Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 15 (Parte 2)
THOMÁS
—¡Dani Flow! ¡Es el rey del morbo! ¿Cómo andas? ¡Te quiero meter el bastón, pero tú mandas!
La música sonaba por toda mi habitación mientras yo cantaba a pleno pulmón y, por supuesto, investigaba cosas en mi portátil de segunda mano. Mi vida era una auténtica mierda, y ya ni hablemos de la brillante decisión de mi madre de traerme a Nueva York para que tuviera «más oportunidades» para estudiar que en Colombia, donde ya no tenía ninguna porque me expulsaron de la universidad. Y eso siempre se quedaba registrado en esos malditos expedientes de mierda.
Cuando llegué estaba súper cabreado. Creo que lo único bueno del primer día fue haberme encontrado con aquel pelinegro en la tienda de cachorros. Sí, me dio con el carrito y me hizo daño, por mucho que fingiera que no era para tanto.
Pero mi madre tenía que fastidiarlo todo.
Lo bueno era que ella ya no estaba por aquí. Había vuelto a Colombia después de asegurarse de que yo estaría «bien», fingiendo que le importaba, claro. Pero mejor así, que me dejara solo, porque de esa forma podía investigar más sobre mi padre, y eso era precisamente lo que estaba haciendo en ese momento. Estaba leyendo en una página todo lo que se sabía sobre la muerte y el final del Clan Trümper. Pero había cosas que no me cuadraban. Quizá estaba siendo un paranoico después de haber visto tantas series de narcos en mi vida.
Y en esas series siempre fingían su muerte cuando se veían en una situación como la que atravesaban mi padre, mi tío y mi abuelo.
Pero no se mencionaba nada sobre mi abuela, y era información sobre ella lo que estaba buscando. Mi madre me había dicho que su apellido era «König», según había oído cuando era pareja de mi padre, pero que no recordaba su nombre. Buscar el apellido «König» solo me había llevado a resultados que no tenían absolutamente nada que ver con lo que yo intentaba encontrar.
Yo solo quería que supieran de mí. Nada más.
—¡Thomas! ¡Baja esa música de mierda, que ni se entiende lo que dicen!— mi compañero de habitación, Oliver, entró gritando en su perfecto inglés, que apenas era capaz de entender —¡Thomas!
—¡Vale, vale, ya voy!— me puse de pie de golpe; la silla salió rodando por el impulso y me acerqué a grandes zancadas hasta la mesita de noche que había junto a la litera que compartíamos, donde estaba mi pequeño reproductor, que funcionaba bastante bien siempre que le dieras un buen par de golpes. Lo apagué y me giré para mirar mal a mi amigo —¿Ya estás contento?
Él puso los ojos en blanco.
—No sabes lo insoportable que es escuchar esas canciones, de verdad. Ponte una de Britney Spears o yo qué sé.
—Ni de coña— respondí rápidamente.
Él soltó un bufido y se dejó caer en la litera de abajo, mientras yo volvía a mi sitio, frente al portátil que tenía sobre un pequeño escritorio.
—¿Qué haces?
—Buscar información sobre mi padre. ¿Qué iba a estar haciendo si no?
—¿Yo qué sé? ¿Quizá ponerte a estudiar para el examen?— preguntó con ironía —En vez de perder el tiempo investigando cosas sobre tu padre fallecido.
Chasqueé la lengua.
—No está muerto, Oliver— mascullé —Está vivo. Yo vi al pelinegro y era clavado a Willem Kaulitz. Quizá no fuera ninguna casualidad haberme encontrado con aquella revista en la que su padre anunciaba que iba a lanzar un nuevo perfume con el nombre y la cara de su hijo fallecido. Era él. Imposible que no lo fuera.
—Puede que él no muriera, pero ¿qué te garantiza que tu padre siga vivo? Además, aunque lo estuviera, eso no cambia que sea un criminal— me dijo —¿De verdad quieres verte metido en ese mundo?
—No lo entiendes.— cerré el portátil, solté un bufido y me di la vuelta en la silla para mirarlo —Solo quiero saber, encontrarlo, plantarme delante de él y decirle: «Hola, soy tu hijo. Y no puedes decir que no porque tenemos la misma cara». Sería increíble. Me da igual que sea un narco… solo quiero saber si está vivo y que sepa de mí.
