Irrevocable 17 Tom

Fic de unicornlitz. Temporada III

Capítulo 17 (Parte 2)

TOM

El coche devoraba la carretera alejándose de la mansión. Las palabras de Travis sonaban una y otra vez en mi mente, chocando contra los susurros oscuros que aún intentaban callarlo.

—¿Dices que me hicieron brujería?— pregunté, arrugando la frente.

«¿A dónde vas, Klaus?» la voz sonaba temblorosa y sofocada. Me sentí mareado otra vez. «No te salgas de mi control.»

—Es lo más probable.

—¿Y esa persona a la que me llevas… puede romper esto?— pregunté, sintiendo una brizna de esperanza en medio de todo eso —¿Puede sacarme esta mierda de la cabeza?

—Es un tío que conoce las artes antiguas— respondió mi hermano con severidad, sin quitar la vista de la carretera. —Si hay alguien capaz de ver qué demonios te enterraron o te hicieron tragar, es él. Pero, por lo que sé, romper un trabajo así no va a ser fácil. Te va a doler hasta el último hueso.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Porque cuando me dijiste que pensabas en aquella mujer sin siquiera quererlo, y te sugerí hacerte una limpia, yo mismo me puse a buscar— me contó. —Porque yo sabía que tú solo no lo ibas a hacer, te conozco.

Cerré los ojos, oyendo cómo las gotas de lluvia golpeaban el parabrisas y cómo la voz en mi mente chillaba en un eco lejano, muy lejano, furiosa porque estaba a punto de buscar mi libertad.

—Que me duela lo que tenga que doler— murmuré entre dientes, apretando los puños. Apretando los labios para evitar gemir por el dolor que me iba a hacer estallar la cabeza. —Prefiero palmarla en el intento antes que volver a hacer daño a… a…

No podía decir su nombre; pensarlo me llenaba de odio y yo no quería. Yo no quería.

El trayecto se sintió como un viaje literalmente larguísimo. El coche devoraba la carretera alejándose de la ciudad, mientras la lluvia cesaba poco a poco, dejando el aire denso y oloroso de humedad. Nos adentramos por un camino de tierra y piedras hacia la zona de las canteras, rodeados de colinas verdes y senderos solitarios.

A lo lejos, en medio de un terreno amplio cubierto de hierba alta y árboles que apenas tenían hojas, se levantaba una casita modesta, casi rústica, que parecía totalmente aislada del resto del mundo.

Travis paró la camioneta frente a la entrada del terreno. El olor a tierra mojada penetró por la ventilación del vehículo.

—Llegamos— dijo Travis, apagando el motor y mirándome con gravedad —¿Puedes andar tú solo o necesitas que te eche una mano?

—Puedo andar— murmuré entre dientes, pasándome la mano por la cara para despejarme.

Bajé del coche sintiendo las piernas pesadas, como si pesaran toneladas. El terreno de hierba húmeda se hundía levemente bajo mis botas. La voz en mi mente chillaba en un eco muy lejano, histérica, advirtiéndome de que me diera la vuelta, pero me obligué a avanzar a paso firme detrás de Travis.

Llegamos al porche de la casita. La entrada principal no tenía una puerta de madera tradicional; en su lugar, la entrada estaba cubierta por una cortina pesada hecha de tiras de cuentas de madera, semillas y caña que chocaban entre sí con el viento, emitiendo un sonido seco, casi hipnótico, que hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal.

Travis levantó la mano y soltó un silbido largo y claro que se oyó en medio de la tranquilidad del campo.

Segundos después, el chasquido rítmico de las cuentas al chocar entre sí anunció que alguien venía. Las tiras de la cortina se abrieron y de dentro de la casa salió el hombre. Era un chamán de piel oscura, pinta de hippie y una presencia que me hizo torcer el gesto de puro disgusto.

Llevaba el pelo peinado en rastas negras, gruesas y largas que le caían sobre los hombros, sujetas en la frente por una cinta de tela tejida con patrones ancestrales. Vestía una túnica ceremonial holgada —un dashiki tradicional de lino en tonos tierra y dorado—, y sobre su pecho al aire destacaba un collar enorme de cuentas de madera mezcladas con colmillos de verdad.

