Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 14 (Parte 1)
CATALINA
Había estado presente durante todo el proceso. Vi cada movimiento de aquella mujer, Ángela, mientras preparaba el trabajo. Incluso utilizó mi propia sangre para sellarlo. Me aseguró que su «influencia» empezaría a hacer efecto muy rápido, pero que la clave era yo, que tenía que dejarme ver, obligar a Klaus a pensar en mí más de lo que ya lo hacía. Ir coqueteándole poco a poco, enamorarlo prácticamente.
Y si de algo estaba segura, era de que yo sabía perfectamente cómo hacerlo. Utilizaría mi belleza para atrapar a ese hombre de una vez por todas.
Por eso le había dejado un mensaje en el móvil; anoche no me quedó más remedio que volver al hotel. Pero en cuanto me desperté esta mañana, me dispuse a arreglarme. Fui a un spa y luego a un salón de belleza porque necesitaba cambiar mi imagen de forma radical.
Me alisé el pelo, naturalmente rizado, hasta dejarlo impecable y me lo teñí de un negro azabache. Sería quien ocupase el lugar de Benjamín en la vida de Klaus, y lo haría como debía ser, porque si quería ser él, tenía que parecerme físicamente a él. Me compré ropa del mismo estilo que le había visto llevar, joyas elegantes, zapatos… de todo. Incluso me hice las mismas mechas blancas que él llevaba.
Pero, como iba diciendo, le dejé un mensaje en el móvil avisándole de que iría a verle. Me respondió con un escueto «okay» al cabo de varios minutos.
Para mi inmensa felicidad, cuando llegué, los hombres que vigilaban el ascensor me dejaron pasar sin pedirme explicaciones ni exigirme pruebas de que tenía permiso para entrar. Quizá Klaus por fin había eliminado esa absurda norma de que ya no podía poner un pie allí.
Con una sonrisa perfecta dibujada en los labios, subí hasta el apartamento. Al llegar, me preparé mentalmente durante los pocos segundos que tardaron las puertas del ascensor en abrirse del todo.
Lo primero que vi fue a Klaus junto al mueble bar, sirviéndose una copa de lo que parecía champán. Me adentré en el apartamento con paso firme, pero él ni siquiera se molestó en mirarme. Cerró la botella presionando el corcho y, mientras hacía girar el líquido dorado dentro de la copa, habló.
—¿Para qué querías verme?— preguntó, así, sin más. Sin un saludo, sin la más mínima cortesía.
Aunque la bruja me había advertido de que su «trabajo» solo estaría completo cuando Klaus consiguiera pensar en mí y buscarme por iniciativa propia, y de que el resto dependía de mis habilidades, la realidad me golpeó de lleno. Klaus seguía exactamente igual de indiferente. Se le notaba en el tono, en la postura; no veía ni un solo cambio en él. Aun así, intenté no desesperarme al recordar otra de las advertencias de Ángela… pues si la magia negra no parecía funcionar de inmediato, era porque Klaus estaba utilizando su propia fuerza de voluntad para luchar contra esos pensamientos y evitar ceder.
—Hola para ti también— mascullé, poniendo los ojos en blanco mientras recorría el apartamento con la mirada.
Cuando Klaus dio un trago a su bebida y levantó la cabeza para clavar los ojos en mí, se quedó completamente inmóvil. Parpadeó despacio, analizándome. Durante ese segundo pensé que se había quedado helado por lo deslumbrante que estaba, así que sonreí, lista para empezar con mi trabajo y tenerlo por fin rendido a mis pies.
—Quería venir a ver cómo estabas. En la fiesta después de la boda de tu amigo vi a Benjamín y pensé que quizá estarías un poco mal por su presencia.
—Claro, estoy fatal— soltó con un deje de sarcasmo en la voz —Me muero por tirármelo y no puedo. ¿Sabes lo frustrante que es eso?
Me contuve a duras penas para no torcer el gesto. Aquella respuesta me pilló completamente desprevenida; desde luego, no era lo que esperaba oír. Empezaba a dudar seriamente de si el trabajo de Ángela estaba haciendo algún efecto de verdad.
—Además de ese malestar… resulta que ha estado saliendo con otra persona durante estos dos años— continuó, dejando escapar una risa amarga —Yo pensaba que estaba haciendo lo correcto al darle espacio… pero me arrepiento muchísimo de eso. Yo… debí haber hecho algo.
