. Di una calada profunda, cerrando los ojos durante un instante mientras el humo amargo inundaba mis pulmones y me daba ese maldito golpe de calma que tanto necesitaba. Cuando expulsé la primera nube gris, abrí los ojos y volví a fijarlos en el lienzo.

Dios…

Qué hermoso se veía.

A través del velo de humo, la pintura de mi moreno parecía adquirir una textura todavía más real, casi mística. Lo amaba tanto que me dolía el maldito pecho con solo mirarlo. Echaba de menos su risa, su maldito olor. La forma en que encajaba a la perfección entre mis brazos. Todo en él era una auténtica obra de arte.

Y Richter, con todas sus quejas de artista pretencioso, había conseguido capturar esa esencia magnética que me volvía completamente loco. Pero la belleza del cuadro también trajo consigo un golpe seco de realidad. Volvió esa punzada de culpa. Ese lamento que se me clavó directamente en el estómago. Lo había perdido. Lo había echado todo a perder de la forma más estúpida posible.

Y todo por culpa de Catalina.

En cuanto ese maldito nombre cruzó por mi mente, la calidez que me producía recordar a mi moreno se evaporó, transformándose en una oleada de puro rencor. Odiaba a esa mujer con cada fibra de mi jodido ser. Me hervía la sangre al recordar cómo, por haberme acostado con ella una noche de la que ni siquiera era plenamente consciente, terminé destrozando lo único real y puro que tenía en mi vida.

El desprecio que sentía hacia Catalina era extraño porque, al mismo tiempo… había algo más. Algo que me estaba jodiendo la cabeza por completo y que no lograba comprender. Junto a ese odio, una extraña y retorcida preocupación por ella se colaba entre mis pensamientos, desviando mi atención de Bill.

Fruncí el ceño y di otra calada rabiosa al cigarrillo mientras observaba cómo el humo se disipaba por el techo del despacho. Me sentía jodidamente frustrado conmigo mismo.

¿Por qué cojones seguía pensando en ella?

No tenía ningún maldito sentido, yo no la quería. La repudiaba. Pero, últimamente, su rostro aparecía en mi cabeza sin previo aviso, obligándome a preguntarme dónde estaría o qué estaría haciendo. Me pasé los dedos por el pelo, exasperado, preguntándome por qué demonios Catalina se me metía entre ceja y ceja a altas horas de la madrugada.

Justo como la noche anterior.

Aquella noche había sido un maldito infierno de insomnio, con su maldito recuerdo dándome vueltas en la cabeza entre trago y trago de whisky, y había sido precisamente esa desesperación por quitarme su maldito nombre de la mente lo que me llevó a llamar a Richter a horas intempestivas para exigirle el cuadro de mi moreno.

Era como si mi propio instinto estuviera luchando contra quién sabe qué.

Dejé escapar un suspiro y apoyé los codos sobre el escritorio.

Miré fijamente a mi moreno en la pintura, como si le estuviera pidiendo perdón en silencio por el caos que llevaba en la cabeza, jurándole que, por muchos demonios u obsesiones extrañas que me atormentaran por las noches, él seguía siendo el único dueño de mi maldito corazón.

BILL

Alex no pudo contestarme la llamada al principio porque estaba en una reunión y no se había llevado el móvil con él.

Y era así, siempre había sido así con él.

Para no distraerse con mensajes o cualquier otra cosa, dejaba el móvil en el despacho. Lo comprobé todas las veces que trabajé con él en aquel mismo sitio, y yo siempre bromeaba fingiendo que estaba celoso. Aquello nos hacía reír a los dos y terminábamos… haciendo cosas que no tenían absolutamente nada que ver con los casos pendientes.

Pero me devolvió la llamada veinte minutos después y me explicó la situación, que, obviamente, entendí.

—¿Cómo está Tyler?

Giré la cabeza hacia el jardín. Allí seguían todos. La hija de Travis estaba jugando con mi bebé, igual que el hijo de Chantelle y Bach. Sonreí. Me encantaba ver a mi hijo tranquilo.

—Está bien.— respondí tras un leve suspiro. —Se lleva muy bien con sus abuelos, con su prima… Hoy ha dicho que quería jugar con Alfia.— me reí bajito, igual que Alex. —Le dije que no podía porque estaba contigo, y dice que te echa de menos.