—Estás perdiendo el tiempo.— murmuró —Y te vas a llevar una desilusión de la hostia.
—Creo que no. Iré con la DEA.
Mi amigo abrió los ojos como platos.
—¡¿Pero tú estás loco, tío?! ¡¿Cómo se te ocurre?!
Sonreí con sorna.
—Era broma, idiota.— murmuré entre una risita —Sé que mi abuela se apellida König, de ella no se dice que esté muerta, así que quizá siga viva. Si consigo dar con ella… todo me resultará mucho más fácil. Yo sé que mi padre no está muerto, tengo una corazonada.
—Vale, pues deja eso para después y ponte a estudiar. Tienes una beca que mantener, acuérdate.
No pensaba hacerle ni caso.
Abrí el portátil y simplemente seguí investigando. Ya tendría cinco minutos el día del examen para aprenderme las respuestas y, si no… pues repetiría y listo.
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OMNISCIENTE
—Entiende que no sería nada bueno ejecutar una transmutación de esa naturaleza— había repetido Ángela por enésima vez desde que la chica, Catalina, luciendo ahora su melena teñida de un negro azabache, irrumpiera en su residencia para exigirle y reprocharle con amargura que el trabajo previo no hubiese dado los frutos esperados —Forzar la psique de Klaus para que aborrezca a Benjamín… es una transgresión demasiado violenta. Los hilos de la mente no se rompen así como así. Eso no acabaría bien para nadie.
—¡Usted no lo entiende!— exclamó la joven, al borde de la histeria.
Caminaba de un lado a otro de la estancia a pasos frenéticos, sumida en una marea de frustración. Ángela, sentada con serena elegancia en el sofocante confort de su sofá, la observaba como quien analiza a un insecto atrapado en una telaraña.
—¡Le ha hecho un maldito retrato a gran escala!— continuó Catalina con la voz temblorosa por la ira —Lo tiene ahí, presidiendo su despacho. ¡Y yo lo quiero para mí ya! Haga lo que haga falta para que se obsesione conmigo. ¿Qué sé yo? No le pido que haga un amarre tradicional si no quiere; simplemente use su influencia sobre su mente, manipule sus percepciones, haga lo que tenga que hacer, pero consiga que odie a Benjamín. Que lo deteste. Que sienta por él una repugnancia enorme. Que lo trate con desprecio y aborrecimiento… y que conmigo, únicamente conmigo, sea diferente.
—Si llegara a intervenir de una forma tan burda, acabaría arruinando mis propios planes— soltó la mujer mayor de forma abrupta y con frialdad, alzando una ceja durante el proceso —Mi propósito requiere, de forma indispensable, que el vínculo entre ellos permanezca intacto, que el amor los mantenga unidos para que mi objetivo final se cumpla. No necesito que se odien ni que se distancien; si eso ocurriera, toda esta arquitectura dejaría de servirme. Además, actualmente estoy prestando mi ayuda a personas que buscan la destrucción total de ambos.
—¡No me interesan sus alianzas ni sus motivos! Haga algo. Por favor…— suplicó Catalina, derrumbándose en el ruego.
Estaba consumida por un resentimiento enorme. Se sentía miserable e insignificante tras haber descubierto aquel lienzo en el despacho de Klaus. Benjamín había sido inmortalizado en esa pintura con una devoción casi sagrada… como si fuera un ser supremo, intocable e irremplazable. Y lo que más le corroía las entrañas a Catalina era la aplastante certeza de que eso era exactamente Willem para Klaus: su centro de gravedad, el único pilar de su existencia. El hombre lo amaba con una fuerza impía.
Los trabajos esotéricos que Ángela había tejido hasta ese momento apenas lograban sembrar en la mente de Klaus destellos inducidos de obsesión hacia Catalina, una necesidad física e incomprensible que aparecía de forma intermitente. Sin embargo, la estructura psíquica y la descomunal fuerza de voluntad de Klaus reaccionaban como un escudo, frenando las sugestiones más profundas.
Si la situación continuaba por ese camino, Catalina jamás tendría una oportunidad real.
—Por favor…— insistió, clavando en la bruja unos ojos empañados por lágrimas de pura impotencia —Necesito tener a Klaus sumiso a mi lado. Haga lo que haga falta.