Era mi momento de actuar. Tenía que mover las fichas para hacer que Benjamín pareciera el verdadero villano de la historia. Ángela me prometió que Klaus sería manejable una vez que el hechizo hiciera efecto, pero dentro de mí el miedo no dejaba de crecer, porque no paraba de darle vueltas. ¿Y si la magia no había servido para nada? ¿Y si decía algo equivocado y él acababa enfureciéndose conmigo?
—No te culpes— dije, intentando suavizar la voz.
Me acerqué a la isla de la cocina para dejar el bolso sobre la superficie pulida y caminé con parsimonia hacia él. Estiré la mano, le arrebaté la copa sin pedir permiso y le di un sorbo pausado a la bebida. Klaus me observó hacer todo aquello con los ojos ligeramente entrecerrados.
—Tú pensabas que estabas haciendo lo correcto. Piensa que, por primera vez, pusiste su bienestar por delante al quedarte aquí y darle su espacio. Si él decidió estar con otra persona durante ese tiempo… el cruel aquí es él.
—Pero yo le fui infiel contigo— soltó de golpe, lleno de reproche. Me quitó la copa de la mano con brusquedad y la dejó sobre la barra del mueble bar —Y yo sé que ese idiota con el que está saliendo no es más que un pasatiempo. Mi morenito volverá a estar conmigo y seremos felices con nuestro hijo.
Maldición. Me había olvidado por completo de la existencia del mocoso.
—¿Estás seguro de eso?— me crucé de brazos y alcé una ceja, llenando mi voz de una falsa compasión —Klaus, se nota a la legua que Benjamín te odia. En la fiesta de la boda de tu amigo me dijo cosas horribles de ti… creo que ya no quiere tener absolutamente nada contigo.
—No importa— se encogió de hombros, quitándole importancia. Por su voz, ligeramente arrastrada, me di cuenta de que ya iba algo borracho; quién sabe desde cuándo llevaba bebiendo —Él volverá conmigo porque, igual que yo no puedo vivir sin él, él tampoco puede vivir sin mí. Y si tuviera que empezar mi vida desde cero otra vez, intentaría encontrarlo mucho antes…
Me relamí los labios, sintiendo cómo la frustración empezaba a devorarme por dentro. ¿Cómo demonios iba a empezar a engatusar a ese hombre si no dejaba de hablarme de su «preciado morenito»? ¿Cómo iba a conseguir que se enamorara de mí si cualquier conversación acababa girando en torno a lo mismo? Dudaba muchísimo de que lo que había hecho la bruja hubiera movido un solo hilo en la mente de Klaus. Pero no podía permitirme rendirme; la desesperación me empujaba a tomar el control.
—No hablemos de él— le pedí, forzando una sonrisa dulce —Hablemos de otra cosa. Luego te pones demasiado sentimental cuando hablas de Benjamín y vas a acabar mucho más borracho de lo que ya estás.
Él soltó una pequeña risita nasal, relajando un poco la tensión de los hombros.
—Okay— cedió con facilidad.
Ese pequeño gesto hizo que sintiera un alivio enorme. Por fin la conversación estaba tomando el rumbo que yo quería.
—¿Cómo has estado tú?— preguntó Klaus, mirándome fijamente —Georg me dijo que…— frunció ligeramente el ceño, interrumpiéndose a sí mismo. Parpadeó aturdido, como si le costara conectar las ideas, pero continuó —: Que te había dejado tirada. ¿Dónde pasaste la noche?
Apreté los labios para disimular el impacto. Ese interés tan directo por mi bienestar era algo que jamás había visto en Klaus. Una ola de satisfacción me recorrió el cuerpo entero, dejándome completamente encantada. Los efectos del trabajo de Ángela estaban ahí, tenían que estarlo.
—En el hotel otra vez— solté, haciendo un puchero exagerado con los labios. Confiaba en que el vestido negro que llevaba hiciera su trabajo; la idea era que Klaus fijara la vista en mis piernas al descubierto y en el pronunciado escote que realzaba perfectamente mis pechos —Aunque ya no quisiera seguir allí, el servicio es pésimo. Ayer me pasé por aquí para pedirte que me dejaras quedarme en mi antigua oficina, pero tus hombres me sacaron a la fuerza y me echaron a la calle. A la calle, Klaus… como si fuera basura.