Sus ojos, marrones oscuros, se clavaron en nosotros al instante. Tenía una mirada tranquila, ¿qué clase de hippie era ese tío?

—Travis…— saludó con una voz serena, pausada, arrastrando las palabras con un acento extranjero y peculiar que parecía casi… ¿casi qué? ¿Qué sabía yo de acentos, joder? —Te estaba esperando. El viento traía olor a tormenta desde temprano.

¿Eh? ¿Qué mierda?

—Matusalén— respondió Travis a modo de saludo. Yo lo miré raro, ¿qué clase de nombre era ese? —Te he traído a mi hermano, tal como te conté.

El chamán hippie de nombre raro, Matusalén, desvió sus ojos oscuros hacia mí. Me examinó de arriba abajo despacio. Sentí cómo su mirada se detenía en mi cara pálida, en mis ojos inyectados en sangre y, finalmente, en mi mano herida por lo que había pasado momentos antes en el despacho de mi padre.

—Ah… el chaval del que me hablaste— dijo el tío, entornando los ojos. Soltó un suspiro pesado y ladeó la cabeza, como si pudiera ver algo sobre mis hombros que Travis y yo éramos incapaces de percibir —El chaval que camina con una sombra pesada amarrada a la nuca.

Un temblor involuntario me recorrió el cuerpo, culpe al frío que hacía. La voz en mi mente dio un alarido de rabia que me hizo apretar los dientes.

—Entrad— ordenó Matusalén, apartando las tiras de cuentas con una mano llena de anillos de plata y bronce —Entrad antes de que lo que trae pegado a la espalda decida cerrar la puerta por fuera.

Travis me tocó el hombro indicándome que pasara. Al cruzar la cortina de cuentas, el sonido del chocar de las semillas pareció acallar de golpe el murmullo violento de mi cabeza, dejándome en un silencio denso; el aire estaba lleno de aroma a ruda, a copal y a velas encendidas. A mí nunca me habían gustado las velas encendidas, no sé, me daban náuseas.

—Siéntate ahí, chaval— me indicó Matusalén, señalando un taburete de madera baja en el centro de la habitación, rodeado por un círculo dibujado en el suelo con lo que parecía ser ceniza —Vamos a ver qué tipo de veneno te hicieron tragar.

En cuanto el chamán mencionó la palabra «veneno», un calor insoportable empezó a subirme desde la base del cuello, abrasándome la piel como si me estuvieran quemando vivo desde dentro. Esa sensación no me gustó nada.

El hombre se dio la vuelta, mostrando una actitud mucho más relajada de lo que aparentaba al principio. Matusalén tenía un rollo casi de hippie trasnochado, moviéndose despacio, como si flotara en su propio universo, con una sonrisa serena y un aire despreocupado que me sacó de quicio al instante.

—Oye, viejo… me estoy ahogando. Hace un calor de mierda aquí dentro— espeté con rabia, pasándome las manos por la cara. Sentía el pecho a punto de reventar —Haz lo que tengas que hacer rápido.

Matusalén se giró en paz, sosteniendo un ramillete de hierbas secas.

—Tranquilo, hermano, fluye con el proceso. Es la vibra pesada que traes cargando. Quítate la camisa, tira— me dijo con ligereza, ondeando la mano en el aire —Hay que dejar que el cuerpo respire y que el espíritu se afloje.

Apreté los dientes, pero el sofoco era tal que no me lo pensé dos veces. Me desabroché la camisa a tirones y la tiré al suelo de madera, dejando mi torso desnudo expuesto al aire de la estancia.

Matusalén miró a Travis sobre mi hombro y le dedicó una sonrisa despreocupada.

—Oye, compa… sería mejor que nos dejes a solas un rato, ¿sí? Necesito que la vibra de la habitación esté limpia, solo la energía del chaval y la mía. Ve a respirar aire fresco afuera, conecta con los árboles.