Ángela la contempló en silencio. Detestaba profundamente la impertinencia y las exigencias de los profanos cuando ella ya había dejado claros sus límites; sin embargo, percibía en Catalina un rasgo que la fascinaba enormemente. Una fragilidad corrupta que podía instrumentalizar a la perfección dentro de su tablero de juego. Sus verdaderos objetivos estaban dirigidos contra Gordon Trümper, Charlotte König y Simone Kaulitz; su sed de venganza exigía la destrucción de los descendientes de ambos.
Ya lo había intentado anteriormente con Travis, pero el hijo mayor se encontraba protegido por una barrera espiritual, ya que se había unido en matrimonio bajo el rito de la Iglesia justo en el momento en que ella empezaba a urdir sus primeros ataques. La gracia de ese sacramento, sumada a la solidez del vínculo afectivo con su esposa, no presentaba ni una sola fisura por la que pudiera colarse la podredumbre.
Por fortuna, el destino había puesto a Tom Trümper en su camino mucho antes. A través de él, mediante manipulaciones graduales, había obtenido los elementos biológicos y energéticos que ahora le permitían dominar, durante breves lapsos, su plano mental.
Destrozar al hijo menor de la mujer que la había despojado de todo en el pasado —en contubernio con la madre de Willem— representaba un acto de justicia poética. Aquellas mujeres le habían arrebatado a su propio hijo; Ángela les cobraría la misma deuda, solo que a través de un proceso lento, agónico e implacable.
Podía aprovechar que aún conservaba cierto dominio sobre el hilo conductor de la mente de Tom para concederle el capricho a la muchacha que lloriqueaba delante de ella. Para Ángela, Catalina no era más que un peón prescindible. Ayudarla no alteraría en absoluto el desenlace final, puesto que la sentencia de la joven ya estaba escrita en el libro de la vida.
Catalina debió haber muerto en Brasil, justo después de su imprudencia al dejarse ver delante de Tom —un destino mortal que la propia Ángela se encargó de desviar sutilmente en su momento—, por lo que su estancia en este plano terrenal no era más que un tiempo prestado que expiraría muy pronto.
De hecho, la primera vez que rozó las manos de la chica durante su primer encuentro, percibió una frialdad cadavérica recorriéndole la piel. El olor a tierra húmeda y la ausencia de calor vital le habían dejado perfectamente claro el trágico e inminente final de la joven.
Así que… ¿por qué no seguir jugando un poco más con las piezas disponibles?
Nada resultaría más maquiavélico que hacerles creer a Tom y a Willem que la llama entre ellos se había extinguido por completo, que la condena de su historia era irreversible. Catalina se encargaría de ensanchar la grieta en esa relación agonizante, y esa fractura le otorgaría a Ángela una ventaja insuperable.
Exhaló un suspiro pausado, forzando una expresión de empatía.
—Está bien. Doblegaré la voluntad de Klaus para que experimente rechazo hacia Benjamín— cedió la mujer con tono grave —Pero no te engañes pensando que será un estado permanente. Como ya te expliqué anteriormente, Klaus alberga en su psique una entidad, un aspecto de sí mismo dotado de una fuerza de voluntad colosal. Y es precisamente esa faceta interior la que reacciona de forma instintiva antes de que él cometa una falta irreparable contigo.
Ángela hizo una pausa, asegurándose de que la joven absorbiera cada una de sus palabras.
—Si induzco un odio artificial hacia Benjamín, provocaré que esa faceta latente despierte con muchísima más violencia de la que ha venido mostrando hasta ahora. No llegará a salir completamente a la superficie porque permanece prisionera de su propio trauma, pero sí desencadenará en Klaus severos ataques de remordimiento, episodios disociativos y un aborrecimiento autodestructivo hacia sí mismo. La culpa será tan atroz que podría acabar perdiendo la cordura por completo.
Catalina parpadeó, confundida.
—¿Qué? No… no entiendo qué me quiere decir.