—Perdona por eso…— murmuró, dejando escapar un largo suspiro. Pero, de pronto, sacudió levemente la cabeza —Espera… no sé qué estoy diciendo— soltó, y su voz volvió a sonar extraña, adormilada, como si estuviera luchando contra una espesa niebla dentro de su cabeza —Yo pedí que hicieran eso si aparecías… pero perdóname… quiero decir… joder.
Ver cómo tropezaba con sus propias palabras confirmó la sospecha que tenía de que el trabajo de Ángela sí estaba haciendo efecto, pero Klaus estaba utilizando toda su fuerza de voluntad para resistirse, tal y como ella me había advertido que ocurriría. Esa lucha interna iba a complicarme las cosas, y yo tenía que actuar deprisa para evitar que siguiera conteniéndose.
Necesitaba que cediera, que empezara a preocuparse por mí y me dejara entrar.
—¿Te encuentras bien?— le pregunté, dando un paso hacia él y fingiendo una profunda preocupación en la mirada. Él tragó saliva con dificultad. Vi con claridad cómo la nuez se le movía bruscamente en el cuello.
—Últimamente tengo estos pensamientos…— murmuró, pasándose una mano pesada por la cara —Y cuando intento que desaparezcan, me mareo… me quedo aturdido. No lo entiendo.
Con pasos torpes e inestables caminó hasta el sofá y se dejó caer pesadamente sobre él, soltando un bufido cargado de frustración.
—Siéntate aquí…— dijo, señalando el espacio a su lado, pero enseguida reaccionó, abriendo mucho los ojos —O no. No, no… quédate ahí.
Lo observé fijamente, sintiendo cómo la tensión en la sala se volvía casi palpable. Sí, Klaus estaba luchando desesperadamente por mantenerse cuerdo y conservar el control de su propia mente. Y eso, sin duda, no era nada bueno para mí. Pero, si lo miraba desde otra perspectiva, el hecho de que estuviera debatiéndose entre la cordura y el efecto del trabajo de Ángela no era un obstáculo; para mí era una oportunidad perfecta.
Si intentaba resistirse, yo solo tenía que saber cómo derribar sus defensas.
Ignoré por completo su clara orden de que me quedara donde estaba. En lugar de obedecer, di un par de pasos lentos y felinos sobre la alfombra, balanceando las caderas con cadencia. El vestido negro que llevaba era perfecto; el escote enmarcaba mi pecho a la perfección y la abertura lateral de la falda dejaba al descubierto buena parte de mi pierna con cada paso. Me acerqué al sofá con parsimonia, disfrutando de cómo sus ojos —todavía nublados por el alcohol y por ese extraño aturdimiento— seguían mis movimientos de manera casi instintiva.
Me senté a su lado. No con prisa, sino acomodándome de tal forma que nuestras piernas llegaran a rozarse ligeramente. Dejé que mi perfume, esa fragancia dulce que me habían puesto en el spa, inundara el pequeño espacio entre los dos.
—No voy a dejarte solo si te encuentras mal, Klaus— susurré, bajando el tono de mi voz hasta convertirlo en un murmullo suave, cargado de una dulzura que en realidad no sentía y que solo estaba fingiendo —Mírate… estás agotado.
Klaus apretó los ojos con fuerza y dejó escapar una respiración entrecortada. Podía ver la lucha interna reflejada en su rostro.
—Te dije que no te sentaras…— masculló, pero su voz había perdido aquella firmeza tajante. Sonaba vulnerable, áspera.
—Solo quiero ayudarte a despejar la cabeza— mentí con total naturalidad.
Llevé una de mis manos, con las uñas perfectamente cuidadas y pintadas de negro, hasta su hombro. Apoyé las yemas de los dedos sobre la tela de su camisa y, muy despacio, empecé a descender hacia su pecho. Sentí el calor de su cuerpo y cómo el ritmo de su respiración empezaba a alterarse. Me incliné un poco más hacia él, lo justo para que el calor de mi aliento rozara la curva de su cuello y su mandíbula.
—Estás tan tenso…— continué, deslizando la mano hasta el primer botón de su camisa y jugando distraídamente con él mientras lo miraba a través de mis pestañas —Te pasas cargando con problemas que ni siquiera te corresponden, Klaus. Te consumes pensando en alguien que ya ha rehecho su vida, que te rechaza… cuando podrías tener a alguien que de verdad quisiera cuidarte. Que estuviera aquí. Contigo.
