Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 15 (Parte 1)
~Ven, ven, calma mi dolor, sana mi mente.
Ven, ven, para darme calor estás tan ausente.
Ten, ten, todo mi corazón para que te encuentres.
Solo dame este amor que es para siempre.
TOM
—¿Hablamos?— la voz de Travis sonó justo a mi espalda.
Parpadeé rápidamente para espantar las lágrimas que amenazaban con traicionarme y me giré para plantarle cara. Al darse cuenta de cómo estaba, Travis desvió la mirada hacia la planta de arriba; al presenciar la mismísima escena que me estaba haciendo pedazos, soltó un breve suspiro. Negó con la cabeza con los ojos cerrados. No sabía si era por desaprobación ante lo que estaba viendo o por pura lástima hacia mí. ¿Qué iba a saber yo de los motivos de su reacción?
—No sé de qué te sorprendes. Ya te dije que te preparases para cuando estallara la burbuja en la que estabas metido— murmuró, abriendo los ojos para clavarme una mirada cargada de seriedad.
—Le ha besado porque me oyó hablar con Catalina— solté bruscamente en voz baja, aunque ni siquiera sabía si había sido realmente por eso. Iba siguiendo a mi hermano hacia el exterior de la casa.
—¿Cómo que hablando con esa mujer?— preguntó Travis, deteniéndose en seco y frunciendo el ceño con un gesto de auténtica indignación —¿Qué demonios haces tú hablándole a ella? ¿Tanto te ha afectado el alcohol que ya se te ha fundido el cerebro? No puedes ir buscando a la mujer con la que le fuiste infiel a Bill.
Mierda. Todo el mundo parecía empeñado en repetirme lo mismo una y otra vez.
—¿Qué te pasa, Tom?
—No lo sé— admití en medio de un resoplido cargado de pura frustración —No sé qué me pasa, Travis. De la nada empiezo a pensar en Catalina y no sé por qué. No le encuentro una maldita explicación, te juro que ella no me atrae— le confesé, viendo cómo se cruzaba de brazos —Intento no hacerlo, ¿vale? Intento por todos los medios sacármela de la cabeza, pero cuando me contengo… siento como si alguien me estuviera aplastando el pecho. ¿Me entiendes? Y solo cuando me dejo llevar y pienso en ella o voy a buscarla, esa opresión se calma. No entiendo qué me está pasando, pero llevo menos de dos días así y es completamente desesperante.
—Deberías hacerte una limpia, Tom— soltó, aunque no supe si tomármelo como una broma de mal gusto o como una sugerencia de verdad —Tienes una cara horrible, ¿lo sabías?
—Sí, me di cuenta esta mañana, pero gracias por recordármelo, ¿eh?— respondí rebosando sarcasmo mientras ponía los ojos en blanco —Tampoco puedo creerme que me hayas metido en esta situación. Tener al maldito tío que ahora está con mi moreno… bajo el mismo techo. ¿Por qué?
—Porque es estrictamente necesario— fue la tajante respuesta que me dio —Y precisamente de eso quería hablar contigo. De una forma u otra esto tenía que pasar; no podíamos seguir aplazándolo. Es la solución más rápida. Además, no podemos arriesgarnos a ir a por Brian nosotros solos. La alianza con los otros clanes no es del todo segura; sabes perfectamente que pueden darse la vuelta en cualquier momento y traicionarnos. Entiendo que no soportes al Director de la DEA, de verdad que lo entiendo, pero tienes que dejar tus asuntos personales a un lado…
Negué con la cabeza con rotundidad.
—Es imposible— murmuré con la amargura atenazándome la garganta —Si antes no soportaba la sola idea de saber que mi moreno y ese idiota tenían algo, ahora mucho menos viéndolos juntos delante de mis narices. Me siento como una puta mierda. Y eso que solo fue un maldito beso…— bufé, pasándome una mano por la cara —No puedo, Travis.
—Vas a tener que intentarlo, al menos— me dijo con firmeza y sin dar pie a réplica, antes de darme una palmada seca en la espalda —Sé que no es fácil, pero no tenemos otra opción. Lo sabes de sobra.
—Mejor déjame fuera de esto.