—Te lo explicaré de una forma sencilla para que lo entiendas— continuó la bruja, recolocándose en el asiento —La psique de ese hombre está dividida. Por un lado está la personalidad original, la que se moldeó desde el instante en que conoció a Benjamín. Llamémosla «la esencia de Tom». Esa parte depende por completo del pelinegro, lo ama, lo venera, lo idealiza y lo necesita para mantener la cordura. Es una estructura emocional profunda y resistente. Por otro lado, está la coraza que surgió cuando creyó que Benjamín había muerto; una personalidad nacida del duelo patológico y del dolor por haber perdido su razón de existir. Es la faceta fría, déspota, despiadada… la que se hace llamar Klaus. Y, precisamente por haber sido engendrada a partir de esa fractura provocada por el dolor, es vulnerable a la sugestión externa; su mente es débil.
Catalina empezaba a hilar los conceptos poco a poco, frunciendo el ceño a medida que asimilaba la revelación.
—Tom se activa como un mecanismo de defensa cada vez que percibe que algo amenaza el bienestar de su moreno, como suele llamarlo. Y es en esos microsegundos cuando la conciencia sumergida de Tom emerge, frenando a Klaus justo cuando está a punto de tener cualquier acercamiento íntimo contigo. Para la conciencia de Tom, tú representas la amenaza, la culpable de haber perdido a su amor; te detesta, no te soporta. Sin embargo, por el momento, Tom solo opera como una voz lejana en la penumbra de su mente, y Klaus intenta ignorarla… excepto cuando el remordimiento por el daño infligido a Benjamín se vuelve insoportable. Es una dinámica fascinante; la ciencia de la psiquiatría tiene términos muy complejos para calificar estos estados disociativos.
Catalina comprendió la idea general, pero entre toda la explicación hubo una frase concreta que hizo saltar todas sus alarmas.
—¿A qué se refiere con eso de «por el momento»?— preguntó, entrecerrando los ojos con suspicacia.
—A que la personalidad de Tom puede romper las cadenas y tomar el control absoluto— sentenció Ángela con frialdad —Por esa razón te advierto de que esto puede tener un desenlace funesto para ti. Si Tom consigue salir a la superficie y recuperar el dominio de su cuerpo, te destruirá sin piedad por haberte interpuesto en su camino. Para mis fines no supondría una pérdida catastrófica, pues Benjamín se apartaría, y Tom, al verse privado de su moreno, se desplomaría en el vacío, permitiendo que la coraza de Klaus retomara el control.
—Es una locura… ¿Está insinuando que Klaus padece un trastorno mental grave?
Ángela soltó una risotada seca y burlona que resonó por toda la estancia.
—Ay, niña… se nota a la legua que la inteligencia te llega justita y que no sabes cómo utilizarla— espetó con un desprecio absoluto, provocando que Catalina le lanzara una mirada cargada de indignación. La mujer no se inmutó lo más mínimo —Esto va mucho más allá de cualquier diagnóstico médico formal; detrás de todo esto hay un entramado espiritual y un karma de vidas entrelazadas. Lo que intento hacerte comprender es que la devoción que ese hombre siente por Benjamín es una fuerza cósmica. Hasta yo misma me quedo desconcertada ante la magnitud de ese vínculo… es un lazo perverso, desgarrador e indestructible. Irrevocable. Y es recíproco. Por mucho que ahora mismo estén atravesando un infierno de traiciones… el plano astral indica que su destino irrefutable es permanecer juntos.
—¿Quiere decir que no existe ninguna forma de separarlos para siempre?
—A menudo experimento estados de trance, visiones proféticas, para que me entiendas— murmuró Ángela, humedeciéndose los labios resecos con la punta de la lengua —Los veo juntos. Los veo engendrando vida, criándola. Los veo enfrentándose a la sombra de sus propios gemelos en un horizonte no muy lejano. Contemplo para ellos una dinastía próspera, una existencia plena de realización. Y es, precisamente, la materialización de ese futuro lo que me he jurado impedir a cualquier precio.
—¿Y eso es posible? ¿Se puede alterar una profecía?
Ángela curvó las comisuras de los labios en una sonrisa grotesca y malévola.
—Absolutamente. El destino es moldeable si se emplea la fuerza adecuada.
—Y… tengo entendido que las artes oscuras funcionan mediante pactos con entidades del bajo astral, ¿no es así?— preguntó Catalina, sintiendo un escalofrío recorrerle la piel —Todas esas jerarquías que la ayudan a doblegar la voluntad ajena exigirán algo a cambio. ¿Qué es lo que piden para cumplir sus deseos?