«Conecta con los árboles» ¿qué puta mierda? ¿Quién coño conecta con árboles?

Travis dudó un segundo, mirándome con profunda preocupación, pero terminó asintiendo. Yo solo podía pensar en lo ridículo que sonaba.

—Estaré afuera. Cualquier cosa me avisas— murmuró Travis antes de apartar las cuentas de la entrada y salir a la hierba.

Me quedé a solas con el chamán. El silencio volvió rápidamente. Matusalén comenzó a rodear el taburete donde estaba sentado, agitando el ramillete de ruda y romero por encima de mi cabeza mientras murmuraba frases entre dientes, palabras raras y oraciones en dialectos que para mí no tenían el menor sentido. Parecía estar canturreando una tonada psicodélica más que haciendo un ritual sagrado.

«Míralo…», susurró la voz en mi mente. «Míralo cómo juega contigo. Es un charlatán. Se está burlando de ti en tu propia cara».

Un cosquilleo de rabia comenzó a recorrerme por todo el cuerpo.

—¿Y esas gilipolleces qué significan?— solté de pronto, interrumpiéndolo con la voz llena de fastidio —¿Con andar sacudiéndome un pedazo de monte encima crees que se me va a quitar esta mierda?

Matusalén no se alteró. Detuvo sus cánticos un segundo, sonrió con parsimonia y me miró con ojos amables.

—Paciencia, hermano. Las plantas hablan una lengua que tu ego no entiende. No te me enganches en la mente, deja que la vibra fluya.

—Me importa un pimiento la vibra— mascullé entre dientes, apretando las rodillas —Haz algo que sirva, joder.

De pronto, el tipo sacó una pipa de madera, le prendió fuego con una cerilla y aspiró profundo. Se acercó a mí con parsimonia y, sin previo aviso, me sopló una densa nube de humo blanco directamente en la cara. El humo me hizo toser con violencia, picándome los ojos y la garganta.

La impaciencia y la rabia terminaron mezclándose para nublarme el juicio.

—¡Agh! ¡¿Pero qué puta mierda te pasa?!— reproché, apartando el humo de un manotazo violento y mirándolo con resentimiento —¡Me estás ahogando, imbécil!

«Te lo dije», insistió la voz, sonando cada vez más fuerte. «Es una farsa. Este infeliz solo te está tomando por gilipollas. Se está riendo de ti. No está haciendo nada. Te está tomando el pelo».

—¿De verdad esta estupidez es necesaria?— le espeté con la mandíbula apretada, levantándome un poco del taburete —¿Fumarme en la cara? ¡Siento que me estás haciendo perder el puto tiempo con tus inventos de hippie trasnochado!

Matusalén mantuvo su calma, lo que para mí fue desesperante, haciendo un gesto con las manos para que me volviera a sentar.

—Relájate, hermano, no te alteres— respondió con esa risita suave que me estaba volviendo loco —La medicina actúa a su ritmo. Tienes demasiado dentro y tu mente se resiste. Solo deja que las hierbas hagan su trabajo y limpien tu aura. Si te pones duro, la energía no circula.

—¡No me pidas que me relaje cuando pareces un loco de mierda haciendo teatro!— le grité, volviendo a dejarme caer en el taburete por el cansancio, aunque temblando de rabia.

El tipo se dio la vuelta hacia una mesa repleta de frascos, cuernos y botellas de barro. Tomó una de ellas, le quitó el corcho y le dio un trago largo, manteniendo el líquido en la boca.

Antes de que pudiera procesar cualquier pensamiento ante su acto o preguntarle qué carajos iba a hacer, el tipo se plantó detrás de mí y me escupió todo el líquido de golpe en la espalda desnuda. El chorro helado y con olor a aguardiente casi rancio me impactó en la piel, haciéndome dar un brinco fuera del taburete.

