Fic de unicornlitz. Temporada III
Capítulo 17 (Parte 1)
BILL
Salí a pasos agigantados, sintiendo que la sangre me ardía en las venas. No volví al jardín porque sabía de sobra que la señora Charlotte se daría cuenta de lo mío en cero coma y no tenía la más mínima gana de explicar la charla que acababa de tener con Tom.
Estaba de los nervios, al borde de un ataque, y necesitaba calmarme como fuera. Ni siquiera llevaba tabaco encima, así que me tocaba regular la respiración a la fuerza, intentando aplacar el cabreo monumental que me ahogaba el pecho.
Respiraba a bocanadas, con los ojos fijos en los alrededores del patio principal. La tarde se había quedado fresca, haciendo un contraste helado con el calor sofocante de hacía un momento. Al mirar al cielo, me encontré con un manto de nubes grises y densas cubriendo todo el horizonte. A lo mejor caía un chaparrón o se ponía a chispear; me daba exactamente igual.
Me sentía agobiado, hecho polvo. Si Tom y yo seguíamos por este camino, jamás haríamos las paces. Jamás. Y menos ahora con ese plan insoportable que llevaba, haciéndose el monstruo sin escrúpulos para luego ir de arrepentido.
Su bipolaridad me tenía hasta las narices.
—Vaya movida tu discusión con Klaus…
Cerré los ojos y los apreté bien fuerte al oír esa voz a mis espaldas. Era una voz chorreando ironía y cinismo, dos tonos que no soportaba. Tragué una bocanada de aire profunda, obligándome a controlar cada uno de mis gestos —sabiendo lo transparente que solía ser— antes de darme la vuelta. Forcé una sonrisa pícara en los labios para recibirla.
Catalina estaba allí, plantada, de brazos cruzados, con una ceja levantada y una sonrisa torcida en la cara. Su nivel de descaro me daba un asco tremendo.
—Tiene que ser horrible que te diga todas esas cosas feas a la cara… y que te llame «puta»— puso un puchero infantil y soltó un quejido de falsa pena —Sinceramente, me sigo preguntando por qué coño sigues apareciendo por aquí a pesar de todo. ¿Qué esperas? ¿Que Klaus… o «Tom», como prefieres llamarle tú, cambie por arte de magia? Pensaba que te había quedado clarito tras la llamada que te hice que ya le importas un pimiento. Pero hoy te lo ha dejado claro él mismo en toda la cara… le das asco.
Solté una risita corta, con guasa, y me crucé de brazos copiando su postura.
—¿Y qué te hace pensar a ti, pedazo de imbécil, que yo sigo aquí por «Klaus»?
—Es más que evidente— soltó al instante, sacando la barbilla con chulería —A lo mejor ahora que sabes que estamos juntos quieres joderlo. Qué poca dignidad tienes, Benjamín.
—Ay, chica…— solté entre carcajadas. Me froté la frente, descojonándome del numerito patético que estaba viendo, e inhalé profundo antes de pasarme la lengua por los labios —En serio estás fatal de la cabeza. Tienes el cerebro completamente podrido.
Ella se encogió de hombros con chulería.
—¿Te mola mi nuevo estilo?— preguntó de golpe. Abrió los brazos y dio una vuelta sobre sí misma para que la mirara de arriba abajo. Esa sonrisa burlona no se le quitaba de la cara —A Klaus le encantó. Dijo que me quedaba de lujo, que estaba guapísima.
Levanté una ceja. Por alguna razón, no me creía ni una sola palabra.
—Por cierto— siguió, dando un paso hacia mí —, quería contarte que estoy viviendo con él otra vez. Prácticamente me rogó de rodillas que no me fuera a Múnich. No puede vivir sin mí.
—Para lo poco que me importa tu vida o la suya…
Ella soltó una risa aguda. —Sé que te está matando por dentro— soltó tan ancha, dándoselas de ganadora —Y para que te enteres, anoche pasamos un tiempazo juntos. Una noche de pasión inolvidable. Quiero que te quede bien clarito que no voy a parar hasta que Klaus se olvide de ti para siempre. Me voy a quedar embarazada de él, le daré un hijo de verdad; un hijo al que sí podrá ver siempre, al que atiborrará de regalos y que será su consentido. Una vida de verdad, no la miseria que tiene con ese bastardito tuyo, que nunca tendrá nada porque…
No la dejé terminar.
