Irrevocable 16 Bill

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 16 (Parte 2)

BILL

No había podido pegar ojo en lo que quedaba de noche. Sentía una opresión sorda en mitad del pecho que no me daba tregua; una angustia pesada, asfixiante y agotadora. Quería convencerme de que se trataba de un simple ataque de insomnio, pero en el fondo de mi alma sabía que no era así. Aquella opresión tenía todo el aspecto de un mal presagio.

Y, para colmo, la imagen de Tom se me había instalado en la cabeza sin pedir permiso, negándose a marcharse durante toda la madrugada… precisamente después de haber estado íntimamente con Alex.

Me sentía miserable. Pensar en mi ex mientras estaba entre los brazos de quien consideraba mi pareja actual era ruin, una falta de respeto que me carcomía por dentro. Sabía que estaba mal, pero, sencillamente, fui incapaz de evitarlo.

Los roces recientes con Tom, aquel beso en esta misma casa, justo en la planta baja… La forma en que me dejé tocar por él durante la recepción tras la boda de Bach… Mi cabeza era un auténtico caos. Por mucho que intentara poner una barrera, me resultaba imposible tener el más mínimo contacto con él sin que se desatara un deseo voraz de querer más.

Desear sus manos grandes aferrándose a mi cintura mientras se abría paso en mi interior, sus besos hambrientos, esa tormenta de sensaciones que solo él era capaz de provocarme.

Me sentía fatal. Asqueado conmigo mismo por echar de menos su cuerpo y por echarlo de menos a él, a pesar de todo el daño tan desgarrador que me había hecho… y del que yo también le había causado.

Pero, más allá de esa necesidad física, había algo más. Una corazonada me decía que las cosas no iban bien. Durante toda la noche me persiguió la certeza de que él estaba sufriendo, de que algo terrible le estaba ocurriendo… y yo estaba preocupado. Me daba rabia conmigo mismo, me frustraba muchísimo estar dándole vueltas a todo, como siempre me pasaba.

—¿Todo bien?— la voz de Sophia me sacó de mi ensimismamiento.

Salió al patio trasero de la enorme residencia sosteniendo entre las manos un cuenco lleno de fruta. Se acercó a las tumbonas de color negro azabache que rodeaban la piscina, donde yo estaba tumbado, reflexionando sobre el desastre que era mi vida. Me tendió el cuenco y cogí una fresa para llevármela a la boca.

—No— admití con total sinceridad.

Soph se sentó en la tumbona de enfrente mientras mordisqueaba una uva.

—No he podido dormir absolutamente nada en toda la noche. Y me revienta, porque detesto con toda mi alma que se me noten las ojeras.

Sophia entrecerró los ojos, cambiando su expresión por una de auténtica preocupación.

—Cuéntame qué pasa, anda— me pidió con voz suave.

Solté un suspiro lleno de pesadez.

—Es que anoche… Alex y yo…

—Sí, créeme que lo escuché perfectamente— me interrumpió con tono burlón —, así que no hace falta que me restriegues por la cara los detalles de tu activa vida sexual, ¿vale?

Parpadeé completamente estupefacto, sintiendo cómo el calor me subía de golpe por el cuello hasta prenderme las mejillas de pura vergüenza. Sophia, al ver mi cara de absoluto pánico, no pudo contener una risita traviesa.

—Me encanta cuando te pones así, pareces un niño pequeño.

—No me hace ninguna gracia que hayas…— me aclaré la garganta, completamente avergonzado —… escuchado.

Sacudí la cabeza en un intento desesperado por centrarme en el conflicto que me estaba devorando por dentro, pero Sophia no tenía la menor intención de ponérmelo fácil.

—Se nota que te dejan bien colocadas las ideas, ¿eh?— soltó sin el más mínimo pudor.

—¡Sophia!— protesté con un chillido agudo y ahogado, conteniéndome para no gritar. Mi amiga se partía de risa al verme tan escandalizado —Hablo en serio, no sigas por ahí.

Puse un puchero de frustración antes de continuar.