—¡¿QUÉ PUTA MIERDA TE PASA?!— rugí fuera de mí, dándome la vuelta de golpe con los ojos desorbitados por la ira. La sangre me golpeaba las sienes con violencia. Me sentía exaltado otra vez. —¡Te estás burlando de mí, pedazo de animal!— le grité, avanzando hacia él mientras sentía las gotas del líquido deslizarse por mi espalda —¡Te estás riendo en mi puta cara! ¡Crees que vine hasta esta choza de mierda para que me escupas como a un imbécil!

El chamán, al ver la furia asesina en mi rostro y la vena hinchada en mi cuello, perdió por completo su faceta relajada. La sonrisa hippie se le borró de un plumazo. Dio dos pasos hacia atrás, notoriamente nervioso, alzando las manos temblorosas.

—Oye… oye, tranquilo, hermano… es parte del trabajo, te lo juro… es para romper la fijación, para espantar la mala vibración… no te pongas así, hermano, por favor…

Pero ya no era yo quien escuchaba.

En mi mente, la voz habló con fuerza, tanto que aplastó cualquier rastro de mi conciencia.

«¡MÁTALO! ¡TE ESTÁ ENVENENANDO! ¡SE BURLÓ DE TI Y TE QUIERE DESTRUIR! ¡MÁTALO, KLAUS! ¡MÁTALO YA! ¡MÁTALO ANTES DE QUE SEA TARDE!»

—¡Te dije que no te burlaras de mí!— siseé en un hilo de voz que no parecía la mía.

La orden retumbó en mi cráneo. Mi mano se movió por puro instinto, completamente desconectada de mi voluntad o de mi razón. En un movimiento veloz, saqué la pistola que llevaba oculta en la cinturilla del pantalón.

—Hermano, espera, no…— alcanzó a balbucear Matusalén, abriendo los ojos de par en par con puro terror mientras pegaba la espalda a la pared.

El detonador sonó fuertemente en la pequeña habitación, sordo y violento. El impacto le dio de lleno en el pecho, derribándolo al instante contra el suelo, donde quedó inmóvil sobre las cenizas del ritual. O quién sabe de qué. Me quedé de pie en medio del humo de la pólvora, con el arma humeante en la mano, el torso desnudo manchado y el corazón latiéndome a mil por hora. Jadeando como loco.

Travis entró de golpe, con la cara desencajada y el arma en la mano. Se detuvo en seco al ver la escena. Donde destacaba el cuerpo inerte de Matusalén tendido sobre el suelo y yo, parado en medio de la estancia con el torso desnudo, sosteniendo la pistola con la mano temblorosa.

—¡¿Pero qué mierda has hecho, Thomas?!— gritó Travis, mirándome con enfado. —¡Le has disparado! ¡¿Estás completamente demente?!

Yo continuaba inmóvil, aturdido por el zumbido en mi cabeza y con la visión aún borrosa, sumido en lo que pensaba que era un trance que poco a poco empezaba a disiparse.

—Se estaba burlando de mí…— murmuré con la voz áspera, apretando la empuñadura —Me estaba tomando el pelo, Travis. Ese infeliz solo estaba haciendo teatro, jugándome la cabeza y escupiéndome como si fuera un perro…

—¡No, joder! ¡No se estaba burlando de ti!— reprochó Travis, avanzando un paso y arrebatándome la pistola de un tirón —¡Joder, los trabajos de estos hombres son así! Son raros, son extravagantes, ¡pero funcionan! ¡Viniste a buscar ayuda y lo primero que haces es volarle los sesos!

—¡Pues no me estaba ayudando una mierda!— le rugí de vuelta, sintiendo que la rabia me ahogaba —¡Solo me estaba haciendo perder el tiempo!

Me incliné a tirones, agarré mi camisa del suelo y me la puse con torpeza, sin molestarme en abrochar los botones. Sentía la piel pegajosa por el sudor y por el líquido que el chamán me había escupido en la espalda.

—Para la próxima vez que se te ocurra traerme a un lugar como este, asegúrate de que sea con alguien que de verdad sepa lo que hace— espeté con desprecio, mirándolo con rabia —Alguien que sí sea capaz de quitarme esta porquería que llevo encima, no un hippie de mierda.