Yo podía tragarme insultos hacia mi persona, rechazos, humillaciones y cualquier parida que saliera de la boca de Tom o de sus rollos. Podía aguantar absolutamente todo. Pero jamás, jamás en la vida, iba a permitir que una aparecida se metiera con mi hijo.
Sin pensármelo ni un segundo, le crucé la cara con la palma de la mano abierta.
La cabeza se le fue de lado por el pepinazo. Sin darle tiempo a recomponerse del golpe ni a procesar el dolor, me tiré a por ella y la agarré bien fuerte del pelo. Sus mechones se me quedaron enganchados entre los dedos por el tirón, tirándole del cuero cabelludo hasta obligarla a echar la cabeza hacia atrás, dejándole la cara a un par de centímetros de la mía.
—Escúchame bien, perra de poca monta…— gruñí fuera de mí, sintiendo que el cabreo me cambiaba la voz a un rugido amenazante —Tú no vuelves a decir el nombre de mi hijo, ni hablas de él como si tuvieras el más mínimo derecho, y muchísimo menos te atreves a llamarlo así. ¡¿Te ha quedado claro?! ¡Chula de mierda, con mi hijo no te vuelves a meter en tu puta vida o te juro que te mato!
La solté con un empujón seco y brutal. Perdió el equilibrio por completo y se comió el suelo del patio. Se quedó ahí tirada, jadeando del susto, sobándose la mejilla roja y mirándome con los ojos desorbitados de pura rabia y odio.
—¡Pero si lo es!— chilló desde el suelo, despeinada y hecha una furia —¡Es un bastardo! ¡Ni siquiera dejas que Klaus lo vea!
—Esa mierda no te incumbe, tirada— siseé entre dientes, dando un paso lento e intimidante hacia ella mientras la miraba desde arriba —Vuélvete a meter con mi hijo o a nombrarlo, y te prometo por lo que más quiero en esta vida que te hundo, Catalina. Te destrozo la vida y la cara, ¿me has oído?
Me recoloqué el pelo con toda la clase, recobrando la compostura como si no acabara de mandarla a morder el polvo, y solté una risa llena de pena.
—Mírate. Si es que eres muy poca cosa… una criatura triste y patética. Mira a lo que has tenido que recurrir solo para intentar mendigar un segundo de atención de mi ex.— dije, levantando un dedo y sin perder la ironía en mi voz. —Te has disfrazado de mí, te tiñes el pelo como yo, te vistes como yo… Eres una copia barata, una imitación defectuosa y deforme. Me das una vergüenza ajena increíble. Y si vamos a hablar de dignidad, guapa… a la única que le falta un mínimo de vergüenza en esta vida es a ti. Darías lo que fuera por ser una cuarta parte de lo que yo fui para Tom, pero no lo vas a conseguir en la vida.
—Te lo voy a quitar, Benjamín— escupió desde el suelo, intentando levantarse torpemente mientras me clavaba una mirada llena de odio —Me voy a quedar con él.
—Ay, niña…— bufé con absoluto desprecio, mirándola como quien mira una mancha de mierda en la zapatilla —Quédatelo. Si quieres hazte un florero con él. ¿De verdad te crees que yo quiero ese encarte de tío? Yo no lo busco, yo paso de él, lo quito de mi vida… y es él quien acaba arrastrándose a buscarme a mí, besándome por los rincones y desquiciándose porque no le hago ni puto caso. Si se supone que ya está contigo, ¿para qué coño estás tan obsesionada con «quitármelo»? ¿Ves lo tonta que eres y cómo te contradices sola?
Hice una pausa, cruzándome de brazos y ladeando la cabeza con una sonrisa burlona.
—Algo me dice que ni siquiera estáis juntos, que no eres más que un juguete de usar y tirar que usa para desahogarse cuando va borracho. Pero viendo lo enferma y necesitada que estás, te voy a dejar que te sigas montando tu película barata. Sigue soñando, maja… a ver si así consigues que al menos se acuerde de tu nombre mañana por la mañana.
Le eché una última mirada de asco, me di la vuelta con la cabeza alta y dejé a Catalina en el suelo, tragándose sus propias lágrimas de rabia e impotencia.
¿Ella se creía que podía encararse conmigo y salir de rositas? Por favor… si soy un Kaulitz.
.
TOM
«No te me salgas de madre, Klaus…», retumbó esa voz abrumadora en los confines de mi mente. «No te me desvíes del camino. Odias a Willem… lo odias con todas tus entrañas».