—A lo que voy con todo esto es que… estuve pensando en Tom. ¿Entiendes lo grave que es eso? Estaba con Alex, pero mi cabeza seguía atada a mi ex. Me siento fatal por eso. Tom me ha destrozado de mil maneras y resulta que yo no puedo evitar sentirme angustiado por él…

—¿Angustiado? ¿Y por qué iba a preocuparte ese hombre ahora?

Bufé con impotencia.

—No lo sé, Sophia. Te juro que me invadió una sensación…— me llevé la mano derecha al pecho, sintiendo el latido irregular de mi corazón mientras inspiraba hondo —Una corazonada muy extraña y muy pesada. De repente me vino un pensamiento a la cabeza: «Tom no está bien». No sé de dónde salió, pero sentí un impulso irracional de ir a buscarlo, solo para comprobar con mis propios ojos que seguía vivo, que estaba bien. Me contuve, obviamente, pero fue precisamente esa lucha interna la que no me dejó pegar ojo. Eso, y la culpa de haberlo tenido presente durante mi intimidad con Alex.

Sophia suspiró mientras se llevaba otra uva a la boca y ponía los ojos en blanco con dramatismo.

—De verdad que te martirizas por unas cosas tan absurdas…— dijo, dejándome completamente descolocado —Cariño, por Dios, solo a ti se te ocurre machacarte la cabeza pensando que has cometido un crimen atroz por acordarte de tu ex mientras estabas con Alex.

—¿Y acaso no es algo horrible?— pregunté, frunciendo el ceño, sintiéndome de pronto torpe e inexperto en esos temas.

Ella esbozó una sonrisa ladeada y me tendió una fresa, que acepté para masticarla despacio mientras la escuchaba.

—Escúchame bien. ¿Cuántas veces tengo que repetirte que no debes cargar con culpas que no son tuyas? Tú y Alex no tenéis ningún compromiso oficial, Billie. Es completamente normal que pienses en tu ex; con él lo viviste todo por primera vez, él fue tu maestro en el amor y en la pasión. Y, sumándole lo que ocurrió entre vosotros hace apenas unos días…— dejó la frase en el aire, aunque levantó las cejas con toda la intención —Deja de darle tantas vueltas a la cabeza. La vida es demasiado corta; disfruta del presente. Llevo años diciéndotelo.

Hice una pequeña mueca con los labios, poco convencido por su respuesta.

—No es tan sencillo para mí. Estaba planteándome la idea de que Alex y yo diéramos el siguiente paso… formalizar lo nuestro. Llevamos dos años saliendo, nos conocemos lo suficiente…

—¿Y tú de verdad quieres eso o solo lo haces por…?

Negué despacio con la cabeza, mirando al vacío.

—Tom ya me da igual. Y a Alex lo quiero muchísimo.

—Sí, cariño. Lo quieres. Pero no lo amas.

—Y dudo mucho que pueda llegar a amar a alguien más en esta vida. Ese lugar ya le pertenece a ese perro— solté con disgusto.

Me daba rabia reconocer que seguía atado a ese sentimiento, pero ¿de qué me servía mentirme a mí mismo? Nadie ocuparía jamás el lugar de Tom. Por mucho daño que me hubiera hecho, por muchas cicatrices que llevara en el alma… yo prefería aferrarme a lo bonito. A la versión de la que me enamoré perdidamente, de mi Tom, mi chico malo de trenzas oscuras que solía intimidar con la mirada a cualquiera que se atreviera a mirarme más de la cuenta por la calle.

Para luego sacarles los ojos.

Aunque, pensándolo con la cabeza fría… madre mía, qué posesivo y tóxico era ese Tom. Joder. Aun así, con todos sus abismos y sus defectos, lo amaba con locura.

—Entonces no deberías dar ese paso— sentenció Sophia con una mirada llena de empatía —Formalizar una relación con Alex ahora mismo sería un error enorme, porque todavía no te has sacado a ese hombre del corazón. Espera un poco más, cielo. Deja que ese cariño que sientes por Alex evolucione.

—¿Evolucione? ¿Te refieres a que, por arte de magia, me enamore de él?— pregunté y, al verla asentir, dejé escapar una risita totalmente falta de humor —Sophia… ¿nunca has oído esa frase que dice: «Nos enamoramos de verdad una sola vez en la vida, y el resto de nuestros días los pasamos buscando a alguien con quien volver a sentir lo mismo»? Tom fue ese «una sola vez» para mí.