Sin esperar su respuesta, aparté las tiras de cuentas de un manotazo violento y salí de la casita.

El aire fresco del campo me golpeó la cara, pero no sirvió para calmar la tormenta que llevaba por dentro. Caminé a pasos pesados sobre la hierba húmeda hasta la furgoneta de Travis, abrí la puerta del copiloto y me dejé caer en el asiento. Apoyé los codos sobre las rodillas y me pasé las manos por la cabeza, escuchando cómo la voz en mi mente volvía a susurrar.

Pasaron unos diez minutos antes de que Travis saliera de la vivienda. Venía hablando por teléfono en tono bajo y serio, dando indicaciones precisas. Guardó el móvil en el bolsillo, rodeó el vehículo y se subió al asiento del conductor. Cerró la puerta de un golpe seco.

—He llamado a un par de hombres para que vengan a encargarse del cuerpo y limpien este desastre— dijo, encendiendo el motor sin mirarme —No podemos dejar rastros aquí.

No dije nada. Me mantuve en silencio, mirando fijamente a través del parabrisas cómo la lluvia comenzaba a caer suavemente sobre el terreno.

Travis soltó un largo suspiro, apoyó las manos sobre el volante y se giró para mirarme seriamente.

—Escúchame bien, Tom— dijo con voz firme —Tienes que poner de tu parte. Tienes que empezar a tener un poco de fuerza de voluntad propia, joder. Si te sigues dejando llevar por cada impulso, por cada pensamiento o por lo que sea que esa mierda te esté metiendo en la cabeza… todo va a irse a la mierda. Vas a terminar destruyendo a todos a tu alrededor y destruyéndote a ti mismo.

Ladeé la cabeza despacio y lo miré a los ojos. En mi pecho ya no había furia, solo sentía como un vacío enorme.

—Ya todo me da exactamente igual, Travis— murmuré en un hilo de voz, recostando la cabeza contra la ventanilla mientras el coche comenzaba a andar —Todo da igual.

-Una semana después-

BILL

Los días habían pasado súper lentos, demasiado lentos diría yo. O al menos así se sentía para mí.

Podría jurar que las cosas se volvieron infinitamente más difíciles de lo que ya eran. El comportamiento de Tom durante esta última semana no hacía más que frustrarme y sacarme de mis casillas. Parecía que le había cogido un gusto bastante grande a eso de tratarme mal, veneno tras veneno; y como yo no soy de los que se quedan callados ni voy a permitir que nadie me pise, terminábamos enzarzados en discusiones destructivas cada vez que nos cruzábamos.

Por suerte, Alex había estado trabajando intensamente en la DEA desde aquí. Obviamente lo mantenía al tanto de cada mierda que pasaba cuando no estaba cerca de mí. Él era quien calmaba esas sensaciones horribles que Tom, con sus palabras y ataques despiadados, me dejaba clavadas en el pecho. Alex era como un caramelo quitándome un pésimo sabor de boca, mi ancla en medio de tanto caos.

Incluso contactamos a Sheryl. Su presencia era absolutamente esencial para esta fase porque ella y yo trabajábamos de puta madre juntos, éramos una máquina imparable. Vamos, no existía un dúo más brillante en la historia de la DEA que nosotros dos. Claro que su cara de pánico inicial al verse rodeada de semejantes narcotraficantes de alto calibre, a los que habíamos intentado trincar sin éxito, fue una escena digna de ver, aunque logró disimularlo bastante bien gracias a su profesionalidad.

Habían pasado tantas cosas en estos días… algunas de suma importancia y otras que sencillamente no valían ni la pena recordar.

Pero el día de la gran reunión con el mismísimo presidente de los Estados Unidos finalmente había llegado. El hombre se había tomado la molestia de viajar en persona hasta Alemania para llevar a cabo la negociación cara a cara. La cita sería en dos horas exactas, por lo que nos encontrábamos reunidos en una de las tantas propiedades de los König, un bar/motel exclusivo que Travis había logrado rescatar tras la desmantelación del antiguo clan Trümper, antes de que todos ellos fingieran su muerte y renacieran bajo el nombre del clan Geist.

