Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 16 (Parte 1)
OMNISCIENTE
El sufrimiento interno de Thomas jamás le dio tregua. Tras la tragedia tan devastadora en la que creyó haber perdido al amor de su vida, la depresión atroz que lo envolvió como si se tratara de un manto de espinas lo llevó a dar tumbos entre la vida y la muerte en más de una ocasión.
En medio de todo ese vacío, la única respuesta que su alma encontraba para calmar el tormento era, sin duda alguna, una sola: «volver a tener a su moreno a su lado». Volver a abrazar a ese chaval que, años atrás, con solo sonreír desde la portada de una revista, se había adueñado de su corazón para siempre.
Cuando Tom empezó a notar aquella avalancha de emociones inéditas, no tenía ni puñetera idea de qué se trataba. Jamás en su vida había sentido algo parejo; un vuelco en el estómago tan salvaje, una falta de aire tan real. Ni siquiera con sus antiguas parejas antes de que sus ojos se cruzaran con los de Willem.
Graciela Gross había sido su primera novia cuando él era solo un crío de once años. Fue una relación infantil que jamás tuvo un principio formal ni un final claro. Simplemente, un día se dieron un beso torpe detrás del aula y la chica empezó a llamarle «amorcito», copiándolo de las conversaciones que escuchaba a diario a sus padres. A Tom no le molestó la etiqueta, pero a las pocas semanas a la chavala la cambiaron de colegio. Al cabo de siete días, Tom ya ni se acordaba de su nombre.
Fiorella Lang se convirtió en la segunda. Aunque darle el título de «novia» a lo que tuvieron resultaría pretencioso, porque lo suyo era un lío de besos furtivos a los trece años, un mero tonteo adolescente sin compromisos ni etiquetas. A la chica la cambiaron al turno de tarde, los encuentros se quedaron en nada y la indiferencia hizo el resto.
Luego llegó Elysa Berg, con quien compartió dos meses de un noviazgo que tocaba lo formal… o al menos eso era lo que la chavala creía. Mientras ella lo idealizaba, Tom no lo dudaba y se liaba con otras chicas cada vez que ella no miraba. Para aquel entonces él tenía dieciséis años y ella quince. Para Elysa, Tom representaba su primer amor; para Tom, en cambio, la caballerosidad y el encanto no existían. Era un pervertido de primera categoría que se pasaba el día insinuándole cosas y sobrepasando los límites de su inocencia.
Cuando la chavala finalmente cedió, no hubo protección de por medio. Quizá a ella se le pasó con las prisas; a él, sencillamente, le dio exactamente igual. Era una pareja de adolescentes descuidados jugando con fuego. Los padres de Elysa nunca estaban al tanto; curraban jornadas agotadoras para pagarle los estudios en aquel prestigioso e ilustre instituto, ignorando que su hijita se escapaba de clase para esconderse a solas con Tom.
Aquella historia solo duró dos meses porque, de la noche a la mañana, la chica desapareció sin dejar rastro. Por supuesto, ella había descubierto el pastel sobre la doble vida de Tom, sobre quién era realmente y el mundillo criminal en el que se movía.
Se fue sin contarle a Tom que estaba embarazada.
¿Que si a Tom le afectó que se fuera? Para nada.
Solo sintió un ligero cabreo, porque estaba acostumbrado a ser él quien mandara a tomar por saco a las mujeres de su vida tras conseguir lo que quería. Y de Elysa ya había sacado su tajada, la iniciación y la experiencia en el tema sexual.
En resumen, Thomas Trümper tenía una forma de ver la vida bastante particular. Nunca había soñado con enamorarse, ni mucho menos con casarse o formar una familia. Para él, las relaciones eran ataduras absurdas, y adoraba su libertad por encima de todo; una vida sin límites, sin frenos ni reglas.
Le flipaba beber hasta perder el conocimiento, fumar, tontear con sustancias de vez en cuando, frecuentar los garitos más oscuros de la ciudad y meter en su cama a chicas pibones a las que despachaba sin contemplaciones al día siguiente. En esa larga lista figuraba Ría Sommerfeld, la hija del mismísimo profesor de música de Tom.
Thomas veía la existencia como un banquete del que tenía que servirse sin pedir permiso. Disfrutaba el presente a su aire, pasando de los sentimientos de los demás y haciendo oídos sordos a las broncas de su madre. Nada le quitaba el sueño. Obviamente, en cada juerga desmadrada acababa pasando la noche en el calabozo, pero su padre siempre aparecía para arreglar el pringue y sacarle del encierro. Por eso Thomas no se comía la cabeza por nada, ya sabía de sobra que los Trümper siempre tenían la sartén por el mango.