—Pues con esa mentalidad de mártir, olvídate, jamás vas a superar a ese tío.

Me crucé de brazos, poniéndome a la defensiva.

—Yo ya lo he superado.

—Claro que sí, superadísimo— ironizó ella —Por eso dejas que te bese, que te toque como le da la gana y que invada tus pensamientos en plena intimidad. Sí, cielo, se nota muchísimo que lo has dejado atrás.

Solté un resoplido cargado de pura frustración.

—¿Y qué se supone que haga entonces?— gimoteé, dejándome caer sobre la tumbona —Yo quiero a Alex. Siento que, si Tom no se hubiera cruzado en mi camino, Alex habría sido el hombre perfecto para mí. Es… es justo el prototipo que soñaba antes de que Tom apareciera y destrozara mi lista del «chico ideal».

—Pero si Tom sigue atrincherado en tu cabeza y en tu corazón, no puedes entregarte por completo a una relación seria, Bill— espetó ella con firmeza, intentando hacerme reaccionar —Ahora bien, si quieres arriesgarte y darte el batacazo, adelante. Es tu vida y es tu decisión. Solo te pido que pienses en las consecuencias. No tomes una decisión por un simple impulso desesperado para huir de lo que sigues sintiendo por tu ex.

Me quedé mirándola en silencio, sabiendo, muy en el fondo, que cada una de sus palabras daba de lleno en el blanco. Quizá me estaba precipitando, e intentar forzar las cosas con Alex solo acabaría estropeando el cariño tan bonito y sincero que le tenía.

Lo más doloroso de toda aquella encrucijada era que yo no me imaginaba al lado de nadie más. No me veía caminando hacia el altar ni formando una familia con otra persona que no fuera Tom. Él y yo nos habíamos casado una vez… pero fue una ceremonia civil apresurada e improvisada que jamás se sintió como una boda de verdad. Los dos soñábamos con algo muy distinto. Yo quería una boda tradicional, rodeados de flores y bajo la bendición de la Iglesia, y Tom deseaba cumplir hasta el último de mis deseos.

Al final, mi padre se encargó de anular aquel matrimonio moviendo sus influencias políticas y sus contactos, haciendo que, legalmente, fuera como si jamás hubiéramos existido el uno para el otro. Un papel firmado por lo civil no significaba nada. Mi sueño siempre fue jurarle amor eterno delante de un altar… pero todo acabó reducido a cenizas. Me quedé con ese anhelo atravesado en la garganta.

—Está bien— bufé, rindiéndome —Esperaré un poco más.

Sophia me dedicó una sonrisa triunfal.

—¿Lo ves? Hay que echarte una buena bronca para que entres en razón.

Dejé escapar una pequeña risa.

—Te pareces muchísimo a mi madre… Ella solía hablarme con esa misma paciencia impaciente.

Mi amiga rubia soltó una carcajada mientras los dos nos poníamos de pie.

—Cambiando de tema… ¿ya le preguntaste a Alex lo del supuesto fontanero?

Asentí al instante, recordando la breve conversación que habíamos tenido la noche anterior antes de acabar acorralados sobre la encimera de mi tocador, con él entre mis piernas y… en fin.

—Me aseguró que él jamás contrató a ningún técnico, porque todas las instalaciones de la casa estaban en perfectas condiciones.

Sophia frunció el ceño con evidente desconfianza.

—Entonces ¿qué coño vino a hacer ese hombre aquí?

Me encogí de hombros, sintiendo una punzada de inquietud.

—No tengo ni idea. Alex dijo que hoy mismo revisaría las grabaciones de las cámaras de seguridad, pero después de cumplir con sus compromisos en la DEA. Ha ido a presentarse en la división local de aquí, en Berlín; estará trabajando desde esa sede mientras permanezcamos en el país.

—¿Y ya hay fecha para volver o qué?

—Todavía no lo sé, amiga. Calculo que dentro de unos dos meses, justo antes de desplegar el operativo programado en la Amazonía colombiana— admití. Solo de pensar en esa misión se me revolvía el estómago, pero era nuestro deber y tenía que cumplirlo. Inspiré una bocanada de aire fresco para ahuyentar los nervios y cambié de tema —Por cierto… ¿dónde has dejado a mi bebé?