Yo lo recordaba. Orión.

El ambiente en la zona VIP era tranquilo. La melodía de la bachata sonaba a volumen moderado de fondo, intentando suavizar la tensión en el aire.

—A ver, repasemos la estrategia una vez más— dijo el Gordon, apoyando los codos sobre la gran mesa de cristal —Krüger necesita dejarle claro al Presidente de los Estados Unidos que la alianza entre la DEA, nosotros como Clan Geist y el Canciller alemán es la única forma real de cazar a Brian de una vez por todas.

—Así es— asentí, dando un sorbo pequeño a mi copa de agua mineral —Alex dio su palabra de mantener informado a su presidente para blindar su puesto como Director, así que no puede haber ni un solo fallo. Le mostraremos que el cruce de inteligencia entre la DEA y el Clan Geist, sumado al respaldo militar que ya nos garantizó el gobierno alemán, es la combinación perfecta para desmantelar al Clan Nox desde la raíz.

—Por el lado táctico, los muchachos ya tienen listas las rutas de asalto en territorio germano— añadió Travis, revisando unos papeles —Solo necesitamos el visto bueno de la Casa Blanca para que la DEA actúe en conjunto con las fuerzas tácticas de aquí sin trabas diplomáticas.

Ellos tenían su parte clara, pero yo tenía mi propio objetivo personal muy bien trazado, y ese era sacar a Crawford de la DEA y convertirme oficialmente en el subdirector de la DEA. Y sabía perfectamente que conseguiría esa placa acercándome al presidente, demostrándole mi peso en esta operación y ganándome su confianza. Como me había sugerido Alex anoche en medio de besos.

Mientras la conversación continuaba a mi alrededor, mis ojos no pudieron evitar desviarse de reojo hacia la barra del bar.

Allí estaba Tom, sentado en uno de los taburetes de piel, completamente aislado de la reunión. Ni siquiera parecía estar presente en la misma dimensión que nosotros. Lo observaba en silencio mientras se servía una copa de whisky tras otra, apurando el líquido dorado de un solo trago para volver a llenar el vaso de inmediato.

Tenía la mirada perdida en la nada, con unas ojeras marcadas y una rigidez en la mandíbula que me decía que algo le molestaba. Recordar cómo se negó rotundamente a firmar el pacto de no agresión al principio, y la actitud hostil que le puso al mandatario alemán antes de estampar su firma a regañadientes… todo en él ahora era pura decadencia. No nos miraba, no opinaba. Solo se dedicaba a destruirse el hígado en silencio.

—¿No vas a decir nada, Klaus?— preguntó Travis de pronto, elevando la voz hacia la barra —Tu firma está en ese pacto. Necesitamos que estés despierto cuando entremos a esa sala frente al presidente.

Tom ni siquiera se molestó en darse la vuelta. Solo soltó una risita seca, e inclinó la botella sobre su vaso una vez más.

—Vosotros sois los expertos en pactar con políticos y jugar a los diplomáticos— espetó Tom con la voz arrastrada por el alcohol, manteniendo la espalda rígida —Hacedlo como os dé la puta gana. A mí me da exactamente igual lo que le digáis a ese viejo, mientras me dejéis matar a Brian yo mismo.

Rodé los ojos con un suspiro dramático, incapaz de contener mis palabras. Odiaba que estuviese… así.

—Qué colaborador, como de costumbre— solté en voz alta, cruzándome de brazos y mirándolo con desdén —Si vas a estar de adorno emborrachándote como un desdichado, por lo menos intenta no oler a alcohol cuando el presidente camine a tu lado. Sería un detalle de cortesía.

Tom detuvo el vaso a milímetros de sus labios. Escuché cómo rechinaba los dientes antes de girar lentamente la cabeza hacia mí, dedicándome una mirada tan fulminante que a cualquiera le habría helado la sangre. Pero yo no le bajé la mirada. Lo sostuve con la cabeza alta.