Klaus tragó saliva con dificultad. Su mirada descendió un instante hasta mis labios, atrapado en el juego. Estaba funcionando. Vi cómo sus hombros empezaban a relajarse, cómo la rigidez de su postura cedía bajo el contacto de mis dedos. La bruja tenía razón; la semilla estaba ahí. El corte de mi pelo, las mechas blancas, el tono de mi voz, la cercanía física… todo lo que había planeado meticulosamente aquella mañana estaba haciendo mella en sus sentidos.
—Catalina…— murmuró mi nombre entre un gemido ahogado, sin saber si apartarme o dejarse llevar por su mente adormecida.
—Shhh… no pienses— le pedí con suavidad. Alcé la otra mano para acariciar la línea de su mejilla, rozando con delicadeza la sombra de su barba. Me acerqué tanto que nuestras respiraciones llegaron a mezclarse —Deja de luchar contra lo que sientes. Puedes relajarte conmigo, Klaus. Sabes que siempre he estado ahí para ti…
Me incliné un milímetro más, ladeando el rostro para rozar la comisura de sus labios con los míos, convencida de que estaba a punto de derribar su última barrera. Sentí el calor de su boca a punto de ceder. Estaba en la cima de la victoria.
Pero entonces, todo se vino abajo en un solo segundo.
Fue como si una descarga eléctrica lo atravesara de golpe. Klaus parpadeó con violencia y la nebulosa adormilada de sus ojos desapareció en un destello de lucidez. Antes de que pudiera reaccionar, me sujetó las muñecas con una fuerza descomunal y me apartó bruscamente de su rostro.
Se quedó rígido en el sofá, mirándome de arriba abajo. Analizó la postura en la que estaba, la cercanía de mi cuerpo, mi mano sobre su pecho, mi ropa y, sobre todo, los detalles de mi pelo negro con las mechas blancas. Una expresión de incredulidad y profundo asco cruzó por su rostro.
—¿Qué cojones estás haciendo?— preguntó con una voz helada, dura y completamente despierta.
Intenté mantener la sonrisa coqueta, pero el pánico hizo que me temblaran ligeramente los labios.
—Klaus… solo intentaba reconfortarte, estabas…
—¿Me estás tirando los trastos?— me interrumpió de golpe, apartándose por completo de mi contacto y alejándose hasta el otro extremo del sofá como si mi piel le quemara —¿Qué es esto, Catalina? ¿Qué coño te has hecho en el pelo?
—¡Es un cambio de imagen! Pensé que…
—¿Pensaste qué?— me recorrió con una mirada cargada de desprecio que prácticamente atravesó mi orgullo. Era como si… mierda, ni siquiera sabría explicarlo —¿En qué demonios estabas pensando al teñirte así? Parece que estás intentando copiar a mi morenito. Mírate. ¿Te crees que soy gilipollas? ¿Te piensas que no me doy cuenta de lo que estás intentando hacer?
El miedo me heló la sangre. Si Klaus descubría la brujería de Ángela, mi presencia en su vida se acabaría para siempre. Tenía que darle la vuelta a la situación de inmediato. No podía quedar como una manipuladora acorralada; tenía que convertirme en la víctima de su paranoia. Apreté los puños, obligando a mi cuerpo a reaccionar. Dejé que la frustración y la rabia reales alimentaran las lágrimas que enseguida inundaron mis ojos.
Parpadeé con fuerza para que una resbalara inmediatamente por mi mejilla.
—¿Cómo… cómo puedes ser tan monstruoso conmigo?— exclamé, poniéndome en pie de un salto, con la voz rota y temblorosa —¡Me estaba preocupando por ti! ¡Te he visto mal, Klaus! Estás borracho otra vez, me dices que te sientes mareado, que tienes pensamientos raros que no puedes controlar, ¡y yo solo he intentado consolarte! ¡Solo quería darte un poco de cariño porque me ha dolido verte destrozado!