—¿A mí o a que siempre le lleve helado?— bromeó él.

Eso hizo que me riera todavía más.

—Creo que las dos cosas.— le respondí. —Por cierto… sí que estás cuidando bien de Alfia, ¿verdad?

—Claro que sí.— respondió. —¿Crees que no?

Me mordí los labios sin borrar la sonrisa.

—Sé que sí.— admití. —Está en muy buenas manos contigo. Pero bueno, en realidad te llamaba por otra cosa, Alex.

—¿Y eso?

—Es que…— me mordí el labio inferior y aparté la vista de mi hijo. —No quiero darte demasiadas explicaciones por teléfono. Creo que sería mejor que vinieras en persona y escucharas la propuesta.

—¿Qué propuesta, Billie?

—Los König quieren hacer una alianza temporal contigo.

Lo escuché ahogar un pequeño gemido.

—Escúchame. Sé que no quieres eso, porque también sé que no quieres acabar como tu padre. Pero, oye, tú no eres él. Si aceptas venir y escuchar la propuesta que quieren hacerte, te lo agradecería muchísimo. Tiene que ver con Brian y sabes que tenemos que atraparlo. No podemos seguir retrasando esto…

—Bill…

—Por favor. No te van a obligar a nada. Solo ven, escucha y luego toma la decisión que quieras.— le aseguré. —Pasado mañana tienen una reunión con el presidente de aquí. Quieren contar con su ayuda, pero también necesitan la aprobación del presidente de Estados Unidos para poder acceder a cierta información. Ya sabes… la que tenemos en la DEA sobre Brian. Y te necesitan a ti porque eres el jefe de la DEA, cariño.

Él suspiró. —Y quieres que esté allí pasado mañana, ¿verdad?

—Sí. Estaríais tú y el presidente de este país.— le expliqué. —Con el presidente de Estados Unidos hablarán después, si primero consiguen algo con vosotros dos.

—Mierda, Billie… siempre consigues meterme en situaciones imposibles.— dijo medio en broma, medio en serio. —Pero está bien. Iré, ¿vale? Y si la reunión es pasado mañana, viajaré mañana a primera hora. Aunque antes tengo que dejar algunas cosas organizadas aquí.

—Entonces te dejo para que puedas hacerlo y quedarte libre.— le dije rápidamente. —Gracias, Alex… Sé que no te resulta nada fácil aceptar siquiera una reunión con criminales.

—Lo hago por ti. Solo por ti.

Suspiré en medio de una sonrisa. —Y te quiero por eso. Estaré contando las horas para verte…— le confesé mientras me humedecía el labio inferior con la lengua.

—Yo haré lo mismo.— me aseguró entre una risa encantadora.

—Entonces hablamos luego.

Sonreí. Nos despedimos, colgamos la llamada y regresé junto a los demás para volver a sentarme en mi sitio. Solté un pequeño suspiro y miré a Travis, que estaba esperando noticias.

—Ha aceptado venir.— dije. Para su enorme alivio, sonrió con satisfacción. —Estará aquí pasado mañana.

—¿Y no puso ninguna pega?— preguntó Bach, sorprendidísimo.

Negué con la cabeza.

Sophia sonrió.

—No mentía cuando decía que Alex hace cualquier cosa por Bill. Si es capaz de guardarle un secreto tan grande, ¿cómo no iba a aceptar una alianza con sus enemigos? Eso es una demostración de amor enorme. Ya deberíais estar casados.— bromeó.

Ay…

Sonreí con cierta incomodidad. La sola mención del matrimonio cuando se trataba de Alex…

Yo…

No la llevaba nada bien.

Me entraba el pánico. Siempre había pensado que mi marido para toda la vida sería Tom. Y solo imaginarme casándome con otra persona, aunque fuera únicamente para visualizar un posible futuro… no sé. No me salía y me sentía incómodo de repente. Tom seguía siendo el centro de mi mundo, pero también admitía que Alex me removía por dentro. No con la misma intensidad con la que lo hacía Tom, pero sí…

Sí que me gustaba ese hombre.