—No…— murmuré, escuchando mi propia voz temblar en la soledad de la estancia.
Negaba con la cabeza torpemente, mientras la pierna derecha me castañeteaba de forma incontrolable contra el suelo. Estaba sentado en la penumbra del sofá del salón, sosteniendo con dedos crispados un vaso de whisky a medio beber. Tras aquella escena aborrecible en el pasillo con mi… con mi… ¡maldita sea!
«Lo detestas. Lo odias. Te da asco».
—Por Dios…— murmuré, pasándome una mano sudorosa por la cara.
Sentía que me estaba volviendo loco. Era la primera vez en mi vida que escuchaba voces dentro de mi propia cabeza, escuchándose con una nitidez que me resultaba bastante acojonante, como si alguien estuviera de pie detrás de mí, susurrándome todo aquello al oído.
—Yo no lo odio… yo no puedo odiarlo…— me dije a mí mismo, buscando desesperadamente mi propia voz entre el murmullo hostil de mi mente.
«Oh, vamos, Klaus… No te cortes. Lo odias, lo odias, lo odias. ¡Dilo!»
Le di un trago largo y a lo bestia a mi bebida, sintiendo cómo el líquido dorado me quemaba la garganta al bajar. Estaba sudando frío; la camisa se me pegaba a la espalda y el pecho me dolía por los latidos desbocados de mi corazón. Sentía que en cualquier momento me iba a dar una taquicardia ahí mismo. No entendía qué me estaba pasando. ¿Por qué mi cuerpo y mis labios reaccionaban de una forma tan despiadada cuando mi alma entera rogaba justo lo contrario?
Me empiné el vaso de golpe hasta vaciarlo. Luego sirví otro trago corto, y otro más de whisky solo, pero el alcohol ya no anestesiaba nada. Solo echaba más leña al fuego.
La imagen de la cara de Bill en el pasillo volvía a mi memoria siendo una tortura constante. Recordar sus ojos marrones llenos de lágrimas contenidas, la sorpresa tan desgarradora en su expresión al escucharme llamarlo «puta», y el impacto de su guantazo en mi mejilla… La quemadura de su mano en mi piel aún me escocía, pero no me dolía la cara; me dolía el alma. Sentía una enorme culpa que era aplastante, voraz e imperdonable y me destrozaba el pecho.
¿Qué coño le había hecho? ¿Por qué le dije todas esas atrocidades?
Quería correr hacia él, caer de rodillas, besarle las manos, suplicarle perdón y explicarle que yo jamás pensaría algo así de él. Él era mi vida, mi universo, la razón por la que volví a respirar… ¿Cómo pude llamarlo así? ¿Cómo pude manchar de esa forma todo lo bonito que construimos?
Pero entonces, como si se tratase de un chispazo eléctrico que me paralizó la voluntad, esa fuerza ajena volvía a tomar el control.
«Se lo merecía», dictó la voz, severa y autoritaria. «Se acostó con otro. Le está dando a otro lo que te pertenece a ti. Es un desagradecido. Lo odias, Klaus. Odias su recuerdo, odias su voz, odias su presencia».
—¡Cállate! ¡Cállate la puta boca!— gruñí en un rugido ahogado.
Harto, me puse de pie de un brinco. Sentía que la habitación se encogía a mi alrededor y que el aire me faltaba. Decidí subir a pasos pesados hacia el despacho de mi padre, buscando refugio en la penumbra de la segunda planta para servirme trago tras trago directamente de la botella. Me sentía asfixiado, paranoico, profundamente agotado y rozando los límites de la locura.
Al llegar al despacho, dejé la puerta entreabierta y me acerqué a la mueble licorero de madera tallada. Agarré la botella de cristal sin molestarme en usar un vaso y me la llevé a los labios, bebiendo a grandes tragos mientras el whisky me chorreaba por las comisuras de la boca.
—¿Por qué me pasa esto…?— susurré contra el cuello de la botella, apoyando las manos sobre el escritorio de Gordon para mantener el equilibrio.
«Porque Willem te destruyó. Él es la causa de todo tu sufrimiento. Míralo… sonriéndole a otro, enseñándote que eres reemplazable. Tienes que pisotearlo antes de que él te destruya a ti».
Ah…
—No… No, él me ama… Él me amaba…— mantenía esa lucha interna, con los nudillos blancos de tanto apretar la madera.