—Catalina, no me vengas con tus numeritos de…
—¡No! ¡Cállate, no me hables así!— lo interrumpí, alzando la voz y llevándome las manos al pecho mientras dejaba escapar un sollozo ahogado —¡Siempre haces lo mismo! Vengo aquí, me preocupo por cómo estás después de ver a Benjamín, intento ser amable y cariñosa… ¿y me tratas como si fuera una aprovechada de mierda? ¡Eres un desconsiderado y un insensible! Ahora entiendo por qué Benjamín ya no quiere tener nada más contigo.
Klaus se quedó sentado en el sofá mirándome con la mandíbula apretada, todavía respirando con agitación por aquel golpe de lucidez, pero completamente desconcertado por mi estallido.
No le di tiempo a procesarlo ni a cuestionarme nada más. Cogí el bolso de la barra con un movimiento brusco, fingiendo estar tan cegada por el dolor que casi se me cayó. Cubriéndome el rostro con la mano libre mientras dejaba escapar otro gemido de llanto, eché a correr hacia el ascensor.
Pulsé el botón de bajada una y otra vez, presa de los nervios, hasta que las puertas metálicas por fin se abrieron.
Entré en la cabina y, en cuanto las puertas se cerraron, aislándome del apartamento, me limpié la lágrima de la mejilla de un manotazo seco. Maldita sea. La arpía de Ángela me había mentido, o la fuerza de voluntad de Klaus era un monstruo mucho más difícil de domar de lo que había imaginado.
Yo necesitaba que Klaus odiara a Benjamín y la bruja tenía que ayudarme con eso.
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BILL
Apenas divisé a Alex en el aeropuerto, después de bajar del avión y pasar los controles necesarios, me lancé a sus brazos y él me recibió al instante. Estaba feliz de verlo, a pesar de que no había pasado ni una jodida semana desde que llegué a Alemania. Pero me alegraba tenerlo allí; sentía que, con él a mi lado, mi fuerza de voluntad sería mucho más fuerte.
Besé a Alex y suspiré cuando me bajé de sus brazos para darle un respiro.
—Estoy feliz, feliz, feliz— le hice saber mientras él me miraba con una bonita sonrisa en los labios —Todavía no puedo creerme que de verdad hayas venido, Alex.
—Te dije que lo hacía solo por ti— me recordó —Ya te echaba de menos, pero ¿adivina quién más? Sheryl no ha parado de preguntar por ti. Por cierto, la he dejado con Alfia.
Suspiré enternecido.
—Sheryl… quiero que ella también esté al tanto de todo esto porque es muy buena en lo que hace y sería estupendo contar con su ayuda— murmuré mientras por fin salíamos del aeropuerto —También con la de Xavier. Bueno, todos tienen que estar al tanto de esto. Claro, si aceptas la propuesta que tienen para ti los König.
Alex suspiró con cierto cansancio.
—Mañana es esa reunión, así que ya veremos qué pasa. Todo depende de lo buena que sea la propuesta; tiene que merecer la pena.
—Te juro que vas a aceptar— murmuré con una sonrisa radiante en los labios —Todo esto servirá para capturar a Brian y a Natalie de una vez por todas. Ya no podemos seguir retrasando esto; llevamos doce años detrás del mismo objetivo y nunca hemos conseguido ni siquiera poner en marcha un operativo contra ellos. Es ahora o nunca.
—He estado pensando en eso desde que hablamos por teléfono— me dijo, ladeando la cabeza para mirarme —Creo que una alianza no nos vendría nada mal. Al fin y al cabo, lo que quiero conseguir con esto es muy distinto de lo que quería mi padre. Esto es para atrapar a Brian y, después, todo volverá a la normalidad.
—Exacto— le confirmé con un leve asentimiento.
Nos subimos al coche, otro de los de Alex, y conduje hasta llegar a la enorme casa. Nos recibió el silencio. En cuanto entré llamé a Sophia, pero no obtuve respuesta. Supuse que había salido y sabía perfectamente por qué. Antes de ir a buscar a Alex había «bromeado» con que se iría al parque con mi bebé para que yo tuviera «tiempo a solas» con Alex. Pensé que no lo haría, porque le advertí que, si lo hacía, me enfadaría. Pero sí se había ido.
Bajé las escaleras frustrado, porque había subido a las habitaciones de arriba para ver si estaban allí, acurrucados viendo la tele, pero no. No estaban.
—Se han ido— le hice saber a Alex, que ya había dejado su pequeña maleta e incluso se había servido un vaso de whisky mientras yo buscaba a ciertas personitas que me habían dejado solo —Seguramente han salido a dar una vuelta por el parque.