Claro que… su vida fue así hasta que se topó con cierto chaval que, con una sola mirada, hizo que le faltara el aire en los pulmones.
Literalmente.
—¡Maldita sea! ¡Acabamos de dar un palo a un banco! ¡Esto es lo puto mejor que me ha pasado en la vida!— había gritado Georg, sacudiendo su melena castaña a la altura de los hombros, con los ojos verdes brillándole con lágrimas de pura adrenalina. Estaba mazo de emocionado. —¡¿Cómo coño lo vamos a celebrar?!
—¡¿Dónde cojones pretendes celebrar si no salimos echando leches de este perímetro?!— le echó la bronca un Travis más joven y rebelde, quien por aquellas fechas acababa de conocer a una chica que, años más tarde, se convertiría en su mujer (aunque él aún no tenía ni idea) —¡Si nos pillan acabamos en la cárcel! ¡¿Dónde coño se ha metido mi hermano?!
Thomas, que por aquel entonces lucía unas impecables rastas rubias teñidas en degradé —desde los tonos más claros hasta los más oscuros—, estaba totalmente descolocado del caos, plantado frente a un quiosco de revistas en la acera de enfrente del banco.
Allí, en primera fila, destacaba una publicación de moda. No es que el título ni el contenido le importaran un pimiento; lo que lo tenía totalmente hipnotizado era la cara de un niño que sonreía con timidez a la cámara.
Tom estaba atontado. Y no era una forma de hablar; el chaval tenía la boca entreabierta, la mirada clavada en los ojos marrones, tirando a miel, de aquel jovencito, y la respiración cortada. Totalmente empanado, se llevó las manos al borde del pasamontañas que le tapaba la cara y se lo subió hasta la coronilla, sintiendo que la tela lo agobiaba ante semejante panorama.
—Qué cosita más bonita…— murmuró en un suspiro, alargando los dedos para coger una de las copias y mirar la foto de cerca.
Tom no lograba entender el pellizco de calor que le nacía en el pecho, era como un cosquilleo de nervios que jamás había sentido por ningún ser humano. Tampoco entendía qué cojones hacía él, un atracador armado, hojeando una revista de alta costura solo porque aquel niño sin nombre salía en sus páginas. El flechazo fue tan brutal que se le olvidó por completo que estaba en mitad de la huida de un palo gordo, y que su peña muy probablemente lo había dejado tirado.
—¿Usted le conoce?— le preguntó con toda la calma del mundo al tendero, que lo miraba petrificado y pálido del puto miedo. El rastafari frunció el ceño al ver que no soltaba prenda. —Oye, maleducado de mierda, te he hecho una puta pregunta— soltó mosqueado.
Tom estaba a punto de soltarle una ráfaga de insultos al comerciante, pero no contaba con que una mano brutal le diera un tirón por la espalda, le bajara el pasamontañas de un manotazo y lo sacudiera con furia.
—¡¿Eres tonto o te lo haces?!— le gritó Travis, agarrándolo fuertemente por los hombros —¡¿Cómo cojones se te ocurre quitarte la máscara en plena calle?! ¡Hay cámaras de tráfico por todas partes! ¡Tenemos que ahuecar el ala ya!
Solo en ese instante Thomas cayó en la cuenta del plan y de la razón por la que habían asaltado el banco. En realidad, todo había empezado como una coña, una locura del momento. Tom siempre había tenido el capricho de robar un banco después de verlo en las películas de acción; quería entrar encapuchado y gritar: «¡Manos arriba, esto es un atraco!». Y su hermano mayor, para celebrar que Tom cumplía dieciocho palos y entraba en la mayoría de edad, decidió darle el capricho para recibir el cumpleaños como Dios manda… o como a Thomas le saliera de los cojones.
Y sí, robar un banco era una idea absurda y peligrosa. Pero así era Thomas Trümper, un torbellino impulsivo e imprudente al que jamás le importaron las consecuencias de sus actos.
Mientras corrían a toda leche hacia la furgoneta de huida, Tom apretaba contra el pecho la revista que no había podido devolver y que ni de coña pensaba soltar. Había algo en ese niño que lo atraía como un imán, y estaba dispuesto a enterarse de qué era. Subió junto a Travis a la parte trasera, y Bach, al volante, pisó a fondo el acelerador en cuanto Georg dio dos pisotones secos contra el suelo del vehículo.
Era una autentica ida de olla; ni siquiera habían planeado una ruta de escape en condiciones. A Travis se la sudaba, porque le flipaba la adrenalina, aunque en el fondo sabía que esta sería la última locura que cometía. La chica que había conocido hacía poco estudiaba psicología, y Travis quería dar la talla y parecer maduro para la chavala que lo traía de cabeza.