—Está en el salón viendo Soy Luna— respondió ella con toda la tranquilidad del mundo.

Fruncí el ceño al instante.

—¿Soy Luna?— espeté con absoluto disgusto —No me jodas, Sophia. ¿Cómo le vas a poner esa serie a mi bebé? Mejor ponle Bia, por favor. Es infinitamente más educativa que la otra.

Me recoloqué mientras la miraba con dramatismo.

—Así mi hijo crecerá aprendiendo a defenderse como la protagonista cada vez que algún baboso quiera insinuársele creyéndose el «todas mías», para que el niño no cometa mis mismos errores en el futuro. Gracias.

Sophia rompió a reír a carcajadas.

—Está bien, Señor Drama. Le pondré Bia.

A ver, no es que tuviera nada en contra de la otra serie. Nunca la vi porque, sencillamente, jamás consiguió llamarme la atención; lo único que me gustaba, y eso porque Sarah la ponía a todas horas, era una canción que decía algo así como: «Eres… un confidente de todas mis emociones…», o algo por el estilo. Pero hasta ahí. En cambio, Bia sí me la devoré entera y me encantó.

La serie, me refiero.

—¿Sabes qué?… Mejor déjalo para después— dije de repente, justo cuando Sophia ya había cogido el mando a distancia para buscar el programa.

Me miró sorprendida, igual que mi bebé, que me regaló una sonrisa preciosa desde el sofá.

—Me he acordado de que la señora Charlotte quiere pasar la tarde con el niño hoy también. Así que…

Me acerqué al sofá donde mi hijo descansaba tranquilamente y le tendí los brazos para cogerlo. Él se acurrucó contra mi pecho al instante.

—Vamos a bañarte, mi amor. Para que vayas a ver a tus abuelitos y juegues un ratito con tu primita, ¿vale?

—¡Chí!— exclamó emocionado, dando palmaditas en el aire.

Sophia sonrió y cruzó los brazos después de apagar la televisión.

—¿Quieres que pase yo a recoger a Abel a sus clases de boxeo?

—Ay, sí, por favor— murmuré, asintiendo varias veces —Tráelo a casa del señor Gordon para que no se quede por ahí solo.

—Hecho.

Le di las gracias con la mirada antes de subir las escaleras rumbo a mi habitación para bañar a mi bebé, vestirlo con su mejor conjunto y luego arreglarme yo. Mi hijo tenía que destacar tanto como su mami; por eso me tomaba mi tiempo para combinarle la ropa a la perfección y que estuviera guapísimo. Al fin y al cabo, era mi viva imagen. Lo único que había heredado del tonto de su padre era esa nariz fina y respingona… y poco más. Ah, bueno, y el hecho de que compartían la misma sangre. Pero bah, un detalle sin importancia.

Sophia también se arregló en un abrir y cerrar de ojos. Nos subimos a uno de los coches de Alex, que esta vez quise conducir yo, un flamante Ferrari rojo pasión.

Llegamos en menos de quince minutos a la mansión de mis exsuegros.

En la entrada principal ya había un par de vehículos aparcados. Reconocí enseguida el coche de Tom, pero preferí no decir nada. Me bajé sin pronunciar una sola palabra y Sophia pasó al asiento del conductor para ponerse al volante. Saqué a mi hijo del asiento trasero y lo puse a caminar sujetándolo con firmeza de su manita. Detrás de mí, el motor del Ferrari rugió mientras mi amiga daba la vuelta para ir a recoger a Abel.

Atravesé el portón que los hombres de seguridad me abrieron tras saludarme con una leve inclinación de cabeza. Entré en la residencia después de llamar al timbre y ser recibido por una de las chicas del servicio.

—Buenas tardes— saludé con una sonrisa amable —¿Están los señores?

—Sí, joven— respondió cordialmente la muchacha —Están en el jardín trasero. Si quiere, le acompaño.

—Gracias.

Miré hacia abajo. Mi hijo llevaba la manita libre cerrada en un puño y se pasaba la lengua por los nudillos mientras daba pasitos torpes y curiosos, explorándolo todo a su alrededor.