—¿Sophia no te avisó de que iba a salir?— me preguntó Alex.
Negué con la cabeza mientras me acercaba a él, rodeaba su cuello con los brazos y, acto seguido, le daba un beso fugaz en los labios. Él me sujetó por la cintura.
—Bueno, ella dijo que se iría para dejarnos solos. Pero pensé que estaba de broma— solté entre un resoplido. Ya luego le echaría la bronca a Sophia por aquello —Resulta que al final sí se ha ido, y me da miedo que pueda pasarles algo. Los enemigos están mucho más cerca aquí y no quiero que le hagan daño a mi bebé.
—No creo que Sophia vaya por ahí sola sabiendo que hay problemas por los alrededores— me dijo para tranquilizarme, mientras colocaba con delicadeza un mechón de mi pelo detrás de la oreja —Como mínimo, estará acompañada.
Suspiré.
—Seguramente sí, pero yo quería que estuvieran aquí. Tenía que bañar a mi bebé.
Alex soltó una pequeña risita.
—Bueno, quizá cuando vuelva puedas bañarlo— murmuró —¿Por qué no aprovechamos la amabilidad de Sophia al dejarnos solos, mmm?
Parpadeé despacio, procesando sus palabras, y luego sonreí.
—¿Acaso no estás cansado del viaje?— pregunté mientras jugaba con un dedo sobre su ligera barba, recorriendo lentamente la línea de su mandíbula.
—Oh, lo estoy— respondió entre risas —Pero eso no es ningún impedimento.
Él no esperó a que yo dijese algo al respecto, solo inclinó su cabeza hacia adelante y me besó. Mierda, amaba como este hombre me besaba. Amaba sentir como su barba me raspaba un poco, haciéndome ligeras cosquillas cuando soltó mis labios para empezar a besar mi cuello. Debía admitir que cada movimiento suyo con su boca me encendía en maneras enormes.
Por la presión caliente de sus labios, el roce áspero de los pelos contra mi piel sensible, el aliento húmedo que se filtraba entre cada contacto y me hacía erizar hasta la nuca.
—Vamos arriba.— le pedí en medio de suspiros, con la voz ya un poco rota.
No me contestó con palabras. Solo gruñó bajo contra mi piel, generando un sonido grave y vibrante que me recorrió por todo el cuerpo, fue un escalofrío caliente que se hundió directo en la base de mi espalda y luego bajó, tensando cada músculo. Sus manos, grandes y cálidas, bajaron por mi espalda y se aferraron a mis caderas con una ligera fuerza que me hizo soltar un gemido corto.
Me empujó suavemente hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la pared del pasillo, el frío de la pintura contrastaba perfectamente con el calor que él irradiaba, y entonces su boca volvió a la mía, más hambrienta, más profunda, devorándome entero.
Su lengua se deslizó entre mis labios y yo la recibí con ganas, chupándola, mordisqueando su labio inferior mientras mis dedos se enredaban en el cabello de su nuca, tirando apenas, sintiendo cómo los mechones se enredaban entre mis dedos. El sabor de él… mierda. Un poco a café, un poco a menta, y debajo de todo eso, ese sabor puro de Alex que siempre me volvía loco, o el olor fuerte de su loción que era casi similar a la de…
«No, Bill. No de nuevo.» me regañó mi subconsciente.
Su barba me rozaba la mejilla cada vez que movía la cabeza, pero era apenas un roce áspero y delicioso que contrastaba con la suavidad de su lengua, una fricción que me hacía abrir más la boca, invitarlo más adentro. Sentí cómo mi pene empezaba a endurecerse dentro de los jeans, presionando contra la cremallera dolorosamente. El roce de la tela gruesa contra mi piel sensible me enviaba espasmos cortos hasta el bajo vientre.
Y cuando él empujó su cadera contra la mía, noté que él también estaba duro. Esa dureza caliente y pesada se clavaba justo contra la mía. Su erección se frotó contra la mía a través de la tela y ambos gemimos al mismo tiempo. Yo ansiaba más.
—Joder, Billie…— susurró contra mi boca, con la voz ronca en medio de jadeos —Te he estado pensando todo el puto viaje.