—Cierra la boca, Willem— siseó entre dientes con su voz rasposa. Apretando el vaso en la mano. —No estoy de humor para escuchar tus sermones de mierda.

—Pues qué pena por ti, querido— le sonreí con pura chulería —Porque te me vas a tener que aguantar. Tienes dos horas para recomponerte o te juro que seré yo mismo quien le pida al servicio que te tire un cubo de agua helada en la cara. No voy a dejar que tus rabieta de alcohólico arruinen lo que intentamos conseguir con todo este lío.

Tom se limitó a chasquear la lengua, volteando la cara hacia el otro lado con desprecio para servirse otra porción generosa de whisky, ignorándome por completo. Típico de él, huir en su propia amargura.

En ese preciso momento, Alex llegaba. Lucía impecable en su uniforme oficial de la DEA, recién salido de su jornada de trabajo en la división local.

—Buenas tardes a todos— saludó con cortesía, dedicándole una inclinación de cabeza a Gordon y a Travis antes de dirigir su mirada hacia mí.

Su rostro se suavizó al instante. Se acercó a mi sitio y, sin dudarlo, se inclinó para darme un beso tierno pero firme en los labios, uno corto que sirvió para disipar de un plumazo toda la irritación que el imbécil de la barra me había provocado.

—Hola, Billie— murmuró con una sonrisa suave al separarse, para luego dirigirse tanto a mí como a Sheryl —El coche ya está abajo esperando. Nos iremos en el vehículo de la agencia por separado.

—Perfecto— respondió Sheryl, poniéndose de pie al instante y ajustándose la carpeta de documentos bajo el brazo —Cuanto más rápido salgamos, mejor preparados estaremos para la llegada de la escolta presidencial.

Me puse de pie, arreglándome la chaqueta y dedicándole una última mirada de reojo a Tom, quien ni siquiera se había molestado en girarse a ver la llegada de Alex, aunque la rigidez en su espalda delataba lo mucho que le pesaba nuestra presencia.

—Bueno…— dije dirigiéndome a Gordon y a Travis con mi mejor sonrisa —Os veo en el club de campo.

Sabía perfectamente que el lugar elegido para el encuentro era estratégico, un club de campo privado e inaccesible a las afueras, donde el Presidente de los Estados Unidos y el Canciller alemán ya estaban por llegar bajo máxima seguridad.

—Allí nos vemos, Benjamín— asintió Gordon —Nosotros saldremos en un par de minutos en nuestros vehículos.

—No lleguéis tarde— añadió Alex en tono profesional, ofreciéndome su brazo —Hay mucho en juego hoy.

Tomé el brazo de Alex con la cabeza alta y caminamos hacia la salida junto a Sheryl. Estaba listo para dar el paso más importante de mi carrera, y nada ni nadie me iba a arruinar este momento.

&

El trayecto hasta el exclusivo club de campo fue rápido, fuimos escoltados por dos furgonetas negras de la agencia. Al llegar, el despliegue de seguridad era un espectáculo digno de ver, había francotiradores en los tejados, agentes del Servicio Secreto con gafas de sol escaneando cada milímetro del perímetro, y vehículos blindados bloqueando los accesos a los inmensos y perfectos campos de golf. El lugar era muy bonito.

Mientras caminábamos por el sendero de piedra hacia el jardín principal donde se llevaría a cabo la recepción, me acerqué un poco a Sheryl para hablar en voz baja.

—Estoy ansioso— le murmuré, relamiéndome los labios para continuar —En serio quiero sacar a Crawford de la DEA y ocupar su lugar.

Sheryl me miró de reojo, esbozando una sonrisilla. Ella ya sabía de mis planes, al igual que Sophia, que se había quedado en casa con mi hijo y Abel. Se suponía que Bach regresaba hoy de su luna de miel.