—Mami… quieio jugá…

—Está bien, mi amor. Vas a jugar— le aseguré con una sonrisa iluminándome el rostro —Y también vas a ver a tus abuelitos. ¿Te gusta la idea?

—¡Chí! ¡Abuelito son linos, mami!

—¿Sí, mi cielo? Es porque te adoran.

—¿Titos quieien a mí?

—Muchísimo, mi vida.

—Mami… ¿tú quieie a mí mucho?

—Ay, mi cielito lindo, yo te amo con toda mi alma.

Mi bebé soltó una risita infantil que me derritió el corazón.

—¿Y tú me amas a mí?

—¡Chí! ¡Amo mami!— exclamó dando un brinquito —¡Amo mami! ¡Amo mucho mami!

—¡Pero si es mi nieto precioso!— se oyó la voz radiante de la señora Charlotte desde una de las mesas del patio.

Se levantó de inmediato y mi hijo intentó echar a correr hacia ella, pero lo sujeté con suavidad. Todavía le costaba mantener el equilibrio y la culpa era completamente mía por llevarlo siempre en brazos.

—¡Tita! ¡Amo mami, tita!— le gritaba el niño mientras nos acercábamos a la mujer, que nos esperaba con los brazos abiertos.

—Ay, mi vida, amas muchísimo a tu mami, ya me ha quedado claro— dijo, estrechándolo en un abrazo lleno de cariño —¿Ya has comido, cielo?

—¡No!— mintió el muy descarado.

—Tyler, no mientas— lo regañé con suavidad, cruzándome de brazos —Claro que ya has comido.

—Pelo… quieio eado, mami…

La señora Charlotte soltó una carcajada encantadora mientras yo negaba con la cabeza.

—Por suerte tenemos helado de vainilla, mi amor. Ahora mismo pido que te traigan un cuenco. Y tú, Billie…— me miró con una calidez casi maternal que me reconfortó el alma bastante —Siéntate, por favor. Gordon no tardará en llegar y, bueno… de momento solo estoy con las visitas— añadió, ladeando discretamente la cabeza hacia el fondo del jardín.

Seguí la dirección de su mirada. A varios metros, cerca de la zona de descanso, distinguí a Georg hablando con Tom. Y justo al lado de Tom… vi a esa mujer.

Me costó muchísimo reconocerla al principio porque estaba… espantosa. Un escalofrío de sorpresa y profundo rechazo me recorrió el cuerpo al fijarme en su pelo y en su «nuevo» estilo. Y digo «nuevo» entre comillas porque era una burda, patética y descarada copia de mí. Era como contemplar una réplica barata y defectuosa de mi propia persona.

Incliné ligeramente la cabeza, completamente en shock, antes de volver a mirar a la señora Charlotte, que torció los labios con un gesto de evidente disgusto.

—Esa mujer nunca me ha entrado por los ojos— me dijo, indicándome con la mano que me sentara a su lado.

Me senté con un nudo en la garganta, aunque no de tristeza, sino por la risa histérica que estaba intentando contener.

—Desde que Thomas la trajo de Brasil y le eché el ojo, supe que no traía nada bueno. Y ahora mírala… intentando disfrazarse de ti.

—Pero no le sale. Está haciendo el ridículo— solté, incapaz de morderme la lengua.

—Cariño, las amantes desesperadas son así— suspiró ella —Sabe perfectamente el lugar imborrable que ocupas en la vida de mi hijo y anda intentando parecerse a ti para ver si él la mira con verdadero deseo. Pero no lo consigue. Cuando la vi llegar vestida así, me entraron unas ganas tremendas de agarrar a Tom por las orejas y meterlo en el despacho para cantarle las cuarenta. Y no te creas que me quedé con las ganas, ¿eh? Se lo dije bien clarito.

Solté una risita ahogada al imaginarme la escena.

—Ese chico está completamente demente. Tanto alcohol y tanto desmadre le destrozaron las pocas neuronas que le quedaban— murmuró Charlotte con evidente desaprobación —Me soltó que no quería volver a oír tu nombre delante de él porque le daba… rabia.