—No, Tom. Ese hijo de puta se metió con tu familia, y sabes perfectamente que eso es sagrado para nosotros. Eres un Trümper, y los Trümper no nos acobardamos ante nada ni ante nadie. Y si tanto te quema la sangre ver a Willem con Krüger, entonces mueve el culo y haz algo al respecto.
¿Cómo le explicaba a Travis que no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo? ¿Que por más que me rompía la cabeza no encontraba una sola solución y que esa impotencia me estaba volviendo loco?
Solté un suspiro cargado de agotamiento.
—Vale.
—¿Sí?
—Haré lo que pueda— cedí.
Travis sonrió con aprobación y me dio un ligero golpecito cariñoso en la parte de atrás de la cabeza.
—Nuestro padre está furioso contigo. Has sido bastante borde con él ahí dentro, ¿eh? Y sabes perfectamente cuánto odia ese tipo de actitudes.
—Sí, lo sé… Iba a hablar con él dentro de un momento.
—Bien, ve a arreglar eso— me animó —Intenta desviar el tema sobre Gustav hablando con el Presidente antes de que se marche. Y con respecto a esa mujer… todo es muy raro. Hazte una limpia, hablo en serio.
—Claro.
Mi hermano caminó hacia su coche, aparcado en el jardín, se subió al vehículo y arrancó para perderse por el camino. Yo, en cambio, me quedé clavado en el sitio, con la mente sumergida en un laberinto sin salida, tratando de averiguar qué podía hacer para recuperar a mi moreno.
Era endemoniadamente difícil. Ya no me sentía como aquel chaval de hacía doce años que era capaz de mover cielo y tierra y hacer locuras inimaginables por su nene. No lograba comprender el motivo de mi… ¿bloqueo? Si es que esa era la palabra adecuada para definir esta desconexión. Pero de lo que sí estaba completamente seguro era de que no pensaba dejarlo en manos de Alex. Sin embargo, no se me ocurría absolutamente nada.
Antes hacía tantísimas cosas por él… ¿Y si recreaba esos momentos? ¿Y si los mejoraba?
Mi mirada se desvió casi por inercia hacia las cámaras de seguridad que vigilaban el perímetro de la residencia cuando una idea tremendamente arriesgada cruzó por mi mente. Supongo que, para hacer resurgir a ese Tom del que mi moreno se enamoró alguna vez… tendría que recrear, paso a paso, todo lo que «Tom» hizo por él al principio.
¿Y qué fue exactamente lo primero que hice cuando lo conocí?
BILL
—¿Un operativo? ¿Ahora, Alex?
Él me miraba con una media sonrisa dibujada en los labios. Después del beso que me había plantado —tras asegurarse de que Tom lo presenciara desde abajo—, me soltó la noticia sin ningún tipo de rodeo.
¿Que por qué había besado a Alex sabiendo perfectamente que Tom nos estaba observando? Porque quería que le quedara ridículamente claro, sin el más mínimo margen de duda, que lo mío con Alex iba completamente en serio. Que no se trataba de un capricho ni de una forma de llenar el vacío que él me dejó, como piensa, sino de alguien que de verdad ocupaba un lugar en mi vida.
—Así es, Billie— respondió Alex, recuperando la compostura y adoptando ese tono profesional y firme que lo caracterizaba cuando hablaba del trabajo. Pero sin perder la suavidad cuando se trataba de mí —Es un movimiento relámpago, pero fundamental. Se trata de una misión para capturar a un capo en Colombia. Inteligencia ha localizado su posición y está refugiado en una zona bastante remota, muy cerca de la Amazonía.
Al escuchar la ubicación, sentí cómo un escalofrío de alarma me recorría todo el cuerpo.
—¿Cerca de la Amazonía?— solté, frunciendo el ceño y sintiendo una opresión instantánea en el pecho —Alex, dime que no piensas entrar por aire. Cruzar la Amazonía en helicóptero es una puta locura. Sabes perfectamente lo peligrosa que es esa selva; las corrientes de aire, la densidad del dosel y el clima cambiante han hecho caer a decenas de aeronaves a lo largo de los años. Históricamente, volar bajo por esa región es casi un suicidio. Si algo sale mal, ni siquiera van a encontrar nuestros restos. Y yo tengo un hijo.
Alex dio un paso hacia mí y me sujetó con suavidad por los hombros para calmar mi alteración.