No respondí. Solo lo agarré de la camisa y lo arrastré hacia las escaleras. Subimos a tropezones, besándonos entre escalón y escalón, soltando risas ahogadas que se perdían entre los jadeos, con nuestras manos impacientes que se metían bajo la ropa del otro. Mis dedos encontraban la piel caliente de su espalda, le sentía los músculos tensos bajo la tela, su mano deslizándose por mi costado hasta rozar el borde de mi jeans.
En el rellano del segundo piso él me empujó contra la pared otra vez y me mordió el cuello, justo debajo de la oreja, el punto que siempre me hacía temblar. Arqueé la espalda y solté un gemido largo, casi un quejido, mientras sus manos bajaban hasta mi trasero y lo apretaban con fuerza, sus dedos se aferraron deliciosamente a mis nalgas, separándolas un poco.
—Vamos a la cama… Alex.— pedí en medio de un gemido, mi voz ya estaba engrosada por el deseo, casi irreconocible.
Entramos en la habitación a empujones. La puerta se cerró de un golpe detrás de nosotros y entonces nos lanzamos el uno al otro como si no nos hubiéramos tocado en semanas. Él me arrancó la camisa por la cabeza y la tiró al suelo. Su boca bajó de inmediato a mi pecho, lamiendo un pezón, chupándolo con fuerza mientras mis dedos desabrochaban su cinturón; oh por dios, sentía su lengua caliente y húmeda, el leve dolor de la succión que se convertía en un tirón eléctrico directo a mi entrepierna.
Yo jadeaba, manteniendo una mano en su cabello y la otra intentando abrir su camisa a toda prisa. Los botones saltaron. Él se la quitó y la lanzó a un lado, dejando al descubierto su pecho ancho y su abdomen trabajado, la piel caliente y ligeramente sudada.
Cuando nos quitamos los jeans y la ropa interior, ambos estábamos ya completamente duros, vi sin pudor alguno su miembro duro, brillando un poco en la punta, con la piel tirante, la vena marcada, el glande hinchado y húmedo. Él me empujó suavemente hacia la cama. Caí de espaldas y él se subió encima, a horcajadas sobre mis muslos.
Nuestras pollas se rozaron, calientes y duras, se podía sentir la piel sedosa y tensa deslizándose una contra la otra, y ambos soltamos un gemido al mismo tiempo. Se inclinó hacia adelante y me besó otra vez, profundo, sucio, mientras frotaba su erección contra la mía y yo hacía lo mismo desde abajo, empujando las caderas, buscando más fricción, más calor, más de ese roce que me hacía apretar los dientes y jadear contra su boca.
—Quiero metértela— me dijo contra la boca. —¿Tú quieres, eh?
Asentí con la cabeza, con los ojos oscuros del mero deseo, con las pupilas dilatadas. —Ay… hazlo. Quiero sentirte otra vez.— le pedí, la voz temblando. —En el cajón hay preservativos.
Separé mis piernas para él, manteniendo las rodillas flexionadas, abriéndome del todo, sintiendo el aire frío rozar mi entrada ya sensible, esperándolo mientras él buscaba en el cajón de la mesita de noche los dichosos preservativos.
Él se arrodilló entre mis piernas y se puso el condón tras romper con cuidado el empaque, el látex se iba ajustando sobre su dureza, su glande estaba ya brillante. Luego se escupió en los dedos para continuar, primero acarició mi entrada con el pulgar, despacio, sintiendo cómo se contraía mi esfínter bajo el tacto, fue un espasmo involuntario que me hizo morder el labio.
Luego introdujo un dedo, suavemente, girándolo, abriéndome. La presión que él ponía era lenta y se sentía caliente cada que se deslizaba hacia adentro, estirándome con cuidado, enviándome oleadas de calor hasta el bajo vientre. Solté un gemido largo y me arqueé ante las sensaciones, separando mi espalda de las sábanas.
—Más…— pedí, con la voz apenas colgando de un hilo.
Añadió un segundo dedo, empujando más profundo, buscando ese punto que me hacía temblar. Cuando lo encontró, grité suavemente y mi pene dio un salto contra mi vientre, dejando un hilo brillante de semen que se deslizó caliente por la piel. Me masturbó con la otra mano mientras me abría, despacio, disfrutando de cada gemido que salía de mi boca, de cada contracción de mis músculos alrededor de sus dedos; la presión de esas dos falanges girando dentro de mí, rozando justo ahí, me hacía apretar las sábanas y arquear la espalda, el placer subía en oleadas cortas y eléctricas que me dejaban sin aire.