Puse los ojos en blanco con absoluto desprecio.

—Está resentido porque no le dejé salirse con la suya con lo del niño. Pero me alegra que me tenga rabia; el sentimiento es completamente mutuo.

—Billie…— Charlotte me apretó las manos con tristeza —No me gusta veros así. Ya sois hombres adultos; tenéis que sentaros a hablar y curar esa herida sangrante que lleváis arrastrando desde hace dos años. Dejar las cosas así es escupir sobre el amor tan puro que os tuvisteis alguna vez, manchándolo con este odio absurdo que os tenéis.

Suspiré, bajando la vista hacia la mesa.

—Lo sé— murmuré, entrecerrando los ojos por el intenso sol de la tarde —Pero…— tragué saliva, apretando los labios con amargura —no sé qué hacer. Las cosas entre nosotros empeoran cada vez que nos cruzamos. Tom no entra en razón, Charlotte. Es un cabezota, un egoísta y no va a escuchar. Pero… puedo intentar hablar con él. Una última vez.

—Sé que él no es una persona fácil, y menos cuando se trata de ti. Se vuelve completamente irracional cuando siente que pierde el control— admitió ella —Pero hazlo por ti, para que tu conciencia se quede tranquila sabiendo que intentaste cerrar esa puerta de forma civilizada antes de seguir adelante con tu vida. Ayer me di cuenta de las miradas que intercambiabas con ese tal Alex…— añadió con tono juguetón, haciendo que mis mejillas se tiñeran de rosa —Ese muchacho te adora.

Asentí suavemente.

—Sí. Alex es… un hombre increíble, señora Charlotte. Ha estado a mi lado en mis peores momentos, me cuida, respeta mis tiempos y me quiere incondicionalmente. Y espero… de todo corazón, poder corresponderle de la misma manera algún día.

—El simple hecho de que quieras intentarlo ya es un paso enorme, Billie— me sonrió con ternura —Pero ten muy claro que, aunque rehagas tu vida, te cases con otro y formes una familia lejos de aquí, siempre serás mi yerno. ¿Me has entendido? Siempre formarás parte de esta familia, aunque mi hijo y tú no podáis ni veros.

Una cálida emoción me oprimió el pecho. La señora Charlotte siempre había sido un auténtico ángel conmigo.

—Y usted siempre será mi suegra favorita— le confesé, arrancándole una carcajada.

Nos quedamos charlando tranquilamente durante un buen rato, hasta que Travis llegó junto a su hija pequeña —que acababa de salir de sus clases de ballet—, seguido de Sophia, que traía a Abel. Charlotte se volcó por completo en jugar con sus tres nietos sobre el césped. Porque a Abel también lo consideraba su nieto; el niño la llamaba «abuela» y eso a ella le encantaba. A mi bebé le trajeron el helado que había pedido y bueno…

Aprovechando el barullo, me puse de pie para ir al baño de la primera planta. Necesitaba lavarme las manos y retocarme el maquillaje; el calor sofocante amenazaba con arruinarme la cara, aunque fuera algo casi imposible en mí.

Me lavé las manos en el lavabo de mármol, me eché un vistazo al espejo para comprobar que mi aspecto estuviera impecable, como de costumbre, y salí al pasillo.

Pero, por supuesto… la vida parecía disfrutar mandándome al infierno.

Allí estaba Tom.

Esperándome. Apoyado con toda la desidia contra la pared de enfrente del pasillo, con los brazos cruzados y una postura intimidadora. Le dediqué una mirada llena de hastío y puse los ojos en blanco.

—¿Qué cojones haces aquí?— preguntó con voz helada y tajante.

Fruncí el ceño ante su tono hostil. —Que te importe una reverenda mierda, Tom.

Hice el ademán de pasarle por un lado para volver al jardín, pero su mano se disparó como una garra y me agarró del brazo con una fuerza brutal. Sus dedos se me clavaron en la piel con tal violencia que un chispazo de dolor me atravesó el cuerpo. Me aguanté con todas mis fuerzas para no soltar un quejido.

La mirada de Tom era oscura, sin vida… llena de un desprecio que me descolocó un poco.

—Responde cuando te hablo, idiota— espetó con frialdad.