—Eso vendría al pelo, Benjamín. De hecho, nos quitaría un marrón enorme de encima— coincidió ella —Si te quedas con ese puesto, la alianza no correría peligro. De Crawford no se puede esperar nada bueno; es un ególatra que siempre quiere tener el control absoluto de todo. Con él metiendo las narices, este acuerdo estaría siempre pendiente de un hilo. Y con la tirria que te tiene…

—Tal cual. Y hoy me voy a encargar de que el presidente se dé cuenta de quién es el que realmente mueve el bacalao aquí— aseguré con toda la confianza del mundo.

Justo en ese momento, una nueva ráfaga de actividad sacudió a los equipos de seguridad. Las caravanas presidenciales habían hecho su entrada triunfal. Los enormes vehículos blindados, con las banderas de Estados Unidos y Alemania ondeando en el capó, se detuvieron frente a la entrada del jardín.

Alex, que ya estaba en la zona de recepción coordinando los últimos detalles con los jefes de seguridad, nos hizo un gesto rápido a Sheryl y a mí para que nos acercáramos. Me puse erguido, me saqué mi mejor sonrisa y caminé hacia ellos con el estilazo que me caracterizaba. Me acerqué primero al presidente de los Estados Unidos, Arthur Vance, acompañado de su mujer, Evelyn Vance.

—Señor Presidente, es un verdadero honor tenerle aquí— saludé tendiéndole la mano con total firmeza y educación —Benjamín Keller.

—El gusto es mío, Benjamín. El director Alex me ha hablado maravillas de su gestión en este operativo— respondió el mandatario, estrechándome la mano.

Me giré hacia la Primera Dama estadounidense, dedicándole una pequeña reverencia y un saludo encantador que la hizo sonreír de mil amores, antes de centrar mi atención en el otro líder de la cumbre.

—Presidente Sotomayor— dije, extendiéndole la mano al mandatario de Alemania con la misma cordialidad —Bienvenido. Qué alegría verle de nuevo.

—Benjamín, gracias por recibirnos— respondió Sotomayor con un apretón firme, antes de mirar por encima del hombro hacia su caravana —Mi mujer se unirá a nosotros en un segundo. Ha preferido quedarse un momento en el coche retocándose el maquillaje antes de plantarle cara a los fotógrafos.

La Primera Dama de Estados Unidos soltó una risita. —Oh, déjela tranquila, señor Sotomayor— bromeó ella con mucho salero —Nosotras las mujeres necesitamos nuestro tiempo para estar divinas ante las cámaras. Vosotros los hombres lo tenéis tirado, solo os ponéis un traje y listo.

Todos en nuestro corrillo nos echamos a reír con educación ante el comentario. Fue un momento de bastante buen rollo.

—¡Uy, perdón por la tardanza!— se oyó una voz femenina a nuestras espaldas, acercándose con el taconazo inconfundible de unos zapatos de aguja sobre la piedra.

Me giré, listo para saludar otra vez. Lo primero que hicieron mis ojos, por puro instinto de moda, fue fichar su ropa. Llevaba un vestido negro que se le ajustaba bastante bien a su cuerpo. Tenía que admitir que la tía tenía un gusto increíble. Pero cuando levanté la vista para saludarla… se me cortó el aliento de golpe.

La sonrisa se me esfumó de la cara. Sentí como si me hubieran arrojado un jarro de agua helada encima a mí y no a Tom, dejándome la sangre congelada en las venas y el corazón en vilo. Se me quedaron los labios a medio abrir, incapaz de soltar ni una sola palabra.

La ropa era una pasada, sí. Pero lo que me dejó totalmente en shock fue ver la cara de Kenia.

Ella se quedó exactamente igual que yo.

—Oh por Dios.— dijo ella.

Continúa…

Es posible que este sea el último capítulo que publique de este fic. Voy a dejar el link a wattpad, sólo espero confirmación de la autora. ¿Qué opinan ustedes?

por unicornlitz

Escritora del Fandom

3 comentario en “Irrevocable 17 Tom”
  1. Porfavor hermosa Mizuky Sigue actualizando aqui para que la historia nunca se pierda en watpad las tumba a cada momento esta es la casa segura del Toll

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