—Alex… por favor… ya…
Sacó los dedos, se agarró el pene y se alineó. La cabeza de su enorme miembro se apoyó contra mi entrada, la sentía caliente y resbaladiza, sentía ese grosor pesado y tenso que me hacía contraer el esfínter de las meras ansias que ya tenía por sentirlo dentro de mí. Él se empujó despacio.
Sentí cómo se abría mi esfínter para recibirlo, estirándose alrededor de él con una lentitud deliciosa y casi dolorosa. Avanzó centímetro a centímetro, gimiendo bajo, hasta que estuvo completamente dentro de mí; esa sensación de absoluta llenura, de ser abierto y ocupado hasta el fondo, me hizo soltar el aire en un temblor.
Alex se quedó quieto un momento, respirando fuerte, dejando que ambos nos acostumbráramos. Yo tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pecho me iba subiendo y bajando rápido, sintiendo cómo su polla latía dentro de mí, caliente, gruesa, reclamando cada milímetro.
—Muévete…— susurré necesitado —Por favor, muévete.
Empezó a salir y a entrar, lento al principio, propinando profundos empujones que me hacían sentir cada centímetro de él. Como el deslizamiento húmedo, la fricción interna, la forma en que mi cuerpo se cerraba alrededor de él al salir y se abría otra vez al volver a hundirse. El lubricante —o bueno, su saliva—, provocaba un sonido húmedo cada vez que se hundía en mi interior, un chapoteo sucio y rítmico que se mezclaba con nuestros jadeos.
Gemía con cada embestida, eran sonidos rotos y necesitados que se me escapaban de la garganta sin control. Aumentó el ritmo. Sus manos se aferraron a mis caderas, sentí sus dedos clavándose en mi piel, dejando marcas que ardían delicioso, y empezó a follarme de verdad, duro, profundo, cada estocada haciendo que el colchón crujiera y que mi cuerpo se moviera bajo el suyo.
—Ah… joder… Alex… así… más fuerte…
Él me obedeció. Levantó una de mis piernas y la apoyó sobre su hombro, cambiando el ángulo. Ahora cada embestida rozaba justo ese punto dentro de mí, ese nudo de nervios que explotaba en un placer que me hacía ver blanco cada vez que golpeaba mi próstata. Grité, arqueé la espalda, con mis manos agarrando las sábanas con fuerza hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Mi pene rebotaba entre nosotros, de un color rojito claro y goteando, la cabeza brillaba y estaba sensible, dejando hilos de pre-semen sobre mi vientre. Él la tomó con la mano y me masturbó al ritmo de sus embestidas, el agarre que él mantenía era firme, el pulgar pasaba sobre la ranura de mi miembro, exprimiendo cada gota mientras me follaba sin piedad.
—Voy a correrme…— jadeé —Alex, me voy a correr…
—Hazlo— gruñó él en respuesta con su voz rota, casi animal. —Quiero sentirte apretarme mientras te corres.
Unas pocas embestidas más y me tensé por completo. Un gemido largo y roto me salió de la garganta mientras mi polla latía en su mano y me corría, eyaculando rápidamente; los hilos de mi semen, calientes y espesos salían a empujones, manchando mi pecho y su mano, mientras mi cuerpo se contraía alrededor de él en espasmos violentos.
Las contracciones de mi cuerpo alrededor de su polla fueron demasiado. Él se hundió hasta el fondo y se corrió dentro del látex, gimiendo mi nombre, sus caderas iban sacudiéndose mientras vaciaba todo en el condón; sentí cómo latía dentro, cómo se tensaba y liberaba, cómo el calor de su orgasmo se transmitía a través del látex y me hacía temblar una vez más.
Se quedó encima de mí un rato, jadeando, con la frente apoyada en mi pecho sudoroso. Su corazón latía fuerte bajo mi oído. Cuando por fin sacó la polla, ambos soltamos un pequeño gemido; yo, mas que todo, por esa sensación de vacío que sentí repentinamente, de estar abierto y sensible, me hizo estremecer. Alex se desplomó a mi lado y yo me giré hacia él de inmediato, buscando su boca otra vez.
Ay mierda, sí había extrañado eso.
Continúa…
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