—Sé perfectamente a lo que nos enfrentamos, Bill, pero te prometo que es la única manera y será un movimiento sumamente rápido— explicó con total serenidad, mirándome a los ojos —Llevo semanas trabajando en la planificación de este operativo. Según la información de inteligencia que hemos recibido, este grupo estará reunido en una especie de fiesta privada porque el capo planea adquirir nuevos terrenos en esa zona. Si nos desplazamos por tierra desde el principio, los vigías los alertarán horas antes de que pongamos un pie en el perímetro. Por aire, en cambio, el factor sorpresa juega a nuestro favor.
—¿Y el aterrizaje?— pregunté, todavía poco convencido por el riesgo.
—Ya tenemos identificada una zona de aterrizaje segura y vigilada, fuera del alcance del radar de la selva— continuó Alex, detallando el plan —Aterrizaremos allí y cubriremos el último tramo en vehículos todoterreno. Cuando se den cuenta de nuestra presencia, ya estaremos encima de ellos. Es un clan pequeño, no ha crecido lo suficiente como para tener defensas antiaéreas ni una logística compleja.
Ah. Ya iba entendiéndolo.
—Pero no podemos confiarnos ni dejar que prosperen. La directiva de la DEA es clara: no vamos a permitir que esta plaga se extienda ni vamos a cometer el mismo maldito error de cálculo que cometimos con Brian en sus inicios. Hay que cortarlo de raíz, y este es el momento perfecto para golpear.
Bufé con fuerza, cruzándome de brazos mientras lo miraba con un puchero triste dibujado en los labios.
—¿Y cuándo se supone que nos iremos a ese suicidio perfectamente organizado?— pregunté, alzando una ceja.
—Quizá dentro de dos meses— respondió Alex con total parsimonia.
Solté un leve suspiro y me pasé las manos por la cara, convencido de que la densidad de esa selva, sumada a los antecedentes de tragedias aéreas de las que tanto hablaban las noticias, era una trampa mortal.
—Perfecto. Entonces voy a aprovechar este tiempo para pasar cada segundo posible con mi bebé— declaré con tono trágico, como si me estuviera despidiendo del mundo de los vivos —No vaya a ser que la Amazonía decida cobrarse otra víctima y acabe estrellado en mitad de la nada, devorado por la vegetación. Si no morí en aquel accidente junto a «mi amiga», moriré en ese operativo.
Alex no pudo contener una risita baja ante mi despliegue dramático. Negó con la cabeza, divertido por mi reacción, y me atrajo hacia él con suavidad.
—No te vas a morir, Bill— murmuró con una sonrisa divertida en los labios —Nadie va a estrellarse ni a ser devorado por la selva. Te prometo que vamos a ir y volver de ese operativo enteros, exactamente igual que nos iremos. Y traeremos con nosotros a Fabián Acosta.
—Eso dicen todos antes de subirse a un helicóptero sobre la selva— mascullé, aunque no pude evitar apoyarme contra su pecho, dejando que la seguridad que transmitía calmara un poco la paranoia que me estaba devorando la cabeza.
No lo sé… Un peso terrible me oprimía el pecho. Tenía un presentimiento horrible sobre ese operativo.
Salimos fuera; el ambiente estaba fresco y todo estaba tranquilo. No me crucé con Tom, por suerte. Así que, después de esa conversación, decidimos volver a casa. Mi bebé estaba radiante de felicidad por tener a Alex cerca; si ya estaba deseando verlo. Me encantaba lo bien que se llevaban, pero… ahora me invadía esa sensación de culpa porque… debería ser Tom quien estuviera ahí con mi bebé.
¿Acaso había hecho mal en no contarle lo del niño?
En esos momentos, los dos estaban jugando en el salón, mientras yo aprovechaba para charlar con Sophia en la cocina.
—Tenemos un operativo programado dentro de dos meses, y la misión en sí no es lo que me asusta; de hecho, me encantan los operativos— le confesé, apoyándome en la barra —, pero es que tenemos que cruzar la Amazonía colombiana. Han ocurrido muchísimos accidentes aéreos en esa zona… además de que me invade un mal presentimiento. Y tú sabes que la mayoría de mis corazonadas acaban cumpliéndose.