—La próxima vez que te me quedes empanado de esa manera te dejamos tirado, ¿te enteras?— le echó en cara Harry, cruzándose de brazos.
Tom se limitó a soltar una risotada con toda la jeta. —Este ha sido el mejor cumpleaños de mi vida, no se me va a olvidar en la puta vida. Además… mirad esto— dijo, enseñándoles la portada a sus colegas mientras la furgoneta daba bandazos por las maniobras de Bach. —¿Vosotros conocéis a este pibón?
Ni Harry, ni Travis, ni Andy, ni Scar tenían ni puñetera idea de a quién se refería Tom de las dos personas que salían en la foto. La imagen mostraba a un chaval junto a una mujer elegantísima de veintitantos años.
—¿Te refieres a la señora Kaulitz?— preguntó Harry, arqueando una ceja. —Ya sabía que te gustaban maduritas, pero esa mujer está casada con uno de los peces gordos de la industria de la moda. Y el niño que está a su lado es su hijo.
Tom puso los ojos en blanco, harto. —¿Qué señora, imbécil? Te hablo del crío.
—Ooooh…— entonaron los más jóvenes con un tono burlón y cantarín, mientras Travis se limitaba a negar con la cabeza.
—La verdad es que no sé cómo se llama el chaval, pero en la revista lo pondrá— añadió Harry, encogiéndose de hombros.
Andy lo miró de inmediato con desconfianza.
—¿Y cómo coño sabes quién es la mujer, pero no sabes el nombre del crío?— preguntó, mirándolo como si fuera una rata bañándose en su vaso de zumo (una anécdota bastante peculiar que dejaremos para otro momento).
—Porque mi madre compra esas revistas, por eso.— respondió Harry con total naturalidad.
Andreas no le creyó ni por un segundo. Fiel a su costumbre de buscarle el doble sentido a todo, empezó a montarse su propia teoría de que Harry albergaba un amor platónico secreto por la madre del niño. Divertido con la idea, se volvió hacia Tom.
—¿Y a este qué le pasa?— intervino Travis —¿Ya estás pensando en liarla otra vez? ¿Y encima con un niño? Tu última relación con una menor no duró un suspiro. ¿Eloísa se llamaba?
—Elysa— corrigió Andreas, soltando un resoplido evidente.
Tom torció los labios con una mueca de asco.
—A esa perra ni me la mencionéis. Lo que quiero entender es por qué coño este niño me parece exageradamente guapo— soltó, agitando la revista en el aire con un gesto exasperado. No estaba obteniendo las respuestas que buscaba y aquella sensación revoloteando en su estómago lo estaba volviendo loco —Es que miradlo… Bueno, no, mejor no lo miréis. Es perfecto.
Travis abrió la boca, completamente alucinado, y arqueó ambas cejas. Su expresión de desconcierto era tan cómica que Andreas fue el primero en soltar una carcajada escandalosa.
—¡Tom se ha enamorado!— se burló el rubio oxigenado de estilo emo, riéndose hasta que le dolió la mandíbula —¡Y de un niño que apenas está descubriendo el mundo!
El rastafari frunció el ceño, profundamente irritado.
—Yo no me enamoro— espetó con rabia —Solo digo que es mono y ya está. No es como si me gustara.
Intentó convencerse a sí mismo de aquella mentira, pero conforme fueron pasando los días, dando vueltas en la cama durante las noches, era incapaz de sacarse de la cabeza al pequeño moreno de ojos marrones y labios rosados. La frustración lo devoraba; sentía la necesidad de acercarse a él y descubrir qué demonios tenía aquel niño para mantenerlo completamente enajenado. Se sorprendía imaginándolo, contemplando un futuro a su lado e incluso retractándose de la promesa sagrada que se había hecho de no casarse ni sentar la cabeza jamás. Y es que… Tom ya se imaginaba pidiéndole matrimonio a ese chico y teniendo hijos con él.
Muchísimos hijos.
Aquel deseo solo florecía cuando pensaba en Willem Kaulitz; porque sí, después de una búsqueda exhaustiva, ya había averiguado cómo se llamaba.
Era una locura. Se trataba de un chaval de trece años que acababa de celebrar su cumpleaños un mes atrás, un acontecimiento que todavía seguía dando de qué hablar en la prensa del corazón. La curiosidad de Tom fue tan abrumadora que lo llevó a hacer algo que jamás habría imaginado: empezar a seguirlo.
Lo observaba desde la distancia. La posibilidad de acercarse a él era prácticamente nula, pues el niño siempre iba custodiado por un grupo de casi diez escoltas que no se separaban de él fuera donde fuera.