—Las almas de ellos dos— sentenció la bruja sin pestañear.
Catalina palideció al instante, sintiendo cómo la sangre se le helaba en las venas.
—¿Y… y de mí? ¿Qué van a pedirme a mí?
«La tuya. Tu vida es el peón que será entregado sobre el altar», pensó Ángela para sus adentros. Sin embargo, sabía que aterrorizar a la muchacha en ese momento crítico resultaría contraproducente, pues necesitaba que siguiera desempeñando su papel dentro del tablero.
—No debes preocuparte por esas nimiedades— respondió la mujer, restándole importancia con un gesto de la mano —Realizaré la velación y la atadura que me pides, pero deberás asumir plenamente las consecuencias del caos que vas a desatar. ¿Ha quedado claro?
Catalina no se detuvo a analizar el abismo al que se estaba arrojando. El deseo de poseer a Klaus, de arrebatarle su devoción por Benjamín y de llenar su propio vacío la cegaba por completo. Guiada por un capricho egoísta, asintió sin vacilar y abandonó la residencia para regresar al apartamento de Klaus, tal y como la mujer le había ordenado, para poder dar comienzo al ritual.
Una vez que se encontró completamente sola, Ángela procedió a preparar su brebaje sagrado. Utilizó una mezcla precisa de hierbas enteógenas y raíces alucinógenas —plantas maestras utilizadas desde tiempos ancestrales para rasgar el velo entre las dimensiones— que le permitían inducir los estados alterados de conciencia que ella denominaba «visiones».
Comenzó a recitar las conjuraciones en una lengua arcaica y gutural, un dialecto prohibido que nadie en este plano sería capaz de descifrar. Dio un largo sorbo a la amarga pócima. Aquella era la vía mediante la cual las entidades del inframundo le revelaban las ramificaciones del futuro después de ejecutar una alteración. Era una experiencia somática espantosa.
Pues el brebaje le abrasaba las entrañas, le provocaba una sensación de asfixia inminente que le oprimía el pecho y su corazón empezaba a convulsionar en violentas y dolorosas arritmias, dejando sus pulmones sin oxígeno.
El entorno se distorsionó por completo. Las sombras de la habitación cobraron vida propia y los destellos proféticos comenzaron a desfilar ante su mente…
Vio enfrentamientos brutales. Discusiones desgarradoras impregnadas de odio y dolor entre Willem y Klaus.
Vio la mano rígida de Klaus empuñando un arma de fuego, apuntando directamente al pecho de su propio hermano.
Vio a Klaus sumido en la más absoluta demencia, destrozando todo cuanto lo rodeaba y aullando de agonía en la soledad de su apartamento.
Vio la figura de Benjamín… y la trágica silueta de un helicóptero precipitándose en picado hacia el denso follaje de la selva.
Al salir del trance, jadeando y con el rostro cubierto de sudor frío, Ángela sonrió satisfecha. Las entidades habían hablado. Había tomado la decisión correcta para acelerar la tragedia.
Solo le quedaba ponerse en contacto con Brian para comunicarle que el plan original sufriría una serie de modificaciones sumamente ventajosas.
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TOM
Tenía la mirada clavada en la pantalla de mi ordenador, devorando las imágenes en alta definición que transmitían las malditas cámaras que el fontanero había instalado en la residencia de mi moreno… o bueno, no sabía con certeza a nombre de quién estaba esa casa, pero era ahí donde él se estaba quedando con ese sujeto.
El instalador no había dejado ni un solo rincón sin cubrir; incluso en la habitación principal había colocado una microcámara camuflada y, en esos precisos momentos, los estaba viendo.
Bill acababa de salir de la ducha. Tenía el pelo todavía húmedo y llevaba un albornoz negro holgado, apenas sujeto por el cinturón. Instantes después, acabó sentado sobre la encimera del tocador, con la tela del albornoz completamente abierta y expuesta.
Y allí estaba ese hijo de puta. Alex se encontraba colocado justo entre sus piernas, hundiendo el rostro en su cuello a base de besos, devorándolo, proporcionándole un placer evidente en la entrepierna mientras… mientras mi moreno echaba la cabeza hacia atrás, gemía sin control y le suplicaba entre suspiros que lo follara.
Maldita sea.