Me llevé una uva a la boca al mismo tiempo que Sophia cogía otra. Ella me observaba con un gesto cargado de tristeza.
—Pues ahora a mí también me has dado miedo— me dijo, masticando despacio sin borrar ese puchero desolado de los labios —Cariño, es que sí que es endemoniadamente peligroso. Pero creo que tenemos que ponernos súper positivos y quitarnos esos malos pensamientos de encima de una vez. Porque cuanto más pienses en tragedias, más las atraes. Mejor piensa en pollas, para que tu vida se llene de leche y tú seas el copo de maíz feliz.
—¡Sophia!— le reproché, rojo de la vergüenza, lanzándole una uva que le dio de lleno en la frente.
Ella soltó una carcajada, encantada con su propia ocurrencia.
—Uf, contigo definitivamente no se puede hablar en serio, ¿eh?
—Bueno, bueno… cambiando de tema, ¿te conté que vino un fontanero esta mañana?— me preguntó de la nada —Bueno…— puso los ojos en blanco —Antes de que llegarais vosotros, mucho antes.
Fruncí el ceño, llevándome otra uva a la boca.
—¿Un fontanero? ¿Pero por qué? Si ninguna tubería de la casa tiene problemas.
—Pues ni idea.— Sophia se encogió de hombros con total despreocupación —Dijo que venía enviado directamente por el señor Krüger para revisar que todo estuviera en orden. Y bueno, como yo tenía un sueño terrible, lo dejé pasar y me fui a mi habitación a dormir con el niño. Seguramente había alguna fuga de la que ni nos habíamos dado cuenta, Billie.
No… Yo sabía perfectamente que la casa estaba en impecables condiciones.
—Qué raro…— murmuré, sintiendo un ligero escalofrío recorriéndome la nuca.
Sin embargo, terminé quitándole importancia. Quizá de verdad había algún detalle sin importancia y Alex se había adelantado a solucionarlo antes de que causara molestias.
.
TOM
—Aquí tiene el dinero que le prometí— dije, tendiéndole un enorme fajo de billetes al hombre que tenía delante de mí, todavía vestido con el uniforme de fontanero.
El tipo cogió el dinero con avidez, lo enrolló rápidamente y se lo guardó en el bolsillo superior de la camisa.
—Me imagino que hizo bien su trabajo, ¿no?— pregunté, clavando la mirada en él.
—Al pie de la letra, señor— me aseguró con un leve asentimiento de cabeza —Me recibió una chica rubia, pero parecía agotada, así que se fue a su habitación y me dejó completamente solo. Fue absurdamente fácil. Coloqué los dispositivos en los puntos exactos que usted me indicó, donde es técnicamente imposible que los descubran.
Asentí con parsimonia.
Se trataba de microcámaras estenopeicas con lente tipo pinhole, de apenas un par de milímetros de diámetro. Dispositivos de alta tecnología militar que no requerían ningún tipo de cableado ni instalación eléctrica; funcionaban con microbaterías de litio de larga duración y transmitían la señal cifrada a través de frecuencias de radio ultracortas, invisibles para cualquier escáner doméstico. Había mandado camuflarlas muy bien en cada rincón de la casa.
—Bien. Espero que no vayas a decir absolutamente nada de esto a nadie— susurré, alzando una ceja al mismo tiempo. Lo observaba y su pinta no me inspiraba ninguna confianza.
—Créame, señor, seré una tumba.
Mmm.
—Bueno… pensándolo mejor…
Abrí con calma el cajón de mi escritorio y, antes de que el hombre pudiera reaccionar o darse cuenta de mis intenciones, empuñé mi arma y le metí un tiro certero en mitad de la cabeza.
El tipo se desplomó de golpe sobre la alfombra, sin vida.
Solté un chasquido de lengua cargado de pura molestia porque la maldita pistola no llevaba el silenciador puesto y el estruendo del disparo había retumbado con demasiada fuerza por todo mi despacho.
Lo confirmé apenas un segundo después, cuando un grupo de mis hombres irrumpió bruscamente en el despacho sin molestarse siquiera en llamar a la puerta. Al ver al fontanero tendido en el suelo sobre un charco de sangre que no dejaba de extenderse, me miraron esperando órdenes. Me dejé caer de nuevo en la silla con evidente frustración.