Tom solía ir acompañado por Travis, que conocía tan bien la impulsividad de su hermano que sabía que cometería una locura si lo dejaba solo. De vez en cuando, el rastafari se aventuraba por su cuenta.
Viéndose obligado a cambiar de aspecto, ya que se quitó las rastas que con tanto cariño y paciencia había cuidado, se tiñó el pelo de negro y empezó a llevar trenzas pegadas al cuero cabelludo, porque después de quitarse el pasamontañas durante el atraco, su rostro apareció en los carteles de «Se busca» por toda Alemania. Aquella imprudencia le costó un castigo severo por parte de su padre, pero a Tom todo aquello le daba exactamente igual.
—¿Qué se supone que hace hoy?— susurró Travis una tarde.
Estaban sentados en la terraza de una cafetería. En la mesa de al lado estaba Willem acompañado de sus amigos, riéndose alegremente y ajeno a la existencia de quien sería el amor de su vida.
—¿Tú crees que estaría mal si me acerco, le tiro los trastos y hago que sea mi novio ahora mismo?— preguntó Tom en voz baja.
Travis parpadeó con escepticismo.
—Se lo voy a decir a mamá porque estás completamente como una puta cabra. ¿Cómo se te ocurre hacer algo así? Es un niño, Tom, y tú ya has entrado en el mundo de los adultos. Su padre es uno de los magnates más poderosos de la moda, su firma KAA es un imperio internacional y la familia de su madre posee títulos nobiliarios. Son famosos, multimillonarios y, por lo que hemos averiguado gracias a tu enferma obsesión, protegen a ese chaval como si fuera un tesoro. ¡Tiene un ejército de guardaespaldas! Jamás permitirían que su hijo se relacionara con alguien como tú; tienes pinta de delincuente, ¿lo sabías? Y menos siendo mayor de edad.
Tom bufó con rotundidad.
—Me da igual. Esperaré el tiempo que haga falta, pero ese niño va a ser mío.
Thomas se lo propuso y, cuatro años después, lo consiguió. Se convirtió en el hombre más feliz del mundo al tener por fin entre sus brazos al niño que le había robado la cordura. Atravesaron tormentas y toda clase de adversidades, pero para Tom nada era imposible con tal de conservar a Bill. Siempre encontraban la forma de volver el uno al otro.
Por eso la canción favorita de Tom era «Rojo». Porque su letra lo resumía absolutamente todo.
Willem, su morenito precioso, reconfiguró por completo su universo. Todo lo que Tom había jurado rechazar acabó deseándolo con una enorme devoción, pero únicamente con él. Solo por Willem estuvo dispuesto a renunciar a su preciada libertad, porque de repente su vida dejó de tener sentido sin las sonrisas y las miradas enamoradas de su chiquillo. Tom renació el día que lo tuvo a su lado; dejó atrás su pasado, las fiestas desenfrenadas y la interminable lista de mujeres, sin despedirse siquiera de aquella antigua vida.
Se transformó por dentro para encajar en el mundo de Bill.
Willem le hizo experimentar lo que siempre creyó imposible: el amor puro. Una devoción tan intensa que rozaba los límites de la obsesión, pero jamás de una forma dañina; Tom habría sido incapaz de hacerle daño a su moreno. Por eso, cuando creyó haberlo perdido en aquella tragedia, se hundió en las tinieblas.
Le había jurado protegerlo con su propia vida y le había fallado. La culpa y el duelo lo persiguieron sin descanso durante diez años, sin concederle un solo segundo de paz. Se encerró en sí mismo, apagándose por completo, porque la luz que iluminaba su existencia se había extinguido, dejándolo sumido en la penumbra. Solo. Llorándolo en silencio.
Y ahora… todo se había convertido en una pesadilla retorcida. Tom detestaba al monstruo en el que se había convertido, un ser frío que no midió las consecuencias de sus actos y terminó hiriendo a quien había prometido proteger.
Lo había perdido, lo había recuperado y lo había vuelto a perder.
Por mucho que el verdadero Tom gritara desesperado desde lo más profundo de su psique para que alguien lo escuchara, nadie parecía oírlo. Mantenía una lucha interna encarnizada, maldiciendo a la coraza desalmada —a Klaus— que ahora había tomado el control de su cuerpo. Se odiaba con toda su rabia. Y cada vez que aquel hombre se miraba al espejo, el espíritu aprisionado de Tom lo contemplaba con mucho desprecio.
El verdadero Tom luchaba desesperadamente por salir. Necesitaba recuperar a su niño, aunque no supiera cómo romper las cadenas. Y, aun así, sepultado en su propia mente, jamás dejaría de intentarlo.
Continúa…
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