Las lágrimas de rabia y desesperación amenazaban con salir. Sentía una dicotomía atroz porque por un lado, sentía un cabreo volcánico y sin sentido hacia Bill que me abrasaba las entrañas; por el otro, un amor infinito, dependiente y desesperado que me suplicaba ir a buscarlo. La contradicción me estaba partiendo la cabeza en dos.
De pronto, el sonido de unos pasos ligeros rompió el silencio del pasillo.
—Klaus… mi amor…— la voz de Catalina cantarina sonó cerca de la puerta.
Entró al despacho con una sonrisa que pretendía ser dulce, luciendo esa ropa y ese peinado que de golpe me parecieron una aberración. La voz en mi mente pareció calmarse un segundo, dando el visto bueno a su presencia.
Pero al mirarla, al ver cómo intentaba copiar los gestos, la desenvoltura y la elegancia natural de mi moreno, una náusea profunda me revolvió el estómago. Se veía tan ridícula. Era como una imitación barata y patética que solo me recordaba lo que había perdido.
—¿Qué quieres?— espeté con tono borde, dándole otro trago a la botella.
—Solo quería saber cómo estabas… Te vi subir muy alterado— dijo ella, acercándose poco a poco y poniéndome una mano sobre el hombro —Estaba hablando con Benjamín ahí abajo y…
En cuanto pronunció su nombre, algo dentro de mí saltó por los aires. La mención de Bill en su boca me pareció una falta de respeto insoportable.
—¡No vuelvas a decir su nombre en tu puta vida!— rugí, quitándole la mano de un manotazo tan violento que Catalina dio dos pasos hacia atrás, ahogando un grito de sorpresa.
—Klaus, solo decía…
—¡Me importa un carajo lo que decías!— me acerqué a ella con paso tambaleante pero amenazante, mirándola con un cabreo enorme —¡No te atrevas a meterte en mis asuntos! ¡No eres nadie! ¡¿Te ha quedado claro?! ¡No eres absolutamente nada para mí!
«No te salgas de madre, Klaus»
—¡Pero si yo estoy aquí contigo!— chilló ella, perdiendo los papeles —¡Yo soy la que se queda a tu lado mientras él se acostó anoche con ese imbécil de la DEA! ¡Yo soy la que te ama!
Esas palabras funcionaron como un detonante en mi cerebro. «Se acostó con ese imbécil de la DEA». La voz volvió a rugir con fuerza dentro de mi cabeza, distorsionando mi realidad; celos y rabia se mezclaron.
«Mátalos a todos. Destrúyelo. Si no es tuyo, no será de nadie».
—Cállate…— susurré, llevándome las manos a la cabeza mientras la botella de whisky se estrellaba contra el suelo, haciéndose mil pedazos y empapando la alfombra.
—¡Klaus, estás zumbado!— gritó Catalina, retrocediendo hacia la puerta al ver el descontrol en mis ojos.
—¡Lárgate de aquí!— le grité fuera de mí, agarrando un adorno de bronce del escritorio y tirándolo contra la pared de al lado de su cabeza, haciendo que ella soltara un chillido de puro pavor y saliera corriendo por el pasillo.
Me quedé solo en medio del despacho, rodeado del olor penetrante a alcohol. Caí de rodillas al suelo, apoyando las palmas de las manos contra los fragmentos de cristal sin que me importara el dolor ni los cortes pequeños que empezaron a sangrar.
Apoyé la frente contra la madera fría del suelo, jadeando como un animal herido.
No podía respirar bien.
—Perdóname, Bill…— sollocé en medio de todo ese caos, sintiendo cómo esa presencia volvía a ganar terreno dentro de mí, ahogando mi voz.
—Perdóname, mi a…— gruñí —perdóname…
Debía hacerle caso a Travis. Debía averiguar qué coño me estaba pasando porque esto… esto no era normal. Era una pesadilla.
Salí del despacho arrastrando los pies, sintiendo la visión borrosa y el mundo a mi alrededor distorsionado en manchas de luz y sombra. Bajé las escaleras a duras penas, agarrándome al pasamanos con la mano ensangrentada por los cristales rotos. Cada escalón se sentía horrible, como si hubiera un abismo abajo.
«Él no te va a ayudar. Nadie puede ayudarte. Perteneces al odio. Perteneces a la oscuridad», me decía la voz, ahora con un eco cavernoso, como si rebotara en las paredes de mi propio cráneo.