—¡¿Pero qué cojones te pasa?!— reproché con rabia, zafándome de su agarre de un tirón violento —Solo vine a traer al niño porque tu madre me pidió que lo hiciera para estar un rato con él. ¿Ahora resulta que tampoco puedo pisar esta casa?

Él volvió a cruzarse de brazos, mirándome de arriba abajo con un asco tan marcado que me dejó descolocado por completo. Jamás me había visto de esa forma.

—Me revuelve el estómago verte, Bill— soltó con voz de asco —No te imaginas el asco y la tirria que me da saber que estás respirando el mismo aire que yo en este sitio.

Tragué saliva, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que sus palabras no me destrozaran por dentro.

—Entonces lárgate. Nadie te está reteniendo.

—No. No me da la puta gana de irme— sonrió con crueldad, dando un paso amenazante hacia mí —¿Por qué no te largas tú? Quizás Krüger esté desesperado por follarte otra vez y tú, como la buena putita que eres, estés disponible para abrirle las piernas en cuanto te lo pida.

Sentí cómo la sangre se me congelaba en las venas. Lo fulminé con la mirada, temblando de pura indignación.

—¡¿Cómo me has dicho?!

—Putita— repitió sin pestañear, disfrutando cada sílaba —Te he dicho putita porque eso es exactamente lo que eres, una puta barata y rastrera.

Oh Dios mío.

El sonido de la guantada retumbó en el pasillo estrecho. La fuerza del golpe fue tal que la palma de la mano me ardía en llamas, y la cara de Tom salió despedida hacia un lado. Sabía que mi marca se le quedaría impresa en la mejilla en cuestión de segundos.

Lentamente, Tom volvió la cara hacia mí. Tenía la mandíbula apretada hasta hacer crujir los dientes y una sonrisa siniestra dibujada en los labios.

—Te duele que te escupa la verdad en la cara, ¿verdad? Siempre tan dramático— soltó con un tono arrastrado y despectivo —No soportas que te recuerde lo que realmente vales. Aunque no sé de qué me sorprendo; siempre fuiste igual de fácil. Cada vez que nos peleábamos o te dejaba años atrás, ibas corriendo a buscar al primer imbécil que te ofreciera cama para ponerte a cuatro patas como una perra en celo.

—¡¿Qué mierda te pasa por la cabeza?!— siseé fuera de mí, con la garganta apretada de rabia —¿Tanto te corroyó las entrañas verme con Alex ayer? ¿Tanto te dolió? Qué pena me das, Tom.

Tom soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier rasgo de gracia. —¿Celos de ese desgraciado? Por favor— espetó, acortando la escasa distancia que nos separaba hasta acorralarme contra la pared —Que no se te olvide nunca que antes de que ese tío te tocara, yo fui el primero. Yo te enseñé a moverte en una cama, yo te enseñé a chupar una puta polla. La mía fue la primera que te llenó la boca y el culo. Yo te adiestré en todo esto, y ahora usas todo eso que yo te enseñé para creerte una puta experta. Debería sentirme orgulloso de la zorra que eduqué…

La rabia me cegó. Alcé la mano de nuevo dispuesto a reventarle la otra mejilla, pero la detuve en el aire a milímetros de su cara. Me temblaba todo el cuerpo. Apreté el puño con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en la palma.

No podía negarlo, escuchar semejantes burradas salir de la boca del hombre que juró amarme me estaba destrozando el corazón… otra vez. Los ojos se me llenaron de lágrimas calientes, pero me negué a dejar caer una sola delante de él.

Lo miraba fijamente y no lo reconocía. El hombre plantado frente a mí no era el Tom que me amó con locura. Tenía su cara, su voz… pero era un cascarón vacío y malévolo. Un monstruo.

—No te creas tan importante, Thomas— dije con una falsa risita burlona, bajando el puño y relamiéndome los labios con chulería. No iba a darle el gusto de verme llorar —Sí, fuiste el primero en todo… pero Alex es infinitamente mejor que tú en la cama. Y la suya es muchísimo más grande.

Vi cómo se le oscurecían los ojos y escuché sus dientes rechinando de pura furia.