Si tan solo pudiera encontrar las palabras exactas para describir el veneno que me estaba hinchando el pecho en ese instante. Si tan solo pudiera plasmar esa furia desmedida para que la sintiera el mundo entero…
Mantenía el puño apretado contra mis propios labios, presionándolos con fuerza mientras mis ojos se negaban a apartarse de aquella escena dantesca y grotesca. Mi mente estaba colapsando. Me había convencido a mí mismo de que ese imbécil no era más que un pasatiempo para Bill, un simple entretenimiento para intentar llenar el vacío asfixiante que yo había dejado en su vida. Me repetía una y otra vez que todo era una fachada. Pero ver a mi moreno entregado sin reservas, disfrutando de ese éxtasis casi salvaje, gimiendo bajo las manos y el cuerpo de otro hombre… me estaba volviendo completamente loco.
¿Qué demonios pretendía conseguir al haber colocado esas malditas cámaras en su casa? ¿Alimentar todavía más esta rabia destructiva? ¿Llevar hasta el límite mis ganas de matar a ese malnacido de una vez por todas?
¿Por qué? ¿Por qué Bill tenía que dejarse tocar de esa manera por ese idiota? ¡Se suponía que solo yo tenía derecho a profanarlo así! ¡Solo yo!
No pude contener las lágrimas. Brotaron calientes y amargas, nacidas del dolor punzante que sentía y de la brutal impotencia de ver al amor de mi vida alcanzando el cielo con alguien que no era yo. Toda esa entrega, esa vulnerabilidad, esa pasión desenfrenada siempre, absolutamente siempre, habían sido mías. ¿Por qué? ¿Por qué con él? ¡¿Por qué, joder?!
Con la vista empañada, alcé la mirada hacia la pared que tenía delante en mi despacho. El impresionante cuadro de mi nene me devolvía la imagen de su belleza y de su porte.
¿Qué coño podía hacer?
Una voz resonaba dentro de mi cabeza, ordenándome abrir el cajón del escritorio, empuñar mi arma, subirme al coche como un demente, irrumpir en esa casa y volarle los sesos a ese hijo de puta delante de los ojos de Bill. Un tiro en la cabeza para que a mi moreno no le quedaran jamás ganas ni consuelo de volver a buscar refugio en los brazos de nadie más.
Pero no… yo no… no podía hacerlo. La parálisis y la culpa me estaban aplastando.
Me puse de pie de un salto, completamente cegado por la demencia del momento. Mientras los gemidos de mi moreno seguían colándose por los altavoces, la rabia estalló dentro de mí al instante.
Empecé a destrozarlo todo. Cogí los objetos del escritorio y los estampé con furia contra el suelo; arranqué los libros de las estanterías, volqué el mueble bar haciendo que decenas de botellas de cristal se hicieran añicos contra el suelo, cubriéndolo todo de licor y cristales rotos. Reventé los muebles, destrocé el despacho con mis propias manos en medio de un llanto feroz y de un grito desgarrador que me rasgó la garganta.
Porque ni en mis peores pesadillas habría imaginado presenciar algo semejante. No de mi Bill.
Se veía tan… tan accesible, tan entregado… ¿Cómo decirlo? ¿Cómo ponerle palabras si me negaba rotundamente a insultarlo siquiera en mis pensamientos? ¿Cómo no pensar de esa manera si le estaba regalando su cuerpo, sus gemidos y su alma a alguien que… ¡que no era yo!?
Caí de rodillas entre los escombros de mi propio despacho, jadeando en busca de aire, con las manos llenas de cortes y la cabeza a punto de estallar. El cuadro y el escritorio eran lo único que seguía intacto.
Sumido en aquella espiral que ya solo podía describir como pura demencia y dolor, me arrastré de rodillas entre los cristales rotos de las botellas y los restos de mi despacho. El sonido de los gemidos de mi moreno seguía saliendo de los altavoces; ese sonido que antes adoraba ahora no hacía más que perforarme los tímpanos. Con las manos temblorosas, rebusqué desesperadamente entre los restos del escritorio hasta que mis dedos tropezaron con la superficie helada y pesada de mi arma.
La agarré con fuerza, sintiendo cómo el acero me congelaba la piel de lo fría que estaba. Ya no podía más. Simplemente, mi mente había llegado a su límite. No podía soportar aquello.