Al llegar al vestíbulo principal, el bullicio lejano del jardín se sentía ajeno, casi amortiguado. Allí estaba Travis, dándole indicaciones a dos de los hombres de seguridad para que acompañaran a su hija de vuelta a casa. Me detuve a unos pasos, tambaleándome un poco, jadeando como si hubiera corrido una maratón. Travis se giró, me miró de arriba abajo y la cara le cambió al instante. Se le borró cualquier rastro de calma.
—¿Klaus? Pero qué mierda… ¿qué te ha pasado en la mano?— preguntó, acercándose a mí a toda prisa al notar la sangre fresca y el sudor que me cubría la piel —Estás pálido, pareces un cadáver.
—Travis…— mi voz salió áspera, rota, casi irreconocible —Travis, dime… dime quién coño puede ayudarme. Necesito saber quién… quién sabe quitar esto… para dejar de oír las malditas voces.
Travis frunció el ceño, deteniéndose en seco.
—¿Qué voces?, ¿de qué demonios estás hablando?
—¡No me hagas preguntas!— supliqué, agarrándolo de las solapas de la chaqueta con desesperación, sintiendo que la cabeza me iba a estallar —¡Solo no me hagas preguntas, por favor! Necesito saber qué me pasa… Siento que me estoy volviendo loco, joder…
Travis me sujetó de los hombros con firmeza, escaneando mi cara desencajada. —¿Te refieres a lo que te dije el otro día? ¿Lo de la limpia? ¿Lo del trabajo chamánico que te mencioné?
Asentí una y otra vez con la cabeza, apretando los dientes para no soltar un gemido de dolor.
—Sí… sí, eso— admití con un hilo de voz —Me siento fatal, Travis. Oigo voces en mi mente todo el tiempo… todo el tiempo diciéndome qué hacer, qué sentir. Veo todo borroso, me quema el pecho… Siento que hay alguien más dentro de mi cabeza manejándome como a un puto títere. Y yo… odio que me manejen— gruñí.
Travis no se lo pensó dos veces. Me pasó un brazo por la espalda para aguantar mi peso y empezó a guiarme hacia la salida lateral de la casa, lejos de la vista de la familia y de los invitados. No sin antes recordarle a los hombres que estaban ahí que llevaran a la niña a casa.
—Tranquilo, joder. Vamos fuera. Te voy a llevar yo mismo ahora mismo— dijo en tono bajo pero decidido —Te dije que esa mierda no era normal. Hay gente que sabe tratar estas cosas.
Salimos al aire fresco de la tarde, justo cuando las primeras gotas de lluvia empezaban a caer del cielo plomizo. El contacto con el agua fría me hizo tiritar. Mientras caminábamos hacia su camioneta, la culpa volvió a ahogarme la garganta, quemándome por dentro. Esa sensación hacía que mi situación empeorara; sentir culpa o arrepentimiento provocaba que las sensaciones asfixiantes se intensificaran.
—Le grité a Bill…— confesé, con la voz quebrada por la desesperación mientras Travis me abría la puerta del copiloto —Le dije cosas horribles, Travis. Cosas asquerosas… lo llamé puta, lo humillé… Y no quería. Te lo juro por Dios que yo no quería decirle eso.
Me dejé caer en el asiento, apoyando la cabeza contra el respaldo mientras él rodeaba el vehículo y se subía en el lado del conductor. Arrancó el motor de golpe.
—Cada vez que pienso en él… cada vez que intento recordarlo con amor, me entra una rabia tan grande en el pecho— seguí hablando a toda leche, pasándome las manos temblorosas por la cara —No sé por qué… pero de la nada siento que lo odio. Me da asco, me estorba… ¡Y yo no quiero sentir eso! ¡Es Bill, joder! ¡Es mi moreno! Y lo peor de esta puta mierda es que no controlo mis pensamientos… no controlo mi propia boca. Hablo y siento que es otra persona la que escupe todo eso.
Travis me miró de reojo con seria preocupación mientras aceleraba, saliendo a la carretera principal bajo la lluvia que empezaba a apretar.
—Eso es exactamente lo que hace un amarre o una dominación, Tom— explicó Travis, apretando el volante con fuerza —No buscan que te olvides de la persona; buscan pudrírtela en la mente. Alteran tus percepciones para que sientas repulsión por quien amas y atadura hacia quien te hizo el trabajo. Te están jodiendo desde dentro. ¿Cómo es que no lo pillas?
Continúa…
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