—En el bolsillo de su camisa lleva una buena suma de dinero— murmuré con voz fría —Encargaos de investigar si tiene familia. Si es así, entregadles el cuerpo y decidles que sufrió un accidente laboral, que le cayó una tubería pesada en la cabeza o inventaos cualquier mierda que resulte creíble. Es fontanero, no será difícil. Sed considerados con el pésame. Le diré a Georg que os autorice una compensación económica adicional a ese dinero…— dije, señalando el fajo que uno de mis hombres ya había sacado del bolsillo del cadáver —… para la familia; si resulta que no tiene a nadie, repartíos el botín entre vosotros.
Mis hombres asintieron de inmediato, comprendiendo la orden sin dudar ni un solo segundo, y procedieron a llevarse el cadáver.
—No quiero ni una sola gota de sangre en el suelo— sentencié por último.
En realidad, no tenía pensado matar al pobre infeliz. Sin embargo, recordé que tanto el puto de Alex como mi moreno son agentes entrenados de la DEA. Si en algún momento llegaban a detectar las microcámaras —cosa para la que rezaba que no ocurriera—, rastrearían la instalación, darían con el instalador y sabía perfectamente que el tipo acabaría soltando mi nombre con solo amenazarlo con la cárcel.
Y no iba a arriesgarme a que descubrieran mi juego tan fácilmente.
Pero, en fin, creí que por fin me quedaría a solas y que podría encenderme un cigarrillo tranquilo mientras contemplaba el impresionante retrato de mi moreno expuesto frente a mí.
Sin embargo, la puerta de mi despacho volvió a abrirse. Pensé que eran mis hombres regresando para limpiar el desastre, pero al girar la silla impulsándome ligeramente con los pies, me encontré de lleno con el rostro completamente desencajado de Catalina. Tenía la mirada fija, completamente ida, clavada con absoluta incredulidad en el cuadro de la pared.
—¿Qué…?— soltó en un hilo de voz, incapaz de articular una frase completa.
—Está precioso, ¿verdad?— pregunté sin inmutarme, poniéndome lentamente de pie.
Catalina apartó los ojos del lienzo para mirarme y tragó saliva con dificultad.
—¿Desde cuándo… desde cuándo tienes un cuadro de Benjamín?
—Ah, es una adquisición reciente— solté con absoluto desdén —Aunque lo verdaderamente importante es que el artista logró captar la esencia exacta de mi moreno. Hermoso, indomable… perfecto.
Ella forzó una sonrisa tensa, haciendo un esfuerzo evidente por disimular la incomodidad que la estaba consumiendo por dentro. Podía notar lo incómoda y disgustada que estaba y, por alguna extraña razón —otra vez—, no dije nada al respecto. Era como si no pudiera echarle nada en cara.
—Yo… solo venía a preguntarte si quizá te apetecía comer conmigo hoy.
Solté un pesado suspiro.
—Me temo que no va a poder ser. Tengo bastantes asuntos pendientes que resolver, la verdad— aclaré de inmediato, intentando zanjar el tema.
En ese preciso instante, esa molesta y sofocante pesadez volvió a instalarse en mi pecho, dándome guerra otra vez. Intenté ignorarla con todas mis fuerzas y sacudí ligeramente la cabeza, luchando por mantener el control de mis propios pensamientos. Pero no podía, me dejaba sin aire. Me dejé caer de golpe en la silla otra vez y bufé entre dientes por la presión en el pecho. ¿Acaso estaba teniendo algún problema de corazón? Y no me refería precisamente en el sentido sentimental.
—¿Todo bien?— me preguntó Catalina. Intentó acercarse, pero yo lo evité.
—Por favor…— exhalé con brusquedad —Solo vete, ¿sí?— le pedí, mientras tomaba una enorme bocanada de aire para intentar regular la respiración.
Catalina me lanzó una mala mirada y le echó un último vistazo al cuadro antes de salir del despacho a grandes zancadas y dar un portazo. Creo que ni siquiera se dio cuenta de que había sangre bajo sus pies.
La sensación de ahogo seguía ahí, pero logré tranquilizarme un poco con el paso de los segundos. Odiaba sentirme así de enfermo. ¿Qué coño me estaba pasando?
Continúa…
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