—Te recuerdo que el que lo destrozó todo fuiste tú con tu infidelidad, así que no te atrevas a llamarme puta. El cagadón fue tuyo y la vida… es mía.

Al ver que se quedaba petrificado, consumido en su propia rabia, me di la vuelta con elegancia y caminé a paso firme hacia el jardín, sintiendo las lágrimas arder en el fondo de mis ojos y el corazón hecho añicos en el pecho. ¿Se podía romper más? ¿En serio?

«Qué ridículo eres, Bill» dijo la voz en mi mente. «¿Qué esperabas de ese hombre?»

Nada bueno, imagino.

Pero ni siquiera fui capaz de dar un par de pasos hacia adelante cuando su mano volvió a cerrarse con fuerza en mi muñeca. Para hacerme retroceder de un jalón y volver a quedar cara a cara con él; le iba a protestar, pero ver su cara me dejó demasiado confuso, y mucho más cuando habló.

—N-no…— dijo como si le costara, mientras su mano se aferraba a mi muñeca demasiado fuerte. —Lo siento… lo siento, lo siento, yo no… yo no…

Fruncí el ceño, ¿ahora con qué salía poniéndose así? —¡Ya, Tom!— exclamé, soltándome de su agarre. Sus dedos quedaron marcados en mi piel de un tono rosa claro; con la otra mano me acaricié esa zona que realmente me dolía. —¿Qué te pasa? ¡¿Cómo tienes los huevos de tratarme como a una mierda y luego pedir disculpas como si nada?!

—Es que yo…

—¡Es que nada!— le grité de nuevo, bastante exaltado porque, joder, él no podía decirme todas esas cosas horribles y luego… simplemente pedir perdón como si eso lo fuera a arreglar todo. —Me tienes harto con tu jueguecito, ¿qué es lo que quieres? ¿Que te odie más de lo que ya lo hago?

Él se quedó rígido en su sitio y tragó saliva fuertemente. Podría decir que su semblante cambiaba a cada segundo, en unos volvía esa mirada fría y déspota y en otros… solo me miraba arrepentido. Era difícil de entender y, por ende, de explicar.

—Porque créeme, lo estás consiguiendo. Sigue así, que me ayudas más a poder dejar de quererte.

—Yo no quiero, Billie…— gimoteó —Perdón.

—¿Qué no quieres?

Él no respondió. Cosa que me hizo enfadarme más.

—Sigues siendo un niño inmaduro, Tom. Sigues siendo un pedazo de idiota, pero da igual, sigue tratándome así. Y así como hiciste que se me quitaran las ganas de querer pasar mi vida contigo… así también harás que deje de quererte. Sigue así, que vas por buen camino.

—No sé por qué te miro y siento rabia, Bill— murmuró, y su mirada volvió a ser fría. —Pero sí, tampoco es que yo te necesite, ¿sabes? Así como tú me haces daño con tus putas palabras, así también te puedo herir yo a ti.

—¿A qué esperas?— me crucé de brazos, mirándolo escéptico. —¿A que te perdonara a la primera una infidelidad? ¿A que siguiera siendo el mismo de antes contigo? ¡Pues no! Ya no soy el mismo. Jódete.

—¡Jódete tú!— me gritó de vuelta. —No sabes cuánto me da asco tu presencia, podrías hacerme el favor de palmarla, y que esta vez sea de verdad.

Un jadeo se me escapó de los labios, me quedé… alucinando con sus palabras.

—Cada vez me decepciono más de ti— murmuré. —Y no sabía que eso era posible, teniendo en cuenta que destruiste la imagen que yo tenía de ti.— suspiré —Mira que desearme la muerte… buaf… en serio no puedes ser más hijo de puta.

—Cierra la boca— gruñó.

Yo no le dije nada más, ¿qué le iba a decir? Sentí un pellizco en el pecho, me negaba a ver a este hombre y pensar en el chico del que me enamoré. Prefería verlo como dos personas distintas, porque mi Tom jamás me diría cosas tan feas; él me pedía perdón incluso cuando no había hecho nada malo. Él odiaba verme llorar o verme triste. Definitivamente no reconocía al hombre que tenía delante.

Tenía tanto por decir pero, ¿ya para qué?

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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