Al final del día, Bach y Chantelle se despidieron porque comenzaban su luna de miel. Ya se habían despedido de su hijo, al que dejaron a mi cargo porque yo mismo me ofrecí. Quería pasar tiempo con mi ahijado. Porque Bach le dijo al niño:

«—Te quedarás con tu padrino, Bill.»

Y bueno… yo no sabía que era su padrino, pero tampoco importaba. El niño era un auténtico sol. La señora Charlotte y el señor Gordon pasaron un buen rato con mi bebé y él, con toda naturalidad, los llamaba abuelitos, a su manera, claro. Y a Travis ya había aprendido a llamarlo tío. Estuvieron enseñándole a dar sus primeros pasos.

Mi bebé conseguía mantenerse de pie durante unos segundos, aunque todavía no caminaba, y aun así se reía solo por el hecho de conseguir quedarse de pie.

Le enseñaban a dar pasitos mientras yo los observaba sentado sobre el césped. Fue una tarde preciosa. Muy bonita. Mi bebé se lo pasó genial, estuvo feliz todo el santo día y yo era feliz solo con verlo así. Me encantaba cuando sonreía y Tom se estaba perdiendo todo aquello por perro. Lo más gracioso fue cuando Cristina se acercó a mí con una pregunta bastante… curiosa.

—Oye…— dijo tímidamente. —¿Es verdad que tú eres la pareja de mi tío Tom?

—Ay, nena…— gimoteé entre una risita. —Lo era.

—¿Ya no?

—No.— negué con la cabeza.

—¿Y por qué?

—Porque fue un perro infiel, cielo.— respondí. Y, obviamente, me regañé mentalmente por haber soltado aquello delante de una niña. Aunque esperaba que no hubiera entendido lo que quería decir. —Deberías preguntárselo a él cuando lo veas, pequeña.

Ella me sonrió. —Sí. Eres muy guapo.

Awww…

—Gracias, cariño. Tú eres preciosa.— la halagué mientras le pellizcaba suavemente una de sus mejillas regordetas. Ella soltó una risita bajita y, detrás de ella, apareció Abel.

—¿Y yo también?— preguntó el niño.

Me reí con suavidad.

—Tú eres todo un galán.— respondí mientras le apretaba la nariz juguetonamente entre los dedos. —Vas a conquistar a un montón de chicas cuando seas mayor.

En fin…

Sophia, el pequeño Abel, mi bebé y yo nos fuimos a casa. Tyler estaba agotado porque se había pasado el día entero jugando y ni siquiera había echado la siesta de la tarde. Le di un baño, le puse su pijamita, un enterizo de osito de tela muy suave, y lo acosté en la enorme cama. Se quedó dormido al instante. Por suerte ya había cenado antes.

Yo me dispuse a desmaquillarme. Me quité los pendientes, los anillos y las demás joyas, me recogí el pelo en un moño y entré en el baño para darme una ducha. Me tomé mi tiempo y, cuando me sentí completamente limpio, salí, fui hasta el enorme armario y saqué también mi pijama. Consistía en unos shorts muy cortitos de seda rosa y una camiseta de tirantes finos del mismo tejido.

Salí del dormitorio y vi a Sophia escribiendo en el móvil en la cocina, sentada en uno de los taburetes con los codos apoyados sobre la isla. Quería beber un vaso de agua, así que rodeé la isla para acercarme al enorme frigorífico y sacar la jarra. No estaba fría, pero sí fresquita.

—¿Qué haces?— le pregunté al ver que tenía el ceño ligeramente fruncido.

—Estoy hablando con una de mis amigas.— me explicó mientras dejaba el móvil sobre la encimera y soltaba un resoplido. —Ella también trabaja para Tom, pero está destinada en Múnich. Ahora mismo le está haciendo un trabajo y… ¿te puedes creer que la tiene investigando a la zorra de Catalina?

—¿Qué?— pregunté completamente confundido.

Mientras hablaba, me llené el vaso de agua. Volví a dejar la jarra en el frigorífico y di un sorbo para refrescarme la garganta. Sophia asintió.

—Ese hombre está como una puta cabra.

—Pero si ellos están juntos.— murmuré, desconcertado. Entonces recordé algo que aquella perra me había dicho la noche anterior. —Ah… ella comentó que estaba ayudándolo en su bar de Múnich. Pero no entiendo por qué Tom utiliza a tu amiga para sacarle información.