La verdadera tortura no era únicamente presenciar a Bill en los brazos de ese desgraciado; la auténtica agonía, lo que de verdad me estaba destrozando y me corroía las entrañas segundo a segundo, era saber que había sido yo quien había destruido lo único sagrado que tenía en este mundo. El dolor insoportable de saber que fui yo quien abrió las puertas de este infierno con mis propios actos, con mi puta infidelidad, por no haber sabido cuidar ni proteger al amor de mi vida.
—Maldita sea…— murmuré.
Ver a mi nene entregarse a ese perro con semejante pasión, escucharlo suplicarle placer a otro hombre, no solo me llenaba de unos celos enfermizos, sino que además me demostraba, con una crudeza insoportable, que lo había perdido de verdad. Que la brecha sangrienta que yo mismo abrí en su corazón ahora la estaba ocupando alguien más.
Sin él, mi existencia carecía de cualquier sentido.
Seguir respirando significaba habitar un cascarón vacío; era un castigo perpetuo, sin tregua, sin perdón y sin posibilidad de redención. Si Bill ya no era mío, si la sola idea de un «nosotros» se había reducido a la nada, no me quedaba absolutamente nada por lo que luchar. ¿Para qué seguir soportando este tormento si la única persona que daba luz a mi vida ya no estaba a mi lado?
Con el corazón latiéndome desbocado contra las costillas y la vista completamente empañada por las lágrimas de impotencia, alcé el arma. Apoyé el cañón directamente sobre mi sien, sintiendo la presión del metal como la única salida real a aquel infierno. Cerré los ojos, con el dedo índice rozando el gatillo, ansioso por acallar los gemidos que retumbaban en la estancia y poner un punto final definitivo a aquella pesadilla interminable.
Sin embargo, antes de que pudiera ejercer la fuerza necesaria para disparar, la pesada puerta del despacho se abrió de par en par.
Tres de mis hombres irrumpieron bruscamente en la estancia. Llegaban alterados, alertados por el estruendo de los muebles cayendo y las botellas estallando contra el suelo. Se quedaron clavados en el sitio al contemplar el panorama: el despacho reducido a ruinas y su jefe de rodillas entre los cristales, empapado en alcohol, sangre y con un arma pegada a la cabeza.
—¡Jefe! ¡¿Qué demonios?!— exclamó el que iba al frente con evidente angustia, dando un paso apresurado hacia mí mientras llevaba instintivamente la mano a la funda de su pistola.
Lentamente, aparté el arma de mi cabeza y alcé la vista para mirarlos. Tenía los ojos inundados de lágrimas, la mirada perdida y el rostro completamente desencajado. Era incapaz de procesar mis propios pensamientos; para mí, sus voces no eran más que un murmullo distorsionado. La voz que resonaba dentro de mi cabeza seguía aullando con violencia, el asco hacia mí mismo me devoraba por dentro y la rabia necesitaba encontrar una vía de escape.
No dije absolutamente nada. El silencio en la habitación se volvió mortal mientras me ponía de pie con una calma antinatural. Con un movimiento frío y mecánico, deslicé el pulgar y quité el seguro del arma.
Antes de que alguno de ellos pudiera descifrar la demencia que reflejaban mis ojos o dar un solo paso hacia atrás, encañoné al primero y apreté el gatillo.
El disparo resonó con fuerza en el espacio cerrado. La bala le atravesó el tórax y el hombre salió despedido hacia atrás, chocando contra la pared antes de desplomarse sin vida. Sin dar tiempo a los otros dos para reaccionar, giré la muñeca y disparé dos veces más en una ráfaga despiadada. Los proyectiles impactaron de lleno en sus pechos, derribándolos al instante sobre la alfombra.
El humo de la pólvora comenzó a extenderse lentamente por el ambiente.
El silencio volvió a adueñarse del despacho, roto únicamente por mi respiración agitada. Me quedé allí de pie, inmóvil, contemplando los tres cuerpos sin vida a mis pies. No sentía nada. Ni culpa, ni alivio. Solo un vacío aterrador mientras la locura y la desolación terminaban de devorar los últimos restos de mi alma.
Yo… no sabía qué me estaba pasando. De verdad que no lo sabía.
Continúa…
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