Me encogí de hombros.

—Cariño, Catalina lleva dos años viviendo en Múnich.— soltó, dejándome completamente descolocado. —Me lo acaba de contar Fer. Si están juntos, será porque Tom va a verla, porque Fer también me ha dicho que en esos dos años Catalina no ha pisado Berlín ni una sola vez.

Levanté una ceja.

—Mmm… sí, seguramente Tom ha estado yendo a verla.— murmuré mientras daba otro trago al agua. —Pero sigo sin entender para qué quiere que tu amiga la investigue.

—Pues ni idea. La muy cabrona no ha querido contármelo.— respondió. —Le encanta sacarme de quicio, pero así la quiero. Ya ves… pago mi karma con ella.— bromeó.

Terminé el agua, dejé el vaso en el fregadero, me relamí los labios y bufé. —Espero que vuelva a Múnich. No la soporto aquí, te lo juro. La veo y… mierda, me entran unas ganas de matarla a golpes…

—Lo bueno es que sabes controlarte.

—Sí, pero ese control no me dura demasiado. Créeme.— resoplé. —Tengo la sensación de que va a intentar hacerme la vida imposible los días que esté aquí. Y ahora que los König quieren hacer una alianza con Alex, que no sé si acabará aceptando, pero si lo hace tendremos que quedarnos más tiempo aquí. Y algo me dice que esa mujer me restregará por la cara que está con Tom y que ganó el «trato» que hicimos.

—No te preocupes. Si hace algo, esta vez no me voy a quedar de brazos cruzados como en la boda.— dijo Sophia. —Si tú no haces nada, ya lo haré yo por ti. Lo que está quieto, se deja quieto. Pero si ella busca guerra, que luego apechugue con las consecuencias. Ya le di una buena paliza una vez y nada me impedirá hacerlo otra.

—¿Ni siquiera yo?— pregunté poniendo un pucherito de broma.

Sophia se echó a reír.

—No, ni siquiera tú. Esa es mi muñeco de entrenamiento. ¡Me encantó darle la paliza la primera vez! Estoy deseando repetir, pero necesito que me dé motivos para que tenga todavía más gracia. Eso sí, si se pasa contigo, no dudes en actuar, Bill.

Bufé. —Si lo hago, pensará y dirá que la agredí por rabia, porque la odio, porque está con Tom, que fue por celos… y no quiero alimentar el ego de Tom.

—El ego de Tom se va a ir a la mierda cuando llegue Alex.— comentó con una sonrisa llena de malicia. —Estoy deseando verle la cara a ese idiota cuando te vea feliz con Alexander. ¡Le va a dar algo!

Sonreí un poco.

—Lo que no quiero es que haya guerras, amiga. Conozco a Tom y sé que siempre estará en contra de Alex. ¿Y si le cuenta que ya nos besamos y que…? Bueno… ya sabes… lo de anoche.— murmuré, sintiéndome avergonzado conmigo mismo por haber caído tan fácilmente.

Mi rubia suspiró. —No va a decir nada. Ordénaselo.— me sugirió. —Tom también es otro imbécil que hace todo lo que tú quieras. Aprovecha eso. Es tu don por ser tan guapo.

Me reí.

—¿Lo dices en serio, Soph?

—Completamente.— respondió con total sinceridad. —Te lo digo de verdad, Billie. Eres demasiado guapo y provocas auténticos estragos entre los hombres. Los doblegas. Siempre deberías sacar partido de eso. Eres impresionante. Dile a Tom que, como abra la boca, le va a ir muy mal. Ya sabrás cómo hacerlo, eres muy inteligente. Te juro que ese tonto mantendrá la boca cerrada con tal de no empeorar aún más las cosas contigo.

Mmm…

En algo tenía razón.

Tom siempre hacía lo que yo le pedía. O, al menos, así era al principio. Yo calmaba sus demonios. Yo conseguía hacerle entrar en razón. Yo era como su brújula cuando se perdía en medio de un bosque del que no encontraba la salida. Siempre hacía lo que yo le pidiera.

Y esperaba que esta vez tampoco fuera la excepción.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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